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Cuentos del Hombrecillo del Futuro

Sorprendentes Microrelatos


La Casa Vacía

Hace más de 60 años que la mansión fué abandonada y nadie ha entrado jamas en todo este tiempo. Sin embargo, yo que  paso a menudo cerca de esa casa, tengo la sensación que alguien guarda silencio en su interior. Si, alguien aguanta la respiración cuando te acercas a la casa vacía.

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Sin sombras

 


Paseando a primera hora de la tarde, cuando el sol todavia aprieta en el mes de junio y la tierra desprende un calor seco y parece que cuesta respirar, el camino recto i desértico que lleva al pueblo no parece que esconda sombras inquietantes. Pero allí, junto al árbol viejo,  desapareció un niño. Todos los del lugar lo recuerdan. Fue hace unos meses. Los padres andando cogidos de la mano. El niño corriendo, adelante, atrás. Ahora se detiene, ahora corre avanzando a sus padres, ahora simula un avión brazos en cruz. De repente el silencio, la inquietud, los gritos con su nombre, la desesperación. ¿Cómo pudo desaparecer de repente un niño delante de sus padres, sin arboles, sin arbustos, sin sombras ni rincones?


La madre murio a los tres meses de cancer. Las señoras mayores lo saben, el cancer suele empezar por el corazón. El padre es ahora un borracho que cuenta su historia una y otra vez. Y yo por curiosidad, por morbosidad, he querido seguir el camino. Me alejo paso a paso, el pueblo a la espalda, el yermo páramo enfrente. Sin sombras. Paso a paso hasta el árbol viejo.


Pero sí hay algo siniestro. En el aire, en la tierra, en el árbol viejo.


Vuelvo inquieto sobre mis pasos mientras me siento observado. Ahora estoy seguro, no desapareció, todavía anda por allí.

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La Ultima Reunión!

No fue una reunión multitudinaria como lo había sido la anterior, unos doscientos años atrás. Como consecuencia de la crisis y la persecución, los miembros de la comunidad eran cada vez más escasos. Ella había llegado dejándose llevar por la brisa del anochecer, sin prisas. De muy lejos ya vislumbró el resplandor de la Gran Roca. Llegó justo cuando la Reina tomaba la palabra. La Reina habló de peligros, de prudencia, de la necesidad de permanecer escondidos. Les dijo que no salieran nunca del bosque y que sobretodo evitaran salir en la fotografías. Después cantaron, bailaron y bebieron hasta que aparecieron las primeras luces del alba. Fue la última reunión, justo antes de la Gran Guerra. Dos semanas después todavía se podía ver el brillo mágico en la Gran Roca. Pero poco a poco, con la lluvia, con el tiempo, se fueron desvaneciendo los efectos del polvo de las últimas Hadas.

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Nunca Entreis en una Casa Abandonada!

Sucedió en el pueblo donde solia pasar el verano quando era pequeño. Habiamos formado el típico grupo de amigos que iban por ahí, con las bicis a todas horas. El mayor de nosotros, eramos 5 inseparables, no tenia más de 14 años. Aquel dia decidimos asomarnos a la casa abandonada, a las afueras del pueblo. Se trataba de toda una aventura. Hacía más de 60 años que la casa estaba deshabitada y tuvimos que forzar una ventana para entrar. El suelo tenía más de un dedo de polvo virgen en el que ibamos dejando nuestras pequeñas huellas. El suelo de madera crugía a nuestros pasos rompiendo el silencio de tantos años de soledad. Exploramos varias habitaciones abriendo  puertas que cedian con fuertes quejidos envueltos por nuestros gritos y risas histéricas.

Hasta que llegamos a la sala grande donde había una larga mesa.


Sobre la inmensa mesa también cubierta de polvo solo un vaso de cristal lleno de agua. En él una rosa fresca.


No nos paramos a pensar, ni tan solo dijimos nada, nos miramos y salimos como alma que lleva el diablo. Nunca más volvimos a pasar cerca de la casa abandonada ni hablamos con nadie de nuestra aventura. Jamás he vuelto a entrar en una casa abandonada. Jamás.


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Estudiante

Por las mañanas iba a la universidad para sacarse el título de Medicina. Por las noches, en el oscuro y húmedo sótano de su casa, entre gemidos i arrastrar de cadenas, aprendía Medicina.

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Asesinos!

Siempre he sido uno de los mejores asesinos a sueldo de la ciudad. En una ocasión me pagaron 500.000 dólares por identificar y eliminar al misterioso capo de una organización criminal que había extendido sus zarpas más allá de lo que los demás jefes estaban dispuestos a tolerar. El personaje nunca se le había visto en público, las órdenes las daba siempre por móbil y cuando entraba o salía de su oficina, situada en un gran edificio de una calle amplia y céntrica, lo hacía siempre rodeado de colaboradores, ayudantes y guardaespaldas,  y era imposible saber de cuál de ellos se trataba. Me situé con mi arma de largo alcance en una ventana del edificio frente de las oficinas. No tuve que esperar mucho para ver salir los primeros hombres: hasta 20 individuos trajeados todos muy parecidos los unos a los otros, dispuestos a embarcar en los ocho coches negros que, motor en marcha, esperaban en la puerta. Pero para mi no iba a ser un trabajo difícil, había conseguido su número de móbil. Hice la llamada y disparé al que sacaba el teléfono del bolsillo. Un solo disparo, encima de la nariz. 500.000 dólares.

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La Señora!

El estudiante de medicina había alquilado un minúsculo piso en el barrio antiguo de la ciudad. Se sentía libre, bohemio. Invitaba a sus amigos y bebían y reían hasta desfallecer. Tenía amores, alegría, toda la vida por delante. Hasta que una noche, cuando subía por la oscura escalera para retirarse después de las últimas copas en el bar, vio delante de él a una señora que subía también, con paso inseguro, silenciosa y etérea como un espectro. Ella se giró de repente. Le miró con los ojos desorbitados, la boca descarnada, acuchillada la cara, en una terrible sonrisa de oreja a oreja. El se encerró en su casa, entredurmió lo que pudo, entre pesadillas y sobresaltos. A la mañana siguiente se obligó a ir a la facultad. A medida que pasaban las horas el recuerdo se difuminaba, el color volvía al mundo. Entro en la clase de prácticas ya del todo recuperado. Hasta que sacaron el primer cadáver para diseccionar. Ahí estaba la Señora, los ojos desorbitados, la sonrisa imposible.

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