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el vago doz


Un día mas ... (tarde)

Por que también,


En todos tus no-    te llevas,


mi mejores deseos.


tq.


 


 


 

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Sun Oz Jumica,

                                                                        A siete de abril,


                                         cristalera en la capilla del 11 de noviembre.


 


Quien pudiera sentirte posada en su sombra.


Recordarte como yo puedo.


Percibir la ausencia del olor a jabón.


El que delata a la brisa cuando viene a tocar las cuerdas que afinas.


Tan rotunda;


Al tender calcetines.


Los que usas para irte a nadar.


Los que busco en la orilla.


Entre la espuma naranja de las olas rosadas


Cuando oscurece en la noche


y amanece de nuevo


en el fondo del mar.



Ella me enseño a bailar así.


He dejado el trabajo, la hipoteca, la cena y el pijama


Vuelvo.


Sobre las teclas de cemento.


Para marcharme solo.


Para chocar y chocar.


Hasta ocho muros pone el mundo


en el umbral del camino


Porque no soy poeta,


Que remedio; seré poesía.


 


     

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El valor es un disparate.

La hartística y ........


 Cap.1


Sobre los lindes anulares, casi centrífugos de Saturno. Desencelado. Lejos del musgo o la lava; de todo principio y la palabra adecuada. Hubo un ser sin contornos, gigantesco y cansado, que decidió abrir el fuego. ¡Fuego! al cabrón del jinete que llevaba en los hombros y a su sombra maldita de voraces insectos. Disparar al enjambre aplural del vacío, al reómetro inmóvil , contra las jaulas de nieve y todas aquellas trémulas lentes. Perdigones de alpaca, espumando, sobre los muros de lluvia los cristales de sal. Su argamasa cíclica, miserable y mensual. Rebozándose en el rojo de las huidizas nubes de arena. Espantadas y dispersas hacia el perímetro espiral del claro en el que al fin podría ser cientos.


Pasó el tiempo y se canso de rielar en la hondura. Tras las fisuras del crepitar de los charcos, bajo la punta de tantos zapatos de camino a algún sitio, y poco a poco; fue apartando la idea de la hierba en el mundo, de la vieja corona con su cola de plata. Ahora se esconde, tras la última espiga, oculto en el reverso de geranios y prismáticos dorados; habita la inutilidad del peine, el despropósito de las uñas, el retumbar silencioso de las armónicas , sus flujos chillones de aire naranja diluidos en flemas.


La toalla en el suelo. La jabonera vacia. Las persianas que no han vuelto a levantarse, increíblemente pacientes desde que fuera decapitado. Todos los timbres rotos, doblados por alguna orilla. Y su voz que habla como surgida en algún otro mundo, donde solo hay palmeros y no existe aun la risa:


-OHh¡…Bella…de que poco sirven las llaves inglesas. No hay puertas que aporrear, ni relojes a vapor. Tan sólo lentejas demasiado pesadas para alzarlas a pares y este maldito frío para adornarte. Por si a mi paso levantas tu escudo de pieles. Porque reclamo, al menos, tus bastos. Desde esta, mi cuna de hielo, para que sean tus brazos los que procuren mi sueño. ¡Breve!,…cuán breve es la hoguera que prenden los locos. ¡Cabecitas de cerilla!, cuán breve el instante en que no se soporta a la esperanza en un palo…y cuanta ceniza volcada al silencio en el que nadie me excusa.


                                                                                                


                                                                                                                                                                                     -Las carcajadas resuenan en la bañera cubierta de polvo, por entre los platos ocultos por las bombillas fundidas, desde los pliegos de fibra que le aíslan del mundo, tras las plicas dentadas de pladur…

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Por que así lo he decididoz.


Desde este siete.Con la suerte descosida.


 


 


Para siempre en este roto


Que me hiciste de refugio.


                             Tq.


 

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La Hartística y Orínica vida de...

Que estos, mis primeros regueros arrojados al caos, mis bebes; den inicio al lienzo. Que su libertad supla mi falta de talento y libere a mis riñones de la carga que soportan.


-No volveré a caminar sobre el mundo, a prestar atención al índice odioso. Ni al látigo infame de las deudas, o a la pala en llamas del jardinero loco. Me quedo en la cama; sobre el escombro de nuestra noche, espantando a cualquier criatura que pretenda hacer suyas las ruinas del sueño al que huí de tu mano; yo, despojo del rapto de las hadas.


Morir, decir:


Aquí desde el cielo todo es tan bello, tan algo, y tú brillas tanto; que no puede haber crueldad comparable. Que mastique haciendo yo ver migajas más tiernas. Impensable desandar tus palabras, regresar a la luz; renunciar a yo verte de la forma más dulce…


Estos son, de entre muchos vinagres que he podido extraer, del último barril que nos dejo Vagomundo docenas. No amamanto ambiciones, soy sólo un borracho. Tampoco pretendo darle un significado a su vida, desfacer su mediocridad, cubrirle de gloria o infamia. Únicamente; me he retirado a este escondrijo suyo y tropezado con su fortuna; pútridos, ¡ de la puta mi suerte! Y parrafales toneles de palabras fermentando, aguardando tan sólo a que yo las destile, las beba y miccione según el criterio que me salga del harto.


 


- La hartística y orínica vida de Vagomundo Docenas.


(con todos los extras, Madejada con cálculos y parsimoniosa redondez por el Hartísta).


Prólogo:


Orbenita desiderlizado. Golosina flanígera a merced del comercio de criaturas ferales; glotones, ávidos de pico curvo y trinos de doblez es poco, matacabras, corambreros, benevolentes corcusidores…


Docenas es un salvaje ensofado. Tan incapaz de encajar en la vida silvestre como en el rótulo de un buzón propio. Se ha hecho a si mismo ya tantas veces; ha leído un libro, ha visto a un niño y plantado un pino, que apenas se reconoce. Suma el residuo esparcido en el suelo, en las paredes, y de un modo absurdo que inspira ternura y casi siempre desprecio repite los gestos hasta no poder más: su fe en el pizzero dice ¡Ponte en la punta del dedo¡ pizzero susurra: ¡Haz la picha más bella¡, pizzero vende ;¡gira, gira¡¡La picha feliz¡ pizzero cobra: ¡excéntrica dicha!, abarata costes ¡flácida! Y marcha con una sonrisa, ignorando la pared salpicada con los restos de un niño, haciéndose hombre, cubiertos de culpa. Una historia que sólo el hartista puede firmar, tan insoportablemente ilegible, tan injustificable, tan engendrada en los abismos de la ignorancia y el desequilibrio. Que yo me niego a intervenir o moderar más de lo estrictamente necesario, a contaminar mi prosa con sus excesos.


Prologado por el nadierrador desta historia desleída.


(pincha) descubre por tan solo 100 euros la versión entendida de este prólogo.


 


Capitulo primero:


El valor es un disparate:

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Límitez De Amorzmica.



Evidenciar lo desesperado que estoy por unos gramos, por un poco de tu peso entre mi pelo. Fingir que no se hizo tarde o que nací sin retrasos. Helar los ojos, estrujar el aire, apretarlo fuerte, retorcerlo, y por cada pliegue de los párpados, de la frente: arrojar niebla. ¡Arrojar niebla! para encarar los espejos y tocar. ¡Tocar!, rozar el olvido, triturar el mañana; los días que vendrán a atropellar el pasado, en cuyo centro seguiré, estúpidamente sobrio, desesperado por un vaso de tus dedos derramándose en mi pelo.


¡Tocar!, rozar el olvido, triturar el mañana, amasar espejismos. Desvanecerse en la gloria de los días que vendrán en cuyas horas hoy pastan hipocampos azules. Los que no traerán a coagular tus legañas sobre la sed de las grietas que tapiza mi ayer. Desvanecerse, ignorar el estrépito de la ropa al posarse, a la sombra, en la pena de ningún significado. Bajo mi nadie orbitando tardanzas; en el eclipse perpetuo de la rabia de tu abrazo.


¡Tocar!. Romper a fingir, pasar de largo, ir haciéndome daño, hasta romperme de nuevo en el charco de esquirlas de mis piezas de huérfano. Puzle sin bordes de caduca metralla  que persigue tus pasos. ¡Clávate! , ¡Písame¡. Hazte daño, dame otro instante. Posa en tus manos aunque sea un fragmento de este cepo oxidadoz. Que sea mañana cuando pases de largo y me quede aguardando, varado,  a que nunca regreses  ni te acorrale el camino.



 




Y en el Paranada de mañana, cuando te deje marchar; sentarme a tocar.


¡Tocaré!, pasearé a mi cadáver por los viejos recuerdos de los días felices que viví en el infierno.


 


                 


                      T.q. Poder oírte dezirme, rie di culo, unque szea una última vez.                                                                   


                                                          “a mi querida Jupiter y zuz zecuazez”



 

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Perdereras.


¿ y si nunca ocurrió?


Si aquella tarde los perros no ladraron por mi


o aquella noche de lluvia fue tan solo de lluvia


¡Lo sé!, se que así fue.


 Y sin embargo aun pregunto


¿ y si nunca ocurrió?


Que las montañas llevaran a un enano en sus hombros o los arroyos tocaran   trompetas al paso    de la sed diminuta    de un  cuervo de trapo.


 


 



 



 



* Nueva Sección de análisis:


En un afán igualitario que pretende ampliar, si cabe, las oportunidades  que ofrece este siglo maravilloso en el ámbito de la publicación inauguro esta sección precursora que de seguro ha de marcar un punto de inflexión  en el devenir  cultural de nuestro mundo.  Habiéndome percatado de la disparidad numérica entre analistas y textos yo mismo sacrificaré el valiosísimo tiempo que podría dedicar a la creación de nuevasz composticiones para indagar y revelar tanto lasz profundaz motivaciones del autor, como  los posibles significados del texto. Será un ejercicio arduo de cojonez y autobombo que facilitara la comprensión de la lectura y ante todo pondrá de manifieszto  la onanistica  talla de mi contemporaneidad.


Para este texto, he decidido recurrir a la literalidad de las palabras que el  autor tuvo a bien regalarme cuando increíblemente poco sorprendido por mi presencia en su sala de estar le pregunte ; ¿ por que públicara este texto?.   


Por que se acerca la hora de apagar esta tele y a penas recuerdo de lo visto en el día a mi pene en la pausa, clavando mi orina en el vano del caño.


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Describilaciones.



 


Querida Darena, Patria dulce. Leche agria de pechos esquivos. Me resisto a morir así; en pié. ¿Recuerdas al viejo Doztor?, al final lo logró. Empujo la nada acantilado abajo. La vi caer,  al día siguiente de caer. Invisible, en su vaina de agua. Si te asomas, por cuando tanto temo, quizás se escuche aun, atrapado en la mejilla, el sádico restallar de su lengua tratando de salvarme. Yo estaré aquí, en mi cubo, a dos hemisferios por debajo del infierno. Lejos. Salivando el amargo sabor de sus ponzoñas. De sus humildes sangrías nocturnas de patio sereno, tan abundantes en hielo y melocotones morados.


Venció, Ya solo le falta quemar las huellas del mundo en sus suelas. Me salvó de los monstruos, de sus anónimos puños ocultos en guantes de vidrio, con sus reflejos doblegando a los míos, sonados, entre campana y campana. Libero los fantasmas del destierro, de su condena por los retorcidos mapas de mis sábanas, y a las criaturas hemípteras, y a las lacrímeras, y a todos los onirófagos.


Ya no deseo trepar al ver tus muros. No hay nada al otro lado. Sólo el norte. Al sur de algún camino que termina en este muro. No me quedan ni las ganas verdes de verme subir. Prefiero este lado sin musgo, con sus cuatro costados. Donde puedo guardar todas mis cosas o colgar todos mis cuadros. Tus paisajes de niebla, o de miles de copos distintos chocando en la nieve, los desprendimientos de piedra, las tormentas de polen. ¡Mis papeles; ¡ los sermones de Babia, los esbozos de palacios con tu cabeza ovalada,¡ de princesa!, en cada ventana. ¿Recuerdas?, con trazos tan endebles que nunca conseguían retener mis pinturillas. Y tus ojos circuloides, bajo los conos azules, ¡de princesa!, con aquel líquido que incluso, pudiera ser, que no fuese  miedo.


¡Yo también!, voy a vivir sin miedo. Pero tal vez, porque aun le falte quemar las huellas del mundo en sus suelas; me resisto, y aunque no paerzca tener sentido, aun siento. Puedo oír en las esquinas el rumor del oleaje, de las palabras que vuelven, verdes, a aflorar en la punta de tu lengua, como un brote del corrupto anhelo asperjando esporas sobre las grietas del iris yermo de mis ojos.


        Tq.


 


 


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