No me pidas aquello que sabes que no puedo darte.
No me pidas que renuncie a ti;
Tú, que lo has sido todo;
que anidaste dentro de mí;
que te clavaste como una espina
que no sólo me negué a quitar,
sino que incluso yo mismo hinqué más profundo,
hasta que, encallecida, se fundió con mis propias carnes.
No me pidas, por tanto, que renuncie a ti;
Tú, que has sido cada latido de mi corazón,
la sangre que con febril galope cabalgaba por mis venas,
mi voz y mi pensamiento,
y cada uno de los sueños que visitaban mi nocturna alcoba.
Por eso, no me pidas que renuncie a ti;
pues sería como renunciar a mi propia existencia.
Denunciar contenidos
Dime, ¿a qué vienes,
cuando ya tenía olvidado tu recuerdo?
¿Por qué regresas ahora,
cuando ya te había borrado de mi memoria?
Hacía largo tiempo que renuncié a ti;
que, dándote por difunta, enterré tu cuerpo
bajo el polvo de los años acumulados;
que desterré tu presencia al exilio del nunca jamás…
Y, sin embargo, hoy vuelves a mí;
como una aparición fantasmagórica
o la de un resucitado;
para torturarme, en alguna suerte de venganza,
ofreciéndome aquello que una vez perdí.
Denunciar contenidos
Dormida en un lecho de loto yace, apacible,
aquella que eclipsa las estrellas con el brillo de sus ojos
y acalla a los propios Gandharvas con la musicalidad de su sonrisa.
Su pecho, cálido como una noche de estío,
se mece, acompasado, al ritmo de su dulce aliento,
mientras sus aceitunados brazos descansan, con grácil languidez,
reposados sobre su vientre.
Despierto, en un lecho de lotos, yazgo apesadumbrado,
pues contemplando a aquella que avergüenza a la luna de su reflejo
cuando se asoma a las aguas del estanque
y embriaga a las propias flores con la fragancia de su perfume,
temo haber caído presa de Maya o de algún sueño perverso;
entonces, miro la marca bermeja sobre la raya de su pelo
-la misma que adorna mi frente-,
y de mis labios, colmados de dicha, se escucha:
“¡Que vivas mucho tiempo!¡Bendito como me has hecho!”
Denunciar contenidos
Sé que ya te he visto antes.
Perdona, pero no reconozco tu nombre ni tu rostro;
pues no pude ver tu cara ni fuimos presentados.
Aún así, sé que ya te he visto antes,
aunque no pueda reconocer
las ondulaciones de tus cabellos,
ni el fragante aroma que de ellos emanaban,
pues el velo los mantenía ocultos,
ensombreciéndolos.
Y a pesar de todo, sé que ya te he visto antes.
Me lo dice el grácil tintineo de las ajorcas
que adornan tus tobillos.
Denunciar contenidos