Agosto se va muriendo de puro cansancio con aquellos bellísimos versos lorquianos:"trompa de lirio por las verdes ingles".Se muere el verano, se muere el mar, el "mismo mar de todos los veranos".También nos morimos un poco nosotros en este naufragio de ilusiones mustias y perdidas.
Como para detener a ese alud de pérdidas y muerte, decido romper con aquella norma que uno de mis probos profesores fijó en mi conciencia:la prohibición de las alienaciones.Me he propuesto alienarme, ajenarme y enajenarme para tratar de sumergirme en medio de la banalidad y la insustancialidad.Así que me encamino a uno de esos pubs nocturnos donde aliviar mi soledad.En el camino, me tropiezo con una negra que está dispuesta a alienarme o a desalienarme, según se mire, por el módico precio de veinte euros.Pero yo le digo que Mambru s`en va-t-en guerre y ella, curiosamente, me entiende.
Nada más entrar, veo a dos chicas rubias que están, por el momento, desocupadas.Intento captar su atención pero todo resulta en vano.Entonces se les acerca un chico guapo, el más guapo entre cien, a quien se le ve osado y lanzado hacia la aventura.En ese momento, suena esa repetida canción italiana que ha estado machacando todo el verano, y una de las chicas rubias acerca su trasero, es decir, su culo hacia las zonas fogueantes del más guapo entre cien que bailaba a su lado.Envalentonado el chico, la agarra por la cintura a la vez que se contorsiona como un equilibrista de circo.
Justamente entonces aparece el más guapo entre mil, hecho que, como cabe suponer, provoca un verdadero revuelo entre el público femenino.Apenas él inicia un deshilachado movimiento de baile, de uno y otro lado surgen cuatro o cinco chicas que se contonean a su lado.Se ve que el más guapo entre mil está tan acostumbrado a este tipo de cosas que ni siquiera se ufana.Pero entonces descubre a la chica que baila junto al más guapo entre cien.Y lo peor es que ella también lo descubre a él.Se produce entre ellos esa atracción fatal que, no sé por qué, me trae a la memoria la peli de El cartero siempre llama dos veces.También el más guapo entre cien ha advertido esa pasión ineluctable y ralentiza su baile de forma tan súbita que parece haber sufrido algún tipo de embolia momentánea.Se acerca a la barra cabizbajo y se sumerge en su bebida.Casi estoy a punto de recordarle que esto es como la ATP, es decir, cada uno ocupa un lugar fijo y predeterminado que conviene no olvidar.Pero, como tengo ese indisimulable gusto por la solemnidad, le digo:"sic transit gloria mundi" y él, naturalmente, no me entiende.Abandono el local, mientras la música sigue sonando:"napolitano....".
Alejandro Dumas, en una de sus novelas, Les Mohicans de Paris, popularizó una frase, "Cherchez la femme!", que, andando el tiempo, se convirtió en un verdadero tópico:que, detrás de todos los asuntos, sobre todo de los más importanmtes, se halla siempre una mujer.Naturalmente esa oscura y, a veces, imprecisa presencia, no puede nunca estar ausente de esa figura pomposamente sonora que se llama un gran hombre.
A mí se me viene a la mente la figura de Cenobia que, despues de considerarlo mucho, accedió a casarse con Juan Ramón, a sabiendas de que resultaba mucho mejor poeta que marido.A él, en cambio, el matrimonio le sentó muy bien.Pudo escribir Diario de un poeta recién casado y dedicarse plenamente a su atosigante obra.Se me ocurre que, en mi caso, no descarto el matrimonio en vista de las sugerencias poéticas que suscita.Pienso, igualmente, en Alma Mahler, aquella chica que físicamente nos recuerda a las heroinas italianas de Stendhal, profundamente enamorada del genio creativo de su marido.Pero él le doblaba la edad.Acarreaba, además, problemas sexuales que hubo de tratar con el mismo Freud.En los primeros tiempos de su matrimonio, Alma se volcó enteramente en la obra del genial compositor.Pero el tiempo, que todo lo dobla, le hizo volver a ese egoismo primordial, cimentado en una sexualidad no plenamente satisfecha.Acabó en los brazos de Walter Gropius,un distinguido arquitecto, lo que, paradójicamente, incrementó la capacidad artística de Mahler:es un hecho probado que la desdicha es casi siempre el mejor caldo de cultivo para una obra extraordinaria.
Pero, seguramente, el mejor ejemplo de entrega absoluta hacia la obra de un artista, lo constituya Clara Schumann.Pianiasta de primera línea, hasta el extremo de que muchos la compararon con Liszt, supo literalmente borrarse a sí misma y vivir entregada a la obra de su marido y al cuidado de sus ocho hijos.Llegó a escribir:"una mujer no debe desear componer".
Como vivimos en unos tiempos, que un cronista de la derecha llamaría convulsos y apocalípticos, en una "transmutación de todos los valores", para decirlo con palabras de Nietzsche, en la actualidad, detrás de cada gran mujer, se impone la enojosa tarea de buscar al paciente masculino.De oidas me llega que, tras la Vicepresdenta del gobierno, se oculta, no un mero affaire, sino una humilde sombra masculina.También sé que miss, Aído/Aída tiene un pretendiente:así llamamos en Andalucía a los novios.El chico que, como buen andaluz, es avispado, aprende muy rápido,Se encarga de todas las faenas domésticas y ella le suele repetir:"lo siento, dear, te toca el fregado.Estoy sumamente atareada con la Semántica de Frege".Estaría por asegurar que ninguno de mis lectores, ni siquiera Jero que se acuerda de todo, sabe cómo se llama el marido de la señora Thatcher.Pues se llama Denis.Como Diderot.
Hace unos meses, mientras aguardaba en Barajas, un largo viaje transoceánico, seguramente para minimizar el tiempo interminable de los aeropuertos y esa angustia flotante que me invade frente al miedo a volar, no en el sentido de Erika John, acudía con excesiva frecuencia a los mingitorios, de tal modo que en la espera, que duró varias horas, pude ver a varios cientos de meantes.Como tengo cierta manía clasificatoria y, además, disponía de bastante tiempo, se me ocurrió establecer una tipología de los acuciados por la vejiga.
El miccionante-filósofo mira al techo como si fuera una especie de Tales de Mileto escudriñando la bóveda celeste.Uno diría que está totalmente ausente de la acción que está realizando, si no fuera porque, en alguna ocasión, dirige los ojos a la tierra como para cerciorarse de donde está.
El meante fálico-narcisista dirige la vista, siempre con una sonrisa feliz, a uno y otro lado del lugar que ocupa con una satisfacción más que evidente.Uno diría que pretende transmitir a sus comiccionantes su autocomplacencia, no exenta de la envidia de los otros:"si alguno de vosotros tuviera lo que yo tengo entre mis manos, podríais sentiros contentos" parece querer decir.
El miccionante-agresivo se acerca siempre a su mingitorio con cara de pocos amigos.Mantiene siempre una actitud seria como si fuera un policía controlando una situación muy especial y, en modo alguno, repara en la existencia de esos extraños a los que un momentáneo destino ha puesto a su lado.
El miccionante- compulsivo se enreda en su labor, mientras ensaya mil gestos diferentes:movimientos de cabeza hacia un lado y otro, retrocesos y avances más propios de otra actividad y una retirada a desgana como si no quisiera abandonar el lugar.No es muy raro que, al cabo de un par de minutos, uno lo encuentre en el mismo lugar, preguntándose extrañado:"¿no es ése el mismo tipo que estaba aquí hace un momento?"
El meante-satisfecho esboza una generosa sonrisa como si quisiera transmitir un sentimiento de profundo optimismo.No tiene nada de raro que para exteriorizarlo, entone una canción de verano plena de lirismo:"hoy luce el sol para mi amor......"
Tengo un profundo desconocimiento sobre las miccionantas y no sabría del valor de esta momentánea clasificación en su caso.Recuerdo el caso de una rubia, allá en los primeros años de Facultad, a la que yo seguía a todas partes como su sombra.En una ocasión fue a parar a los mingitorios femeninos.Prudentemente me detuve en la puerta.Cuando la chica salió, al verme allí como una estatua, experimentó un evidente sobresalto:ignoraba ella que mis intereses eran puramente científicos.
No deja de resultar paradójico que Sade, a quien Freud tildaría de "perverso polimorfo", haya encontrado apologetas y defensores a ultranza.Entre los primeros, los surrealistas, especialmente Apollinaire, quien le otorgó el conocido seudónimo de "le divin marquis".Entre los segundos, Blanchot, Lacan, klossowski y, de forma más soterrada, Simone de Beauvoir que, en su conocido panfleto, "faut-il brûler Sade"?(¿"Hay que quemar a Sade?") lo absolvía en función de la libertad absoluta.
Algunos panegiristas, menos conocidos, lo absolverían en función de las maldades de su suegra-¿hay alguna suegra que no las cometa?Gracias a ella, Sade fue llevado a prisión en varias ocasiones pero no se debe olvidar que, entre otros cargos, había sido acusado de empozoñar a varias prostitutas a base de excesivas raciones de cantárida.Sea como fuere, para un espectador imparcial, es difícl ser tolerante con el personaje.Saló o Justine pretenden minar absolutamente el orden establecido, basándose en un ateismo tan sofístico que escandalizaría al mismo Protágoras.En La Philosophie dans le Boudoir, hay un claro alegato en favor de la paidofilia y una apelación a seguir la inmoralidad de la naturaleza.
Pero, en mi opinión, no ya es el mundo decadente y perverso de los libertinos para quienes los otros son meros objetos de placer, sino la propia literatura del marqués lo más denigrante.Como en esas películas porno, repetititvas y gimnásticas, que invitan más al sueño que al erotismo, las novelas de Sade no son otra cosa que una descripción detenida y farragosa de la fisiología del amor, desprovistas, además, de cualquier atisbo de sentimentalidad.Si las heroinas del XIX, Bovary, Karenina ou Ozores, se ganan la simpatía del lector más puritano gracias a que sus acciones están regidas por el amor, los héroes y heroinas de Sade son meramente cerebrales, capaces de las mayores atrocidades con tal de satisfacer sus caprichos.
Hay un erotismo divertido y burlesco, el de Bocaccio, otro repleto de angustia vital, por usar el tópico término, el de Miller o el de Nin, un erotismo que surge de la desesperación metafísica, el de Bataille, y un erotismo extrínseca e intrínsecamente perverso, el del marqués de Sade.Alguien, a quien dificílmente cabe reputar de persona muy moral, Bonaparte, manifestaba a las claras su desprecio por la persona y la obra del marqués no tan divino.
Estoy en medio del bar buscando, esperando a alguien de quien sé que definitivamente no está aquí.Aun asi, miro y vuelvo a mirar todos los rostros con el deseado y oscuro presentimiento de haberme equivocado.Salgo a la calle e intento componer unos miserables y desdichados versos.
A veces uno busca
con fría desesperación
en medio de la noche
un rostro que recuerde
a otro rostro amado
perdido para siempre
Una mirada, un extravío
unos labios ahogados
entre otros dulces labios
Para no decir adios
a un ligero amor que
como otros amores
se fue ya para siempre
Entonces me tropiezo con el negro que me conduce a través de unas larguísimas escaleras a un lugar donde hay muchas chicas, todas en bikini.A mi izquierda hay un hombre pequeño, acompañado de dos rubias.Se me ocurre pensar en las ocultas razones que deben tener los hombres pequeños para autoafirmarse con tanta energíaEl homúnculo, por supuesto , está ajeno a mis cavilaciones:tiene su cabeza entre las tetas de las dos rubias.Aunque no estoy de humor, pienso en Quevedo:"érase un hombre a dos tetas pegado".
Entonces llega la rusa que ha superado ampliamente la treintena pero que, al verme adulto, muy adulto, piensa que puedo ser un víctima propiaciatoria.
-¿Quieres un lap dance?
-¿Un qué?
-Un privado
-Aclárate
-Nos vamos a una cabina y bailo toda para tí.Sólo te costará treinta euros
¿Y yo qué hago?
-Lo que quieras pero sólo contigo
-La Lección de Anatomía
-¿Qué?
-Un famoso cuadro de Rembrandt
-¿Entonces?
-Te hago una contraoferta.Bajo contigo, bailo para tí y, a cambio, no te cobro nada
-Chico vivo.No me interesa.
-Ni a mí tampoco.Operarse a sí mismo conlleva riesgos.¿A qué hora acabas?
-"Daskora"(para los que no sepan ruso, hasta la vista)
Vuelvo a interesarme por las andanzas del hombre pequeño.Su cabeza, bañada en sudor, me recuerda a un periscopio feliz.
Bataille fue un autor que se popularizó mucho durante la transición, porque en este momento histórico hubo mucha trangresión y, lógicamente, muchos transgresores un gran número de los cuales se quedo en el camino.Ya los griegos advirtieron acerca del concepto de hibris.
Recuerdo una ocasión en un viaje en autobus en el que, justamente, a mi derecha, había un chico que leía con mucho disimulo la Historia del Ojo.Yo, que tengo una curiosidad mórbida y morbosa por ver lo que lee la gente en los autobuses, no le perdía ojo.El chico que, además llevaba barbas-también muy de la transición-seguía enfrascado en la lectura pero, de vez en cuando, me miraba con recelo.Probablemente era muy consciente de estar leyendo un libro prohibido y a lo mejor me había tomado por un agente secreto del Indice.En la transición, asimismo, se puso muy de moda aquella colección, La Sonrisa Vertical, que recopilaba un erotismo muy subido-batailliano-pero no siempre con ánimo transgresor.Dicha colección catapultó definitivamente a más de una gloria literaria vigente todavia aunque menos actual.
Bataille fue bibliotecario, miembro del Colegio de Sociología, autor de una obra amplia en la que, tal vez, cabría destacar, junto al título reseñado, Las Lágrimas de Eros y la Literatura y el Mal y fundador, con Klossowski y Ambrosino, de la revista Acéphale de la que sólo se editaron cuatro número y que ahora puede leerse en castellano.Sartre lo consideró despectivamente un místico y Bataille polemizó con él acusándole, a su vez, de ser un defensor de la racionalidad.El propósito de Acéphale está ya definido desde sus comienzos:"somos ferozmente religiosos y, en la medida en que nuestra existencia es la condena de todo lo que hoy se reconoce, una exigencia interior reclama que seamos igualmente imperiosos.Lo que emprendemos es una guerra.Es tiempo de abandonar el mundo de los civilizados y su luz.Es demasiado tarde para pretender ser razonable e instruido, pues esto condujo a una vida sin atractivos.Secretamente o no, es necesario convertirnos en otro o dejar de ser".A Acéphale estuvieron vinculados, entre otros, Roger Caillois, Drieu de la Rochelle, Walter Benjamin, Pierre Klossowski y André Masson que era el diseñador de la revista.
Bataille pretendía rescatar a Nietzsche de la interpretación de los nazis e instaurar una religión dionisiaca.De hecho, propuso crear una religión con sus ritos y mártires.Llegó a considerar la posibilidad que, como ocurre con algunas religiones, debía haber un sacrificio previo que coimplicara a todos sus miembros.Se consideró la posibilidad de un sacrificio humano para lo cual hubo algunos oferentes pero ninguno que se atreviera a ejercer de oficiante.Bataille pensó en Caillois pero éste renunció a tal honor, presintiendo probablemente que, al otro lado del océano, le estaba aguardando Victoria Ocampo, lo que, a todas luces, era un mejor destino.Uno había llegado a pensar, ingenuamente, que Nietzsche había llegado al límite de la desesperación metafísica.
Personalmente no encuentro nada de notorio, ni mucho menos de admirable, en estar inscrito en ese bello circunloquio que es la tercera edad.Pero ese no es el parecer de la revista Tiempo que esta semana invita a varios quincuagenarios descollantes a que se explayen sobre las mieles de esa gloriosa edad.Entre ellos figura el más sobresaliente de todos ellos, porque es claro que no hay ningún otro criterio más justo y exacto para medir el mérito que el lugar que uno ocupa en la sociedad:Rodriguez Zapatero.Asegura nuestro flamante Presidente que corre diariamente unos cincuenta minutos con la misma ligereza que lo hacía a los treinta.Uno, que es de naturaleza taimada, estaría por preguntarle como en el título de aquella obra de Gala "¿Por que corres Ulises?"
Otros de los quincuagenarios mencionados es Almudena Grandes-¿recuerdan?-aquella chica, autora de aquella famosa novela, Las Edades de Lulú, emblema de la rebeldía sexual de toda una generación y que, como todas las novelas generacionales, se ha quedado en eso, en una novela generacional.Antonio Banderas, apuesto el chico y presumiblemente buena picha, ya que se ha abierto camino en la jungla de asfalto que es Hollywood.Loquillo, ya sin trogloditas, y muy trajeado el hombre, que insiste en el valor de su generación como adalid sexual.
A mí, que, por desdicha, estoy en las cercanías de esa generación tan conspicua, se me ocurre que la única ventaja de esa edad es que, gracias a la ayuda de Viagra o cualquier alcaloide similar-alcaloidas para ellas, que ya los hay-uno puede emular una gesta amorosa propia de lo veinte años pero, eso sí, con el consiguiente reumatismo posterior y algún morbo gálico, todavía por clasificar.