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EL SEÑOR CABELLOS DE FUEGO I

...una obra que, si fuera animal, sería ornitorrinco. Su primera parte, publicada por entregas.


CLXXXI

        Hacia el alba del tercer día posterior a su llegada a Ramtala, Dagoberto de Mortissend y Méntor el Drake se disponían a partir de nuevo. Estarían ausentes bastante tiempo, porque Thorstein Eyjolvson les había pedido que de "Fristrande" siguieran viaje hacia Christendom para ver cómo marchaban las cosas allá y cómo se podría ayudar a proteger el Delta del Rattapahl de una posible invasión Wurm: el Gran Maestre del Viento Negro distaba mucho de compartir la difundida opinión de que los reptiles se habían dado por vencidos.


      -Dagoberto me habló de la matanza de crías de Drake-dijo a Méntor-. Creéme, me muero de vergüenza ajenas, no tengo palabras para decir cuánto lo lamento. Por qué sigues ayudándonos cuando tan poco hacemos para merecerlo o por qué yo mismo no desisto de seguir manteniendo en alto ideales que tan pocos parecen compartir o siquiera valorar, son cosas que no tienen explicación. No vale la pena hacer lo que hacemos.


      Había hablado con mucha amargura, y Méntor al principio no le fue muy en zaga; pero luego su cara triste se tocó en una sonrisa, una un tanto melancólica, pero sonrisa al fin.


      -Personas como Dagoberto, Benjamin o tú mismo tenéis alma de Drake aprisionada en carne humana-dijo-. Mucho espíritu para cuerpos tan pequeños, y para colmo ese espíritu busca anhelante los Cielos, que la esencia de vuestra carne os niega. Pero un día, cuando volvamos a vernos, te llevaré a las alturas, y verás a los tuyos como yo los veo desde arriba-añadió, pensando en las hormiguitas laboriosas reparando el hormiguero a toda velocidad y atacando, por simple estupidez, a quienes sólo querían ayudarlas-. Entonces sabrás que sí valen la pena todos tus esfuerzos y sacrificios.


      Thorstein Eyjolvson llevaba más días de capa caída de lo que era habitual en él. Contribuían a ese estado anímico la tensión provocada por la falta de noticias de los Wurms, la incertidumbre de no saber a dónde iría a parar la Orden y el continuo aluvión de noticias adversas.


      Alzó sus ojos celeste lavado hacia los de Méntor, amarillos y carentes de pupila.


      -De verdad valen la pena, Narigón-insistió Méntor; y su sonrisa se hizo más pronunciada, y logró arrancar otra de labios del Gran Maestre, quien se sintió súbitamente como liberado de un gran peso y del transcurso de los años y su eterno bagaje de dolores y frustraciones. En ese momento era joven de nuevo y estaba con amigos, y asumía una vez más, igual que tantos años atrás, luego de que los momentos más críticos de la experiencia del Monte Desolación quedaran atrás, el desafío de organizar la Orden de Caballería que devolvería la paz y la justicia al Reino.


       El Gran Maestre del Viento Negro se acercó a Méntor y abrazó cuanto pudo de aquel pecho colosal, sintiendo a su vez que Dagoberto de Mortissend le palmeaba las espaldas y una gran garra escamosa los abarcaba afectuosamente a ambos. Y con el abrazo de los tres amigos debe darse por concluida la historia iniciada en el Monte Desolación, alrededor de diecinueve años atrás. Porque cuando un relato amenaza volverse amargo, mejor considerarlo como el inicio de otro que empieza mal pero que tiene probabilidades de mejorar, y no como un final doloroso de uno que alguna vez fue luminoso y bello.

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CLXXX

       -Por una vez tuteémonos, por favor, como cuando éramos adolescentes. Ahora no necesito un subalterno, tengo demasiados; en cambio, me hace falta un amigo-dijo Thorstein Eyjolvson, reunido en privado con Dagoberto de Mortissend en una càmara del Zodarsbjorgele.


      Dagoberto de Mortissend lo miró, y se llevó una triste sorpresa porque, por primera vez, advertía que Eyjolvson se hacía viejo, pese a no tener todavía cuarenta años. Su cuello estaba más encanecido, su rostro más arrugado; su sonrisa, cuando afloraba -y no era el caso en este momento- era ahora forzada.


      -Yo también-admitió-. Cuando éramos adolescentes no podíamos decirnos amigos, pero no importa. Fue una buena época para mí, porque entonces todo estaba por hacerse. El solo hecho de vivir era una aventura, y había un largo camino por delante. también eramos un poco tontos, claro. En medio de la tragedia desatada por el estallido del Monte Desolación, allí estábamos nosotros pelándonos por banalidades.


      -¿Tontos?... ¡Eramos idiotas!-precisó Thorstein Eyjolvson, mirando nostálgicamente sus propios recuerdos perdidos en el vacío-. Unos idiotas queribles, sin embargo. Deseábamos defender causas nobles; de verdad deseábamos hacerlo. Tal vez sólo para sentirnos grandes e importantes; pero, por Dios,¿hay alguien que desee sentirse mísero o insignificante? Y en definitiva, ¿cuántas personas, también para sentirse grandes y nada más, eligen volcarse hacia el Mal?... Nosotros éramos imbéciles; pero unos imbéciles maravillosos. Eramos quienes cambiaríamos el mundo; los que lo limpiaríamos de injusticias y maldades. Para eso, nuestras energías y voluntades parecían inagotables. Amo a los idiotas que supimos ser; y en homenaje a ellos seguiré adelante, aun cansado, vencido y sin ganas de continuar como me siento. Consagré mi vida a la Orden. Hoy siento que tal vez no valió la pena, que he fracasado; lo que ignoro todavía es la magnitud de ese fracaso. Pero es muy tarde para volver atrás; y aunque pudiera hacerlo, el Thorstein Eyjolvson adolescente era demasiado estúpido para oir ciertas sabias razones. Hoy, como entonces, ese estúpido tendría la arrogancia de pretenderse capaz de cambiar el mundo. Así que seguiré adelante.


      -Bien que haces-aprobó Dagoberto-. Me agrada ese muchacho imbécil del que hablas.


      Thorstein Eyjolvson sonrió levemente, agradecido, y luego preguntó:


      -Dime: ¿te interesaría ser el Segundo Maestre de la Orden?


      -Aun interesándome, no podría serlo. ¿Le ha ocurrido algo a Cipriano de Hestondrig?


      -Aparte de ser un inútil, lo que por otra parte no es novedad, nada. Pero explícate: ¿por qué dices que no podrías serlo?


      -Porque allá en el Sur desafié a combate singular y maté a varios nobles que a su vez habían matado a varias crías de Drake, aprovechando la ausencia de la madre. No podía hacer otra cosa: los Drakes estaban muy alterados, enfurecidos como nunca los vi. Gracias a la "hazaña", cualquier posibilidad de que losDrakes, haciendo a un lado su eterno pacifismo, se nos sumaran en la lucha contra los Wurms fue a dar al traste. Es más, si yo no hubiera vengado por ellos la matanza de las crías, tal vez hasta se habrían puesto en contra nuestra... Y acabamos de ver que un Drake, como un Wurm, puede causar grandes daños incluso sin proponérselo.


      -Eso ya lo sabía sin necesidad de semejante demostración. Pero sigo sin entender qué te impide ser Segundo Maestre de la Orden. Acabas de reconocer que hiciste lo único que podías hacer.


      -Sí, pero los parientes de aquellos a quienes maté tratarán de vengar a los difuntos. Por ser de extracción villana, contra ellos, en cuyos linajes hay generaciones y generaciones de sangre noble, me protegen pocos derechos, si de verdad me protege alguno. Si el caso fuera llevado ante la justicia, me vería en problemas.


      -Ante la ley, no ante la justicia.


      -Lo que sea. La ley no defiende a los Drakes, de modo que no se hallaría justificación para lo que hice, y posiblemente ni siquiera se me consideraría un Caballero. En este momento soy uno del montón, y me parece mejor que así continúe. Creo que la situación de la Orden es muy precaria todavía. Será mejor que asuma la tarea de ayudarte a guiarla alguien que, ante la ley, esté limpio.


      -Ninguno de nosotros lo está. El mero hecho de haber dado protección a herejes nos pone al margen de la ley.


      -Sí, pero, al menos provisoriamente, fuimos amnistiados de ese delito. Sin embargo, el perdón del Rey no alcanza a los actos ilegales cometidos luego de levantada la proscripción que pesaba sobre nuestra Orden.


      -Es verdad-suspiró Eyjolvson, perdidas las esperanzas de que Dagoberto aceptara su oferta-. Bueno, puesto que te niegas, al menos ve haciéndote a la idea de que un día, tal vez, debas acatar órdenes de tu amigo Balduino de Rabensland. No me queda más remedio que ofrecerle el puesto a él.


      -¿Eh?-preguntó Dagoberto de Mortissend, no menos desconcertado que renuente-. ¿Y se puede saber por qué?


      -Porque no eres el primero que declina el cargo. Antes lo han hecho Benjamin Ben Jakob, Maarten Sygfriedson y Erlendur Ingolvson, entre otros. Pensé en ofrecérselo a Hipólito Aléxida, pero no sé a qué temer más, si a que acepte o a que no acepte. Porque si persiste en sus conocidas aficiones sexuales, y sobre todo en dedicarse a ellas con tan poco disimulo, dará mucho de qué hablar, y un reconocido sodomita no puede ejercer el Maestrazgo en una Orden como la nuestra, ya muy en entredicho. Nuestros enemigos estarán impacientes por achacar a la Orden entera las faltas y vicios de sus líderes. Mi última opción, por ahora, es Balduino de Rabensland. Este es orgulloso, soberbio y antipático, pero esos pecados son tan frecuentes entre la nobleza, que parecieran formar parte de los escudos de armas de muchas casas nobiliarias. Otros rumores son más preocupantes. Se dice que se ha rodeado de los restos de la banda pirata de Sundeneschrackt, incluido Kehlensneiter... y que ha dado a un perro suyo el nombre Gudjon-sonrió Eyjolvson, y Dagoberto de Mortissend reprimió la risa-. Podéis imaginar cómo se tomó esto en Drakenstadt, adonde Balduino de Rabensland había ganado cierta celebridad por haber ideado el plan que permitió rescatar a las dotaciones atrapadas en Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Tampoco ayudó que rechazara un puesto de mando que le ofrecieron allí.


      -¿Y será bueno ofrecer el Maestrazgo a alguien tan impopular?-preguntó Dagoberto de Mortissend.


      -habría que ver cuánto hay de cierto en esas acusaciones. Tratándose de un joven tan ambicioso no habría que descartar, a priori, que realmente haya liberado a los piratas para valerse militarmente de ellos a fin de, como él mismo dijo, poner al Reino entero a sus pies. No haría gran cosa sólo con ellos, pero por algo se empieza. Sin embargo, a lo largo de varias cartas y sin que yo lo interrogase al respecto, él me dio su propia versión de los hechos. Dice no haber hallado colaboración por parte del señor local, a quien acusa de poner bajo su mando a unos cuantos presidiarios, entre ellos a una parte de la banda de Sundeneschrackt. De dicha banda, afirma, quedaron sólo tres en prisión, a modo de rehenes; entre ellos, precisamenteKehlensneiter. hace un tiempo, Balduino manifestó su intención de liberar a uno de esos tres, un tal Torian,Turian o algo así, a quien parece que condenaron siendo inocente. Más recientemente me escribió para informarme que liberaría a los otros dos, exponiendo motivos más o menos válidos desde su perspectiva.


      -¿Y no será simplemente que quiere legalizar su situación? ¿Que ya están todos libres y finge que recién ahora los sacará de la mazmorra? Tal vez quiera resguardarse de acusaciones.


      -Eso fue exactamente lo que le insinué a Benjamin por carta. Ni te imaginas cómo defendió a su antiguo escudero. Dice que Balduino de Rabensland no se apartaría jamás del camino recto; si bien admite, como falta grave en él, su absoluta carencia de amor al prójimo. Además, Maarten Sygfriedson me ha hecho llegar un rumor oído en Drakenstadt, según el cual el gran Maestre de la Doble Rosa, Tancredo de Cernes Mortes, recabó a los Príncipes Leprosos información para desacreditar a Balduino, lo que sería muy de él. Aparentemente no le cayó bien que un Caballero de una Orden que no es la suya de llevara el mérito por idear el plan de rescate de los hombres de Vestwardsbjorg y Östwardsbjorg. Los Príncipes Leprosos, al parecer, se pusieron furiosos e incluso lo defendieron enérgicamente.


      -Fantasías...-desestimó Dagoberto, burlón-. Incluso si los Príncipes Leprosos lo conocieran, ellos no...


      -Suerte que estás sentado-interrumpió Thorstein Eyjolvson, sonriendo irónicamente-. Incluso si el rumor fuera falso, en él hay algún trasfondo verídico: los Príncipes Leprosos han tenido algún trato con Balduino de Rabensland, porque cuatro de ellos están apostados en sus vecindades, y uno resultó ser un pez gordo de Caudix, un tal Evaristo. Recibí una carta firmada por él, en apariencia auténtica, en la que avala al menos una parte de la versión de Balduino, quien parece haberse metido en el bolsillo al Leproso. Ya te hablaré más en detalle de todas estas cosas, pero con lo dicho basta para que comprendas que con tantas contradicciones en el mismo asunto apenas si sé cómo me llamo... No entiendo nada.


      -¿Y qué harás?


      -Enviarte a investigar qué hay de cierto en todo el asunto.


      -Pero qué magnifico e inesperado honor-dijo Dagoberto, sarcástico-. Justo lo que yo quería, tratar de nuevo con ese antipático. No sé cómo agradecerte el favor.


       -¿Has visto cómo pienso en ti y qué corazón de oro tengo?...Hablando en serio, Dago, te mando a ti porque te tengo confianza y porque a lomos de Méntor tardarás menos que un hombre a caballo. Si fuera necesaria una segunda opinión podríamos enviar a Benjamin, pero prefiero no hacerlo en principio, ya que por primera vez tengo serias dudas sobre la imparcialidad de El Justo.


      -Bueno, aunque ahora sean innecesarios, se acercan refuerzos, y con ellos viene Miguel de Orimor. Envíalo a él-bromeó Dagoberto de Mortissend.


       -¿Por qué?-preguntó Eyjolvson, quien no captaba dónde estaba el chiste.


      -Estará contentísimo de conocer al que lo derribó de la montura...


      Thorstein Eyjolvson abrió tamaños ojos, espantado.


 


 



      -¿Balduino de Rabenland fue el que derribó de la montura a El Toro Bramador de Vultalia?



       -Ajá... Lo hirió en su orgullo y le provocó la fractura de unos cuantos huesos, si no estoy mal informado. Debe ser cierto, porque tuvo que ser apartado del mando justo cuando estaba a punto de destruirnos.


      -¡Pero es increíble! ¡Mala suerte tras mala suerte tras mala suerte! Era necesario que alguien se hiciera cargo de exterminar a los Landskveisunger, y yo mismo sugerí a Miguel de Orimor debido, no sólo a su experiencia en este tipo de tareas, la cual tan nefasta nos fuen en otro tiempo, sino también a que pensé que eso le dejaría poco tiempo para detenerse en cualquier lado, y mucho menos todavía para consumar venganzas personales. ¡Pero si por casualidad llegara a Fristrande, no necesitará buscar mucho antes de encontrarse con Balduino de Rabensland!...


      -Bueno, Thorstein, cálmate, ¿quieres?, que después de todo, Balduino de Rabensland sabe que fue él quien humilló a El Toro Bramador de Vultalia, pero El Toro Bramador de Vultalia no sabe por quién fue humillado. ¿O te olvidas de que cuando ambos se batieron, la identidad de Balduino estaba a resguardo bajo el casco?...


        -Pues esperemos que eso sea suficiente. No confío en que Miguel de Orimor, mirando a los ojos de Balduino, no sepa que fue él. En una ciudad como Drakenstadt o Ramtala, son tantos pares de ojos, que quedaría desorientado, ¡pero no parece que en Fristrande haya muchos más que los de Balduino de Rabensland!


      -Bueno, bueno... Si se da cuenta, se batirán a duelo, uno de los dos matará al otro y, hasta donde sabedmos, caiga quien caiga, será poco lo que se pierda.


      -No sé, pero resucitar este tipo de rencores es lo último que nos hace falta en este momento en que intento que reine la paz entre ambas órdenes de Caballería.


      Thorstein Eyjolvosn exhaló un cansado suspiro. Sólo restaba desear que de verdad la guerra hubiese terminado, así se podría enviar a Miguel de Orimor de regreso por donde había venido y  dejar que cada baronía se encargase ella misma de combati a los Landskveisunger.


      -No hay piedad en este maldito mundo-murmuró.

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CLXXIX

       Pronto llegó Thorstein Eyjolvson y saludó tanto a Dagoberto como a Méntor pero, por lo demás, al principio cruzó otras palabras sólo con el Drake, dada la imposibilidad de que éste los siguiera para seguir conversando con sus amigos humanos en un lugar cubierto. Cuando el reptil, que nunca había sido demasiado locuaz salvo por breves instantes, lo estimó conveniente, acordó con Eyjolvson un descanso de dos días, y con Dagoberto de Mortissend un punto donde encontrarse fuera de Ramtala; pues si lograba salir de aquella infame cajita que era ese castelete, nada en el mundo lo persuadiría de volver a meterse en ella. Y luego vino para Méntor lo más complicado... Que era, precisamente, encontrar una forma de salir de allí.


 


      No era que su fuerpo fuese tan inmenso que ocupara todo el patio, pero desde la cabeza hasta la punta de la cola abarcaba una buena longitud. Con las alas extendidas cabía a duras penas-e incluso debía encogerlas un poco- y no tenía espacio para emprender una carrera que pudiera darle el necesario envión para tomar vuelo. Aquel despegue iba a ser un auténtico suplicio. También sería todo un papelón, pero conservar la majestad era en ese momento lo último que le importaba al Drake.


 


      -Vamos, Méntor, lo harás muy bien-aseguró Thorstein Eyjolvson, con escasa convicción.


 


      Méntor, pesimista, miró a su alrededor para estudiar bien la cosa. Para salir de allí tendría más trabajo que un sepulturero durante una epidemia de peste.


 


      -Que se haga lo que Dios quiera...-murmuró con cara de funerales.


 


      No le cabía duda de que su despegue se frustraría, pero trataría al menos de caer del otro lado del muro y causar así el menor daño posible. Tras ponderar atentamente la cuestión, la dirección y fuerza del viento, la altura de los muros y demás detalles, al fin se animó y dio un primer brinco con éxito nulo. En su estrepitosa caída a tierra costaba hallar rastros de la magnífica criatura que aterrizara con inimitable gracia en ese mismo patio, y todo el mundo huyó de la mole que se desplomaba, aunque por suerte desde poca altura todavía. Conjugando más eficazmente sus recursos, Méntor lo intentó de nuevo. Los potentes músculos de sus patas traseras lo propulsaron mucho más alto esta vez, y las alas quedaron por encima de los muros, de modo que comenzó a batirlas desesperadamente, intentando aprovechar el viento que por fortuna soplaba con sobrados ímpetus. Se esforzó por adoptar una postura más aerodinámica, encogiendo las patas contra su cuerpo y esgrimiendo la cola a modo de timón; pero en esto último fracaso, ya que más bien logró sólo esgrimirla a modo de involuntario látigo. La estrelló contra las tejas de una garita de guardia donde un asustado centinela que no tenía la menor idea de lo que ocurría quedó blanco de pavor; varias de las tejas de marras volaron en pedazos hacia todas direcciones provocando múltiples huidas en desbandada. La cola seguía esforzándose por dar dirección a aquel torpe aleteo de gallina excedida de peso, y la punta pasó a vuelo rasante por el patio; quienes aúnn no habían llegado a cubierto se tiraron cuerpo a tierra. Entre tanto descubría Méntor, con horror, que iba perdiendo altura, y encima ni por asomo fuera de los límites del castelete, al menos. Sus zarpas delanteras aferraron las almenas del muro en un intento por procurarse un envión; pedazos de obra se desprendieron de la estructura y cayeron al patio como granizada. Y así continuaron  los aleteos torpes, los coletazos y muchas desafortunadas maniobras más, pero finalmente, cuando el Drake no aguantó más y se desplomó cuan largo era, se hallaba ya fuera de las murallas de Ramtala.


 


       Desde éstas, Thorstein Eyjolvson suspiró de alivio al constatar que, milagrosamente, nadie había salido herido por los desaguisados de Méntor. Se sintió un tanto confuso al ver que todos lo miraban a él, como culpándolo de todo aquello, aunque los gestos no parecían especialmente acusadores.


 


      -Y a pesar de todo es nuestro aliado, no nuestro enemigo. Puedo jurarlo-les dijo en broma, tras señalar con su mano los destrozos.


 


      Fuera del Zodarsbjorgele, Méntor se estaba incorporando trabajosamente, cuando escuchó un repiqueteo de cascos propio de un galope en grupo, mezclado con ladridos y carcajadas varias. Alzó la cabeza. Ante él se abría un soberbio paisaje, de ésos que sólo se ven en Andrusia: una llanura de suaves ondulaciones que a lo lejos se transformaban en corros de colinas bastante separados unos de otros, con alguna elevación más o menos notable y alternancia de agradables campiñas y oscuros y profundos bosques. Todo estaba ahora, lógicamente, tapizado de blanco, aunque a lo lejos las coníferas dejaban ver algo de su tenaz follaje semioculto por la nieve. El panorama tenía algo de mortuorio; y sin embargo, si uno se fijaba bien, la vida estaba allí, oculta pero pujante, con tantos claroscuros como el día mismo.


 


      Méntor, cuyos sabios instintos le aconsejaban evitar a la Humanidad, no podía sin embargo evitar amarla. Esto era, tal vez, porque podía volar y ver desde arriba a los hombres como probablemente los ven Dios y sus ángeles. Veía a la adversidad y a la furia de los elementos tratando de acabar con ellos; veía el paso de los siglos descargando sobre ellos una maza inmisericorde, intentando destruirlos. A veces parecía que la ruina era total, para alivio del mundo; pero hete aquí que una y otra vez resurgían sobrevivientes que iniciaban una lenta pero firme reconstrucción, semejantes a diminutas hormigas empeñadas en reparar un hormiguero devastado. A Méntor le era imposible no conmoverse ante tanta valentía y laboriosidad.


 


      Lo malo venía, claro, cuando descendía a tierra y veía que aquellas hormiguitas estaban más que dispuestas a atacarlo y destruirlo, y no sólo a él, sino también entre sí. A menudo pensaba entonces en la Humanidad como en una odiosa plaga que debía ser erradicada; pero aunque cada vez le tenía menos paciencia, la idea de que desapareciera del todo también le resultaba execrable. Al fin y al cabo, eran sólo hormiguitas; estúpidas hormiguitas que en la mayor parte de los casos no eran conscientes de la verdadera magnitud del daño que hacían.


 


      Méntor pensaba ahora en estas cosas porque un camino unía Ramtala con el distante bosque, serpenteando entre las ondulaciones; y por él se acercaba ahora un grupo de cinco o seis jinetes precedidos por una jauría sumamente bulliciosa.


 


      -Lo que me faltaba-gruñó, haciendo un esfuerzo por incorporarse. Era obvio que se trataba de una partida de caza que estaba de regreso, y él, por prudencia, trataba de evitar a los desconocidos, sobre todo a aquellos que trajeran consigo armas de cualquier tipo.


 


      No tardó en tenerlos allí, junto a él. Los perros fueron a morderle las alas y las patas, pero acudieron sumisamente al llamado de su amo, un joven de cara muy redonda, melena lacia de color castaño oscuro y ojos de una rara tonalidad gris verdosa: el jinete que encabezaba la partida. Sonreía burlonamente mientras observaba a Méntor, y éste presumió que las ínfulas que había en el semblante del muchacho debían serle habituales. Posiblemente no valiera mucho como persona; pero sus acompañantes daban la impresión de valer aún menos. Todos habían sido testigos del poco elegante aterrizaje de Méntor, que comentaban entre susurros y con los ojos lagrimeantes de la risa.


 


      Méntor se incorporó al fin, sintiendo muy dolorida su pata trasera izquierda, y al dar unos pocos pasos descubrió que rengueaba de la misma. Los perros le gruñeron, pero se quedaron en su sitio. En tanto, un halcón que volaba en círculos por los alrededores bajó a posarse en el brazo izquierdo, extendido a tal fin, del muchacho de cara redonda, quien al mismo tiempo se acomodó con la mano opuesta la correa que sujetaba a su espalda la aljaba llena de flechas.


 


      El Drake optó por hacer caso omiso a las burlas. Haber conseguido salir del Zodarsbjorgele era ya hazaña suficiente y, de hecho, casi un milagro; que no le pidieran, además, técnica. Irguió la cabeza en gesto altivo, adelantó el orgulloso pecho y echó a andar lo más garbosamente que pudo; en lo que salió más que airoso pese a su renguera. No se volvió a mirar atrás, pero el muchacho de la cara redonda sí lo siguió con la vista a él. Ya no sonreía; por el contrario, se hallaba serio y pensativo.


 


      Thorstein Eyjolvson y Dagoberto de Mortissend vieron toda la escena, porque habían subido a un adarve para asegurarse de que Méntor no hubiera sufrido daños graves.


 


      -¿Y ésos?-preguntó Dagoberto, señalando a los jinetes.


 


      -Caballeros de la Doble Rosa que vuelven de una cacería-contestó Thorstein Eyjolvson-. Están demasiado relajados para mi gusto últimamente; pero al no pertenecer a nuestra Orden, no puedo intervenir en ello.


 


     -El muchacho del halcón, ¿es una especie de jefe, o algo así?


 


      -Ajá. León de Cernia, fulgurante y promisoria estrella guerrera de la Orden de la Doble Rosa y protegido de su Gran Maestre, Tancredo de Cernes Mortes. Reacio como pocos a acatar órdenes, y altanero y vanidoso en extremo. Algunas cualidades de valor posee, puesto que siempre que pudo, por ejemplo, asistió a las exequias fúnebres de los caídos en combate para llevar consuelo a sus deudos. Pero creo que la opinión de los subordinados dice mucho del que manda, y el caso es que pocos entre quienes deben obediencia a León sienten por éste algún aprecio. La mayoría de ellos lo llama, despectivamente, El Gordinflón.


 


       -¿Sí? Desde aquí no parece gordo.


 


      -No lo es; al contrario, se ve esbelto y apuesto. Pero tiene una cara tan redonda y las mejillas tan carnosas, que aparenta estar excedido de peso. No le queda tan mal, pero sospecho que bastarían unas pocas libras de más para que ese rostro suyo parezca a punto de reventar. Como por un lado presta mucha atención a su apariencia y por otro es de buen comer, se ve obligado, para mantenerse en forma, a estar en continua actividad... Por cierto, nuestro Méntor debe haberlo descolocado un poco.


 


       -¿Descolocado? ¿Por qué?


 


      -Porque es de esos arrogantes que se plantan en medio del camino exigiendo derecho de paso y no se apartan si no es por la fuerza de las armas. Pero Méntor lo embromó, pues le ha demostrado, con el propio ejemplo, que uno puede hacerse un lado y pasar por el flanco de aquel a quien se ha cedido el camino y, sin embargo, conservar pese a ello un aire muy digno. Para León, ambas cosas no son compatibles.


 


      Abajo, los jinetes se habían puesto en marcha nuevamente.


 


      Cada tanto, León de Cernia continuaba volteando la cabeza para observar a Méntor, cuya gran figura iba menguando a medida que se alejaba.

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CLXXVIII

       A principios de diciembre se repitió en varios poblados de Ulvergard el mismo revuelo que ya se había observado a fines de marzo, con motivo del avistamiento de un gran Drake o dragón volador; pero em Ramtala hubo menos alboroto. La criatura voló tres veces en círculo en torno al Zodarsbjorgele, el castelete más meridional de la ciudad, lo que era una señal convenida de antemano; de manera que se le respondió izando una bandera negra con un halcón bicéfalo escarlata en su centro para indicarle que podía aterrizar en el patio.


      ¿Quién no ha cedido alguna vez ante la irrefrenable tentación de fanfarronear un poco, sobre todo si hay un nutrido público para admirar nuestras habilidades?  El soberbio, magníofico reptil volador, maravilla ingrávida como no se verá otra en el mundo, interrumpió gallardamente el aleteo y adelantó sus poderosas patas traseras, utilizando su robusta cola como timón y ofreciendo de paso un primer plano de la musculatura extrañamente antropomorfa de su abdomen y pecho. Las alas amortiguaron el impacto del descenso, y los miembros traseros se encogieron con gracia elástica al posarse en tierra; luego fue el turno de los delanteros. Pese al formidable tamaño de la criatura, había sido un aterrizaje tan silencioso y ágil como el salto de un gato, y provocó una enardecida explosión de vítores y aplausos por parte de los fascinados espectadores. 


       Méntor hizo una amplia genuflexión ante las ovaciones. Parecía disfrutar de lo lindo el momento, lo que, quizás, era comprensible teniendo en cuenta que lo hurraba la misma raza que solía perseguir a la suya. Sin embargo, quedó un momento pensativo, y de repente ya no se lo vio tan contento.


      -Oh-oh... No fue buena idea descender aquí-comentó a su jinete habitual, Dagoberto de Mortissend.


       Este no traía armadura esta vez, sino sólo abundante abrigo, pese al cual tiritaba de frío. Giró sobre sí mismo en el lomo del reptil, y Méntor inclinó un poco el anca para que el jinete descendiera en tobogán por la cola.


       -¿No? ¿Por qué?


      -Porque no tengo suficiente espacio para carretear. No sé cómo podré remontar vuelo otra vez sin derribar una pared. Este es un sitio bastante estrecho, por si no te has dado cuenta.


      -Lo cual no parecía preocuparte en lo más mínimo cuando hacías acrobacias hace un rato para deleite del público, exhibicionista.


      -¿Exhibicionista?... Eso que tú llamas acrobacias son las maniobras habituales de un aterrizaje. ¿Vas a decirme que luego de años de viajar por los aires sobre mis espaldas todavía no lo sabes?


      -Por supuesto que lo sé, Méntor; pero la experiencia me ha enseñado también a distinguir las sutiles diferencias entre tus aterrizajes normales y los que haces para impresionar. Seguramente a ti no te hace diferencia alguna, pero cuando no cuentas con un público admirándote eres un tanto más brusco, lo bastante para que quien esté encaramado sobre tu lomo quede viendo un poco las estrellas.


      -Pues recién ahora me lo dices. Trataré de ser más cuidadoso en el futuro.


      Varios hombres de armas acudían al encuentro de los recién llegados. Por desgracia, Méntor no reparó en ello, y eligió precisamente ese momento para sacudirse los restos de nieve que tenía encima y que salieron disparados en todas direcciones. Todo el mundo huyó en busca de un reparo, excepto Dagoberto, quien por estar de espaldas al reptil descubrió demasiado tarde lo que se le venía encima.


      -¿Por qué no te sacudes con más cuidado?-gruñó.


      -Qué fácil es decirlo cuando se tiene tu tamaño, te envidio-replicó Méntor, con calma-. Ya que cometí el error de bajar aquí, quisiera al menos saludar al Narigón; pero no podía esperar a estar en cualquier otro sitio para sacarme de encima esa nieve que viene fastidiándome desde esta mañana, disculpa.


      No pudieron decirse nada más, porque en ese momento se les acercó un caballero que no llevaba armadura, pero cuya condición de tal delataban las espuelas doradas y una muy maltrecha capa, negra y con un halcón bicéfalo bordado en hilo escarlata en ella, insignia de la Orden a la que pertenecía, visible también en la bandera izada instantes atrás.


      Era un joven de lacia melena castaña oscura, ojos azules y expresión adusta, rayana en la antipatía. El conjunto de su semblante era de cierta sombría belleza.


      -Bienvenidos a Ramtala, señores-saludó cortésmente, hincando rodilla en tierra-. Se ha avisado al señor Thorstein Eyjolvson de vuestra llegada, y en cualquier momento lo tendréis aquí. Entre tanto, procuraré que estéis cómodos.


       Sus palabras eran la mar de amables, pero hablar de comodidad cuando en aquel patio Méntor apenas si podía moverse sin tener la certeza de causar desastres y cuando no había forma de mejorar su situación en aquel castelete resultaba absolutamente chistoso, y delataba que, al menos en tal aspecto, la cortesía del muchacho era muy superior a su inteligencia.


      -Me llamo Erlendur Ingolvson-se presentó.


      Dagoberto y Méntor se inclinaron respetuosamente al oir aquel nombre.


       -El famoso Erlendur Ingolvson...-murmuró el primero, alzando admirativamente las cejas-. El muchacho que, al mando de una flota y con mucha sabiduría y coraje, optó por mantenerse firme ante los Wurms, sin atacar pero a la vez sin huir. Te felicito. No todos tendrían tu temple en una situación así de fea.


      -Os agradezco el cumplido, señor, pero lo sucedido en el Hammersholmsunde fue pura suerte.


      -Yo no lo creo, y el Narig... Digo, el señor Eyjolvson tampoco.


      -El señor Eyjolvson me sobrevalora. Antes de esta guerra, yo era increíblemente engreído y muy seguro de mí mismo; pero luego de lo del Hammersholmsunde, donde me fue muy difícil tomar una decisión, he vivido dudando de la corrección  de cada cosa que hago.


        -Bueno, puede que fueras engreído, sí. Muchos gustan de impresionar a los demás, ¿eh, Méntor?-dijo Dagoberto, en apariencia muy serio; pero era una forma de burlarse del Drake, con mucho tacto, por el vanidoso aterrizaje de un rato atrás-. Sin embargo, creo que el señor Eyjolvson hizo bien al confiar en ti. Parece que la guerra sacó a relucir lo mejor de tu persona. A veces es importante, y sobre todo útil, vacilar mucho antes de tomar ciertas decisiones, sobre todo cuando de éstas dependen innumerables vidas; y una vez tomadas, actuar como si uno no hubiese dudado un instante. No seas tan duro contigo mismo... Por cierto, te alegrará saber que se acercan refuerzos. Están como a veinte días de aquí; al mando viene el Primer Senescal del Reino, Justiniano de Charmalles.


       -¡Quiera Dios que vengan de balde, señor!... La guerra terminó, o eso parece; hace ya mucho tiempo que no vemos siquiera un Wurm por estas costas, sea en Drakenstadt, Gullinbjorg o cualquiera de las otras ciudades atacadas.


      Dagoberto de Mortissend se acarició la barba, pensativo.


       -¿Y nuestro Gran Maestre también cree que ha terminado?-preguntó.


      -Dice que no deberíamos confiarnos... Por las dudas.


      -Sí, estoy de acuerdo. Muy sensato de su parte.


      -La guerra terminó, señor... Tiene que haber terminado. Entre los que murieron y los que desertaron, sufrimos tantas bajas que no resistiríamos un nuevo ataque...


      -Los refuerzos son la solución a ese problema.


      E·rlendur no contestó, y Dagoberto creyó haberlo calmado. Muy otra era la realidad, pero sólo Méntor, espectador imparcial, logró captarla: Erlendur no quería refuerzos, sino sólo el fin de la guerra. Su sentido del deber lo mantenía aún en su puesto, pero sus anhelos estaban junto a quienes habían desertado, y no quería ni que se le insinuara que los Wurms podían regresar; en lo que no se quedaba atraás ala inmensa mayoría de quienes ya se las habían visto con los gigantescos reptiles. Sólo unos pocos delirantes que al parecer desconocían el miedo y ansiaban aún conquistar la gloria esperaban que los Wurms regresasen. Salvo por ellos y por los que, sin desear el retorno de los reptiles, no se atrevían a descartar ala posibilidad de que éstos volvieran, Andrusia Occidental vivía por entonces un engañoso y precario sueño de paz. El Día de la Gehenna, casi sobre el final de diciembre de ese año, sería el drástico y estremecedor despertar.

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CLXXVII

        A partir de allí, Balduino vivió bajo el constante temor de que se cumpliera la horrible predicción y preguntándose, si así habría de ser, a quién se referiría. Mucha gente le era querida ahora, pero entre los más cercanos a su corazón se hallaban Gudrun, Anders, Hansi, Thorvald y Tarian. Como se horrorizaba de sólo pensar que pudiera perder a cualquiera de ellos, amplió la lista: Kurt Ingmarson, Gabriel de Caudix, Thomen el Chiflado... Pero tampoco quería que muriera ninguno de ellos, y fue pensando en otros nombres, hasta que se dio cuenta de que la pérdida de cualquiera de sus seres queridos le sería dolorosa en mayor o menor grado, y que era mejor no especular al respecto. Además, y por fortuna, no tenía demasiado tiempo para pensar en ello. Sólo podía tomar precauciones y seguir viviendo como hasta entonces, pero esto último no era fácil. 


      Por aquellos días, cuando el rigor invernal lo permitía, Balduino y sus hombres trabajaban en la construcción de una tercera catapulta, la segunda de elaboración propia, y abatían más árboles para contar con una provisión de madera constante y debidamente añejada. Disponían además de una reserva decreciente de excremento de grifo, y Balduino tenía intención de ir reponiéndolo a medida que fuera consumido. Sin embargo, algunas incursiones por las Gröhensklamer dejaron en claro que ésa no era buena idea. Los grifos estaban particularmente agresivos, sobre todo una hembra cuya silueta denotaba una avanzada preñez fuera de época; lo que asombró a Balduino, quien recordaba el caso de la famosa loba abatida por Ursula.


      -Habrá que tomar precauciones cada vez que vayamos a recoger excremento de grifo, señor Cabellos de Fuego; estar alertas-aconsejó Gröhelle-. Es natural que el frío y la relativa escasez de alimentos los pongan así.


        Su opinión no era de desdeñar. Se había pasado la mitad de su vida mirando y admirando a los grifos, y si era tuerto y tenía la cara llena de cicatrices era porque había llevado demasiado lejos esa admiración.


      -Febrero es generalmente el mes en que se ponen más feroces, al menos en las Gröhelnsholmene-continuó Gröhelle-. Puede que aquí no sea para tanto; después de todo, tienen la colonia de focas para alimentarse. Pero será mejor contar con lo peor para no lamentarse después. En invierno, un grifo atacará lo primero que encuentre; de modo que lo importante es no estar a la cabeza de las posibles opciones del menú.Por lo general, los grifos salen de cacería hacia el alba, como habéis visto; es decir, que si vamos a buscar excremento de grifo a mediodía, los hallaremos haciendo la digestión. Ir más tarde tiene también sus riesgos, ya que en invierno esas criaturas varían sus hábitos, y algunos ejemplares, previsores, se procuran hacia el final del día el sustento para el día siguiente.


      -Podríamos procurarnos otro combustible-respondió Balduino-. El excremento de grifo que se encuentra ahora por lo general es escaso o está tan mezclado con nieve que es más trabajoso y aburrido recogerlo que ir en busca de leña. De todos modos, habrá que prevenir a la gente... Y averiguar, en la medida de lo posible, la ubicación de la madriguera de la hembra preñada. Espero que al menos me deje un ojo sano, como la que te atacó a ti.


      -No me digas que tratarás de quitarle una cría, como quise hacer yo...-dijo Gröhelle, sorprendido, mientras su ojo azul centelleaba de vivo interés y algo humorísticamente.


       -Al menos estoy considerando la idea. Toda la camada.


      -¡Loco! ¡Loco de atar! ¡Peor que Thomen!-fue el lapidario veredicto de Anders.


      No tentaba a Balduino la idea de ir por las crías, porque ello implicaba matar a la madre; pero por otro lado, jinetes cabalgando grifos domésticos podrían ser un arma terrible contra los Jarlewurms, pues podrían atacarlos por aire y, sobre todo, acercarse a sus puntos más vulnerables: ojos y garganta. Sin embargo, tal vez fuera demasiado tarde o incluso innecesario. Hacía tiempo que los Wurms no se dejaban ver por Drakenstadt, Ramtala y el resto de las ciudades que venían hostigando desde el inicio de la guerra; tal vez habían regresado a las Islas de la Bruma, o cambiado de objetivos: Freyrstrande no resultaba atrayente para invasor alguno, pero su obvia vulnerabilidad podía hacer que se la eligiera como punto de partida para una futura expansión hacia el resto del continente. Pasarían entre nueve meses y un año antes de que los cachorros de grifo que Balduino lograra arrebatar alcanzaran una talla que les permitiera cargar con jinetes. Si los Wurms atacaban antes, o si no atacaban en absoluto, se habría matado a la madre en vano. Todo eso, sin contar que se aceptaba comúnmenrte que el grifo era imposible de domesticar; sin embargo, sobre este último punto Balduino era ya más optimista.


       La relación entre Balduino y una pàrte de sus hombres estuvo un tiempo algo deteriorada debido a fricciones entre el pelirrojo y Ulvgang. Este continuaba tratando a Tarian con suma frialdad y, en ocasiones, incluso agresivamente. Balduino fue espectador silencioso y malhumorado hasta que un día, no pudiendo soportar más tiempo esta situación, envió a Tarian a montar guardia en el torreón, y acto seguido encaró a Ulvgang con firmeza, reprochándole su conducta. Ulvgang replicó, con mucha tranquilidad, que mejor se metiera en sus asuntos; y ante esto, Balduino se dejó llevar por la cólera. Por lo general flemático, esta vez Ulvgang se irritó también rápidamente, dejándose dominar por la ira: Por último, ambos se dijeron de todo, y de milagro no arremetieron a puñetazos uno contra el otro, como pareció que harían en cierto momento. Los testigos estaban pasmados ante aquella discordia que parecía crecer velozmente, como una inocente brisa que en poco tiempo acaba convirtiéndose en furioso vendaval.


      La de aquella noche fue una cena amarga y silenciosa. Balduino engulló su ración a toda velocidad y fue a hacer guardia en el torreón, aunque ese día no le tocaba, pues tenía ganas de estar solo. Siempre se había llevado bien con Ulvgang, y era para él inevitable sentirse triste por lo que estaba ocurriendo; de ahí su deseo de soledad. Sin embargo, diez minutos después de su llegada al puesto oyó pasos en la escaleran y supo que se trataba de Ulvgang mucho antes de que éste ascendiera los últimos peldaños.


      Se midieron mutuamente con la mirada durante unos instantes a la luz tremolante de la antorcha, entre la hostilidad y la pena, en absoluto silencio. Fue Ulvgang el primero en hablar:


      -El Destino me otorgó sólo un hijo. Si hubiera podido tener otro, me habría gustado que lo fueses tú.


      -A mí no. Ya vi lo mucho que te importa la paternidad-contestó Balduino en tono gélido.


      -Envainemos espadas, señor Cabellos de Fuego, por favor. Necesito tu ayuda.


      -Si es para hacer sufrir a Tarian, no la precisas en absoluto. Te arreglas solo de maravilla.


       -No te pongas sarcástico. Te pido sólo que escuches y que lo que hablemos quede entre nosotros. Jamás en mi vida supliqué nada, pero me humillaré ante ti,  de ser necesario, con tal de que me concedas eso. ¿Quieres verme rebajado? Dímelo y me verás de ese modo.


        -No deseo ni necesito verte humillado-contestó-. Te escucharé, pero trata de decir algo que no me enfurezca más de lo que ya estoy, por favor.


       -No creo ni quiero que te enojes. ¿Tengo tu palabra de que guardarás silencio sobre lo que te diga?


      -La tienes.


      -Entonces ven, señor Cabellos de Fuego, sentémonos uno junto al otro, como aquella noche en que una tormenta nos obligó a permanecer en esa cueva de Eldersholme, en las faldas del volcán. Nunca olvidé aquella noche. Mi instinto me dijo en ese momento que podía confiar en ti. Fue agradable intuir eso y mucho mejor aún advertir luego que mi instinto era correcto; algo de lo que, admito, dudé por momentos.


      Balduino se asomó por el ventanuco que daba hacia el mar. Allí todo estaba en calma. Luego, sin embargo, hizo algo que habitualmente no hacía: asomarse por otro segundo ventanuco, desde el cual se veía la entrada a Vindsborg. También allí todo parecía en orden.


      -Los Wurms no vendrán desde esa dirección, señor Cabellos de Fuego-observó Ulvgang-. ¿Por qué no me dices qué te preocupa? Incluso antes de nuestra trifulca, hoy estabas tenso, y lo estás desde hace unos días.


      -Pensarías que son bobadas.


      -Deja que yo mismo juzgue si lo son realmente.


      Tras vacilar unos instantes, Balduino contestó:


      -Es algo que me dijo Hendryk-y le habló del vaticinio según el cual alguien muy querido por él moriría el próximo dieciocho de diciembre-. Tal vez sea una estupidez, pero desde entonces, por momentos, me siento muy preocupado.  No dejo de preguntarme cómo ocurrirá, quién será la víctima y todas esas cosas. Gudrun está sola; también eso me preocupa. No puedo estar en muchos sitios a la vez.


      -Hmmm... Hendryk hizo predicciones antes. Por desgracia, todas se cumplieron: si bien a veces un día o dos después de la fecha anunciada, si es que mencionaba alguna-contestó Ulvgang-. Pero no dejes que eso te achique. Nosotros dos tenemos pelotas para luchar contra el destino y tratar de cambiarlo. Haremos lo que podamos. Gudrun sabe defenderse tan bien como nosotros y, no obstante, una distracción o simplemente la mala suerte mpodría dejarla indefensa. Pero suponiendo que fuera especialmente vulnerable alrededor de esa fecha, puedes decirle, llegado el momento, que se mantenga más alerta que nunca. Pretexta cualquier cosa. Es una mujer brava; no la abatirán así nomás. Y le prestaremos el cuerno por unos días, hasta que pase el peligro; convendremos una señal para ir en su ayuda si la atacaran. En cuanto a nosotros, casi siempre estamos juntos; de modo que será difícil que sobrevenga una desgracia a uno sin que el resto se vea igualmente afectado. El número es buena protección.


      Balduino, quien hasta entonces se había estado paseando nervioso de aquí para allá como fiera enjaulada, se sentó finalmente en el suelo junto Ulvgang.


       -Algo tan simple... Y no se me había ocurrido-murmuró, sintiéndose estúpido.


 


 



       -No... Porque tienes demasiado en qué pensar y quieres abarcarlo todo. Y porque no quisiste compartirnos tus temores, pese a que somos hombres y lo suficientemente valientes para encarar nosotros mismos cualquier amenaza que nos aceche-Ulvgang pasó un brazo alrededor de los hombros de Balduino-. Tienes un corazón enorme, señor Cabellos de Fuego. Eso te hace, en cierto modo, más vulnerable; pero a la vez te protege. Yo podría haberte traicionado. Aún podría hacerlo. Muchos de mis enemigos creyeron haberme doblegado, y apenas si vivieron lo suficiente para advertir su error. Puedo fingir sumisión ante alguien más fuerte; los imbéciles se envanecen cuando creen tener ante ellos, doblegado, a El Terror de los Estrechos.



      -¿Debo suponer, entonces, que también me estabas tomando por imbécil cuando, hace un momento, hablabas de humillarte ante mí?-preguntó Balduino, receloso.


      -Eso fue una treta para obligarte a que me escuches. Sabía que no dejarías que me humillara. Eres muy transparente, señor Cabellos de Fuego. Ten cuidado, eso puede jugarte en contra; pero no conmigo. Al contrario, si sigues vivo y a mi mando es porque tuviste la sensatez y la simplicidad para no jactarte de tener bajo tu autoridad a Sundeneschrackt, de no gloriarte de ejercer poder sobre el poderoso.


      -Ibas a decirme algo importante-dijo Balduino, para cambiar de tema, ya que la conversación lo estaba poniendo algo incómodo.


       -Sí. Es acerca de Tarian-dijo Ulvgang; e hizo una pausa, como sopesando bien las palabras-. Señor Cabellos de Fuego: una vez te dije que en las Islas Andrusias se sabe más de cuestiones de supervivencia que del bien y el mal. Esa opinión mía no ha variado, pero hablaré ahora de decisiones equivocadas. Yo no sabría decir si fue un error por mi parte dedicarme a la piratería. Mi nombre no se olvidará fácilmente en las costas de Andrusia, y ese halago a mi vanidad es casi todo cuanto me ha quedado luego de tantos años de aventuras. Podría decirse que el resto fue un fracaso, pero de nada me arrepiento, al menos en principio. Viví muy intensamente, y eso es más de lo que muchos pueden decir.


      ’ En algún momento, llegó a mí, como sabes, un amor imposible bajo la forma de una bellísima sirena. Eso fue cosa del Destino, pero podría haber optado por no entregarme a ese amor o no hacerlo con tanta pasión, al menos; porque era obvio que jamás podríamos estar juntos. Sin embargo, eso de vivir a medias no es para un Kveisung. El mismo fuego que lo anima en combate, arde en él en otras cuestiones, amor incluido. Tampoco de eso me arrepentiría. De lo que sí me arrepiento es de no haber optado entre una cosa u otra, la piratería o el amor. Pero me disculpo diciendo que jamás hubiera imaginado que Margyzer me daría ese hijo bello, valiente y leal que tengo y cuya sola visión me hiere y me ciega como el sol en su apogeo visto de frente. Ver su rostro es prácticamente ver el de su madre. Amo a mi hijo, señor Cabellos de Fuego. estar separado de él todos estos años fue como si me amputaran ambos brazos y piernas; fue como si me arrancaran el corazón, especialmente porque sabía cuánto estaba sufriendo él. Con un desgraciado listo para matarlo al menor movimiento mío, nada podía hacer, salvo desear que resistiera. A veces me preguntaba si hacía lo correcto; si tal vez para Tarian no sería preferible la muerte. Pero no quería perderlo. Y así fue como Tarian sobrellevó años de tortura y penalidades, hasta que tú lo sacaste de ese Infierno. Jamás te harás siquiera una mínima idea de hasta qué punto estoy en deuda contigo por eso, y sólo lamento que esa deuda tenga que crecer ahora. No puedo hablar por mis hombres, pero en lo personal, si finalmente liberas a Hendryk y Kehlensneiter, llegado el momento me verás regresar a mi celda incluso cuando nada, salvo lo que hicisate por Tarian y por mí, me fuerce a regresar. Así pagaré parte de esa deuda, que de todos modos seguirá siendo enorme, porque tengo que pedirte un favor más. Te ha resultado incomprensible que demuestre indiferencia por Tarian. A tu juicio, él nada hizo para merecerla. Pues bien, tienes toda la razón del mundo. Quise abrir un abismo entre él y yo, y aproveché para ello el primer momento que encontré. Tarian debe seguir su propio camino. A los doce años, su lealtad ya era de hierro, y pudiendo salvarse solo cuando fuimos capturados en Svartblotbukten, no lo hizo, y eligió en cambio acompañarnos a prisión. la mazmorra por lo general cambia a las personas; hasta donde puedo ver, no obstante, él sigue siendo el mismo de antes. Eso me enorgullece. Demuestra que a su manera él es aún más duro que yo. Pero no es conveniente para él. Si volviéramos a prisión, si subiéramos al cadalso, si nos hiciéramos a la mar para regresar a nuestras antiguas actividades piráticas, él querría seguirnos. He pensado mucho en ello y decidido que no lo permitiré. Así deba para ello vender mi alma al diablo, no lo permitiré. Tarian es esclavo de sus afectos; cuando ya no sienta ninguno por nosotros, será libre.


      Balduino había escuchado atentamente a Ulvgang y estaba arrepentido por haberlo juzgado apresuradamente y con tanta dureza; y ahora, silencioso y pensativo, se sentía invadido por muchas dudas.


      -¿Libre?-dijo al fin-. Tarian no es libre. ¿Acaso no te das cuenta de que sufre porque no entiende la causa de tu rechazo? ¿No ves cómo te mira?


      -La verdad... No, por suerte no lo vi-replicó Ulvgang-. E imagino que por el momento no es libre... Pero luchará para serlo, y lo logrará. Razonará que un padre indiferente no merece el menor afecto, y su cariño desaparecerá.


      -¿De verdad crees que la razón lo ayudará? Razonaste que la Naturaleza no te dio cola de pez como a Margyzer para ir tras ella hacia las profundidades oceánicas. ¿Acaso eso te ayudó a amarla menos?


      -Es distinto. Hasta el final fue dulce y cariñosa conmigo; si hubiese sido grosera o malvada, o me lo hubiera parecido, su partida me habría sido menos gravosa. Además, luego no encontré otra mujer a quien amar, pero tarian encontrará otra familia en ti y quizás en Hansi y el grumete. Instintivamente, se acercará hacia quienes le demuestren afecto. Eso preciso de ti, señor Cabellos de Fuego, sólo este último favor, y ya no te molestaré más: que seas como un hermano para Tarian.


      -Es cambiar un  afecto por otro, pasar de una esclavitud a otra. Tampoco será libre, si vamos al caso.


      -Seguro, señor Cabellos de Fuego, siempre se es esclavo cuando se ama con mucho vigor; pero algunas servidumbres son menos pesadas que otras, algunas menos dañinas que otras. Las hay incluso, pocas pero las hay, que son todo un honor. Tarian estará bien contigo, no me cabe la menor duda-dijo Ulvgang; y añadió, tras una pausa:-. Es cosa sabida que tener niños a bordo de un barco es de mal agüero. Tarian tenía once años cuando lo admitimos a bordo del Zeesteuven, supe que sería mi ruina y lo fue realmente. Pero también fue mi mayor orgullo y mi mayor alegría. Toda pérdida es poca con tal de tenerlo a él y, sin embargo, también a él deberé renunciar. Sólo quería que tuvieras eso en claro, que Tarian no es una carga de la que me deshago con gusto sino, por el contrario, una renuncia que hago con todo el dolor de mi corazón, pero que debo hacer.


      Balduino no supo qué contestar. Antes de que pudiera hacerlo, Ulvgang le plameó afectuosamente la espalda y se puso de pie.


      -Buenas noches, señor Cabellos de Fuego, y recuerda que me diste tu palabra de guardar silencio sobre lo que acabamos de conversar-dijo; y se marchó.


      Balduino quedó a solas allí, en lo alto del torreón. Había que poner más aceite en la antorcha, pero no lo hizo; de repente se sentía inmensamente desganado. La llama, que desde hacía un rato venía perdiendo altivez, fue agonizando en forma paulatina, hasta extinguirse por completo. Quedaba sólo la luz del brasero, pero ahora eso no importaba. Una gélida oscuridad parecía devorarlo todo.


      Solo en las tinieblas, Balduino pensó en la promesa de silencio que ahora lamentaba haber hecho a Ulvgang, en la expresión triste con que Tarian solía observar ahora de soslayo a su padre, en las malas elecciones que a veces se hacen en la vida y en la maldita habilidad humana para complicarlo todo fatalmente. No quería llorar; se había vuelto muy sensible en freyrstrande, excesivamente blando tal vez... Pero los garrazos de la tristeza dolían el doble en las sombras y, después de todo, allí no habría testigos, nadie sabría si esa noche se le habían escapado un par de lágrimas...


      Y luego de esa noche, el pelirrojo observaría furtivamente a Ulvgang, tan a menudo como éste, también en forma inadvertida, miraba a Tarian. El otrora Terror de los Estrechos, en su interior, libraba su más encarnizada batalla para mantenerse firme en su decisión de mantener distancias con Tarian por mucho que eso le doliera y, pese a todo, seguir viviendo como siempre. A veces su ánimo sería más o menos el habitual, y en esto se vería que estaba ganando esa batalla; pero otras veces su aspecto sería el de un anciano que a duras penas se mantuviera en pie. No obstante, ese anciano le daría mucho trabajo a la adversidad, cuyos colmillos se mellarían en la piel coriácea del Kveisung, y Balduino confiaría en que no se rindiese.


  


 

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CLXXVI

       A pesar de que habitualmente Hansi seguía a Balduino a sol y a sombra, nunca insistió en acompañarlos, a él y a Tarian, en las visitas dominicales que ellos hacían a Kvissensborg. Su primera visita a las mazmorras había dejado  en el niño un recuerdo tan tétrico como imborrable. Años más tarde, ya adulto, escribiría en sus Freyrstrandeskroniks que el cementerio local le resultaba un sitio bendito y plácido pero que, en cambio, donde la Muerte parecía haber asentado su trono era en los siniestros calabozos subterráneos de Kvissensborg; y en cuanto contó con autoridad para ello, los hizo clausurar sin dilación de la noche a la mañana. Este súbito cierre de las ya legendarias mazmorras daría pábulo a toda una serie de historias de terror que, en parte, se mantiene hasta el día de hoy. Se susurra acerca de que Hansi halló algún tipo de monstruo o efluvio maligno vencido a medias gracias a algún ritual antiquísimo que habría impedido a la criatura o al poder en cuestión emerger a la superficie y sembrar el horror en nuestro mundo. En pleno siglo XXI, el inicio de determinadas obras públicas en ciertos sectores suburbanos de Freyrstrand inquieta a algunas personas. Se teme que las máquinas excavadoras alcancen el emplazamiento de las antiguas mazmorras de Kvissensborg y liberen accidentalmente cualquier cosa que ellas puedan albergar.


      La realidad, también en materia se supersticiones, deja a veces muy atrás a la ficción. Las mazmorras de Kvissensborg eran un sitio lúgubre, espantoso, pesadillesco, que oprimía los ánimos. Apenas descendía a ellas, Balduino tenía a su izquierda una celda cuyo único ocupante, aparte de eventuales ratas, era un esqueleto. Este, no obstante, lo tenía sin cuidado, y hasta lo consideraba una especie de aliado sobrenatural. Llamaba su atención, eso sí, que sus huesos no hubiesen recibido cristiana sepultura; por lo que una vez le preguntó a Fray Bartolomeo acerca del motivo por el que no los enterraba.


      -¿Y quién ha dicho que no los sepulté?-replicó Fray Bartolomeo-. De hecho, fue una de las primeras cosas que hice al llegar aquí, Pero el esqueleto permaneció en su tumba menos de un día. Luego de la primera noche, hombres de Kvissensborg fueron a verme... Me reprocharon no haber bendecido la sepultura; reproche infundado, pues sí la había bendecido...


      Balduino, azorado ante la revelación de que aquellos huesos sí habían recibido cristiana sepultura sin permanecer en ella siquiera un día completo, murmuró:


      -No me digáis que el esqueleto se levantó de la tumba y se marchó...


      -¡Pero... Serás hereje hasta que tú mismo desciendas a la tumba!-gritó Fray Bartolomeo, atorado de exasperación ante tanta tontería; y Balduino se percató de la gansada que acababa de decir, y enrojeció aun más que sus cabellos-. No. Decían que desde la primera palada de tierra (e ignoro cómo lograron tanta precisión en sus absurdos cálculos) en Kvissensborg no había un segundo de paz; que se oían gritos, que las cosas se caían o movían sin explicación, que había apariciones y no sé qué otros disparates. creían que todo lo hacía el difunto; que no quería que se enterraran sus restos. Así que aquellos imbéciles  fueron al camposanto y, sin que yo pudiese impedirlo, desenterraron el esqueleto y lo devolvieron a la mazmorra. Lo curioso, sabes, es que las mazmorras de Kvissensborg albergaron, alrededor de medio siglo atrás, a un príncipe que debió ser muy orgulloso y muy valiente, un tal Hrod Sindulvson al que mencionaban algunos documentos de los archivos del castillo, pero del que no hallé otras referencias. Incluso las que encontré no eran muy claras, pero al parecer este príncipe fue acusado de crímenes abominables de los que se declaró inocente, hecho que ni las torturas pudieron modificar. Una sentencia lo condenó a prisión perpetua, pero la dudosa misericordia de cierto poderoso personaje, al parecer el mismo que uredió los cargos en su contra, iba a dejarlo en libertad. Sin embargo, se negó a abandonar la celda. Dijo que saldría libre cuando se retirasen las acusaciones o nunca, no por un perdón otorgado por un enemigo deseoso de humillarlo. Así que volvió al calabozo, pero para obligarlo a someterse se le anunció que no se le darían agua ni alimentos hasta que aceptara el perdón. Es todo cuanto pude averiguar.


      -Me gustaría conocer el resto de la historia-dijo Balduino.


       -Lo veo difícil. No hallé nada más en los archivos, y aunque algo se me hubiera pasado por alto, la perezosa administración de Einar un día llegó a la inteligente aunque tardía deducción de que era menester empezar a destruir los papeles inútiles a fin de no quedar sepultados debajo de ellos, e incineró todos los documentos que no fueran imprescindibles. Con ellos fueron al fuego también las únicas pruebas que jamás hallé acerca de la existencia de ese tal Hrod Sindulvson, pero por cómo te brillan los ojos creo que no dejarás que la historia sea olvidada del todo.


      -Pudiendo impedirlo, no. ¿Creeis que el esqueleto que sigfue en las mazmorras es el del señor Sindulvson?


      -Qué sé yo... En realidad, está en demasiado buen estado para llevar medio siglo allí, en las mazmorras. Además, ha pasado tanta gente por ese lugar, que vé tú a saber-Fray Bartolomeo frunció el ceño-. Hereje como eres, tú quisieras creer que ese esqueleto es el de Hrod Sindulvson, animado por quién sabe qué brujería, que se rehúsa a abandonar la celda y descender al sepulcro, porque no se ha admitido su inocencia.


      -Es algo que no puedo evitar.


      El cura palmeó las anchas espaldas de Balduino.


      -Ya lo sé, hereje, te conozco mejor que tú mismo-dijo-. Si precisamente te conté esto porque sabía que sería de tu gusto... Es una historia de virtud y coraje venciendo sobre la crueldad y la vileza y, por lo tanto, una forma de creer en Dios, aunque no la más conveniente, sin duda...


      Tras aquella charla con Fray Bartolomeo, Balduino estuvo seguro de que el esquelético ocupante de la primera celda de la izquierda era el de Hrod Sindulvson, y al pasar junto a la celda en cuestión se sentía como en presencia de un poderoso monarca (aunque cuando unos tres años más tarde se hallara en presencia de un rey, el de Nerdelkrag, muy otras serían sus emociones: desdén, lástima y vergüenza ajena): algo cohibido ante una intangible grandeza, emocionado por el honor de hallarse ante tan noble presencia, y a la vez constreñido a seguir su ejemplo inmarcesible.


      Por aquellos días, en varias oportunidades estuvo a punto de proponer a Fray Bartolomeo que entre ambos hicieran un nuevo intento de sepultar aquellos restos, tal vez pronunciando ante la tumba algunas palabras dejando en claro que se creía en la inocencia de Hrod Sindulvson, las que quizás funcionaran a manera de exorcismo; y sin embargo tal idea, a la vez, no era muy de su agrado. Enterrar aquella osamenta equivaldría a enterrar el único símbolo luminoso que había en aquellas tétricas mazmorras. Ya al verla por primera vez, Balduino se había convencido de que persistía cierta vida en ella, y hasta le había suplicado en silencio que protegiese a Tarian hasta que él pudiera sacar a éste de aquel infierno. Lo veía, de hecho, como una especie de centinela que lo guareciera en parte de todo aquello contra lo que su armadura no podía protegerlo, la desazón y el horror de las mazmorras. Porque en primer lugar, ahora estaban allí los sobrevivientes vencidos del motín de Kvissensborg; o mejor dicho, los osbrevivientes de los sobrevivientes de dicho motín. Siempre habían sido simples forajidos disfrazados de guerreros, y el ambiente malsano de la prisión había sacado en brevísimo tiempo lo peor de todos ellos, de modo que, peleando entre sí, había muerto la mitad. No era que Balduino lamentase tales decesos o que esperara de semejantes individuos mejor conducta; pero que tan drástica reducción hubiera tenido lugar en tan poco tiempo resultaba de todos modos un tanto alarmante, porque se suponía que asesinados y asesinos eran camaradas. Se veía ahora el valor que concedían a la amistad... Y ahora había más ánimas en pena errando en el ambiente espantoso de las mazmorras; espectros que por la noche desvelaban a los asesinos, llenándolos de miedo y culpa.


      Luego estaba Kehlensneiter, tal vez más escalofriante que mil apariciones juntas. De alguna manera parecía un muerto más, salvo cuando algo lo violentaba, lo que por fortuna y de momento no ocurría muy a menudo. Balduino iba a verlo en compañía de Tarian, y prácticamente monologaba, pues Kehlensneiterrespondía sólo muy de cu8ando en cuando, y generalmente para decir que nada de lo que decía el pelirrojo le interesaba. Tarian le tenía gratitud y cierto afecto, aunque a la vez le temía un poco; a decir verdad, era el único capaz de poner algo de verdadera vida en los mortalmente fríos ojos violáceos del prisionero. El aspecto de este era el de un salvaje, cosa inevitable tratándose de un recluso, pero sólo superficialmente: tras los tupidos y desgreñados cabellos y barbas parecía haber algo mucho más muerto que Hord Sindulvson, y mucho más dispuesto a salir del sepulcro para vengarse de los vivos.


      ¿Serían éstas y otras impresiones de Balduino, recogidas por Hansi Friedrikson en susFreyrstrandeskroniks y deformadas por la leyenda, el origen de las espeluznantes historias de terror que aún subsisten acerca de las mazmorras de Kvissensborg? Tal vez, en parte, aunque Hansi registra también otro hecho que, de ser cierto, podría haber servido igualmente de punto de partida para tan macabras fantasías, aun cuando su postergado y trágico desenlace verdadero se viese felizmente atenuado por determinadas circunstancias.


       Según Hansi, el inicio de la extraña historia tuvo lugar un domingo en que Balduino y Tarian abandonaban las mazmorras y el primero sintió que alguien lo llamaba:


 


 



       -Eh, pelirrojo...



      Los dos jóvenes volvieron sus cabezas. Quien les hablaba era Hendryk Jurgenson, el otro secuaz deSundeneschrackt que permanecía aún en prisión y cuya celda estaba contigua a la de Kehlensneiter. Con Hendryk, reputado tatuador y Witz (hechicero o shamán) Balduino apenas si había cruzado palabra hasta entonces, pese a que se proponía liberarlo también a él y principalmente a él: lo suponía más controlable y menos peligroso que Kehlensneiter y, por lo tanto, todavía no le había dedicado tanto tiempo como a este último. En aspecto era muy similar a cualquier otro sujeto que llevara muchos años en prisión: barbiluengo, melenudo y desgreñado. Lo único que llamaba la atención en él eran su cuerpo fornido y sus largos y musculosos brazos, que le daban un aire muy poco en consonancia con su pretendida función de mediador entre el mundo espiritual y el material.


      Este individuo era quien, acuclillado en un oscuro rincón de su celda, llamaba a Balduino.


      -¿Sí? ¿En qué puedo servirte?-preguntó el pelirrojo.


       -Alguien que te es muy querido morirá el dieciocho de diciembre-anunció lóbregamente Hendryk.


      El tétrico presagio fue para Balduino como un bofetón en pleno rostro. Quedó rígido, como si Hendryk le hubiera hecho un agravio personal, mientras un escalofrío, que se esforzó por disimular, recorría su espinazo.


      -¿Es una amenaza?-preguntó, casi anhelante. Faltaba alrededor de un mes para la fecha anunciada, y tanto tratándose de vagos y funestos hados  como de una bravata de enemigos de carne y hueso, haría cualquier cosa, menos quedarse de brazos cruzados viendo cómo se concretaba la desgracia predicha; pero era más fácil enfrentarse a enemigos de carne y hueso que a intangibles hados.


      -No. Apenas un comentario-contestó Hendryk, y parecía sincero.


      -Y supongo-dijo Balduino, tratando de tomar todo aquello como una broma de mal gusto- que hasta sabes cómo morirá, ¿no?


       -Sí. Lo asesinarán.


      -Muy bien. te agradezco la advertencia-concluyó Balduino, reprimiento inexitosamente un segundo escalofrío; y seguido de Tarian, abandonó las mazmorras.


      De acuerdo con Hansi, después de aquello Balduino se mostró preocupado y taciturno durante varios días y hasta cuestionó su decisión de liberar a Kehlensneiter, aunque esto sólo lo confesó más tarde. Por lo pronto, decidió al menos aplazar la fecha tentativa de  su liberación, prevista inicialmente para los primeros días de diciembre. Hendryk había hablado con mucha seguridad; tanta, tal vez, que quizás en sus palabras no hubiera azar ni adivinación, sino sólo el conocimiento exacto de que habría de producirse un hecho nefasto. Balduino creía que, tal vez, Kehlensneiter tramara algo de lo que Hendryk estuviera al tanto, aunque de ser así resultaba extraña la precisión en la fecha vaticinada.


        De cualquier manera, Balduino determinó tratar de engañar al Destino; en lo que, como otros tantos antes y después de él, terminaría fracasando al fin, incluso cuando temporalmente creyera haberlo conseguido. Porque cuando la vida está decidida a golpear, lo hace muy duro y por donde uno menos lo imagina.


        

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CLXXV

       En los días subsiguientes, Balduino advirtió que, en su deseo de que Tarian no se marchara, había una buena dosis de egoísmo. La cercanía del joven tenía sobre él un efecto tranquilizador, relajante, como el de la caricia de una ola cargada de espuma. A juzgar por cómo se transformaban las expresiones ceñudas de otras personas al tenerlo cerca, ejercía la misma influencia benéfica sobre todos lo demás, o casi todos, al menos. Sin embargo, Balduino estaba seguro de que Tarian no siempre estaba contento con esas personas sobre las que tenía tan extraño poder sedante. En  general parecía indiferente hacia quienes lo rodeaban, pero otras veces se lo veía directamente molesto, sobre todo tratándose de los Kveisunger. Obviamente no podía olvidar que todos ellos habían hecho causa común con Ulvgang en el incomprensible rechazo de que había sido objeto días atrás; incidente que el mismo Balduino seguía sin entender y que lamentaba conocer sólo de oídas, ya que -pensaba- siendo testigo presencial tal vez hubiese comprendido mejor el hecho. Las relaciones de Tarian con los Kveisunger seguían frías desde entonces, especialmente porque seguían mostrándose distantes con él, y sin dar razones.


      Como Balduino deseaba que Tarian se quedase, al principio puso todo de su parte para que el muchacho se sintiera bien en su compañía. Lew parecía que la amistad del hijo de Ulvgang era una rara joya que había que ganarse con mucho esfuerzo y mérito. Sin embargo, casi enseguida puso en tela de juicio la validez de sus intenciones. Era, tal vez, el colmo del egoísmo pedirle a Tarian que se quedase, sólo, por amistad, en un sitio en donde no encajaba. En definitiva, ¿qué haría Tarian cuando Balduino estuviera con Gudrun? Tal vez hiciera buenas migas con Anders y encontraran juntos alguna actividad, o tal vez jugara un rato con Hansi, al que adoraba. Pero no podría estar todo el tiempo con uno ni con el otro, y si no se interesaba por algo se aburriría soberanamente.


      Por su parte, Tarian acostumbró zambullirse en el océano al menos una vez por día, mientras los demás almorzaban. Posteriormente se enteraría Balduino, aunque no fue muy difícil intuir que se estaba nutriendo por su cuenta, que se había hartado de ingerir alimentos poco aptos para su organismo, especialmente porque venían cocidos. Lo había tolerado por no tener más remedio que hacerlo o como concesión a cambio de integrarse en un grupo; pero a decir verdad, ya no estaba muy inclinado a seguir haciendo concesiones. Que lo aceptasen tal como era, o que no lo aceptasen. Después de todo, ya se había visto que tratar de amoldarse le traía pobres resultados.


      Por cierto, era un contrasentido imaginar a un joven tan bello buceando en las profundidades para capturar un pez con la boca y devorarlo luego bárbaramente. Daba la impresión, sin embargo, de que eso era más o menos lo que hacía, aunque en el caso de los moluscos se tomaba el trabajo de abrir las valvas con las manos para saborear su contenido. De cualquier manera, siempre los comía crudos. Daba un poco de asco; pero había que concordar en que jóvenes igualmente apuestos eran capaces de realizar actos mucho peores, por lo que Balduino prefirió apreciar el asunto desde ese punto de vista, aunque a Anders le era más difícil superar su propia repugnancia.


      -Bueno, Anders, ya que sueñas con seducir sirenas, debes saber cómo, ¿no?-rio Balduino-. Por lo pronto, ya sabes con qué manjares agasajar a tu hipotética novia de las profundidades... Qué mas da, después de todo. Cuando me marché de casa y estuve errante por los bosques, hubo veces que tuvo que alimentarme a base de ciempiés y bichos de humedad.


      -¡Ciempiés y bichos de humedad!-exclamó Anders, cada vez más asqueado.


      -Dichoso tú. Sabroso manjar-se burló Adler-. Mejor, en todo caso, que las porquerías con que Varg intenta eliminarnos.


      Y nunca se supo si Balduino hablaba en serio, o sólo bromeaba al hacer referencia a tan poco apetitoso banquete. Por cierto que Anders no quiso ser muy curioso al respecto.


      Había en Eldersholme, desde hace tiempo, un esqueleto de ballena. El animal había varado cerca de la colonia de focas y muerto de una manera espantosa, prácticamente devorado vivo por los grifos. Balduino hizo aserrar algunos de los huesos para traerlos en el bote y de inmediato puso a trabajar en ellos a Lambert, que era muy buen tallista. Al mismo tiempo hizo encender la fragua de la herrería y envió allí a Per y a Wilhelm Björnson, a los que luego se sumó Anders.


      Días más tarde, cuando Tarian se disponía a zambullirse en busca de alimento, Balduino, Anders y Hansi lo retuvieron unos minutos. Enseguida aparecieron Lambert y los gemelos Björnsonm el primero trayendo un par de arpones de hueso de ballena, los segundos portando un recio tridente, liviano y puntiagudo.


      -Si algo te atacara allá abajo, ni siquiera nos enteraríamos-dijo Balduino a Tarian-, pero al menos podemos darte armas con qué defenderte, para disminuir las posibilidades de que algo te ocurra. Tómalas; son tuyas. 


      Tarian abrió tamaños ojos ante los obsequios, y se estremeció un poco a la vista del tridente, símbolo del poder de los mares, pero también herramienta demoníaca, según había aprendido no hacía tanto tiempo. Sin embargo, se lo estaba regalando Balduino, quien había demostrado de muchas maneras ser su amigo; de modo que enseguida desaparecieron sus pruritos al respecto y, tomando el tridente con una mano y un arpón con la otra, los blandió alternativamente como para evaluar su calidad, aunque se notó que no pudo apreciarla debidamente, porque estaba más acostumbrado a manejarse en el agua.


      -¿Te gustan?-preguntó Balduino.


      Ni con un asentimiento de la cabeza fue capaz Tarian de responder; pero su expresión de niño rico en Navidades era harto elocuente. lambert y los gemelos Björnson sonrieron satisfechos, con el orgullo propio de los artesanos natos cuyas obras alcanzan el debido reconocimiento.


       Hansi, en quien había nacido una creciente admiración por Tarian, observó a éste blandir sus nuevas armas y se forjó de él una imagen ciertamente pintoresca, pero muy alejada de la realidad: luchando contra monstruos marinos y siniestros poderes latentes en lo más profundo del océano; rescatando sirenas de las garras de malvados hechiceros de El Mundo Bajo las Olas.


      -Bueno, muy bien, campeón-aprobó Anders; y como su sentimentalismo acababa allí donde empezaban los intereses de su estómago, propuso:-. Vamos a comer, me muero de hambre.


      Y dio media vuelta y se retiró, seguido de los gemelos Björnson y de Lambert.


      En la playa sólo quedaron Balduino, Tarian y Hansi.


      -No me gustaría que te quedes aquí sólo por la promesa que me hiciste-dijo el pelirrojo a Tarian-. Sé por qué razón desapareciste por unos días. Si quieres irte de nuevo, eres libre de hacerlo, aunque personalmente lamentaría que te fueras. Tal vez lo mejor que hice en mi vida, hasta ahora al menos, fue sacarte de las mazmorras de Kvissensborg; porque otras cosas las hice de algún modo en interés propio o no sé si lograré llevarlas a buen término. Por lo tanto, sólo te pido, si decidieras irte, que vuelvas cada tanto aunque más no sea de visita. Además, sabes, no es sólo tu capacidad de respirar bajo el agua lo que te hace distinto.


      Tarian arrojó al suelo el arpón para dejar libre una mano y abrazó a Balduino. Luego se inclinó sobre Hansi, y también lo abrazó y hasta lo besó; no olvidaba que el niño había sido el primero en entrar a la mazmorra cuando fueron a liberarlo, y tal vez por eso le tenía un inmenso cariño.


      Por último se despojó de sus ropas, que siempre le resultaban incómodas y que abandonó en la playa cubierta de nieve, y se lanzó al agua, llevando consigo el tridente. Balduino y Hansi alcanzaron a divisarlo desplazándose con su peculiar estilo de natación, ondulando el cuerpo verticalmente a la manera de las serpientes marinas, con los brazos hacia atrás y a los costados del cuerpo; llevaba el tridente cruzado tras la espalda, con una mano aferrando el mango aprisionado bajo la axila del brazo opuesto.


      -Ahora sí que no volverá, ¿no?-preguntó Hansi, apenado.


      -No creas-contestó Balduino-. tal vez no hoy, ni mañana. Puede que en unos meses o en un año, no sé, pero volverá... Aunque más no sea de visita, como le pedí.


      -¿Cómo puedes estar tan seguro?


      -Porque le concedí la libertad. Esta vez, en todo el sentido de la palabra. Siempre es difícil dar libertad a quienes queremos y de quienes tememos que nos abandonen, pero he oído decir que el amor es como el agua: lo tendrás en el hoyo de la palma de tu mano si la conservas abierta, y lo verás escurrirse entre los dedos si cierras el puño para aprisionarla.


      -No entiendo, señor Cabellos de Fuego.


      -Tú sí que sabes complicarme la vida, mocoso. Ven, vamos a cenar antes de que Anders acabe con cualquier cosa medianamente digerible que haya logrado hacer Varg... Si es que tal milagro puede suceder, claro. Luego trataré de explicarte esto de nuevo, a ver si entiendes...


      Pero no fue necesario. Poco después del almuerzo, Tarian estuvo de vuelta en la playa, chorreando agua ante las miradas de horror de los espectadores, que corrían de aquí para allá en busca de toallas.

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CLXXIV

       Hacer el amor con Gudrun no traería de vuelta a Tarian, pero al menos lo relajó, permitiéndole cambiar el enfoque de la situación. En efecto, mientras cabalgaba de vuelta hacia Vindsborg se le ocurrió que en su ausencia Tarian posiblemente hubiera regresado. Si no lo había hecho, él, Balduino, tendría que olvidar sus planes de liberar a Kehlensneiter, quien podría volverse incontrolable sin Tarian para sosegarlo y dominarlo. Incluso esto era lo de menos: lamentaba más que nada la partida del muchacho... Suponiendo que de verdad no se hubiera ahogado en su intento por regresar a las aguas.


      De cualquier modo, si Tarian, de una forma u otra, había desaparecido en la inescrutable inmensidad del océano, probablemente jamás volvieran a tenerse noticias de él; en cuyo caso nada podría hacerse, excepto desear que tuviera suerte. Resultaba estremecedora la idea de que tal vez la otra parte de su linaje, las sirenas y los tritones, estuviera definitivamente extinta; que tal vez, si allá abajo enfermaba o sufría un accidente, no tendría quien lo socorriese, acompañase o asistiese. Pero nada de eso podía cambiarse; si habría de suceder, sucedería, y sólo cabía esperar que, después de todo, no sucediera.


      Más allá de todo eso, Balduino tenía veneno acumulado contra Ulvgang, cuya incomprensible conducta hacia Tarian provocara la partida de éste. Al llegar a Vindsborg se enteró de que el muchacho no había vuelto y que Ulvgang estaba de guardia en el torreón. Por lo tanto, también Balduino fue hacia allí, y reprendió duramente al Kveisung.


      -Mira, señor Cabellos de Fuego, estoy a tus órdenes para muchas cosas-replicó Ulvgang, sin inmutarse-; Tarian, sin embargo, es mi hijo, y lo que haga con él no te concierne.


      -Tarian estaba mis órdenes tanto como tú, cosa que, según he oído, le echaste en cara como si de un crimen se tratase; de modo que me concierne-le recriminó Balduino-. Y lo que hagas con Tarian es cosa de él, también. Eso de que un padre, por su sola condición de tal, puede hacer lo que se le antoje con sus hijos, es uno de los pensamientos más detestables que hay.


       -Bueno, pues yo soy detestable, entonces-ladró Ulvgang, quien, cosa rara en él, se veía de muy mal humor.


        -Haces que me siente idiota. Para que lo trates así, podría haberlo dejado en la mazmorra.


      -No te sientas idiota. De todos modos, está mejor libre. Pareces olvidar que en la prisión lo torturaban.


       -No hables en pasado-concluyó Balduino, disponiéndose a bajar de nuevo, en vista de que al parecer perdía su tiempo allí-. Ahora es su alma la que tal vez padezca torturas. Quizás seas para él peor que los carceleros que lo maltrataban antes. Era dificilísimo encolerizar a Ulvgang, mas su ira, una vez desatada, resultaba temible; y ahora, dominado por un furor que duplicaba sus fuerzas y reflejos, acometió contra Balduino célere como un rayo, sin darle tiempo a reaccionar. Lo aferró por la ropa y lo alzó en vilo, observándolo con algo parecido al odio pero que, a la vez, no lo era.


      Fue toda una sorpresa para Balduino, quien había empezado a imaginar que Ulvgang era insensible a cuanto tuviera que ver con su paternidad. No hizo el menor intento por liberarse, ni mostró temor. Habría podido asustarse ante Ulvgang ante un ataque semejante, de no mediar que estaba seguro de sí mismo. Defendía principios nobles y auténticos y lo sabía y eso le daba coraje. Así debía ser en un Caballero, pero en este momento le importaba un rábano. Había hablado en él, no el Caballero, sino el hijo malquerido, un hijo que hacía severos reproches a un padre que no era el suyo, pero que igualmente estaba cometiendo graves faltas a su condición de tal.


       Durante unos segundos, las miradas de ambos se enfrentaron fieramente. Acaso admirado del valor o la fuerza de las convicciones de Balduino, Ulvgang se reblandeció en forma sutil, y finalmente depositó al pelirrojo en el suelo.


      -Vete-ordenó.


       Balduino mandaba en Vindsborg, pero no vio motivos para no obedecer esta orden de Ulvgang. Ya había dicho cuanto tenía que decir, y por otra parte, ¿no se disponía a bajar antes de que se lo detuviera tan bruscamente? Y si por mero capricho no acataba la orden que acababa de darle El Terror de los Estrechos, estaría socavando su propia autoridad. Estaba seguro de haber herido a la bestia, aunque no supiera dónde ni cómo, y era lógico que la bestia quisiera estar a solas para relamerse las heridas. Había que respetarle ese derecho.


      Pareció, en los días que siguieron, que la intuición de Balduino era correcta. Sólo Anders, Hansi y él mismo, como el primer día de la desaparición de Tarian, iban hacia el crepúsculo a otear hacia el horizonte, como prosternándose ante la majestad del mar para pedirle que devolviera vivo al joven; pero muchos otros miraban en esa dirección en otros momentos del día. Algunos de ellos, entre los que se contaba Ulvgang, lo hacían de reojo y con disimulo. Se advertía entonces un fugaz reflejo de dolor en los saltones ojos verdiazules, reemplazado enseguida por una expresión dura, como si aborreciera delatar ese costado emocional suyo.


       Entonces, de improviso, Tarian regresó al término de aquella semana. En las primeras horas del domingo, cuando todavía faltaba para levantarse, entró en Vindsborg chorreando agua, aunque el viento lo había secado un poco. Alguien que despertó al oírloentrar soltó una horrorizada exclamación al verlo en ese estado, y dicha exclamación, a su vez, despertó a prácticamente todos los demás, salvo por supuesto aSnarki, quien siguió roncando con el mismo estrépito de siempre, ignorante del suceso.


       -Tarian, muchacho, ¡por Dios!-exclamó Balduino. Tal vez Tarian no sintiera frío, pero el pelirrojo sentía que se congelaba nada más de verlo. Se puso de pie de un salto y a toda velocidad buscó unas toallas-. Sécate, antes de que me dé un patatús-añadió, arrojándole las toallas en cuestión. tarian las capturó al vuelo, las miró intrigado y se las puso bajo el brazo. Era evidente que no entendía qué debía hacer con ellas.


       Ursula meneó la cabeza. A su manera, Tarian la enternecía, pero también tenía pocas dudas de que era medio idiota, y el presente comportamiento del joven venía a confirmar esta opinión.


       -No, hombre, no. Que te seques. Así, mira-dijo Balduino, arrebatándole las toallas y mostrándole. Entonces Tarian hizo un gesto para denotar que entendía, y empezó a secarse sin ayuda.


      Tal vez el problema en este caso radicara en que palabras como estar mojado estar seco no fueran muy usadas por Tarian, ni le parecieran importantes. No había forma de estar seco bajo la superficie del mar, y sobre ella tarde o temprano se lo estaba; y en este caso no entendía la importancia de acelerar el proceso mediante las dichosas toallas. Como tampoco entendía la pasión del género humano por aquel elemento que tan destructor parecía, el fuego. Ahora mismo los gemelos Björnson, que fueron de los primeros en acercarse al hogar, le ofrecían un lugar junto a las llamas. Lo rechazó sin vacilaciones.


      -Es bueno tenerte de vuelta, Tarian-dijo Balduino, sonriendo al joven que le devolvía las toallas.


       -Bribón, fuiste por ahí a arponear una que otra sirena, ¿eh?-preguntó Anders a Tarian, guiñándole un ojo y dándole una palmadita afectuosa en el hombro-. ¡Ya nos lo contarás todo! Si yo pudiera respirar bajo el agua, ¡la de juergas que correríamos juntos!...


      Tarian sonrió. Habia dudado mucho antes de volver, y había vuelto al fin, sin estar del todo convencido, sólo por la promesa hecha a Balduino de ayudarlo a mantener bajo control a Kehlensneiter, o intentarlo al menos, hasta asegurarse de que no fuera peligroso en Vindsborg. Pero daba la sensación de que algunos lo habían extrañado aquí. Tal vez, más allá de cualquier promesa, valiera la pena quedarse para intentar una vez más una convivencia con seres humanos, aunque aún le doliera la forma en que su padre lo trataba y que no podía entender. Dicho sea de paso, Ulvgang ahora ni lo miraba.


      Si las cosas salieran mal, siempre podría volver al océano. Mejor solo que mal acompañado; e incluso era probable que no estuviera totalmente solo. Entre las razas inteligentes que poblaban los mares, los delfines eran la más amistosa. Conocía su habla, que no requería de lengua sino sólo de cuerdas vocales bien entrenadas, y sabía que entre ellos sería bienvenido, aunque por temporadas le conviniera alejarse un tanto de ellos. Sólo quería vivir tranquilo, sin complicaciones, y menos si éstas eran meros absurdos y no problemas reales.

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