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Conoce a Glenda Elorriaga            2 libros en su biblioteca
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El tiempo ejerce siempre su oficio.

Es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace. (Marco Aurelio)


Perder el cepillo de dientes.

En un momento inicial, concluimos que debía regir una fórmula en nuestra relación de pareja que facilitara multiplicar las alegrías del amor y de la vida y reducir la ansiedad y el sufrimiento. Esa receta no podía ser otra que la confianza absoluta. Para la mayoría, confianza es sinónimo de fidelidad. Sin embargo, nosotros pretendíamos ir más allá. Significaba que debíamos contarnos siempre uno al otro todo, incluidas las infidelidades, y sucediera lo que sucediera, regresar al encuentro del otro. En cualquier caso, nunca juzgar, y mucho menos condenar, sin escuchar antes la versión del otro.  


¿No significaba ello, una alta consideración del respeto mutuo y del amor inquebrantable?


En la segunda cita me llevé el cepillo de dientes a casa de Andoni con intención perenne, pero descubrí muy pronto que la fórmula solo es aplicable a espíritus selectos, libres, sin defectos. Nosotros no estábamos preparados. El amor es posesivo y exigente y nuestra relación saltó por los aires al primer embate. 


Andoni desapareció en su club gastronómico un sábado por la mañana y no regresó hasta el lunes siguiente. Le recibí con la mejor de mis sonrisas. No me molestó que hubiera pasado dos noches seguidas con una de sus ex novias, ni que alabara sus méritos amatorios y su polla insaciable. Yo también me había liado con el más interesante de mis alumnos. Incluso le di detalle del sublime trabajo de su lengua en mi clítoris y en el lóbulo de mis orejas. Y, aunque le cambió el color de su rostro, lo encajó de manera gentil, pero, fue incapaz de desvelar su fracaso en la relación con su ex novia y me ocultó el suceso. Me enteré al día siguiente por una de mis amigas. Su ex novia, Mayte, declaró un gatillazo y su amarga frustración. Le pedí en cuanto pude a Andoni su versión y me respondió cándidamente que quiso cubrir ante mí su buena imagen. ¡Qué sería de ti!, añadió.


¡De mí!, le dije al borde de la histeria. Lo superé con una carcajada.


¿Cómo pudo intentar engañarme de manera tan miserable e insólita? 


Lo mandé a la mierda sin quebrantar la templanza. No me importó perder el cepillo de dientes.


¿Qué confianza podía tener con alguien a quien lo que más le importaba era mantener su imagen de gallito potente? 


¿En mi cama, un machista? Antes, muerta. 

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Moraleja

 El amor es demasido intolerante.  No tolera imperfecciones. Por consiguiente: nunca debe casarse una con quien ama, a menos que quiera estropearlo todo. Es preferible vivir separados. El matrimonio por amor para toda la vida es un invento romántico que no tiene más salida que el fracaso. Me casé estúpidamente enamorada y a los seis meses supe de la fecha de caducidad. Nos habiamos visto el alma. Fin.

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Las ojeras

 Esta mañana en el metro. Estación de Indautxu. La conversación ha tenido lugar a mi lado y no he podido evitar escucharla. Hablaban las dos, sin ninguna reserva. El coche repleto. Me he limitado a pulir el lenguaje y a cambiar los nombres, por si acaso lo leen y se reconocen. Podría guardar silencio, pero no quiero. Así ha sido, casi textual. Edad: Cuarenta años, más o menos.


 


—¿Qué te ocurre, Vero?


—Nada.


—¡Coño! ¿Y esas ojeras?


—No he dormido mucho.


—¡Qué suerte!


—¿De qué vas?


—¡Joder, tía! Ya me gustaría que Tito me dejara dormir poco.


—A mí, Tito, no me quita el sueño.


—¡Y que me entere, tía, que te tiras a mi marido!


—Tu marido es todo tuyo. Yo tengo el mío.


—A eso me refería.


—Eduardo, tampoco me quita el sueño.


—¡Qué pena!


—Ninguna.


—¿No jode?


—Ni me toca, ni sé cómo duerme.


—Qué aburrido.


—No lo creas. Se cabrea.


—Entonces…


—¿A ti qué te importa?


—Perdona. Es que son exageradas. Te llegan al suelo y tienes mala cara.


—Ya te he dicho que he dormido mal.


—No. Has dicho que poco.


—Las dos cosas.


—Leche. No hay quien te saque una palabra.


—¿Qué quieres saber?


—Lo que te preocupa.


—En este momento, nada.


—Vero, no hay quien te entienda.


—Mira, my darlin, ayer fue mi cumple, y el cretino de Victor, con el que he venido follando tres veces a la semana, olvidó felicitarme.


—Y has dormido mal y poco.


—Soy muy sensible, cielo.


—Entiendo. Debe de ser muy jodido amanecer  con un año más y darle puerta al amante.


—Lo primero sobre todo. Lo segundo tiene repuesto.


—De cualquier manera, ¡felicidades!


—¡Vete a la mierda! 

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Patadas a la lluvia

 Avanzaba el Volvo por la A6 con el rápido vaivén del limpiaparabrisas. Conducía eufórica. Venía de reunirme con el principal patrocinador de la muestra de pintores hiperrealistas de la que me habían nombrado comisaria. “La muestra” recorrería Bilbao, Madrid y Barcelona. Los Rolling  sonaban acompañando la lluvia. De repente callaron, y solo el repique del aguacero en el techo sonó acorde con una voz metálica en los altavoces que anunciaba a Alfred al teléfono. Acepté de inmediato la llamada. De manera instintiva levanté el pie del acelerador.


—Glen —. Su voz era ansiosa.


Tomé el primer desvío y detuve el coche frente a un seto de cipreses de un camino forestal que lindaba con la autovía.  


—¿Dónde estás? —pregunté.


—En Berlín.


—¿Solo?


—Con Angy.


—No sabía. ¿Por eso he echado de menos tus llamadas? —mi pregunta sonaba mal. En nuestra relación no cabían exigencias. «El amor es gratis», me había repetido Alfred como un mantra. Nos veíamos desde hacía dos meses y habíamos hecho el amor  dos veces por semana.


—Mi mujer ha descubierto tu último mensaje en el WhatsApp.  Quería ver en el GPS de mi teléfono si quedaba muy lejos del hotel la Puerta de Brandeburgo.


—¿Y qué? Mi mensaje era poco comprometedor. Además, los mensajes se borran inmediatamente.


—No se ha creído que eras una clienta que concertaba una cita. Es lo que le he dicho.


—¿Y qué vas a hacer? —pregunté no sin zozobra.


—Eliminarte del WhatsApp.


—¿Te podré llamar?


—Sería peligroso.


—¿Me llamarás?


—Veré… si puedo… —balbuceó—. No quiero perderte. Te llamaré a la vuelta.


—¿Cuándo vuelves?


—Quizás, en una semana y media. Mañana salimos para Hamburgo. Te dejo, Glen, Angy puede verme.


Cuando colgué, tuve la certeza de que no volvería a verle. El Volvo rodó hacia la autovía de nuevo. Los Rolling interpretaban Get your Kicks On Route 66. Aumenté el volumen mientras los  limpiaparabrisas pateaban, furiosos, la lluvia.


 


 


 


 

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Primer propósito.

Por segundos se ha adelantado Andoni. “No iré a cenar esta noche”, me ha dicho por teléfono. No le he preguntado el motivo. Antes de colgar me ha deseado un feliz año nuevo y apenas me ha dejado tiempo para desearle lo mismo.


Maite, esta mañana, me ha enviado un mensaje con una cancioncita cursi de las que proliferan estos días empalagosos con palabras de paz, amor y buenos deseos. No sé si me toma por tonta o se burla de mí. Seguro que su marido vuela esta noche a saber dónde.


Tres veces he intentado ponerme a preparar la cena y en las tres he cerrado de portazo el frigorífico. Allí ha quedado la crema de nécoras y el rodaballo a punto de meter en el horno.


Aitor y Txeru tampoco cenaban en casa. Celebraban el fin de año con sus amigos,  y a mí no me apetecía cenar a solas con mi marido. La llamada de Andoni, aparte de evitarme una excusa, me ha levantado el ánimo. La última tarde del año se ha ido alejando plácida con el libro de Fernando Aramburu entre las manos. Después, al filo de las once, mientras se llenaba la bañera, he descorchado una botella de Ruinart, he preparado unas fresas con chocolate,  he contaminado el agua con sales minerales,  y voluptuosamente me he sumergido en el agua templada. Anna Netrebko, mi soprano favorita,  perdía casi la razón, cantando Sempre Libera.


Descalza, envuelta en mi bata de seda, y los pies sobre una mesa baja, me he bebido la última copa de champagne con la postrera campanada que finiquitaba el año. Al poco ha sonado el teléfono. Era Txeru para desearme un feliz 2017 con una pregunta.


—“¿Mamá, por qué no te divorcias?”.


—Txeru…


—He visto a papá...


—No sigas. Tengo la sensación de que este será un año fantástico.  

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El síndrome de Stendhal.

 Cuando conocí a Arnoldo diluviaba en Italia. En aquella época preparaba mi tesis doctoral sobre el escorzo en Paolo Uccello, un artista florentino del Quattrocento con cierta influencia en algunos pintores del siglo XX, y fui a parar a Florencia como becaria. Llevada por una idea errónea de que todo era posible si me apetecía, solía prestarme con facilidad a lo que surgiera  y llegué desde Barcelona al aeropuerto de Peretola sin la previsión de dónde recogerme, única preocupación de mi padre y motivo de una bronca muy agria.


Con el otoño incipiente todavía hacía calor en el campo de Toscana y pensé que me resultaría bastante un equipaje exiguo: tres bragas compradas por mi madre, dos “sexis” de las de por si acaso que incluí yo, una cazadora vaquera y un par de camisetas. La que llevaba encima mostraba el rostro de Madonna. Vestía un “jean” ajustado y calzaba unas bambas. A mis veintiún años, las progres, aspirantes a artistas, no usábamos sujetador, convencidas de que era una prenda opresora que reprimía todas las libertades.


Abandoné la terminal en busca de un taxi que me llevara a la capital de los Medici y el diluvio, sin discreción alguna, me caló entera. La camiseta se me pegó al cuerpo y mis pezones desorientaron los ojos de Madonna, y fue posible que extraviaran también los de Arnoldo que no tardó ni quince segundos en cubrirme con su paraguas mientras me ofrecía un asiento en su Fiat 500. Acepté por necesidad y con agradecimiento. Después de preguntarme a dónde me dirigía, me dijo que era artista, escultor contratado en el Museo Marini. Si pretendía ligarme era imposible hacerlo mejor. Le dije que sí sin ninguna condición cuando, además, me brindó su buhardilla de la Piazza Goldoni, junto a la orilla del Arno. El chico era guapo, tenía un aire a Fabio Testi, aunque yo hubiera preferido una belleza como la de Riccardo Scarmacio. Pero, en aquellos años, Riccardo todavía ensuciaría pañales en la guardería.


Arnoldo me llevó a su casa. ¡Qué locura! Polvo y más polvo en todos los rincones. Vaselina por castigo, aceites y lubricantes de distintas calidades y olores. ¡Cómo trabajaba! ¡Qué temple tenía! Aunque, más que escultor, era un yesaire. Sólo estuve con él hasta las navidades y sufrí el Síndrome de Stendhal. Florencia subyuga. Por las mañanas preparaba mi tesis doctoral y por las tardes posaba como modelo, del que Arnoldo sacaba los moldes de yeso. Hay varios torsos míos y desnudos en los sótanos del Museo Marini para trabajos, dibujos y bocetos de aprendices de escultores. Naturalmente, sin cabeza y sin rostro, únicas partes del cuerpo que me negué a depilar.  Si nunca he tolerado la cera, menos cabía  derramar silicona o yeso a punto de endurecer sobre mi pelo.


Volví a Florencia hace poco, en otoño, cuando más adorable es la Toscana, y debí resistirme a ver esas piezas del sótano del museo. ¡Qué estupidez por mi parte! No reconocí en absoluto mis bustos, ni mi cintura, ni mi culo, ni casi a Arnoldo con quien tomé un capuchino en una terraza de la Piazza della Signoria. Había engordado, la alopecia había hecho estragos en su testa y ya no trabajaba en el museo. Había abandonado lo de los moldes y hacía tiempo que se dedicaba a las antigüedades. "No has cambiado nada", me dijo. "Ni tú tampoco", le contesté.


 

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Las soledades de Edward Hopper

Desde primeros de Octubre he venido impartiendo un curso monográfico sobre Edward Hopper al que han asistido nueve alumnos. Mejor sería decir, tres alumnos y seis alumnas de tercero de Bellas Artes interesados en el realismo pesimista como pintor de soledades. Para mí Hopper es un pintor necesario en la pintura estadounidense del siglo XX, sin el cual, creo, no se hubiera dado un Andy Warhol, por ejemplo.


Hace unos días entregué las notas a cada uno después de haber leído con detenimiento sus trabajos. El que más me gustó fue el de Yosu, un chico de pelo largo, rubio y rizado, provisto de una sonrisa fascinante que en un instante caldeó mi despacho para toda la tarde.


—¿Sabes? —dijo apenas le había rogado que se sentara—. Su obra más significativa es como un grano en el culo que le supura continuamente al gran sueño americano.


Un destello de incertidumbre cruzó mi rostro para delatar cierto asombro. Lo tenía por un chico listo desprovisto de certezas  más allá de su galanura.  


—No lo sé –repliqué en un intento de explorarle. Llevaba una camiseta negra de manga corta y mostraba unos bíceps que zarandeaban deseos.  


—Perdón, por ser tan explícito.


—No es necesario excusarse —dije—. A veces, lo contundente pone de relieve lo justo. La fineza, en este caso.  Yosu desvió la mirada en la que había clavado mis ojos con insolencia.


—¿A qué te refieres?  ¿A la gran depresión? —pregunté para ofrecerle una salida.


Nunca suelo tutear a mis alumnos. Es una pose.  Una especie de coraza con la que protegerme, aunque, en definitiva, solo es ego. Es como añadir cinco centímetros más a mis tacones. Por el contrario, me encanta que me tuteen. Me siento acogida. Un rechazo a dejar de ser arroyo y transformarme en rio que alcanza el valle. Pero en esa ocasión, su camiseta de pico sobre una piel muy blanca que hacían jugosa unos pezones bien marcados hizo saltar mis diferenciales.


—Eso fue al principio –contestó—. Sin embargo, en Hopper… sus soledades, los contrastes  de sus líneas hirientes de luz y sombra son paralizantes, suspenden la vida siempre, para dejarla al otro lado. Son cuadros incompletos en los que la vida se desarrolla fuera, de otra manera.


Me quedé unos segundos en silencio, mientras Yosu aguardaba mi respuesta. Me gustó que dijera que el pulso de la vida estallaba justo antes o detrás del lienzo.


—¿Tú la has visto? —me interrogó.


—La vi en el Thissen y después en Paris y en Londres.


—No es lo mismo. Me gustaría verla allí —replicó.


—¿Allí, dónde?


—En Nueva York. En Chicago. En el lugar de las soledades —contestó.


—Y a mí.


Se marchó con la sonrisa atrincherada tras aceptar mi invitación para cenar juntos cualquier noche. Un ensayo, quizás, para compartir soledades.  

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Adios tristeza

Sin saber por qué, los primeros días de diciembre suelen producirme una extraña melancolía. En ese proceso, en la noche del sábado pasado, recayó en mis manos por tercera o cuarta vez aquel librito que, casi veinte años antes de que yo naciera, publicó Francoise Sagan en 1954.


Lo leí con catorce años a escondidas de mis progenitores. ¡Qué jodida palabra tan horrenda! De mi padre, porque sabía que, por aquel entonces, mantenía un lio con una enfermera y en cierto modo me veía reflejada en el argumento de la novela. Y de mi madre, porque me vigilaba lo que leía tanto como la hermana Marciana del Colegio del Sagrado Corazón de Donostia. Leer a escondidas tenía su morbo.  


Esa noche, con el propósito de procurar el sueño, le pedí un libro al recepcionista. Me desmaquillé como pude y me envolví en el albornoz del hotel. Abrí el libro antes de meterme en la cama y al recordar aquellos días de mi adolescencia no pude pasar de la primera página después de leer el poema que le presta su título.


Adieu tristesse


Bonjour tristesse


Tu es inscrite dans les lignes du plafond


Tu es inscrite dans les yeux que j’aime


Tu n’es pas tout à fait la misère


Car les lèvres les plus pauvres te dénoncent


Par un sourire.


 


Andoni, con una excusa estúpida, había llegado tarde a la cena que él mismo había reservado en el Mirador de Ulía.  Sé que los sábados no queda con Maite, pero tenía claro que su tardanza tenía que ver con ella. Exigí el mejor vino de la carta y lo emborraché a conciencia, incluso luego de la cena le propuse tomar una copa donde yo sabía que estaba la susodicha y su marido. Andoni también lo sabía y se negó pertinazmente a seguir mi sugerencia. Ese fue el pretexto para empezar la bronca. Enseguida, los gritos se convirtieron en insultos y amenazas que agrandaba  el pedo que llevaba. Era la excusa perfecta para no ir a casa con él.  En el primer semáforo en rojo me bajé de su maldito Lexus y me encaminé al hotel más próximo para tropezar con mi propia hipocondría de los primeros días de diciembre que aumentaba Bon jour tristesse.  

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