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ENLABASÍLICA

Confesiones irreverentes de una santa herética


DUELEN LOS INVIERNOS


 


 


Aún hace frío,


¡demasiado frío!


Un  hálito insalubre que envenena la sangre


y entumece un corazón en tiritonas de ausencia  


tiñe las horas de blanco, en desidia.


Aún es invierno en la piel,


aunque ya anuncian primaveras los almendros


y cantan madrigales, entre algodones, los cerezos.


 


Duelen los inviernos


Duelen más ahora, cuando la esperanza trina en albas,


cuando los campos despiertan amarillos en ranúnculos


y el encinar se engalana de malvas en violetas y aquilegias.


Duelen más ahora, cuando el ánimo enlutado


sigue tiznando, en carbones, los "quizá"


y se mancha, en marengos, a la espera de "tal vez mañana".


Duelen los pesebres henchidos de mansos retoños


cuando no germinan más que lóbregas noches de entuertos.


 


Duelen los días al sol,


cuando una niebla glacial se arrastra


y penetra entre los goznes de puertas y ventanas.


Duelen las aguas raudas de los torrentes


que, intrépidos, desbrozan lechos entre rocas,


cuando los aljibes se llenan de humus y verdines


y se pudren en cianofíceas sus aguas.


Duele el invierno cuando la canícula no se asienta


a pesar de que los trinos comiencen a adornar las auroras.


 


Duele... ¡Duele el invierno que nunca acaba!

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CARONTE


 


CARONTE





Un día más,

como ayer,

como hoy,

como siempre.




En el eterno devenir, 

la Estigia es el espejo silente

en la suerte del barquero

Remar, remar, remar

¡Remar!

Ni el óbolo que arranca de las mismas bocas infaustas

que acallan sus días,

da sentido a la penuria de la eternidad

¡Lágrimas de hiel y azufre

para satisfacer el sueño perpetuo!



Engendrado en un incesto de noche y sombra,

aliado en cunas con Hypnos y Thánatos

y criado en lágrimas en el mismo seno de  tinieblas

en que mamaron la angustia y la venganza;

del regalo de su triste esfinge

ya ni Chronos ha de apiadarse.

Sólo el silencio le compensa de la penumbra

que, en vorágine de semen y sangre,

escupe, en su pecado, la boca hirsuta de todos los dioses.



Pena, encadenado a la suerte de un batel

en el centro mismo de la nada,

con la evidencia del desaliento y la congoja

como único pasaje en su fúnebre derrota;

  a paletadas infinitas arrastra su ánimo maltrecho

en el castigo de la eternidad,

mientras que sella un destino exento de retorno,

sin más espera que la lástima del pecio de un naufragio

o las  puertas mismas  del Averno.



La memoria de Caronte

es la memoria de los hombres;

pero no recuerda respuestas

a los porqués del tiempo,

sólo la compañía de pasajeros mudos,

cautivos sin redención.

La Parcas, y el mismo Hades,

han sellado los labios, eternamente,

antes incluso de cortar el fino hilo que los ataba al éter



Y el barquero, arcana memoria del pasado,

sólo rema y rema y rema...

en la angustia heróica

de un sino irrenunciable

No podrá, Caronte, acompañarlos a la última morada

condenado, como está, para siempre,

a seguir remando

 

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ÉXODO


 


ÉXODO


 


En la nostalgia de mi viaje al edén de la noche


volví los ojos a poniente


mientras me laceraban, en lágrimas,


los silencios que llevaba dentro


 


Quise hallarme entre mis propias huellas


aunque, estúpidamente,


escapaba de mí misma


en una confusión de multitudes,


arañando mi tosco afán


con un despliegue de manos lujuriosas


y de mezquindades.


 


Un gélido suspiro,


que de tan frío dijérase brasa,


atravesó mi propósito,


tiñendo en  surcos impíos de congoja


mis añiles, otrora esperanzados en magentas,


y, tras el humear de ese glacial desconsuelo,


tristemente amordazados en grises


 


Descubrí, oculto en un bramido de esquelas,


la quietud del tiempo en barbecho.


Me sobraron entonces


los abrigos de cieno y lodo,


los abrazos en celofán


y los aplausos en falsete


 


En el mutismo de mi espacio fragmentado


el enemigo no vestía galas de sol,


sino el frac negro de la indiferencia


y el  profundo escote de viento


de quién no es más que una efímera sombra


¡Porque, en realidad,


en esa ceremonia de cristales rotos,


 yo era mi enemigo!


 


Emprendí un éxodo redentor


que prometía horizontes de sílice


donde sólo había plásticos enlutados


de noches muertas;


y, en el camino,


sacudiéndome la caspa


de mi propia necedad,


desde la pequeñez de mis proclamas,


la luz se hizo adviento


y me encontré a mi misma.


 


En la nostalgia del viaje de regreso desde el edén de la noche


volví la vista a levante


y los silencios que llevaba dentro


estallaron en sonrisas


 


Y entonces, sólo entonces,


pude verte.

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Círculo vicioso

Ando yo estos días dándo vueltas y vueltas a la filosofía. Y es que me tiene "envuelta" el argumento circular. Y claro, no salgo del círculo


El argumento circular (círculo vicioso) nos sitúa en el que la evidencia de una proposición contiene esa misma proposición. Presentamos una aserción y la defendemos mediante elementos base de esa proposición original. Algo así como ¿por qué podemos ver a traves del cristal? Porque es transparente ¿Y por qué es transparente? Porque podemos ver a través de él...


PUes asi ando yo con mis ganas de dejar esto y el no poder hacerlo porque si lo hago ¡cómo me voy a quejar de no dejarlo!.


En fin, que esto sólo era la introdución para dejaros, a continuación, un pequeño chiste que me ha hecho mucha gracia y es muy significativo respecto a esto que he dicho antes, el argumento circular, del que no es posible salir pues nos lleva, permanentemente, al principio de argumentación. Este chiste está tomado de un libro que, desde mi humilde perspectiva, me gustaría aconsejaros pues es divertido y didáctico a la vez. El título tiene el orignal título de : "Platón y un ornitorrinco entran en un bar" (de Thomas Carhcart y DAniel Klein) y pretende presentarnos principios filosóficos desde la ironía y el chiste, facilidando, de forma tan gráfica y cercana, la comprensión del esos principios, en sí, infinitamente más complejos. 


Tiene gracia el título en castellano, ciertamente, pero el primer chiste del libro es sú título original, en inglés: "Plato and Platypus walk into a bar", con un doble simbolismos, tanto semántico, como formal,  en esa duplicidad nominal.  El otro día, mi estimado amigo Canario_13, en algún comentario a algún post que no recuerdo, me anunció (eso sí lo recuerdo) la segunda parte de tan divertido paseo por la filosofía, "Aristóteles y un armadillo van a la capital". Sin duda, y así que pueda, me agenciaré con un ejemplar.


Pero no me enrollo más, yo sólo quería dejar el chiste y que cada quién saque sus propias conclusiones:


 



Era otoño, y los indios de una remota reserva preguntaron a su nuevo Jefe si el próximo invierno iba a ser frío o apacible. Dado que el Jefe había sido educado en una sociedad moderna, no conocía los viejos trucos indios. Así que, cuando miró el cielo, se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo.


De cualquier manera, para no parecer dubitativo, respondió que el invierno iba a ser verdaderamente frío, y que los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados. No obstante, como también era un dirigente práctico, a los pocos días tuvo la aldea de telefonear al Servicio Nacional de Meteorología.


- ¿El próximo invierno será muy frío? (preguntó).


- Sí, parece que el próximo invierno será bastante frío (respondió el meteorólogo de guardia).


De modo que el Jefe volvió con su gente y les dijo que se pusieran a juntar todavía más leña, para estar aún más preparados.


Una semana después, el Jefe llamó otra vez al Servicio Nacional de Meteorología y preguntó:


- ¿Será un invierno muy frío?


- Sí (respondió el meteorólogo) va a ser un invierno muy frío.


Honestamente preocupado por su gente, el Jefe volvió al campamento y ordenó a sus hermanos que recogiesen toda la leña posible, ya que parecía que el invierno iba a ser verdaderamente crudo.


Dos semanas más tarde, el Jefe llamó nuevamente al Servicio Nacional de Meteorología:


- ¿Están ustedes absolutamente seguros de que el próximo invierno habrá de ser muy frío?


- Absolutamente, sin duda alguna (respondió el meteorólogo) va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido.


- ¿Y cómo pueden estar ustedes tan seguros?


- Coño, ¡pues porque los indios están recogiendo leña como locos!



 



Os dejo, también, algunas imágenes que, una vez más, valen más que mil palabras, sobre el tema:





 

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UN POEMA EN TU PIEL


 


 


UN POEMA EN TU PIEL


 


 


Si un deseo, en el murmullo de un sueño, me rogaras


te contaría  que soñé escribirte, en el pecho, un poema.


 


Te narraría como, en mi anhelo,


corrieron libres mis manos por la arena limpia del cuero de tu piel


dejando huella impresa en estrofas de caricia y roce tibio,


Arrullaría tu vientre en una pleamar de abrazos,


de suspiros y caracolas


y conjugaría, nuestra noche, en un aplauso de versos.


 


Aspiraría, en tu aliento, un susurro de rimas


al amparo de la lírica de tu boca


y robaría el  pudor de tus  mejillas


dibujando, con mis labios,


los tuyos de grana y melaza


en la melodía, inconclusa, de un beso


 


Perfilaría, en tu cuerpo, predicados que nos llevaran al alba,


perdidos en la fuerza hercúlea del abrazo.


Llenaría, en un instante, tu cielo y el mío


de fuegos de artificio y  pugnas de luz y candelas


mientras nos perderíamos en la memoria eterna de un soneto


 


Consagraría en tu busto el sendero de mi mano y de mi boca,


vereda inexplorada y canto de esperanza y aleluyas.


 


Hoy, el camino está por hacer, entre un poema y un sueño.


 

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CAMINOS


 


CAMINOS


Has andado el camino con cicatrices de hambre

y retumbar de pesados sopores en las botas.

Un camino que se anuncia entre estrépitos de soledad

y timbales de angustia;

limitado en zarzas de hastío

y en el que el viajero apenas cuenta

con carámbanos de hiel triste y amarga

y con ausencias en su zurrón, espeso de tiempos muertos.



Un camino que sólo tiene una seña:

la del anhelo en lo que fue,

sin miras para el qué será;

y que esconde, en melancolías, las esperas sin futuro.

Un camino urdido en asperezas,

con la meta puesta en una línea que no se afianza en el horizonte,

sino en el hueco del alma exánime del viajero que lo transita



Tal vez, en algún impensado requiebro,

se eleve sobre las cortezas de tan dolientes augurios

y alguna guirnalda de luz temple cordura

en el ramaje cerrado de su suerte,

regalando perspectivas.



¿Pudiera ser, acaso, factible

-contra todo pronóstico-, 

retomar las fuentes y allanar senderos?



Has andado un camino con cicatrices de hambre...

pero va tocando ya cambiar las botas

 

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DOS AÑOS EN LA BASÍLICA. UN PASEO PARA EL RECUERDO

 



 


Hace hoy, exactamente, dos años que colgué mi primer post en este libro de arena que, desde aquel momento, se convirtió, sin lugar a dudas, en mi lugar de referencia, en mi casa, en mi espacio. 


Dos años fructíferos, sin duda, en los que, además del enriquecimiento a nivel literario, he ido recolectando muchas más cosas. Y sobre todo, le debo a libro de arena amigos muy, muy especiales. Dos años de irreverencias, de herejías, de tristezas y sonrisas, de lágrimas y abiertas y sinceras carcajadas, de días limpios y días oscuros, de mirar horizontes y llorar por caminos que se dejan atrás, pero sobre todo, dos años de creación literaria y de buenos amigos.


Hoy que hago memoria no puedo dejar de derramar lágrimas por muchos de los que me faltan, de los que perdí su rastro y de aquellos que, aunque alejados de este espacio, siguen estando en mis afectos.


Son tantos que numerarlos sería injusto, siempre me quedaría gente en el tintero. Sin embargo, no pudo evitar hacerlo y, asumiendo el riesgo de quedarme muy corta, rememoro a gente que ya no está como mi muy apreciada Firmin, Hechi, Jucar, Princesawallada, Vagabunda, mi buen Ioda, Tarasia, Teresis, Zarza, mi querido Robert, Argia, el loquito Mykel, mi hermanito de letras Azules, mi muy efímero confesiones demenciales, planeta Disten, performance, mi muy apreciado pseudopoeta, aquella serpiente que se me clavó por dolorosa su vida y que olvidó volver a reptar por estas arenas, mi docto sofóclex, incluso, quién lo diría, el rabioso Daven, mi estimadísimo Carlos Reyes, mi amiguísimo Pepe Cercas, o el no menos querido Lobolejano....  NI qué decir tiene lo que echo en falta, aunque sé que volverá pronto, a mi gabacho prefe, Lesdammesfrançaises...


Pero me estoy poniendo triste, y aún quedan muchos más en el tintero. 


Otros vuelven, de vez en cuando, como la mejor pluma de todo libro de arena, Preludio, o la siempre bienrecibida Sortilegios y Memorias, o ese río que corre siempre libre, mi querido Toni, o mi querido Turista muy Ocasional, Fhh, mi buen Toral... también son varios los que me faltan con demasiada frecuencia.


Sobre los que están, ¡qué decir!. Ellos siguen ilusionando mis visitas a libro de arena y siguen dando calor a este espacio. Son muchos, aquí si que el ejercicio de nostalgia y el paseo por sus nombres, me lo voy a ahorrar, están aquí y aqui los sigo visitando. Aunque es cierto que entre ellos hay personas muy, muy, muy especiales para mí. Ellos ya lo saben, tampoco hace falta que me ponga a recordarlos. Sin embargo, no quiero dejar este post de aniversario sin mi especial abrazo a tres de ellos, por la amistad tan especial que me brindan y el aprecio tan lleno y sincero que les tengo: Esa isla Barataria, que tan importante es para mí; la voz crítica más crítica y más amable de libro de arena,  mi muy sentido Joaquín Julio (!Ay, mi querido duque!);  y una luz intensa y limpia, muy intensa y muy limpia,  mi queridísimo Job. Aunque sólo fuera por ellos tres y  su aprecio, LDA habría valido la pena.


Os dejo, una vez más, pero con aire nuevo, así como con las aportaciones que he ido sumando, inspiradas en el relato incial, aquel primer post que dio nombre y sentido a este espacio, a mi blog:  EN LA BASÍLICA


 


OS QUIERO A TODOS.


 





 


 


1.- En la Basílica


 



El templo estaba prácticamente a oscuras. Sólo las danzantes llamas de las velas iluminaban ligeramente la estancia, con una tenue luz que proyectaba, ampliadas, las largas y zascandileantes sombras de todos los santos que se apostaban en las hornacinas que por doquier saturaban las paredes del recinto, uniéndose todas ellas, en su baile, en un beatífico abrazo que disipaba los contornos de las cosas, produciendo una sensación casi fantasmagórica. Todo se mantenía en pesado silencio. Sólo el ligero crepitar de las tímidas llamas, el perdido crujir de alguna gastada madera y los apagados pasos de algún curioso roedor que se adentrara en el templo buscando, acaso, un refugio.



Olía intensamente a incienso y cera. Se confundían estos olores con los penetrantes y enmohecidos regustos de humedades en la piedra, que exhalaban con ellos los recuerdos de tantas plegarias, homilías, salmos y sermones.



Hacía frío; Las inmensas naves no podían retener el calor que no existía en el santo aposento. En un lugar de oración y penitencia cabe esperar el sacrificio y ¿Qué mayor sacrificio, para el orante, que ofrecer el frío intenso que sufre a la divinidad? Mejor eso, en cualquier caso, que el terrible cilicio o el flagelo.



Eso, al menos, pensaba aquella figura que se escondía en una de las muchas capillas laterales; en aquella, la más pequeña, siempre a oscuras, donde nadie osaba encender nunca una vela, y en la cual ningún exvoto recordaba que aquel santo recibiera adoración alguna.



Un santo yacente, olvidado, un santo innómine, que no merecía siquiera un exvotario o un triste cirial. La tímida presencia del yacente y un simple reclinatorio por todo adorno; por no haber, no había en la estancia ni cepillo



Sin embargo, para Eva, aquella capilla ejercía una atracción enfermiza. Se acercaba a ella todas las mañanas, cuando nadie visitaba el templo o, como mucho, alguna vieja beata que con monótona letanía adormecía más la estancia, En silencio se arrodillaba en el único reclinatorio, y cerraba los ojos, con devoción, sumiéndose en un estado de éxtasis acompasado por el rítmico vaivén de su cuerpo.



Nadie que la conociera bien podría imaginar qué la llevaba a aquel rincón y qué la sumía en aquel estado pues, lejos de beaterías, era una mujer de mundo, activa, dinámica, simpática y cordial; su vida se fugaba entre circunstancias absolutamente mundanas, ante las que se rendía sin oponer lucha alguna. Agnóstica y un tanto despechada con tantos mitos vanos y creencias impuestas, su postura herética era bien conocida por todos aquellos que la trataban.



Pero allí estaba, día tras día, sumida en un arrebato místico que ni ella misma entendía.





Todo empezó semanas atrás:



Durante algún tiempo solía pasear por un adormecido barrio que se le antojaba encantador y cuyas calles confluían en una pequeña placita presidida por un bello templo de porte elegante y de formas sencillas al que todos se referían como "la basílica". Frente al templo, un recogido y acogedor café se convirtió, cada día, en visita obligada. Allí, donde no conocía a nadie y nadie podía reconocerla, invertía un par de horas diarias meditando y garabateando folios en blanco con ideas para su próxima novela. El éxito aún no le había sonreído de forma definitiva en su quehacer literario, no obstante, contaba con algún premio en su cartera, lo que, desde luego, le animaba a perseverar en la compleja labor de escritora.



Un buen día, al poco tiempo de frecuentar aquel café, un joven apuesto de mirada enigmática y atractiva con el que ya se había cruzado alguna vez junto a las escaleras que daban acceso a la iglesia, se sentó en una mesa próxima a la que solía ocupar Eva. En el preciso momento en que se cruzaron sus ojos, sus miradas se contaron las historias de sus vidas y ese sólo instante fue suficiente para saber que de allí ya no saldrían como entraron.



Eva saboreó su delicioso café, celebrando el olor penetrante que desprendía, con la mirada perdida o, talvez, atrapada en los ojos que ya no miraba.



Él, inquieto, extrajo unos folios del interior de su cartera y los extendió sobre la mesa con gesto nervioso e impreciso. Comenzó a emborronar sobre el papel palabras inconexas evitando levantar la mirada.



El tiempo galopaba al mismo ritmo trepidante que los corazones desbocados de aquellos desconocidos.



Vestía un día luminoso y la brisa revoltosa se entretenía descontando de los árboles las últimas hojas secas con que tapizar una mullida alfombra sepia sobre el adoquinado de la plaza. Despertaba la mañana una alegre cancioncilla infantil, procedente de un grupo de niños que jugaban próximos, con notas que salpicaban el deambular pesado y abstraído de Eva hasta el momento preciso en que indisciplinada pelota la rescataba de sus ensoñaciones.



Cuando una interminable lista de actividades cotidianas habían consumido el resto del día y, recibiendo la noche, sentada frente a su escritorio, su pluma cedíó ante una imaginación desbordada de la que surgieron las más bellas historias.



A la mañana siguiente, cuando él llegó, no habían pasado más de unos minutos en que ella se había reunido con la humeante taza de café. Otra vez, se cruzaron los ojos, apartando tímidamente las miradas que volvían a buscarse tercas y furtivas.



Así transcurrían los días en que ella adivinaba cada palabra que él garabateaba mientras él arrebataba de sus labios, sorbo a sorbo, el café que ella degustaba.



Sin saber cómo ni por qué, se encontraron sentados en la misma mesa y charlando de mil trivialidades. Salieron juntos del café, trenzadas las manos en las cinturas y, sin otra voluntad que satisfacer el deseo que nacía impetuoso, se fundieron en un apasionado abrazo como preludio del mágico beso que se regalaron.



Apenas dieron tiempo a cerrar la puerta de la casa de Eva para que las manos buscaran y encontraran acomodo en el otro, mientras las bocas se abandonaban en un renovado beso. A cada caricia siguió otra caricia, y a cada beso, otro beso, en una danza sin pausas al ritmo que marcaban los encendidos corazones. Fuegos de artificio iluminaron el cielo en el que se perdieron, mientras torrentes desbocados de deseos corrieron por sus cuerpos. En un momento se pararon todos los relojes y el tiempo les permitió sentir eterno el gozo que les embargaba.



Sudorosos y agotados los cuerpos, jadeantes aún las respiraciones, acelerados los pulsos y satisfechas las ansias; permanecieron abrazados durante mucho tiempo más recreando la mente en el éxtasis alcanzado. Fuentes de besos tiernos y dulces fueron entonces sus bocas, y entre susurros, se musitaron palabras de amor.



"¿Te volveré a ver mañana?", preguntó Eva en un suspiro. Una lágrima cristalina asomó tímida y corrió lenta por la mejilla del joven que, quebrada su voz, dejó caer sobre Eva una enigmática frase "Mañana ya no te tendré, ya no te soñaré como te he soñado, como te he visto. Debo volver a mi realidad".



Ella no acertó a comprender aquellas palabras que, sin embargo, quedaron impresas en su mente y que adivinó definitivas. Mientras un llanto incontenible la sumía en el silencio más duro y pesado, él fue vistiéndose lentamente, sin dejar de acariciarla.



Días después, sin poder acallar la nostalgia que la afligía ni entender realmente aquellas palabras que la atenazaban a un dolor asfixiante, recogió de su buzón un misal en cuya contraportada aparecía, emborronado, un mensaje:



"Te añoro. Te querré siempre. Te esperaré todas las mañanas en la hornacina donde yace el santo sin nombre"



 




2.- Eva. Irreverencias


 


Por un segundo he leído tus poemas según la posición de tus dedos. Por un segundo mis ojos han sentido intensamente un iris de luz nueva en ellos.



Apenas una décima de segundo me bastó para saber que te acercarías a mi mesa y que tus palabras me llevarían a tus brazos. Y que el amargo café que dejaba en aquella mesa nunca más podría ser consumido por mis labios. Quedaron presos en una boca que prometía el infinito.



No más de un instante sentí tu cuerpo junto al mío. Y sentí que no podría pararlo. Que el propio deseo sería más fuerte que la oportunidad de arrepentirme y escapar de la locura que me devoraba.



Pero el instante se convirtió en tiempo indefinido. Y sin saber qué manos me abrazaban ni qué boca investigaba mis misterios, me abandoné al deseo. Manos de poemas y besos de epopeyas plagaron mi cuerpo, mientras mi prosa corría ávida por tus rincones. Tus rimas recorrieron mi pecho que, excitado, se ofreció, solícito. Tus metáforas se pararon en mi vientre que tembló, impreciso. Una estrofa de pasión siguió bajando y, como corola que ante el sol se abriera presta, cedí ante tu pluma de poeta y permití tu paso por mis letras. Y corrieron, los verbos, por nuestros cuerpos; los predicados que exhalábamos marcaban un ritmo preciso y acompasado de pasiones. Cerré los ojos para ampliar las sensaciones y el mundo desapareció, de pronto. NO había más que un par de palabras que lo llenaban todo, susurradas suavemente, dulcemente, entre tu pelo y el mío, "te quiero". Y, acallándose el silencio más aún, en ese instante en que el cielo se abrió para escucharnos, un sutil suspiro lleno de sensaciones perfumó el aire. Y expiró de inmediato mientras nos fundíamos en el fuego del beso más deseado. ¿Estaban nuestras lenguas, acaso, confirmando que éramos, por nuestro propio desacato, reos de muerte, sentenciados?



Abrí los ojos, nueva. Nuevo era todo desde ese instante. Nuevo mi cuerpo que vibraba ante el literario escenario del amor. Miré a mi lado y … ¡no había nadie!.



Te había soñado.



Tal vez, sólo tal vez, en esta ocasión, fuéramos indultados. La guillotina no caería sobre nuestras cabezas. Sólo había sido soñado...



Pero las sábanas guardaban el secreto. Ellas se apropiaron de nosotros y nuestra estela de amor quedó impresa, para confirmar mi sueño. La prueba la guardo yo. Sólo yo conozco este relato. Sólo yo he sentido tus palabras como saetas ardientes en mi sexo. Te guardaré el secreto.








 

3.- Anatemas en la piedra


 


La piedra me devuelve



el eco oscuro de tus pasos;




pasos que se pierden y laceran




lo más profundo del templo




Un gélido dolor recorre




las aristas de los capiteles




y estremece, los muros y las torres,




el lamento hiriente del badajo








Bronces al viento,




piedra llorando musgos en barbecho,




letanía de versos,




baile de luces y sombras




con regusto a sándalo y a incienso








Preciso el latido profundo




del santo dormido




en algún rincón de la girola;




sangre en los poros,




suspiros rotos en las vidrieras,.




lamentos y ausencia




en los perfiles del alba.








Cadencias de cópula




en el estridente llanto de los santos,




oscuros presagios de más llantos




(acaso la esperanza dormida




buscando anatemas en la piedra)













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PARA TÍ


 


PARA TI




Dejé libre la ilusión de mi boca

al amparo de los vientos, en la noche,

esperando que, al menos, el poniente

me otorgará el favor de aproximártela

y sellara, con un beso de amapola,

el infinito aprecio que, en mí haber, te aguarda.



Dejé volar retazos de luz y fantasía

en caravanas de aves migratorias

y, en un festín de primaveras,

exorcicé mi abrazo

para que, rompiendo eneros,

atravesara el éter

y, en tu abrazo, se fundiese



Dejé escapar suspiros no nacidos,

entregados a una marea de añiles

esperando que, del azul de mi mirada,

se tiñera el iris de tu ojos

y, estallando en turquesas,

nos sembrara de salitre y caracolas



Dejé franca la palabra

sonriendo entre cascadas de versos

para que la hicieras tuya

y, en la algarabía de tinta que derramo,

germinara, en susurros y ambar,

la caricia del poema que hoy, te dedico.

 






 


Para tí, porque eres luz

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