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la detective lantier


El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (y ocho)

Natalia y yo estuvimos en silencio un rato. Ella porque no sabía para qué la había llamado (y por sus maneras deduje que era bastante tímida, y que si dependía de ella, la conversación no empezaría); y yo, porque buscaba la manera de hacerle un par de preguntas muy personales, y no ofenderla, teniendo en cuenta que eramos dos completas desconocidas, y que en cualquier momento podía levantarse e irse sin dejarme que le contase lo que pretendía contarle.


Por suerte, al mirar hacia la izquierda, vi que la mujer del cartero, en sus prisas, se había dejado el termo de café, así que le ofrecí a Natalia una taza, que eso, quieras que no, siempre es una manera de empezar a hablar, y relaja el ambiente.


No me había dado tiempo a prepararme, así que tras dos sorbos al café, pensé que lo mejor sería no andarme por las ramas y le pregunté a aquella mujer que tenía frente a mí, y que veía en sus ojos que no sabía que pensar de una chica como yo, y que además era evidente que empezaba a impacientarse, que porque no había venido su marido con ella, ya que en la llamada que le había hecho un par de horas antes le había pedido que ella y su marido vinieran a mi despacho, sabiendo como sabía, que Natalia era madre soltera.


Natalia me miró a los ojos, como si hubiera descubierto mi juego antes de que empezara y me dijo tranquilamente que no estaba casada.


Pensé en fingir sorpresa, pero soy una actriz pésima y se me da tan mal mentir, que hace tiempo que decidí evitarlo siempre que fuese posible, así que deseché esa opción y le pregunté entonces por el padre de su hija.


Vi duda en sus ojos, pensé que se iba a levantar y a irse, pero algo la hizo quedarse... dio un sorbo a su café como buscando fuerzas y me dijo (ya no tan tranquila) que él la había abandonado pocos días después de saber que estaba embarazada... que había desaparecido, no estaba en su casa, sus padres no supieron decirle donde estaba, ni sus amigos, ni nadie a quien ella fuese a preguntar durante los dos primeros meses... que después pasó una época en la que pensó que le habría pasado algo, esa etapa de negación después de una ruptura... porque como no hubo ruptura, le costó entender que él la había dejado... y después se convenció a sí misma de que él se había asustado (el embarazo fue un accidente, eran jovenes, y seguramente él se agobió con el tema de ser padre), así que pensó que si él quería desaparecer lo mejor era dejar de buscarle, y desear que fuera feliz, aunque no hubiese tenido el coraje de despedirse...


- Y si yo le dijese que no fue feliz... aún querría saber que pasó para que él no volviese?


Natalia estuvo un rato pensandóselo... imagino que cuando una desconocida te ofrece una respuesta que llevas años buscando, hay una parte de ti que quiere esa respuesta; y otra parte que te grita que el pasado es pasado y que debería permanecer encerrado... la parte curiosa ganó a la parte orgullosa, y asintió con la cabeza.


- Por si alguna vez mi hija me pregunta porque se fue su padre -puntualizó.


 


Así que en mi despacho, con dos tazas de café que fuimos rellenando, le hablé de una noche, tres días después de haber sabido que iba a ser padre, en la que Antonio (que es como se llamaba el gorrilla cowboy) consiguió un trabajo, ya que con la venida del bebé pensó que necesitarían más dinero; y de como se dejó liar por un amigo para celebrarlo con dos cervezas antes de volver a casa.


Y volvía a su casa con el coche, cuando se le cruzó un señor que perseguía a su perro que se le había escapado; y Antonio no pudó frenar a tiempo y lo atropelló. Él dió positivo en el control de alcoholemia, y después de unas horas en urgencias, el hombre al que había atropellado murió. Supo que iría a la cárcel y decidió que lo mejor para todos sería que él desapareciese y que nadie le esperase.


Ella estaba embarazada, y no quería darle semejante disgusto, así que aquella noche que pasó detenido no llamó a nadie. Había matado a un hombre, con atenuantes o sin ellos, y debía pagar lo que quisiera la ley que pagase. 


Se sentía tan mal que decidió no pedirle que le esperase, decidió en aquella noche que pasó en blanco, desaparecer en la cárcel para que ella le odiase, se olvidase de él y rehiciese su vida como pudiese.


Durante el tiempo que duró su condena se dio cuenta de que había cometido un error, pero aquello, pensó, ya no tenía remedio y asumió las consecuencias, fueran las que fueran.


Llevaba dos meses en la calle cuando vió a aquella niña con la nariz aplastada contra la ventanilla de un coche, y supo que era su hija, porque dijo que era igual que ella, pero con sus ojos... y entonces ya no tuvo claro si lo que había hecho hacía años había sido acertado o el mayor error de su vida, y que entonces yo, que era detective privado, las había estado buscando.


Añadí por mi cuenta que el tal Antonio debía de ser un buen chico, quizás con un sentido del honor y del deber demasiado elevados, pero un buen chico al fin y al cabo, cuando la mitad del barrio había participado en la colecta para pagar mis honorarios... y también le dije a Natalia que de momento nadie (a parte de la mujer del cartero) sabía que las había encontrado; así que si prefería no volver a verlo yo no era quien para obligarla, pero que creía que debía conocer la historia, para poder decidir con conocimiento de causa.


Le di la dirección del bar donde le había dicho a Antonio que me esperase aquella tarde, y le dije que se pensase si quería acudir o no y hablar directamente con él del pasado. Y le aseguré que si ella no quería acudir a aquella cita, yo daría el caso por cerrado y diría no haberla encontrado.


A Natalia le temblaban las manos cuando le di el papel en el que estaba anotada la dirección del bar donde Antonio esperaba, y por su manera de despedirse de mí no supe deducir si acudiría o no a aquella cita a ciegas que le había preparado sin su consentimiento una completa desconocida que la única coartada que tenía para meterse en su vida era una licencia de detective privado colgada en la pared del despacho.


 


Y creo que Natalia fue a la cita, porque aquella misma noche, aquella mezcla de filósofo, borracho y poeta, que había empezado esta historia al contratarme, pasó por mi despacho, me estrechó la mano emocionado y me pagó el resto de mis honorarios.


 


Ah! Se me olvidaba! De esta historia ya han pasado algunos años, y ahora dicen por el barrio, que son dos las chiquillas que aplastan la nariz contra la ventilla, cuando su papá y su mamá las recogen del colegio. Una más mayor, y otra más pequeñita, pero las dos con la misma naricilla.


 


Y la señora Miranda pasó una noche en los calabozos por haber intentado atropellarme.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (siete)

 - La señora Miranda, fingió que no entendía mi pregunta, pero su marido, que he de decir que tiene mejor carácter que ella, me dijo que probablemente fuese Noemí, la mejor amiga de su hija, de la que no me supo dar ni el apellido ni la dirección.


- Y cómo estabas tan segura de que la niña de la señora Miranda no era la niña que buscabas?- me preguntó la mujer del cartero intrigada.


- Pues te vas a reír, pero lo supe por lo poco que recuerdo de las leyes aquellas del tal Mendelsson


- Querrás decir de Mendel -me corrigió la mujer del cartero.


- Pues eso... el caso es que me fijé en que la señora Miranda tiene los ojos verdes, y mi cliente los tiene de color azul... Y aunque la verdad es no me acuerdo bien del todo de las leyes aquellas, vi una foto de la hija de la señora Miranda en la salita donde intentó seducirme por error, y me fijé en que la chiquilla tenía los ojos marrones, y sino recuerdo mal, es imposible (o quizás poco probable) que de padres de ojos verdes y azules nazcan niños de ojos marrones; así que descarté a la señora Miranda como exnovia de mi cliente y madre de su posible hija, pero si el coche era el suyo, la niña de la nariz aplastada contra la ventanilla, tendría que ser una amiguita de la niña.


- Vaya... pero cómo piensas encontrar a una niña de la que solo sabes que se llama Noemí?


- Ya la he encontrado -respondí-. Al salir del despacho del señor Miranda, emboscada en la entrada me esperaba su hija, que parece ser que es bastante espabilada para su edad y que escucha las conversaciones ajenas sin ningún tipo de vergüenza; y me preguntó que porqué estaba buscando a su amiga Noe. Yo le expliqué que porque tenía que hablar con su mamá y contarle algo muy importante para ellas, así que la niña, muy amablemente me dio el nombre y los dos apellidos, la dirección de su amiga y el móvil de su madre. Y ahora estoy esperando que Natalia, que es como se llama la madre de Noemí venga, para hacerle un par de preguntas y contarle a mi vez, una historia que quizás cambie la idea que tiene de lo que pasó hace años.


En ese momento llamaron a la puerta, y una chica mas o menos de mi edad, con el pelo castaño claro y ojos claros pero tristes, abrió la puerta, preguntó si yo era la detective Lantier, y se sentó en la silla que la mujer del cartero dejó vacía al levantarse y despedirse a toda prisa, no sin antes hacerme un gesto que indicaba que en cuanto acabase aquella entrevista la llamase por teléfono.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (seis)

Disipadas mis dudas, y una vez que le hube contado a la mujer del cartero la historia del gorrilla cowboy; un mercedes muy parecido al que había visto el día anterior en el concesionario, a puntito estuvo de atropellarme, y tanto la mujer del cartero (que lo vio todo desde la acera) como yo, estuvimos de acuerdo en que aquello no parecía un accidente, estando como estaba, la calle cortada.


Así que aquella fue la gota que colmó el vaso y visto que no iba a conseguir resover el caso por las buenas, decidí resolverlo por las malas. Así que llamé a casa de la señora Miranda y en vez de hablar con ella, hablé con su marido. Un señor muy agradable que quedó en recibirme en quince minutos.


 


Me volvió a abrir la puerta la misma chica, que seguía disfrazada con su uniforme de servicio. Y ante la sorpresa de la señora Miranda, que casi me fulmina con la mirada, la chica del disfraz, me hizo pasar al despacho del señor Miranda.


La señora Miranda entró en el despacho antes de que yo cerrase la puerta, diciendo a voz en grito que yo era una tunanta (palabra que admito que me hizo sonreir) y que si la amaba no escuchase nada de lo que yo pudiese decir...


El señor Miranda, más joven de lo que yo esperaba, pero que aún así le sacaba unos veinte años a su esposa, la hizo callar con un ademán, y me preguntó en que podía ayudarme.


Le dije que tenía dos preguntas que hacerle, la primera que si había contratado a un detective privado para descubrir la infidelidad de su mujer; y la segunda, si le había comprado a la susodicha, un mercedes como el anterior, pero de otro color, aquel mismo día.


Como la respuesta fue sí a las dos preguntas, pese a que su mujer seguía presente en el despacho, creí necesario informarle de que su mujer también había contratado a otro detective para descubrir las infidelidades de él, y que ese detective, me había confundido a mí con el suyo, lo que me había ocasionado un terrible dolor de cabeza y el riesgo de ser atropellada, cuando yo nada tenía que ver con sus infidelidades, que al parecer eran mutuas. 


Que si quería pruebas de la infidelidad de su esposa, recomprase su antiguo mercedes en el concesionario de mi barrio, ya que seguro que había pruebas de adn suficientes para demostrarlo. Pero para ser justa, le i el mismo consejo a su esposa, ya que el señor Miranda también debía tener queridas a las que llevaría en su coche a donde fuese que las llevase para hacer lo que los maridos no deberían hacer...


Claro que ya estaba dando consejos gratis, les dije que quizás, visto que los dos eran infieles, lo más fácil era que se separasen y que dejasen a mi profesión en paz.


 


- Pero eso no tiene nada que ver con el gorrilla cowboy y su historia -me dijo la mujer del cartero, cuando de vuelta en el despacho le conté mi reunión con los Miranda.


- Ya, pero para conseguir resolver este caso tengo que conseguir que el detective de la señora Miranda deje de golpearme por la espalda y de intentar atropellarme... porque sino no me centro en lo que me tengo que centrar. 


- Pero después de todo lo que te ha hecho esa señora, porque no te limistaste a hundirla?


- Pues porque necesitaba hacerle un pregunta para resolver el caso.


- Qué pregunta?


- Quién era la niña que iba el otro día en su coche con su hija.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (cinco)

Cuando me quedé sola, ya que pese a que la mujer del cartero no quería dejarme sola después de lo que había pasado, la convencí con ayuda de su marido, que una vez hubo entregado todo el correo, lo único que quería era picar algo, e irse a casa, de que estaba perfectamente, y que se fuera a picar algo con él, y que nos veríamos aquella tarde en mi despacho, por si alguien volvía a noquearme por la espalda, que alguien me recogiese del suelo, le estuve dando vueltas a las pistas que tenía hasta aquel momento.


Estaba claro que alguien creía que yo sabía demasiado de algo que yo no había descubierto de momento, así que pensé que lo mejor que podía hacer era buscar al origen de aquel caso y hablar con el gorrilla cowboy, aunque él no quisiese... Convencida como estaba de que el hecho de que me hubiesen atacado por la espalda, me hacía merecedora de algunas explicaciones.


Pero no me hizo falta salir de mi despacho, mi involuntario cliente apareció en la puerta de mi despacho acompañado de esa mezcla de filósofo, borracho y poeta que había pagado el adelanto de mi sueldo gracias a una colecta.


Y es que al parecer, el cartero, estaba tan impresionado después de dejarnos a su mujer y a mí, que le contó a todo aquel al que le entregó una carta aquella mañana, como me habían encontrado en el suelo de mi despacho, porque algún cobarde desalmado me había atacado por la espalda, por algún caso que estaría investigando... así que aquella mezcla de filósofo, borracho y poeta, buscó a mi cliente involuntario y me lo trajo al despacho, para que hablase conmigo de una vez, ya que él, como yo, creía que después de semajante agresión, me merecía algún tipo de explicación.


Antes de que empezase a hablar, sólo con mirarlo yo ya había disipado todas mis dudas, pero siempre me han gustado las historias, así que cuando aquella mezcla de filósofo, borracho y poeta, después de disculparse por haberme puesto en peligro, nos dejó a solas, dejé que el gorrilla cowboy me contase la suya.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (cuatro)

Quería comprobar algo, pero cuando llegué al barrio no había ni rastro del gorrilla cowboy, ni de la mezcla de filósofo, borracho y poeta que me había contratado en su nombre... cierto es que con las calles cortadas por las fallas, el trabajo escasea, así que me dirigí a mi despacho.


Cierto es que noté algo extraño, la puerta estaba abierta pese a que estaba casi segura de que la había cerrado con llave, y las persianas subidas, pese a que juraría haberlas bajado; y quizás no debí de entrar, pero en este trabajo una se acostumbra demasiado a ser arriesgada, así que no debería sorprenderme que al entrar y ver todo el despacho revuelto alguien me diera un golpe por detrás.


No recuerdo nada más hasta que me desperté con un terrible dolor de cabeza en el sofá de mi despacho, donde al parecer me habían trasladado el cartero y su mujer, y digo que debieron ser ellos, porque allí estaban los dos, uno a cada lado del sofá cuando me desperté.


Al parecer el cartero se había llevado aquella mañana a su mujer con él a hacer la ronda, pensando que mientras él repartía el correo, ella podía ir viendo las fallas del barrio, y si acababa pronto, podrían irse a comer por ahí, siempre que los turistas no hubiesen copado todos los bares de la zona. Y al llamar a mi puerta y ver que estaba abierta, la mujer del cartero sospechó que quizás me había pasado algo, y pese a que el cartero insistió en que no se podía abrir una puerta a la que nadie respodía al llamar, ella le dijo que sentía que algo raro pasaba, así que abrieron la puerta y me encontraron en el suelo. De la persona que me atacó por la espalda, no había ni rastro. Y ninguna pista, ya que cuando por fin conseguí levantarme del sofá, pese a las protestas del cartero y de su mujer, que querían llevarme a urgencias, descubrí que no faltaba ninguno de los papeles del despacho.


Lo único que había era una extraña nota encima de mi mesa en la que fuese quien fuese quien me había golpeado por detrás me pedía disculpas, ya que aseguraba no saber que yo era una mujer, detalle que de haber sabido, al parecer, me hubiera evitado el dolor de cabeza que tenía en aquel momento.


Curiosa casualidad que por segunda vez en un día alguien hubiese confundido mi género, aunque estaba cada vez mas convencida de que en aquel caso había demasiadas casualidades que debería empezar a investigar.


 


El cartero se fue a seguir su ronda, y su mujer se quedó conmigo. En parte porque estaba preocupada por mí; y en parte porque su curiosidad podía más que ella y quería saber que caso me traía entre manos y porque me habían agredido por la espalda.


Así que le conté el caso y las pocas pistas que tenía hasta el momento: le conté lo del gorrilla cowboy y la historia de la chiquilla con la nariz aplastada contra la ventanilla, lo del mercedes vendido por un precio irrisorio, lo de la señora Miranda que había intentado seducirme sin saber que yo era una mujer, y que me había golpeado a traición, pero que al parecer no habían encontrado lo que buscaban.


 


-Y crees que es posible que el detective que esperaba la señora Miranda, tenga algo que ver con el desastre de tu despacho y el golpe en la cabeza? -me preguntó la mujer del cartero.


-Pues eso es precisamente lo que creo, y además, aunque te parezca una locura, creo que la señora Miranda, aunque oculta algo, no tiene nada que ver con la niña de la nariz aplastada contra la ventilla, y que las casualidades se están acumulando, y que me he metido sin darme cuenta en algo que no entiendo, pero que a juzgar por las formas, podría ser peligroso.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (tres)

Llegar a casa de Rosario Miranda no fue nada fácil. Ya estábamos en el mes de marzo, y la vieja ciudad va cortando sus calles de un día para otro, sin previo aviso, y desviando las rutas de sus autobuses, dependiendo de las horas del día y de los días de la semana. Así que acabé andando más que si hubiese ido directamente a pie, ya que el autobus se desvió sin previo aviso, poco antes de llegar a mi destino, y por mucho que supliqué al conductor que me dejase bajar, no quiso escuchar mis súplicas, ni las de los que conmigo, habían sido desviados de sus destinos... y se negó a abrir las puertas hasta que llegamos a la siguiente parada a la que se podía llegar, varias paradas después de la mía, todo sea dicho.


Llegué a casa de Rosario Miranda, y me abrió una chica que yo creí que iba disfrazada, pero que resultó ser parte del servicio doméstico de la señora a la que yo buscaba, y que trabajaba de uniforme; uno de esos uniformes que una creería que ya no se fabrican, pero que al parecer se siguen utilizando en según que casas. 


La chica que me abrió, me preguntó muy correcta que qué quería, y yo le dije que hablar con la señora Miranda si estaba en casa. Dudó un momento, así que le dije que era detective privado, y que creía que me estaba esperando, lo que, pese a ser un farol, me ha abierto más de una puerta, gracias sobretodo a la curiosidad que provoca en determinadas personas que un detective privado pregunte por ellas.


Se me ha olvidado comentar, que la correcta y uniformada chica que me había abierto la puerta no hablaba muy bien castellano y de ahí, deduzco, el malentendido que se produjo cuando la señora Miranda entró en la habitación.


En un primer momento, admito que tuve que darle la razón al dueño del concesionario, ya que Rosario Miranda me pareció clavada a la Barbara Stanwyck de Perdición, toalla de ducha y pulserita en el tobillo incluida; probablemente debido, en gran parte, a que la habitación en la que la correcta chica uniformada me indicó que esperase estaba en penumbra, y al hecho de que al parecer le había dicho a la señora que le esperaba un detective privado, sin indicar mi género... Asi que por primera vez en mi vida, vi como una mujer fatal intentaba seducirme, hasta que al parecer mi voz de mujer rompió el hechizo, se encendieron las luces, y la señora Miranda, me miró de arriba a abajo, sin encontrar al detective privado que al parecer esperaba encontrar en mi lugar.


Después de semejante escena, es normal que no consiguiese que respondiese a las escasas preguntas que pude hacerle antes de que se excusara mirando el reloj de pared, me dijese que tenía una cita, que llegaba tarde, que sentía no poder atenderme y que hasta siempre.


Así que de aquella entrevista lo único que pude sacar el claro fue que curiosamente tanto el dueño del concesionario, como el joven empleado tenían razón, ya que si durante la absurda escena de seducción que mi voz rompió,pensé que la señora Miranda se parecía a la Barbara Stanwyck de Perdición, cierto es también, que cuando evitó contestar a mis preguntas y me echó de su casa sin miramientos, le encontré también cierto parecido con la Mary Astor del Halcón maltés; también que la señora Miranda tenía a su servicio a una chica de uniforme, lo que corroboraba mis sospechas, junto con el mercedes y el barrio en el que vivía, de que no andaba mal de dinero; también que, o la señora Miranda tenía una preocupante tendencia al flirteo, o que esperaba a otro detective privado (en mi profesión he aprendido que las casualidades se dan a menudo de lo que cabría imaginar) que no era yo, para asuntos que yo desconcía; y que mentía fatal, ya que ni por un momento me creí que hubiese vendido su mercedes porque se había cansado del color de la tapicería, ni que llegase tarde a ninguna parte.


 


La parte positiva de mi investigación fue que durante el tiempo en el que la señora Miranda se había estado preparando para su escena de seducción, yo había podido ver todos los detalles de la habitación en la que la estaba esperando. Así que me dirigí de vuelta al barrio. Tenía una nueva sospecha después de ver una foto encima de una preciosa mesita, (mesita de mármol que tenía pinta de ser mas cara que todos los muebles de mi casa) y quería comprobar algo.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla (dos)

"El dueño del concesionario, un calvo enfermo de antigua cinefilia, anda diciendo de ella que era el vivo retrato de la Barbara Stanwyck de "Perdición", gafas negras incluidas. El joven empleado, sin embargo, sólo dice recordar haber reconocido el verso de Emily Dickinson de pura chiripa. Sí; esa mañana, antes de encontrarlo en la guantera del coche nuevo, escrito con letra temblorosa al dorso del resguardo de una quiniela, lo había leído en un artículo del suplemento del periódico. En cualquier caso, una mujer les había vendido su coche de lujo a un precio irrisorio, muy por debajo de lo creían que marcaba el mercado de coches de segunda mano. ¿El verso, detective? "Quién dice que la ausencia de un brujo invalida su hechizo?"


Esto me lo contó mi nuevo cliente, esa mezcla de filósofo, borracho y poeta a la mañana siguiente, sentado frente a mí en mi despacho. Yo la verdad es que había avanzado poco en mis investigaciones.


El día anterior lo dediqué casi exclusivamente a observar desde la ventana del bar de sordo, las idas y venidas del aparcacoches, ya que no quiso hablar conmigo cuando intenté hacerlo... Era alto, moreno, y delgado, demasiado delgado; mirada de buena persona, de esos que con mirarlos sabes que han acabado en la calle por esas casualidades de la vida que a veces se van entrelazando y que llevan a una persona normal a circunstancias para las que no estaba preparado. 


Se llamaba Antonio, como el Santo, según me contó el dueño del bar del sordo, que sabe mas de lo que dice, y que siempre está dispuesto a darme la información que ando buscando.


También supe por la camarera rusa contratada hace poco en el bar del sordo, que era buen chico, y que ella sospechaba, por lo educado que era y por el uso de ciertas palabras, que tenía estudios superiores, y aunque no supo indicarme una carrera concreta, me dijo que estaba segura de que había estudiado una carrera de letras.


Qué de que me servían estas informaciones? Pues en aquel momento, de nada, pero sé por experiencia que cuanto más sabe una, más fácil es resolver un caso, así que fui tomando nota de todas aquellas observaciones que me hacían, como también tomé nota de la pista que mi extraño confidente me trajo aquella mañana.


 


Así que, concluida la entrevista, salí de mi despacho y me dirigí al concesionario. Tenía razón el confidente, el dueño, un calvo entrado en carnes, y un vendedor nato, casi consigue venderme el mercedes que la señora que según él se parecía a la Barbara Stanwyck de Perdición, le había vendido a él el día anterior a un precio tan por debajo del mercado de coches de segunda mano, que a mí me lo dejaba casi regalado. Cierto es que no tengo carnet de conducir, pero fingir interés por el coche me parecía la manera más fácil de acceder a él, ya que hay ciertos empresarios que en cuanto mencionas que andas investigando algo, se cierran en banda, convencidos de que de alguna manera, tu investigación acabará perjudicándolos.


Así que como posible compradora, me metí en el coche, y me di cuenta de que lo habían limpiado a fondo. No había niguna pista dentro del coche. Pero anoté la matrícula y le pedí a mi contacto en tráfico, una amiga de mi madre que se llama Clara y que de vez en cuando me hace favores de ese tipo, que me dijese a nombre de quien estaba el coche, ya que el dueño del concesionario, me dijo que aquello era información confidencial y que no podía dármela ni aunque comprase el coche.


Tampoco saqué mucho del joven empleado aspirante a poeta. Me dijo lo que ya sabía, que en la guatera lo único que había encontrado era un verso de Emily Dickinson que decía algo así como "Quién dice que la ausencia de un brujo invalida su hechizo?", y que la señora en cuestión, más que a Barbara Stanwyck en Perdición, se parecía a la Mary Astor de El halcón maltés, pero en rubia; lo que si he de ser sincera me parecía tan contradictorio que desheché ambas descripciones al no poder imaginar un término medio entre ambas.


De vuelta en el despacho tenía dos mensajes en el contestador: en el primero, mi contacto en tráfico me daba el nombre y dos apellidos de la dueña del mercedes, además de su dirección; en el segundo una voz distorsionada me aconsejaba que dejase de hacer preguntas si apreciaba mi seguridad.


Y como nunca he soportado que me den consejos que no he pedido voces distorsionadas en contestadores automáticos, cogí mi bolso y volví a salir, camino de casa de Rosario Miranda, que era como se llamaba la dueña del mercedes y que (como no podía ser menos) vivía en el centro.


 

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El misterio de la nariz aplastada contra la ventanilla

 Acepté el caso, me fui a mi despacho, y he de admitir que lo olvidé completamente. 


En mi defensa diré que salía de una vigilancia de casi veinticuatro horas en las que acaba de descubrir algo que no le iba a gustar a mi anterior clienta; y es que esa vigilancia se la había hecho al marido de una señora que sospechaba que la engañaba con otra, y yo acaba de descubrir, que engañarla la engañaba, pero no con otra, sino con otro, y eso, la verdad, es que nunca es fácil de contar.


Así que sí; llegué a mi despacho y me dormí, y cuando me desperté, a lo único a lo que le di vueltas fue a como contarle a la esposa celosa, la verdad de sus sospechas y la sorpresa que no se esperaba, y olvidé a aquella mezcla de borracho, filósofo y poeta y su historia del gorrilla cowboy, que había creído reconocer en una nariz aplastada, un pasado que creía haber olvidado... olvidé al hombre que fumaba en la parte de arriba de una litera del albergue social del barrio, y el coche de lujo, y a la mujer y a la niña que según mi nuevo cliente lo estaban buscando.


Y no habría vuelto a pensar en aquello, de no haber sido porque unos días después, aquella mezcla de borracho, filósofo y poeta apareció en mi puerta... no venía a saber como iba el caso, sino a darme un adelanto.


Según me contó había conseguido el dinero haciendo una colecta entre los habituales del albergue social del barrio, los clientes del bar de sordo, y mas de una y de dos amas de casa que conmovidas ante semejante historia, querían contribuir con lo que sisaban de la compra.


Y como no estaba (y sigo sin estarlo) acostumbrada a los adelantos, decidí empezar a investigar aquella historia, aunque según supe por mi nuevo cliente, el interesado, estaba lejos de querer hablar conmigo; y eso, quieras que no, iba a complicarme las cosas.


 

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