Pues sí, no podía ser de otra manera, mujer tenía que ser la que me trajo al mundo y me ha ido enseñando cosas sencillas que parecen, a juzgar por el entorno, difíciles de entender y aún hoy, cuando es ella la que lo necesita, sigue empeñada en cuidarme.
Mujer tenía que ser la que me hizo descubrir un mundo de sensaciones, no por naturales y esperadas, menos maravillosas, decidiendo, de paso, unir su destino al mío mientras nuestros corazones siguieran latiendo con el mismo son.
Mujer tenía que ser la que consiguiese mezclar, en la dosis justa, un poco de enajenación, algo de extravío, con los colores, los abrazos, los besos inigualables y el calor de un cuerpo del que no se retorna, para hacer de mi un enamorado permanente y sin remedio que seguirá clavándose todas las espinas y disfrutando todos los cielos.
Mujer tenía que ser la que desde su cordura pusiera calma en mis desvaríos y desde su locura pintara ilusiones reales, pequeños paréntesis llenos de todo, en el lienzo de mi vida.
Mujer tenía que ser la que sin ver creyó en mí, la que sin recibir dio incluso lo inesperado, la que esperó cuando no había nada que esperar, la que escuchó lo que no dije y no quiso oír lo que intenté explicarle.
Mujeres tenían que ser, las que con diferentes matices, me preguntasen cómo estaba y se parasen a oír la contestación dejando gotas de sus esencias inimitables, las que leyesen mis escritos y escuchasen mis palabras, las que motivaron mis gestos y recogieron mis caricias, las que visitan, de forma mayoritaria, este rincón que es mi desahogo.
Y por último, mujer tenía que ser, la que diese sentido a todo, la que promete prolongar mi mirada, mis sentidos, también quizás mis defectos, la que llena todos mis momentos, la que llegó, hace justo ocho años, para dar respuesta a todas mis preguntas, incluidas las que aún no me he formulado.
Me aprendí su cuerpo en ordenada progresión, más allá de la imposible geometría de dos almas asumida en largas noches de insomnio en las que ella fue siempre mi cafeína.
Un grano de arena fue cayendo, otro, otro, uno más...crearon montañas de tiempo incomprendido y volví a dormir, mas los sueños ya no me visitaban y en la sorpresa de una mañana por estrenar, encontré huérfanos sus pechos sin lograr reconocer que eran los de ella y supe que no había comprendido nada.
De memoria me aprendí sus ojos en un desorden de caos deshabitado, prendido de miradas ebrias de tanto vértigo reflejado y volvieron a caer los granos de arena, otro, otro, uno más…mis pupilas se fueron acostumbrando a la penumbra de su extravío y en el silencio de una tarde otra voz, que no era la suya ni la mía, recitaba un poema que le escribí un otoño y entendí que no había nada que comprender.
Busco. Encuentro. Gano. Espero. Pierdo. Vivo. Y vuelvo a buscar y vuelvo a encontrar y… siguen cayendo los granos de arena, otro, otro, uno más…
Por la calle abajo camina la gitana más hermosa en busca de la alegría que la ciudad disfrazada ofrece a los asombrados ojos de quienes la visitan. Con ella va mi corazón o lo que queda de él.
Todos van, yo vuelvo. Dejo atrás los brillos que no atraen a mi alma.
Nadie espera. Yo no espero. Y pasa el tiempo en esta ciudad dual y contradictoria, como el agua del río corre entre los ojos de ese puente que el pueblo dejó de citar con nombre de reina poniendo Triana sobre el rótulo oficial de Isabel II.
Y otra vez voces generosas despiertan mis sentidos. De nuevo están ahí, al rescate y me tienden la mano, las mías están vacías o simplemente confundidas.
Regresan sensaciones. Han pasado años, rostros, promesas, besos pero todo está ahí casi intacto y otras risas dan sentido a las de ayer, todo continúa.
Estoy lejos, muy lejos, pero regreso caminando de madrugada por una ciudad que no duerme, hasta la Giralda cedió sus luces a la fiesta y a pesar de ello aún encuentro el tesoro de calles deshabitadas y silenciosas, esas callejas que casi todo saben de mí y en la confusión de tanto contrasentido encuentro la poesía que me rescata y camina un extraño ser que se parece demasiado a mí y respiro hondo llenándome de todo. Ya estoy más cerca.
Y la vida tampoco espera. Una mirada, el roce de una piel, el aroma de un cuerpo y un horizonte diferente con forma de mujer único como todos los paisajes de mi existencia, y antes de que el sol amaneciendo mire por encima de la tapia de otro día, me busco en la recién llegada.
No sé quién soy pero intento reencontrarme en las palabras que no necesitan explicación. Ya no sueño pero siguen siendo sus ojos los que como puñales asoman en otras miradas y sigo sin entender por qué tanto silencio, por qué tantas voces, por qué tanta ambigüedad calculada, ella como la ciudad, dual y contradictoria. Y ahora distingo que ya he llegado pero no sé dónde.
Hace unos días apareció en este rincón un texto titulado HASTA SIEMPRE, en él intenté expresar lo que sentía en ese momento. Muchos de los que visitáis esta página dejasteis vuestros comentarios, en la mayoría de los casos de ánimo y comprensión.
No os conozco más que por esta aventura loca y hermosa de juntar letras a excepción de dos de las personas que dejaron su opinión utilizando un nick que como es habitual no se corresponde con el nombre real de las mismas.
Una de esas personas, precisamente la única que me lee también fuera de aquí y a la que cada día le debo más, me ha pedido que no deje de escribir en Libro de Arena y supongo que no dejaré de hacerlo porque me gusta demasiado aunque ahora sienta que se han esfumado muchas cosas.
A todos, los conocidos y los desconocidos, quiero agradeceros vuestras visitas, opiniones y palabras de cariño y os debo la explicación de por qué ese texto con todos los comentarios que lo acompañaban ha desaparecido.
En esta ocasión no cabe culpar a Libro de Arena que a veces funciona muy mal, el único responsable en este caso soy yo y os pido perdón por ello, pero la persona sobre la que versaban esas palabras se ha sentido dañada y he considerado oportuno proceder del modo en que lo he hecho.
No persigo más que estar en paz conmigo mismo, mirarme al espejo y reconocerme y ahora tengo afortunadamente la conciencia tranquila, sólo he procurado ser honesto, caminar a corazón abierto y decir lo que sentía y pensaba, sí con ello me ha ido mejor o peor soy yo el único responsable.
El próximo domingo, 28 de febrero, se celebra el día de Andalucía, mi tierra.
No sé bien si hay algo que celebrar. El temporal de constantes lluvias ha convertido, quién lo iba a decir, a gran parte de la región en un inmenso lago.
En esta Andalucía subsidiada y dependiente, lo único que faltaba era una catástrofe natural y hoy son ya muchos los que lamentan las pérdidas ocasionadas.
Para un pueblo que vive en gran medida de la agricultura y la ganadería, esto es una ruina.
El Guadalquivir, ese en cuyas aguas tantas veces me he mirado, ha dejado de ser el río vertebrador de vida para estallar lleno de ira contenida, tal vez de rabia al comprobar que después de treinta años de autonomía, el espíritu reivindicativo del pueblo andaluz, se ha convertido en fantasma de resignación.
Saldremos de ésta, como antes de tantas otras, pero debemos tener memoria.
El andaluz sabe vivir a pesar de las circunstancias, de la opresión, del olvido, de la miseria, de los tópicos. El andaluz sabe vivir porque cree fundamentalmente en el día de hoy, porque del ayer ya se quedó con lo que le convenía, ya cogió lo que le hizo crecer de los fenicios, de los romanos, de los árabes, de los cristianos, pero no mira hacia atrás con nostalgia, y el futuro no le importa porque no sabe si existe.
Sólo el hoy le interesa por eso sabe vivir, pero no caigamos, como tantas veces, en la autocomplacencia, ni en absurdos provincionalismos, somos únicos y diferentes, ni mejores ni peores, lo dice un enamorado de Almería, Cádiz, Córdoba, Granada, Huelva, Jaén y Málaga, que le debe la vida a Sevilla.
Siempre llevaba un libro en el bolsillo, sólo eso. Ahora sé que en ningún lugar era esperado por nadie, que caminaba con la certeza de que nunca regresan los pasos perdidos, su mirada tenía el brillo de quien ha visto tanto que ha dejado de mirar.
Nunca le oí hablar, pero sus silencios parecían decir que aquella sombra por todos evitada, había sido luz ayer.
Al atardecer se sentaba en el mismo banco gris, abría aquel libro y casi sin mirarlo, se perdía en las aguas verdosas del río que lentamente iban trocando de color hasta que la noche todo lo invadía con su pátina oscura, entonces levantaba su vuelo cansado y buscaba el cobijo inesperado de un rincón siempre imprevisto y duro.
Amanecía aterido de frío, sin importarle la estación que marcara el calendario, siempre el frío calando su alma, entonces le pesaban todas las ausencias, los recuerdos, la nostalgia y volvía a sacudírselas porque sabía que quitárselas de encima era la única manera de aceptar la caridad de los que ni siquiera le mirábamos a los ojos. Y volvían las horas que no pedía y regresaba el latido que no esperaba.
Una tarde el banco gris quedó vacío. Esa noche, antes de llegar a casa, le ví tendido en un portal, me atreví a tocar sus manos, estaban heladas como el mármol, a su lado también yacía el libro de sus atardeceres, lo abrí y todas sus páginas estaban en blanco, entonces comprendí.
Desde aquel día, cada atardecer, me siento en aquel banco gris y encuentro en las aguas lentas del río, las letras que él escribía con su soledad sonora.
Llegué un día a estas arenas por azar, como se llega a los sitios y las cosas importantes. He de reconocer que inicialmente me entusiasmó el dinamismo de este rincón y me sorprendieron las letras de otras personas de las que procuré aprender, no sé si lo logré pero dentro de mí han quedado nombres inolvidables por lo que su enunciado prometían y así sus textos se hicieron una necesidad y se fue creando una feliz adicción.
Erato, Soloquedaunavela, Garufa, Sentimientos de un extraño, Jezabel, Chispark, Zarza, Violette, Willows, Luz marina, Ojos verdes, Sortilegios y memoria, Domovilu y seguro que me olvido injustamente de otros muchos.
El tiempo ha pasado, algunos han emigrado a otras páginas, otros han desaparecido con la misma sutileza que aparecieron un día y otros seguís aquí aunque esto ya no tenga, a mi modo de ver, la riqueza y la magia de antes.
Algunos no necesitaban presentación porque ya les había conocido en otro ámbito y si escriben bien, aún sienten mejor y tengo el privilegio de considerarlos amigos.
Pero lo mejor de todo ha sido que este intercambio literario me ha concedido la gracia de conocer personalmente a Jezabel, gran escritora y sobre todo persona excepcional y cada vez más necesaria, y de mantener una comunicación más o menos constante, fluida y particular con Erato estando seguro de que algún día nos pondremos rostro.
Por mi parte sólo he procurado compartir lo que siento, lo que entiendo y lo que jamás entenderé, lo que vivo y lo que sueño, lo que me hace crecer y lo que me destruye, dejar simplemente unas letras como mensajes dentro de una botella que las olas empujan suavemente sobre estas arenas.
Mi nombre es Rafael y mi ciudad Sevilla, me gusta la aventura de intentar crear utilizando el lenguaje, soñar despierto, aprender continuamente y crecer gracias a las palabras y las acciones de aquellos que son ejemplo permanente.