ASESINATO DIRIGIDO
ENTRE EL CABO Y LA LITERATURA
Como si fuera una terapia contra la desazón, me cepillaba los dientes con avidez cinco o seis veces al día. Con el alba, escupía el veneno rumiado en la noche y restregaba la lengua y las encías hasta hacerlas sangrar. Me purificaba con el desayuno, el zumo escocía la carne y la conciencia. El café redimía el amargor purgado y exudado. Las magdalenas recomponían el estómago, seno de la discordia noctámbula. Luego, volvía a mi tarea obsesiva, el abrasador coqueteo con las cerdas afiladas que escarbaban donde el dolor había hecho acopio de fuerzas y asentado el campamento. El esmalte relucía tras el arduo trabajo mas, sobre todo, el regusto a detrito desaparecía por un tiempo prudencial.
Aquellas horas de tregua las aprovechaba para conciliar el sueño y descansar el cuerpo. Con la sensación fresca navegando por la boca, las pesadillas se convertían en un trasiego dulce y maravilloso. Invitados a las visiones llegaban de todos los países imaginarios, pieles blancas y ojos claros de vertiente acuosa. Gustaba de disfrutar de transparencias y cabello extremadamente largo en mujeres de apariencia frágil, aunque luego se convirtieran en tigresas. Curvas peligrosas que transitar y cuellos incólumes de envidiable vertical. Así hasta que, pasadas las horas, desde algún sitio aún sin determinar pero condenado a un castigo supremo, despuntaba el primer rayo putrefacto y poco a poco arrasaba el tónico bucal que acusaba sus últimos instantes entre jadeos e insustancialidades. Se arrastraba como las ramas trepadoras ávidas de conquista desde el infinito y parecía que quisiese empujar la boca para abrirse y seguir su expansión por otros mundos. Inundaba desde la garganta hasta el comienzo de la dentadura y se volvía hosco, agresivo, altivo. Y acudía al principio de la tarde, como si no reciclara sus pulsaciones y atendiera a una ley indeleble de puntualidad.
En ese instante, los rostros bellos y jóvenes se ajaban en una visión terrorífica, desafiando al tiempo y a su paso pautado, aceleraban su irredentora vejez hasta desfigurarse en una máscara de muerte, hendido el cuello por miles de lanzadas sangrientas. Despertaba sobresaltado con las pulsaciones disparadas y los ojos enrojecidos; acudía resuelto al suplicio de otro barrido con el cepillo que rasuraba los adalides de aquella perversión maloliente. Crema blanca en abundancia y líquido azul para luchar contra la plaga. Arduo resultaba el combate. Estéril. Apenas duraban los paños un par de horas hasta después de la siesta. Luego otra acometida, la cuarta, a la desesperada, el brazo dolorido y los ojos llorosos de impotencia. Sudaba la piel hasta la noche cuando el quinto cepillado me obligaba a suavizar los trazos de mi mano para no reventar los restos de encías levantadas. Sentía morir cada nervio de la boca y la sensibilidad me abandonaba para ver crecer los dientes hasta un tamaño inquietante.
Y deseaba que llegara la medianoche para poder salir a la calle y disfrutar de su brisa fresca, del silencio que calmaba el intenso dolor y para descubrir que las pieles pálidas, de cuello regio y ojos vidriosos no sólo existían en sueños. Entre la gente disimulaba mis dolores mientras mis ojos espiaban la mujer más bella de la noche. Y cuando la encontraba, la acechaba, medía la altura de su cuello, templaba su piel y mis dedos se ensortijaban entre el manto de pelo que rozaba el final de la espalda. Y cuando perdía la consciencia y relajaba su cuerpo sobre mi alcoba, la vestía con un vestido transparente y la rozaba con mis dientes punzantes. Adoraba la carne joven y fresca aunque la digestión me ocupara casi todo el día siguiente cepillándome los dientes.
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-“¡Albricias!”- gritó el viejo relojero. Acababa de ajustar la antigua máquina del Ayuntamiento. El reloj se mostró orgulloso y el eco de las campanas invadió todos los rincones del pueblo.
El alcalde esperaba al pie de la torre para estrechar la mano del héroe. El relojero observó que, en todo este tiempo –casi dos años sin funcionar el reloj-, mujeres y hombres apenas habían envejecido, los niños aún balbuceaban retahílas de incoherencias, las flores crecían envanecidas por su eterna belleza, los adolescentes permanecían enamorados de los mismos chicos y chicas. Parecía que el tiempo se hubiera detenido.
Pero una vez arreglado el reloj, las estaciones se precipitaron, las canas aparecieron con saña en aquellos que antaño respetaran, los niños comenzaron a recitar como si Poe les hubiera ganado el alma, las bellas flores del jardín enfermaron prisioneras del apremiante otoño y el desamor cundió entre los jóvenes.
Así que el alcalde exigió al anciano que parase de nuevo el reloj. Y a pesar de que el relojero le advirtiera que nada ocurriría, interrumpió el engranaje de la máquina; pero el tiempo siguió su fuga hacia delante, como si el reloj anidara en nuestro interior.
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Juanito llegó jadeando y con un aire de desconcierto que provocaba la risa. Me miró con los ojos muy grandes y el sudor resbalando por los surcos de su cara adolescente y dijo:
“¡He visto una vaca en la playa!”
Su mano izquierda colgaba con cierta gracia frente a su enclenque cintura y se agitaba acompañando su explicación con breves arrebatos. Algunos de los paisanos que jugaban al dominó levantaron la cabeza con una mueca inexpresiva incorporada. Otros, los que bebían, dieron el siguiente trago a su vaso traslúcido. Alejandro, el dueño del bar, se echó el trapo de secar los platos al hombro y cambió el mondadientes de lugar, de la comisura izquierda a la derecha. Las ventanas se empañaron un poco más, acaso por el vaho de Juanito. Lo cierto es que nadie le creyó. Yo tampoco. Siempre había tenido demasiada imaginación.
“¡Está saliendo del mar!”
Ese no fue el último arreo del muchacho y explico tanta distancia en sus frases absurdas pero vehementes, porque el aliento no se lo permitía. Acaso pensara el alcalde, que acababa de perder otra mano en el tute, que el chico quería darle intríngulis al asunto y por ello le daba pábulo a su primera chanza con un refuerzo meritorio. Algunos marineros acodados frente a la hija de Alejandro -lucía un escote de puesta de sol como si el canalillo fuera la hucha donde el astro descansara de su larga jornada-, rieron con un golpe de tos y eso puso en guardia al tabernero lo que provocó que todos los vasos sobre la barra se volvieran a llenar.
Juanito se inmutó sólo para agacharse apoyando las manos sobre las rodillas, inspiró, expiró, volvió a inspirar –esta vez con más resuello- y sin soltar apenas aire gritó:
“¡Traía un calamar en la boca!”
Ahora todos le creímos, fue como una catarsis general que aglutinó todos los deseos de que aquella historia ridícula fuera real. Sobre todo, cuando de la nada apareció una lengua enorme y rugosa y lamió la hoja cerrada de la puerta del bar. El calamar cayó al suelo. Alejandro sacó la escopeta que guardaba bajo la barra. Su hija se subió la camiseta pues el escote ya no era el centro de atención. El alcalde acababa de ganar su primera mano en el tute pero nadie lo supo jamás. Los marineros apuraron el vaso que Alejandro rellenara y lo pusieron boca abajo como si quisieran inmortalizar el momento medio sobrios.
“Ya os lo dije”.
Aquella sí fue su última sentencia. Juanito por fin relajó los ojos, pudo levantar las manos para abrirlas como un salvador y asegurar al foro que por una vez no les había engañado, sonrió y cabeceó como un político ególatra al acabar su mitin antes de desaparecer.
La vaca chorreaba y nos miraba con una ternura que no ofrecía duda. Todos comenzaron a hablar, con desorden, sobre lo sobrenatural del caso aunque sin prestarle mucha más atención al animal. Y mientras el nivel de ruido desbordaba el abarrotado bar, me acerqué a la vaca y la acaricié. Buscó el calamar con los ojos opuestos y de un lametón lo introdujo en el local emboscado de aromas etílicos. De repente, se hizo el silencio y los parroquianos salieron en orden como si nada hubiera pasado. Una especie de amnesia colectiva planeaba en el instante. El local se quedó vacío y Alejandro y su hija reprocharon mi implicación y me culparon de haber roto el mágico momento que se había creado, uno por el lucro cesante y otra por ser disparada del centro de atención. Aún la chica lo intentó conmigo, su único espectador, y pestañeó hasta abanicar el aire que me sopló en la nuca pues yo había iniciado la retirada.
Acaricié el lomo de mi nueva amiga y la llevé a casa. La vaca se dejó arrastrar y no sabría decir si porque le caía bien o tal vez porque no deseaba perder de vista el calamar que yo había recogido con la mano izquierda. El reguero de agua que destilaba el pelo empapado de la res serpenteaba por todo el pueblo. Al llegar a la terraza de casa parecía seca pero aún le pasé una toalla por los bajos, con su anuencia, y la até a la puerta de madera. Allí la dejé el resto del día. Intenté preguntarle por qué había navegado desde tan lejos. Cómo había sobrevivido a tan larga travesía. Si no le mereció la pena quedarse en la otra orilla. No quiso o no pudo contestarme. Rumiaba una respuesta desde su silencio, me imaginé. Me marché pasada la euforia del descubrimiento. Me encontré con el alcalde, con algún que otro marinero, con Juanito, con Alejandro y hasta con su hija. Pero nadie preguntó por la vaca. Y así hasta que llegó la noche.
Al volver a casa el animal me esperaba tiritando de frío. Busqué una manta raída en el interior de un baúl donde guardaba objetos de poco valor y le cubrí el lomo a todo lo largo pero no a todo lo ancho. Le ofrecí el calamar que ella había pescado en la travesía pero lo rechazó y me molesté con su descortesía. Le di las buenas noches, con tono cortante y la dejé a la intemperie para que reflexionara por su comportamiento. Mientras me llegaba el sueño escuché un mugido triste y desconsolado que rasgó el aire del pueblo. Imaginé a cada uno de los que habían contemplado el milagro y la expectación que les mantendría en vigilia a esas horas de la noche. Pero Juanito dormía a pierna suelta después de haberle demostrado al pueblo que también podía ser convincente, el alcalde soñaba con la mano perfecta, la que le permitiera ganar esa tarde con un póker de ases, Alejandro esperaba despierto en el sofá y la escopeta a mano a que su hija volviera de su salida nocturna mientras ésta se dejaba hurgar el escote por uno de los marineros que menos había consumido en el bar.
La noche pasó sin pena ni gloria, soñando con pateras, con africanos famélicos ateridos de frío y el miedo clavado en sus ojos y espumarajos fluyendo de sus bocas hinchadas por la sed y la sal del Mediterráneo. Soñé con la desidia de tantos y tantos que le dábamos la espalda a un nuevo y trágico desembarco de inmigrantes.
Y de la vaca qué les voy a contar. Que me cansé de ella porque no me ayudaba a trabajar las tierras, los vecinos se desentendieron de su alimentación y hasta de su presencia y, por fin, la entregué a las autoridades. Ya no recuerdo ni su nombre, ni sus hechuras, ni el calamar que pescara en el mar. Pero sí recuerdo el aroma y la sensualidad del escote de la hija de Alejandro, nuestro más ilustre tabernero.
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Sólo queda rezar.
Creo que ha llegado mi hora. Mi delito, hacer un burdo cambalache con el destino. Mi eternidad a cambio de convertirme en una arruga de los corazones de los que he visto crecer. Con mi edad, ciento y poco años, me he convertido en mortal, como los hombres y mujeres que han adorado a su dios en mis entrañas y, al llorar, por mis venas corren sus penas. Me resquebrajo mientras el sol concede sus últimos crepúsculos a los muros desconchados y grises. No volveré a empaparme de la humedad del poniente ni los niños se cobijarán tras los muros agrietados que ahora comienzan a ceder. No sabré si la sal se cosechará próspera o si el habitual manto de verde que puebla la falda al eclosionar la primavera teñirá mis retinas oscuras como el color de las campanas.
La luna me hace guiños antes de acabar su ciclo, cuando las estrellas sollozan por su marcha y algunas desean acompañarla, con un suspiro fugaz. Me invita a viajar con ella una y otra vez. Y yo la evito aunque su vientre se acuna poco a poco para crecer como si se preñara con mis deseos de vivir y ver otros mundos. Quiero morir en la tierra donde he nacido.
Y al tañer cada día con el amanecer, suena un réquiem por mi alma. Las gaviotas extienden sus alas y se desgañitan con sus gritos de alborada y enloquecen a los peces que, temerosos, escapan aleteando a las profundidades. Y con la marejada de escamados ondulando las profundidades del Mediterráneo, se encrespan las olas y sus tirabuzones se visten de blanco e invitan al sol a la fiesta y éste sopla con fuerza para jugar con la espuma revoltosa y nace el viento que las gaviotas anhelan para planear alrededor de mi campanario mientras las campanas tañen por el ocaso que está al llegar.
Me siento traicionada por el hombre. Me construyó para inmortalizar mi verticalidad y pasearla por los ojos de cada visitante. Contrastarme con las líneas que forman las casas de los salineros, ellos son los que rechazan mi eternidad, con el trazo de la carretera que limita la playa y la horizontal del confín del mar con el cielo. Y ahora me desechan, como si ya no les sirviera para confesarse, o fumar mientras osan admirar mi templanza y la armonía de las aristas del campanario. Cada reflejo de su indiferencia me desconcha hasta hurgar en el gris que visto desde hace años. Los ojos no son suficientes, tampoco un suspiro por mi destino, apenas clemencia, ni tan siquiera nombrarme en los periódicos o relatarme en un cuento mientras la nieve viste de novia mi fachada. Necesito el alma de cada uno, una muesca de cada corazón de los que he visto crecer y a los que mi vida regalé. Soy el sueño de cada uno de vosotros, un rayo de sol de la eterna primavera, la única sombra que las estrellas permiten en las noches de verano.
He intentado tocar el cielo, alzando mi torre y tañendo las campanas para despertar a vuestros dioses. Hasta los muertos del cementerio he buscado para que intercedieran por mí ante el divino de los infiernos. Pero me quedé en el limbo de la incomprensión de todos. Algunos se rasgan las vestiduras, otros los harapos incendiados, aquellos se arañan la cara y lloran desconsolados, vosotros me miráis condescendientes. No quiero piedad. Prefiero morir y despedirme de pie y desconchada.
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Pertenezco al cortejo de Baltasar, ellos le llaman rey Baltasar. Es un mago para los niños, la ilusión que se pinta en los rostros bajitos que atestan la calle por donde desfilamos. Le saludan y agasajan como un gran ministro y a mí también. La noche se llena de brillo y de papeles. El frío entumece mis músculos a pesar de unos leotardos que disimulan mis piernas zambas. Los flashes de las cámaras de fotos perturban la nitidez de la noche, rasgada por el viento de poniente que, por estas tierras, cala los huesos de una humedad terrible llegada del mar. Mi corazón se enciende en cada jaleo. Guardo en el bolsillo de la zamarra algunos caramelos que recogí del suelo antes de partir la esforzada caravana. Espero la ocasión, un rostro especial, teñido de color como el mío, que sueñe con el albor de un nuevo día tras la noche mágica que anhela vivir. La mayoría de los niños son tímidos y al acercarme, retiran sus manos sin maldad, sólo por miedo a lo desconocido. Aunque unos poco se atreven y desafían el frío y el vértigo de lo inexplorado. Son ellos los que triunfan y llevan el tacto de mi piel por doquier, mezclando identidades y propósitos. Y luego el caramelo en la boca, el trofeo que endulzará sus recuerdos.
El cielo se enciende como si su dios descendiera a juzgarlos sin compasión. Los fuegos artificiales forman un paraguas que nos guarda de miradas de seres del más allá. La luz prende mi rostro y lo saca de su oscuridad habitual, de su anonimato. Quiero ser pálido y de pelo dorado, aunque sólo sea por unos instantes e inmortalizarme en un retrato y enseñarlo cada mañana a quien me mira desconfiado. Pero me tiñe la oscuridad y no reniego de ello, me siento orgulloso, de mi piel y mis ojos de blanco impoluto. He venido a su tierra y dejo que me conquiste, a condición de impregnarla de los miedos y alegrías que corren por mi sangre roja, como la suya.
Viene a la memoria mientras recorro esta hermosa ciudad, mi pueblo en fiestas, la alegría vertida por sus calles desgarbadas y escarbadas por la pobreza de su gente. Mantener los tobillos sin dislocar es una proeza al igual que aquí evitar las ampollas por el asfalto que roza casi la piel. Allí, las casas se mantienen sobre postes y son humildes aunque dignas. Si soplara allá el poniente que azota estas costas sin descanso, nuestros hogares construidos con paja y madera planearían sobre el mar y se perderían en el horizonte sagrado que desciende hasta la tierra prohibida.
“Hace mucho tiempo los ancestros que la ocuparon siglos atrás, domeñaron el Viento con sus arrullos. Esperaron pacientes una noche de calma y lo llamaron en sueños; el Aire convocado se presentó transformado en una Águila hermosa, altiva y agrifada, de plumas marrones y blancas. Postrados a la sombra de sus majestuosas alas, los ancianos le pidieron que no les castigara con sus embestidas tempestuosas pues el pueblo era humilde y no tenían adobe para construir hogares más consistentes. La Águila, sus ojos se mostraban huidizos, se quedó pensativa. Sin previo aviso, echó a volar batiendo sus enormes alas dejando a los ancianos esperando una respuesta. Pasaron dos lunas pero la Águila seguía sin venir y sólo cuando el sol asomaba, se escuchaba un batir de alas que enviaba un viento seco y sordo aunque no era devastador. Pasado el tiempo, el alba se presentó en son de paz. Anunció que la gran Águila descendería con una respuesta pero recibiría algo a cambio y esa decisión se la dejaba a los miembros del pueblo. Fueron jornadas de murmullos, silencios silabeados y diligencias nocturnas. Cada idea era sometida al Consejo y si eran consideradas como válidas por unanimidad, se apuntaban en el reverso de una piel de cebú. Así, hasta que no hubo huecos que rellenar. Los sabios ancianos no se decidían por ninguna, les parecía ridículo bagaje que ofrecer y no querían enfadar a la gran Águila. Un día de nubes grises, cerca del plazo final anunciado por el mensajero, un pequeño se había escapado de la cabaña donde vivía para acercarse a la orilla del mar. Sus padres lo buscaron sin cesar por el pueblo pero no apareció. Hasta que la noche llegó preocupada por las voces el pueblo. El aroma del río se acunó en la brisa que traía la luna y viajó hasta la cabaña donde la madre lloraba. Las buenas nuevas erizaron la piel de la mujer que lanzó al aire un grito ensordecedor. El padre llegó hasta el mar y encontró al pequeño bañándose en la orilla y al mirarlo sus ojos se encendieron mientras el cuerpo de su hijo se empequeñecía. Antes de que su padre le dejara caer toda su furia, el crío dijo: “¡Papá, no estaba tan lejos, sólo a cuatro latidos de tu corazón!” De camino al pueblo y aún enojado, al padre se le ocurrió una idea. Se acercó a la cabaña del anciano jefe del pueblo y le contó las palabras de su hijo. Pocos minutos después el Consejo discutía la cuestión. Invocaron a la gran Águila y le propusieron la solución. Mientras el silencio se instalaba en el ambiente y los ancianos del pueblo aguardaban la respuesta, el aire sopló como si un huracán anunciara su presencia y planeara para destruir el pueblo. El niño perdido corrió hacia donde las plumas del ave rozaban con la tierra y las acarició con tanta delicadeza que la gran Águila se estremeció. Sus ojos huidizos ahora convertidos en lanzas candentes querían destruir al diminuto ser que osaba tocarle pero al encontrarse con la mirada y la sonrisa inocente del niño, las garras se alejaron de la presa y las cejas se distendieron. Si los ancianos vieron un amago de sonrisa en la tez aguileña, fue un sueño que se prendió en sus retinas. Aunque pasados unos instantes de inquietud y expectación, la gran Águila llamó a la noche y ésta al alba que informó a las gentes del pueblo que
Echo de menos mis raíces. Mis padres no saben que malvivo con otros cinco compañeros en una habitación donde apenas se puede respirar. Y al comparar estas cuatro paredes con las de la casa en mi pueblo natal donde la pobreza alienta el cogote de los jóvenes para marcharse en busca de porvenir, pienso que las condiciones de vida son más dignas allí donde la luz se prende un breve tiempo durante la noche, velas aromáticas que calman el dolor de panza que nos asedian durante esas horas. Aquí los bichos se ceban con nosotros y el frío es difícil de combatir, por su fiereza y agilidad. Se cuela entre las fibras de las mantas raídas y consigue aterirnos hasta el punto de no poder mover las extremidades. Y tras él, llega el hambre feroz que se aferra a nuestros estómagos y les lacera hasta casi destruirlos.
Pero hoy he comido, desfilo con comida que atiborra mis sentidos, he tragado hasta saciarme por siete días y siete noches. Y estar saciado me permite mirar con otra perspectiva a quien me acoge con tanta alegría esta noche mientras paseo tras Baltasar o quien me abuchea, apedrea y margina el resto de mis días.
Nunca lo hubiera imaginado. Donde yo he nacido, si un viajero quiere descansar tras una larga peregrinación el pueblo lo acoge como si fuera un oriundo más. En otras ocasiones llegan para quedarse. Y tras permanecer al menos una luna en casa de algún vecino, hombres y niños se afanan en construir una nueva casa para el recién llegado con troncos de árboles y malezas mezcladas con tierras fangosas recogidas cerca del mar. El día transcurre entre los gritos de los mayores y las risas de los más pequeños. El futuro inquilino se dedica a mirar y repartir la comida y bebida que debe preparar con la llegada del alba. Cuando el sol se emplaza en lo más alto antes de deslizarse hasta el horizonte, las gentes bajan agrupadas a la orilla donde se sumergen varias veces y refrescarse hasta que el hambre hace rugir el cuerpo. Después descansan a la sombra de los árboles hasta que se vuelven para decorar el interior del hogar. Al final del día y antes de que el sol se ponga, todos los que han ayudado a construir la casa lanzan flores silvestres recogidas de los alrededores del pueblo antes de que el nuevo integrante del pueblo cierre la puerta tras él.
Mañana volveré a la rutina de pasar desapercibido, de caminar con la sospecha sobre mis hombros, de considerarme un objeto con un valor interesado, al peso, una moneda de intercambio entre la sociedad que necesita calmar su conciencia y llenar los bolsillos, pero no los míos sino los propios. Aunque esta noche es especial. Me siento como en casa, especial, como si mi familia me arropara. Observo a los niños que gritan pidiendo caramelos y me recuerdan a aquel otro perdido que rozó las plumas de la gran Águila y que con los ojos tiernos de la inocencia le pidiera que, por favor, se convirtiera en cada latido de su pecho, como yo ahora desearía formar parte del latido del corazón de aquellos que hoy me sonríen y arengan para mañana convertirme en una visión indeseable.
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