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ENLABASÍLICA

Confesiones irreverentes de una santa herética


Un tiempo sin aristas

Hoy, Job (Disparos en el vacío) nos ha dejado un post precioso sobre la relatividad del tiempo. Como todo es relativo, aunque él dice que no es poeta y que no es capaz de trenzar palabras a ritmo de verso, yo opino lo contrario, y a las pruebas me remito.


Me ha gustado tanto su texto que, con la misma temática de su prosa poética (y robándole la primera frase), ha surgido este poema. Dos formas de plasmar lo dúctil de la cuarta dimensión.


Perdona, mi querido JOB, que haya destripado, de tal forma, tu idea.


 



(foto propia, tomada en el lago de Bañolas)


 


Un tiempo sin aristas


 


Cuando estoy contigo,

las horas silban corcheas

entre los pliegues del aire que nos circunda,

interpretando un vals que no se aviene al silencio

y que no entiende ni de ajados pretéritos

ni de más futuro que el que se cimenta en verbenas

y en caricias.

Cuando estoy contigo,

los segundos entonan un versículo sin medida,

tejido con filamentos de sol y filigranas de luna

y que nos anega en el agasajo de un beso.

Cuando estoy contigo,

acallan sus voces los relojes

y las manecillas se rebelan contra la dictadura del tiempo,

  en la placidez serena del abrazo.



Y es que, cuando estoy contigo,

el tiempo promete ascendernos al Olimpo,

donde compartir ambrosía con los dioses

en un banquete sin aristas;

promete hacernos arcanos con privilegios en la piel;

promete mermeladas y merengues en cada alborada

y fuegos de artificio en el declinar de cada tarde

para ser agua, fuego, nieve y rosas,

en una conjugación eterna con lo infinito;

promete el deshielo de la distancia

y el crepitar amable

de la madera del ahora mismo,

del ya, del instante

que se consume, indubitadamente, en el hogar

al ritmo adormilado de un sueño.



Cuando estoy contigo,

la entrega se hace presente

y, en un refulgir de carantoñas,

somos dos, aún cuando no somos más que uno:

Tú y yo









 

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en los recodos de la basílica

Hace tiempo, pero bastante tiempo, un amigo de los que solían acercarse por mis letras -ahora mismo ya no importa quién, hace muchísimo que dejó estas arenas-, me preguntó que ocultaban los muros de mi basílica. Le contesté en su blog y me pidió que publicara un post con mi comentario que, en sus palabras, no en las mías, le había parecido muy hermoso. En su día, efectivamente, confeccioné el post con la respuesta que había dado a mi amigo. Hoy, releyéndolo, no he podido menos que reconvertirlo en un poema.


Es casi un manifiesto. El manifiesto de enlabasílica.


 



EN LOS RECODOS DE LA BASÍLICA.




En los recodos ocultos de esta basílica

puede ser que se hallen,

entre arrullos de cera y caricias de incienso,

las lágrimas de mil Verónicas

-aunque no enjuguen rostro amado alguno-;

el arduo peregrinar de un Moisés

-perdido en la febrícula de algún desierto sin nombre-

al que no le es dado pisar la tierra que le fuera prometida;

una pasión que no ha de forjarse en ninguna fragua del averno;

una zarza que no arde y que no acalla dudas, ni infringe temores;

  las tentaciones susurradas por algún angel caído

-eso sí, sumidas en el silencio de los muros impertérritos-;

las llagas del Cristo, surcadas en años de martirio;

y la esperanza de un Lázaro que se levante de su sueño eterno...



No quisiera, sin embargo, en ella,

ni por treinta monedas,

ni por mil y una más,

el ósculo innoble que envilece.

Tampoco quiero una mano que alce el látigo

con el que infringir castigo sobre alguna espalda inocente

-o culpable-,

ni la ira para desalojar fariseos de su atrio.



¡NO!, no quiero vilezas en mi templo,

ni cortinajes escritos en venganza, en miedo o en rabias,

ni puertas que, con sangre de sacrificio cruento,

alejen a ningún ángel exterminador,

porque lo que no quiero,

a mis puertas,

es la cólera de ese ángel,

ni el frenesí de algún Herodes que,

propiciador de un infanticidio cruel,

se bañe en su propia bilis.



¡NO!, No quiero miserias,

ni quiero gritos de culpable.

No quiero Torquemadas que espanten a mis herejes,

ni quiero inquisiciones por la espalda...



En las sombras de la basílica quiero paz,

quiero silencio

y quiero un rincón amable

donde susurrar palabras de amor a algún santo yacente...



Porque no se oculta nada en esta basílica,

tan sólo es sujeto y objeto

de su propio recogimiento

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Sedas en la memoria


 (fotografía: cortesía de Manuel Adelantado Iglesias)


 


Sedas en la memoria


 


Engarzas abalorios de cristal alba

entre suspiros de seda;

tejes redecillas de nieve

con el mosaico de tus lágrimas

para esparcirlas, luego, al viento

en arreboles y verbenas de magenta y añil;

acompasas sueños núbiles

al ritmo leve, teñido en rimas,

de un vals cansino y oxidado:

el baile perenne que dibuja,

en la parquet de nuestra realidad,

un paisaje de espumas y pretéritos

y que nos devuelve a la arcadia del vacío

en un juego de mutismo y ausencias.



Pasas de puntillas sobre los relojes,

rodeada de una pátina de ácaros

y un arcón de recuerdos.


Y es que eres el silbo quedo de los hombres,

la brisa anclada en murmullos de edredón,

el lamento por los días extraviados

y la memoria de todos los tiempos.

Perla en el olvido de algún rincón indómito,

nos regalas, perdida en brumas,

el más fiel testigo de la historia
.

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TOQUILLA DE ESTRELLAS


 


TOQUILLA DE ESTRELLAS


 


En la quietud de las horas,

cuando el negro acalla los ecos

en sueños de plenilunio,

y la tibieza de las mil libélulas de la noche

adormece los sentidos,

unos ojos niños claman farolas

para aliviar la ingravidez del silencio

y , en un aplauso de truenos,

destilar cristales de luz

en una algarabía de rojos, verdes, azules y violetas.

Medusas de pétalos y candelas

cubren la bóveda celeste

con la indecencia de tentáculos y arpegios

confeccionando, en destellos,

una toquilla de estrellas.

 

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Neones en tu faz

Si en el úlitmo post que os dejé (NO ESTAMOS JUGANDO AL SCATERGORY) le dedicaba a Susi Graña unas palabras de aliento, ante la evidencia de la desidia que la justicia demuestra frente a los dolorosos e indignantes casos de acoso laboral;  hoy, a Pili, psicóloga en un geriátrico de Lugo, y víctima de la crueldad de sus acosadores, le dedico este poema.


 


STOP AL ACOSO.


 



 


NEONES EN TU FAZ


 


¡Levántate!


No les concedas ni un instante del gozo


que quisieran disfrutar en tu fracaso


 


Átate guirnaldas a los ojos


y nenúfares en los pliegues de las lágrimas;


vístete de tules y de albricias


y, si es preciso, desempolva miriñaques


en el quicio de tu compostura,


y sal a comerte el mundo de un bocado.


 


Que los cuervos no vean otra cosa que neones en tu faz


y el decidido arranque de brea en las huellas de tus pisadas;


que no puedan adivinar, siquiera, que en tus zapatos


sólo hubo tempestades.


 


No les repartas ni un sólo as en esta partida


en la que las apuestas han de acabar en tu mano


y siémbrales con las esquirlas de tu silencio.


La mirada al frente


y el orgullo tan alto


como alta es tu razón y justa tu batalla.


 


Y ellos, que traguen la indiferencia


de la sal de sus pestañas.


 


 

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NO ESTAMOS JUGANDO AL SCATERGORY


 


Hoy, una compañera mía en la Asociación Gallega contra el acoso moral en el trabajo (a la que ambas pertenecemos, por motivos obvios), ha recibido la notificiación de la sentencia que desestima sus justas pretensiones contra sus acosadores. Es más, de alguna manera, la sentencia la "castiga" como culpable de acoso, a ella misma. Es una vergüenza que sonroja a propios y a extraños como se mira para otro lado en los casos de acoso laboral. Lo mismo ocurría hace unos años con la violencia en el seno familiar. Lo que pasa es que en este segundo caso las víctimas han acabado, muchas veces, con sus huesos bajo tierra, y en el acoso laboral la violencia suele ser meramente psíquica, que no deja "marcas", o al menos, no las deja visibles en la piel, pues sí que las deja en el alma y por ello, nadie quiere hacerse eco de una lacra que , sin embargo, amenaza con envenenar todo el entramado laboral. Cada día, los casos de mobbing son más y más comunes. NO miremos a otro lado.


Por ella, por Susi, hoy recupero este artículo que publiqué, en su día, cuando trabajaba como colaboradora semanal en el Diario de Ferrol.


¡Suerte, Susi!. Nos sabes contigo. 


 


NO ESTAMOS JUGANDO AL SCATERGORY


 


Convivimos con lo indigno, con lo mediocre, con lo vergonzoso y vergonzante, con lo estúpido, con lo repulsivo y alineante; convivimos con las miserias más grandes y nos vamos acostumbrando a ellas. Podríamos decir que vamos creando “callo” ante hechos que se convierten en “normales” y  aceptados como inevitables. El ser humano se hace a todo, se acomoda a todo. Sí, en nuestro acomodo llegamos a aceptar “barco como animal acuático o pulpo como animal de compañía”. Lo triste del caso es que no estamos jugando al “scatergory”.


  En este aceptar cualquier cosa que se repita con la intensidad suficiente para acostumbrarnos a su presencia, hemos ido permitiendo que la violencia se acomode, se instale entre nosotros de forma alarmante y se convierta en un referente de comportamiento. Hemos dado por inamovible que el hombre es un animal violento y las conductas violentas, ya sean directas o subliminales, subyacen en todos los aspectos de nuestra vida. Hay una trivialización creciente de ella, hecho más que patente en el aumento desmedido de conductas de acoso –en el trabajo, escolar…-  que empiezan a convertirse en el pan nuestro de cada día. Se excusa al violento en contra del violentado, al que, con toda seguridad, se tacha de débil o enfermizo, restando importancia a los hechos violentos con la justificación de que es preciso curtirse.


  La propagación del éxito fácil, a cualquier precio, la creciente rivalidad y competitividad desmedida, la justificación de cualquier medio como válido para conseguir un fin, el descrédito, la necesidad de poder, se convierten en el caldo de cultivo más idóneo para la proliferación irremediable de la violencia. A esto podemos añadir los modelos predominantes: hemos equiparado el concepto de triunfador con el de “duro”, “metrosexual” de fornido pecho, animal de gimnasio de fuertes bíceps y desarrollados abdominales,; ejecutivo agresivo, sin escrúpulos. Hemos establecido imágenes de poderío que, evidentemente, sólo pueden indicar poder. Y hemos equiparado triunfo con poder, de forma que sólo lo entendemos desde ese prisma. El débil es, a priori, un fracasado. ¡Ni Arnold Schwarzenegger ni Bruce Willis hubieran llegado a nada si hubieran sido unos “nenazas”!.


 ¡El menú está servido! ¡y en bandeja!. Y ese ejemplo cunde. Así, desde la más tierna infancia, los chavales asimilan que han de manifestarse poderosos, bravucones; identificando con debilidad las conductas que se alejen de esos patrones. Lo dicho, el “debilucho” no tiene cabida. El éxito es de los intrépidos, de los valientes, de los fornidos, de los fuertes.  El niño tranquilo, obediente, responsable, estudioso, educado, apacible… tiene todas las papeletas para convertirse en carne de cañón, en objeto de burlas y escarnios, de humillaciones eso sí, con el beneplácito y aquiescencia del grupo que, seguramente, se convertirá en “clá” del acosador o acosadores. Muchos se darán la vuelta ante el tema, trivializándolo: “son cosas de chavales”, “la vida no es fácil, hay que irse haciendo a ello”, “es bueno que aprenda a defenderse”… Y esta conducta, la del volver la cara, hace más daño que el propio hecho lesivo. Sobre todo cuando proviene de los que tienen en sus manos poner freno, parar el despropósito. Es la constatación patente de que se justifica la violencia, de que no pasa nada por ser violento. El tolerar este tipo de actitudes es “normalizarlas”, aceptarlas como válidas, como adecuadas, es instalarlas definitivamente, incorporarlas a nuestra vida, dándoles carta blanca.


 Somos todos culpables, en alguna medida, de cada uno de los actos violentos que nos rodean, por no denunciarlos, por no pararlos, por consentirlos, aplaudirlos, justificarlos, por obviarlos. Somos culpables, la mayor parte de las veces, por omisión. Permitimos, y con ello favorecemos el crecimiento desmesurado de actitudes a todas luces “perversas”. Pero somos culpables, sobre todo, por habernos instalado en la violencia, por normalizarla, por incorporarla constantemente a nuestras vidas. Como en el scatergory, ¿aceptaremos “pulpo como animal de compañía”?


 


 


 

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la oquedad


(Nota: la fotografía ha sido tomada por un estimado amigo: Manuel Adelantado Iglesias)


 


LA OQUEDAD


En la oquedad que los sueños rotos

han ido dejando en mi memoria

transita una suerte de néctar;

una savia que lubrica el tronco carcomido

por los silencios

y que alimenta una esperanza

traducida en la promesa

-aún no conclusa- de tus labios,

en el manjar de tu beso

y en el silbo de aleluyas que, otrora,

me regaló tu abrazo

cuando, comensales a la mesa de los dioses,

festejábamos nuestro primer ágape de amor.



La corteza ajada de mi piel

no puede olvidar que, de tu boca,

aún está por llegar la caricia más dulce.


 


 

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