I
La certeza no abunda,
no se encuentra en los libros
ni en la biblia ni en los templos
ni en los números de teléfonos
o en los anuncios clasificados;
no existe tampoco en el cuerpo
ni en la muerte
o las estrellas o en el atronador
gemido de las hojas secas al pisarlas.
Es apenas;
pero, si se deshace en el silencio
del vértigo craneal, en el ego,
erizando los vellos de la noche,
es expansión, horizonte,
absorción,
encantamiento,
perpetuidad.
Dulce embrujo,
la certeza viste de casualidad
y reverbera
con el juego de la luz...
Te centra el iris
en la aumentada percepción
de lo que envuelve
y yuxtapone el resto de las ondas
confundiendo los colores
de lo que estorba.
Hace sacras las imperfecciones
del ser frente al que te desnuda.
Engarza, ahonda, cristaliza,
te abre en canal y te amartilla
por encima del bien y las aristas,
haciéndolos cenizas.
Ya no eres autómata.
Abajo las nubes,
no se puede más arar la tierra
con los pasos de la indolencia.
Ni renunciar ni escapar.
La boca, la sed, el plasma,
las hormonas, la palabra...
La inquietud...
Las huellas están marcadas
para siempre
por el furor de la certeza.
II
El mayor desorden que me desahucia
viene justamente de lo que juzgan
necesario, resbaladizo, hermoso o imprescindible.
Pues si antes te escuché y gocé el escalofrío,
si antes desenredé las herrumbres del secreto,
si antes amé el silencio cristalino de tu canto
no preciso de aquel silencio.
Intento escribir aquellos versos de tu voz.
Respira en mi tálamo pero no te oigo;
no puedo coser y descoser las pestañas
y verte en la primavera de tu cuello,
en el sonido que muele el aire
y lo convierte en el ámbito sublime
donde nada vuelve a ser lo mismo.
Pero no puedo
resucitar el poema en este limbo
en el que sólo los pájaros nocturnos
intentan edificar la música.
Como no puedo
decir adiós y traicionarme:
y traicionarte,
aunque seas tú,
precisamente tú, la armonía,
el hormigón de la sordera.
III
No es ’pienso, luego existo’,
no la dualidad maniquea y burda,
no el océano o la orilla.
Sí es ’existo y luego pienso’,
’existo, luego amo’.
Y el verbo amar necesita
de ti en cualquier conjugación.
No es fe,
no es tozudez o adicción,
no es miedo a la noche sin cariño.
La certeza de ti
carece de epítetos, sombrillas
u oropeles
que le presten osamenta.
Ni siquiera precisa de ti,
de tu anuencia o negación
y es alienación del error,
preeminencia intuitiva,
acto de humildad desvalida...
Por eso es renuncia.
Acaso soy un ángel
sin fortuna y viciado
de su indiferente muerte.
¡Ah, cómo me orada
el grito que se ahoga
en esta marejada
de amor imantado,
en esta desnudez etérea,
sin sombra,
que es núcleo del orbe!
No soy nada
mas lo entrego todo.
No eres diosa ni princesa
y eres tan humana
que la humanidad me desprecia
al no desaparecerte.
No obtengo nada
de esta insistencia
pero lo persigo todo.
No renuncio a la nada.
No me siento culpable
ni bendecido.
No estoy loco;
o sí, ¿a quién le importa?
Sólo me basta a mí.
No dispongo de otra vida,
como tampoco vislumbro
qué motor de bifurcaciones
se adueñó de la ciencia química.
Ahora ya no puedo huir,
ni tampoco aspiro a ello.
Ahora amo
incondicionalmente.
NO SUFRAS SOL@ Y EN SILENCIO
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EL FARO DEL DOLOR