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traslado


tinta

 


menstruación


 

Releo Alemania en otoño (buscar a Kleist)

Ella camina, con la mirada encontrada, apoyada en un paraguas antiguo. A su derecha la vía del tren,

el mar a la izquierda.

[no hay música, el sonido refleja el ruido de las pisadas en los guijarros que se doblega al rugir del mar en lucha contra las rocas. Todo se oculta cuando (después de un tenue pitido) pasa el cercanías

3,2,1, blanco sobre negro. Fundido en negro. Escritura. Papiro que se quema

el vientre de Ella sobre la roca aguantando las envestidas de otra penetración anal. La mirada encontrada en las nubes (del blanco al morado). Su sexo se acopla a un saliente de la roca (sinónimo), que la perfora rajándole la raja (sinónimo) hasta mezclar semen con sangre

aunque el primer autor en aparecer sea Kafka, pienso si Vila-Matas no es mas Cela que Canetti cada lectura que pasa

el dedo anular repasa la parte trasera del sobaco cerrado.

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alineados a la vera de la charca

El ruido de la lluvia en la lona me despierta y enciende. Noto el acre de mis axilas y como el agua pasa por debajo del suelo, como si la tienda estuviera clavada sobre tubos de acero. Del sueño recuerdo la ventana tapiada de nubes y la mano (cinco dedos, cinco anillos de plata) apoyada en el cojín con los pies sobre el sillón asomandome a ella. El clock-clock de la gota desde el baño. Mariana con los pies en la arena, los brazos en grua y las manos, las suyas, sujetando la invisible esfera de un planeta. Estoy solo. Salgo al porche y desde la rejilla a la altura de mis ojos, desnuda con los pies clavados en la arena, las piernas abiertas bajo un manto de aves turcas en posicion de uve con un manto azafran de amapolas de fondo. En el suelo una argolla sin llaves, las gafas de pasta roja sobre el cajón y el sueño dando tumbos junto a la gota que perfora, sinusitis constante. Las aves que pierden plutonio sobre ella que vestida con un parche en el ojo y las piernas abiertas clavadas en la arena va meando. Llueve. De fondo el clock clock de la gota desde el baño, ese cuarto de baño que el narrador odia. La calavera de mi pecho en su ojo. En la ducha no soy nada; una masturbación y una esponja naranja. Tres dedos que penetran en mi boca gracias al jabón de uso frecuente y un sumidero que acumula espuma. Enciendo el campig-gas, pongo la pettite casserole a calentar agua de lluvia y salgo abriéndome cremallera abajo. Cruzo la vía y la encuentro en la habitacion (convertida en vestidor y cuarto de baño) a horcajadas sobre el falo erecto de una B28, el parche del ojo destella, que clava su culo en las baldosas de astillas que hace un segundo besaba mi lengua. El desagüe no evita que las culebras se enrosquen en mis piernas buscando lo que antes entretenian mis dedos. Mariana, nocturna y marina, como una pin-up con los pezones de estrellas y el tren de la madrugada que anuncia ecos de su paso inminente. Las sirenas llegan desde la calle y surcan, como antaño, mi ombligo en circunvalación constante. Apenas nada. Tres paredes de luces rojas, bombillas y fluorescentes, suspendidas por cables de acero. De la escena un centro que gravita sin mono acolchado. Me rindo y caigo a un vacio que no es el tuyo, solo caigo. Tu lloras en una esquina, en un rincon ya olvidado. Soy Astronauta apretando el paso en la avenida con los ojos como ventanos sin persianas. Miento. En la cafeteria, al lado de la asesina de ancianos -cartillas de racionamiento y venta de organos- se escuchan canciones de amor sencillas y tiernas, canciones que llenan de vomito las manos. El camarero se desangra sobre el congelador de helados con los pantalones en las rodillas mostrando impudicamente el corte que parte en dos su torso, la herida infestada de bocas de paloma que hablan y tragan mostrando la perplejidad de siempre en su mirada. Ojos. La vida me ofrece su tac tic y regreso. Miento. Soy Puzzle y estoy muerto con las muletas en las manos. Mis dientes castañean al ritmo rijoso de las cortinas y el "I’ll Be Home". Será Mariana una bibliotecaria de libros o de craneos? O será la culpable la blanca braga-bañador de Pat Boone? En el caso desocupado parece que regresa Silvia del sueño, producto de Cortazar o de un certero comentario del mas encantador de los mexicanos. Silvia con un parche en el ojo corriendo y des- el encaje. Silvia en bañador blanco, abierta, con un pie en las baldosas y el otro flotando hula-hops de colores en el encerado del baño.

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Dodge o Perrault (hayal)

 



con la navaja y la ayuda de las tenazas dibujó un camino de la panza hasta el escroto del lobo hallado, un aguila surgió imperiosa y voló hacia el hayado



 

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Godard que mira con deseo a los marinos del Báltico.

 


El escote de Silvia le impedía ser buena persona.

Salí de casa temprano, antes de escribir esto, digo, para dirigirme al Stop, el bar donde esta mañana presencié los empujones, botellín en mano, que terminaron en abrazo, a las ocho de la tarde. Hacía un día de lobos, con su aliento frío (y largo como un bramido, diría Silvia ahora ­-magnifico Éxodo que copio-). Y ya en la calle… en esta mierda de rincón…asesinando perros canta Albert Pla y también lo copio. Y ya en la calle, escribía, en esta ciudad (no hay, ni ha habido nunca tranvías), el autobús, mi peor pesadilla, me pisa un pié en el instante que iba a parar a un camión de la basura. Silvia, en medio de la calzada, auuuuuu, (de rojo con una raja hasta la cintura, tacones negros y un guante alzado a la altura del codo) me susurra. La calle donde habita mi carne, intraradio, a tres pasos del paseoque cruza el centro de mi ciudad llenita está mi cabeza, las calles vacías, se parece mucho a su calle, pero así, interiormente pesimista. Las mujeres van con habito y caperuza, o con cardados color a lilas o enseñando el tanga las quillas, celular -que me dijo la yoli que te va a romper las bragas, a gritos. Ya no hay lutos sentados tejiendo para hijos soldados, ni nancys cornetín tocando a diana. Aquí los árboles son farolas que arrancan de las fachadas y pilones acerados que facilitan al trafagante un tropiezo y un tránsito. Nadie habla desde las ardientes cabinas oxidadas, ni gritan socarronamente el <<resistir, resistir>> de Negrín, quizás algún <<váyase, señor González>>. Viejas fábricas que encierran editoriales comarcales, una academia de baile y un gimnasio frente a la chimenea antigua, prodigio social símbolo de zapatitos extermina-culturas. Silvia desde el balcón verde plástico, se quita las medias, sentada en la antigua y bajita silla de coser de mi madre, el tobillo apoyado en la baranda. Y al fondo, no a lo lejos, el museo que era del agua deposito. Los jóvenes, hijos de los hijos de los muertos, son una multitud de tetas, un sábado cualquiera, astronautas folladores pitando silbatos rojos que anuncian al torero sin paquete que se avecina, frutos del luto eterno y el botijo en la guantera del auto. Me resguardo, en un aparte, bajo el toldo de una librería con el escaparate lleno de cuadernos de vacaciones y chanclas manuales de geografía…llega un día que la vida es un teatro. Las manos, las suyas y las mías, son un trazo mal afeitado de uñas con los bordes de piel levantada, los callos en el rostro surcado anticipado, la alegría que murió en la contienda, la que se llevo los juegos, bicicletas sin ruedas y orines haciendo autopistas, la que sobrevive a la memoria de los muertos en los márgenes de las calzadas, violines que arrancan al viento la rima, la que hace que las viejas sonrían tapándose las encías sin saliva pensando en el bolero que bailaron con los ausentes te quiero, yo quería crear un regaee. Te quiero , creo que me salio un vals y Silvia, desnuda haciendo la serpiente sobre el borde de la acera hasta llegar a la alcantarilla que marca a fuego un año ausente –de cuyo nombre no quiero acordarme- va muriendo en la memoria, con la cintura partida de tanto asomarse a ver si para ella también existe regreso. Suena desde la torre, una campana que ahuyenta a las cotorras. Nado desde dentro del ojo para ver como enfocar la vida. Tormenta extranjera. Han cortado la calle, mi calle abierta cubierta de vallas, el trafico se desplaza ahora hacia la rotonda frente la jaula, donde están los padres de los chiquillos? Que se hizo de las camionetas en las que llegaban los campesinos huyendo del avance franquista? Que pasó en las playas de Vilanova? Puerto extranjero lleno de gatos, arena cubierta de velas que celebran este tu mirar con yate al fondo. Los violines mecen tu falda, Silvia, haciendo eses de estrías en rojo y naranja, moviendo el aire que acaricia tu vello y te condiciona los pies, que bailan. Bailarinas heroicas de color frente las olas. Se van los fusilados, mar adentro, gracias a las hamacas y vienen las azadas a solventar zanjas rodeadas de vallas, amarillas verjas del casino que ahora sirven para detener a las tropas. Ay querida, no pares de bailar sola, tu limbo es parte de mi, mi hambre, mi casa. El semáforo obliga a parar al camión ante mis pasos. El lado del acompañante tiene las cortinas cerradas que no disimulan las curvas de Samantha Fox. Cuando mis pasos me dejan justo en la mitad del paso de peatones, el cristal del conductor se baja y una voz cantante me pregunta: -Necesito encontrar el limbo para descansar un rato, y subiendo la ventanilla me subo dejando que el joven acompañante se traslade a la litera enseñando unos calzones diminutos cubiertos a duras penas por una camisa verde guerra. Al llegar al aparcamiento de camiones, camino de la frontera, el luso posa sus manazas en mi cara, me escupe y con una caricia queda me besa, agradeciendo el gesto correspondo con la mirada en la cortina y el pensamiento en la guantera. El soldado nos esquiva abriendo la cortina y la puerta y se baja de un salto para orinar en la tierra llena de surcos dibujados gracias a las ruedas extranjeras, en dos segundos aparece una puta que se agacha y se retuerce empapándose del orín, gimiendo batallas ilusas, gritando un vivalavirgen, subiendo la falda hasta la cintura, enseñando el origen de su sed y su sexo violeta. De la mano me baja el luso y gracias al viento (esa otra frontera) nos sentamos contra las cuerdas dentro del contenedor lleno de madera. Los ojos tiernos del soldado se asoman enseñando su gran boca y la nariz recta (la vida aun no ha torcido su existencia), de sus pies las alpargatas desatadas arrastran las siete vetas y de sus labios los consejos de Séneca. Ante el relato, Silvia, saca a colación su origen mitad francés, mitad persa, y rascándose por debajo de las copas del sujetador (con dos dedos) las tetas, me habla de los dioses falsos, de capitalismo, de pigmeos, de soldados que orinan en las bocas de las guerras. Vaciados los bolsillos aún seguimos hablando en un banco de madera roto y mal lijado, apoyados en la mesa de picnic, con la hierba fresca cosquilleándome de los pies los dedos. Le toca el turno al cine indie americano heredero de tantos franceses vagos, a mi mente (furiosa conjugación de pasados) la canción Jean Luc dels amics de les arts –yo tampoco entiendo el corazón de mis amantes aunque compartan a Paul Auster-, y después se dedica a loar la alimentación fructifaga que tantos frutos cosecha, azadón y trinchera, semilla, sudor, sangre y agua. Las preñadas horas no suenan desde un reloj digital, aún así siento la llamada del minutero y fijo mi mirada en la muñeca ausente, la suya, y le tiendo el sudor juntando los dedos y subiendo la cremallera de mi mono azul lleno de manchas y rayas de grasa. –No nos veremos mas… y suena un golpe (el Babuino Batiente de Chuck) ejecutado con precisión por el soldado, que rompe un faro del camión y mata sordamente a Silvia, que se desangra vagina abajo en la cuneta, finalizando aquí el número musical. Se desmorona mi mundo, se me caen las manos a los lados del tronco, mis piernas fallan y me arrodillo ofreciendo mi sonrisa mas gastada.

 

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