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EL BLOG DE ONA


UN CUERPO DANONE


El día que me presentaron a mi nuevo compañero de trabajo NO ME LO PODÍA CREER. Estoy más que acostumbrada, muy a mi pesar, a tener que trabajar con compañeros plastas, lentos, creídos y... algunos otros adjetivos que prefiero guardarme para mi, (pensad lo que queráis, que seguro que acertáis). Es terriblemente desesperante trabajar pegada a tipos como los que tengo a mi lado cada día. De verdad, en mi trabajo tenemos a Carpanta, al padre de los gemelos Zipi y Zape, a Mortadelo... ¡Os lo prometo! ¿Pero por qué nunca contratan a un hombre con cuerpo de bombero? Porque vamos a ver, haberlos seguro que los hay, pero parece que quien hace las entrevistas aquí está más que de sobra interesado en que los nuevos sean aún más feos que él (cosa ya de por si difícil). Seguro que lo hace para que su autoestima suba y se sienta un poco más guapo. No, si ya lo dicen: "si quieres salir bien en una foto, no te pongas cerca de un guapo, ponte al lado del más feo y quedarás más guapo de lo que en realidad eres". ¡Qué cruz, por Dios!


Pero esta vez fue diferente. Cuando lo vi me quedé anonadada. Estaba... EN UNA NUBE. Ese chico, que me presentaron como Ramón, es el sueño de toda mujer: alto, atlético, con un cuerpo danone, un pelo Panten, una sonrisa Colgate y... vamos, un chico para ser el nuevo modelo de Calvin Klein. ¡Por Dios!  ¡Qué adonis! Para hacer una escultura con él. Creo que me cambiaré de profesión y me haré escultora, con este material tan perfecto... ¡Ai, estoy soñando otra vez!


Pues, cuando me lo presentaron me quedé como tonta. No me salían las palabras, a duras penas fuí capaz de decirle mi nombre y estrecharle la mano. Estaba como un flan. ¡Qué emoción! ¡Qué tío más bueno!


Mis otras compañeras me miraban con cara de envidia, pues durante 8 meses voy a tener que trabajar codo con codo con él. Cada día podré hablar con él, comentar los trabajos pendientes, etc, etc. 


Nunca mi trabajo me había motivado tanto como desde que trabajo con él. Su simple presencia sirve para despertarme de golpe. Ya no necesito las tres tazas de café que me tomaba antes de salir de casa para despertarme, ni la ducha fría que me tenía que dar, ni levantarme a rastras de la cama para ir apagando los cinco despertadores que tengo repatirdos por toda la casa para obligarme a salir de la cama. Si sólo tengo un despertador, como todas las personas normales, lo apago y me vuelvo a dormir, soy así de desastre. 


Ahora incluso me levanto antes de tiempo. No me hacen falta los 5 despertadores, con uno tengo más que suficiente. Me levanto y empiezo con el saludo al sol (un ejercicio de ioga que mi monitora dice que tengo que practicar cada día), me doy una ducha con agua caliente y me bebo una taza de té. Mi vida a cambiado desde que Ramón llegó a mi vida. 


Tengo mejor humor, estoy con esa sonrisa tonta en los labios... 


Y esto no es lo mejor de todo. Lo mejor vino después cuando Ramón me pidió si podía venir cada mañana conmigo al trabajo, pues su coche está en el taller. Por mi como si no se lo arreglan nunca. Es fantástico pasar a recogerle cada mañana y ver como se sube a mi coche con su maravillosa sonrisa blanca, con su pelo aún humedo de la ducha, el aroma de su colonia tan masculina, su camiseta ajustada marcando y resaltando sus pectorales... Me encanta conducir con él al lado pensando que es mi pareja. Incluso a veces, creo que las demás conductoras  me lanzan miradas asesinas. Lo sé, la envidia les corroe. 


La única pega es que no puedo estar pendiente a cada rato de él. Tengo tendencia a quedarme con la boca abierta cuando me habla y claro, me olvido de lo que estoy haciendo, o sea, de que estoy conduciendo, hasta que algún coche me pita y centro mi atención al frente y descubro que estoy conduciendo haciendo zig-zag. Bueno, no creo que sea para tanto, ¿no? Mientras no me pare la policia y si me paran, la verdad, rezaré para que sea una mujer policia, porque cuando vea a mi acompañante lo entenderá enseguida. 


¡Dios, que gusto trabajar con un hombre tan atractivo! Eso si, sus temas de conversación preferidos giran alrededor del gimnasio y los coches. Pero hay que ser muy pero que muy listo para saber todos los modelos de coches que hay. ¡Este hombre lo tiene todo!


No me tengáis envidia, que os saldrán granitos verdes en la cara. 


Un besito. 

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Queridos Reyes Magos


Este año me he portado bastante bien. Cada día me levanto temprano para ir al colegio. Hago mi cama y bajo a la cocina, donde me tomo rapidito y sin quejarme, el desayuno que me ha preparado mi papá: un tazón de leche con cola-cao. Muchas veces la leche me quema la lengua de tan caliente como está, pero yo no digo nada porque se que papá se levanta de mal humor. Cuando me termino el vaso de leche, me como dos galletas de dinosaurios.  Son mis favoritas.


Mientras yo me tomo mi desayuno, papá se bebe una taza de café. Al terminar de desayunar, papá limpia su taza y mi vaso. Luego, coge las llaves del coche que siempre deja  en la mesita que hay cerca de la puerta de la entrada y salimos a la calle.


Yo voy cargado con mi pesada maleta, repleta de libros y cuadernos. Llevo los deberes hechos, aunque sé que tengo algunos ejercicios de matemáticas mal, como siempre. Intento esforzarme pero las matemáticas no se me dan bien y últimamente me cuestan más que antes.  Cuando era más pequeño, mamá me ayudaba con los deberes y repasaba conmigo las lecciones. Pero ahora mamá está enferma.


Cuando subo al coche, me pongo el cinturón de seguridad. Papá arranca y nos adentramos en el tráfico de la mañana. A veces, hay tanto atasco que papá se pone a maldecir en voz alta y a soltar unos tacos ,que si mamá los oyera, se enfadaría con él. Pero eso era antes, ahora mamá parece no enterarse de nada.


Antes mamá me llevaba al colegio. Ella no solía enfadarse con el tráfico ni decía palabrotas. De camino al colegio, íbamos cantando las canciones que había aprendido en la clase de música o poníamos la radio y cantábamos juntos. Cuando por fin llegábamos a la puerta del cole, mamá me daba un fuerte abrazo y un beso en la mejilla. Me recordaba que tenía que portarme bien, que escuchara a la señorita y que no me peleara con nadie en el patio. Cada día me repetía lo mismo y yo le decía: “si, si”, mientras miraba nervioso hacia el patio del cole, para poder salir corriendo y colocarme entre los primeros de la fila.


Cuando por fin mamá me dejaba marchar, yo corría feliz hacia la fila. Al llegar a la fila, me girada unos instantes para decirle adiós a mamá con la mano.


Después de dejarme en el colegio, mamá se iba al trabajo. Trabajaba en una pequeña y abarrotada mercería.  Ella era la propietaria. A mi me encantaba su mercería. Era acogedora i estaba repleta de hilos de colores, lanas, cremalleras, botones de todos los tamaños, colores y formas, entre otras muchas cosas.


Cuando yo salía del colegio, a las 13’00, ella volvía a estar en la puerta del cole, esperándome. De camino a casa, yo le contaba lo que había hecho durante la mañana en el colegio. Quien se había peleado con quien, qué cuento nos había contado la señorita y todo aquello que recordaba de esa mañana.


Mientras yo seguía hablando, mamá preparada la comida para nosotros dos. A veces, un plato de sopa con un huevo frito, otros días arroz a la cubana, puré, lentejas…


Cuando terminábamos de comer, mientras mamá fregaba los platos, yo empezaba a hacer los deberes. Si tenía dudas, mamá me ayudaba y me hacía borrar lo que estaba mal.


Luego, a las tres me volvía a dejar en el cole y ella volvía a la tienda. Por la tarde, a las 5’00, una de sus ayudantes de la tienda, me venía a recoger y me llevaba a la mercería.


Mientras mamá atendía a sus clientas, vendiendo hilos, botones, cremalleras, medias y algunas prendas de vestir, yo me quedaba en una habitación pequeñita que había en la mercería, merendando del bocadillo que me había preparado mamá. Luego, terminaba los deberes y al terminar, podía ver un rato la pequeña tele que había en la habitación. Mamá siempre me decía que pusiera el volumen bajito, para no molestar a nadie.


En los ratos en los que no había clientes, mamá se sentaba un rato conmigo y yo le leía en voz alta. Así practicaba la lectura. A mamá le gustaba mucho leer conmigo.  


A las 8’00, cuando mamá cerraba la tienda, nos íbamos a casa. Al llegar yo me duchaba y cenaba. Cuando papá llegaba, jugaba un rato conmigo a la play y luego yo me iba a acostar. Papá y mamá cenaban juntos y a veces, desde mi cama, podía oírles hablar contentos. Mamá en esa época reía, ahora no ríe nunca y papá siempre está de mal humor.


Yo, no entiendo qué ha pasado, pero a veces, pienso que estoy teniendo una pesadilla e intento creer que cuando despierte, todo será como antes.


La culpa de todo esto la tiene la crisis. Yo, la verdad es que no sé qué significa la palabra crisis. Creo que es como una gripe que te pone malo o un virus como el que tuve una vez que me obligó a quedarme en la cama con fiebre. Todo el mundo habla de ella y parece que es la culpable de todo.


Por tanto, por culpa de la crisis, mamá se ha quedado sin trabajo. Su mercería ha cerrado. Papá trabaja en una oficina, pero desde hace tiempo, cada semana alguien es despedido y papá vive con el temor diario de que el próximo puede ser él.  Si papá se queda sin trabajo, no sé de qué viviremos. Mamá no encuentra trabajo y esto hace que esté todo el día en casa. A veces llorando, a veces con la mirada perdida... Mamá ha adelgazado mucho y cuando le hablo parece que no me escucha.


Por este motivo, os pido a vosotros, los Reyes Magos, que nos ayudéis. Este año no os voy a pedir juguetes ni libros, ni nada para mi. Este año, haré todo lo contrario, os diré qué es lo que no quiero:


-           -  No quiero que mamá esté triste. Quiero que vuelva a reír y a ser la de antes.



-            -  No quiero que mamá esté sin trabajo. Quiero que pueda abrir de nuevo su mercería y que tenga muchas clientas.


-            -  No quiero que papá esté de mal humor y preocupado. Quiero que esté feliz como antes, que juege conmigo a la play.


-           -  No quiero que papá sea despedido. Quiero que conserve su trabajo.


-           -  No quiero que papá diga palabrotas al volante. Quiero que mamá me lleve de nuevo al cole y que volvamos a cantar juntos cada mañana.


-            -  No quiero que la leche me queme cada mañana la garganta. Quiero que papá vuelva a jugar a robarme mis galletas de dinosaurio cada mañana.


-            -  No quiero ver a mis papás callados y tristes cada noche. Quiero volver a oírles reír cada noche desde mi cama.


-           -  No quiero la crisis esta. Quiero que os la llevéis muy lejos de aquí y que no vuelva más.


Muchas gracias queridos Reyes Magos, como no he pedido nada material, creo que mi deseo de este año será fácil de cumplir, ya que no tendréis que comprarme nada.


Hasta el día 6 de enero.


 Un beso.


Mateo (9 años)


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Lo que Disney nunca nos contó de sus princesas...

 


Las historias de Disney, las de príncipes azules valerosos y luchadores y princesitas de cabellos dorados dulces como la miel... siempre terminaban con un final feliz.

Lo que nadie nos contó es lo que pasaba al bajar el telón y que saliera el "FIN". 



Nada más despertar a la mañana siguiente, cuando la princesa y el príncipe se levantaran, la realidad podía haber cambiado enseguida, porque al fin y al cabo... ya no estábamos viéndoles y no tenían por qué fingir...



Que se lo digan a Blancanieves... Que se pasó todo el cuento encargándose de arreglar la casa de los 7 enanitos, de tenerlo todo listo y preparado para cuando ellos volvieran del trabajo. Que vaya esclava que era la pobre, todo siempre arreglado, precioso y perfecto y ella siempre con una sonrisa en la cara... con tal de que todos estuvieran contentos. Cuando encontró al príncipe que ella pensó que la sacaría de allí y decidió macharse con él, quizá pensó que las cosas iban a ser diferentes con un príncipe... pero la historia se siguió repitiendo, yBlancanieves se pasó la vida arreglando la casa del otro, criando churumbeles en lugar de enanos, amargada de no poder salir, mientras su maridito, que no quería dejar de ser el príncipe de su casa, tenía tooodas las comodidades al alcance de su mano. ¡Pobre Blancanieves! Dejar de ser esclava de 7 enanos para pasar a serlo de un comodón!





¿Y la Cenicienta? Nunca nos contaron qué pasó cuando ella y el príncipe se casaron, después de que consiguiera calzarse con todo el sufrimiento del mundo ese maldito zapato de cristal (que incómodo tiene que ser un rato) y hacer como que andaba perfectamente sobre su taconazo, todo con tal de ser la elegida... En cuanto se quitó los malditos zapatos, se puso una ropa cómoda, e intentó ser ella misma, el príncipe comenzó a buscar otras princesitas con las que irse de fiesta, porque... reconozcámoslo, al chico lo que le gustaba no era ella, sino su apariencia de perfección... ¡Pobre Cenicienta! Acabó alcoholizada yéndose de bares donde nunca más encontró ningún príncipe...







¿Qué pasó con La Bella?. La maravillosa Bella sí que era guapa. Era la más preciosa de todos los cuentos.



Qué más daba si él era una bestia inmunda... Los cuentos nos enseñan que por muy bestia que uno sea, siempre habrá una chica maravillosa y perfecta que lo deje todo por estar con él. Qué más da cómo fuera, pensara o se comportara ella... lo único importante de ella era su belleza. 




Así, la pobre Bella fue viendo cómo todo el mundo la valoraba sólo por su aspecto... y por nada más. Pero el tiempo iba pasando, los años iban cambiando su aspecto y Bella iba envejeciendo... Tan presionada como estaba de tener que ser siempre "la más bella", y creyendo que eso era lo único que importaba, tuvo que entrar en quirófano una y otra y otra y oooootra vez... Todo con tal de que los demás la siguieran aceptando. ¡Pobre Bella! ¡Nunca se pudo dar cuenta de que lo más bonito de ella no estaba por fuera!




Siempre nos dijeron "que fueron felices y comieron perdices". Pero jamás nos contaron esta "continuación" de los cuentos...



Aceptémoslo. Ninguna de nosotras somos princesas. No podemos ser perfectas, maravillosas y eternamente bellas. No podemos ser siempre dulces, hacerlo todo por los demás y creer que vivimos en un cuento. No podemos quedarnos a esperar que ningún príncipe maravilloso nos salve.



Tampoco existen los príncipes. Podemos pasarnos la vida intentando encontrar al príncipe azul perfecto que nos colme de felicidad... que todo lo que vayamos besando por el camino serán simples ranas. Porque la perfección no existe.



Porque los príncipes y las princesas son "de cuento", ¡de mentira!, no de realidad. 



Así que tú ¿qué prefieres buscar? ¿Un príncipe de mentira o un chico real?

¿Nos quedamos con el final que "nos venden", o intentamos que nuestros cuentos sean diferentes a estos?




(Nota: he encontrado este texto tan divertido en el siguiente blog


http://minoviomecontrola.blogspot.com/2010/12/lo-que-disney-nunca-nos-conto-de-sus.html)

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Los Profes siempre van al cielo

























HOMENAJE A MIS COLEGAS LOS MAESTROS.

Murió un Maestro y se fue a las puertas del Cielo. 



Sabido es, que los Profes  siempre van al cielo. 

San Pedro buscó en su archivo, pero últimamente andaba un poco desorganizado y no lo encontró entre el montón de papeles, así que le dijo: ’ Lo lamento, no estás en listas... ’ . 

 

De modo que el Maestro se fue a la puerta del infierno, rápidamente le dieron albergue y alojamiento. 

  

Pasó el tiempo y el Profe se cansó de padecer las miserias del infierno, así que se puso a diseñar un Proyecto y un PAC, organizó un Órgano Colegiado, un AMPA, un CEP y manos a la obra: a realizar mejoras...

 

Con el paso del tiempo, ya tenían Certificaciones en varias áreas: infierno libre de humo, aire acondicionado, inodoros automáticos, escaleras eléctricas, centro de computo, techado en el patio, recuperación de cuotas atrasadas, círculos de lectura, grupos de alfabetización, todo tipo de becas, festivales, etc, etc, etc, etc.

Y así, aquel Maestro se convirtió en la adquisición más rentable en millones de años para el infierno...





Un día Dios  llamó al Diablo por teléfono y con tono de sospecha le preguntó: "¿Y qué, ..... cómo estan por ahí, en el infierno?".

¡Pues estamos de puta madre ! (contestó el diablo).... 

estamos certificados como libres de humo, con aire acondicionado, inodoros con drenaje mediante sensor infrarrojo, escaleras eléctricas con control automático de carga, equipos electrónicos para controlar el ahorro de energía, internet inalámbrico, festivales y desfiles, etc. ..... ¡¡¡Hasta recuperé cuotas atrasadas!!!.

Apunta mi dirección de email : eldiablofeliz@ infierno. com

...... por si se te ofrece algo.

 

Entonces, Dios, ya mosqueado, preguntó: ¿Qué.... acaso tienen un Maestro  ahí?.

Y el diablo contestó.................. ¡¡ SI !!!

 

Entonces DIOS DIJO: ¡Pero eso es un ENORME Y GARRAFAL error!. Los Profesores siempre van al cielo; eso está escrito y resuelto para todos los casos; 

tienen el cielo ganado!!.

¡Me lo mandas inmediatamente!. 



¡Ni loco!, .... (dijo el diablo). 

"Me gusta tener un Maestro en plantillla en esta organización; ...... así que me voy a quedar con él eternamente".



"Mándamelo o ...... ¡¡TE DEMANDARÉ!!..." 



Y el Diablo, con la vista nublada por la tremenda carcajada que soltó le contestó a Dios: ¿Ah Sí??, y, .... por curiosidad..



¡¡¡¿DE DÓNDE VAS A SACAR UN ABOGADO ?, .... si todos estan aquí!!!
























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UN ZOO EN LA CALLE


 


La historia que es voy a contar es totalmente cierta. Como ya habéis descubierto, de pequeña era un bicho de mucho cuidado. Las mataba callando, hacía cara de buena niña, de santa, vaya. Mi piel blanca, mis ojos verdes intensos y mi larga melena ondulada, me convertían en una preciosa muñequita. Una niña tranquila, tímida y bondadosa. Aunque en el fondo, cuando nadie me veía, mi verdadera naturaleza inquieta y rebelde, salía a flote. Mi cabeza no descansaba ni un segundo y planificaba sin cesar una trastada tras otra. 


 


Así pues, una calurosa tarde de verano, mis dos hermanas y yo, nos sentamos en mi cama. Yo, al ser la mayor, debía dar ejemplo a mis hermanas. Se suponía que debía portarme bien y conseguir de esta forma ganarme su admiración. Lo que pasaba es que ser buena era un auténtico rollo. Prefería buscar a mis hermanas y llevar a cabo con ellas mis brillantes ideas. 


 


En ese momento, teníamos 3, 11 y 15 años. Hacía pocos días que a la pequeña le habían regalado una grabadora de juguete y se me ocurrió utilizarla. Eso de ponerse a cantar estaba demasiado visto. No, mi idea era mucho mejor: les propuse grabarnos a las tres imitando el sonido de diferentes animales. Mis hermanas aceptaron encantadas. Eso si, antes de grabar hicimos una pequeña prueba. Primero hicimos una lista de todos los animales que nos vinieron a nuestra mente y luego imitamos sus sonidos por turnos. Visto que la prueba fue un auténtico éxito, nos preparamos para la gran grabación.


Las tres contuvimos el aliento un momento, fue un momento muy solemne, y en cuando finalmente le di al botón del PLAY, empezamos a imitar todos los animales que sabíamos sin repetir ninguno. Fue una tarea complicada, no os penséis que no. No podíamos repetir ningún animal y estaba completamente prohibido hablar o ponerse a reír. Algo que aún hoy me sorprende que consiguiéramos a la primera. Incluso conseguimos no ponernos a reír cuando la menor de las tres se puso a imitar el sonido de los lametones de un perro. 


 


Cuando por fin le di al botón de OFF, nos pusimos a reír como locas. La grabación era genial.  


 


Estábamos tan contentas que se mo ocurrió otra de mis deslumbrantes ideas. Teníamos que conseguir expectadores. Mis hermanas, como siempre, me dieron la razón y se sumaron a la aventura. Así pues, nos levantamos sin hacer ruido, cerramos la ventana de la habitación y nos escondimos detrás.


Por nuestra calle solía pasar poca gente y esa tarde hacía tanta calor que no se veía ningún alma. Aún así, nos armamos de paciencia y con una sonrisa en los labios esperamos a los primeros expectadores. Cuando por fin vimos una familia que se acercaba tranquilamente andando, esperamos a que se situarán en frente de nuestra casa y en ese momento... ¡le di al botón de ON! ¡De pronto se oyeron un montón de animales! La gente saltaba asustada, miraban a todos los lados sin saber qué hacer, mientras que nosotras nos moríamos de la risa.


Seguimos asustando a la gente un buen rato, hasta que un vecino nos descubrió detrás la ventada y su cara de enfado nos quitó las ganas de seguir asustando a la gente (al menos por ese día). 


 


 

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En la oscuridad de la noche

 


La Luna se había escondido en la oscuridad de la noche. Ninguna estrella iluminaba el firmamento nocturno. Nada perturbaba el negro océano en el que se había convertido el cielo. El frío helado golpeaba mi cara y hacía estremecer mi cuerpo bajo mi fino vestido de algodón. Mi desasosiego y malestar interior me habían impulsado a abandonar mi cama y salir a la calle en esa hora, en la que el resto de mortales, hacía horas que que dormían plácidamente en sus camas, calentitos y despreocupados, centrados cada uno de ellos en sus sueños e ilusiones. Algunos, se despertarían durante un breve instante para escapar de alguna pesadilla, pero pronto volverían a ser abrazados y cobijados bajo las alas del dulce sueño.


La calle estaba desierta, silenciosa y tranquila. Las farolas iluminaban tenuamente la ciudad, como si fueran delicados quinqués a los que alguien había casi apagado, dejando que una breve llama siguiera prendiendo en ellos, creando un espacio apacible, acogedor y misterioso a la vez.


El viento frío balanceaba las copas de los árboles y una lluvia fina de hojas caía con un ligero crujido a los pies de éstos.


Sin rumbo, en la oscuridad de la noche, de pronto sentí como si algo en mi interior guiara mis pasos. Sin ningún motivo aparente, me dirigí hacia una callejuela estrecha de bonitas plantas bajas de color blanco. Una voz misteriosa parecía llamarme y susurrar mi nombre en la quietud de la noche. Me sentía como una marioneta movida por hilos invisibles y controlada por un ser poderoso que elegía, creaba y manipulaba mi destino a su antojo. Curiosamente, no tenía miedo. Me dejaba llevar y a cada paso que daba, mi mente y mi alma parecían llenarse de una extraña paz. Poco a poco, una lejana melodía parecía hacerse más y más clara. Su música una armoniosa mezcla de instrumentos musicales de viento y unas melodiosas voces, parecían atraerme poderosamente hacía aquel lugar.


Me encontré sin darme cuenta en una calle iluminada, una fiesta en la calle, a altas horas de la madrugada. Farolillos de colores y bombillas de diferente color y tamaño adornaban esa calle. Hacía calor en ese lugar. El viento parecía respetar ese rinconcito de vida en la ciudad dormida.


Deseaba acercarme más y unirme a esa fiesta nocturna. No deseaba estar sola, quería estar con alguien y hablar un rato. Pero no había sido invitada y temía que mi intromisión molestara a ese grupo de personas que parecían disfrutar enormemente de la celebración.


A cierta distancia, me quedé observando la extraña escena. Ponto descubrí que no se trataba de personas, sino de extraños seres mágicos. Una aura de luz plateada parecía envolver a cada uno de ellos. Su piel era brillante y sedosa. Sus caras eran alegres y preciosas, y sus brillantes ojos les otorgaban una inmensa sensación de bondad e inteligencia. Algunos tenían alas como las hadas de los bosques.


Observaba la escena, cerca de una farola y creía que nadie había notado mi presencia cuando de pronto, uno de esos seres de luz se giró hacia mi y me hizo señales con la mano para que me acercara a ellos. Lentamente, con algo de miedo y sorpresa, me acerqué a ellos. Todos se quedaron quietos cuando estuve cerca. El que me había invitado a cercarme me sonrió y me habló en un extraño idioma que sonó como música para mis oídos. Misteriosamente entendí cada una de sus palabras.


- Hace mucho que te estamos esperando. No tengas miedo. Esta fiesta la hemos organizado para ti. Es tu fiesta. - Me dijo al tiempo que me abrazaba.


Poco a poco los demás seres misteriosos se acercaron para abrazarme, para acariciar mi cara y mi pelo con ternura. Los niños me sonreían y en sus ojos podía ver dulzura y alegría. Cada vez que uno de ellos me tocaba o me abrazaba, un pedacito de mi tristeza y de mis preocupaciones, se desvanecía. En mi interior volvía a sentir el corazón latir y la paz llenaba de nuevo mi cuerpo.


Mis las lágrimas se convirtieron en preciosas perlas de cristal que alguien recogió y me guardó en una bolsita de tela aterciopelada.


-  Ya no necesitarás llorar más- me dijo dulcemente al oído al darme la bolsita.


Me explicaron que siempre habían estado allí conmigo. Que los humanos hemos olvidado que existen, pero que habían presentido mi necesidad de consuelo y de cura, y que por este motivo habían organizado esta fiesta para mi. Me dijeron que volviera a mi hogar y que no tuviera miedo a la soledad, que no estuviera triste, ya que no estaba sola, ellos velarían mis sueños y en ellos los encontraría de nuevo cuando los necesitara, participando de nuevo en sus fiestas nocturnas y mágicas.


Espero volver a verlos pronto y sentir de nuevo su cariño, su alegría y su paz. Cierro los ojos... el sueño me abraza... pronto vendrán a mi lado y velarán para que ninguna pesadilla me impida dormir plácidamente. Siento sus voces alegres y sus caricias en mi rostro dormido. Duermo tranquila, los seres de luz me acunan dulcemente.  

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CARAMELOS DE MENTA


 En la calle estrecha y sinuosa que conducía a mi colegio, había una pequeña tienda de golosinas. La tienda solía estar abarrotada de niños y niñas, que una vez finalizada la jornada escolar, deseaban con ansia poder comprarse alguna golosina. Todos apiñados dentro, esperábamos que nos tocara nuestro turno para poder comprar. Los empujones eran continuos, ya que la tienda era tan pequeña, que parecía un ascensor. Cuando por fin conseguías llegar al mostrador, que por cierto, era muy alto, podías admirar todo ese fabuloso mundo de dulces que ocupaba las estanterías. Relucientes frascos de cristal repletos de deliciosas joyas de azúcar, captaban nuestra atención y nos dejaba con la boca abierta de admiración y de deseo. Frascos de gominolas, nubes de fresa, chicles, caramelos de diferentes sabores, palotes, moras rojas y negras, chupa-chups...


La dependienta, una mujer ya mayor y algo malhumorada, no se andaba con tonterías o pedías rápido o tu turno volaba. Trabajo no le faltaba, ya que nuestras monedas eran cambiadas en un plis plas por una pequeña bolsa de plástico que contenía los caramelos que habíamos pedido.


Esa tarde, mi hermana y yo, íbamos a vivir la emoción de entrar en la tienda, hacer cola y comprar caramelos. Nuestra madre me había dado una moneda de 100 pesetas para que pudiéramos comprarnos caramelos. Estábamos muy emocionadas, ya que era poco frecuente que nos dejaran comprar caramelos. Esa tarde, sería una excepción. Mi hermana y yo nos cogimos de la mano y entramos en la tienda. Tuvimos que esperar un buen rato pero finalmente conseguimos situarnos delante del mostrador y fue cuando los vi. Allí, en lo alto de la estantería, había un frasco de cristal que contenía unos deliciosos caramelos de menta. Eran pequeños, delgados y rectangulares. Los había probado anteriormente y me encantaban. Mi hermana, cuatro años menor que yo, estuvo de acuerdo en la elección. Compraríamos caramelos de menta. Aún recuerdo el precio. Cada caramelo costaba una peseta. Así que cuando la dependienta me preguntó que quería, le mostré mi reluciente moneda de 100 pesetas.


      -       100 caramelos de menta, por favor. - Dije emocionada.


      -       ¡Pero niña! ¿cómo vas a comprar 100 caramelos de menta? - Me contestó ella algo molesta.


      -       Pues, porque tengo 100 pesetas y quiero 100 caramelos. - Le dije como si fuera la cosa más normal del mundo.


     -       ¿Pero no ves que son muchos caramelos? ¡No habrá para los otros niños! - Dijo ella exasperada. 


    -       Pues me da igual, yo estaba antes y quiero mis caramelos. - Repliqué molesta.


 Al final, la dependienta se puso a contar los caramelos de uno en uno. Tardó un buen rato. Se notaba que estaba muy molesta. La verdad es que no entendía su actitud, porque vamos a ver, ¡sólo le estaba pidiendo 100 caramelos de menta! No había para tanto.


Sorprendentemente, cuando llegamos a casa y le mostramos a nuestra madre nuestra bolsa llena de caramelos de menta, tampoco pareció alegrarse mucho.


     -       ¿No había nada más? ¿y golosinas? ¿cómo es que te has gastado todo el dinero en caramelos de menta? - dijo extrañada.


La verdad, entender a los adultos cuando se es pequeña es muy complicado. Aunque no lo creáis, aún sueño con esos caramelos. Eran deliciosos. Me los comí todos. Por desgracia, no los he vuelto a encontrar en ninguna tienda. Es una lástima. 


 

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Viaje subterráneo

 


Hace unos días decidí emprender un viaje. Me hacía tanta ilusión que, hice la maleta a toda prisa, sin prestar demasiada atención a lo que metía en ella. Calcetines, pantalones, camisetas, bufandas, braguitas, zapatos, sujetadores... ¡Todo en la maleta, como un verdadero revoltijo de huevos y tomates! 


Cerré la puerta de casa y me dirigí hacia al puerto. Debía coger un barco y quería aprovechar el tiempo al máximo, por tanto, me llevaría mi propio coche, nada de perder el tiempo en esperar autobuses, taxis, etc. Metería mi coche en el barco y al llegar a mi destino, coche y yo, saldríamos a todo gas para vivir una fantástica aventura. No quería que nada ni nadie estropeara mis planes, por tanto ni avisé en el trabajo, no dije nada a mi familia y me fuí pitando como una adolescente que vive su primera aventura amorosa y pierde el mundo de vista. 


Ni que deciros que fracasé estrepitosamente. Mis soñadas vacaciones y mi mundo de ilusiones se vino abajo. No sé qué pasó pero creo que alguien había movido el barco o todo el universo conspiraba en mi contra. Lo que pasó es que no llegué al barco. Vi un túnel y pensé que era la rampa que conducía al barco, tonta de mi. Me encontré dando vueltas y vueltas por debajo de la tierra. De verdad, como si estuviera en el metro. Oscuridad, frío, soledad, miedo, tristeza, desamor... 


Incluso las ratas parecían mofarse de mi y me hacían señas para que las llevara en mi coche, como si yo fuera un taxi. 


Cuando creí que nunca saldría de allí, me acordé que en el fondo de la maleta había metido mi móvil. Paré el coche, encendí el móvil y cuando vi que tenía algo de cobertura casi se me saltaron las lágrimas. Llamé a mi familia, llamé a mis amigas y me dijeron que no me preocupara, que buscara un agujero en el techo, que esperara justo debajo y que me lanzarían una cuerda. Tendría que escalar, pero no me importó, lo haría con tal de salir de ese maldito lugar. 


Volví a poner el coche en marcha y mientras iba buscando un agujero en el techo, oí un sonido estridente que me hizo pegar un salto de golpe: MI DESPERTADOR. Por suerte todo había sido una terrible pesadilla. ¡Vaya viaje! 

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