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beatus ille

ponte comod@


la tormenta de nieve ( 5) trabajando con normalidad.

El miércoles la consellera pidió datos y el jueves publicó una nota de prensa en la que informaba que la red pública de medicina trabajaba en Girona con toda normalidad. Buena cintura: la Geli estuvo fina; pasó por la provincia, desde el Pirineu arran del mar, que diría la sardana y le demostró dos cosas a Saura y a Montilla: que no hace falta que acaben el AVE para acercarse a Girona y que quien informa primero informa dos veces. Pero claro, la Geli es de Girona y tendría huevos que no se pasase por su pueblo a ver qué tal estaban. Los datos no mostraban normalidad, ni mucho menos, pero dadas las circunstancias se entendieron como normales. Muy bien. Vayamos a lo que no son los datos.


Visitar a la luz de las velas. Muy íntimo, poco recomendable para el diagnóstico de enfermedades cutáneas. Hacer una extracción o poner una vía intravenosa a la luz de las linternas. Malo, ya no sólo se depende del pulso del que pincha, sino del que sujeta las linternas. Hacer un traslado en ambulancia en pleno temporal: muy fácil, sobre todo si no te importa llegar. Hacer un electro sin luz... sería interesante que se nos explicara cómo, pero seguro que la consellera lo sabe. Por cierto, los flamantes desfibriladores instalados acá y acullá tienen una batería que dura lo que dura. A partir de ahí, a desfibrilar a golpes - la batería no aguanta cinco días, ni siquiera las 48 horas reales sin generador de emergencia. Pasar la lista y ver que faltan 2 o 3 compañeros que nadie sabe dónde están. Chungo, de verdad que chungo. Pedir cita telefónica cuando no hay teléfono: una tontería como una casa. Visitar vestido de esquimal - eso no estuvo mal, la verdad.


Anécdotas patrias, que muestran qué tipo de país tenemos, más ridículo si cabe por su pretensión o fingimiento de no ser mediterráneo, sino una hasta ahora desconocida provinvia del Imperio Austrohúngaro o incluso de la Holanda ultramarina: el viernes - 90 horas en tiempo real sin luz- teníamos luz que venía de una línea provisional de Blanes - no quiero ni saber cómo es- y simplemente no aguantó. Estábamos a 3 grados. Como visitamos en un cuco barracón prefabricado, en argot de la administración catalana, módulo - un día escribiré algo sobre la Catalunya modular-, la temperatura era exactamente la misma que en la calle. Todos con los anoraks, los pacientes ya medio riéndose al entrar - todo muy normal, sin poder dar horas ni partes de baja, etc, etc. Llega una furgoneta de FECSA/ENDESA. Salimos a preguntarles cuándo volveremos a tener luz. Pues ahora, responde el figura, en cuanto le conecte el cable al generador - y con cara de absoluto y genuíno estupor- ¡Pero, coño! ¿ Dónde está el generador? Y el tío se pone a llamar allí mismo para decir a gritos que quién cojones se ha llevado el generador que habían dejado allí mismo la noche antes. Una coordinación impecable, perfecta.


Da gusto saber que en medio del caos hay personas que podemos seguir trabajando con total normalidad, hayamos comido o no, tengamos frío o no y que no emitamos comunicados de prensa ni demos ruedas de idem para decir lo que pensamos. Qué calentito se debe de estar en el despacho, jefe.


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la tormenta de nieve (4) Al rico generador.

Como si de un animal mitológico se tratase, todo el mundo buscaba generadores el jueves por la mañana. Que si han conectado un generador aquí o allá, que si como el hotel tal tiene luz seguro que yo también la tendré. La nieve seguía en las aceras más umbrías y en los márgenes de la carretera. Cada día se caía otro árbol. El día estaba indeciso pero seguía el frío. Nadie tenía ni idea de cuándo volveríamos a la normalidad, aunque el conseller Nadal decía con toda la calma del mundo que podría ser el martes de la semana entrante. Algunos no esperaban que les pusieran el generador e iban a comprarlo, gastándose entre 200 y 1000 euros. Para entonces ya había un muerto por inhalación de gases producidos por un generador y otros 100 casos de intoxicación por inhalación de CO.


Me extraña que nuestros brillantes políticos no les echaran la culpa por intoxicarse, igual que habían hecho el martes al culpar a los ciudadanos por no utilizar el transporte público. Es curioso, porque yo diría que el tren Barcelona-Figueres, en el que mucha gente quedó atrapada durante horas, es un transporte público, pero a lo mejor lo privatizaron antes de salir, como las eléctricas, que desde que son privadas funcionan sin duda mejor.


Mientras tanto, el alcalde de Lloret estaba desquiciado. Lo escuché gritando por la radio. Este fin de semana tenía aquí el rally de cada año y ya había aguantado a muchos ancianos irreductibles del IMSERSO encolerizados por tener que dormir con manta, abrigo y guantes, amen de no poder disfrutar del preceptivo bufet libre. Las pérdidas económicas se cifraban el jueves en 100 millones de euros, mientras Endesa insistía en que se declarara la tormenta como desastre natural - lo que les eximiría del pago de cualquier tipo de indemnización. En el capítulo de alegrías, mi coche recuperó de golpe la cordura, cuando ya estaba a punto de llevarlo a Calella a que lo revisaran.


La tarde en el CAP fue muy extraña, pues la gente parecía como perdida, como estupefacta. Nuestra pequeña tragedia doméstica, de una trascendencia ridícula, era muy seria para nosotros, y no por no poder ver la tele, cosa que no echas de menos, sino por no poder llevar lo que conocemos por vida normal. Cierto que en muchos lugares del mundo esta vida normal no es ni un sueño, pero eso sirve de poco consuelo. Gracias a la pequeña cocina de gas portátil pudimos calentar agua el jueves por la mañana y bañarnos todos echándonos agua con un cazo. Fue lo más cercano a estar en un spa de lujo que he disfrutado. Mientras los alcaldes se rebelaban contra la Generalitat, se acusaban unos a otros de quitarse los generadores, de llevarlos y traerlos, de que llegaban antes a pueblos sociatas que convergentes, yo reflexionaba sobre el hecho de que los políticos viven en una metarealidad: discuten sobre los toros, sobre comisiones, sobre el IVA, sobre cualquier gilipollez que se les presente y que dé titulares pero son incapaces de la menor de las actuaciones prácticas. El miércoles, a algún lumbrera se le ocurrió despedir a las unidades del ejército que habían venido a limpiar los intrincados bosques de las colinas que separan la costa del interior. Desde su caldeado despacho de la Plaça Sant Jaume, con barra libre de café y secretaria eficiente, no le pareció necesaria la ayuda del ejército de España, no sea que perdamos algo de identidad por eso.


Y rodaron cabezas pequeñas, de feria, como la del jefe de la comisaría de Figueres, que fue a buscar a su hijo al colegio - seguro que le avisaron que cerraban y que se lo llevara de allí- y después se quedó atrapado en la nevada y no pudo estar en su puesto de trabajo, como por cierto le pasó a su superior jefe de la región de Girona y al mismo subdelegado del gobierno, que no iba en vehículo privado sino oficial y se quedó atrapado igual. Claro, que esos conservan el puesto, como los directivos de Endesa.


A las diez y media de la noche llamó mi suegra, para decirnos que tenía luz. Algo es algo. Le propuse a Carmen que se fuera allí con los niños, pero prefirió que nos quedásemos todos en casa, otra noche a oscuras.



 

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la tormenta de nieve (3)

Cuando enfilo la carretera para Lloret, a las ocho y veinte de la mañana, todavía hay mucha nieve en los márgenes. Parte de ella se ha fundido y el agua que atraviesa la carretera se ha congelado durante la noche - el termómetro llegó a los cuatro grados bajo cero. Voy con el coche de Carmen porque el mío sigue dando mensajes de error como un loco al encenderlo; parece el ordenador del Apolo XI en pleno alunizaje. Conduzco con cuidado sobre las placas de hielo, evitando tocar el freno. Al llegar al CAP de Lloret veo un camión enorme aparcado al lado. Voy a Lloret en vez de ir a Fenals porque no sé dónde debo ir:  los teléfonos no funcionan y es imposible comunicarse con nadie. Al entrar en el CAP me sorprende la luz eléctrica, aunque la calefacción no funciona para no sobrecargar el generador, que está dentro del camión enorme. Hay teléfono, hay ordenadores ¡ hay de todo!. La jefa nos dice que visitaremos allí, que vayamos a Fenals a recoger las cosas.


Fenals es una nevera. Mis compañeros esperan allí desde hace un rato, embutidos en los abrigos. Nos vamos todos para Lloret. Algunos pacientes cuentan odiseas: veintiseis horas para volver de Girona - el trayecto en condiciones normales, es de 40 minutos- caminatas de más de ocho kilómetros bajo la nieve. El novio de mi amiga Laura, que es conductor de ambulancias, tuvo que pasar la noche durmiendo dentro de la misma, atrapado a unos kilómetros de Llagostera. Puedo consultar la prensa y eso cambia la perspectiva local por la general: ha sido un auténtico desastre, del que nadie es responsable; el govern dice que la culpa es de las eléctricas y las eléctricas que es culpa de la nieve y todos culpan al meteocat por no dar datos exactos. Llamo a casa y mi madre está medio llorando; le digo que no se preocupe, que pusimos en marcha la estufa de queroseno y que no tenemos frío. Justo en ese momento, cortan el generador, porque se ha quedado sin combustible.


Gracias al generador, el bar de al lado del CAP y el de la acera de enfrente también tienen luz. Puedo tomar un café caliente, que aunque tiene el sabor rancio de las cafeteras con poca higiene, me sabe a gloria. Hablando de higiene: todos llevamos días sin ducharnos, las barbas campan por las caras, las mujeres llevan el pelo recogido. Hace un frío de miedo. Frío que no parece notar la chica de la foto del calendario, que se aprieta las tetas con los brazos y se tapa el coño con las manos. Muy artístico. Es curioso que en el otro bar tengan el mismo calendario, con la misma chica acalorada, y casi el mismo café y las mismas caras.


A mediodía llaman de conselleria: que quieren números, datos. Nos ponemos a contar visitas de estos días de apagón, como gilipollas ¿ Para qué quiere esos datos la consellera? Lo sabré al día siguiente: para emitir una nota de prensa en la que afirma que los servicios de asistencia primaria trabajan ya con normalidad, si es normal trabajar gracias a un generador y con el abrigo puesto, con compañeros desparecidos, sin teléfono y con el permanente temor a quedarnos sin luz de nuevo. Nadie sabe nada de Rafa, un enfermero cubano que nos llamó por última vez desde Vidreres. Ni de Marleny, una doctora colombiana que fue evacuada de un tren cerca de Girona. No hay teléfono, ni móvil ni fijo, aunque los móviles 3G empiezan a funcionar al mediodía. No sabemos nada de Selena, otra compañera, y Joan Costa y yo vamos a buscarla a su casa. Le pedimos a un tío con aspecto balcánico que está en su balcón escuchando el MP3 del móvil tan contento que nos abra la puerta. Tenemos que subir con linterna. Llamamos a la puerta: nada, silencio, el zumbido de las telarañas. Al bajar vemos cómo llega un coche lleno de rusos que empiezan a increpar al del balcón y le digo a Joan "Vámonos antes de que empiecen los tiros".


Vamos a comer a otro bar en el que tienen luz gracias a nosotros. También tienen el calendario de la chica acalorada. Se está intentando organizar un dispositivo que vaya a visitar a los ancianos que se han quedado aislados en las urbanizaciones, pero es difícil coordinarlo porque no funciona el teléfono. La línia vuelva a las cuatro de la tarde. A las cinco soy liberado de mis obligaciones antes de que se hiele la carretera, pero en vez de irme a Tossa me voy a Blanes, a ver si puedo sacar dinero y comprar comida. La cola para entrar a Blanes llega hasta Lloret. El centro de Blanes está tan lleno de coches que los municipales han substituído a los semáforos. Tengo la suerte de poder aparcar el coche a la primera. Tras dos pruebas negativas encuentro un cajero que funciona y da dinero. En las tiendas se agolpa gente de Lloret y de Tossa, los que nos venden las cosas nos llaman pobrecitos, pero nadie se hace cargo de verdad de lo que nos pasa: no podemos comer caliente, no tenemos luz, no tenemos agua caliente y estamos en el marzo más frío de los últimos cincuenta años. Compro un fogón de gas de camping y un farol de camping; compro pan y comida. Estoy contento de haberlo logrado. Trato de volver a Tossa antes de que el sol se ponga, aunque ya hay hielo en la carretera. Conduzco con mucho cuidado y llego de una pieza a Tossa.


La oscuridad allí es casi total, si exceptuamos el Golden Bahía. Dejo las compras en casa y Carmen me dice que, tras muchos fiascos y compras inútiles, por fin he hecho una buena compra. Voy al Golden para ver como está Olga, la doctora que está de guardia: como en la casa del mar no hay luz, el puesto de urgencias se ha traspasado al hotel. Medio Tossa está allí. También está Artur Mas, que cruza raudo el vestíbulo. Me sorprende que sea tan parecido a cuando sale por la tele. Olga está en una sala de reuniones en la que han improvisado una camilla con sillas. Viene la policía a buscarla y tiene que irse. Yo vuelvo a casa, llevo una pequeña linterna porque si no no se vería nada - ni siquiera hay luna. En el hotel todo el mundo hablaba de los mágicos generadores que vendrían al día siguiente, de que la luz la iban a dar ya mismo. Cuando llego a casa, apenas son las nueve y media de la noche, están todos en la cama.


 

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la tormenta de nieve (2)

Al día siguiente amanece un día precioso. El sol brilla en el cielo y la nieve cubre gran parte de las calles. No tenemos luz - hoy jueves aún no ha llegado- así que tomamos el desayuno frío y nos vamos los cuatro a la calle, a ver cómo está el pueblo. Antes yo he hablado con mi jefa y sin embargo amiga para preguntarle cómo está todo. No puede saberlo porque no puede llegarse por carretera a Lloret, y tendrá que ir al CAP de Malgrat. Los coches tienen un montón de nieve encima; se ha caído el árbol que tenemos a la puerta de casa, sobre mi ciclomotor, milagrosamente intacto. Si hubiera caído hacia el otro lado, habría caído sobre el coche de Carmen.


Hay un ambiente curioso de fiesta, gente que camina sola o en grupos, que se llama y se pregunta cómo fue la tormenta, qué tal lo has pasado: se agolpan en la ferretería de Marchán, que está abierta porque tiene un generador propio. Ahí todos compramos pilas, linternas, leña... divertidos, como niños de acampada. Más abajo están los Magatzems Palou o Can Palou, la única tienda de comestibles abierta del pueblo porque también tiene generador propio. Estoy convencido de que si un día se desata la IIIª guerra mundial y un invierno nuclear asola la Tierra, Can Palou abrirá. La cola para comprar el pan llega a la calle. Flota en el aire el humor lleno de familiaridades de Tossa, los Ai, nena y los Ai, noi. También se enciende la otra pasión de Tossa, la de la información privilegiada: todo el mundo parece saber lo que ha pasado, las torres de alta tensión que han caído, los parajes recónditos a lo que hay que llegar en helicóptero, lo que dice FECSA, lo que dice ENDESA, las soluciones técnicas, que la luz volvera a las tres y cuarto de la tarde - el cuarto a mí me parece de fantasía.


Paseo abajo se llega a la playa. Mucha gente se ha acercado al paseo marítimo para echarle un vistazo al fenomenal temporal de mar que ha quedado de resaca, con olas de tres y de cuatro metros que azotan los lomos de la colina del castillo. Muy bonito, pero el mar ha lanzado la playa sobre la riera y parte de la riera se está embalsando. Nos enteramos de que una chica se puso de parto en plena tormenta y se la llevaron a Blanes en vehículo particular. Una ambulancia con una quitanieves delante y los mossos detrás tardó cuatro horas en hacer el trayecto - que en condiciones normales, es de poco más de veinte minutos. Todos hacemos fotos, comentamos; como si estuvieramos de vacaciones. Total, la luz vuelve a las tres y cuarto de la tarde...


Vamos con mis suegros a comer a casa de mis  padres, que están en Barcelona. Aprovecharemos que tienen una cocina de gas para comer caliente. A las doce del mediodía nos quedamos sin teléfono, ni fijo ni móvil. Aunque la carretera está abierta es peligrosa por las placas de hielo. Es una sensación de verdad inquietante, la del aislamiento. Te sientes perdido. Después de comer una sopa de fideos que sabe a gloria volvemos a casa. Yo paso antes por el CAP de Tossa, donde no tienen luz ni nada. Después vuelvo a ir a comprar al Marchan y al Palou y las caras ya no están tan risueñas: No sólo no ha vuelto la luz, sino que se ha ido el teléfono. Compro velas. El cielo se nubla y todo se vuelve oscuro de golpe. Paso de nuevo por la casa del mar y me toca visitar a dos pacientes, uno de ellos una señora francesa que viene acompañada por la mujer del primo de Carmen, que es recepcionista del Golden Bahía de Tossa, un hotel de 1000 plazas que también tiene generador propio. La señora estuvo atrapada toda la noche con su marido y dos niños pequeños en un coche en la carretera de Sant Feliu a Tossa. No ha sido la única. Mi vecino el municipal me dice que en la de Lloret a Tossa se quedaron unas treinta personas. También me dice que por la mañana había podido hablar con los de Endesa y le habían dicho que la luz no vendría hoy, que seguramente mañana, que la noche pintaba mal.


En el Golden Bahía empezaron a ceder camas para gente del pueblo que quisiera ir a pasar allí las noches, por el frío. Nosotros, por suerte, rescatamos una estufa de queroseno y pudimos calentarnos, aunque volvimos a la cena fría. A las nueve estábamos en la cama y Héctor se durmió con un cuento que me inventé sobre Peter Pan que venía a Tossa y arreglaba la tele y la estufa, aunque era un poco creído y se compraba su propio cuento en Can Palou.


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la tormenta de nieve (I)

La previsión auguraba una nevada importante para la tarde del domingo o la mañana del lunes. Con lo que no contaba es con que el choque de una masa de aire muy frío y otra muy húmeda provocara algo que casi nadie había visto por aquí: una auténtica tormenta de nieve. Hacia las once de la mañana del lunes empezaron a caer abundantes y despaciosos copos de nieve, que provocaban el habitual comentario ilusionado de quien está acostumbrado a ver la nieve en las postales. A las doce seguían cayendo - a nivel del mar- y a la una el ritmo se aceleró. A las dos empezó a soplar el viento y a las dos y media decidí irme a casa. Llevaba a Laura, una compañera de trabajo y sin embargo amiga. Paré a llenar el depósito de gasolina y compré unas cadenas de esas de tela. Dejé a Laura en su casa y enfilé camino a Tossa. Ella me dijo que si no podía pasar, me podía quedar en su casa. Pero mi razonamiento era: si no puedo pasar ahora, tampoco podré pasar después, y no me apetecía dejar solos a mi mujer y mis hijos toda la noche en Tossa, en plena tormenta.


Al llegar a un alto de la carretera, había un coche patrulla atravesado y una barrera que anunciaba carretera tallada. Les dije a los policías que llevaba cadenas en el coche y se las mostré. Uno de ellos me dijo: " Si sabes ponerlas, ponlas. Pero no me pidas que te ayude porque no tengo ni idea de cómo se ponen". Me aparté de la carretera y bajé a poner las cadenas. Fue de mierda: hacía un frío acojonante, el viento te cortaba y te lanzaba la nieve a la cara. A los cinco minutos tenía las manos y la cara congelados. Además, era incapaz de poner la funda de la rueda derecha. Los pies se me hundían en la nieve acumulada, que superaba ya los veinte centímetros. Por fin pude poner la dichosa funda. Volví a acercarme a los agentes y les dije que ya tenía las cadenas. Me indicaron la carretera y me dijeron " Si quieres probarlo..." Vaya, que era como un allá tú. Hoy no lo hubiera probado, pero entonces sí lo probé. Es lo que digo siempre de los astronautas, con una diferencia: ellos volverían a hacerlo. Sin dudar. Lo primero un descenso nevado con una curva final de vértigo. Tenía clarísimo que estaba prohibido tocar el freno. Sorteé las dos o tres primeras curvas y entonces vino el verdadero problema: la primera rampa ascendente. Ahí el control de tracción y el freno automático en cuesta se volvieron locos. Disculpadme si no me acordé de apagar el control de tracción; estaba muy entretenido procurando no deslizarme por el barranco. Después saltó la alarma del cambio automático, con lo que llegué a la conclusión de que el ordenador del coche se había ido de vacaciones. Seguí patinando, a doce kilómetros por hora. La carretera sube unos buenos dos kilómetros y era fundamental no acelerar ni frenar, tratar de que el coche se mantuviera en las roderas. A media subida me encontré con un tío que quería subir aquello con un ciclomotor. Paré el coche, bajé la ventanilla y le dije que si iba a Tossa. Me dijo que sí y le dije "Sube, te llevo". Me dejó atónito cuando me preguntó ¿ Y la moto qué ¿ Dónde la dejo? Átala al quitamiedos, átala donde sea. Nadie va a llevársela hoy. Muchas gracias, me dice, de verdad, muchas gracias. Pero me quedo. Seguí carretera arriba, con los limpias a tope. Casi no se veía. El coche derrapaba a veces y yo trataba de no hacer ningún movimiento brusco de volante. Pasé junto a una esplanada donde había media docena de coches detenidos. Con gente dentro, con las luces encendidas. Llamando para que vinieran por ellos. Seguí adelante. A la altura del mirador, el coche se me medio descontroló, fui de costado más de una vez, pero conseguí dominarlo. Iba a diez por hora. Yo sabía que lo importante era no detenerme, porque si no estaría jodido. Lo peor, sin embargo, estaba en el alto de Santa María, que fue meta volante del TOUR del año pasado: un paisaje polar, en el que no se veía nada, en el que el viento se desató del todo, como las buenas tramontanades. Además, tenía delante a un cuatro por cuatro enorme que iba como a ocho por hora, todos los sensores me avisaban de errores, pero yo notaba el coche bien. Se habían acabado además, las curvas en subida. Lo más difícil era tratar de adelantar al cuatro por cuatro. Lo hice. No sé cómo pero lo hice. Al fondo de la recta vi dos figuritas que caminaban. Llevaban un paraguas. Eran un matrimonio ya mayor de Tossa que habían subido a Can Vilas, un restaurante de la carretera. Cuando quisieron volver, el autobús derrapó y se quedó en la cuneta. Yo no había visto ningún autobús, pero es que casi no se veía nada. Subieron y los acerqué a Tossa. Poco antes de llegar nos encontramos una ambulancia del 061 de costado en el arcén, con los ambulancieros fuera, poniéndole las cadenas. Ellos subían y nosotros bajábamos; teníamos ventaja. Nunca me ha puesto más contento ver por fin Tossa.


Dejé al matrimonio en su casa y fui a la mía. Le dije a Carmen que el coche se había vuelto loco y que había pasado un miedo horrible. Me pasé gran parte del camino rezando. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que a los veinte minutos de estar en casa se fue la luz - aún no ha vuelto, escribo esto gracias a un generador que tenemos en el trabajo. El viento sopló aún más fuerte y la oscuridad se apoderó de la tierra. Se escucharon truenos. Tuvimos que encender velas y linternas a las cinco de la tarde. Por suerte los niños son muy pequeños y no tuvieron miedo. El viento parecía que iba a arrancar el toldo, pero si retirábamos el toldo, la terraza se nos llenaría de nieve. A las siete más o menos, hice la segunda gilipollez del día: intentar meter el coche en el garaje, no sea que le cayese un árbol encima. El viento casi me tira de culo, la nieve me cegaba. La del suelo me llegaba casi a la rodilla. Los sensores del coche pitaban como locos. Pero lo peor fue la rampa: una pista de hielo de unos 30º de inclinación. Hacer patinaje con un C4 gran Picasso no es fácil. Después de meterlo en el garaje sin un rasguño, estoy pensando seriamente dedicarme al circo. Cenamos un bocadillo y las nueve y media de la noche estábamos en la cama, deseando que por la mañana, la luz hubiera vuelto. La nieve y el viento seguían reinando. Mantuvieron su reinado por lo menos hasta las seis de la mañana.


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no es país para viejos, de cormac mccarthy, debols!llo, 2008.

 Hacía años que quería leer algo de Cormac McCarthy, pero por una u otra cosa, las oportunidades iban pasando y yo seguía sin leerlo. Hasta que el otro día me topé con No es país para viejos y pensé " ahora sí que no te escapas". Me situé rápido, ya que el ambiente, la historia, pero también el estilo me recordaban a dos escritores queridos por mí: Jim Thompson y Barry Gifford. Y también me vino a la mente aquella película de Sam Peckimpah, Quiero la cabeza de Alfredo García.


La anécdota nos muestra a Llewelyn Moss, cazador y veterano de Vietnam, que está cazando antílopes cerca de casa y persiguiendo a un antílope herido se encuentra una carnicería de narcos en mitad del desierto, con coches cosidos a balazos, cadáveres hinchándose al sol y dos millones de dólares en un maletín, que él decide llevarse a casa. A partir de ese momento empieza una fuga sin objeto ni sentido, con dos perseguidores que son antítesis el uno del otro: el asesino a sueldo Anton Chigurh y el Sheriff Bell. El uno quiere matarlo para recuperar el dinero y el otro encontrarlo antes de que lo maten. A través de páginas de seca y descarnada violencia, los personajes van de motel en motel indistinguible uno del otro, se tirotean en ciudades donde nunca querrías estar y viven y mueren en un país que, en palabras del Sheriff Bell, siempre tuvo una violencia extraordinaria.


Moss es el tipo duro, ese personaje de la serie negra que está en un dudoso equilibrio con la ley. Es curioso pero se me hizo difícil empatizar con él. Chigurh es tan enigmático como repulsivo: un asesino implacable y despiadado, que sin embargo necesita explicarle a sus víctimas la teoría de que él no es más que un instrumento del destino, que la vida de ellos se acabó antes de que él entrase en escena. Es metódico, ascético y vive para su trabajo, para cumplir su objetivo. El Sheriff Bell es otro cantar. McCarthy decide darle voz y es su humanidad y su peculiar visión de lo que está pasando lo que marca el tono de la novela. Para Bell, está muy claro que se acercan los tiempos del Apocalipsis y Chigurh es o bien el Diablo o el ángel exterminador. El miedo a acabar enfrentándose con él lo lleva a la dimisión: 



Hay cosas que cuando descubres que son reales podría ser muy bien que no estuvieras preparado en absoluto para enfrentarte con ellas



Así, la frontera entre México y Texas sería en realidad el Infierno, pero ¿ No es el Infierno donde están centenares y miles de mujeres enterradas en el desierto? ¿ No es algo parecido al Infierno un lugar en donde detienen a un tío que se había cargado a 300 personas y hecho sopa con ellas disolviéndolas en ácido? Y eso no está en la novela de McCarthy, sino en los períodicos y los telediarios.


El estilo es seco, descarnado, como un buen puñetazo, sin la reiteración de otro apóstol de la violencia, James Ellroy: es como si cazaras un animal, lo despellejases, le arrancases los ojos y lo pusieras a secar al sol o en un ahumadero. Salvo la voz de Bell, angustiado porque esto sólo lo parará el segundo advenimiento de Cristo, el estilo es impasible y pasa sobre los vivos y sobre los muertos, como la nieve de Irlanda. Vidas que se acaban antes de que empiecen, coches que arden, ancianos atónitos - no es país para ellos.


Ha sido Harold Bloom quien ha asociado los nombres de Melville y Faulkner con McCarthy y supongo que es más desde un punto moral, de retrato del mal y la ausencia de Dios, que estilístico. Faulkner dijo o escribió que el Mal triunfa en cuanto se acepta que tiene una lógica y un propósito y Bell cree que si el Diablo quiere doblegar a la humanidad no tiene medio mejor que las drogas. Sé que Conrad y en especial El corazón de las tinieblas no le gustan a Bloom - a cada cuál sus manías- pero yo no pude evitar pensar en Conrad, en Lord Jim y la ya citada El corazón... al conocer el secreto de Bell y ver cómo nuestro peor enemigo está muchas veces en nuestro corazón, como la semilla de nuestra destrucción nos acompaña a menudo desde que nacemos.


Mucho más que un trhiller corriente, nos dice la contraportada. Sí, mucho más: un viaje al infierno, donde apenas el corazón del Sheriff Bell puede ser un refugio para nosotros, si no nos encuentra antes la bestia implacable conocida como Anton Chigurh.


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más promo.

Ya, que al final me vais a coger manía. Lo sé. Dejadme decir antes que La melancolía de las grúas, ese poemario del que no he hablado nunca antes ha quedado finalista en el IIº premio de la Asociación de Editores de Poesía, un premio joven, sin dotación y de escaso impacto pero coño: qué contento me he puesto. Que si lo quereis está en la casa del libro, que es finito, que se puede utilizar para las sillas que cojean.


Besos a todos.


http://www.poesiaerestu.com/revista/?p=451

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una dama neoyorkina, de dorothy parker, ediciones B

La primera imagen que tengo de la sra. Parker es demoledora: borracha, se desploma de boca sobre su plato de sopa. Así la pinta el cabrón de Truman Capote en Plegarias atendidas; claro, que la vida da muchas vueltas y unos años después le tocó a él desplomarse y convulsionar por deprivación de alcohol en plena conferencia en una universidad americana. También parece ser que la sra. Parker fue una despiadada crítica teatral y una fusta inconmovible en la tertulia literaria La mesa redonda, donde también estaba el mudo de los Marx, y de la que se nos dice que era legendaria, aunque sospecho que había millones de neoyorkinos a los que les importaba un bledo.


Por principio no me gustan los prólogos, pero creo que si tienen una justificación, esa es la de las antologías como la que nos ocupa. ¿ Por qué escogí este relato y no otro? Lo digo porque parece ser que aquí falta uno del que se afirma que es una obra maestra, La gran rubia. Hablando de prólogos de antologías, en la antología de Lorca que editó la Editorial Renacimiento, de Sevilla, en el prólogo se le dedican unas cinco páginas al Llanto por Ignacio Sánches Mejías, ponderando su importancia y relacionándola de manera muy sugerente con las Coplas a la muerte de su padre, de Manrique. Cuál sería mi sorpresa al no encontrarla por ninguna parte después. Misterios de las antologías y sus prólogos. Volvamos con la señora Parker.


Vista en su conjunto, la antología parece un espejo que la señora Parker pasea a lo largo de su vida: la deslenguada y ácida jovencita, la preocupada mujer de mediana edad en guerra y la alcohólica y aún más ácida señora sin edad. Los relatos de los años 20 son ingeniosos, pero el ingenio a veces muere en el ingenio. Hace falta muchísimo talento para la sátira: es la tela que antes envejece con el tiempo. Me recuerda a lo que he leído de Anita Loos, pero estos relatos - ya digo, puede que haya otros- no son comparables a los de Hemingway y Fitzgerald de la misma época. Algo más serios son los relatos de los años 30 y el mayor grado de contención llega en los relatos de guerra, en especial el magnífico La visita maravillosa. Mención aparte merece Vivo de tus visitas, que podría ser un implacable autorretrato. Una vez acabado el libro, nos parece que nos faltan relatos para calibrar la verdadera talla de la Parker. Y es una pena que la antología no recoja lo mejor que la Parker escribió jamás, su epitafio:


"Perdón por el polvo."


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