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EL QUIMERICOIMPACIENTE

Revistas Culturales


PROUST, LOS HELADOS Y EL RITZ

Sin duda, un pasaje memorable en la gran novela de Proust es aquel donde Albertine fantasea sobre los helados en el hotel Ritz:



Mon Dieu, pero en el hotel Ritz temo que no encuentres columnas Vendôme de helados de chocolate y frambuesa, y entonces hacen falta varios para que parezcan columnas votivas o pilares elevados en un paseo a la gloria del Frescor.Hacen también obeliscos de frambuesa que se alzarán de tramo a tramo en el desierto ardiente de mi ser y cuyo granito rosa se fundirá en el fondo de mi garganta apagando su sed mejor que lo hiciera un oasis(...)Esos picos de hielo del Ritz parecen a veces el monte Rosa. Y al pie de mi medio helado amarillento de limón, veo muy bien postillones, viajeros, sillas de posta por las que mi lengua se encarga de hacer rodar unos aludes de nieve que se las tragarán(...)Y también me encargo de destruir con mis labios, columna por columna, esas iglesias venecianas de un pórfido que es fresa...Sí, todos esos monumentos pasarán de su lugar de piedra a mi pecho donde palpita ya su licuado frescor.



Más que una fantasía, es una sublimación de la felatio. Talvez algunas feministas radicales que desconozcan la vida y obra de Proust puedan pensar que se trata de un ejercicio puramente sexista, por mucha estética ruskiniana que lo ilumine. Se sorprenderán si digo que Albertine, en verdad, es una transferencia que hace Proust al convertir a un vulgar camarero suizo del Ritz en una de las heroínas literarias más famosas de todos los tiempos. Proust conoció a Henri Rochat-el camarero helvético-una noche que cenó allí con un apetito voraz e infrecuente: pidió pollo asado con asado con patatas, verdura fresca y una ensalada aliñada con vinagreta de cebollinos. De postre, Proust tomaba los célebres helados de Ritz que le sugería el maître del hotel. Normalmente, un helado de vainilla.



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http://santiagueroerrante.blogspot.com/2009/10/sin-duda-un-pasaje-memorable-en-la-gran.html

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OTRA VEZ LOS CABALLOS, OTRA VEZ...

 No pude evitar que irrumpieran en mi cuarto los caballos salvajes, transparentes.

"Te advertí que cerraras bien las ventanas y contraventanas"-le dije a mi mujer que, frente al espejo, se blanqueaba el cutis con una crema hedionda elaborada con excremento de ruiseñor. Aquella máscara de consistencia lunar, en contrapunto con su bata verde estampada de peonías amarillas, le daba el aspecto de una geisha que se acicala para una ceremonia del té.

Los caballos trotaban impunemente, galopaban en círculos, relinchaban, resoplaban sus belfos, corcoveaban, sudaban sus ijares, sus grupas.Caballos de todos los colores y razas. Por más que intentaba espantarlos, atizarlos con el látigo de mi súplica, seguían dando vueltas y vueltas por toda la habitación sin ni siquiera rozar la cama, las cortinas, la mesa con el televisor y el buda obeso de jade.

En realidad, sabía bien que resultaba inútil cerrar ventanas, puertas, las trampillas del sótano y el desván: de todas formas entrarían los caballos salvajes con la misma impunidad del polvo y las moscas.

Mi mujer seguía retocándose su máscara de crema hedionda y al mismo tiempo protestaba:

"Otra vez tú con esos malditos caballos...Yo no los veo por ninguna parte. De veras que lo intento para creerte, pero nunca los veo ni los oigo, aunque si quieres traigo de la cocina unos kilos de zanahoria y manzanas, je,je.

"No sirve, no sirve...sólo se alimentan de palabras. Me paso horas y horas hablando con ellos o leyendo en voz alta para satisfacer su hambre de palabras...Sobre todo les encanta la Eneida de Virgilio, los poemas de Teócrito y las Odas elementales de Pablo Neruda. Detestan las novelas de cualquier tipo.Y mis poemas no pueden ni olerlos. Al parecer son caballos acostumbrados a beber en las fuentes purísimas de Aganipe y de Hipocrene.

"Empiezan a caerme bien tus caballos mentales.

"No son mentales, son reales. ¿No escuchas cómo resuenan sus cascos sobre el parquet? ¿No te parece como el agua de una cascada rompiendo sobre un cúmulo de estrellas de la Vía Láctea?

"Yo sólo escucho el ruido de la lluvia sobre los tejados, y el ronroneo de la gata en el sofá.



A medianoche- no sé por dónde- se marcharon sin dejar huellas.

Se esfumaron con el último acorde de la lluvia en los cristales.

Me tomé las pastillas, pero apenas lograba dormirme. No podía soportar la peste de aquella crema de excremento de ruiseñor que anulaba cualquier intento de gozosa intimidad.

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PIEDRAS DE GALLO

Uno se pregunta: ¿se dopaban los atletas griegos en los Juegos Olímpicos de la Antigüedad?



Resulta difícil saberlo. Desde luego, los griegos no desconocían drogas estimulantes y analgésicos narcóticos procedentes de la sabia naturaleza, aunque sí los agentes anabólicos, claro está. Tampoco existían los jugosos premios en metálico que hoy cobran los deportistas de élite por competir y ganar una medalla de oro. En aquellos tiempos se contentaban con el honor y la gloria. Materialmente sólo recibían como premio un objeto símbolico: en los comienzos, una manzana; luego una rama de olivo, coronas de laurel, ramas de palmera, una cinta de lana en la frente.



Sin embargo, Plinio el Viejo, en su Historia Natural, se refiere a un atleta griego que no era trigo limpio: se trata de Milón de Crotona, un auténtico cachas luchador que en los Juegos Olímpicos ganó 32 veces la corona de laurel. Cuenta una leyenda que era capaz de caminar un buen tramo con un buey a sus espaldas, y luego matarlo de un puñetazo.



Pues bien, dice Plinio el Viejo que Milón siempre salía vencedor en los combates gracias a las alectorias, unas piedras que se encuentran en el estómago de los gallos y tienen un aspecto cristalino y el tamaño de un haba. No explica de qué modo la consumía o la utilizaba como sustancia dopante.



Parece que, en Olimpia, el Honor y la Gloria bien valían unas "piedras de gallo", los esteroides de la época.

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"LA REINA DESALMADA" DE CHANTAL THOMAS.

La Revolución Burguesa de 1789, orgullo nacional de los franceses con su lema "Liberté, Fraternité, Egalité", en realidad tuvo un carácter xenófobo y misógeno.

Los franceses no soportaban que una reina austríaca, con su fuego uterino cual Heliogábalo en faldas, pusiera en duda la virilidad de los galos.

Fue una Revolución contra los afeminados y las tortilleras de Versalles. Así lo sugiere Chantal Thomas en su lúcido ensayo sobre Maria Antonieta*:

"No se puede tomar a la ligera el libertinaje de la esposa de Luis XVI, ya que pisotea el pudor sagrado de las mujeres, su vocación reproductora, y pone en cuestión, a través del ridículo de un rey cornudo, la dignidad de todos los machos del reino.La superpotencia sexual de Maria Antonieta tiene como contrapartida la nulidad del rey."

"La reina se muestra mujer, y por lo tanto impura, hasta el final. Durante las últimas semanas de cautividad en la prisión del Temple, padece menstruaciones interminables. Victima de constantes hemorragias, desgarra sus vestidos sin que la tela le alcance para empapar su sangre. Si la Revolución representa el principio masculino, la reina encarna el principio femenino. El sangriento estandarte de su roja cabellera es también el emblema de la religión de los menstruos."

"Ella(Maria Antonieta) es el personaje fabuloso de una imaginería del mal tanto más convincente cuanto que  se asocia de manera espontánea los desaguisados de un régimen político con los vicios eternos de la mujer."

"Si Maria Antonieta-que por sí sola representa la Hidra del ancien régime-es un mito consistente, una imagen obsesiva, es porque encarna un espanto todavía más oscuro: el de la castración."

"Maria Antonieta, en oposición al ideal viril tan caro a la imaginería de la Revolución, representa un principio de afeminamiento."

La erotómana, la extranjera Reina odiaba a los franceses "viriles" representados en las feas figuras burguesas de Danton, Marat, Robespierre...Es curioso, pero uno de los grandes héroes de aquella Revolución, el general corso Napoleón Bonaparte, terminó siendo un Emperador engañado por una "viciosa criolla"de Martinica.

Napoleón, al final de su existencia, también odió tanto a los franceses que siempre soñó con hacerles el mayor daño posible.

Aún así, lo han convertido en su héroe nacional.

La Revolución Francesa de 1789 destronó a un Rey Cornudo y anafrodita, y a una Reina austríaca e incestuosa que adoraba las plumas y las orgías sin freno en el Trianon.

La sangre que derramó la cabeza guillotinada de Maria Antonieta fue algo así como el producto de una excitación nacional, simbólica eyaculación de un pueblo reprimido y humillado por una archiduquesa de Habsburgo que(sabiendo de la carestía del trigo y la harina) lo mandó a comer pasteles.









*"La Reine Scélérate", de Chantal Thomas,Editions du Seuil, 1989.

 

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AULO GELIO, NOCHES ATICAS, LIBRO 4, XIII...

 


"Es una creencia muy extendida que un hombre atormentado por un ataque de ciática siente que la violencia de su mal disminuye si alguien, a su lado, toca una flauta con acordes dulces y melodiosos. Ultimamente, he leído en Teofrasto que también suelen curarse las mordeduras de serpientes con la música que extrae de su instrumento un flautista virtuoso. Demócrito, más o menos, se refiere a la misma cosa en su tratado sobre la peste y las epidemias pestilenciales. Para muchas enfermedades-dice Demócrito-los acordes de una flauta han resultado ser un remedio soberano, porque en el caso específico del hombre la afinidad que existe entre el cuerpo y el alma es tan grande que los mismos remedios que curan los males de uno, corrigen los vicios de la otra."

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NERON Y LA PIEDRA DE ESMERALDA.

Un espejo o más bien

una esmeralda refleja

la ciudad en llamas furibundas

como las aguas del Tirreno

la ira del Vesuvio.



Arde Roma: las siete colinas,

Los Pórticos, el Circo Máximo.

Arden la Subura bulliciosa,

el Argilentum y el Velabrum,

el Templo del Buen Suceso,

los jardines del Tíber...



El César todo lo contempla

a través de una esmeralda

que le sirve de espejo.

Bebe vino espumoso

en una copa de mirra,

y al son de una cítara griega

declama el "Iliupersis".

Sonríe al ver la Eterna Ciudad

consumida en verdes

y efímeras llamas.



Ebrio de vino y púberes mudos

en duermevela relame

los dedos rosados de la aurora

que ya el humo ennegrece.



La escítica esmeralda sólo refleja

un bostezo de Emperador cansado,

el mal augurio de un lobo al amanecer

comiendo cenizas en las manos de Juno.

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LA DIETA DE AUDREY HEPBURN

Sobre la delgadez de Audrey Hepburn siempre me han contado leyendas, sobre todo que se alimentaba únicamente de ensaladas y yogures. Por eso no es de extrañar que se haya convertido en una diosa importante en la religión de las anoréxicas y bulímicas. Es el cuerpo ideal que sueñan tener todas las adolescentes idiotizadas por la publicidad televisiva y la pasarela Cibeles.

Paradójicamente, Audrey no soportaba ver a personas pasando hambre(en sus últimos años de vida fue Embajadora de la UNICEF y trabajó en países como Somalia y Bangladesh), sobre todo porque ella misma la sufrió severamente durante los años de la II Guerra Mundial, justo cuando era apenas una niña y vió cómo sus hermanos comían galletas de perro, bulbos de tulipán para sobrevivir. En aquellos años el pan era verde porque la única harina disponible estaba hecha de guisantes. Audrey le contaba a su hijo que se pasaba todo el día leyendo para no sentir hambre.

¿Pero qué comía realmente Audrey Hepburn? ¿Cuáles eran sus habitos alimentarios?

Según cuenta en su libro Sean Hepburn Ferrer, hijo mayor de la actriz, sus hábitos eran sencillos y comía una cantidad normal.

Le encantaba la pasta una vez al día, pero no la combinaba con proteínas. En aquellos días no sabíamos nada sobre combinaciones de alimentos, así que ella lo hacía de un modo natural. Tomaba pasta y una ensalada, y sólo se servía una vez. Con el paso de los años comía menos y menos carne, pero no era vegetariana. No comía ternera por cuestiones humanitarias, pero sí comía una cantidad limitada de carne vacuno, pollo y pescado. Era muy buena cocinera, y también creía que las combinaciones de color de los alimentos que había en el plato eran importantes. Éste era el modo en que diseñaba una dieta sana: con un poco de estilo y combinación de colores...

¿Su plato favorito?

Spaguettis al pomodoro, aunque no del modo clásico sino del modo Hepburn:

Pelaba y cortaba en dados una cebolla pequeña, dos dientes de ajo, dos zanahorias, dos troncos de apio. Lo colocaba todo en una olla. Añadía dos latas grandes de pelati italiano o tomates Roma pelados y medio ramillete de hojas frescas de albahaca. Añadía un buen chorrito de aceite de oliva y dejaba cocer a fuego lento durante 45 minutos. Pasado ese tiempo, apagaba el fuego y dejaba reposar durante 15 minutos. Lo servía sobre la pasta cocinada al dente con una cantidad generosa de parmesano fresco(Reggiano) y la otra mitad de la albahaca bien lavada y cortada con tijeras en una taza o vaso para evitar que se estropee o ennegrezca.

Audrey prefería la comida italiana porque todo se preparaba al momento, "a diferencia de la cocina francesa, que fue diseñada para enormes séquitos reales y usaba salsas muy cremosas para ocultar la falta de frescura".

La mítica actriz tenía también una versión propia del pesto italiano, que se prepara con albahaca en un mortero con gran cantidad de aceite de oliva y ajo, además de piñones y parmesano: tomaba un gran ramillete de perejil italiano y un gran ramillete de albahaca. Lo mezclaba todo con un diente de ajo y luego añadía una taza de leche, un largo chorrito del mejor aceite de oliva virgen y un buen trozo de parmesano. Mezclar hasta que quede cremoso. Añadir más leche para mantener la salsa suficientemente líquida.



Por último, he aquí la receta de su aliño favorito para ensaladas:



90% de vinagre de vino de arroz sazonado, 10% de aceite de oliva, un largo chorro de salsa de soja baja en sodio y pimienta triturada al gusto.



Según Sean Hepburn, su madre no tomaba nunca tentempiés, pero cuando se decidía por un postre tenía que ser dulce. Le encantaba una bola de helado de vainilla con un chorrito de jarabe de arce. Y a menudo tomaba un trozo de chocolate porque, según ella, ahuyentaba la depresión.





© "Audrey Hepburn, un espiritu elegante", de Sean Hepburn Ferrer.

Libros Cúpula, 2009, 235 páginas.

(Con muchas fotos y documentos inéditos del patrimonio familiar.)






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