Aquella escena estaba acabando con mis nervios. La chica de las gafas de sol volvía a dejarse llevar por aquel villano que una y otra vez la engañaba. Ahora parecía que la conversación volvía a ser como siempre, él insultándola y haciendo añicos su autoestima mientras que ella resguardaba sus lágrimas en la opacidad de sus cristales. Tenía ganas de decirle a la chica que se rebelase, que luchase contra él y saliera de aquel infierno en el que estaba convirtiendo su vida. Tenía ganas de decirle que, apenas hacía unas horas, yo mismo había sido testigo de un nuevo acto de infidelidad por parte de aquel chulo. Pero no podía, se me antojaba imposible entrar en la escena, por mucho que lo intentara, a pesar del afecto que sin ninguna razón sentía por la chica de las gafas de sol incluso sin conocerla. Ahora ella le agarraba la mano, ya ni siquiera los cristales eran capaces de ocultar sus lágrimas, ¿sería posible que aún se dejase humillar ante él, que le suplicara? No, ya no voy a aguantar más, me he decidido a invadir sus vidas para llevármela a ella lejos de aquel canalla, voy a mostrarle que más allá de su óptica hay un mundo lleno de color donde ella sería quien quisiera, no quien nadie le impusiera. Ya está, no voy a volver a permitir que se aproveche de ella es ahora o nunca, se va a enterar el muy cabronazo…
Recuerdo que, antes de que empezara a llover, todo el mundo se quejaba de lo poco que el cielo se acordaba de regarnos durante aquel invierno, así que el primer día que llovió recibimos el aguacero aspirando su intenso olor a tierra mojada y mirando los charcos de manera ilusionada.
El segundo día aún seguíamos mirándonos en ellos para ver a aquel niño que, enfundado en unas botas de agua hasta las rodillas, hacía el camino hasta el colegio pisando cada una de las pequeñas piscinas, como si fuera un gran gigante adentrándose en un, para él, estrechito océano.
Al tercer día de lluvia empezábamos a cansarnos, no había donde tender la ropa y el recuerdo de las botas de agua se convertía en deseos navideños, ya no se llevaba ese calzado por mucho que lloviese, aunque los dedos de los pies se nos quedasen arrugados como garbanzos, preferíamos el glamour de unos mocasines.
Al cuarto día el enfado se apoderaba de las calles. La gente caminaba con prisa, sin ceder el paso a los mayores y aprovechando cualquier malentendido para pelear enfurecidamente con gritos y agresiones de manera habitual.
Al quinto día empezaron las inundaciones, en los barrios más bajos. El agua salía de las alcantarillas anegando hogares y calles enteras, muchos lo perdieron todo.
Al sexto día los bomberos ya no daban abasto. De los barrios bajos las inundaciones alcanzaron el centro de la ciudad. La gente lloraba y sus lágrimas sólo servían para aumentar el caudal. Algunos salían a la calle montados en colchonetas de playa con las que surcaban aquel mar en el que empezaba a convertirse la ciudad. Ya no había hueco que no tuviera una considerable altura de agua.
Al séptimo día mi piel se empezó a caer. Si me daba con la uñas se desprendían trozos de epidermis que mi cuerpo no volvía a regenerar. También noté como mi respiración se hacía cada vez más dificultosa y vivir se convertía en un esfuerzo minuto a minuto.
Al octavo día no nos quedó más remedio que empezar a nadar. El agua había alcanzado los nueve metros de altura en toda la ciudad y las nubes seguían arrojando desgracia. Las barcas y colchonetas sustituyeron a los coches, pero la gran mayoría de la población nadaba. Aunque aquello fue una ventaja, notaba mi respiración más acompasada y ágil en el agua.
Al noveno día me manejaba en el agua como el mejor de los plusmarquistas olímpicos, con toda clase de gracias y piruetas marinas, tanto en la superficie como cuando decidía sumergirme. También la epidermis acabó de abandonar mi cuerpo dando lugar a unas brillantes escamas.
Al décimo día me sentí sorprendido de la cantidad de tiempo que llevaba sin dormir y sin pararme a descansar por lo que busqué un sitio profundo en el que poder reposar. Asustado asistí entonces al nuevo descubrimiento, mis pies ya no estaban en su sitio y en su lugar se encontraba una hermosa cola de pez que aún me daba más soltura a la hora de desplazarme.
Al undécimo día… ya no recuerdo qué fue lo que pasó, pero oigo la voz de don José Manuel, mi profesor de naturales en el colegio, cuando nos decía que a veces le gustaría ser como un pez y no tener memoria.
Cuando aquel hombre entró en la oficina de trabajo, el desconcierto se apoderó del resto de desempleados que, en aquel instante, abarrotaban la sala.
-¿Aquí es la oficina de empleo? Dejadme pasar.
Como si fueran aguas de un mismo río separadas por un Moisés recién llegado, las gentes se apartaron dejando un amplio pasillo libre que el señor aprovechó para llegar hasta la primera mesa que se encontró vacía.
La funcionaria encargada de aquel puesto alzó sus ojos y abandonó la mesa sin más dilación, tras ver la andrajosa figura despeinada y mal vestida que, portando un jarrón de china, había eludido toda la cola de personas que esperaban para iniciar sus trámites de desempleados. Se escuchaba alguna tímida protesta y, sobre todo, más de una risa ahogada por lo esperpéntico de la situación.
Al cabo de diez minutos sin que volviese la funcionaria, la cual había puesto pies en polvorosa, el hombre se levantó, abrazó su jarrón y preguntó por el alcalde. Tras no recibir respuesta abandonó la oficina de empleo, ante la carcajada generalizada.
A la mañana siguiente, cuando el jefe de la oficina de empleo se dispuso a abrirla para comenzar la jornada laboral, no supo dar crédito a lo que sus ojos veían, la oficina había sido invadida por una gran colección de jarrones de china.
Ayer, tras la encerrona que los españoles nos prepararon en Puerto Rico, tuvimos una de nuestras derrotas más crueles. Los pocos que pudimos llegar a La Garzona quedamos malheridos tras el combate, muchos ni siquiera llegaron al barco y perdieron la vida en el asalto, nunca más volvimos a saber de ellos, ya me avisó John Silver, el largo, que la vida de un pirata no es algo fácil. Entre los más afectados en sus heridas estaba nuestro bravo capitán, el Ilustre Amaro Bonfim. Pero no sólo su cuerpo quedó cubierto de cicatrices, sino también su alma, quedó francamente entristecido por la gran pérdida de hombres sufrida por La Garzona, pero sobre todo hubo uno al que el capitán lloró en silencio, ése era Juan Cantueso, cuya suerte quedó maltrecha en el camino, todos pensamos que cayó en Puerto Rico, en algún rifi-rafe propio de la batalla, porque de él nunca se volvió a saber en Mosquila.
Aliarme con los perdedores, simpatizar con ellos, es algo habitual en mí. Los prefiero antes que a los poderosos, porque son ellos y no éstos los que defienden las causas justas, por eso me uní también al coronel Aureliano Buendía, a pesar de sucumbir en las tantas guerras civiles promovidas, no tuvimos suerte.
Sin embargo, en Nunca Jamás fue distinto. Esta vez no fui pirata, luché al lado de Peter Pan y los niños perdidos, y conseguimos derrotar a Garfio, de él me quedó un irremediable odio a los relojes de manilla, el tic-tac es algo que me desespera y me inquieta. De Peter obtuve la esperanza de no abandonar nunca a aquel niño que fui, el que miraba al mar y veía a un fontanero.
Y ahora contemplo el universo desde otro ángulo, más allá del planeta tierra, en un pequeño asteroide que encontré habitado sólo por una vanidosa y presumida flor que no para de quejarse y de pedirme cuidados, dice que pronto llegará su principito y yo espero que así sea porque tengo ganas de conocer al dueño de tan bello planetita.
Después no sé a dónde iré ni en qué piel habré de meterme, pero sé que algo maravilloso me deparará el papel, porque escribiendo estoy viviendo y, precisamente, para eso vivo, y soy quien quiero ser, y viajo donde quiero viajar, y mis amigos se cuentan por miles.
Escribir es ser libre en el sentido más amplio de la palabra y eso fue lo que siempre quise desde que de pequeño escuchaba a mi padre cantar esa canción que decía… “libre libre quiero ser”.
Ayer por la tarde el comité Óscar Romero llevó a cabo en Cádiz la presentación de la agenda latinoamericana mundial 2010 y, además de presentarla, los presentes tuvimos el gusto de asistir a una conferencia del Joan Surroca, invitado del citado comité, sobre el decrecimiento sostenible.
Joan Surroca fue diputado en el parlamento catalán durante cuatro años, para él ningún político debería permanecer más de 4 años en su cargo porque el poder corrompe, también ha sido director de varios museos y un prestigioso musicólogo. Pero sobre todo es un activista, un revolucionario.
Su lucha consiste ahora en el decrecimiento sostenible, es su forma de luchar contra este mundo injusto, su manera de conseguir ese otro mundo posible. Para la sociedad actual, crecer significa aumentar el capital, es pues una lucha que pretende cambiar el competir y el consumir por crear y celebrar, dejar de ser depredadores para convertirnos en jardineros, por tanto, el verdadero crecimiento para Surroca no está en las posesiones o el patrimonio, sino en el crecimiento personal y espiritual, "no somos lo que tenemos sino que no tenemos más que lo que somos".
Joan Surroca animó a la lucha, a no quedarse inmóvil al borde del camino, a rebelarse pese al riesgo de la cárcel, el lugar donde, según él, se encuentran las personas honradas. Riesgo que él ha asumido y que ha estado a punto de sufrir varias veces, la última en 2005 cuando se declaró objetor fiscal y en vez de pagar al estado sus tributos destinó estos a labores humanitarias en África, Surroca fue declarado culpable pero no cumplió pena por toda una vida de coherencia y alejada del enriquecimiento personal.
En cuanto a la agenda latinoamericana 2010, este año lleva el lema de "Salvémonos con el Planeta", y en ella escriben autores de la talla de Pedro Casaldáliga, Frei Betto, Evo Morales o el propio Joan Surroca, además de otros muchos.
Queda muy poquito ya, está casi todo listo y espero que antes de que acabe el año o durante el mes de enero de 2010 aparezca el que va a ser mi segundo libro.
Esta vez se podrá comprar en librerías, aunque, para los que no sois de Cádiz, lo más cómodo será pedirlo por correos. También estoy barajando la posibilidad de que el libro se venda en alguna librería de Madrid, todo será gestionarlo en alguno de mis viajes a esa maravillosa ciudad.
Será un nuevo libro de relatos breves que irán acompañados por una parte dedicada a los pocos poemas que tengo escritos, a lo que me he atrevido animado por las voces que me han aconsejado no dejarlos perdidos en un cajón.
El formato será mayor en número de páginas que El fontanero del mar, pero menos en tamaño, como me aconsejó Pablo Llanos (cuerdosdeatar) en una conversación mantenida a los pies de la escalera del Palacio de Congresos de Madrid. De esa manera el libro será más fácil de llevar a cualquier parte, además de que me parece que para este tipo de publicación lo mejor es un libro pequeño, lo veo más bonito, más entrañable.
Llevará por título Onironáutico, pronto desvelaré por qué, y espero que satisfaga a todo aquel que voluntariamente decida sumergirse en sus páginas.
Mi primera novela también sigue su camino, pero eso me llevará mucho más tiempo
Una puerta entreabierta a medias entre la luz y la oscuridad, un reloj que se ahoga sin terminar de llegar a la hora en punto, un punto al que sólo le sigue otro, unos ojos sin pupilas o una cama sin tu cuerpo. Un sol sin rayos, una lluvia sin nubes, una playa sin orilla y un horizonte sin vista. Así es mi cuerpo, incompleto perfecto, con mi corazón a la izquierda pero sin el tuyo a la derecha.
Una de las caracterísiticas de Speculum es que en cada número contará con la participación de un autor, consagrado en el mundo de las letras, como invitado a participar con alguna de sus creaciones.
En el Nº 0 de Speculum tuvimos el privilegio de contar con Ana Rosa Carazo, excelsa poeta y esposa de Gregorio Salvador, vicepresidente de la RAE (la real academia de la lengua). Sin duda alguna que, el poema elegido para participar en dicha publicación de Speculum, impregnó la revista de su calidad literaria.
Además de todo eso, también sirvió para que en la presentación del Nº 0 se viviera un intenso y emotivo momento mientras la hija de la autora, Aurora Salvador, leyera el poema elegido para Speculum sumergiendo a todo el auditorio en la belleza de sus palabras.
Para este Nº 1, que se está preparando, la escritora invitada será Concepción Martínez-Carrasco Pignatelli. Una autora que a buen seguro deleitará a los lectores de Speculum con el poema elegido para formar parte de la revista.
Pero las buenas noticias no acaban ahí, sino que Ana Rosa Carazo volverá a formar parte de Speculum con un poema de su libro Roto casi el navío. Y además, también se incorpora a Speculum su hija, la también poeta y catedrática de lengua y literatura Aurora Salvador Rosa.
En Speculum estamos de enhorabuena con tantas y tan buenas incorporaciones, por eso queremos disfrutarlo contigo
Nací el 18-8-81, capicúa, a las 18 horas y 18 minutos. Los médicos, al nacer, dijeron que sería alguien especial. No sé si lo soy, pero trato de serlo, no me gustaría ser un ave de paso que marcha como si nada hubiera sucedido. Amo a las personas por encima de todas las cosas, pese a todo y escribir es mi forma de terapia, de salir de la rutina diaria y meterme en la piel de los personajes que invento y, sobre todo, escribo por puro afán de supervivencia, para que cuando me marche algo quede de mí en este mundo, no me gustaría ser un simple ave de paso.
En junio del 2008 publiqué mi primer libro, "El fontanero del mar". Un libro de relatos cortos que se puede adquirir a través de la web www.bubok.com
Espero que os sintáis cómodos en esta humilde casa de arena