Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a elora       Se han interesado por él 69 lectores      243 libros en su biblioteca
     242 valoraciones      179 posts en su blog      Es lector de 2 grupos

El Blog de Elora

De altos espíritus es aspirar a altas metas.


¡Qué grande Pérez-Reverte!

 


A las siete menos cinco, ya estoy yo mirando el reloj con tremenda impaciencia. Puedo ir empezando a recoger, pero me parece un poco pronto. Tampoco quiero quedar por muy apurada en el trabajo.


Mi hermano había quedado en esperarme a las siete, a la salida del trabajo, y desde allí nos iríamos paseando hasta el Paraninfo para asistir a la conferencia.


Desde que la habían anunciado, el mes anterior, en el Club Faro de Vigo, no había perdido yo de vista la fecha, pendiente de poder asistir. No pensaba perdérmela. Que Ga pudiese venir conmigo era genial, dado que todas mis amistades y mi pareja trabajan hasta más tarde de las ocho, y no podrían acompañarme. Hubiera ido sola igualmente, por ser la ocasión que era, pero lo cierto es que detesto ir sola a estas cosas, me gusta sentirme acompañada, y tener alguien con quien comentarlo todo después.


Menos tres minutos. Se abrió la puerta de la oficina, y allí entra un sonriente Ga, todo elegante. Parece que finalmente prefirió subir que esperarme en la calle. No le culpo, a estado lloviendo con ganas, y el tiempo no es apacible. Le saludo y le digo que se siente en la salita, que enseguida nos vamos.


Recojo, me pongo la chaqueta, agarro el paraguas y el bolso, le hago una seña al pasar por la salita, y allá nos vamos. Antes de salir, mi hermano saluda educadamente, y estrecha la mano a un sonriente jefe mío. Qué bien educado está mi hermano, y qué orgullosa estoy yo de él, jeje…


Como es relativamente temprano, bajamos con calma hacia el centro. Afortunadamente, ya no llueve, y podemos disfrutar el paseo, mientras nos ponemos al día, entre risas, de los últimos chismes familiares.


Llegamos a nuestro destino. Es pronto, y la puerta todavía está cerrada, pero ya se ve gente merodeando por los alrededores. De todos modos, tampoco es muchísima, y no me siento preocupada por un futuro problema de asiento.


-¡Vamos a tomar algo mientras no abren!- propongo, y allá nos vamos, a una cafetería cercana.


Dos Coca-Colas, patatas fritas, y un pinchito de tortilla. Pero no nos sentimos tranquilos. Tememos, con razón, que va a haber un tremendo aforo, y no queremos quedarnos sin entrar.


Ga se levanta constantemente a mirar a la puerta cómo evoluciona la confluencia junto a la puerta.


Pagamos, y volvemos, y entonces quel horreur! , la gente ya no está, y en lugar de la puerta abierta, nos encontramos un cartel, muy escueto, que dice que finalmente cambiaron el lugar de la Conferencia, y no podrá ser en el Paraninfo. Será en el Nuevo Centro Social de Caixanova. Unas calles más arriba.


Son las ocho menos diez, y aún hay una caminata. Yo quiero llegar a tiempo y quiero sentarme cómodamente. Engancho a Ga por una manga y le digo:


-¡Vamos!- saliendo los dos disparados hacia la nueva ubicación, y recurriendo a todas las imprecaciones que conocemos para maldecir a los que hacen esos cambios a última hora, fastidiando a todo el personal.


Jadeantes y cansados, llegamos a nuestro destino, para encontrarnos la enorme sala del auditorio prácticamente llena.


Tenemos un momento de pánico, pensando que ya no nos podremos sentar. Volvemos a maldecir a los organizadores.


Pero entonces veo que arriba de todo, en los palcos, aún quedan sitios. Salimos disparados para afuera, mientras sigue llegando gente incesantemente, y le pregunto a una de las azafatas cómo podemos subir. Nos indica que es dos pisos más arriba, y nos lanzamos escaleras arriba. Que está subiendo más gente, y yo tengo claro que me voy a sentar. Por encima de quien sea, jejeje…


Llegamos, y logramos tomar dos de los pocos asientos que aún quedan libres. Además, bastante centraditos. Estamos altos, pero la vista es  buena. Sonreímos de alivio mientras nos quitamos los abrigos.


A nuestro lado se sienta una señora que viene sola. E inmediatamente, comienza a hablarnos, quejándose de la carrera que tuvo que hacer desde el Antiguo Rectorado hasta el Centro Social para poder asistir, que eso no se le hace a la gente…Yo sonrío comprensiva, y le cuento que nos pasó lo mismo, y que ahora estoy tan acalorada, que no me vendría mal mi abanico, que, por supuesto, no tengo a mano. La señora es agradable, y continuamos charlando un ratito. Los tres coincidimos en que seguramente, como se esperaba mucho aforo, los organizadores decidieron hacer la jugada del cambio de local para disuadir a muchas personas de la asistencia. Qué perros…


Y entonces se cierran las puertas, el enorme escenario, con los dos butacones negros se ilumina, y entran ellos en escena: Rafa López, periodista, presentador del acto, y él. Arturo. El genial escritor, que viene a presentar su última novela, y charlar un rato con nosotros.


Es la primera vez que lo veo en persona, y me encanta comprobar que es exactamente igual que en las fotos, delgado, canoso, con barba, y sonrisa pícara. Se sienta, cruza las piernas, y mira a todos los lados con viva curiosidad, mientras el otro introduce el tema.


Entonces le dan la palabra. Empieza por los agradecimientos y esas cosas. Y yo pienso que me encanta su voz, alta y clara, sin acento reconocible.


Comienza hablándonos de El Asedio, su última novela, que tiene pinta de ser un relato fantástico, y cada vez me apetece más leerla.


Le preguntan por qué Cádiz, y nos cuenta que es una ciudad tremendamente interesante, en la época de la Primera Constitución, y estaba llena de gente de todo tipo.


Me encanta cuando habla de su relación con sus novelas. Comenta que es como el enamoramiento con una mujer, al principio todo es maravilloso, y sólo deseas estar con ella, idear cosas para ella…pero después llega un poco el hastío, el empacho, y ya estás deseando que todo termine, pasársela a otros (a los lectores, en este caso), y que sean ellos quienes la disfruten. Sonrío para mí, porque me pasa igual con mis escritos. Al principio no los suelto, y después, estoy deseando terminar, porque estoy agotada, jejeje…


Nos cuenta que a él le interesa la novela histórica, no sólo por contar las cosas que sucedieron, describiéndolas, sino como herramienta para entender el presente. Aclara que España es un país especialista en la pérdida de las buenas oportunidades históricas…


También que somos un país deliberadamente inculto. La gran mayoría de la gente no se interesa por la Historia, ni por la cultura en general. Prueba de ello, son los programas que actualmente triunfan en televisión, donde reinan las “Belén Esteban” and company.


Esto nos lleva a que le pregunten por qué no escribe una novela sobre la Guerra Civil. Inspira hondo, y contesta que es que no le seduce especialmente, que no es tan especial, que se ha magnificado esta guerra, pero no deja de ser una más de muchas guerras de la época. Eran tiempos convulsos. Pero nos aclara que si le molesta la tendencia de la gente a hablar de buenos y malos del conflicto. Él opina que todo tiene muchos matices, y todos cometieron sus barbaridades. Que los que lucharon no fueron buenos contra malos, sino una concepción de la vida, de la política, contra otra. Dos fuerzas con mucha tensión, hijas de su época.


Un irrespetuoso oyente se levanta y le grita que se moje, que no sea tan políticamente correcto.


Él ríe, y le contesta:


-Eso no me lo dices tú a mí en la calle.


Todos reímos. Y el presentador aclara que a Reverte no se le tiene precisamente por un columnista políticamente correcto.


Ya más serio, el genial escritor nos dice que él es consciente de que habrá gente de distintas ideologías en la sala, y él las respeta profundamente todas, por eso, no piensa tomar más partido, por respeto a su público, sea cual sea su credo.


Otro tema candente al que se refiere, es a la mujer, y al feminismo mal entendido. Nos cuenta que a él se le ha tachado muchas veces de machista. Sin embargo, no sólo admira a las mujeres, sino que las heroínas de sus libros son mujeres admirables, fuertes, adelantadas a su tiempo. Reverte opina que la mujer es el gran héroe de la vida moderna, con la esquizofrenia que supone para la mayoría ser esposas, madres, trabajadoras a tiempo completo…


En cambio, denigra el feminismo radical y oportunista, que no busca realmente favorecer a las mujeres, sino polemizar, como el caso, que él considera de infantil mental, de la propuesta del Ministerio de Igualdad, de vetar los cuentos infantiles clásicos, por sexistas.


La gente ríe, y aplaude encantada el exabrupto. Creo que en la sala todos se dan cuenta de la ridiculez de atacar a Blancanieves, Cenicienta o Bella.


Nos aclara que él ve dos tipos de mujeres, poniendo un ejemplo muy cinematográfico:


Dice que cuando en el Lejano Oeste, los indios atacan un Fuerte, está la mujer  que se pone a chillar, agarrada del brazo de Rock Hudson, y luego está la que toma un fusil y se pone a disparar. Nos aclara que es esta última, la mujer valiente y de recursos, la que él admira. Por eso, no entiendo a los que lo tachan  de machista. Él ve a la mujer como un igual, y concibe las relaciones como una coordinación entre dos seres, y no como una subordinación de la mujer.


Tras poco más de una hora, que me sabe muy a poco. Acaba, y se pasa a la firma de ejemplares.


Nos levantamos para irnos. Encantados del buen rato pasado, y de la genialidad de este hombre, y algo sorprendidos de que terminase tan pronto la conferencia. Suelen durar más.


Comento con Ga lo mucho que nos ha gustado, y los temas tratados. A los dos nos quedaron ganas de más.


-¿Vienes a cenar a mi casa?- le pregunto a mi hermano.


-¡Vale!- acepta encantado.


 


 


Denunciar contenidos

Mis ojos

 


 


 


Mis ojos son los ojos de un mundo ya obsoleto que lucha por sobrevivir a diario.


Son los ojos de una naturaleza herida luchando por sobrevivir a la hostilidad.


Mis ojos están llenos de atardeceres campestres, de risas alocadas, de verdades nunca dichas, de secretos inconfesables.


Están llenos de abrazos compartidos, de aquellos besos en secreto. Llenos del dolor de una pérdida, y de la incertidumbre de la aventura.


Mis ojos han contemplado el horror tanto como la dicha, y han sido capaces de soñar estando abiertos, llevándome en aras de universos mejores.


Os deseo, ojos míos, toda la eternidad para vivirla, todo el amor para cuidaros, y toda la ilusión para seguir siempre adelante.


 


 

Denunciar contenidos

La maldición (Final)

Cuando abrió los ojos, se encontró de repente rodeado por una manada de lobos feroces, que iban cerrando filas en torno a él, mirándole con ojos acuciantes. Y entonces sintió miedo, se sintió indefenso y dolorido por el golpe. Cayó en la cuenta de que tal vez así se habían sentido sus víctimas, aquéllas que habían caído presa de su furor, cuando portaba la maldición.


Lo dio todo por perdido, y se dispuso a morir, como él mismo había asesinado. En un segundo comprendió que los pecados no se perdonan, y que todo se paga en esta vida.


Cerró los ojos, dispuesto a dejarse y que todo pasara cuanto antes, y justo entonces sintió una fuerte patada en uno de sus costados, que le hizo abrir de nuevo los ojos, sorprendido. Aquella patada no podía ser de un lobo.


En efecto, los animales parecían haber retrocedido, como urgidos por algo o por alguien. Se incorporó ligeramente, y entonces la vio.


Era ella, y le sonreía, con esa sonrisa cínica suya, mientras lo observaba burlonamente, con su mirada acerada.


-Empiezo a cansarme de salvarte siempre, querido amigo…


-¡Ariadna!


-¿Por qué disparaste a los lobos?


-Tenía que hacerlo, se me venían encima…


-¿Y por qué estás en el bosque a estas horas, rememorando viejas andanzas, quizá?


-La aldea…los hombres…-balbuceó, nervioso-. Ha muerto más gente…


-Los lobos tienen hambre…sólo cazan para comer. La culpa la tiene quien se pone imprudentemente en su camino…


-¿Tú…has participado?- preguntó, temeroso.


-¿Yoo?...ja,ja,ja,ja….Por supuesto que no –rió ella-. Te dije que yo sería capaz de controlar la maldición. Y así es. Yo no he tocado a ningún humano. Pero me siento a gusto con los lobos. Y no permitiré que los maltraten.


-Ariadna, ¿cuándo te librarás tú de la maldición?- lloriqueó el joven.


-¿Librarme? Está claro que eres un bruto y que no entiendes nada…¡Yo no quiero librarme de la maldición! Me siento muy cómoda con ella. Soy una bruja, ¿recuerdas? Y desde que tengo tu maldición, mi poder se ha vuelto inmenso…


El peso de estas palabras cayó sobre él, abrumándolo.


“Entonces, nunca serás mía”.


Ella pareció leer sus pensamientos.


-Levántate, anda…Y deja de tener sueños locos. Un imposible siempre es un imposible, ya te lo dije.


Ariadna le tendió la mano, y con un fuerte tirón, lo aupó del suelo.


-Vuelve a tu aldea, haz de tu vida, y olvídate de mí y de los lobos. Haz lo posible para que tus paisanos nos dejen en paz, o no contendré a la manada y podría ser una masacre…


-¿Cómo puedo vivir sin ti?- se arriesgó él a decir.


-Vivirás, claro que vivirás. El tuyo es un amor insano. Y que sólo existe en tu cabeza. Haz tu vida, y olvídame como mujer. Recuérdame mejor como lo que soy: una bruja, que un buen día te hizo un favor.


-Ariadna…


Ella se acercó, y le besó suavemente en los labios. El contacto hizo arder la piel del joven desdichado.


-Ve, chico. Vuelve a tu aldea. Nada más obtendrás de mí. Tampoco creo que volvamos a vernos. No puede ser. Lo hago por ti, algún día lo entenderás.


Y tras hacer un gesto a los lobos, la joven bruja dio media vuelta y desapareció en la espesura, sin mirar atrás.


El estupefacto joven, echó a andar, a su vez, maltrecho, hacia la aldea.


Sabía que Ariadna cumpliría su palabra, y no la volvería a ver. Un enorme dolor del corazón lo inundó, hasta casi hacerle perder el sentido.


Ahora tenía la certeza, nunca podría tener a su amor. La maldición, definitivamente, había triunfado. No sería denunciado por sus crímenes, y nadie lo sabría jamás, pero tampoco quedarían impunes, un castigo mucho peor que el presidio había llegado para él, la infelicidad de haber rozado un sueño, que nunca se cumpliría. Ése sería para siempre su castigo: llorar la ausencia de la mujer que amaba.


Trastabillando y medio delirante a causa de la conmoción, todavía susurraba entre dientes cuando llegó a su casa:


-Ari…Ari…Ari…


 


 


FIN


 


 


 


 

Denunciar contenidos

La maldición (XXIX)

Los aldeanos, asustados, y escarmentados tras las pérdidas anteriores, decidieron reunirse para hacer una batida de caza, y matar a aquellos lobos asesinos que les robaban a sus seres queridos.


Un vecino fue a hablar el joven, para pedirle su colaboración en la empresa.


-Tienes que venir con nosotros al bosque esta noche. Siempre has sido un buen cazador, desde niño tienes instinto, y creo que serás muy útil.


El chico dudaba.


-No puedes negarte. Es en bien de todos, y tu puntería es certera. La población de lobos parece haber crecido mucho en los últimos tiempos, y tenemos que deshacernos de unos cuantos por el bien de esta aldea.


-Y en vez de atacar a esos pobres animales, ¿no sería mejor que la gente se recogiese antes? Sólo atacan de noche, y lejos de poblado, creo que no es tan difícil escapar a sus ataques y sentirse a salvo, ¿no?


Una extraña lealtad le hacía reacio a lastimar a esos pobres seres que mataban por instinto y hambre, simplemente.


-No seas iluso. Si no encuentran víctimas en su zona habitual, bajarán a las aldeas a buscarlas. Matarán nuestro ganado, y nos matarán a nosotros. Tenemos que abatirlos, y tú, como habitante de esta aldea estás obligado ante los demás a venir…


Finalmente, el joven aceptó, sabía que no podría negarse. Ya bastante raro había sido su comportamiento los últimos tiempo, y bastante habían murmurado a sus espaldas, como para darles opción a seguir haciéndolo.


Fueron pues de caza por los bosques aquella misma noche, repartiéndose cada uno las zonas equitativamente.


El joven se apostó bajo un árbol, en la suya, con la escopeta en alto, y acechando la oscuridad con temor y aprensión.


El bosque bullía de ruidos, y actividad.


Oyó gritar a lo lejos a algún aldeano, y de pronto, vio que la manada en huida le venía encima. Eran muchísimos lobos, y parecían desesperados. Él les cortaba la retirada, así que no dudarían en atacarle. Colocó su arma, y disparó, y disparó. Cayeron unos cuantos, pero aquello no era suficiente. No tenía tiempo de volver a cargar la escopeta. Echó a correr, desesperado, adentrándose más y más en la espesura.


Sus pies se enredaron en las ramas de un viejo árbol caído, y cayó al suelo, cuan largo era, golpeándose la cabeza con una piedra.


Los lobos se acercaban, desconfiados, mientras él yacía inconciente en el suelo.


 

Denunciar contenidos

MUCHAS FELICIDADES, NANÁ

Denunciar contenidos

La maldición (XVIII)

La alegría de estar de vuelta en casa, y libre de su incómodo problema hizo que el joven se olvidase momentáneamente de Ariadna y de la maldición.


Se reincorporó con gusto a sus tareas campesinas, a la vida familiar, y al trato con los demás aldeanos, que extrañados, se morían de curiosidad por saber qué le había pasado, y dónde había estado. Le habían dado por muerto.


-Creímos que te habían comido los lobos- le aseguró, incluso, un bienintencionado vecino-. Aquella plaga fue dura, y como desapareciste más o menos por aquellos días…


-¿Han vuelto a atacar, desde que me fui?- inquirió.


- Creo que hubo algún ataque más, pero puedes estar tranquilo, ya hace algún tiempo que no sucede nada. Parece haberse alejado aquella manada.


Por más que le insistieron, especialmente, sus padres, no dijo a nadie nada de su fuga. Simplemente, se limitó a comentar que se encontraba angustiado, y se marchó, tratando de empezar de nuevo en otro lugar, pero tras un tiempo fuera, se dio cuenta que echaba demasiado de menos su aldea, y su gente, y volvió. Esta vez para quedarse.


Pasaron los días, y regresó la luna llena. No sucedió nada, pero aún así, no pudo evitar el escalofrío cuando la vio por primera vez asomar en el cielo nocturno, pensando en si de nuevo se convertiría en una bestia ávida de sangre.


Fue entonces cuando recordó a Ariadna, y una horrible punzada en el corazón le recordó el amor desesperanzado que sentía por ella.


En vano se echó al monte todas aquellas noches, sigilosamente, para que no lo descubriesen, buscando indicios de la presencia de la joven, que ya debería sufrir la sed de la licantropía en sus carnes…


Tentado estuvo de acercarse a la cabaña de Calpurnia, a pesar de la gran distancia que supondría. Pero sabía que no sería bien recibido. Y temía a la vieja bruja demasiado como para contrariarla, ahora que conocía la enormidad de su poder.


Ariadna no apareció en ningún momento a su vista. Y él se preguntó si realmente habría sido capaz de dominar la maldición.


Los días seguían sucediéndose, lentamente, uno tras otro, sin recibir noticias, ni atreverse a ir a buscarlas.


Y entonces, una noche de luna llena, se reanudaron los ataques a víctimas inocentes en el bosque.


 

Denunciar contenidos

La maldición (XVII)

Esa noche sería la primera luna llena de aquel mes, así que el joven decidió quedarse escondido en el bosque, para ver si efectivamente ya no portaba la maldición.


Cuando la luna blanca y brillante comenzó a brillar en el cielo, saliendo a un claro, se expuso totalmente a ella, presa de tremenda ansiedad. Si Calpurnia le había engañado, lo pagaría, pensaba.


Sin embargo, sus temores fueron totalmente infundados, y por más que permaneció, y permaneció a la espera, expuesto a los rayos blancos y etéreos de la señora de la noche, no se transformó, ni sufrió cambio alguno en su mente ni en su cuerpo. Así pues, la vieja bruja no había mentido cuando dijo que podría librarle de la maldición. Lo había hecho. Lo había hecho muy bien.


Satisfecho y aliviado, se dejó caer junto al tronco de un árbol, y descansó, tras un suspiro.


Era libre. Ya no tenía la maldición. Y no volvería a tenerla. Podía regresar a su aldea. A su vida normal. Ser de nuevo él mismo.


“Ariadna”.


De pronto, volvió a pensar en la joven hechicera, y una punzada de inmenso dolor recorrió su pecho. Ella había pagado un precio muy alto, si ahora tenía la maldición, y el joven todavía no sabía bien por qué había hecho ella eso.


Una idea acudió a su cabeza. Era la primera noche de luna llena. Él ya no tenía la maldición. La cabaña todavía no quedaba muy lejos, así que decidió quedarse por la zona y espiar. Tal vez una joven loba saliese por primera vez de caza aquella noche…


Si era así, él quería verla.


Sin embargo, su espera fue en vano. En ningún momento apareció licántropa ninguna, y finalmente terminó por dormirse, con la decepción todavía latente.


A la mañana siguiente reanudó su viaje, resignado, y tras varias noches más, en que tampoco logró ver ni escuchar ningún aullido lupino, el joven, cansado física y anímicamente, pudo divisar su vieja casa familiar.


Justo en ese momento, su vieja madre salía por la puerta, con un cubo en sus manos.


Fue verlo, y pegar un chillido de alegría:


-¡Hijo!- gritó, y soltando su carga, echó a correr hacia él, precipitándose en sus brazos.


 

Denunciar contenidos
Artículos publicados: 179
1-2-3-4-5-siguiente



Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena

General 243 libros

Más 0 libros

mas 0 libros



Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad


2010 © librodearena.com