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Lágrimas de Tinta Roja

No soy una falsa expresión artística


Quiero ver el mar seco

Sentado en la playa. Esperando recibir una botella de cualquier parte. Con algún mensaje o una carta bomba atada al tapón. No viene nada. No me preocupo. Normalmente lo que espero me hace esperar para que al final me coma una putísima mierda. No debo alterarme. Cojo la arena ardiendo y miro como caen cataratas de polvo entre mis dedos.


Miro el mar. Intentando encontrar paz interior. Puta paz interior. Las olas son ruido en mi cabeza. El ruido crea imágenes que hacen que empiece a sudar. A temblar. Nada me gustaría más que ver el mar seco.


  

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Cada Minuto IV

Hoy aprendí una nueva habilidad de mi madre. Es capaz de estar una hora fregando una y otra vez la misma habitación. Friega, se seca, friega, se seca. Aislado en el salón miro perplejo como busca huellas al trasluz, como pasa la fregona por quinta vez bajo mis pies. Hay huellas. Huellas. Huellas. Yo empiezo también a verlas por todos sitios. Ella friega, friega, friega.


Ella imagina la suciedad. La inventa y la friega. Aunque dos horas después venga de la playa y llene todo de arena a ella le preocupan las huellas. Tiene una fregona para cada sitio. Para el salón, para el cuarto de baño, para el balcón, para el dormitorio. Trapos, bayetas, escobas, plumeros. Limpiador de baldosas, de suelos lisos, de montes escarpados, de simas, de muros…


No parece feliz. El sudor le cae por la frente. No necesita ayuda. Sigo estudiando sin poder concentrarme porque ella vuelve a fregar bajo mis pies. Mientras todo se vuelve a secar se pone el bikini. Entra al cuarto de baño. ¿Quién cojones le ha pisado el cuarto de baño? Todo el piso esta fregado. No hay escapatoria.


Mira palmo a palmo el apartamentucho. Parece satisfecha. Quiere ordenar mis apuntes, ordenarlos por orden alfabético o no sé qué coño intenta. Parece satisfecha. Se echa la crema mirando de reojo el suelo que ha fregado unas veinte veces. Se va. A mí me parece que todo está como cuando empezó a fregar. 

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Cada Minuto III

 Se me rompe el cargador del portátil. Me cago en los muertos del cargador. No podré estudiar, todos los apuntes están dentro. Como no conozco el pueblo, recurro a mi única amistad en él para encontrar una tienda de informática. El moro que vende tabaco en el puestecito de la plaza. Le cuento lo del cargador. Intenta poner cara de pena para que me sienta mejor. Sigo sintiéndome igual. Me dice que hay dos tiendas. La barata unas calles más abajo y la cara unas calles más arriba.


Voy a la barata. Un gordo informático con acento del lugar intenta explicarme algo que no entiendo. Parece que se mete con Sony, odia a los chinos o algo parecido. Le digo si tiene algún cargador que sirva. Prueba varios. Mi portátil sigue muerto. Coge el cargador del taller, funciona de maravilla. Ese no puede venderlo, es suyo. Me dice que lo siente y vuelve a meterse con los chinos hijosdeputa que hacen portátiles de mierda y baterías de plástico que explotan. Cojo mi portátil y me marcho.


En la tienda cara hay una pequeña mujer asquerosamente fea. Parece un  jodido enano. Le cuento lo del cargador. Mira el portátil. Es un buen portátil. Busca en una estantería, coge un cargador. Es universal, es la hostia, maravilloso. Lo prueba. No funciona. La enana mira extrañada, los cargadores nunca fallan. Coge otro cargador. Ahora sí, mi portátil se llena de lucecitas. En el fondo de pantalla aparece el culo de Sharapova. Le gusta, quizás es lesbiana. Dice algo de Rafa Nadal. 35 euros. Maldita sea. Los pago, me voy.


Vuelvo a casa con el cargador y  35 porros menos. Podré estudiar. No podré fumar. El sacrificio me parece lógico, pero me jode. Mi padre se alegra de ver que puedo estudiar. No intento parecer contento, no lo estoy. No lo soy.


 

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Cada Minuto II

 Vino un niño hasta mi toalla. Me enseñó aquel ojo que apestaba a mierda. Parecía de algún tipo de pez que había aparecido muerto en la playa. Los mosquitos volaban alrededor. El niño se metió el ojo en la boca. De un guantazo tiré su merienda al suelo y con el pie lo enterré. “No cojas mierda del suelo”, el niño parecía triste.


Una muchacha llegó junto a la toalla mirando divertida. Cuidaba del niño, según me explicó. Me dio las gracias por tirar aquel ojo al suelo. Trato bien a los niños. Creo que está gilipollas. Tiene la nariz llena de crema y arena. Le despido con una sonrisa, sigo leyendo. Ella y el niño siguen frente a mí. Con una pelota de plástico verde. No juego, leo. Insiste.


Son las tres de la tarde y estoy jugando con una puta pelota de playa. El niño se tira a la arena, me patea, me empuja. La chica es portera. Sus cojonudas tetas vuelan para atrapar el disparo. Vuelan, vuelan. Cuando corre el aire la brisa marina nos refresca. Cuando no corre, la arena se nos pega a la piel, pegajosa, salada.


Terminamos el partido. El niño no parece cansado. Coge las palas y una pelota naranja. Es un juego para dos. Ella no sabe jugar. La muchacha mira sentada en la orilla. El maldito crio no es capaz de devolver dos pelotas seguidas. Tras media hora mis cojones estallan. Le doy la pelota a la muchacha. Aprender es sencillo. Me siento en la orilla viendo como sus tetas corren tras la pelota.


Es tarde. El niño tiene que irse con su madre. Me despido de las tetas, del jodido niño y me quedo su pelota naranja.


Mi toalla se ha llenado de arena por el aire, la sacudo. Una vieja me mira con mala hostia, hago como que no la veo. Me tumbo. El mar sigue tranquilo. El mar me atrapa hasta que el sol ya no brilla ni hace que suden mis pelotas. Camino a casa visito a un yonki encargado de pasar polen en el pueblo. Barato y malo.


Ya no queda nada. Ya no queda nada. Pensando en lo poco que queda vuelvo al apartamento fumándome el canuto. Algunos guiris miran, huelen mi porro. No me afeito de hace dos semanas o tres, me dejo arrastrar hacia mi cama.

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Cada Minuto

 Parecía que me castigaban con perder el tiempo. Por eso aún hoy odio esperar. Siempre hay espera en cada minuto.


Lleno los buzones con humo de un cigarro-colilla que me encontré en el rellano. Pensando en todas estas mierdas. Una niña peruana rompe mi paz, entra al portal. Me mira confundida. Sigo fumando intentando parecer que espero a alguien. A Algo. La niña pasa.


El bloque está lleno de inmigrantes que vienen a este pueblucho a no sé qué mierda. Seguramente trabajaran en la construcción. La terraza con vistas a ninguna parte, a una nave en la que venden muebles suficientemente baratos y feos para que todo el pueblo los compre.


Las horas pesan. En la tele sólo hay mierda. Leo, fumo, estudio. Todo pasa lento. Bajo a fumar al portal (en mi casa no se fuma) y paseo por la playa por la noche. Para despejarme y torturarme pensando en los segundos perdidos. Sólo se puede perder tiempo por aquí.


Estoy más atento. De las moscas. De si hace más calor o menos. Cuánto tardaré en volver a fumar, de si seré capaz de aprobar un puto examen en septiembre. De nuevo en las moscas. Hay millones de moscas rondando el apartamento.


Por las noches suelo comprar cerveza y pasear. Sin conversaciones. Sin triunfos. Sin ningún destino y mucho tiempo.


Recuerdo cuando de pequeño me traían y odiaba cada segundo que pasaba. Recuerdo mi castigo de mañanas y tardes vacías. 

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HOY APESTA

se le puede dar la mano al que lleva la cara pintada y triste por el fracaso. y hablar a los santos para que te ayuden a dormir por la noches intentando superar el mono-morado del martes noche. nos sobran los motivos. por no tenerlos.


pintamos paisajes con barro y la arquitectura efímera del que nada espera nada siente y todo se le escapa. y miramos el presente con el desprecio de un olvidadizo borracho. sin olvidar a los amigos y los brindis el hielo y la escarcha.


intentar hacer latir el corazón. que reaccione soñando imágenes y viendo caras de ti en el vodka con limón. resacas. mareos volviendo a mi en sentido equivocado. canutos y enfados. tardes pensando en el mañana. hoy apesta.  HOY APESTA. 

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Sangre

Cansado de maestrillos rompí reglas y normas. Cogí un bolígrafo y lo puse a parir sangre y la tinta se esparció blanca por la arena. Cansado de eruditos cogí un bolígrafo y lo dejé todo. Por su culpa me hice asesino y guardo martillos en los altillos de mi cuarto.


Con la misma sinceridad de un viejo soñador escribiendo su diario. Escribiendo su testamento. Y las ganas del que no es nadie y envidia a los arquitectos de párrafos sin cemento. Con un cigarro y este ron vacio (que es todo lo que tengo) vuelvo a romper silencios y borrar pasos de mono en arenas de fango y lodo.


Por culpa de los que tanto saben y nunca hacen. Y hacen que llore con clases de pajearse con condones yo vomito y no escribo. Jamás escribo. 

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