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La isla de Peumayén...

Duermes, y un hombre escribe versos frente a una computadora...


Se nos rompió el amor

            En cuanto vimos la foto nos decidimos por ella. Era una casa que enamoraba y sólo una mirada entre nosotros nos sirvió para pedirle a la chica de la inmobiliaria que nos concertara una cita con sus dueños, los cuales habían decidido ponerla en venta.


 

Sus dueños fueron bastante generosos. En vez de una cita para enseñarnos la casa nos entregaron las llaves para que disfrutásemos de ella todo un fin de semana. Carlos y yo hicimos las maletas y las cargamos llenos de ilusión en el maletero de nuestro Opel Astra para conducir hasta ella.

 

Llegamos a la cabaña tras atravesar el sendero que se abría entre los sauces. Parecía sacada de una postal o, mejor aún, de un cuento de hadas. Entre el verde del bosque se levantaba firme y en troncos de madera aquel acogedor hogar. La redondez de cada tronco puesto sobre otro le daba un aspecto exquisito a aquella casa.

 

Nada más entrar, su interior nos cautivó mucho más de lo que lo había hecho el exterior. Era una casa llena de luz, con un inmenso patio tras la verja. Dentro tenía cuatro dormitorios exquisitamente decorados, un salón que era el doble de grande del que usábamos hasta la fecha, en cuyo centro una columna también de madera emergía desde el suelo hasta el techo, dos cuartos de baño con todo lujo de detalles y una cocina de mobiliario rural con una preciosa chimenea por la que expulsar el humo. Era la casa de nuestros sueños.

 

De los cuatro dormitorios había uno que permanecía con la puerta cerrada, pensamos que la corriente del viento habría penetrado por algún sitio cerrando aquella puerta. Sin embargo cuando la abrimos nuestra sorpresa fue mayúscula.

 

Estaba ensangrentado. Paredes, cama, cuadros, techo… no había un hueco que hubiese salido indemne de aquel inquietante rojo. Yo cerré mis ojos y rápidamente me giré para refugiarme en el pecho de Esteban, quien me abrazó al tiempo que cerraba la puerta.

 

Tras salir de aquella habitación nos miramos horrorizados. ¿Qué había pasado en aquella casa? Ernesto decidió volver a entrar, quería comprobar si había algún cadáver para llamar a la policía.

 

Después de un minucioso rastreo por cada hueco y en cada mueble Esteban salió y me informó que no había nada allí, sólo sangre.

 

Volvimos al coche y decidimos volver a casa y llamar a Antonio, el todavía dueño del hogar para contarle y preguntarle sobre lo que habíamos visto.

 

Nada más llegar llamé a Antonio y le conté lo del dormitorio ensangrentado. Él me dijo que eso no podía ser y yo le invité a que fuésemos el día siguiente para que lo comprobara con sus propios ojos, pero me dijo que llamase a Celia, que él no estaba en la ciudad y no podría llegar a ella hasta pasados unos días cuando hubiesen terminado sus negocios en el lugar donde se encontraba.

 

Llamé a Celia y ésta se mostró tan incrédula como su ex – marido. De manera que quedamos en que pasaríamos por su casa a recogerla y vendría con nosotros para ver lo mismo que nosotros había contemplado horrorizados.

 

Nuevamente llegamos a la casa, pero esta vez nos dirigimos junto a su dueña directamente al dormitorio ensangrentado. Cuando abrí la puerta todo estaba en orden y no había una sola gota de la sangre que Esteban y yo habíamos visto horas antes.

 

Le preguntamos a Celia por qué habían dejado aquel hogar, y ella con lágrimas en los ojos nos dijo que Antonio y ella se habían enamorado y amado en esa casa, pero que un día la convivencia se hizo insostenible y acordaron su separación.

 

-Se nos rompió el amor -, dijo.

 

Y yo decidí no comprar aquella casa que seguía siendo el resguardo de un amor, ya que dos corazones nunca sangraron tanto una ruptura.

 

 

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Novela de Ajedrez - Stefan Zweig

Hoy vengo a recomendaros un libro muy especial, "Novela de ajedrez", de Stefan Zweig, que pese a lo que pueda parecer no se trata de un tratado ajedrecista en toda regla, sino de una apasionante y conmovedora novela en 90 páginas.



Fue publicada en 1941 y su autor, austriaco, fue víctima de las persecuciones nazis, hecho que provocó que en 1942, pensando que la conquista hitleriana completaría todo el mundo, se suicidara en Brasil, último país al que había huido junto con su segunda esposa. Por cierto, como dato anecdótico y rosa, conoció a su primera esposa porque era una de sus más firmes seguidoras de su obra y lo seguía allá donde iba, para que veáis que el fenómeno "groupie" viene desde muy lejos...



Durante la segunda guerra mundial y en los años posteriores comienzan a proliferar novelas cortas con la segunda guerra mundial o la represión nazi como telón de fondo, sobre todo en países como Austria, Suiza, Alemania o Polonia. Son pequeñas novelas y algunas incluso utilizan la estructura natural de los cuentos. Esa narración corta es la que utiliza también el nóbel de la paz Elie Wiesel en su novela "La noche" o Primo Levi en "si esto es un hombre", donde, tal y como hace Stefan Zweig en "novela de ajedrez", retratan en sus páginas el calvario sufrido en sus propias carnes de manos del nazismo. En este tipo de novelas se inspiró también Boyne para construir "El niño con el pijama de rayas", que tanto éxito ha cosechado en nuestros días.



"Novela de ajedrez" refleja un viaje en barco en el que los ocupantes se encuentran con la sorpresa de que con ellos viaja el campeón del mundo de ajedrez, Czentovic. Al que retan una y otra vez sin ninguna posibilidad de victoria hasta la aparición de un misterioso personaje, el señor B.



Recomendadísima novela que pone los pelos de punta y que se lee en poco más de una hora.


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La vida secreta de Peter Parker - Manuel Cuesta

 


El cantautor sevillano Manuel Cuesta acaba de publicar su último disco “la vida secreta de Peter Parker”, un disco en el que homenajea al mundo del cómic, del que Manuel es un acérrimo seguidor.

 

Doce canciones grabadas y autoproducidas por él mismo en los estudios de Emilio y Antonio Villalba. Doce canciones que hacen un repaso a su vida, a lo que es y a lo que también ha sido, y en las que colaboran artistas de la talla de Roger Pera (voz de Spiderman en la película), Javier Albalá o Ismael Serrano, quien canta junto a Manuel en “Tu risa en la alameda”, canción homenaje a la emblemática alameda de Hércules sevillana, una de esas canciones-himno que acaban convirtiéndose en santo y seña de su autor.

 

El paso del tiempo, la protesta social, la memoria, la amistad, el amor o la familia, son los temas recurridos por Manuel Cuesta para el disco. Pero sobre todo, con “La vida secreta de Peter Parker”, el cantautor sevillano explota ese segundo “yo”, esa parte esquizofrénica que todos tenemos, esa doble vida que muchos no alcanzan ni conocen y que los súper héroes luchan por sacar a relucir.

 

Viendo el panorama musical actual y las mil y una trabas que la industria discográfica lanza sobre la verdadera música de calidad elaborada y trabajada podríamos decir que Manuel Cuesta es un auténtico súper héroe y lo ha demostrado con esta magnífica obra que te atrapará en sus redes desde la primera escucha, como si de una telaraña de tratase.

 

Pero “que no cunda el pánico en este sueño eléctrico, que en este mundo insólito hay que ser poemático. Hoy quiero ir de incógnito y me mantengo ingrávido, para darte irónico el beso del arácnido”.

 

Mucha suerte a Manuel con este nuevo disco, desde noticiasdelbuho esperamos que sea todo un éxito.

 

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BARRIO

 


Cuando yo era pequeño mi barrio era un inmenso descampado que rodeaba la carretera que descendía desde el pueblo y los pocos edificios que se levantaban en su orilla. En ese descampado los niños jugábamos y corríamos a nuestras anchas, eran otros tiempos en los que dos piedras a la misma altura formaban una portería y una atracción del parque se convertía en una canasta por sus aros. Los campos de juego no tenían medidas ni líneas que encarcelasen a nuestra imaginación y sobre la tierra cavábamos hoyos en los que entraban nuestras canicas.

 

Pero aquel descampado también tenía su lado oscuro. Bajando la cuesta de la carretera llegabas a una carnicería sobre cuya fachada lateral podías leer “Aquí se vende droga”, escrito en voluptuosas letras negras pintadas a grafiti. En la carnicería no, la droga la vendían los camellos que se sentaban en su fachada apoyando su espalda bajo esas letras. Y, en efecto, a pesar de que todo el mundo lo sabía, allí se vendía droga, la droga que luego se consumía en aquel mismo descampado donde los niños jugábamos, papelinas, caballo, heroína. Ningún niño de mi barrio fue ajeno a aquella tragedia. Cuando jugábamos al escondite y buscabas el mejor refugio para que nadie te viera a veces te encontrabas la desagradable sorpresa, el drama de una persona que frente a ti se inyectaba su propio veneno en las venas. Tenía 8 años y recuerdo como si fuese ayer el día que encontraron aquel chico muerto en el cobertizo abandonado, toda la pandilla, todos los niños fuimos a ver el hallazgo mientras la policía y los médicos sacaban al pobre muchacho por la ventana, la puerta estaba tapiada, no olvidaré la expresión inerte de su rostro, el vacío de su gesto.

 

Muy a menudo, por el norte o por el sur, siempre llegaba algún caco a estropearnos el juego. Por el norte nos visitaba “El caracol”, que apenas tenía un par de años más que yo, de cuyos rizos o caracolillos procedía su nombre de guerra. “El caracol” aprendió pronto el miedo que suscita una navaja y se hizo con una de esas que traían incorporadas los cortaúñas, de manera que cuando jugábamos a las canicas o a los trompos aparecía con su navaja oxidada y nos robaba aquellos tesoros que con tanto esfuerzo en nuestras partidas habíamos conquistado a nuestros compañeros.

 

Por el sur atacaba la banda de “El varilla”, llamado así por su extremada languidez. Aquella banda siempre aparecía en gran número y robaban sobre todo balones, pero alguna vez incluso consiguieron la bicicleta de algún amigo que lloraba su pérdida. La bicicleta o los balones eran por entonces los regalos de comunión más cotizados, en aquellos días no todo el mundo podía permitirse tener un balón de reglamento, de hecho se veían pocos por la calle, yo no tuve mi primer balón de reglamento hasta que cumplí mis crecidos 21 años.

 

Todo eso fue hasta que llegó la revolución del ladrillo. Con ella el barrio cambió. Los descampados empezaron a desaparecer a cambio de carreteras y edificios. Se hicieron grandes bloques y calles nuevas rodearon mi casa, y lo que empezó siendo el extrarradio de la ciudad pasó a convertirse en la avenida principal.

 

Ante tanta carretera los niños dejaron de jugar en las calles y se abrió la veda de las videoconsolas. Todo hay que decirlo, el dinero subió, subieron los sueldos y la gente comenzó a vivir mejor y a gastar en lujos. La heroína abrió paso a una droga más cara, la cocaína.

 

 

En líneas generales creo que la vida evolucionó para mejorar, salvando las relaciones humanas, que se fueron minimizando y desapareciendo poco a poco.

 

También desaparecieron “El varilla” y “El caracol”, y ya los niños dejaron de ser testigos del drama humano que se inyecta tras un árbol.

 

El otro día en la prensa anunciaban que como efecto de la crisis que nos asola el consumo de heroína se ha disparado. Ante la falta de dinero los drogodependientes buscan consuelo en una droga más barata, la cocaína empieza a no estar al alcance de todos, y yo me planteo si esta crisis es más profunda de lo que pensábamos, no en el terreno económico, sino en el social, porque en el barrio ya no hay árboles ni cobertizos donde refugiarse y no me gustaría encontrarme a una pobre oveja descarriada pinchándose detrás de una farola.

 

Hoy, mientras bajaba la cuesta de mi barrio con el coche, un muchacho hacía un grafiti sobre la fachada de la antigua carnicería, que ahora es un establecimiento de comida a domicilio. No me he fijado demasiado bien, pero creo que ponía “Aquí se vende droga”.

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La clase de Marta (elecciones en País Vasco y Galicia)

Ana despertó pronto, como cada mañana, para preparar el desayuno de las niñas, Marta, Rocío y Lucía, antes de llevarlas al colegio.

La primera en salir de la cama siempre era Marta, nada más su madre asomaba a la puerta para que fuesen a desayunar, la pequeña salía rauda de entre las mantas con el ánimo de ser la primera en abrazar a su madre, por la que sentía auténtica pasión.

Tras acabarse el tazón de cereales y la leche del desayuno, emprendían el camino hacia la escuela. Sus hermanas remoloneaban y protestaban por ello, pero a Marta le gustaba el colegio, se lo pasaba bien con sus amigos y la seño Virtudes era muy buena con ella.

A su corta edad, su clase ya había hecho la primera selección natural y se encontraba dividida en tres grupos. Ella compartía la mayor parte del tiempo con Irene, Silvia, Raquel, Antoñito y Javi, esos eran sus amigos. En otro de los grupos había una niña muy mandona, Selene, hija del señor Campos, aquel enemigo de su padre, que dominaba a los demás niños de su grupo. El tercer grupo era el de Guiller, un niño que siempre andaba gritando y nunca compartía sus juguetes, lo que tomaba como suyo era suyo. A Guiller, le seguían algunos niños más y era el grupo más numeroso de aquella clase.

En la clase tenían varios juegos que usaban, según la semana, siempre los viernes. Había puzzles, láminas de colorear e incluso disfraces. Aquel viernes tocaba plastilina, manualidades y el preferido de todos los niños, las marionetas, que ese sí que se hacía durante todos los viernes. La señorita Virtudes preparaba un escenario para los títeres que manejaban los propios niños, ello fomentaba su imaginación y su creatividad, y el grupo encargado de hacer el teatro de los títeres era el que antes y mejor hubiera acabado sus juegos durante el viernes anterior.

En cuanto a ese viernes, en plastilina tenían que representar una granja, cada niño debía de hacer un animal que fuese común en las granjas, una vez acabado todos los grupos expondrían su granja y se conocería el ganador. En las manualidades los niños habían de hacer una valla para que los animales no se escaparan de la granja.

Los tres grupos se dispersaron y comenzaron a hacer su tarea. Cada niño debía de hacer su animal de plastilina sin decirle a los otros componentes del grupo el animal que estaba haciendo, por lo que Marta eligió hacer una vaca, sin saber qué harían los demás niños.

Cuando acabó el tiempo la seño Virtudes pasó a examinar los animalitos. El grupo de Selene había hecho un buen trabajo. Se veía que tenían mucha maña con la plastilina, pues en su granja había vacas como la de Marta, cerdos, gallinas y hasta un burro. El grupo de Guiller no lo había hecho mal del todo, pero habían repetido algunos animales y faltaban otros fundamentales en las granjas. Cuando la seño llegó al grupo de Marta llego la sorpresa. Allí se repetían los mismos animales que en los demás grupos, pero habían incorporado un perro que había hecho Irene ?porque era el encargado de cuidar las ovejas? y, cuando vio el animal que había representado Javi, Virtudes le dijo al niño que había repetido al perro de Irene. Javi contestó diciendo que aquello no era un perro, ?¡que era un León!?. Todos los niños se echaron a reir, -qué ocurrencia-, pensó Marta, - un león en una granja se comería al resto de los animales-. De modo que el juego de la plastilina lo ganó el grupo de Selene.

Para las manualidades se trataba de hacer lo mejor posible aquella valla con las pinzas. Tras varios minutos trabajando conjuntamente y en equipo, los niños acabaron sus vallados. La señorita Virtudes pasó a revisar cada uno de los trabajos. Mientras que el grupo de Selene no había terminado su cerca, el de Guiller, que además de la valla habían recreado una gran puerta de acceso, y el de Marta la habían acabado con bastante buen hacer para que no se escaparan sus animales, eso sí, lejos del león de Javi, que aunque se quedó en la calle no pudo evitar que el grupo de Guiller ganara las manualidades gracias a su pórtico

Marta se sentía un poco decepcionada. Habían perdido en la plastilina, un juego que en los últimos viernes solían tener dominado, y tampoco habían alcanzado la victoria en las manualidades, aunque en este juego su mejoría se había hecho notable, ya que habían estado a punto de ganar a Guiller y sus compañeros, auténticos especialistas en este terreno.

Por otra parte, Marta estaba contenta, pues ese viernes sería su grupo quien siguiese liderando el taller de marionetas, aunque sentía un poco de preocupación por ver lo que sucedería al siguiente viernes, en el que podía perder el dominio de los títeres.

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Construir un libro II: REALIDAD O FICCIÓN

Cuando escribes o publicas un libro, la primera pregunta, o aquella que siempre te hacen es si lo que has escrito te lo has inventado o es algo que te haya sucedido a ti de verdad, es decir, realidad o ficción?

Evidentemente nada surge de la nada, pienso que el escritor siempre escribe basándose en su propia experiencia o en alguna conocida. No podría escribirse sobre el fuego si uno nunca lo ha visto u olido, o ni tan siquiera hubiera comprobado el rastro de destrucción que deja tras de sí. Sería imposible hablar del amor cuando ni tan sólo se ha oído hablar de él y mucho menos sentido.

Es por eso que creo que todo lo que se escribe tiene siempre un tono "autobiográfico", aunque esa autobiografía de la que hablo sean los sueños irreales con naves espaciales de cualquier autor. Todo lo que nace de él e incluso de sus sueños, le pertenece, aunque en este caso fuese una realidad inventada o una ficción vivida en sueños.

De modo que de lo que acabo de expresar se puede deducir que mi segundo libro será una obra de ficción basada una o varias realidades, pero evidentemente la ficción va a estar más presente que la realidad, primero porque no trato de hacer una obra memorística y segundo tampoco es mi intención escribir una novela histórica.

Y cómo ya dije, podéis hacer preguntas o proponer temas sobre los que hablar a la hora de construir un libro, que es en lo que me encuentro ahora.

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Alberto, el mecánico

Alberto era un reconocido mecánico de automóviles en el pueblo. Tenía el taller en la céntrica plaza de San Pablo y a diario decenas de personas encomendaban sus coches a su buen hacer profesional. Entre otras personas, habían sido clientes suyos el alcalde, el futbolista más famoso del pueblo, que llegó a jugar en un equipo de segunda división, don Eulogio el médico y hasta el cura de la parroquia.

Fuera del taller, el mecánico vivía felizmente con su familia. Tenía mujer y tres hijas de 6, 9 y 11 años que causaban su delirio. Los fines de semana disfrutaban de paseos y excursiones a ciudades cercanas, a la montaña o a la playa cuando llegaba el calor.

Su fama se atribuía a que había conseguido revivir hasta al más muerto de los motores de cualquier tipo de coche, utilitarios, furgonetas, camiones e incluso coches de época no se le resistían.

Un día, en el que su mujer y sus hijas se había marchado de compras, Alberto salió a la montaña a explorar una ruta a la que poder llevar pronto a su familia, y en esas andaba hasta que a lo lejos divisó como un grupo de gente bajaba de un todoterreno, conocía aquel coche, era el del señor Campos, un empresario muy conocido en el pueblo, con reputación y grandes empresas al que se le tenía gran estima. Por supuesto, aquel todoterreno y los vehículos de las empresas del señor Campos también habían pasado por sus manos.

Pensó en acercarse y saludar al empresario, con quien gracias a sus trabajos mantenía una buena relación, pero justo cuando se encaminaba hacia el grupo de hombres vio como del maletero de aquel todoterreno verde sacaban a un hombre maniatado. Alberto se quedó perplejo y decidió resguardarse tras una gran roca esperando la ocasión de salir, no podía ser, debían de estar gastando una broma a aquel hombre. Quizás celebraban su despedida de soltero y era una más de las muchas bromas pesadas que se utilizan para la ocasión.

Sin embargo, ése no era el caso. Tras sacar a aquel desdichado del maletero lo amarraron al tronco de un árbol y aquellas personas que acompañaban a Campos empezaron a golpear al cautivo. Primero con sus manos golpeaban su rostro, luego comenzaron a propinarle patadas y puñetazos a lo largo de todo su cuerpo, cuando apenas se sostenía soltaron las cuerdas del árbol y el hombre cayó a plomo sobre la hierba. Campos no participó en aquella tunda en ningún momento, simplemente se limitó a contemplar el espectáculo.

Con aquel hombre caído en el suelo, Alberto no sabía si inconsciente o muerto, aunque esperaba lo primero, uno de los secuaces de campos agarró las cuerdas, subió a lo alto del árbol y la amarró de una robusta rama. El mecánico empezaba a temerse lo peor, pensó en llamar a la policía, pero en aquella montaña su teléfono móvil carecía de cobertura. Entre los dos sicarios que quedaron en tierra levantaron en peso al linchado, rodearon su cuello con la cuerda y cuando ésta apretaba ya sobre su garganta, soltaron al hombre dejándolo caer sobre su propio peso hasta donde la cuerda sostenía su cuerpo sin dejar que sus pies tocaran el suelo.

Tras un pataleo que duró alrededor de diez segundos el desconocido quedó inerte, había sido ahorcado, pero la crueldad de la escena no quedó ahí, porque en ese momento Campos decidió intervenir en el desarrollo de la obra. Uno de aquellos esbirros roció el cuerpo colgado con el líquido de una garrafa que parecía ser gasolina, Campos se acercó, se llevó la mano al bolsillo y sacó su mechero, con el que prendió fuego al cuerpo ya muerto de aquel pobre sentenciado.

Alberto decidió quedarse escondido hasta que aquel todoterreno hubiese desaparecido del lugar, pero pronto hubo de descender la montaña, ya que aquello provocó un incendio que tardó varias horas en ser extinguido. Volvió a su casa y no contó nada de lo visto, ni siquiera a su esposa, que antes de la cena empezó a notar signos extraños en su marido.

Por la madrugada, mientras Ana dormía, el mecánico no cesaba de dar vueltas en su cama, ninguna de las imágenes que había contemplado aquella tarde abandonaban su cabeza, y así pasó la noche en vela.

A la mañana siguiente fue al trabajo. Tenía miedo. Nadie sabía lo que había visto y deseaba denunciarlo, pero temía las represalias que Campos pudiera tener sobre él. Un par de horas después, mientras trabajaba, oyó un coche llegar al taller, se asomó a su puerta y un temblor recorrió su cuerpo cuando comprobó que se trataba del todoterreno verde que había visto el día anterior en la montaña, y de cuyo interior descendía el señor Campos.

- Hombre Alberto, qué pasa. Mírame a ver si me cambias la rueda, que ayer fui con mi familia al monte y se me ha pinchado.

El mecánico se puso manos a la obra con él enseguida, con tal de perderlo de vista pronto. Acabó su trabajo sin decir una palabra, el señor Campos le pagó y se fue del taller.

Alberto decidió que no podía esperar más. Que encima de haber asesinado a un hombre tan cruelmente no podía acudir ahora al taller como si nada hubiese pasado y, sobre todo, tenía otro pensamiento más sobre su cabeza, seguramente aquel pobre ahorcado no sería la primera persona con la que hacían algo así, de manera que tampoco podría ser la última.

Sin más dilación, el mecánico cerró el taller y acudió a la comandancia de la guardia civil, donde denunció el caso.

Efectivamente, tras la extinción del fuego, se había encontrado en aquel lugar los restos de un cadáver apenas reconocible, ya que se encontraba calcinado y la investigación comenzó su curso.

Nada más conocer la denuncia que el mecánico había interpuesto contra él, el señor Campos negó los hechos y empezó toda una trama de rumores, dimes y diretes con los que desprestigiar el trabajo del mecánico, cuyo taller empezó a perder clientela.


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Alberto, el mecánico

Alberto era un reconocido mecánico de automóviles en el pueblo. Tenía el taller en la céntrica plaza de San Pablo y a diario decenas de personas encomendaban sus coches a su buen hacer profesional. Entre otras personas, habían sido clientes suyos el alcalde, el futbolista más famoso del pueblo, que llegó a jugar en un equipo de segunda división, don Eulogio el médico y hasta el cura de la parroquia.

Fuera del taller, el mecánico vivía felizmente con su familia. Tenía mujer y tres hijas de 6, 9 y 11 años que causaban su delirio. Los fines de semana disfrutaban de paseos y excursiones a ciudades cercanas, a la montaña o a la playa cuando llegaba el calor.

Su fama se atribuía a que había conseguido revivir hasta al más muerto de los motores de cualquier tipo de coche, utilitarios, furgonetas, camiones e incluso coches de época no se le resistían.

Un día, en el que su mujer y sus hijas se había marchado de compras, Alberto salió a la montaña a explorar una ruta a la que poder llevar pronto a su familia, y en esas andaba hasta que a lo lejos divisó como un grupo de gente bajaba de un todoterreno, conocía aquel coche, era el del señor Campos, un empresario muy conocido en el pueblo, con reputación y grandes empresas al que se le tenía gran estima. Por supuesto, aquel todoterreno y los vehículos de las empresas del señor Campos también habían pasado por sus manos.

Pensó en acercarse y saludar al empresario, con quien gracias a sus trabajos mantenía una buena relación, pero justo cuando se encaminaba hacia el grupo de hombres vio como del maletero de aquel todoterreno verde sacaban a un hombre maniatado. Alberto se quedó perplejo y decidió resguardarse tras una gran roca esperando la ocasión de salir, no podía ser, debían de estar gastando una broma a aquel hombre. Quizás celebraban su despedida de soltero y era una más de las muchas bromas pesadas que se utilizan para la ocasión.

Sin embargo, ése no era el caso. Tras sacar a aquel desdichado del maletero lo amarraron al tronco de un árbol y aquellas personas que acompañaban a Campos empezaron a golpear al cautivo. Primero con sus manos golpeaban su rostro, luego comenzaron a propinarle patadas y puñetazos a lo largo de todo su cuerpo, cuando apenas se sostenía soltaron las cuerdas del árbol y el hombre cayó a plomo sobre la hierba. Campos no participó en aquella tunda en ningún momento, simplemente se limitó a contemplar el espectáculo.

Con aquel hombre caído en el suelo, Alberto no sabía si inconsciente o muerto, aunque esperaba lo primero, uno de los secuaces de campos agarró las cuerdas, subió a lo alto del árbol y la amarró de una robusta rama. El mecánico empezaba a temerse lo peor, pensó en llamar a la policía, pero en aquella montaña su teléfono móvil carecía de cobertura. Entre los dos sicarios que quedaron en tierra levantaron en peso al linchado, rodearon su cuello con la cuerda y cuando ésta apretaba ya sobre su garganta, soltaron al hombre dejándolo caer sobre su propio peso hasta donde la cuerda sostenía su cuerpo sin dejar que sus pies tocaran el suelo.

Tras un pataleo que duró alrededor de diez segundos el desconocido quedó inerte, había sido ahorcado, pero la crueldad de la escena no quedó ahí, porque en ese momento Campos decidió intervenir en el desarrollo de la obra. Uno de aquellos esbirros roció el cuerpo colgado con el líquido de una garrafa que parecía ser gasolina, Campos se acercó, se llevó la mano al bolsillo y sacó su mechero, con el que prendió fuego al cuerpo ya muerto de aquel pobre sentenciado.

Alberto decidió quedarse escondido hasta que aquel todoterreno hubiese desaparecido del lugar, pero pronto hubo de descender la montaña, ya que aquello provocó un incendio que tardó varias horas en ser extinguido. Volvió a su casa y no contó nada de lo visto, ni siquiera a su esposa, que antes de la cena empezó a notar signos extraños en su marido.

Por la madrugada, mientras Ana dormía, el mecánico no cesaba de dar vueltas en su cama, ninguna de las imágenes que había contemplado aquella tarde abandonaban su cabeza, y así pasó la noche en vela.

A la mañana siguiente fue al trabajo. Tenía miedo. Nadie sabía lo que había visto y deseaba denunciarlo, pero temía las represalias que Campos pudiera tener sobre él. Un par de horas después, mientras trabajaba, oyó un coche llegar al taller, se asomó a su puerta y un temblor recorrió su cuerpo cuando comprobó que se trataba del todoterreno verde que había visto el día anterior en la montaña, y de cuyo interior descendía el señor Campos.

- Hombre Alberto, qué pasa. Mírame a ver si me cambias la rueda, que ayer fui con mi familia al monte y se me ha pinchado.

El mecánico se puso manos a la obra con él enseguida, con tal de perderlo de vista pronto. Acabó su trabajo sin decir una palabra, el señor Campos le pagó y se fue del taller.

Alberto decidió que no podía esperar más. Que encima de haber asesinado a un hombre tan cruelmente no podía acudir ahora al taller como si nada hubiese pasado y, sobre todo, tenía otro pensamiento más sobre su cabeza, seguramente aquel pobre ahorcado no sería la primera persona con la que hacían algo así, de manera que tampoco podría ser la última.

Sin más dilación, el mecánico cerró el taller y acudió a la comandancia de la guardia civil, donde denunció el caso.

Efectivamente, tras la extinción del fuego, se había encontrado en aquel lugar los restos de un cadáver apenas reconocible, ya que se encontraba calcinado y la investigación comenzó su curso.

Nada más conocer la denuncia que el mecánico había interpuesto contra él, el señor Campos negó los hechos y empezó toda una trama de rumores, dimes y diretes con los que desprestigiar el trabajo del mecánico, cuyo taller empezó a perder clientela.


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