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Cuentos para dedicar

La voz de su cuento.


El caracol

Casi lo había logrado? Había tardado varios días en recorrer el jardín donde vivía hasta ascender con muchísimo esfuerzo lo alto de un muro, una pequeña pared de menos de dos metros. Había luchado contra los elementos y sobre todo con diversos depredadores. En esos momentos se sentía pletórico de felicidad. Aquel logro era para él era una proeza, casi una prueba de fe, en sí mismo, en su condición como animal torpe y lento.
Jacinto era un niño bueno, sólo quería ayudar. Cuando vio al caracol en la pared lo tomó por su caparazón, el animal se desprendió de la pared suavemente, varios hilos de baba se quedaron reposando sobre la cal comenzándose a secar y formando una especie de película trasparente. Colocó al pequeño ser en su mano y lo contempló con mucha curiosidad. Después sonrió, se acercó al jardín, el mismo donde días atrás el caracol había comenzado su viaje y lo depositó sobre una hoja. Todo lo hizo con mucha delicadeza, para no hacerle daño. Acto seguido se marchó. Si en esos momento hubiese afinado el oído quizás habría podido escuchar los insultos e improperios que salían de la boca del acongojado gasterópodo.

Para los que tratan de ayudar pero con sus nobles actos sólo hacen que joder la marrana.

© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)

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El cuento exquisito #3

Acompañado de almejas, sepia y bogavante, guisantes de la huerta y una deliciosa salsa marinera. Ah y regado por un vino blanco de la mejor cosecha.

Dedicado a todos aquellos que somen más con los ojos que con la boca

© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)

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Sin palabras

Erase una tribu que no podía hablar porque no tenía cuerdas vocales y no sabía escribir porque carecían de dicho conocimiento, pero cada noche, cuando la luna se alzaba en lo más alto, se sentaban en un gran corro y disfrutaban todos juntos de un buen cuento.

Para aquellos que su principal lema sea "Querer es poder"


© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)

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La Carta

- ¿Sabes? Ayer envié una carta a Juan.
- ¿A qué Juan?
- A qué Juan va ser. A Juan Brezas.
- ¿Una carta? ¿Escrita? ¿A mano?
- Sí, claro.
- ¡Pero si es ciego y no tiene a nadie quien se la lea!
- Eso no me preocupa en absoluto. Estoy cien por cien segura que él sabrá muy bien lo que pone en ella.

Dedicada a mi hermana Caroline que tras pasar miles de penurias ha recuperado el sentimiento del amor pese a que éste a veces se difumine en la niebla de la locura


© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)


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La pasión de Dvorák

Venía de una prestigiosa casta de artistas. Todos ellos se habían prodigado o bien en la música, la poesía, la escritura e incluso el funambulismo. Bohumír Dvorák no quería ser menos pero aun no había encontrado cuál era su don. No sabía cantar, ni tocar ningún instrumento; tampoco sabía componer ni siquiera una triste melodía. La literatura se le daba igual de mal. Mucho peor era cuando trataba pintar, o esculpir, o incluso manejar una escuadra y un cartabón para realizar un simple triángulo. No es que Bohumír fuese un imbécil. Tenía una importante carrera. Había terminado su carrera de economía y finanzas con ?Cum laude? dentro de la prestigiosa Univerzita Karlova v Praze. Los cazadores de talento de la república se lo rifaban. Cada día le llovían ofertas de todas partes. Podía incluso de un chasquido elegir los mejores puestos de trabajo en cualquiera de las incipientes multinacionales que se adueñaban del país, como una especie de plaga. Pero Bohumír no le interesaba para nada todo eso. Lo había probado y pese a funcionarle a las mil maravillas aquella vida no le llenaba en absoluto. En el fondo de su ser sabía que su destino era el ser un gran artista. Pero no sabía aun en que vertiente?
Un día se propuso definitivamente encontrar su lugar en el mundo de las artes, en cualquiera de ellas que fuese. Costase lo que le costase. Así que dejó a su mujer y a sus hijos esperando en casa y se dedicó, durante un par de semanas, en buscar una profesión que se amoldase perfectamente a lo que le satisficiera. ¡Y lo encontró! Para él el mejor trabajo de toda su vida.
Alzbeta su mujer, al enterarse de la noticia lloró, pero no precisamente de alegría. Esa misma día le hizo las maletas y lo echó a gritos de su casa. Deambuló por las calles durante unas horas maleta en mano y finalmente se hospedó en un minúsculo hostal situado en la calle Palackého, muy cerca de donde se encontraba su nuevo trabajo. Pese a la situación embarazosa en la que se acababa de encontrar ya no le importaba nada ni nadie que no fuese su nueva y recién descubierta pasión. Su Jerusalén. El paraíso recién hallado. No había tristeza en su rostro, ni en el interior de su ser, todo lo contrario, Bohumír estaba pletórico de felicidad.
Trabajó incansable, cada día, durante muchos años, incluso haciendo horas extra por la noches. Amaba su trabajo tanto como a la vida misma. Se solía cambiar de ropa en la trastienda del establecimiento con aquel olor a cebolla frita, carne a la parrilla y queso parmesano envolviendo el ambiente. Se ponía su horrendo y destartalado traje y salía a la calle vestido con él. La gente siempre lo miraba tratando de aguantar la risa. Él, bajo la tela, sonreía feliz. No le importaban en absoluto las burlas de sus paisanos; ni que los turistas tratasen de hacerse siempre fotos a su lado como tratando de comérselo; ni mucho menos que los niños cuando iban a la escuela o los borrachos que deambulaban por la Václavske nám tratasen de arrancarle la horrenda capa roja pegada con velcro a su espalda. Bohumír Dvorák era sin duda el mejor super bocadillo ambulante del mundo.

Dedicado a Dream Team Español con el que compartí unos días en Praga y sobre todo al Hombre Bocadillo que me inspiró.

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El insignificante Václav Zajíc

Nadie se percataba de su presencia. Entre otras cosas porque era una persona minúscula. Pero si lo mirabas bien, aunque fuese de reojo, podías encontrarle rasgos bastante interesantes. No llegaba a ser un enano, pero casi. Su cuerpo era delgado, su cabeza era algo prominente, de rasgos angulosos y poseía una gran nariz y boca; su coronilla se encontraba poblada de un fino cabello rubio que a simple vista casi parecía inexistente. Otro rasgo característico eran sus manos, de tamaño grande y muy huesudas. Parecían bastante fuertes tal y como aparentaba la firmeza con la que agarraban el asa de una cartera de piel negro de aspecto un poco ajetreado.
Se había subido en el bus al principio de parada, como hacía cada tarde después de trabajar. No se sentó. Siempre prefería permanecer de pie en la zona donde el vehículo se empalmaba en dos piezas que lo convertían en un autobús mucho más largo de lo habitual. Se trataba del bus exprés que salía del aeropuerto Ruzyne de la ciudad de Praga. Como nadie lo miraba, nadie se podía dar cuenta que Václav Zajíc, que ese era su nombre, les observaba. Aunque a simple vista pareciera que estaba mirando, medio sonriente, al infinito. Se consideraba un gran observador, el mejor del mundo. Pero eso nadie lo sabía, porque nadie le importaba un comino quien era, ni siquiera si existía o formaba parte de la nada.
Se bajó en Mustek junto a todo el mundo. No tomó el metro hacia el centro de la ciudad como la gran mayoría. Él vivía cerca, en uno de esos gigantescos edificios de la época dorada de la ocupación rusa. Un triste bloque de cemento pintado de azul y rodeado por otros edificios semejantes, que en su conjunto, ofrecían menos personalidad que un paquete de folios completamente en blanco.
Entró en el edificio. El 55-57. No había ascensor. Simplemente hacía ya varios años que había dejado de funcionar y nadie se había preocupado en arreglarlo. Después de subir catorce pisos a pié llegó a su casa. Lo primero que hizo después de dejar la cartera en el suelo fue meterse en su minúscula pero pulida cocina y preparar un té en una taza de cerámica blanca que tenía algunos bordes algo desconchados. Luego se fue al salón y encendió la televisión. Se sentó en su sofá de eskay verde y comió unas pocas galletas que aun quedaban dentro de una caja que ya había abierto tres días atrás. Estaban un poco rancias, pero aquello no le importaba. Contempló la centelleante pantalla en silencio. Durante un par de horas.
Cenó sopa. Le incluyó algo de col trinchada. De segundo comió un poco de carne de cerdo con una patata, bacón y un poco de espinacas al vapor. Todo aquello lo había comprado en el colmado de la esquina. Como hacía desde hacía veinte años cada dos días. No les puso sal. No le gustaba la sal. Bebió agua. No de una botella sino del grifo. Sólo un vaso. Luego fue a ducharse, lavarse los dientes y ponerse el pijama.
Antes de acostarse se acercó a una cómoda. Giró una llave que ya estaba insertada y abrió uno de los cajones. De su interior extrajo una especie de librito cuyas cubiertas eran de piel. Tomó un bolígrafo y se sentó frente a la mesa del comedor, que era la única parte de la casa que aun permanecía iluminada. Lo abrió por donde tenía depositado un cordel rojo y comenzó a escribir sobre una página pautada pero en blanco. Lo hizo hasta que casi el sueño le venció. Si hubiera había alguien allí con él y pudiera haber leído tan sólo un párrafo de lo que había escrito se hubiera quedado maravillado. Las más intensas historias jamás imaginadas se encontraban surcando ese especie de diario que no era tal, sino una impresionante recopilación de impresionantes cuentos. Había historias de todo tipo, maravillosas, tristes, alegres, llenas de acción, de ternura de poesía? Aquellos tesoros había surgido del interior de la mente de Václav con tanta intensidad que con su simple fuerza podría haber destruido centenares de muros tan densos como las paredes de un malecón. Los muchos de los personajes que aparecían en ellos eran los rostros anónimos que cruzaban cada día con él durante el trayecto de ida o en el de vuelta del trabajo hacia su casa. Toda esa grandiosidad surgida de la simple rutina de un cotidiano paseo en transporte público.
Václav Zajíc guardó el cuaderno en el cajón. Con mucho cuidado. Se metió en la cama, puso en marcha el despertador y se sumió en un profundo sueño. Mañana iba a ser un día más dentro de su anónima y aparentemente monótona vida.

Dedicado a la persona que me lo inspiró y que se cruzó en mi vida en el trayecto en bus desde el aropuerto de Praga.

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Insólito Hallazgo

Habían abierto la tumba y después de explorarla consiguieron extraer de ellas un enorme sarcófago. Todo el mundo se situó a su alrededor expectantes ante los hallazgos que podían encontrarse en su interior.
-¿Ha conseguido descifrar el jeroglífico? - Le preguntó Lord Mardigan a Angus McQuire el prestigioso catedrático en egiptología.
- Si- contestó entre divertido y extrañado.
-¿Y qué dice?
-¡Que su contenido caducó hace 5.000 años!

Dedicado a Cristina, Meiga y Violette


© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)

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Estrellas

-Mamá ¿qué son esas cositas que brillan tan bonitas en lo alto?
-Son agujeritos que hizo Dios en el manto de la noche para que los ángeles pudieran vernos desde el cielo.

Dedicado a todos los niños pequeños y grandes que aun se maravillan ante todos los milagros del universo

© Richard Archer - 2008 (Todos los derechos reservados)

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