Casi todo el mundo sabe que Kant era un hombre de costumbres muy estrictas y regulares.Lo que casi todo el mundo ignora-ni siquiera lo menciona E. Cassirer, su mejor biógrafo-es que tuvo una novia de acompasado nombre.Se llamaba, en efecto, Fraülein Uhr y su profesión era la de relojera.No sabemos si fue su oficio el que influyó en los precisos y determinados hábitos del profesor de Königsberg o si, contrariamente, fue él quien la impulsó a la elección de un oficio tan poco común entre las mujeres de su época.
Como puede fácilmente entenderse, Kant era un hombre de su época.Y sostenía opiniones, que hoy calificaríamos de heterodoxas, sobre lo que el llamaba el "bello sexo".Así, en su muy leida obra, "Observaciones acerca de lo bello y lo sublime" señala, por ejemplo:"una mujer que tenga la cabeza llena de griego como la Sra. Dacier o que mantenga discusiones profundas sobre la Mecánica como la marques de Chastelet, únicamente puede tener barba".Estas opiniones, naturalmente, no acababan de agradar a Fraülein Uhr pero él las excusaba pellizcándole apriorísticamente el trasero.
En alguna ocasión demuestra una valoración muy positiva para el sexo femenino:"La mujer tiene un sentimiento innato más intenso para todo lo que es bello, lindo y adornado".Y más adelante:"el bello sexo tiene sin duda tanta inteligencia como el masculino, sólo que es una inteligencia bella;la nuestra debe ser una inteligencia profunda, como expresión para significar lo mismo que lo sublime".
Kant no era un artista y, consecuentemente, sus opiniones estéticas están más condicionadas por el análisis que por la propia experiencia estética:"lo sublime conmueve, lo bello encanta".Por eso admiraba a Rousseau que sí lo era:"yo siento toda la sed por el conocimiento y la inquietud desasosegada por conocer siempre más.Algún tiempo creí yo que todo esto podía constituir el honor de la humanidad y despreciaba a la plebe que no sabe.Pero Rousseau me ha traido a lo que es recto".
Ignoro qué extraño motivo me impulsó a seguir aquel curso de Literatura Inglesa, cuando habitualmente, siempre rehuí la asistencia a los curos de Literatura por la evidente razón de que el profesor repetiría los manuales o, todavía peor, los tergiversaría.
Lo cierto es que, gracias a este curso, pude entablar contacto con miss. Learner, que era la profesora del curso.Recuerdo que en las primeras clases le hice una observación sobre el Biathanatos de Donne que pareció satisfacerle mucho.Asi que, cuando terminó la clase, me invitó a tomar café en su casa.
Miss. Learner sobrepasaba la treintena y, por lo que pude deducir, se hallaba soltera.Este hecho, a todas luces trivial, no tendría mayor relevancia, si no fuera porque yo me hallaba en una edad similar.De hecho, cuando decidí estudiar Filología Inglesa, había concluido los estudios de doctorado en Filología Semítica.La conversación estuvo repleta de tópicos, que yo alimenté deliberadamente, con el propósito de que la conversación fuera lo más convencional posible.En algún momento me mostró su admiración por las hermanas Brontë y no pude menos que señalarle que, en este caso, había que tener muy en cuenta la figura paterna.Aunque no compartía mi punto de vista, observé en sus ojos cierto tono admirativo:no estaba acostumbrada a que sus alumnos tuvieran opiniones diferentes a las suyas,
Pasaron los días y, al volver a encontrámela en uno de los pasillos, reiteró su propósito de invitarme a café.Comprendí rápidamente que su interés por conocer mis puntos de vista sobre la Literatura Inglesa podía ser igualado por alejarme de mi soltería con la que tan satisfecho me hallaba.Así que decidí que la excesiva ingesta de café llegaría a ser salgo muy negativo para un temperamente tan hiperestésico como el suyo.Alegué no sé que excusa que, momentáneamente, funcionó.
En los días siguientes, pasaba las clases coqueteando abiertamente con una chica santanderina, Ana, que me recordaba mucho a Menéndez y Pelayo por su procedencia, no por su aspecto.El de él era muy parecido a un soldado del Káiser Guillermo II.Consideré que era una estratagema adecuada:al menos , durante un curso académico, estaría bajo la férula de miss. Learner y no era cosa de que se sintiera despechada.Creo que comprendió muy a las claras que cualquiera alianza en la que yo interviniera-el matrimonio, la pareja estable, la pareja inestables-estaba destinada al fracaso.Por lo que plegó alas.O velas.O, para decirlo poéticamente, "elle s`enfuit vers les ruines de l`automne".
Siempre le estaré reconocido a aquela bella santanderina, capicúa de alma y de cuerpo.¿Qué será de ella"¿Qué faré yo o que será de mibi?".
Habría titulado gustosamente este post como "Über die schiedene Schönheit" para que la gravedad y, con frecuencia, onerosidad de la Lengua Alemana actuara como contrapunto sobre asunto tan trivial.Me ha disuadido el entusiasmo que tal título podría suscitar.
Para proceder con espíritu de síntesis, se diría que en la actualidad subsisten y persisten, en una especiede tríptico, tres tipos de belleza no sé si escribir chochil o chochuna:chochos peludos, pelados y parapelados.
La ventaja que tiene el acostarse con mujeres de varias generaciones es que permite seguir la evolución ontogenética de antro tan deseado como vituperado.En los setenta, debido, sin duda, a la uniformidad ideológica, los chochos eran, comúnmente, muy semejantes en lo que a pilosidad se refiere, con ligeras variaciones provocadas por la herencia genética.Debo hacer constar, no obstante, que se trata de una generalización que no tiene valor inductivo ya que, en esa época, la mayoría de los chochos a los que asistí eran chochos esotéricos,
En las decadas de los ochenta y noventa, empiezan a notarse variaciones significativas.Aparecen lo que denominaríamos modificaciones geométricas;tiangulaciones, cuadraturas, y, en algún caso, coronas circulares o esferoides motivadas por el afán de singularidad.
Pero fue al final del milenio cuando se produjo la gran revolución:de chochos pelados e hirsutos se pasó a estepas y tundras que causaron estupor en más de un iniciado.Pero fue la aparición de motivos ornamentales lo mas significativo de este etapa histórica:desde lacértidos, córvidos y, presumiblemente, algún cetáceo para vaginas espectaculares, todo género de tatuajes circunvaló ese monte tan escarpado y, a veces, de difícil acceso.
Imagino que las feministas mantiene la pilosidad crespa.Por eso, tal vez, se hallan tan encrespadas con tanta frecuencia, como yo mismo puedo advertir destas estas páginas, eso sí, deductivamente.
La estancia en el cementerio ha sido verdaderamente horrible.Más por la furia sorda y oprimente que he consumido para ahogar la pena que por la pena misma.Y el largo desfile de rostros anónimos y circunstanciales, el latiguillo, repetido una y otra vez, como una letanía:"era una buena mujer.Seguro que Dios la tendrá en su gloria".Rostros conocidos, rostros semiconocidos, rostros anónimos que se perfilaban y se sucedían en un caleidoscopio inacabable.
Ahora, por fín, estoy en mi casa.Todo me reulta tan familiar como extaño.Me gustaría llorar a lágrima viva, desanudar, de una vez por todas, todo ese ahogo que lleva oprimiéndome demasiadas horas.Pero no puedo.Hay algo anómalo que lo imposibilita.
Recorro una y otra vez todas las habitaciones de la casa, con excepción de la que ella ocupaba.Se diría que no ha ocurrido nada.Todos los objetos están en el mismo sitio que solían ocupar.!Extraña indiferencia de las cosas frente a la muerte!.Esa extrañeza, esa incomprensible apatía se apodera de mi ánimo.Sigo de una habitación a otra con la misma lentitud e inseguridad que lo haría un sonámbulo.
De pronto, aquel pensamiento me asalta con la misma fuerza que lo haría una loza que aplastaa mi cabeza:"he de volver al cementerio esta noche, tengo que hacerlo a cualquier precio, necesito verla por última vez".No es ya un pensamiento, sino una orden inquebrantable que, en modo alguno, puedo desobedecer.
He aguardado q que llegara la medianoche y a que el pueblo se halle completamente solo.Fuera llueve ligeramente y el frío de enero se deja sentir,
He caminado cmo un fantasma, como un robot que alguien teledirigiera en la distancia mecánicamente.No me he olvidadel del maritillo y la pala que he ocultado en la parte posterior del coche.No es probable que me tropiece con nadie y siempre podría alegar alguna excusa.
He llegado al cementerio y me han sorprendido las luces de las tumbas.En ningún momento he sentido miedo.Súbitamente, la apatía que me invadía se ha transformado en una extraña energía.He golpeado con saña las junturas de la bóveda que el albañil había celado cuidadosamente.En poco más de media hora, he conseguido deshacerlas.La presencia de la caja me ha llenado de una alegría semejante a aquella que experimentaba cuando, de crío, recibía el regalo de los reyes Magos.Y la he abierto con la misma espera alegre:el rosotro lívido pero sereno parece aprobar mi trabajo.Repentinamente aquel nudo se ha deshecho como si alguien lo hubiera cortado con una espada.He llorado a espasmos crecientes como si alguien me estuviera golpeando la espalda.Mis lágrimas se han esparcido encima de su ropa.Ahora he comprendido que estaré solo para siempre:la única muer que me amó yace entre mis brazos eternamente muerta.
La felicidad se hallaba en los ojos oscuroas e insondablees de María, en su cabello de viento y de fuego, en los atardeceres largos sembrados de promesas de amor, de ternuras infinitas, en el granate de sus labios tibios de amor y de dulzura.
Nosotros pateábamos la noche, porque lqa noche era nuestra felicidad y nuestro tormento, nuestra delicia y nuestra tortura.Amanecíamos con prostitutas con olor a jazmín y a almizcle, con americanas de nombre incierto y de más incierta memoria, en pensiones, en tugurios miserables.
La infelicidad estaba en los cárdenos vientres meretricios, aguardentosos de noches y de lujurias, en los bares fugitivos con olor a orines de perro, en las esquinas despobladas, en las noches inacabadas e inacabables, pobladas de mendigos y de niebla.
"Todo el mundo dice que se es feliz a los veinte años.De ahora en adelante no voy a permitir que nadie lo diga", escribió Paul Nizan, aque camarada de Sartre muerto tempranamente.Ni yo tampoco.
Uno de los "instintos" más acusados de la especie humana, si hemos de dar fé a la psicología, es el instinto de la agonalidad.Dice la Rechefoucauld con cierta malicia:"si no quieres tener enemigos, no superes a tus amigos".Y Russell señala en su Autobiografía que, cuando el gran Leibniz, supo de la existencia de Berkeley, declaró despectivamente:"ese joven de Dublín querrá ser conocido por sus paradojas".
En su diario Virginia Woolf da manifiestas pruebas de esto mismo al referirse a la obra de Joyce:"debería estar leyendo Ulises y formulando argumentos en pro y en contra.Por el momento he leido doscientas páginas, que ni siquiera representan la tercera parte;los dos o tres capítulos iniciales, hasta el final de la escena del cementerio, me han divertido, me han estimulado, me han hecho experimentar la sensación de encanto y me han interesado..............."Y más adelante, como se ve, el juicio se torna menos benevolente:"he terminado Ulises y creo que es una obra fallida.A mi juicio no le falta talento, pero es de baja estofa.El libro es difuso.Es enmarañado.Es pretencioso.Es de baja calidad, no solo en el sentido correinte, sino también en la acepción literaria..............
Es claro que la intención de la Woolf es de una artera malevolencia.Lo demuestran algunos hechos estilísticos del comentario anterior:no hay nada mejor que comenzar halagando, si bien ligeramente, para acabar con juicios denostativos que serán la última impresión del lector.Las tres oraciones "El libro es difuso.Es enmarañado.Es pretencioso" podrían haberse recogido en una sola pero el efecto apetecido sería distinto.
Si muchos snobs hubieran leido previamente el Diario de Virginia, se habrían ahorrado el enojoso asunto de la lectura completa del Ulises.Pero, lógicamente, su esnobismo habría sindo menos pretencioso.
A Silvio Rodriguez lo escuchaba yo en mi piso estudiantil, rodeado de lunas y de sueños, de amores juveniles que se iban desvaneciendo en el olvido.A hurtadillas y por momentos, le robaba su unicornio que, como el mío, se perdió tantas veces, para acaramelar a mis alumnas vespertinas.Cuando ellas llegaban, en lugar de apresurarse sobre los apuntes de filosofía, enternecían sus ojos oscuros, ampliaban sus sonrisas y tarareaban a sus unicornios que, como el de Silvio, como el mío, en brevísimo tiempo, se difuminaríanen la niebla.
A Silvio Rodriguez lo escuchaba yo en la voz de aquella novia adolescente, de piernas larguísimas, de cuerpo indefinido, de cabello a lo garçon y de sonrisa cautiva y cautivadora:"ojalá que la lluvia de je de ser milagro que baja por tu cuerpo"......................ojalá que la tierra no te bese los pasos"............."para no verte más, para no verte siempre en todos los segundos, en todas las misiones".Yo le decía a aquella novia adolescente cuánto la amaba con sus propias palabras, con las palabras de Silvio.Ella también me amaba como de soslayo, como de tránsito, como aman todas las adolescentes.
A Silvio Rodriguez lo encontré una noche e Granada, en un tiempo sin memoria, buscando, como siempre, a su unicornio azul y nevado, perdido y adormecido bajo el vaho de la noche.
El título de este post suena a título de Encíclica.No estoy muy seguro de que los miembros y miembras de LDA lean con frecuencia este género, aunque entiendo que podría serle muy útil, desde un punto de vista estilístico, a aquellos y aquellas que practican la recensión.De esto exceptúo a mis parcos lectores que presumo que las leen para establecer los correspondientes paralelismos y analogías.
Ramón escribió una Automoribundia.Mi primera intención fue escribir una Autoencíclica pero, al tener la "oscura noticia", que escribiera Dámaso, de que esta vicisitud tambien afecta a algunos de mis correligionarios/correlegionarias, he optado por lo colectivo.
Cicerón, en un conocido y muy leido tratado, "De senectute", señala:"nec nunc quidem vires desidero adulescentis-is erat locus alter de vitiis senectutis-non plus quam adulescens tauri aut elephantis desiderabam"("y ni siquiera ahora deseo el vigor del adolescente-éste era el otro extremo de los infortunios de la vejez-en la misma medida en que el adolescente no podría desear el vigor del toro o del elefante"):En este sentido, mi discrepancia es completa:los años no nos hacen más sabios sino más viejos.
Me queda, en todo caso, la duda de considerame postjoven o presenecto en esta tierra de nadie en la que me hallo, en la que nos hallamos¿Alguien, con sentido filológico, podría ayudarme?.Y vuelvo a Manrique, tantas veces citado en estas páginas:"el arrabal de senectud".!Ay! con lo poco arrabalero que yo soy.