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Cuentos del Hombrecillo del Futuro

Sorprendentes Microrelatos


Asesinos!

Siempre he sido uno de los mejores asesinos a sueldo de la ciudad. En una ocasión me pagaron 500.000 dólares por identificar y eliminar al misterioso capo de una organización criminal que había extendido sus zarpas más allá de lo que los demás jefes estaban dispuestos a tolerar. El personaje nunca se le había visto en público, las órdenes las daba siempre por móbil y cuando entraba o salía de su oficina, situada en un gran edificio de una calle amplia y céntrica, lo hacía siempre rodeado de colaboradores, ayudantes y guardaespaldas,  y era imposible saber de cuál de ellos se trataba. Me situé con mi arma de largo alcance en una ventana del edificio frente de las oficinas. No tuve que esperar mucho para ver salir los primeros hombres: hasta 20 individuos trajeados todos muy parecidos los unos a los otros, dispuestos a embarcar en los ocho coches negros que, motor en marcha, esperaban en la puerta. Pero para mi no iba a ser un trabajo difícil, había conseguido su número de móbil. Hice la llamada y disparé al que sacaba el teléfono del bolsillo. Un solo disparo, encima de la nariz. 500.000 dólares.

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La Señora!

El estudiante de medicina había alquilado un minúsculo piso en el barrio antiguo de la ciudad. Se sentía libre, bohemio. Invitaba a sus amigos y bebían y reían hasta desfallecer. Tenía amores, alegría, toda la vida por delante. Hasta que una noche, cuando subía por la oscura escalera para retirarse después de las últimas copas en el bar, vio delante de él a una señora que subía también, con paso inseguro, silenciosa y etérea como un espectro. Ella se giró de repente. Le miró con los ojos desorbitados, la boca descarnada, acuchillada la cara, en una terrible sonrisa de oreja a oreja. El se encerró en su casa, entredurmió lo que pudo, entre pesadillas y sobresaltos. A la mañana siguiente se obligó a ir a la facultad. A medida que pasaban las horas el recuerdo se difuminaba, el color volvía al mundo. Entro en la clase de prácticas ya del todo recuperado. Hasta que sacaron el primer cadáver para diseccionar. Ahí estaba la Señora, los ojos desorbitados, la sonrisa imposible.

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El Diablo

El Diablo, que es astuto y perseverante, puede estar años escondido en el armario de tu habitación y asomar su cara sólo una vez. Asegurandose de que esa noche estés solo!

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El Sueño!

Empezó como un sueño normal pero poco a poco se fué convirtiendo en una pesadilla recurrente. Soñaba que era otra mujer, se llamaba Flora y llevaba una vida prácticamente normal. Y Flora tenia marido y dos hijos y trabajaba de empleada en una oficina. Al principio Marta no le dió más importancia però poco a poco empezó a preocuparse. Cada noche soñaba que era Flora, que iba a trabajar, que iba a buscar a sus hijos al colegio, que les hacía la cena. Marta se despertaba justo cuando Flora se iba a dormir. Hasta que una noche Marta soñó que Flora se dormia, y que se despertaba, y que iba a trabajar... y Marta nunca más despertó.

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El Rescate

El ruido ensordecedor de la tormenta, el viento y la nieve, el agotamiento y la desesperación no le dejaban dar ni un paso más. Hacia poco más de una hora que había perdido contacto con el grupo y ya se sabía totalmente perdido. Maldijo profundamente el dia en que aceptó formar parte de la expedición al Tibet. Con los primeros sintomas de congelación en manos y pies se arrebujó en el helado saliente de una roca y se dejó llevar por el sopor que, él lo sabía, acabaría por fín con todo. Entonces, de repente, sintió que le abrazaban, notó entre delirios que lo alzaban y lo transportaban rápidamente. Entre sueños sintio el calor que lo revivia y acabó por despertar del todo en la cueva. Lo primero que vió fue la expresiva cara del gran simio que le había salvado la vida. Había piedad en su mirada, y alegría por verlo despertar!

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Navidad

Aturdido por el ir y venir de tanta gente que se apresuraba a terminar sus compras de Nochebuena, envuelto por las entremezcladas notas de tantos villancicos que salían de una y otra tienda y medio confuso por los cientos de adornos luminosos que inundaban las calles, el anciano dejó los paquetes a un lado y se sentó unos instantes en un banco de la Gran Avenida a recobrar el aliento.
La Navidad es para los niños, los viejos ya hemos perdido casi toda la magia y la ilusión,-pensó por un momento. Pero no dejó que le invadiera el desanimo, quedaba tanto por hacer todavía. Sonrió, se cargó el saco a la espalda y se dispuso a escalar la fachada. Cuando llegó al tejado, echo otro vistazo a la vorágine que se había apoderado de la gran ciudad. Sus fuertes risotadas se mezclaron con las de tantos falsos Santa Claus que se veían esparcidos aquí y allá. Pensó que todavía se encontraba ágil para su edad mientras se deslizaba por la chimenea.

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Isla Desierta

Al principio pensó que estaba de suerte. Sobrevivir al naufragio y terminar en una isla desierta junto a cinco personas jóvenes era una suerte para un vampiro como él. Los primeros meses lo había llevado muy bien. Se levantaba a media noche y elegía una víctima para alimentarse. Aquello era un paraíso. Pero ahora habían pasado dos años y las cosas habían cambiado mucho. A pesar del cuidado que había tenido, con el tiempo los otros cinco habían muerto.
Escondido entre unos arbustos tuvo el tiempo justo de intuir la sombra que se le venía encima. Todos contra todos, la isla se había convertido en un infierno.

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El Camino del Cementerio

Hace ya tiempo que los dos chicos, al atardecer, acostumbran a esconderse por el camino del cementerio. Saltan, corren y juegan. Detrás de un árbol, entre los matorrales... se entretienen asustando a los últimos paseantes cuando ya se retiran a sus casas antes de que oscurezca. Son sustos sin importancia, sin maldad. Imitan el lúgubre aullido del lobo, estiran el vestido de una señora que pasa cerca de ellos o hacen una horrible mueca y sueltan una carcajada. Eso si, antes de que salga el sol, cuando comienza a puntear el alba, los dos chicos saltan la valla del cementerio, se adentran en las últimas sombras de la noche y vuelven cada uno a su nicho, entre risas y carreras, sin malicia, sin perversidad.

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