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Mil razones para alzar la pluma


LA CARA OSCURA DEL BRILLO (II)



Carlos, encerrado en su despacho, jugueteaba con un abrecartas de plata, macerando, amasando y diseccionando aquella despedida que le había relatado Luís: la misma que obtuvo él tras aquella discusión hacía cinco años. Frente a él, desde la vitrina custodiada por una veintena de archivadores beig y crudos, a juego con el roble del mobiliario, sus cinco hijos y 15 nietos parecían reunidos para deliberación de urgencia.
?¿Cómo fue capaz esa ?Doña Nadie? de desafiarme? ? cuestionó a la mujer madura que le sonreía desde un rincón de la mesa rodeaba de un marco italiano.
El empresario ?ya en edad de jubilarse? no estaba acostumbrado a que le rebatieran nada. Había heredado de su madre una empresa enfocada a la soldadura que compartió durante años el mercado con Olaikon. Ocupaba un sector fructífero y el devenir prometía despreocupación. Pero su sosiego se ahogó con la intrusión de Rebeca y sus compinches. Ella había arrastrado a su amante para amargarle la vejez actuando a sus espaldas. Habían mordido la mano que les daba de comer y, ahora, se quedaba con otro de sus clientes de cuenta millonaria por su culpa. ¿Hasta donde llegarían? Tenía que parar aquello, detenerla a toda costa. Para conseguirlo había pensado en Luís, su amigo. En realidad toda la amistad que le unía a Luís eran unas cuantas cenas y charlas de negocios sumadas a la atención que éste le otorgó al comprobar que era cuñado de Vicente Aprieto: el constructor que le regaló su primer maletín de cuero. Aquel maletín de cuero relleno de estampitas azules con la cara del príncipe de Asturias que consiguió que el despacho de Luís concediera a Construcciones Aprieto la adjudicación de aquella obra, tan millonaria como inútil para la opinión general, con la que se paralizó el trafico de la ciudad durante meses.
Nunca le había mencionado a Luís esa cuestión. Sólo se encargó desde un principio de que no olvidara la estrecha relación que mantenía con su cuñado. Así paralizaría los proyectos de Rebeca hasta desgastarla y podría recuperar mercado. Rebeca era muy lista, pero no se movía por esos círculos. No tenía porqué entrever conexión alguna entre ellos. Ni siquiera tenía porqué intuir a Luís como el culpable de sus males. Sólo se enfurecería contra el sistema, pero? ¿Qué podía hacer contra ellos?
«Se dará por vencida. No lo va a tener fácil. Si, ha sido una buena idea para quitarme de encima esa amenaza», se convencía a si mismo acariciando el borde de la copa de brandy de doce años incluido en el último aguinaldo recibido desde el ayuntamiento con tarjeta de Luís.
***
En su pequeño despacho de Sorigar, un encapuchado apresaba con fuerza las muñecas de Rebeca. Se había defendido como una Jabata, pero aquel hombre tenía demasiada fuerza. Apisonaba con ahínco el tacón de aguja de su bota con la aspiración de clavarlo en el empeine de su agresor. Ansiaba hacerle daño, anhelaba destrozárselo, deseaba dejarlo cojo. Cuanto más miraba a Yako, con la cabeza destrozada con un palo de golf, más crecía en sus entrañas el impulso por mutilarlo.
En el forcejeo, liberó un brazo y clavo sus uñas en las partes blandas de aquel cuerpo robusto. En aquellos momentos se hizo evidente el chiste fácil sobre el timón de la voluntad de los hombres. Con un aullido quebrado, el opresor se encorvó olvidando su presa. Así, David escapó de Goliat interponiendo entre ellos la mesa de metacrilato donde varios proyectos reposaban en un organizado desorden.
La sombra anónima consiguió reducirla y atarla a su silla de trabajo. Las persianas estaban cerradas y, a esas horas, nadie los oiría. ¡Qué importaba! No apreciaba dolor en las muñecas heridas por los cables usados. No le importaba lo que pudiera ocurrir dos segundos más tarde. Su único ahínco era alcanzarlo un instante. Que experimentara una milésima del desgarro que los golpes descargados contra Yako le habían producido.
Yako, su fiel negrito. Ese pastor alemán que había alimentado con biberón cuando sólo fuera una bola de pelo, sólo dos años atrás?
En sus ojos hervía la tristeza y la ira, temblaba de furia, y su garganta no era lo suficiente potente, ni encontraba un calificativo o un taco lo bastante contundente y cruel, que dispararle. El hombre se le acercó para recomendarle que se estuviera quietecita y, en un relámpago, agarró con los dientes aquel pasamontañas y se lo arrancó. Quería haberle extirpado la mejilla, pero no había sido bastante rápida. Entonces? lo vio. Aunque el hombre se giró con celeridad, lo reconoció. Rebeca no olvidaría jamás aquella perfecta nuca que le había ofrecido esa misma mañana. No era un vulgar ladrón sorprendido. Era? el elegante Luís Gil. ¿Qué le había hecho a ese individuo para que arremetiera contra ella de aquella manera?
Un segundo encapuchado acabó de escudriñar entre sus archivos y roció la empresa con carburante. Entre los dos la alzaron, con sillón incluido, y la transportaron hasta un lugar desde donde pudiera observar el espectáculo. Lanzaron una mecha encendida a un reguero de gasolina que prendió como la sangre que ardía en sus sienes y, el encapuchado, reverenciando las llamas con un amplio gesto, le mostró su obra. Se paseaba ante ella con ademán triunfador, jugando divertido con el palo de golf ensangrentado. Rebeca no veía nada más: sólo el palo de golf. El palo de golf como el dedo de un hipnotizador. El palo de golf en movimiento oscilante y ralentizado. El palo de golf cada vez más grande. Sólo podía ver eso. Sólo podía sentir eso a través del alo rojizo de las llamas: los toques insistentes que le propinaba en el brazo aquel palo de Golf.


¡Que rabia me da cortarlo! uff!!!

Un besote

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LA CARA OCURA DEL BRILLO (I)




Luís se ciñó el cinturón antes de accionar el motor de su BMW Z8. Habitualmente el ronroneo sereno de aquel vigoroso potro deslizándose por el asfalto como el delfín corteja un barco, solía bastar para que el problema de turno se congelara unos instantes. Bajo la plata que la nieve de sus cuarenta y ocho inviernos había depositado en sus sienes aun latía un espíritu deportivo con capacidad de abstraerse. Sin embargo, aquella mañana, se atención moraba presa de la imagen de Rebeca. Por alguna extraña razón ?nacida de la sensación más de que un hecho concreto? la seguía viendo en los mandos, en los rayos de sol polarizados a través del parabrisas, o en el frío tacto de los asientos de cuero. Y aquel contundente ?seré breve? con el que había irrumpido en su despacho del ayuntamiento ensordecía cualquier consigna de su pensamiento.
Como prometido, había sido una entrevista escueta. Sonrió con ironía al aire que se colaba por la ventanilla. Escueta si, pero intensa. Unos densos minutos de palabras cruzadas con una desconocida cuyo aplomo y seguridad le habían vestido de inquietud, asfixiando su ánimo con el aliento espeso de un invisible desafío.
Hacía más de diez minutos que había abandonado el aparcamiento y, a su lado, Laura, su secretaria personal desde la noche de los tiempos, permanecía en silencio. La relación entre ellos se había enfriado en los últimos meses. Desde que ella extendiera sus necesidades vitales sobre los lomos de su historia de amor y, ante una abismal diferencia de prioridades, resolviera ceñirse a sus obligaciones laborales. A partir de entonces Laura procuraba omitir su opinión. Y, ese día, como tantos otros en los tres últimos ciclos lunares, optó por disolver sus cavilaciones en un mutismo con el que una vez más fracasó al intento de engañarlo. Luís conocía aquella expresión en su rostro, ahora tan pálido. Los ojos de Laura clavados en la matrícula del coche precedente, absorbiendo sin verlo el mundo exterior, y una mirada analítica de vez en cuando mientras jugueteaba con un mechón de su cabello, siempre le habían gritado que tenía algo que decir.
La observó con cierta tristeza. Esta vez no era su pelo lo que rizaba entre los dedos; sino la punta de un pañuelo de diseño italiano, cómplice encubridor de las duras sesiones de quimioterapia que siguieron a la extirpación de un tumor maligno, por fortuna, erradicado. Parecía una figura de cera, pero el dibujo que presentaba la incipiente reforestación del arco de sus cejas no cedían paso a la duda: aullaban preocupación, escupían desacuerdo.
?¿Qué? ?emitió Luís aferrado al volante en un interminable semáforo.
Laura sacudió la cabeza con gesto de negativa resignada. No deseaba sumergirse de una nueva discusión. ¿Para qué iba a repetirle lo mil veces comentado? El volvería a remacharle aquello de la cadena, que nadie mejor que ella sabía como se iba enredando la madeja, que no podía cortar el hilo de cuajo o se devanaría todo, la precaución, la conveniencia? De nuevo tendría que oír que si se lo pedía Carlos Gracia, como antes fueron otros tantos apellidos de la heráldica hispana, era un favor de obligado cumplimiento.
?No me digas que nada ?insistió Luís?. Sabes que lo odio. ¿En que pensabas?
?En que deberías informar de esto a Carlos, ¿no? ?improvisó la mujer.
Luís diluyó un suspiro de alivio entre las comisuras de una media sonrisa. Aprobó la sugerencia y pidió a Laura que marcara el número de Carlos. Tras un breve saludo de cortesía comenzó a relatar la visita de Rebeca: la conversación, el tono, los gestos... sobre todo, la actitud. Describía los detalles con escrupulosa precisión. Carlos parecía haber dejado de respirar para escucharle. El manos libres del teléfono sólo devolvió unos lacónicos «si», «ejem», «umm», hasta que Luís hubo acabado. Entonces, su voz resquebrajada mordió las ondas de telefonía para rugir sus conclusiones.
?¿Te ha mirado sin inmutarse y ha cortado la conversación un «Muy bien, buenos días»? No me gusta, Luís. No me gusta nada. Esa hija de perra algo.
?A mi tampoco me ha gustado ?confesó Luís?. En absoluto. Es más, me ha puesto bastante nervioso, no sé porqué. No entiendo como ha tenido la desfachatez de plantarse en mi despacho burlando los obstáculos y precauciones que tomé.
Cuando Carlos Gracia le había solicitado poner trabas al negocio de Rebeca y manipular información para denegarle las licencias, Luís lo había considerado tarea fácil. Una pequeña gestión, un cómodo truco con la magia del poder, y ya estaría: Rebeca Soriano bloqueada por un tiempo. Había trenzado hilos sobradamente holgados, y retorcidos por los suficientes nudos intermediarios para no verse implicado. Aun así, Rebeca había surgido de las entrañas de la nada para presentarse ente él esa mañana reclamando sus derechos. Y sus consejos de seguir los cauces estipulados, o las promesas de ocuparse del asunto procurando persuadirla de su dificultad, en esta ocasión, no bastaron para ofrecer el fruto esperado.
?¿Crees que sospechará algo? ?se preocupada Carlos?. No me fío de esa tiparraca. No se le pone nada por delante. Es lo peor. La conozco.
?Tranquilo, tenemos las espaldas bien cubiertas. Se cansará de embestir, ¿no crees?
?No lo sé, amigo ?replicó Carlos?. No lo sé. A mí me la jugó buena. Muévete e investiga. Rebusca incluso en su pasado, seguro que hay algo a lo que agarrarse.
Laura no quiso intervenir. Prefería mantenerse al margen, por más que intuyera que aquella fémina no iba resultar inocua de sus intereses. Mientras perfilaba de negro sus rasgados ojos verdes recordaba la intrusión de Rebeca. Al verla llegar solicitando la presencia del Sr. Gil, se le había antojado afable y correcta. Antes de oír su nombre, su única intención había sido ahorrar a su jefe una audiencia innecesaria, y, debía reconocerlo, evitarse el bocado agrio de los celos. Rebeca lucía una estatura media de proporciones reales a través de un pantalón negro combinado con un fino jersey de angorina blanco roto de gran cuello caído que le ceñía un cinturón realzando un busto. Después de su enfermedad, a Laura, cualquier comparación le producía mal estar. Aquella mujer de tez morena rezumaba salud y vitalidad, además de disponer de ciertos patrones que siempre habían hecho babear a Luís. Una larga y desfilada cabellera negra encuadraba unos rasgos algo felinos que delataban los bríos de un carácter fuerte. Y sus ojos oscuros transmitían una fuerza con la que Luís adoraba medirse.
?El Sr. Gil no puede recibirla ahora ?le había asegurado?. Soy su secretaria personal. Puede explicarme el caso, yo se lo transmitiré.
?Gracias, pero debo de hablar directamente con él. Esperaré hasta que sea necesario. Tengo todo el día. Dígale, por favor, que soy Rebeca Soriano? de Sorigar, y que estaré aquí cuando salga.
En aquel momento, consciente de sus antecedentes y observando su resolución, Laura comprendió que no existía cerradura diplomática que eximiera a Luís de aquel problema con tacón de aguja.
Un frenazo inesperado la rescató de sus pensamientos. Luís, absorto en la conversación, acababa de escindir bruscamente el paso a un taxista que se alejaba propinándole piropos varios de estrés vial.
?Te tendré informado ?zanjó Luís, por fin?. Ahora tengo que dejarte. Tengo un negocio importante entre manos y voy con el tiempo justo.
?¿Más terrenos? ?preguntó Carlos.
?No, subastas. Ya te contaré.
?De acuerdo. Gracias por el favor. Eres un amigo.
Luís intercambió con compañera una mirada entendida. De nuevo compartieron opinión callada, con ese arte adivinatorio que les proporciona un profundo conocimiento del otro. Durante media vida habían caminado codo a codo. Quedaba en la prehistoria de su existencia aquella época en la que compartieran mesa en una oficinucha de atención al cliente. La sobriedad de aquel cuarto sin ventanas donde se habían derramado apoyo y confesiones. Él, el puño alzado, aseveraba que algún día sería alguien y su joven esposa, Cecilia, dejaría de limpiar. Ella, bañada en llanto, aseguraba que nada le faltaría al fruto de su vientre: esa niña aun sin rostro, herencia de su matrimonio con un polígamo recién descubierto. En aquel agujero negro que absorbía cualquier destello de ánimo, era donde se había producido el big bang de su universo. La luz se hizo y las circunstancias se fusionaron cuando Luís optó por saltarse aquellas pequeñas normas que otorgaban un gran favor a alguien influyente. Allí nacía su buena estrella y la primera piedra del camino que lo había conducido hasta su situación actual. Poco tiempo después, una charla con la persona adecuada y Laura también abandonaba las sombras para situarse a su lado.
Una pareja joven cruzó ante ellos por el paso de peatones. Ataviados con pantalones de lino marca tienda barata y camisetas anchas, reían al tropezón al que sus besos y arrumacos los habían catapultado. Sus rostros, ciegos al tráfico de la vida, eran un lienzo donde se esmeraba la despreocupación y la inocencia.
Luís tomó la mano de Laura.
?Sabes que te quiero, ¿no?
Laura apretó esos dedos fuertes soltándolos al instante, como si fueran un tronco salvavidas que necesitaba tanto como le quemaba.
?Lo sé ?confesó por fin?. Y yo. Pero no quiero más de lo mismo.
?Es lo que hay ?se exasperó Luís?. Esto es lo que tiene. ¿para qué pensarlo?
Laura frunció el ceño.
?Claro que sí. Es difícil salir de aquí. Pero sobre todo es difícil si se opta por el camino sencillo. No plantearse interrogantes sobre tu situación. Convencerse de que es así y autojustificarse persuadiéndose de que no había otro camino, bajar el pulgar y no detenerse a ver como salen los leones. No Luís, no. Eso es lo cómodo.
La intención de réplica del hombre se vio abortada de inmediato.
?No, Luís. No quiero oír nada más. Después de este trance ?Laura se señaló el pecho?. Veo las cosas de distinta manera. No quiero esto. Quiero recuperarme. Quiero tranquilidad. Ahora es por Carlos, luego será otro compromiso ineludible. Y así, hasta el infinito. ¿Qué te importa a ti Rebeca Soriano? ¿Qué necesidad tienes de un nuevo enfrentamiento? Si, ya lo sé ?continuó?, la espiral. Mejor no pensarlo. Pues ya no, Luís. Ya no puedo cerrar los ojos. Ya no.
Luís accionó el freno de mano sin contestar. Tapoteó el capó de su coche, se atusó el traje, comprobó la documentación de su diplomática, y caminó junto a Laura en dirección a su cita, escuchando su voz interna en el silencio de aquel parking subterráneo ambientado con música de Mozart. La Expo 2008 le había sido asignada a Zaragoza, eso prometía unos boyantes meses por delante para extraer tajada de la oportunidad. Sería lo último, se centraría en ello y se olvidaría de Rebeca Soriano. Le imposibilitaría los accesos a él. Le haría ese favor al Cabrón de Carlos, a quien no le importaría ver desaparecer en una cuba de ácido que lo disolviera a él y a su información dañina, y seguiría disfrutando de lo obtenido mientras buscaba el modo de recuperar a Laura.


Continuara?.

No sé si es buena idea lo que pretendo hacer. Nunca hasta ahora había escrito nada por capítulos. Pero después de registrar la segunda novela con una doble trama, decidí prescindir de esta. Ya que el poder de la aventura de la trama principal hacía que esta (de denuncia) perdiera interés. Así que he pensado condensarla poco a poco e ir escribiendo esta parte aquí mientras trabajo la otra. Después de todo, cada personaje daría pie a un relato aislado y espero, también a debate. En fin? no sé si será buena idea. Pero espero vuestra estricta crítica. La crítica hace crecer.
Un besote

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LOS HOMBRES LLORAN TAMBIEN



Llevo días sin escribir, que no sin abrir las puertas de este rincón con la intención de hacerlo. Pero es tanto lo que tengo por decir que se agolpa y no fluye. Ya lo haré con tranquilidad. Mientras tanto dejo en estas arenas un viejo. muy muy viejo relato.


De Pronto un sobresalto: el teléfono. Corro, sé, siento, deseo que sea para mí.
Y sigue sonando. No, ya no es un timbre, es una voz que me llama por mi nombre para que lo descuelgue y, fingiendo tranquilidad, pronuncie esas dos palabras típicas, hechas, interrogantes: ?Si, dígame?.
Llego por fin, cómo un autómata, mientras contengo la respiración aferrándome a ese ridículo aparato. Y, tras unos pocos eternos segundos? una voz familiar, una cita, una excusa, un nuevo pedir perdón por algún desaire recapacitado. Acepto la hora, comprendo la excusa o perdono el pequeño pecado y? soy feliz. Cuelgo el receptor con lentitud, acaricio su dorso cómo si quisiera mimar esa voz. Luego, presurosa, ansiosa, corro al espejo queriendo ser bella para él, inventando un detalle con el que sorprenderlo una vez más, jugando a ser la reina de las mil y una noches; esa que sorprendía a su rey cada madrugada con un nuevo cuento hasta llegar a enamorarlo.
Empieza la carrera contra el tiempo. El autobús se escapa robándome siete minutos más. Decido caminar hasta la siguiente parada y, al fin, acaba el trayecto. Tras un poco de marcha ligera llego a la cita, cómo siempre, puntual. Cómo siempre, envuelta en una extraña mezcla de ansiedad y temor. Y aparece el cuerpo, frío, altivo, omitiendo ese beso deseado, olvidando esa caricia inventada, sordo ante la llamada de esas manos que le gritan que las tome.
¿Dónde está el cuerpo del que salió aquella voz tan sólo hacía una hora? ¿Dónde se esconde esa mano que escribió una felicitación tardía esta última navidad, que alentó mi sorpresa al plasmar en un papel su deseo de verme, de pasar más horas juntos?
¿Porqué esconderlos? ¿Porqué envolver los sentimientos en un gélido velo de indiferencia, de autosuficiencia exasperante? No, no es delito tener debilidades. No es nocivo sentir, emocionarse o arrepentirse. ¿Porqué abandonarse al encanto de una canción, dejando hablar durante cinco intensos minutos al corazón, le parece algo letal?
Me gustaría que no doliera entregarse a él un tiempo a título de cobaya, ser suya cómo producto a analizar, para que viera lo sencilla que soy. Para que dejara de ver a la pareja como algo ante lo mantenerse cauto o, incluso, atacar por conservar el gobierno de una lucha inventada. Quisiera acumular todo el cariño del mundo para que pudiese apreciar la dulce sensación que produce llorar de ternura, abrazarse a una esperanza, inventar una fantasía.
¿Es que nunca fue feliz llorando? ¿Mirando un retrato querido? ¿Evocando algún recuerdo? ¿Es que nunca estuvo tan poblado de amor que tuviera la sensación de no poder soportarlo?
Me sentiría satisfecha si algún día reconociera que una mirada pudo ruborizarlo, que el simple contacto de unos dedos al ofrecer tabaco o fuego pudieron ser capaces de estremecer su cuerpo, dejando un escalofrío recorrer su espalda, obligándole a desear una caricia. Sería feliz, habría conseguido lo mejor, si lograra que la voz que me reclama citas y la mano que me deseo ser feliz, vencieran la altivez de ese cuerpo que me aguarda en el pasillo, en la biblioteca o en el bar. Y esos ojos que me miran, a veces con distancia, otras con deseo, incluso también con cierta ternura, mientras sus labios procurar contrarrestarlo, dejaran fluir una lágrima tonta de emoción. Sin miedo, sin vergüenza. Una lágrima que me demostrar que basta la ternura para cesar una guerra.
Si ocurriera, besaría esa lágrima de niño. La guardaría. Pues ella habría sido quien lo convirtió en un hombre ante mí. Mientras, sigo buscando respuestas, continúo preguntándole a sus ojos: ¿Por qué olvidaste deliberadamente que? los hombres también lloran?


Y lloró. Lo lloró todo. Lo lloró cuando ya no me importó que lo hiciera. Me lloró a mí cuando ya fue tarde y lo borré de mi vida sin mirar atrás. No permitáis nunca que os mal quieran.
Un beso? con sabor a mar.

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¿SUEÑOS?



Hace un mes que no me sentaba a escribir aquí. No porque no lo haya pensado cada uno de los días. Primero me costaba escribir porque tenía una gran preocupación por un problema de salud familiar, que, la verdad, no me dejaban demasiadas ganas de escribir. Y luego, porque he estado muy liada con un montón de historias. Hoy, que retomo el teclado, deseaba transmitir esto.


Ya desde muy niña pasaba horas perdida en el jardín secreto de su imaginación. Le gustaba inventar, imaginar, escribir aquello que sus retinas veían más allá de la dimensión de la realidad. También le gustaba bailar, coger un micrófono e interpretar. A veces jugaba sola ante el espejo a lo que deseaba ser de mayor: ?Actriz?. Posiblemente una fantasía ridícula ambientada por la proyección glamorosa del séptimo arte.
Aquellos sueños parecían pugnar con su gran timidez. Pero, llegado junio, cuando el telón del teatro principal se abría y se alzaba sobre las puntillas, el mundo era suyo. Volaba y se crecía sobre el escenario. Cuando representaba una obra, cantaba una canción o presentaba una función infantil... el mundo era suyo.
Con los años el realismo llamó a su puerta. Ingeniero, físico, médico? esas y más carreras de ciencias le eran recomendadas por sus profesores relegando aquellos sueños de la infancia al capitulo de quimeras y dulces recuerdos de actuaciones e ilusión entre bambalinas que jamás esperarían retorno. Estudiar una carrera "con salida" parecía de obligado cumplimiento a los ojos de todo el entorno. ?Puedes llegar lejos? ¿Dónde? Se preguntaba ella. ¿La proyectaría el intelecto científico a mayor felicidad que la vocación? Seguramente sí. La creatividad estaba bien. Pero el futuro exigía asentar los pies en la tierra y prepararse para algo más normal.
Fueron muchas las ocasiones en las que luego se cuestionó quien es el encargado de colgar el calificativo de ?normal? a algo. Pero ya era tarde. Ya había elegido. Había elegido estudiar empresariales. Y, mientras sedaba la insatisfacción de la frialdad de los ratios entre versos y prosa poética cantada a un diario, consiguió aquella cartulina que enmarcar y colgar en la pared de la que jamás se sintió orgullosa.
Y, llego la hora de usarla. Y, durante años, el aire de las oficinas se volvía irrespirable. El tiempo pasaba denso, cansado, falto de frescura. Los años sucedían y el día a día tomaba un olor rancio, ajeno, sin color a futuro. Existía laboralmente carente de algo, ausente de su identidad entre ratios y números. Ataba a un mundo que no era el suyo, no se encontraba en aquel ambiente por más que lo intentara. Pero, ya era tarde. ?Si se pudiera volver a empezar??, repetía los ojos perdidos a veces entren los juncos de la resignación.
Pasaron los veinte, los treinta? ya se acercaban peligrosamente los cuarenta, y lo único que la había sentir viva en el especto profesional, era escapar de él para refugiarse en las letras, en la novela que había comenzado a escribir.
Poco más de un año restaban para alcanzar la cuarentena cuando la necesidad fue más fuerte, cuando aulló el ?¡Basta!?. Rompió con todo. No sabía de donde surgía esa voz que le exigía un replanteo. ¿De su interior? ¿De su gente? De aquellos comentarios que repetían: ?¿Qué hace alguien cómo tu en un mundo cómo este? Necesitaba un periodo de barbecho, precisaba escuchar aquella voz sin timbre ¿Era realmente tarde? ¿Por qué?
No había transcurrido un año cuando editaba aquella novela a la que llavaa cuatro dedicando su tiempo libre. Y, entonces, todas aquellas presentaciones, aquel encuentro con los micrófonos, el romance con la radios y el coqueteo con las cámaras de televisión, le recordaron sus antiguos sueños de niña. Seguía trasformándose cómo entonces, seguía vibrando y respirando intensidad. Y, además, esta vez, su entorno lo que le gritaba no era que debía hacer algo ?normal? sino que tenía que seguir en eso en lo que ya no era tan absurdo pensar.
Todo aquello fomentaba unas preguntas. Tímidas, pero claras. ¿Sólo sueño? ¿Porqué no estar a tiempo de convertirlo en realidad?
Sólo seis meses de después de editar era contertulia en un programa de televisión local, era requerida para desarrollar presentaciones literarias, moderar mesas o actuar de jurado, había grabado un corto de cine, seguía escribiendo su segunda novela, actuó de gabinete de prensa, entre otras cosas, y había presentado la gran gala de un certamen nacional de moda que seguía dando que hablar. Cada uno de los trabajos en los que intervenía le permitía conocer nuevas personas e introducirse en nuevos campos del mundo de la comunicación. Ese en el que se sentía renacer, ese en el que vibraba, ese que fue un sueño que ahora pisaba. Pero, sobre todo, ese en el que ahora sabía que debía seguir intentándolo.
Quizás esa niña, esa mujer de cuarenta, tenga que regresar un día a sentarse ante balances y cuentas de explotación. Quizás, probablemente. Si ha de ser, será. Pero jamás olvidará estas experiencias. Y, sobre todo, nunca podrá reprocharse haberse quedado sentada lamentando un sueño simplemente porque un día se equivocó y el miedo quiso atarla a ese error contándole que era tarde para retomar las riendas de su vida.



Un besazo para todos, como siempre? con sabor a mar.

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AQUELLA CASA




Hoy, después de un tiempo de barbecho en la inspiración, en que mis energías eran precisas en otros avatares de la vida, quiero pedir disculpas por mi falta de respuesta a los comentarios. Y regresar a esta playa donde me siento tan bien.


93, rue de L´Estérel: mi casaaaa, cómo inmortalizó E.T. Hoy alguien me envió esta foto. Una amiga estuvo en Marruecos, en la Casablanca donde nací. Y gracias a ella? te veo de nuevo. Hace tantos años que imaginé tu estampa? ¿cómo estarías? He quemado tantas fantasías imaginándote de nuevo frente a mí, que hoy -aun ante una imagen estática- siento tu olor, tu ambiente, y el recuerdo acariciándome el interior.
Observo que los balcones están pintados de morado. Una cafetería sustituye a ese comedor donde antaño acogiste la risa de mi gente y un garaje ocupa la habitación que celaba mis sueños. Pero tu puerta es la misma. Hasta ese número que vi colocar, algo torcido, hay que reconocerlo, permanece igual.
Hoy, al mirarte, todo se me ha movido por dentro. Fuiste cuna de mi infancia y mi adolescencia, cómplice de mi juventud. Y, entre tus paredes, se gestó mi identidad. En tu seno aprendí que ?sentir? o ?sentimiento? eran algo más que vocablos que adornan un texto. Alguien me explicó que el amor, la amistad, o el simple aprecio, se escribían cuando apartadas la mirada de tu ombligo para atender a la sensibilidad de alguien que te importa. Que el egoísmo es la puerta a la soledad y la cobardía alimenta una fuente inagotable de mentiras que se estancan en el lodo de una realidad desvirtuada. Comprendí la satisfacción de entregar y cuidar, de alimentar y alimentarme con el color de los pequeños detalles: esos que, cómo cantaba Julio Iglesias, tanto gustan cuando estás queriendo. Entre tus paredes supe cosas cómo que el cariño y el aprecio se siembran con cariño y aprecio. O que lo que nos define es nuestra conducta, no nuestras palabras. Tu eco me enseñó a reaccionar en lugar de lamentarme, a respetar para ser respetada o procurar entender antes de juzgar. A escapar, aunque me cueste lágrimas, de lo que me decepciona reiteradamente y es susceptible de causarme mas nudos en la garganta, sin arrepentirme de lo que di. Porque mientras lo hacía, crecía y era feliz.
Fue tanto lo que viví en tu seno? que la mayor ilusión desde hace muchos años fue encontrarme frente a ti. ¡Cuántas veces he soñado volar hasta tu umbral! ?¿Y porqué no lo has hecho??, dirás. ?Pudiste?. Es cierto, pude. Algún día lo haré, te lo prometo. Llegaré ante ti para decirte que intento mantener lo que leí en tus paredes: la necesidad de mostrar la verdad, el placer de sorprender, la conciencia, y sobre todo? la dignidad. Quiero, cuándo prepare ese viaje, hacer las maletas con la ilusión, la limpieza y la inocencia, con que se prepara una luna de miel. Un viaje deseado y compartido con mimo, tan distinto de esos cuatro días que sobran en el calendario y se emplean cómo un concubinaje furtivo para escapar de una rutina aceptada, muchas veces, por acomodo o falta de empuje.
Cuando realice ese viaje, quiero gritarlo a los cuatro vientos. Es tan importante que necesitaría contárselo hasta a quien me cruzo en un semáforo. Es tan importante, que quiero sentirme plena en él. Feliz? completa. Llegar ante ti y decirte: ?Volví, y estoy orgullosa de presentarte a?? No lo sé muy bien. Probablemente unos íntimos amigos a quien contagié el entusiasmo, al hombre de mi vida, o un romance incipiente de destino incierto pero libre de ocurrir, incluso, ¿porqué no? a una escogida soledad. Porqué, tanto tú como yo sabemos que aquel sería un momento tan especial que esa lágrima de emoción, que a cierta me brotaría, sólo podría liberarla abrazada a personas con quien tuviera un vínculo mágico, limpio y especial. Con las que me hiciera miles de fotos para mostrarlas, disfrutara presentando a mis amigos, explicándoles cómo comenzó esa amistad, ese aprecio o esa relación. Y me arroparan con su forma de hacerme sentir parte importante de su vida tanto cómo lo son ellos de la mía.
No sé cuanto se demorará esa visita que te debo. Pero te doy palabra de que, el día que ocurra, no precisaré hoteles de 5 estrellas ni más lujo que el poder del sentimiento y la dignidad. Llevarlos de la mano, aun vestida de pordiosera, sería lo que me presentara ante ti? como una reina.


Un beso, como siempre... con sabor a mar.

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NARCISOS: HABERLOS HAYLOS


Me acaban de contar una historia que me ha encendido la sangre. No me pertenece y no la puedo contar. Pero me ha despertado a ?La Leona? y o escribo algo o reviento. Así que rescato un extracto que ya puse en boca mi prota, Bárbara, que se las gasta más o menos cómo yo ante la estupidez sin remedio.

Narciso ?bello Dios orgulloso y engreído?, se permitía despreciar con altanería y soberbia. Cuando la dulce Eco ?ninfa de los bosques? se dejó consumir de dolor a causa de sus menosprecios, Némesis entró en furia. Ella es la venganza. Castiga severamente los pecados de orgullo y soberbia, y condenó a Narciso abocándole a enamorarse perdidamente de la primera imagen que viera. Narciso se contempló en un estanque y quedó tan prendado, que fue incapaz de dejar de admirarse hasta encontrar la muerte.
Muchos milenios más tarde estos pecados siguen reinando entre los humanos. Todavía existen muchos ?Narcisos?. Hombres y mujeres que confunden dignidad personal con orgullo exacerbado, fruto en múltiples ocasiones de complejos ocultos. No admiten sus defectos ni errores y osan despreciar, culpar, y manipular a sus semejantes. Inapropiadamente susceptibles, necesitan sentirse ganadores de las más ridículas hazañas e imaginan retos en los que triunfar.
No sigáis amigos el ejemplo de Eco. No os dejéis abatir y humillar por los ademanes de los orgullosos Narcisos. Tan sólo consiguen con ello ponerse en evidencia ante vosotros. Enorgulleceos de vuestra superioridad e inteligencia al obviarlos. Comprended que son dignos de lástima porque la implacable Némesis les dará su justa cuenta.
Incapaces de querer a nadie honestamente y con humildad, creyéndose poseedores de la ciencia del bien y el mal, esclavos de proteger la imagen que han querido crear de su persona, están destinados a mirarse, por siempre, en el frío reflejo de su merecida soledad.


Un besazo a todos.

Sorti y Enlabasilica, os dedicaría el post por que sé lo que os gusta la mitología, pero es que lo escribí con tan mala lechhhhh, que casi que seria una ofensa. jaja


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AQUEL CHICO QUE NO HABLABA



Popov era un chico extraño. Había llegado desde Bulgaria siendo un niño. Poseía un coeficiente intelectual de ciento ochenta: en un solo curso aprendió castellano y se situó en el primer puesto de la clase. Era imbatible en las olimpiadas de lógica, estudioso y tremendamente responsable; lo que le pasó la factura cifrada en envidias de algunos compañeros a quienes sus padres se lo ponían de ejemplo.
Educado hasta la exasperación, evitaba los conflictos y soportaba en silencio las burlas ?hacia sus gafitas y excesiva delgadez? de los cuatro malos estudiantes con afán de protagonismo que siempre existen en un colegio, mientras se convertía en un personaje retraído y aislado que llegó a confesar a su madre que deseaba suspender para que la gente lo quisiera.
Aunque con los años y la incipiente madurez, las constantes agresiones psicológicas desaparecieron, aquel puñado de ?populares? de fama efímera había forjado su carácter. «No habla por no ofender», comentaban algunos. Se esforzaba por agradar, la opinión de cualquier imbécil era más válida que la suya y temía ser malinterpretado o juzgado siempre.
Popov pasaba desapercibido, no llamaba la atención por más que se esforzara. Y para el resto, ajenos a su lucha interna, sólo era un buen chico -muy extraño- que se nos podía quedar perfectamente olvidado en una gasolinera tanto era lo imperceptible se su presencia.
No recuerdo cómo logró entrar en la pandilla de la playa. Supongo que porque nos sensibilizó descubrir su historia. Nuestros padres o nuestros abuelos habían llegado a Marruecos para mejorar su situación, algunos habían montado negocios, otros trabajaban para empresas que los valoraban y los menos eran cooperantes de países vecinos. Unos más, otros menos? todos disfrutábamos una digna situación de desahogo. Popov no. Su madre era ingeniero nuclear y ganaba un sueldo envidiable. Pero no era española, ni francesa, ni italiana? era búlgara. Provenía del otro lado del telón de acero y salvo una mísera cantidad con la que malvivir, el resto de su sueldo era enviado por su empresa directamente a su País y para su país, que era quién había negociado el contrato y se beneficiaba de sus ganancias.
Cuando mi amiga Viviana nos contó aquello, nos revolvió las entrañas. No entendíamos que no abandonara ese trabajo, buscara otro y se olvidara de Bulgaria tal que Santa Teresa de Ávila. Cómo en la mayoría de los casos inexplicables, existía una razón: su gobierno se aseguraba la fidelidad de las personas enviadas el extranjero reteniendo a uno de los miembros de la familia. En el caso de Popov, el que permanecía en Bulgaria era su padre.
Tenía dieciséis años aquel verano. Venía a Dahomay -nuestra playa favorita- los domingos y le veíamos disfrutar tanto de nuestra compañía, que hablamos entre nosotros y decidimos invitarle a quedarse en una tienda que instalamos en la parcela en que acampábamos. A él le bastaba con estar y considerarse integrado. Por primera vez se sentía miembro de algún grupo, aunque por su escasa conversación parecía más bien parte del mobiliario. A veces, algo incomodada por su mutismo, le hablaba y hablaba de mis cosas. Así, poco a poco y sin proponérmelo, conseguí su absoluta confianza y pude descubrir cuánta riqueza escondía dentro.
He de confesar que en ocasiones, egoístamente, llegué a arrepentirme de haberle ofrecido esa confianza. Se convirtió en mi sombra, se sentaba a mi lado en la mesa, me acompañaba a todo: a la sombrilla, al paseo, al agua? y cuando Cristian ?el dueño de las ensoñaciones de mis 20 años? venía a la playa el fin de semana, me costaba elaboradas estrategias poder quedarme solas con él.
Llevaría un par de semanas con nosotros cuando su madre vino a recogerlo apresuradamente: su hermana sufría una fuerte gripe y lo necesitaba en casa para atenderla durante su horario laboral. Regresó muy cambiado pasado unos días. Su semblante cantaba triste y cabizbajo. Y, un viernes, en uno de esos paseos solitarios en que me gustaba fantasear con la inminente llegada de Cristian, lo descubrí llorando acurrucado en una roca.
?¿Qué te pasa Popov? ?Abracé aquellos hombros blanquitos y escuálidos quemados por el sol.
?Nada ?contestó.
?No se llora por nada.
Me miro y clavó en mi corazón la tristeza de aquellos ojos.
?Perdóname, Bárbara.
?¿Qué te perdone? ¿Porqué? ?me extrañé.
Popov siempre había sido atento. Se desvivía por agradar, por ayudarme. ¿Qué tenía que perdonarle?
?Porque te he mentido.
Hablada sin expresión. Su mirada era vacía y las lágrimas recorrían sus mejillas como torrentes debocados.
?No me he ido a Casablanca estos días porque mi hermana estuviera enferma. Me fui porque?
Calló un momento engullendo el nudo que se adivinaba en su garganta.
?Porque mi padre ha muerto ?confesó por fin estallando en un sollozo que sentí cómo me ahogaba el alma.
Se apretaba a mi muy fuerte, arrojando en mi hombro aquella pena contenida. Me sentí tan inútil, tan pequeña? que rogué al cielo la receta para suavizar ese dolor. Pero mis palabras eran infecundas. Popov era inconsolable. Me di cuenta de que nada de lo que le dijera le serviría y opté simplemente por estar ahí en silencio. Abrazarlo, acariciarlo, besar la húmeda congoja de sus mejillas y trasmitirle toda esa ternura que jamás podría recuperar.
?Mi madre me obligó a volver a la playa para que me distrajera.
?Porque no lo dijiste, Popov.
?Tenía mucha pena, no podía decíroslo sin llorar. Y los hombres no lloran ?contestó ocultando su rostro en mi regazo entre dolido y avergonzado.
?Llora, mi niño, llora lo que necesites.
El sol perdía intensidad desde aquella roca y Popov, en un mutismo absoluto, agotaba sus fuerzas acurrucado a mí hasta serenarse.
?Entonces, has estado en Bulgaria todos estos días ?le pregunté.
Negó con una resignación que me partió el alma.
?El viaje es muy caro y no podemos pagarlo. No he podido ir a despedirme de mi padre.
Volvió a derrumbarse y durante varias horas le di todo el cariño que era capaz -y más si lo hubiera podido inventarlo- mientras reprimía todas las maldiciones que me arañaban por dentro.


No fue en la playa ni tenía 16 años (era más niño), todo eso es novelado. Pero Popov era amigo de mi hermano. Mi madre le preguntó un día porqué estaba tan triste y le dió no sé que excusa. Al poco tiempo vino y le dijo que le perdonara por haberle mentido, que la realidad era esa que su padre había muerto y enconce lo estaban enterrando. Pero que no había podído decirselo porque tenía mucha pena. Es algo que todos tenemos clavado: aquella hisoria, aquella actitud.

Un beso para todos

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CRONICA DESDE EL CORAZÓN DE UNA ¿ESTRELLA?





Los ojos cerrados atesorando recuerdos, los oídos plagados de ecos de risas, y las manos llenas de ternura, se recostó en el asiento de aquel autobús Supra. ?Estrella? la llamaban las crónicas de aquel fin de semana. Sonrió. ?Estrella?, un apelativo sin duda concedido con ojos gobernados por el filtro de lo bueno. Aunque, recapacitó, no del todo descabellado. En realidad había brillado. El resplandor de la limpieza interior sentida durante aquellos días había resbalado por los segundos para brotarle en la mirada, el gesto? hasta la piel.
Era un viernes del ecuador de mayo cuándo aquel mismo autobús la había llevado a Oviedo. Mientras consumía los últimos kilómetros, pensaba en la generosidad del Secre Hause al ofrecer el ?coche presidencial?. «Voy a buscarte a Oviedo y te llevo a Gijón, así te ahorras media hora de camino», le había dicho días antes sin aceptar réplica. Cómo siempre, anteponiendo el bienestar ajeno al suyo propio, se ofrecía a conducir una hora de ida y vuelta sólo por evitarle esos treinta últimos minutos de camino. Y, cómo siempre, allí estaba, puntual en la cita, para servirle la mejor sonrisa. No estaba sólo, venía lo acompañaba Disten: un encantador extraterrestre nacido de la imaginación de Juanjo, ese duendecillo aterrizado desde Bierzo que la suerte había regalado a su vida durante aquel primer congreso de escritores noveles celebrado en Oviedo allá por diciembre. Un ser mágico capaz de hablar con la mirada y cuya franqueza había firmado con fuego en su aprecio desde entonces.
La tarde lluviosa se cubrió de sol en aquellos abrazos de reencuentro y el tiempo, implacable, tiró de ellos hacia Gijón donde en un emblemático café la esperaba la televisión del principado. Se sintió grande. Se sintió importante. Pero no era la cámara, ni la entrevista, ni mostrar la portada de aquella novela que la sentaba allí lo que inducían en ella aquella percepción. Era otra cosa. Algo abstracto, algo que no se ve ni se toca, sólo se siente. Era la ilusión proyectada por sus dos compañeros ante lo que le estaba ocurriendo. El entusiasmo con que interpretaban la consabida curiosidad española por una cámara -así esté grabando un escarabajo pelotero- cómo la admiración hacia una diva. Aquello, estar rodeada de esas almas, era lo que realmente la hacía sentir grande.
Más tarde, en el salón iberoamericano la recibía La Señora. Aquella magnifica presidenta de trabajo gratuito y sacrificio regalado a manos llenas, que el tiempo había convertido en amiga, aguardaba impaciente por el abrazo, ávida de saber? y rió feliz a los comentarios de los ilusionados escoltas metidos a cronistas dignos de un programa de ?relatos exagerados? del canal Sur.
Echaron de menos al antiguo Parroco quedado en tierras aragonesas, pero El Cordero con lobo en la piel suavizó la añoranza acercándose cuanto pudo a través de la voz. Y, el sol se retiraba a su cuna, la calma comenzaba a cubrir aquel salón, cuando el todavía por descubrir Dalai Lama aparecía con La Dama.
La Dama era el Hada de las montañas blancas también nacida en su vida en el congreso de diciembre durante el breve desayuno de hotel que bastó a su alma para reconocer una gemela entre aquel derroche de distinción en el ser, en el estar y, sobre todo, en el sentir. La Dama, a quien poco tiempo después le derramara confidencias, llegaba desde tierras vallisoletanas para acompañarla en su presentación.
No pasó demasiado tiempo hasta que su corazón volviera a encogerse. El Dalai abría las puertas de su casa para obsequiarles con un concierto de coral. Ilusionado, con toda la naturalidad del mundo, les ofrecía su hogar, su gente, su universo inmerso en unas copas de Oporto con el que abrir boca a una cena donde la magia no cesó de fluir y el Secre Hause estrenada la libreta azul de ?frases célebres?. Frases propicias al doble sentido sutil con que amenazada titular su futura crónica.
Al día siguiente era el gran día. Amaneció y de nuevo el Secre Hause luchó contra el reloj. Quería estar en todo. Estar para todos recorriendo Gijón con el coche presidencial, no por protocolo sino por humanidad. Porque el era así, siempre pendiente. ¿Que más le daba no desayunar? ¿Que más le daba no atenderse? La comodidad de su gente, la preocupación por que todo saliera prefecto, de transmitir satisfacción, era, una vez más, su máxima.
Después de una corta visita al salón, en un restaurante frente al mar donde se sumarían El Dalai, La Dama y La Esperanza del futuro, les esperaba el Señor de las fabulas. Allí su esencia volvió a latir con fuerza. Allí miró con ternura infinita al Señor de las Fabulas que más tarde le contaría porqué los tigres tenían rayas o cómo se crearon las líneas de las manos, penetró un poco más en el interior de aquel Dalai Lama con quien sólo había cruzado unas frases en el congreso de Oviedo y había renunciado a un plan de fin de semana por ejercer de presentador de su novela. Allí sintió Fe al observar a La Esperanza el futuro, aquel fruto del Dalia Lama, fresco de 14 años, que irradiaba inocencia, madurez, y una paz interior digna de ser hijo de su padre, pintando destellos de admiración en los ojos de los presentes. Y, allí, la emoción secuestró su pecho cuando La Señora -más amiga y más persona que presidenta- y Disten ?con su toque mágico- desvelaron lo que habían adquirido en esa escapada del salón minutos antes: unas piedras energéticas con las que sorprender al Secre y a La Dama, y una pulsera de amatistas que le pusieron en la muñeca, a ella, la que se congratulaban en definir con centelleos de satisfacción en la mirada cómo ?la estrella del día?.
Restaban escasos minutos para aquella presentación y los teléfonos comenzaban a recibir misivas de aliento procedentes del recuerdo del Cordero con lobo en la piel y la mujer de su vida ?La Diosa solidaridad- y del Enamorado del sur- viajado a tierras de espeto y tinto de verano-. ¡Cuánto le hubiera gustado que hubieran estado junto a ella! No había podido ser. Pero los tendría en el pensamiento, alimentándose de los efluvios de su presencia en la ausencia, echándolos de menos, así cómo a su Hada Campanilla y a su Mago constructor de sueños, sentados a su lado sin estarlo.
No hubo nervios, ni miedo escénico. Se sentía tan arropada por aquel aprecio que la rodeaba? tan alagada por la brillante exposición del Dalai Lama? que el frío de la duda se rindió. Y? fue ella misma, respondió a las preguntas del Dalai desde la piel, desde la emoción que luego fue capaz de plasmar en cada firma.
En aquellos momentos, llegaba el éxtasis de su ánimo. No sabía valorar cómo había resultado, no sabía cuantos ejemplares había firmado. ¿Qué más daba? Era lo de menos. Lo que sí sabía, lo que sí apreciaba, era la sinceridad con que aquellos astros de su cosmos compartían su ilusión. Lo que si sabía, era que aquella novela le había regalado más que un sueño. Le había aportado la convicción de que uno de las mejores aciertos de su vida había sido conocer a aquellos locos soñadores hábiles de convertir cualquier espacio en un País del Nunca Jamás donde ningún Capitán Garfio sería susceptible de arrebatarles la inocencia y la admiración que se profesaban. Lo que sí sabía, era reconocer a esa gente buena que se daba, todos tan diferentes, todos tan de verdad.
Una vez más, comprendía que la magia se hacía en cada instante en que alguien sentía, como ella, aquellas dulces ganas de llorar de ternura, de cariño? y el sereno aprecio experimentado en esa retirada junto al Dalai Lama. Durante el tiempo de una cerveza no sólo descubrió el mimo con qué trataba a su bebe: su libro, tambien vio todo un mundo. Intuyó cómo desde ese ?su mundo? con el que bromeaba en Secre Hause, el Dalai permanecía siempre inmerso en los infinitos circundantes para cuidar el detalle, compartir belleza y construir bienestar. Para valorar lo esencial, propiedad innata de las personas auténticas.
Tras una cena alimentada de sentido del humor a la se sumó un Joven Duende producto de la tierra y esa Hada de Avilés -Minerva de la matemáticas- que ya comenzaba contemplar cómo una seria opción de cuñada -vistiéndose de improvisada Celestina-, toda aquella emoción acabó derramada por el escenario de un Karaoke donde -junto La Dama- fundió voz y puño apretado en ?el hombre y el piano?, entonó con Disten la sensación de ?Bailar pagados? y, nombrados ?Las estrellas y el telonero?, dedicaron a La Señora el inmortal ?A Ti? de Joe Bassin.
En aquel lugar, observar el alegre contoneo de La Señora presidenta -y sus cantos desde la mesa- o la paciencia del agotado Secre Hause, le arrancaba una vez más impulsos por abrazar. ¡Cómo le gustaba verlos tan felices! Se lo merecían tanto? Aunque, había que vigilar la pluma del Secre que seguía apuntando en su libreta azul de frases memorables aquel ?Estamos hartas de bajarnos los pantys y los pantalones? expresado al comprobar el efecto diurético que el Ron.
Fue tanto lo sentido: las risas, la alegría sana, la atmósfera una vez más creada?, que por primera vez desde hacía meses pudo crecer su garganta con aquel ?Beso a beso? atragantado en una lágrima la tarde que se estrenó octubre. Temblaba al coger al micrófono. Pero los miró, se bañó con sus ojos, con sus sonrisas abiertas, con los recados de energía lanzadas por el Secre y La Señora. Se refrescó con el alma de los presenten. Personas, aunque lejos, siempre cerca para alentar, y regalar momentos de su activa vida al objetivo de hacer sentir mejor cuando era preciso. Y? brillo. Brilló con el fulgor del presente.
Aquello era su presente. Tan lleno de verdad, tan rebosante de lo autentico, tan repleto de historias valientes? que la imagen grabada en sus retinas y en su piel la última vez que oyera aquella canción resbaló por las grietas del tiempo para convertirse en la foto dormida de un álbum envejecido. Esa foto que existe pero ya no duele.
La noche acabó visitando junto a Disten un lugar embrujado llamado Libro de arena y, acurrucada a las vivencias, se durmió en la cama que el Secre Hause, en su habitual derroche de hospitalidad, le había cedido.
El domigo, con algún rastro de fiesta en las ojeras, un restaurante presenciaría las ansias por estrujar el tiempo. Y? Disten se fue sin irse, aquellos seres nunca se irían de la memoria de sus emociones.
Un placido café en la grandiosa finca del infanzón con el Secre, La Señora, El Dalai y La Dama ?tan elegante con vestido de cocktail cómo con atuendo de motera- y la tarde moría con el nudo que la marcha de esta trenzó en sus gargantas.
El ocaso la trasladó a casa de La Señora. A su casa, porque así se lo hacían sentir. Era tanta la atención, la sencillez con la que el Secre y la su ahora anfitriona sabían querer, que toda la ingenuidad y el candor de niña despertaban para acunarla.
La radio, la prensa, el recuerdo de su faceta literaria? eran sólo un pequeño guiño a la sonrisa. El gran éxito, lo que la convertía en un estrella descansaba en esa sensación de estar en el cielo. Cielo significaba la ilusión por cambiar al billete para un día más tarde, el paseo por Cabo peñas despeñando cualquier tensión hacia las entrañas de la morada de Neptuno, la comida desenfadada para tres disfrutada cual prolongación de la Chaise Longe, o las confidencias por ?el muro? con el mar por testigo de planes y evocaciones. Cielo fue la cena en esa pulpería a la que el Joven Duende producto de la tierra, El Señor de las fabulas, y el Dalai se sumaban con la intención de arañar unas horas más. O ese último día en que tanto el Secre cómo La Señora, aunque exhaustos, se ofrecían a llevarla a conocer la zona y acabó resultando un maravilloso día de reposo -hogareño y familiar- envuelto en llamadas y correos de aquellos que -con el alma- seguían allí y culminado con un agradable vino de despedida de El Dalei.
Fueron tantos los desvelos, la sensación de familia, la complicidad vivida? Fue tanto lo que los astros de ese pequeño universo se desnudaron por dentro? que aquella figurada estrella fue incapaz de evitar a sus ojos un manto de cristales húmedos en el adiós. Se subió a aquel Supra con la mirada anclada en ?la siguiente?. Lanzó besos desde la ventanilla, y decidió escribir lo vivido sobre las arenas de una playa especial ya sembrada de otras sensaciones y hasta muguet. En aquellas arenas comenzaban a germinar simpatías y deseos compartir sus impresiones con esas almas sin rostro a las que se había acostumbrado.
Encendió el ordenador. Tenía muchas horas por delante y el lujo de aquel autobús le permitía mantener la carga de su batería, incluso conectarse con el espacio virtual. Lo que no tenía era palabras.
No existían palabras para definir el sentimiento ante lo auténtico. El sortilegio que se hace cuando confluyen personas generosas llenas de de dar, entregar, entender y cuidarse entre sí. Gente que no aprendió a conjugar el vocablo ?egoismo?. Personas distintas, con sus historias, sus problemas y temperamentos, con una única meta: compartir, sorprender, hacer feliz, velar el detalle, la sensibilidad, el corazón y el ?nosotros?. Personas ahí en lo bueno y más aún en lo malo, haciendo suyas penas ajenas a la vez que cantan los logros del amigo cómo propio.
¿Cómo definir aquella bolsa de aire en el pecho?
Cerró el ordenador? y los ojos. Lo vivió una y mil veces. Y decidió que, cuando garrapateara la crónica, gritaría: «Sí, brille cómo una estrella. Una estrella que encontró las circunstancias apropiadas para fusionarse con astros celestes y así crear el Big Bang de un universo donde reinan las leyes del respeto y se riega con el sentido de la palabra ?Amistad? »




Para todos esos protagonistas del relato, para todas esas muchas personas de este mundo que me hacen sentir que la magia existe y para todos vosotros, mis compañeros invisibles de paseos por las arenas, un besazo? con sabor a mar.

PD. Para una estupenda, imaginatva y divertida crónica: http://blogs.librodearena.com/jose-aen/blog

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