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EL QUIMERICOIMPACIENTE

Revistas Culturales


ALBERTINE Y EL AMOR...




"Una mañana, al entrar en la habitación del narrador, Albertine sintió por él un arrebato afectivo. Le dijo cuán inteligente era, y juraba que prefería morir antes que abandonarlo. Si le preguntásemos a Albertine a qué se debía tal arrebato de afecto, podemos imaginar que ella señalaría las cualidades intelectuales y espirituales de su amigo. Y seguramente la creeríamos ya que ésta es una de las interpretaciones dominantes de la sociedad en lo que concierne al origen de los sentimientos.
Sin embargo, Proust nos indica discretamente que la verdadera razón del amor que experimenta Albertine por su amigo está en su cara recién afeitada, en sus mejillas tan suaves al tacto. Deja entrever que la inteligencia del narrador tiene que ver más bien poco con este acceso de entusiasmo, y que si él decidiese no afeitarse nunca más, ella lo dejaría al día siguiente.
He aquí un pensamiento inoportuno. Nos gusta imaginar que el amor brota de fuentes más profundas. Albertine, evidentemente, negaría siempre con vehemencia haberse enamorado a causa de un afeitado perfecto. Nos acusaría de perversidad ante tal insinuación y cambiaría de conversación. Lo cual sería una lástima.(...)Si Albertine hubiera admitido que su reacciones demuestran simplemente que un sentimiento de amor puede tener fuentes de una increíble diversidad, ciertamente algunas más valiosas que otras, ella hubiera podido evaluar tranquilamente las bases de su relación e identificar el papel que ella hubiera deseado atribuirle al afeitado en su vida sentimental."




©Alain de Botton, "Cómo Proust puede cambiar tu vida",(1997)

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MIS MUERTOS.



Esta noche no dormiré. Platicaré largamente con mi amigo el llorado Evelio Capote, cubano, teósofo y escritor que falleció de leucemia en 1997 con apenas 34 años.Ahora descansa eternamente en Burelas(Lugo). Bueno, ahora mismo está de visita en mi cuarto,sentado en una especie de sillón Voltaire, y compartimos una botella de oporto y una lectura en voz alta de Los soñadores, ese gran relato de Karen Blixen(Isak Dinesen) incluído en sus Seven Gothic Tales. También anda por aquí mi abuela Flérida que ha venido directamente del cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, a prepararnos un buen fufú de plátano con chicharrones y un buen estofado de cerdo con kimbombó. Supongo que no faltará tampoco Ignacio Vázquez, poeta santiaguero, ilustre suicida que me inició en las lecturas de Ezra Pound y de Thomas Mann, aunque también logró convencerme sobre los indudables valores estético-terapeúticos de Sandunguera, una sabrosa guaracha de Los Van Van.
Caramba, se me olvidaba Judith,también viene Judith, no la que decapitó a Holofernes, sino la primera chica que mereció mi amor cuanto tenía siete años. Luego resultó ser una genio de las ciencias exactas, además de la tía más buena de todo el Instituto, pero desgraciamente murió en un accidente de tráfico con apenas 18 años. Para entonces me seguía haciendo el mismo caso que me dedicaba a los siete: ninguno. Aún así, nunca dejé de escribirle aquellos sonetos de amor,perdidos...
Ahora me voy, señoras y señores blogueros. Mi amigo Evelio quiere leerme también unas páginas de Isis sin Velo, de Helena Blavastky. Y mi abuela ya está protestando que se enfría el estofado de cerdo con kimbombó.
Buenas noches...



©Michael Bamford

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ALGUNAS PERLAS DE SCHOPENHAUER.




"Según Herodoto, lloraba Jerjes contemplando a su inmenso ejército, exclamando que dentro de cien años ningún soldado viviría.
Quién no lloraría al ver el inmenso catálogo de la librería de la feria de Leipzig pensando que de todos esos libros ya no vivirá ninguno después de cien años."


"En la vida sucede lo mismo que en la literatura: en todas partes se encuentra a la plebe incorregible que llena todo por legiones, ensuciándolo todo como las moscas en verano. De aquí un sinnúmero de libros malos, esta mala hierba de la literatura que quita la savia al trigo, ahogándolo. Absorben el tiempo, el dinero y la atención del público que pertenece por derecho propio a los libros buenos y sus nobles fines, mientras que los otros(los libros malos) están escritos con la única intención de producir dinero y procurar empleos. No son solamente inútiles sino positivamente perniciosos. Nueve décimas partes de toda nuestra literatura contemporánea no tiene otro fin que sacar de los bolsillos del público algunos táleros. Para esto se han conjurado autores, editores y críticos."


Por esto es importante conocer el arte de no leer. Consiste en no leer lo que preocupa momentáneamente al gran público como libelos políticos y eclesiásticos, novelas, poesías, etc... algunos de los cuales alcanzan varias ediciones.
Para leer lo bueno es necesario no leer lo malo, porque la vida es corta y el tiempo y las fuerzas, limitadas."




©Arthur Schopenhauer(1788-1860), tomado de Parerga y Paralipomena.


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UNO DE LOS MEJORES POEMAS DE PABLO NERUDA.

Personalmente, me gusta más el Neruda de las odas elementales, el poeta que le canta las pequeñas cosas como a un atún en el mercado, a un limón, a una naranja, a una ciruela, a una bicicleta, a un albañil, a un diente de cachalote, a un ramo de alhelíes, a un algarrobo muerto, al orégano...


ORÉGANO




Cuando aprendí con lentitud
a hablar
creo que ya aprendí la incoherencia:
no me entendía nadie, ni yo mismo,
y odié aquellas palabras
que me volvían siempre
al mismo pozo,
al pozo de mi ser aún oscuro,
aún traspasado de mi nacimiento,
hasta que me encontré sobre un andén
o en un campo recién estrenado
una palabra: orégano,
palabra que me desenredó
como sacándome de un laberinto.

No quise aprender más palabra alguna.

Quemé los diccionarios,
me encerré en esas sílabas cantoras,
retrospectivas, mágicas, silvestres,
y a todo grito por la orilla
de los ríos,
entre las afiladas espadañas
o en el cemento de la ciudadela,
en minas, oficinas y velorios,
yo masticaba mi palabra orégano
y era como si fuera una paloma
la que soltaba entre los ignorantes.

Qué olor a corazón temible,
qué olor a violetario verdadero,
y qué forma de párpado
para dormir cerrando los ojos:
la noche tiene orégano
y otras veces haciéndose revólver
me acompañó a pasear entre las fieras:
esa palabra defendió mis versos.

Un tarascón, unos colmillos (iban
sin duda a destrozarme)
los jabalíes y los cocodrilos:
entonces
saqué de mi bolsillo
mi estimable palabra:
orégano, grité con alegría,
blandiéndola en mi mano temblorosa.

Oh milagro, las fieras asustadas
me pidieron perdón y me pidieron
humildemente orégano.

Oh lepidóptero entre las palabras,
oh palabra helicóptero,
purísima y preñada
como una aparición sacerdotal
y cargada de aroma,
territorial como un leopardo negro,
fosforescente orégano
que me sirvió para no hablar con nadie,
y para aclarar mi destino
renunciando al alarde del discurso
con un secreto idioma, el del orégano.


©Pablo Neruda(1904-1973)




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UN POEMA DE LUIS ROGELIO NOGUERAS




ACERCA DE UN POEMA QUE LO HIZO INMORTAL.


I only wrote it for you and me
Billy Preston



En el sencillo lenguaje de la vida
él escribió un breve poema dedicado a tus ojos.
Ninguno de sus versos sobresaltaba por lo audaz;
no tenía giros deslumbrantes,
ni ideas originales,
ni artificiosos encabalgamientos.
Era, más bien, un poema levemente chapado a la antigua,
compuesto sólo para que tu lo leyeras,
con esos benditos ojos oscuros que provocan
estremecimientos,
y sobre los cuales, justamente, él hablaba en sus versos.

Pero un amigo le aseguró que había pasado por alto
la intensidad y la altura;
que no había tenido en cuenta
la función denotativa de las metáforas,
y, citando a Píndaro, le hizo valiosas sugerencias
para mejorar el final.
Otro descubrió confusión y redundancia
y hasta insinuó (con tacto, es cierto)
que el isomorfismo de algunos pasajes
era francamente de mal gusto,
y citando a Petrarca, le hizo modificar varias estrofas.
Otro más, blandiendo a Poe, se refirió al notorio desbalance entre forma y contenido,
y le hizo transferir el género a la especie (y viceversa).
No faltó quien le recordara
las opiniones de Platón sobre los poetas,
ni tampoco quien le exigiera, citando a Péret,
imágenes de un cierto sabor entre dadaísta y automático,
pero con un toque sutil de angustia pascaliana
ante la infinidad helada y silenciosa del Universo.
Y él cortó, cambió, agregó, modificó, suprimió, depuró, rimó, midió,
persiguiendo quedar bien con aquellos amigos
y con las ilustres autoridades que habían esgrimido,
pero también
con los que habían hecho mención
de Pound,
Pope,
Prudencio,
Proust
y el abate Prévost.
(Él no tuvo en cuenta, es justo reconocerlo, a quienes habían citado a Pemán, Pereda y Pérez de Ayala.
Los dioses los perdonen).

Por fin, la historia conocida:
El poema apareció en revistas y florilegios,
en periódicos y antologías.
Fue traducido a todos los idiomas
y por él recibió medallas, abrazos, distinciones.
Fueron pasando los años
y cultos profesores alemanes le dedicaron voluminosos estudios al poeta.
Finalmente, alguien murmuró, en tono circunspecto,
que ya era hora de que
se le otorgara ese premio sueco.
¡Y fue complacido!

Sí, parece que, después de todo,
resultó ser un gran poema.
Pero me consta que no eran ya más
los claros y sencillos versos dedicados a tus ojos,
escritos en el lenguaje de la vida
para que sólo tus bellos y oscuros ojos lo leyeran.
No era su poema.



LUIS ROGELIO NOGUERAS(La Habana, 1945-1985)


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LAS ISLAS, UN POEMA DE HILDA DOLITTLE.




LAS ISLAS.



¿Qué son las islas para mí?
¿Qué significa Grecia
o Rodas, Samos, Quíos?
¿Qué es Paros mirando hacia el oeste?
¿Qué es Creta?


¿Qué es Samotracia
emergiendo como un navío
o Imbros enfrentándose a las olas furiosas
con su regazo?


¿Qué son Naxos, Paros, Milos
o aquel círculo que a Licia rodea?
Qué son las blancas perlas
de las Cícladas?


¿Qué significa Grecia:
Esparta erguida como un roca,
Tebas, Atenas
o Corinto?
Qué es Euboia
con sus islas violetas
y su extenso verdor?
¿Qué es Euboia
con sus raudos cardúmenes?
¿Qué es Creta?


¿Qué son estas islas para mí?
¿Qué significa Grecia?


II

¿Qué puede ofrecerme el amor a esta tierra
que tú no me hayas dado?
¿Qué pueden saber los altos espartanos
o el afable vulgo del Atica?
¿Qué tiene Esparta y sus mujeres?
¿Qué son estas islas para mí
si tú te has perdido?
Naxos, Tinos, Andros
y Delos como un broche
de blancas perlas?


III

¿Qué puede ofrecerme el amor a esta tierra
que tú no me has dado?
Qué puede este amor a la discordia domar en mí
que tú no hayas domado?


Aunque Esparta irrumpa en Atenas
o Tebas destroze a Esparta,
y cada una sea voluble como el agua
o la sal inspirando terror
o quedando en ruinas.


IV

"¿Qué puede ofrecerme el amor a esta tierra
que tú no me hayas dado?"

Pregunté a los tirios
sentados en sus negros bajeles
pesando sus ricos paños.
Pregunté a los griegos
de los blancos navíos,
y a otros griegos cuyos barcos
encallaron en la arena húmeda
y escarlata...
Pregunté a los tirios astutos
y a los esbeltos griegos:
"¿Qué os has dado el amor a esta tierra?"
Y respondieron:
"Paz"


V.

Pero la belleza está aislada,
expulsada por el mar:
yerma roca,
la belleza yace
entre restos de navíos
sobre nuestra costa, la muerte
en los médanos, la muerte acecha
extendiéndonos sus garras
desde lo más profundo.


La belleza está aislada,
los vientos que azotan la playa
arremolinan la áspera arena
hacia arriba hacia las rocas.


La belleza está aislada
de las Islas
y de Grecia.


VI
En mi jardín
el viento ha golpeado
a mis lirios florecidos;
en mi jardín, la sal
ha marchitado los primeros
brotes de un joven narciso,
y de un jacinto minúsculo:
la sal furtivamente se ha deslizado
bajo las hojas del blanco jacinto.


VII

¿Qué son estas islas para mí
si tú te has perdido?
¿Qué significa Paros para mí
si tus ojos se alejan?
¿Qué significa Milos
si tú temes a la belleza
terrible, agonizante, arrinconada
como una roca baldía?


¿Qué es Rodas, Creta,
Paros mirando hacia el oeste?
¿Qué significa la blanca Imbros?


¿Qué son estas islas para mí
si tú dudas?
¿Qué significa Grecia si tú te alejas
del pavoroso
y frío esplendor del canto
y su inhóspito sacrificio?



©Hilda (Bethlehem,Pennsylvania,1886-1961)
tomado de su libro "Hymen"(London, The Egoist Press,1921)

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UN CUENTO DE VIRGINIA WOOLF(I).




LAPPIN Y LAPINOVA(PRIMERA PARTE)


Ya estaban casados. La marcha nupcial redobló su ritmo, las palomas zureaban. Niños vestidos con chaquetas de Eton arrojaban arroz; un fox-terrier retozaba a lo largo del camino,y Ernest Thorburn condujo a su flamante esposa hacia el coche atravesando una pequeña e inquisitiva multitud de esos desconocidos que siempre se reunen en Londres para disfrutar de la felicidad o la infelicidad de la gente. En verdad, el novio lucía hermoso y la novia más bien tímida. Los niños arrojaron más arroz hacia el coche que ya se alejaba.
Esto sucedió un martes. Ahora era sábado, y Rosalind aún no se había acostumbrado al hecho de ser la Señora de Ernest Thorburn. Talvez nunca llegue a habituarse al hecho de ser la señora-de-un- tal-Ernest, pensó ella al sentarse junto a la ventana de un hotel que ofrecía una hermosa vista del lago de las montañas, mientras esperaba a su esposo para bajar al desayuno.Ernest le resultaba un nombre complicado para acostumbrarse a él. No sería el nombre que ella hubiese elegido, más bien preferiría Timothy, Antony o Peter.Su esposo tampoco parecía llamarse Ernest. Este nombre sugería algo así como el Albert Memorial,gabinetes de caoba,grabados en metal del Príncipe Consorte junto a su familia o el salón-comedor de su suegra en Porchester Terrace, en definitiva.
Pero aquí está él: gracias a Dios no se parece a ese Ernest,no.¿A qué puede parecerse, entonces? Ella lo miraba de reojo. Bien, cuando muerde su tostada recuerda más bien a un conejo. Ninguna otra persona podría tener tal semejanza con un ser tan diminuto y tan tímido royendo sus piñones: un hombre musculoso con nariz recta, ojos azules y una boca bien firme.Todo esto se hacía cada vez más divertido. Su nariz se movía con un ligero tic nervioso al comer. Así actuaba su conejo doméstico. Se quedó contemplando el tic nervioso de su nariz, de modo que cuando él la pilló no tuvo más remedio que explicarle por qué sonreía.
"Es que me recuerdas a un conejo, Ernest"-dijo ella-"un conejo silvestre, un conejo de caza, el Rey de los Conejos, el conejo que hace las leyes para todos los conejos"-añadió mirándolo fijamente.

Ernest no puso ninguna objeción en ser esa clase de conejo y, desde entonces, ella siguió disfrutando con el tic nervioso de su nariz, aunque él nunca era consciente de tal movimiento espasmódico en su nariz. Ella reía y reía, y él se contagiaba,y las doncellas, el camarero suizo y hasta un pescador suponían que todo iba muy bien: eran muy felices. ¿Pero cuánto duraría esta felicidad?-se preguntaron, y cada uno respondió a esta pregunto de acuerdo a sus propias circunstancias.
A la hora de almorzar,fueron a sentarse sobre un matojo de brezo junto al lago:
"¿Quieres lechuga, conejo?-sugirió Rosalind, sosteniendo un trozo de lechuga salpicada de huevos duros. "Ven y tómala en mi mano"-dijo ella y él,desperezándose, mordisqueó la lechuga y agitó nerviosamente su nariz.
"Buen conejo, magnífico conejo"-dijo ella,acariciándolo, y terminó acustumbrándose a darle palmaditas a su conejo domesticado en la intimidad .Pero esto era absurdo: él no era un conejo domesticado, sea del tipo que sea. Tradujo la palabra al francés: "Lapin". Y así le llamó:
"Lapin"...pero tampoco le parecía un conejo francés, él seguía siendo simple y exclusivamente un conejo inglés, nacido en Porchester Terrace, educado en un colegio privado y ahora un funcionario del Servicio Civil de su Majestad. Intentó llamarlo "Bunny" pero resultaba peor. "Bunny" sugería más bien a una persona rechoncha, cómico y blandengue.El era delgado, serio y duro. Su nariz aún se agitaba nerviosamente: "Lappin"-exclamó ella de súbito y emitió un leve chillido como si hubiese encontrado, por fin, la palabra perfecta que tanto buscaba.
"Lappin,Lappin,Rey Lappin"-repetía, y la palabra efectivamente le venía bien: ya no era Ernest sino el Rey Lappin. ¿Por qué? Ella no lo sabía.
Cuando no había nada sobre qué conversar durante sus largos paseos bajo una lluvia que todos los lugareños habían pronosticado, o cuando yacían plácidamente junto al fuego al atardecer protegiéndose del frío. Cuando las doncellas ya se había retirado, y el camarero suizo sólo acudía si uno agitaba la campanilla, ella daba riendas sueltas a su imaginación con la historia de la tribu de los Lappin. En sus manos-ella cosía; él leía la prensa-aquellos seres se convertían en seres reales, vívidos, graciosos. Ernest apartó el periódico y la ayudó: habían conejos blancos y rojos; los conejos enemigos y los amigos. Allí estaban los bosques donde vivían, y las delineadas praderas y el pantano.Por encima de todo, estaba el Rey Lappin quien, lejos de sólo alardear de un sólo truco-ese truco de mover nerviosamente su nariz-se convirtió en un animal de gran carácter. Rosalind siempre encontraba nuevas cualidades en él. Más que nada, él era un magnífico cazador.
"¿Y qué ha hecho hoy el Rey?"-le preguntó Rosalind en el último día de su luna de miel.
De hecho, habían estado escalando durante todo el día, y le habían salido ampollas en los talones, pero ella no se refería a eso precisamente.
"Ho-oy"-dijo Ernest moviendo su nariz al mismo tiempo que mordía el cabillo de su tabaco-el Rey ha perseguido una liebre". A modo de pausa, encendió una cerilla y volvió a mover nerviosamente su nariz.
"Una liebre hembra"-añadió.
"¡Una liebre blanca!"-exclamó Rosalind como si ya contase con ello.
"No sería más bien una liebre pequeña, gris plateada y con ojos enormes y brillantes?"
"Sí"-respondió Ernest mirándola al mismo tiempo que ella lo miraba-"un animal pequeñísimo, con ojos saltones y sus patitas delanteras suspendidas." Así era exactamente como ella se sentaba con su tambor de bordar en las manos, y sus ojos grandes también brillaban y eran un tanto prominentes.
"Oh,es Lapinova"-murmuró Rosalind.
"-¿Así es como se llama la verdadera Rosalind?"-preguntó Ernest mirándola: sentía que la amaba profundamente.
"Sí, así es como se llama:Lapinova"-dijo Rosalind. Y esa noche, antes de irse a la cama, ya todo estaba claro: él era el Rey Lappin y ella era la Reina Lapinova. Uno era exactamente el opuesto del otro: él era valiente y resuelto. Ella era precavida e inspiraba poca confianza. El gobernaba sobre el mundo de los conejos-siempre-ocupados. En cambio,ella reinaba,bajo el resplandor de la luna,en un sitio lóbrego y misterioso. Así, con los territorios marcados,ellos eran los Monarcas del país de los conejos y liebres.
Cuando regresaron de su luna de miel, tomaron posesión de aquel mundo privado donde sólo habitaban conejos, además de una liebre blanca. Nadie podía suponer que existía tal lugar y esto hacía la cosa más divertida. Esto los hacía sentirse unidos-incluso más que la mayoría de los jóvenes recién casados-contra el resto del mundo. A veces, ellos se miraban mutuamente con socarronería cuando la gente hablaba sobre conejos, bosques, trampas, disparos. O intercambiaban guiños furtivamente en la mesa cuando la tía Mary decía que no soportaba ver a una liebre en un plato ya que le recordaba a un bebé. O cuando John, el atlético hermano de Ernest,les comentaba sobre los precios que alcanzarían los conejos este otoño en Wiltshire, tanto su carne como su piel. A veces, cuando necesitaban a un guardabosques, a un trampero o a un Lord of the Manor, disfrutaban repartiendo estas funciones entre sus amigos. La señora Reginald Thorburn, por ejemplo, servía perfectamente para ejercer como terrateniente o señora del Castillo.
Todo esto, sin embargo,era secreto, tenía que serlo; nadie, salvo ellos dos, podrían saber que ese mundo existía.
¿Sin ese mundo-se preguntó Rosalind- cómo podría ella soportar alguna vez la festividad por las bodas de oro de los Thorburn, con toda la familia reunida en Porchester Terrace para celebrar el cincuenta aniversario de una unión tan bendita-¿acaso no habían concebido a Ernest Thorburn?-y tan fructífera-¿acaso no habían producido en la faena a otros nueve hijos e hijas, muchos de ellos también dichosamente casados?. Ella temía a tal reunión, pero era inevitable.
Mientras subía las escaleras,se sentía como una niña, una huérfana, una gota insignificante entre tantos Thorburns reunidos en una gran sala de estar con sus paredes relucientes de papel satinado y los retratos familiares. Los Thorburns vivos se parecían mucho a los Thorburns pintados al óleo, con la diferencia de que sus labios sí eran reales, y soltaban chistes de colegial, chistes sobre cómo le retiraban la silla a la institutriz justo antes de sentarse o sobre cómo ponían sapos entre las sábanas impolutas de las criadas.Ella ,por su parte, nunca había hecho a nadie la petaca. Con el regalo en la mano, avanzó hacia su suegra que esplendía en su vestido de satén amarillo, y hacia su suegro que alardeaba de su enorme clavel amarillo. A su alrededor, sobre sillas y mesas, brillaban los dorados obsequios, algunos yacían en cojines acolchados; otros resplandecían ramificándose: palmatorias, cajas de tabaco, cadenas...cada uno estampado en oro auténtico y sólido con la firma del orfebre. Su regalo sólo consistía en una caja de alpaca con agujeros, una reliquia del siglo diecinueve que servía para espolvorear arena sobre la tinta húmeda. Un regalo más bien sin sentido, pensó, en la era del papel secante, y mientras cumplía tal ofrenda al mismo tiempo veía frente a ella la erizada caligrafía con la cual su suegra, al enterarse de su compromiso, expresó su esperanza de que "mi hijo te haga feliz". Miró hacia Ernest, tan firme como una varilla de acero y con una nariz tan parecida a todas las narices de los retratos familiares. Una nariz sin ningún tic nervioso.



©De la traducción: el Quimérico Impaciente, tomado de "Selected Short Stories", Penguin Classics,1993.

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UN DEPORTISTA EN LA CAMA, DE H. MICHAUX(fragmentos).




Ciertamente resulta extraño que yo, siempre burlándome del patinaje como de no sé qué(sin contrariarme, podría destrozar todos los patines de la superficie del globo y todos los instrumentos análogos) apenas cierro los ojos, veo una inmensa pista de patinaje.
Y con qué ardor patino! La superficie endurecida de las aguas está repleta de patinadores. Todos patinamos, sin descansar, con una alegría y un vigor extraordinario.
Al cabo de un rato, me voy alejando poco a poco gracias a la impresionante velocidad que nunca reduzco, los grupos de patinadores, cada vez menos numerosos, se van escalonando, esfumando a lo lejos. Yo avanzo solo sobre un río helado que atraviesa todo el país.
No es que busque distracciones en el paisaje. No. No me place más que avanzar rápidamente sobre aquella silenciosa vastedad flanqueada de tierras negras y ásperas, sin regresar nunca más. Patino a una velocidad prodigiosa y, por mucha que sea la frecuencia, por mucho que sea el tiempo que me lleve, no recuerdo haberme fatigado jamás. Qué ligereza de aquel hielo bajo mis patines veloces.



*


En el fondo, yo soy un deportista, un deportista en la cama. Para que me comprendan mejor: apenas cierro los ojos, héme aquí dispuesto. Si no patino, cabalgo sobre un caballo a grandes galopadas o hago interminables bureos en motocicleta.
Lo que me realiza como persona es el salto en el trampolín. No recuerdo haber visto nunca-ni siquiera en el cine-un salto tan perfecto como el que yo ejecuto. Mi salto es de tal desenvoltura que uno puede preguntarse si me arrastra algún peso considerable, misteriosamente oculto a la vista pero real, muy real y que me impulsa con la perfecta trayectoria de una flecha. Ah, no hay nada de pereza en mí en esos instantes.
En cuanto a los otros, los competidores, no existen con relación a mí. No puedo esconder la sonrisa cuando asisto- excepcionalmente me ocurre- a las competiciones deportivas. Los pequeños defectos en la ejecución del salto que no pueden ver los ojos del vulgo, inmediatamente llaman la atención del virtuoso, y no serán esos tipejos, esos TARADOS y demás quienes puedan batirme. Nunca serán competentes.
Volviendo a mis saltos de trampolín, difícilmente podría explicar su perfección. Para mí resultan tan naturales. Los trucos del oficio nunca me servirán de mucho ya que nunca he aprendido a nadar ni a tirarme al agua ni nada parecido. Preguntad al que bosteza cómo es que bosteza. No sabría explicarlo él mismo. Yo salto al agua como la sangre fluye por mis venas. ¡Oh, qué deslizamiento en el agua! ¡Qué admirable deslizamiento! Hasta uno duda en volver a la superficie, pero esto es como hablarle a la pared. ¿Quién de vosotros comprenderá jamás hasta que punto puedo circular en el agua como si fuese mi casa. Los verdaderos nadadores no saben que el agua moja. Los horizontes de la tierra firme les horroriza. Constantemente buscan volver al fondo de las aguas.

*

Quién-conociéndome-creerá que a mí me gusta la multitud. Sin embargo, mi anhelo secreto, al parecer, está siendo cercado. La noche siguiente, mi habitación silenciosa se inundó de todo un mundanal bullicio: los pasillos del hotel, tan apasible, se llenaron de gente que se cruzaban y entrecruzaban. Las escaleras superpobladas no podían más; el ascensor siempre estaba repleto, tanto a la bajada como a la subida. El hotel, siempre en calma chicha, bordoneaba de una intensa actividad. En el bulevar Edgard Quiner un tráfago jamás visto allí reverberaba: circulaban camiones, autobuses, coches, trailers de mercancías y, como si todo esto fuera poco, un enorme paquebote como el Normandie, aprovechando la oscuridad de la noche, ha venido a encallar, y millares de martillos golpeaban alegremente sobre su casco que demandaba ser reparado.
Desde mi ventana, una enorme chimenea vomitaba largamente penachos de humo. Todo respiraba la generosidad de las fuerzas de los elementos, de la raza humana en el trabajo.
En cuanto a mi habitación,siempre tan desnuda,unos tapices que descendieron del techo ahora le daban un aire de barracas de feria: las alamedas y todas las inmediaciones estaban cada vez más animadas por la gran multitud. Se podía hacer un simple gesto y uno se topaba con un brazo, un torso y, en fin, debido a la pobre iluminación y a la gran cantidad de hombres y mujeres que aborrecían de la soledad, no había más remedio que mezclarse con todo aquel batiburrillo tan denso, tan descomunal...Esto es la tribu, la tribu milagrosamente resucitada dentro de mi habitación, y el espiritu del dios de la tribu nos tiene a todos enlazados.


*


Voy río arriba. De pronto, veo que justo he llegado al límite de las cataratas. Ahí está la cascada.¡ Vaya altura!
Estremecido por la gran admiración he visto, al fin, algo inmenso. Exuberante naturaleza que tanto ha hecho remorderme.Me he redimido, por fin. Pocos metros antes de caer, el panorama que uno tenía de la llanura inmensamente baja era formidable. Y tal era mi regocijo que, verdaderamente clavado en mi lugar pese a la velocidad del agua que me arrastraba en su relampagueante caída, yo estaba siendo constantemente remontado por la admiración hacia la cima de la cascada.
Aquello colmó los ojos, los ojos de mi vida.
Lo que hay de extraordinario aquí no es si demoré tanto tiempo en caer o hasta donde caí, sino que todo transcurrió aproximadamente en cinco minutos, cinco minutos en los que cubrí mis ojos con las manos, entre dos llamadas de teléfono en la mesa de mi despacho.


©Henri Michaux(1899-1984)



(traducción personal basada en el texto original publicado por Gallimard)

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