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beatus ille

ponte comod@


la tormenta de nieve (2)

Al día siguiente amanece un día precioso. El sol brilla en el cielo y la nieve cubre gran parte de las calles. No tenemos luz - hoy jueves aún no ha llegado- así que tomamos el desayuno frío y nos vamos los cuatro a la calle, a ver cómo está el pueblo. Antes yo he hablado con mi jefa y sin embargo amiga para preguntarle cómo está todo. No puede saberlo porque no puede llegarse por carretera a Lloret, y tendrá que ir al CAP de Malgrat. Los coches tienen un montón de nieve encima; se ha caído el árbol que tenemos a la puerta de casa, sobre mi ciclomotor, milagrosamente intacto. Si hubiera caído hacia el otro lado, habría caído sobre el coche de Carmen.


Hay un ambiente curioso de fiesta, gente que camina sola o en grupos, que se llama y se pregunta cómo fue la tormenta, qué tal lo has pasado: se agolpan en la ferretería de Marchán, que está abierta porque tiene un generador propio. Ahí todos compramos pilas, linternas, leña... divertidos, como niños de acampada. Más abajo están los Magatzems Palou o Can Palou, la única tienda de comestibles abierta del pueblo porque también tiene generador propio. Estoy convencido de que si un día se desata la IIIª guerra mundial y un invierno nuclear asola la Tierra, Can Palou abrirá. La cola para comprar el pan llega a la calle. Flota en el aire el humor lleno de familiaridades de Tossa, los Ai, nena y los Ai, noi. También se enciende la otra pasión de Tossa, la de la información privilegiada: todo el mundo parece saber lo que ha pasado, las torres de alta tensión que han caído, los parajes recónditos a lo que hay que llegar en helicóptero, lo que dice FECSA, lo que dice ENDESA, las soluciones técnicas, que la luz volvera a las tres y cuarto de la tarde - el cuarto a mí me parece de fantasía.


Paseo abajo se llega a la playa. Mucha gente se ha acercado al paseo marítimo para echarle un vistazo al fenomenal temporal de mar que ha quedado de resaca, con olas de tres y de cuatro metros que azotan los lomos de la colina del castillo. Muy bonito, pero el mar ha lanzado la playa sobre la riera y parte de la riera se está embalsando. Nos enteramos de que una chica se puso de parto en plena tormenta y se la llevaron a Blanes en vehículo particular. Una ambulancia con una quitanieves delante y los mossos detrás tardó cuatro horas en hacer el trayecto - que en condiciones normales, es de poco más de veinte minutos. Todos hacemos fotos, comentamos; como si estuvieramos de vacaciones. Total, la luz vuelve a las tres y cuarto de la tarde...


Vamos con mis suegros a comer a casa de mis  padres, que están en Barcelona. Aprovecharemos que tienen una cocina de gas para comer caliente. A las doce del mediodía nos quedamos sin teléfono, ni fijo ni móvil. Aunque la carretera está abierta es peligrosa por las placas de hielo. Es una sensación de verdad inquietante, la del aislamiento. Te sientes perdido. Después de comer una sopa de fideos que sabe a gloria volvemos a casa. Yo paso antes por el CAP de Tossa, donde no tienen luz ni nada. Después vuelvo a ir a comprar al Marchan y al Palou y las caras ya no están tan risueñas: No sólo no ha vuelto la luz, sino que se ha ido el teléfono. Compro velas. El cielo se nubla y todo se vuelve oscuro de golpe. Paso de nuevo por la casa del mar y me toca visitar a dos pacientes, uno de ellos una señora francesa que viene acompañada por la mujer del primo de Carmen, que es recepcionista del Golden Bahía de Tossa, un hotel de 1000 plazas que también tiene generador propio. La señora estuvo atrapada toda la noche con su marido y dos niños pequeños en un coche en la carretera de Sant Feliu a Tossa. No ha sido la única. Mi vecino el municipal me dice que en la de Lloret a Tossa se quedaron unas treinta personas. También me dice que por la mañana había podido hablar con los de Endesa y le habían dicho que la luz no vendría hoy, que seguramente mañana, que la noche pintaba mal.


En el Golden Bahía empezaron a ceder camas para gente del pueblo que quisiera ir a pasar allí las noches, por el frío. Nosotros, por suerte, rescatamos una estufa de queroseno y pudimos calentarnos, aunque volvimos a la cena fría. A las nueve estábamos en la cama y Héctor se durmió con un cuento que me inventé sobre Peter Pan que venía a Tossa y arreglaba la tele y la estufa, aunque era un poco creído y se compraba su propio cuento en Can Palou.


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la tormenta de nieve (I)

La previsión auguraba una nevada importante para la tarde del domingo o la mañana del lunes. Con lo que no contaba es con que el choque de una masa de aire muy frío y otra muy húmeda provocara algo que casi nadie había visto por aquí: una auténtica tormenta de nieve. Hacia las once de la mañana del lunes empezaron a caer abundantes y despaciosos copos de nieve, que provocaban el habitual comentario ilusionado de quien está acostumbrado a ver la nieve en las postales. A las doce seguían cayendo - a nivel del mar- y a la una el ritmo se aceleró. A las dos empezó a soplar el viento y a las dos y media decidí irme a casa. Llevaba a Laura, una compañera de trabajo y sin embargo amiga. Paré a llenar el depósito de gasolina y compré unas cadenas de esas de tela. Dejé a Laura en su casa y enfilé camino a Tossa. Ella me dijo que si no podía pasar, me podía quedar en su casa. Pero mi razonamiento era: si no puedo pasar ahora, tampoco podré pasar después, y no me apetecía dejar solos a mi mujer y mis hijos toda la noche en Tossa, en plena tormenta.


Al llegar a un alto de la carretera, había un coche patrulla atravesado y una barrera que anunciaba carretera tallada. Les dije a los policías que llevaba cadenas en el coche y se las mostré. Uno de ellos me dijo: " Si sabes ponerlas, ponlas. Pero no me pidas que te ayude porque no tengo ni idea de cómo se ponen". Me aparté de la carretera y bajé a poner las cadenas. Fue de mierda: hacía un frío acojonante, el viento te cortaba y te lanzaba la nieve a la cara. A los cinco minutos tenía las manos y la cara congelados. Además, era incapaz de poner la funda de la rueda derecha. Los pies se me hundían en la nieve acumulada, que superaba ya los veinte centímetros. Por fin pude poner la dichosa funda. Volví a acercarme a los agentes y les dije que ya tenía las cadenas. Me indicaron la carretera y me dijeron " Si quieres probarlo..." Vaya, que era como un allá tú. Hoy no lo hubiera probado, pero entonces sí lo probé. Es lo que digo siempre de los astronautas, con una diferencia: ellos volverían a hacerlo. Sin dudar. Lo primero un descenso nevado con una curva final de vértigo. Tenía clarísimo que estaba prohibido tocar el freno. Sorteé las dos o tres primeras curvas y entonces vino el verdadero problema: la primera rampa ascendente. Ahí el control de tracción y el freno automático en cuesta se volvieron locos. Disculpadme si no me acordé de apagar el control de tracción; estaba muy entretenido procurando no deslizarme por el barranco. Después saltó la alarma del cambio automático, con lo que llegué a la conclusión de que el ordenador del coche se había ido de vacaciones. Seguí patinando, a doce kilómetros por hora. La carretera sube unos buenos dos kilómetros y era fundamental no acelerar ni frenar, tratar de que el coche se mantuviera en las roderas. A media subida me encontré con un tío que quería subir aquello con un ciclomotor. Paré el coche, bajé la ventanilla y le dije que si iba a Tossa. Me dijo que sí y le dije "Sube, te llevo". Me dejó atónito cuando me preguntó ¿ Y la moto qué ¿ Dónde la dejo? Átala al quitamiedos, átala donde sea. Nadie va a llevársela hoy. Muchas gracias, me dice, de verdad, muchas gracias. Pero me quedo. Seguí carretera arriba, con los limpias a tope. Casi no se veía. El coche derrapaba a veces y yo trataba de no hacer ningún movimiento brusco de volante. Pasé junto a una esplanada donde había media docena de coches detenidos. Con gente dentro, con las luces encendidas. Llamando para que vinieran por ellos. Seguí adelante. A la altura del mirador, el coche se me medio descontroló, fui de costado más de una vez, pero conseguí dominarlo. Iba a diez por hora. Yo sabía que lo importante era no detenerme, porque si no estaría jodido. Lo peor, sin embargo, estaba en el alto de Santa María, que fue meta volante del TOUR del año pasado: un paisaje polar, en el que no se veía nada, en el que el viento se desató del todo, como las buenas tramontanades. Además, tenía delante a un cuatro por cuatro enorme que iba como a ocho por hora, todos los sensores me avisaban de errores, pero yo notaba el coche bien. Se habían acabado además, las curvas en subida. Lo más difícil era tratar de adelantar al cuatro por cuatro. Lo hice. No sé cómo pero lo hice. Al fondo de la recta vi dos figuritas que caminaban. Llevaban un paraguas. Eran un matrimonio ya mayor de Tossa que habían subido a Can Vilas, un restaurante de la carretera. Cuando quisieron volver, el autobús derrapó y se quedó en la cuneta. Yo no había visto ningún autobús, pero es que casi no se veía nada. Subieron y los acerqué a Tossa. Poco antes de llegar nos encontramos una ambulancia del 061 de costado en el arcén, con los ambulancieros fuera, poniéndole las cadenas. Ellos subían y nosotros bajábamos; teníamos ventaja. Nunca me ha puesto más contento ver por fin Tossa.


Dejé al matrimonio en su casa y fui a la mía. Le dije a Carmen que el coche se había vuelto loco y que había pasado un miedo horrible. Me pasé gran parte del camino rezando. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que a los veinte minutos de estar en casa se fue la luz - aún no ha vuelto, escribo esto gracias a un generador que tenemos en el trabajo. El viento sopló aún más fuerte y la oscuridad se apoderó de la tierra. Se escucharon truenos. Tuvimos que encender velas y linternas a las cinco de la tarde. Por suerte los niños son muy pequeños y no tuvieron miedo. El viento parecía que iba a arrancar el toldo, pero si retirábamos el toldo, la terraza se nos llenaría de nieve. A las siete más o menos, hice la segunda gilipollez del día: intentar meter el coche en el garaje, no sea que le cayese un árbol encima. El viento casi me tira de culo, la nieve me cegaba. La del suelo me llegaba casi a la rodilla. Los sensores del coche pitaban como locos. Pero lo peor fue la rampa: una pista de hielo de unos 30º de inclinación. Hacer patinaje con un C4 gran Picasso no es fácil. Después de meterlo en el garaje sin un rasguño, estoy pensando seriamente dedicarme al circo. Cenamos un bocadillo y las nueve y media de la noche estábamos en la cama, deseando que por la mañana, la luz hubiera vuelto. La nieve y el viento seguían reinando. Mantuvieron su reinado por lo menos hasta las seis de la mañana.


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no es país para viejos, de cormac mccarthy, debols!llo, 2008.

 Hacía años que quería leer algo de Cormac McCarthy, pero por una u otra cosa, las oportunidades iban pasando y yo seguía sin leerlo. Hasta que el otro día me topé con No es país para viejos y pensé " ahora sí que no te escapas". Me situé rápido, ya que el ambiente, la historia, pero también el estilo me recordaban a dos escritores queridos por mí: Jim Thompson y Barry Gifford. Y también me vino a la mente aquella película de Sam Peckimpah, Quiero la cabeza de Alfredo García.


La anécdota nos muestra a Llewelyn Moss, cazador y veterano de Vietnam, que está cazando antílopes cerca de casa y persiguiendo a un antílope herido se encuentra una carnicería de narcos en mitad del desierto, con coches cosidos a balazos, cadáveres hinchándose al sol y dos millones de dólares en un maletín, que él decide llevarse a casa. A partir de ese momento empieza una fuga sin objeto ni sentido, con dos perseguidores que son antítesis el uno del otro: el asesino a sueldo Anton Chigurh y el Sheriff Bell. El uno quiere matarlo para recuperar el dinero y el otro encontrarlo antes de que lo maten. A través de páginas de seca y descarnada violencia, los personajes van de motel en motel indistinguible uno del otro, se tirotean en ciudades donde nunca querrías estar y viven y mueren en un país que, en palabras del Sheriff Bell, siempre tuvo una violencia extraordinaria.


Moss es el tipo duro, ese personaje de la serie negra que está en un dudoso equilibrio con la ley. Es curioso pero se me hizo difícil empatizar con él. Chigurh es tan enigmático como repulsivo: un asesino implacable y despiadado, que sin embargo necesita explicarle a sus víctimas la teoría de que él no es más que un instrumento del destino, que la vida de ellos se acabó antes de que él entrase en escena. Es metódico, ascético y vive para su trabajo, para cumplir su objetivo. El Sheriff Bell es otro cantar. McCarthy decide darle voz y es su humanidad y su peculiar visión de lo que está pasando lo que marca el tono de la novela. Para Bell, está muy claro que se acercan los tiempos del Apocalipsis y Chigurh es o bien el Diablo o el ángel exterminador. El miedo a acabar enfrentándose con él lo lleva a la dimisión: 



Hay cosas que cuando descubres que son reales podría ser muy bien que no estuvieras preparado en absoluto para enfrentarte con ellas



Así, la frontera entre México y Texas sería en realidad el Infierno, pero ¿ No es el Infierno donde están centenares y miles de mujeres enterradas en el desierto? ¿ No es algo parecido al Infierno un lugar en donde detienen a un tío que se había cargado a 300 personas y hecho sopa con ellas disolviéndolas en ácido? Y eso no está en la novela de McCarthy, sino en los períodicos y los telediarios.


El estilo es seco, descarnado, como un buen puñetazo, sin la reiteración de otro apóstol de la violencia, James Ellroy: es como si cazaras un animal, lo despellejases, le arrancases los ojos y lo pusieras a secar al sol o en un ahumadero. Salvo la voz de Bell, angustiado porque esto sólo lo parará el segundo advenimiento de Cristo, el estilo es impasible y pasa sobre los vivos y sobre los muertos, como la nieve de Irlanda. Vidas que se acaban antes de que empiecen, coches que arden, ancianos atónitos - no es país para ellos.


Ha sido Harold Bloom quien ha asociado los nombres de Melville y Faulkner con McCarthy y supongo que es más desde un punto moral, de retrato del mal y la ausencia de Dios, que estilístico. Faulkner dijo o escribió que el Mal triunfa en cuanto se acepta que tiene una lógica y un propósito y Bell cree que si el Diablo quiere doblegar a la humanidad no tiene medio mejor que las drogas. Sé que Conrad y en especial El corazón de las tinieblas no le gustan a Bloom - a cada cuál sus manías- pero yo no pude evitar pensar en Conrad, en Lord Jim y la ya citada El corazón... al conocer el secreto de Bell y ver cómo nuestro peor enemigo está muchas veces en nuestro corazón, como la semilla de nuestra destrucción nos acompaña a menudo desde que nacemos.


Mucho más que un trhiller corriente, nos dice la contraportada. Sí, mucho más: un viaje al infierno, donde apenas el corazón del Sheriff Bell puede ser un refugio para nosotros, si no nos encuentra antes la bestia implacable conocida como Anton Chigurh.


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más promo.

Ya, que al final me vais a coger manía. Lo sé. Dejadme decir antes que La melancolía de las grúas, ese poemario del que no he hablado nunca antes ha quedado finalista en el IIº premio de la Asociación de Editores de Poesía, un premio joven, sin dotación y de escaso impacto pero coño: qué contento me he puesto. Que si lo quereis está en la casa del libro, que es finito, que se puede utilizar para las sillas que cojean.


Besos a todos.


http://www.poesiaerestu.com/revista/?p=451

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una dama neoyorkina, de dorothy parker, ediciones B

La primera imagen que tengo de la sra. Parker es demoledora: borracha, se desploma de boca sobre su plato de sopa. Así la pinta el cabrón de Truman Capote en Plegarias atendidas; claro, que la vida da muchas vueltas y unos años después le tocó a él desplomarse y convulsionar por deprivación de alcohol en plena conferencia en una universidad americana. También parece ser que la sra. Parker fue una despiadada crítica teatral y una fusta inconmovible en la tertulia literaria La mesa redonda, donde también estaba el mudo de los Marx, y de la que se nos dice que era legendaria, aunque sospecho que había millones de neoyorkinos a los que les importaba un bledo.


Por principio no me gustan los prólogos, pero creo que si tienen una justificación, esa es la de las antologías como la que nos ocupa. ¿ Por qué escogí este relato y no otro? Lo digo porque parece ser que aquí falta uno del que se afirma que es una obra maestra, La gran rubia. Hablando de prólogos de antologías, en la antología de Lorca que editó la Editorial Renacimiento, de Sevilla, en el prólogo se le dedican unas cinco páginas al Llanto por Ignacio Sánches Mejías, ponderando su importancia y relacionándola de manera muy sugerente con las Coplas a la muerte de su padre, de Manrique. Cuál sería mi sorpresa al no encontrarla por ninguna parte después. Misterios de las antologías y sus prólogos. Volvamos con la señora Parker.


Vista en su conjunto, la antología parece un espejo que la señora Parker pasea a lo largo de su vida: la deslenguada y ácida jovencita, la preocupada mujer de mediana edad en guerra y la alcohólica y aún más ácida señora sin edad. Los relatos de los años 20 son ingeniosos, pero el ingenio a veces muere en el ingenio. Hace falta muchísimo talento para la sátira: es la tela que antes envejece con el tiempo. Me recuerda a lo que he leído de Anita Loos, pero estos relatos - ya digo, puede que haya otros- no son comparables a los de Hemingway y Fitzgerald de la misma época. Algo más serios son los relatos de los años 30 y el mayor grado de contención llega en los relatos de guerra, en especial el magnífico La visita maravillosa. Mención aparte merece Vivo de tus visitas, que podría ser un implacable autorretrato. Una vez acabado el libro, nos parece que nos faltan relatos para calibrar la verdadera talla de la Parker. Y es una pena que la antología no recoja lo mejor que la Parker escribió jamás, su epitafio:


"Perdón por el polvo."


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la interpretación del asesinato, de jed rubenfeld, anagrama, 2007.

Vale, lo confesaré desde el principio: escogí este libro seducido por la contaportada, el más mendaz, el más desvergonzado de todos los cantos de sirena. A partir de ahí, quejarse no sirve de nada. La contraportada de La interpretación del asesinato nos hace creer que nos hayamos ante una novela de misterio en la que el Dr. Freud, de Viena, se enfrenta a un asesino en serie de ricas herederas en el Nueva York de principios del siglo XX. Apenas bastan treinta páginas para comprobar que eso no es cierto.


Todo empieza cuando una rica heredera es encontrada torturada, asesinada y casi desnuda en un exclusivo edificio de apartamentos de Manhattan, justo el día en el que Freud, acompañado por Jung y Férènczi, llega a Nueva York para pronunciar una serie de conferencias. Al día siguiente es atacada una nueva joven, que sobrevive a la agresión pero pierde a la vez la voz y la memoria y ahí es donde  entran en juego el psicoanálisi y Freud. Sugerente ¿ verdad?. Y falso, porque en esta novela casi todo lo es en diferentes grados que van de la falta de verosimilitud al engaño deliberado.


En la extensa nota final, Jed Rubenfeld nos asegura que el Nueva York que acoge la peripecia es fruto de una extensa y minuciosa investigación. No lo dudo. Pero es triste que todo es esfuerzo no le sirva a Rubenfeld para recrear el Nueva York de la época más allá de la anécdota y el detalle: me trae sin cuidado que los taxis fueran rojos y verdes y me importa un bledo si el sueldo de un obrero era de tres dólares semanales; quiero saber cómo olían esos taxis y que suponía montarse en uno de ellos para alguien de 1909 y quiero saber cómo se las arreglaban los obreros con tres dólares semanales, porque si no, huelga el detalle del color y huelga el detalle del sueldo.


Por un breve instante, de unas veinte páginas, tuve la agradable sensación de entrar en un mundo ya conocido gracias al cine, desde Gangs of New York a Érase una vez en América, pero Rubenfeld abandona pronto ese trabajo y se contenta con darnos datos y datos, más como el guía de un museo que como un escritor. Para no ser injusto diré que se salva de eso la escena del hallazgo del cadáver de Elsie Sigel - que está basada en una escena real. Edith Warton es citada de manera explícita en dos ocasiones y Henry James sufre una suerte de chiste erudito cuando Freud se refiere a él como el hermano del psicólogo William James; una pena que a parte de hacerlo objeto de un chiste para lectores listos, Rubenfeld no siga el consejo más famoso de James: " No lo digas; muéstralo".


Caso aparte son los personajes, siempre a un peligroso paso del estereotipo. No Freud, es cierto, pero con Freud pasa algo muy curioso: Rubenfeld parece temerle, como si no estuviese muy seguro de poder manejarlo; tal vez de ahí viene la necesidad de que aparezca en escena Stratham Younger, personaje que no sería necesario de manera estricta. Quizá por eso y consciente de su falta de carisma - tendría más si fuera un plato de sopa fría- Rubenfeld le cede, de manera caprichosa, la voz cantante de la narración de vez en cuándo, sin que eso cambie substancialmente la misma.


Peor suerte corre Jung: es apenas un señuelo, un sospechoso, una pista falsa, de la que se aumenta su lado ridículo para hacernos saber que es uno de los malos de la película, no sea que vayamos a pensar por nuestra cuenta y lo veamos como el que tiene razón en su discusión con Freud. Claro que si uno lo piensa bien peor todavía les va a Brill y a Férènczi, dos meras comparsas cómicas. Todo lo anterior no son, de todas formas, más que pecados veniales: una suerte de maughamnismo, es decir, no respetar al lector por considerarlo incapaz de encarar la complejidad y masticárselo todo para que no tenga que hacer ni el más mínimo esfuerzo. Eso me molesta pero puedo perdonarlo.


Lo que no le perdono a Rubenfeld es que sea un tramposo: el engaño deliberado.


"El arte es engaño", nos dice el Dr. Younger en la página 442. No estoy de acuerdo. Para mí el engaño se produce cuando una de las dos partes de un trato ignora las intenciones de la otra parte, en la que confía. La ficción es un engaño que no es tal porque autor y lector se han puesto de acuerdo en sus bases: uno finge engañar y el otro finge creérselo. Si el autor engaña de verdad es porque no respeta al lector.


Ya, ya sé que La interpretación del asesinato es una novela de misterio, y que es normal que el autor nos oculte información o que nos la presente de manera confusa; pero muy diferente a eso es que nos mienta: no los personajes, sino él. Si uno toma El halcón maltés, novela en la que los personajes están mintiendo todo el tiempo, advierte que sin embargo Hammet no nos miente en ningún momento. Rubenfeld no tiene escrúpulos en mentir incluso cuando está usando el monólogo interior, con lo que puede dudarse de que sea monólogo y sobre todo de que sea interior. Creo que no se puede tener peor intención.


Tal vez he sido muy severo, con una novela de la que saldrá una buena película - apuesto que los derechos ya están vendidos al cine- pero es que no me gusta que me engañen ni que me tomen el pelo.


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poema encontrado al despertar.

A navajazos


así te convoco y te reclamo


luchando cuerpo a cuerpo


y metro por metro


por tu esqueleto fraseado; 


otras veces te me ofreces


manso, claro y reposado


como un secreto billete


que alguien me diese en mano.


Ladrón o partera


te arranco o te recibo


de la nada de palabras


o limbo aterciopelado


donde flotabas en sueños


desde los lejanos tiempos


de antes de que naciéramos.



Tamara de Lempicka, Le chemise rose.

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algo de promocion

Hola: ya sé que el autobombo es una cosa muy fea, pero es que si no me promociono yo no lo hace nadie: podéis comprar mi libro - si os da la gana, claro- en la casa del libro, también on-line. Que lo sepáis. A ver si supero los dos ejemplares. Debería haber contratado a Andy Warhol.



O tal vez no, ya que desde 1987 no contesta al teléfono.


el enlace:


http://www.casadellibro.com/libro-la-melancolia-de-las-gruas/1652574/2900001359852


Besos a todos y a todas. Explicaré algo más adelante de mi viaje por Sevilla y aledaños, pero ahora estoy muy cansado - sobrevivir a un avión siempre me cansa.


Añado, además, una entrevista del todo prescindible - por las respuestas, que no por las preguntas, obra de Javier Pérez-Ayala :


Entrevista


2010

01.15


Jerónimo Fernández Duarte, de profesión médico acaba de publicar su segundo libro individual de poesía con la editorial poesía eres tú, anteriormente a participado en libros colectivos y sus poemas han aparecido en varias revistas de literatura.


P.- La melancolía de las grúas es un título muy nostálgico y el poema que da título al poemario habla con mucha certeza de esa nostalgia de actividad, quizás un poema publicado en un momento idóneo debido a la crisis económica, donde mucha gente que se encuentre en paro se puede ver reflejada su situación en ese poema. Me imagino que no fue esa la intención del poema. Nos puedes hablar como surgió este poema.


R.- Desde la ventana de la consulta se ven dos letreros de “se vende”. Llevan ahí dos años. En la calle de al lado se construía un edificio que estuvo un tiempo parado. La verdad es que las grúas parecen dinosaurios, manadas de dinosaurios pastando al atardecer. De ahí viene el poema. Una amiga me dice que soy bueno cuando me pongo elegíaco. Qué buena es ( risas)


P.- Cataluña es una tierra rica en poetas, en tus poemas se nota la presencia del mediterráneo, las playas, el mar. Es inevitable quizás esa referencia cuando se vive en un pueblo bañado por el mar. ¿Es tu poesía una herencia de esa tradición de poetas que han tenido el mar por compañero en sus escritos?


R.- No tanto por tradición poética como por experiencia vital. La playa es para mí el espacio erótico que para otros es el cine. Ahora caigo que nunca me la imagino vacía. Además, no le hago poemas a las gaviotas – las odio- ( risas) sino a chicas con bikini o sin él… En fin, creo que viviendo aquí es casi inevitable.


P.- Podríamos definir tu poesía como una poesía realista pero no está ausente en ningún momento de metáforas, una poesía que se entiende y en la que el lector se puede ver reflejado. Muchas voces hoy empiezan a decantarse por una poesía que se pueda entender. ¿Estás de acuerdo con esta afirmación que Joan Margarit recomendó recientemente en sus nuevas cartas a un joven poeta?


R.-No he leído aún las nuevas cartas a un joven poeta. Mmmmm. Es complicado ¿ Qué quiere decir “entender”? ¿ Quién lo tiene que entender? Yo no pienso en nadie cuando escribo los poemas. Tampoco los escribo a propósito para que no se entiendan. Creo que el poema debe ser personal y transferible y también que un poema no es un menú o un billete de metro, así que la gente debe esforzarse para entenderlo. Joder, si se esfuerzan en entender el recibo de la luz ( risas)


P.- No te voy a preguntar por la Gripe A, pero quizás la poesía funcione un poco igual que la dichosa gripe, se contagia en un público minoritario paciente quizás de una pandemia que se podemos llamar poesía. ¿Crees que podremos considerar alguna vez a la poesía una pandemia o tendremos que seguir siempre siendo una minoría maravillada por este noble arte?


R.- No creo que las condiciones de contagio sean las adecuadas: nadie les lee poesía a los niños, la poesía no está presente en la vida cotidiana más allá de “la semana de la poesía”, “el día del poeta” o una chorrada similar. Parece algo como de astronautas o trapecistas, algo muy alejado de la vida diaria. Creo que el problema estriba en que la poesía demanda esfuerzo y da poca satisfacción inmediata. Para ver la tele sólo tienes que sentarte en el sofá, y la poesía no es eso.


P.- Muy pocos libros publicados y mucha calidad en tus poemas, como editor me costó mucho convencerte para que esta Melancolía de las grúas viese la luz. Como lector me he quedado con ganas de más poemas tuyos. Decía Rilke que el poeta no puede evitar acudir al papel ¿Habrá una tercera entrega?


R.- Gracias por lo de la calidad, todo es relativo. Nadie sabe lo que hará mañana pero espero que sí, que haya tercera entrega, y cuarta, etc… No sólo son pocos libros, sino que son muy finos ( risas)… Es que soy muy lento, no tengo método… me apunté en un taller literario y no tenía tiempo para hacer los ejercicios. Me he comprado libros para aprender a escribir poesía y no es que me hayan ayudado mucho. Casi todos enseñan a escribir haikús ( risas). Yo empiezo a escribir un poema y tengo que reescribirlo en otro cuaderno y llevo varios cuadernos paralelos y después paso a la versión definitiva, la envío al editor, el editor me quiere publicar el poemario y yo quiero cambiar los poemas… Así no se puede ir rápido, sobre todo con mi profesión y con dos niños en casa.


P.- Al leer tu poemario me cuesta creer que seas un autor casual y se nota ese trabajo de lectura poética en tus escritos. ¿Cuáles han sido los autores que han dejado más poso en tus escritos o qué al leerlos más te hayan influenciado?


R.- Empecé a escribir poesía en 1998, con veinticinco años. Por qué entonces y por qué tan tarde es todo un misterio, pero desde entonces no he parado. He escrito y escrito y escrito. Y también he leído y leído y leído, aunque nunca seré el lector perfecto de poesía porque empecé tarde.


Si pienso en un autor que sin duda me ha influido es Gil de Biedma. También el resto de la Escuela de Barcelona, pero sobre todo Gil de Biedma. Y hay poetas que me gustan mucho pero no creo que me hayan influido en absoluto, como Dylan Thomas. Me falta muchísimo por leer y aprender. Pero no, de casual no tengo nada: claro, que podría haberlo hecho mejor ( risas).


Y otro enlace:


http://www.libreriaproteo.com/libro-553676-LA-MELANCOLIA-DE-LAS-GRUAS.html


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