A oscuras.

El piso parecía estar contrayéndose a cada minuto de reloj. Lucía no sabía qué hacer, ni a qué habitación entrar, salir o quedarse. Iba del cuarto de baño a la cocina, de la cocina al dormitorio, del dormitorio al comedor y del comedor a la sala de estar. Y vuelta a empezar. Que estaba nerviosa era algo evidente, pero ella se preguntaba: ¿Había realmente motivos para tal nerviosismo? ¿No se habría precipitado al concertar aquella cita en un día tan señalado? Sin embargo, a pesar de sus 54 años, tenía la ilusión y la excitación propia de una adolescente principiante a la espera de su príncipe azul, o al menos, alguien con quien compartir sentimientos, alguien que la guiara en la oscuridad y le ofreciera su compañía -para juntos- poder contemplar el sol, la luna, las estrellas; la vida.
No muy lejos de allí, a escasamente media hora de camino, se encontraba Luis en circunstancias muy parecidas. Luis rondaba los 60 años. Había enviudado hacía 10 años. Tenía 2 hijos de los que no sabía nada y que desde la muerte de su esposa apenas si se interesaban por él. Alguna esporádica llamada telefónica y poco más. Luis sufría por esa circunstancia pero se negaba a mortificarse eternamente. Se había acostumbrado a domar la pesadumbre. Conoció a Lucía de forma casual. Fue en una cafetería del centro. Luis se encontraba en compañía de unos antiguos trabajadores de la fábrica, todos prejubilados como él, celebrando su encuentro anual. A la salida, quizás por la euforia animosa de un par de copas, tropezó con una mujer que entraba en la cafetería. Se disculpó educadamente, una y otra vez, quizás demasiadas veces, pero consiguió arrancar una preciosa sonrisa en el rostro de la desconocida. Posiblemente una cosa llevó a la otra, pero lo cierto fue, que al cabo de unos minutos, ambos compartían mesa, café y conversación. Pasaron dos meses hasta que volvieron a coincidir, y otra vez, casualidades del destino, también de forma fortuita. Premonición o necesidad, ninguno sabía a qué correspondía aquellos encuentros, pero lo cierto es que ninguno de los dos se sentía incómodo. Y siguieron viéndose, y siguieron participando juntos en animadas y agradables charlas. Allí, en una de esas conversaciones, surgió la idea de celebrar la cena de Nochebuena juntos.
Lucía miró el reloj. Las 6 de la tarde. Tenía tres horas por delante para seguir poniéndose (sin la menor duda) más y más nerviosa. Ella pensó que quizás un baño de agua caliente la relajaría. Pasados poco más de quince minutos el baño estaba preparado. Se desnudó casi con furia y se introdujo en la bañera. El calor del agua, la abundante espuma y el agradable olor a sales aromatizadas consiguieron calmarla. Recostó su cabeza y cerró los ojos; todo quedó a oscuras…
Cuando Lucía abrió los ojos tuvo la impresión de haber perdido la noción del tiempo. Oyó el timbre de la puerta y se apresuró a levantarse. Cogió su albornoz, se calzó unas zapatillas y acudió rauda a abrir la puerta. Allí estaba Luis, sonriente, elegante, más guapo y atractivo que nunca, extendiéndole un precioso ramo de rosas rojas. Lucía se disculpó por el retraso y acompañó a Luis al salón mientras ella se vestía para la cena. Ya en el dormitorio, se despojó del albornoz, se puso frente al armario y escogió el vestido más sensual. De pronto, su mirada se clavó en el espejo. Tras ella, inmóvil y visiblemente excitado, estaba Luis; observándola sin la menor discreción. Ella se giró bruscamente tapando con sus brazos parte de su cuerpo. Luis se acercaba lentamente, muy lentamente. La cogió entre sus brazos y la besó. Ella no le rechazó. Sintió como su cuerpo se estremecía al contacto de aquellos labios. La lengua de Luis exploraba su boca mientras sus manos acariciaban sus seños, sus nalgas y su preciosa intimidad. Luis la levanto con sus brazos con una suavidad extraordinaria. Ya en la cama, desnudos, Luis bebía la excitación de Lucía gota a gota. Su lengua buscaba los lugares más recónditos. Lucía gemía de placer. Los gritos apasionados de ella aconsejaban a Luis cuál debía ser el momento para poseerla. No había reglas. Tampoco control del tiempo ni de la mente. Todo debía hacerse con tranquilidad; sin prisas… Luis situó su miembro rozando sabiamente los labios genitales de ella. Lo agitaba lentamente al tiempo que su mirada se clavaba en el rostro de Lucía desencajado por el placer. Con suavidad, con ternura pero también con precisión, Luis realizó un movimiento hasta comprobar que estaba dentro de ella, que estaba con ella; en su interior. Y siguió moviéndose, lentamente, muy lentamente, arrancando placer de su cuerpo y más y más gemidos de pasión. Él pensó que había llegado el momento, el ansiado momento de acometer el acto sexual con ímpetu y furia. Lucía movía su cuerpo al compás de las arremetidas de Luis. Lucía sentía aquel miembro en plenitud dentro de ella y la estaba volviendo loca. Después, en pleno éxtasis, sintió aquel líquido caliente lanzado con fuerza sobre su jugosa cavidad. El intercambio de fluidos puso fin a su primera cita con el sexo. Justo ahí, en ese momento, todo volvió a quedar a oscuras…
Lucía se despertó cuando el agua de la bañera estaba ligeramente fría. El baño le había sentado muy bien. Se notaba relajada. Notaba una humedad interior nada habitual. Llevó sus dedos hacia su sexo y comprobó la enorme riqueza de su excitación. Y sonrió con la sonrisa cómplice de un bendito sueño. Eran poco más de las 7:15 de la tarde. Tenía tiempo. Comenzó a preocuparse cuando dieron las 10 de la noche y Luis no había aparecido. Quiso llamarlo pero desistió. Comió sola y después se acostó. A pesar del contratiempo Lucía se sentía feliz, inusualmente feliz.
Al día siguiente, el día de Navidad, y a primeras horas de la mañana, recibió una llamada telefónica anunciándole la muerte de Luis como consecuencia de un paro cardiaco. Todo volvió a quedar a oscuras.
