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El estribillo de la guagua en La Habana: "Córrase ahí caballero, echen un paso pa´trás"


No se por qué alguna gente/ no se puede soportar/ cuando la guagua que espera /no acaba de llegar

Hasta hace poco tiempo todas las guaguas que me llevaban hacia mi casa y me traían de vuelta al otro día, al centro de la ciudad y la vorágine laboral, eran azules. Mis queridos P12 o P16. Sus nombres más que a rutas de ómnibus me sonaban a algún complemento vitamínico.

Algunos preguntan ¿último? / otros no hacen la cola / y hay quien a veces le falta / el respeto a una señora

Debido a los reajustes que se han hecho con el transporte por deficit de guaguas, de piezas de repuesto, de combustible y otros tantos dolores, las P12 y P16 ahora son de los más variados colores, marcas y hacen recorridos diversos, limitados, en variantes A o B.

A fijarse que la guagua / ya viene por la rotonda / sale arrollando la gente / como si fuera en la conga

Se rescataron las antiguas Girón, aquellas guagüitas rusas, de las escuelas al campo, donde tan bien sonaban las maletas de palo y los jarros de aluminio, que ahora van directamente hasta G y 25 en el Vedado, aunque a veces si es muy temprano llegan nada más hasta 100 y Boyeros, según el chofer.

Para subir a la puerta / se empujan unos a otros / y a veces sufre la guagua / desfiguración de rostro

Otras rutas de la urbe habanera prestaron sus esqueletos anaranjados, verdes, rojos, para transportarnos a los que vivimos más allá del puente de 100 y Boyeros. Por eso ahora, los que se montaban sin siquiera pensarlo demasiado cuando se acercaba la mole azul, ahora suspicaces preguntan con pelos y señales el camino. Nadie quiere hacer un viaje que no es el suyo y perder más tiempo del necesario tratando de enderezar el rumbo en otro carro. A estos se añaden los que están de visita en la capital, quienes miran desorientados a la gente en su maratón diario tras las guaguas, para tras un instante de indecisión emularlos en la carrera.

Y en la próxima parada / nadie se quiere correr / y muchos miran las caras / cuando se irrita el chofer

Y dentro de los dromedarios actuales, primos hermanos de aquellos singulares “camellos” que se adueñaron de la Habana en lo más cruento de nuestro período especial de los años noventa, es donde ocurren las verdaderas historias de amor y de guerra, de horror y misterio, de risa contagiosa y lágrima fácil; que joroban el día o le ponen la pizca de pimienta necesaria para que la jornada valga la pena.


Para leer el resto de la entrada por favor visita : http://criaturadeisla.wordpress.com


Te espero...

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Tan triste como ella o como yo ahora mismo... con permiso de JCO



Querida Tan Triste:


Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. Intento excusarme -sólo para nosotros, claro- invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.

J.C.O.


Años atrás, que podían ser muchos o mezclarse con el ayer en los escasos momentos de felicidad, ella había estado en la habitación del hombre. Un dormitorio imaginable, un cuarto de baño en ruinas y desaseado, un ascensor trémulo; sólo eso recordaba de la casa. Fue antes del matrimonio, pocos meses antes.

Quería ir, deseaba que ocurriera cualquier cosa -la más brutal, la más anémica y decepcionante-, cualquier cosa útil para su soledad y su ignorancia. No pensaba en el futuro y se sentía capaz de negarlo. Pero un miedo que nada tenía que ver con el dolor antiguo la obligó a decir no, a defenderse con las manos y la rigidez de los muslos. Sólo obtuvo, aceptó, el sabor del hombre manchado por el sol y la playa.

Soñó, al amanecer, ya separada y lejos, que caminaba sola en una noche que podía haber sido otra, casi desnuda con su corto camisón, cargando una valija vacía. Estaba condenada a la desesperación y arrastraba los pies descalzos por calles arboladas y desiertas, lentamente, con el cuerpo erguido, casi desafiante.

El desengaño, la tristeza, al decir que sí a la muerte, sólo podían soportarse porque, a capricho, el gusto del hombre renacía en su garganta en cada bocacalle que ella lo pedía y ordenaba. Los pasos doloridos se iban haciendo lentos hasta la quietud. Entonces, a medias desnuda, rodeada por la sombra, el simulacro del silencio, alguna pareja lejana de faroles, se detenía para absorber ruidosa el aire. Cargada con la valija sin peso, saboreaba el recuerdo y continuaba caminando de regreso.

De pronto vio la enorme luna que se alzaba entre el caserío gris, negro y sucio; era más plateada a cada paso y disolvía velozmente los bordes sanguinolentos que la habían sostenido. Paso a paso, comprendió que no avanzaba con la valija hacia ningún destino, ninguna cama, ninguna habitación. La luna ya era monstruosa. Casi desnuda, con el cuerpo recto y los pequeños senos horadando la noche, siguió marchando para hundirse en la luna desmesurada que continuaba creciendo.

El hombre estaba más flaco cada día y sus ojos grises perdían color, aguándose, lejos ya de la curiosidad y la súplica. Nunca se le había ocurrido llorar y los años, treinta y dos, le enseñaron, por lo menos, la inutilidad de todo abandono, de toda esperanza de comprensión.

La miraba sin franqueza ni mentira todas las mañanas, por encima de la poblada, renga mesa del desayuno que había instalado en la cocina para la felicidad del verano. Tal vez no fuera totalmente suya la culpa, tal vez resulte inútil tratar de saber quién la tuvo, quién la sigue teniendo.

A escondidas ella le miraba los ojos. Si puede darse el nombre de mirada a la cautela, al relámpago frío, a su cálculo. Los ojos del hombre, sin delatarse, se hacían más grandes y claros, cada vez, cada mañana. Pero él no trataba de esconderlos; sólo quería desviar, sin grosería, lo que los ojos estaban condenados a preguntar y decir.

Tenía entonces treinta y dos años y se iba extendiendo, desde las nueve hasta las cinco, a través de oficinas de un local enorme. Amaba el dinero, siempre que fuera mucho, así como otros hombres se sienten atraídos por mujeres altas y gordas, tolerando que sean viejas, sin importarles. Creía también en la felicidad de los fatigosos fines de semana, en la salud que descendía para todos desde el cielo, en el aire libre.

Estaba allá o aquí, presentía el dominio sobre cualquier forma de dicha, de tentación. Había amado a la pequeña mujer que le daba comida, que había parido una criatura que lloraba incesante en el primer piso. Ahora la miraba con asombro: era, fugazmente, algo peor, más abajo, más muerto que una desconocida cuyo nombre no nos llegó nunca.

A la hora irregular del desayuno el sol entraba por las altas ventanas; los olores del jardín se complicaban en la mesa, desfallecidos aún, como el fácil principio de una sospecha. Ninguno de ellos podía negar el sol, la primavera; en último caso, la muerte del invierno.

A los pocos días de la mudanza, cuando nadie había pensado aún en transformar el jardín salvaje y enmarañado en una sucesión tumularia de peceras, el hombre se levantó de madrugada y aguardó el alba. Con las primeras luces, clavó una lata en la araucaria y tomó distancia con el diminuto revólver nacarado colgando de una mano. Alzó el brazo y sólo pudo oír los golpecitos frustrados del percutor. Volvió a la casa con una exagerada sensación de ridículo y mal humor; sin cuidado, sin respeto por el sueño de la mujer, tiró el arma en un rincón del ropero.

- ¿Qué pasa? -murmuró ella mientras el hombre comenzaba a desnudarse para entrar al baño.

-Nada. O las balas están picadas, no hace ni un mes que las compré, me estafaron, o el revólver se terminó. Era de mi madre o de mi abuela, tiene el gatillo flojo. No me gusta que estés sola aquí, de noche, sin algo para defenderte. Pero me voy a ocupar de eso hoy mismo.

-No tiene importancia -dijo la mujer mientras caminaba descalza para traer al niño-. Tengo buenos pulmones y los vecinos me van a oír.

-Estoy enterado -dijo el hombre y rió. Se miraron con cariño y burla. La mujer estuvo esperando el ruido del coche y volvió a dormirse con el niño colgado de un pezón.

La sirvienta entraba y salía y no era posible saber siempre por qué. La mujer estaba acostumbrada, no creía ya en la súplica de los ojos del hombre, tantas veces entrevista, como si la mirada, la expresión, el húmedo silencio no importaran más que el color del iris, la inclinación heredada de los párpados. El, por su parte, era incapaz, ahora, de aceptar el mundo; ni los negocios, ni la hija inexistente, con frecuencia olvidada, con frecuencia viva, tenaz, endurecida, distinta a pesar de las premeditadas borracheras, los ineludibles negocios, las compañías y las soledades. Es probable, también, que ni ella ni él creyeran ya del todo en la realidad de las noches, en sus felicidades cortas y previsibles.

No tenían nada que esperar de las horas en que estaban juntos, pero tampoco aceptaban esa pobreza. El continuaba jugando con el cigarrillo y el cenicero; ella estiraba manteca y jalea sobre el pan tostado. Durante aquellas mañanas él no trataba, en realidad, de mirarla; se limitaba a mostrarle los ojos, como un mendigo casi desinteresado, sin fe, que exhibiera una llaga, un muñón.

Ella hablaba de los restos del jardín, de los proveedores, del niño rosado en la habitación de arriba. Cuando el hombre se hartaba de esperar la frase, la palabra imposible, se movía para besarle la frente y dejaba órdenes para los obreros que construían las peceras.

El hombre comprobaba todos los meses que estaba más rico, que sus cuentas en los bancos iban creciendo sin esfuerzo ni propósitos. No lograba inventar un destino cierto, ambicioso, para el dinero nuevo.

Hasta las cinco o seis de la tarde vendía repuestos de automóvil, de tractores, de cualquier clase de máquina. Pero a partir de las cuatro usaba el teléfono, paciente y sin rencor, para asegurarse contra la angustia, para asegurarse una mujer en una cama o en una mesa de restaurante. Se conformaba con poco, estrictamente con lo que le era necesario: una sonrisa, una caricia en los pómulos que pudiera ser confundida con la ternura o la comprensión. Después, claro, los actos de amor, escrupulosamente pagados con ropas, perfumes, objetos inútiles. Pagados también -el vicio, el dominio, la noche entera- con la resignación a las charlas versátiles e imbéciles.

Al regreso, en la madrugada, ella le respiraba los olores ordinarios, inocultables, y le espiaba la cara huesuda que perseguía, tan equivocada, la placidez. El hombre no traía nada para contarle. Miraba la fila de botellas en el armario y elegía, al azar, cualquiera. Hundido en el sillón, calmoso, con un dedo entre las páginas de un libro, bebía frente al silencio de ella, frente a sus simulacros de sueño, frente a sus ojos inmóviles y fijos en el techo. Ella no gritaba; durante un tiempo trató de comprender sin desprecio, quiso acercarle parte de la lástima que sentía por sí misma, por la vida y su final.

A mediados de setiembre, imperceptiblemente al principio, la mujer empezó a encontrar consuelo, a creer que la existencia está, como una montaña o una piedra, que no la hacemos nosotros, que no la hacían ni el uno ni el otro.

Nadie, nadie puede saber cómo ni por qué empezó esta historia. Lo que tratamos de contar se inició una tarde quieta de otoño, cuando el hombre sombreó el crepúsculo aún soleado del jardín y se detuvo para mirar alrededor, para olisquear el pasto, las últimas flores de los arbustos mal crecidos y salvajes. Estuvo inmóvil un rato, la cabeza caída sobre un costado, los brazos colgando y como muertos. Después avanzó hasta el cerco de cinacina y desde allí comenzó a medir el jardín con pasos regulares, contenidos, de alrededor de un metro cada uno. Caminó de sur a norte, después desde el este al oeste. Ella lo miraba protegida por las cortinas del piso alto; cualquier cosa fuera de la rutina podía ser el nacimiento de una esperanza, la confirmación de la desgracia. El niño chillaba sobre el fin de la tarde; tampoco nadie puede afirmar si estaba vestido ya de rosa, si lo habían vestido así desde el nacimiento o desde antes.

Aquella noche de domingo, el día más triste de la semana, el hombre dijo en la cocina mientras revolvía la taza de café:

-Tanto terreno y no sirve para nada.

Ella le espió la cara ascética, su diluido tormento incomprendido. Vio una novedosa languidez maligna, un nacimiento de la voluntad.

-Siempre pensé... -dijo la mujer, comprendiendo mientras hablaba que en realidad estaba mintiendo, que no había tenido tiempo ni ganas de pensarlo, comprendiendo que la palabra siempre había perdido todo sentido-. Siempre pensé en árboles frutales, en canteros hechos con un plan, en un jardín de verdad.

Aunque ella había nacido allí, en la casa vieja alejada del agua de las playas que había bautizado, con cualquier pretexto, el viejo Petrus. Había nacido, se había criado allí. Y cuando el mundo vino a buscarla, no lo comprendió del todo, protegida y engañada por los arbustos caprichosos y mal criados, por el misterio -a luz y sombra- de los viejos árboles torcidos e intactos, por el pasto inocente, alto, grosero. Tuvo una madre que compró una máquina para el césped, un padre que supo prometer, en cada sobremesa nocturna, que el trabajo comenzaría mañana. Nunca lo hizo. Aceitaba a veces la máquina durante horas o la prestaba a un vecino durante meses.

Pero el jardín, el contrahecho remedo de selva, nunca fue tocado. Entonces la chiquilina aprendió que no hay palabra comparable a mañana: nunca, nada, permanencia y paz.

Muy niña descubrió la broma cariñosa de los arbustos, el pasto, cualquier árbol anónimo y torcido; descubrió con risas que amenazaban invadir la casa, para retroceder a los pocos meses, encogidos, satisfechos.

El hombre bebió el café y luego estuvo moviendo la cabeza con lentitud y resuelto. Hizo una pausa o la dejó llegar y extenderse.

-Puede quedar, cerca de los ventanales, un rincón para estirarse y tomar cosas frescas cuando vuelva el verano. Pero el resto, todo, hay que aplastarlo con cemento. Quiero hacer peceras. Ejemplares raros, difíciles de criar. Hay gente que gana mucho dinero con eso.

La mujer sabía que el hombre estaba mintiendo; no creyó en su interés por el dinero, no creyó que nadie pudiera talar los viejos árboles inútiles y enfermos, matar el pasto nunca cuidado, las flores sin nombre conocido, pálidas, fugaces, cabizbajas.

Pero los hombres, los obreros, tres, se acercaron a conversar una mañana de domingo. Ella los miraba desde el piso alto; dos estaban de pie, rodeando el casi horizontal sillón del jardín de donde se alzaban las instrucciones, las preguntas sobre precio y tiempo; el tercero, agachado, con boina, enorme y plácido, mascaba un tallo.

Lo recordó hasta el final. El más viejo, el jefe, encorvado, con el pelo abundante y blanco, con las manos colgantes, se detuvo un rato de espaldas al portón enrejado. Contempló sin asombro los árboles despojados, la vasta superficie de yuyos entremezclados. Los otros dos avanzaron, cargados inútilmente con guadañas y palas, con picos, y el desconcierto que iba trabándoles las piernas. El más joven y grande, el más perezoso, continuaba mordisqueando el tallo rematado por la florcita sonrosada. Era una mañana de domingo y la primavera estremecía las hojas del jardín; ella los miraba tratando de equivocarse, la boca del niño colgada de un pecho.

Ella conocía el rencor, las ganas de dañarla del hombre. Pero todo había sido conversado tantas veces, comprendido hasta donde uno cree comprenderse y entender al otro, que no creyó posible la venganza, la destrucción del jardín y de su propia vida. A veces, cuando ambos aceptaban el sueño de haber olvidado, el hombre la encontraba tejiendo en algún lugar del jardín y reanudaba sin prólogo:

-Todo está bien, todo está tan muerto como si nunca hubiera sucedido -la cara flaca y obsesiva se negaba a mirarla-. Pero, ¿por qué tuvo que nacer varón? Tantos meses comprándole lanas rosadas y el resultado fue ése, un varón. No estoy loco. Sé que lo mismo da, en el fondo. Pero una niña podría llegar a ser tuya, exclusivamente tuya. Ese animalito, en cambio...

Ella estuvo un rato quieta, sosegó las manos y por fin lo miró. Más flaco, más grandes los ojos claros, perniabierto a su lado, desolándose y burlón. Mentía, ambos sabían que el hombre estaba mintiendo; pero lo comprendían de manera muy distinta.

-Ya hablamos tanto de esto -dijo aburrida la mujer-. Tantas veces tuve que escucharte...

-Es posible. Menos veces, siempre, que mis impulsos de volver al tema. Es un varón, tiene mi nombre, yo lo mantengo y tendré que educarlo. ¿Podemos tomar distancia, mirar desde afuera? Porque, en ese caso, yo soy un caballero o un pobre diablo. Y vos, una putita astuta.

-Mierda -dijo ella, suavemente, sin odio, sin que pudiera saberse a quién hablaba.

El hombre volvió a mirar el cielo que se apagaba, la primavera indudable. Giró y se puso a caminar hacia la casa.

Tal vez toda la historia haya nacido de esto, tan sencillo y terrible; depende, la opción, de que uno quiera pensarlo o se distraiga: el hombre sólo creía en la desgracia y en la fortuna, en la buena o en la mala suerte, en todo lo triste y alegre que puede caernos encima, lo merezcamos o no. Ella creía saber algo más; pensaba en el destino, en errores y misterios, aceptaba la culpa y -al final- terminó admitiendo que vivir es culpa suficiente para que aceptemos el pago, recompensa o castigo. La misma cosa, al fin y al cabo.

A veces el hombre la despertaba para hablarle de Mendel. Encendía la pipa o un cigarrillo y aguardaba para asegurarse de que ella estaba resignada y escuchando. Tal vez esperara, él, un milagro en su alma o en el de su mujer desnuda, cualquier cosa que pudiera ser exorcizada y les diera la paz o un engaño equivalente.

- ¿Por qué con Mendel? Podías haber elegido entre tantos mejores, entre tantos que me avergonzaran menos.

Quería volver a escuchar el relato de los encuentros de la mujer con Mendel; pero, en realidad, retrocedía siempre, miedoso de saber del todo, definitivamente; resuelto, en el fondo, a salvarse, a ignorar el porqué. Su locura era humilde y podía ser respetada.

Mendel o cualquier otro. Lo mismo daba. No tenía nada que ver con el amor. Una noche el hombre trató de reír:

-Y, sin embargo, así estaba escrito. Porque las cosas se han enredado, o se pusieron armónicas, de tal manera que hoy puedo mandarlo a Mendel a la cárcel. A Mendel, a ningún otro. Un papelito falsificado, una firma dibujada por él. Y no me muevo por celos. Tiene una mujer y tres hijos totalmente suyos. Una casa o dos. Sigue pareciendo feliz. No se trata de los celos sino de la envidia. Es difícil de entender. Porque a mí, personalmente, de nada me sirve destrozar todo eso, hundir o no a Mendel. Deseaba hacerlo desde mucho antes del descubrimiento, desde antes de saber que era posible. Imagino, ¿sabes?, la posibilidad de la envidia pura, sin motivos concretos, sin rencor. A veces, muy pocas, la encuentro posible.

Ella no contestó. Acurrucada contra el primer frío del alba pensaba en el niño, esperaba el primer llanto del hambre. El, en cambio, esperaba el milagro, la resurrección de la chica encinta que había conocido, la suya propia, la del amor que se creyeron, o fueron construyendo durante meses, con resolución, sin engaño deliberado, abandonados tan cerca de la dicha.

Los hombres empezaron a trabajar un lunes, aserrando sin prisa los árboles que se llevaban al final de la jornada en un camión destartalado, rugiente de vejez, siempre torcido. Días después comenzaron a guadañar los yuyos floridos, el pasto que se había hecho jugoso y recto. No cumplían ningún horario regular; tal vez hubieran contratado la totalidad del trabajo, directamente, dejando de lado el engorro de los jornales, las faltas y las perezas. Sin embargo, tampoco mostraron nunca apresurarse.

El hombre no le hablaba nunca de lo que estaba ocurriendo en el jardín. Seguía flaco y callado, fumaba y bebía. El cemento se extendía ahora sobre la tierra y sus recuerdos, blanco, grisáceo en seguida.

Entonces, al final de un desayuno, rencoroso e incauto, el hombre apagó el cigarrillo en el fondo de una taza y, casi sonriendo, como si comprendiera de verdad el destino de sus palabras, dijo lento, sin mirarla:

-Sería bueno que vigilaras el trabajo de los poceros. Entre una y otra mamadera. No veo que el portland avance.

Desde aquel momento los tres peones se convirtieron en poceros. Ahora traían grandes chapas de vidrio para hacer las peceras, enormes, distribuidas con deliberada asimetría, desproporcionadas para toda clase de fauna que quisiera criarse allí.

-Sí -dijo ella-. Puedo hablar con el viejo. Ir al lugar donde estaba el jardín y mirarlos trabajar.

-El viejo -se burló el hombre-. ¿Sabe hablar? Creo que los dirige moviendo las manos y las cejas.

Empezó a bajar diariamente al cemento, de mañana y de tarde, aprovechando los horarios caprichosos que ellos elegían. Acaso también podía decirse de ella que estaba rencorosa e incauta.

Caminaba despacio, más crecida ahora sobre el piso duro y parejo, desconcertada, moviéndose en sesgo, restaurando los antiguos desvíos, los perdidos atajos que habían impuesto alguna vez los árboles y los canteros. Miraba a los hombres, veía erguirse las enormes peceras. Olía el aire, esperaba la soledad de las cinco de la tarde, el rito diario, el absurdo conquistado, hecho casi costumbre.

Primero fue la incomprensible excitación del pozo por sí mismo, el negro agujero que se hundía en la tierra. Le hubiera bastado. Pero pronto descubrió, en el fondo, la pareja de hombres trabajando, con los torsos desnudos. Uno, el del yuyo mascado, moviendo con descuido los enormes bíceps; el otro, largo y flaco, más lento, más joven, provocando la lástima, el afán de ayudarlo y pasarle un trapo por la frente sudada.

No sabía cómo alejarse y mentirse a solas.

El viejo fumaba mal acomodado en un tronco. La miraba impasible.

- ¿Trabajan? -preguntó ella, sin interés. -Sí señora, trabajan. Exactamente lo que tienen que hacer cada día, cada jornada. Para eso estoy yo. Para eso, y otras cosas que adivino. Pero no soy Dios. Presiento, apenas, y ayudo cuando puedo.

Los poceros la saludaban moviendo una vez las cabezas cordiales y taciturnas. Muy pocas veces podían inventar un tema de conversación, pretextos que rebotaran algunos minutos. Ella y la pareja de poceros, el gigante tranquilo, con la boina siempre puesta y mascando un yuyo que ya no podía haber arrancado del jardín cegado, el otro, muy joven y delgado, tonto de hambre, enfermo. Porque el viejo no hablaba y podía pasar inmóvil la jornada entera, de pie o sentado en la tierra, haciéndose cigarrillos, uno tras otro. \

Cavaban, medían y sudaban como si algo de esto pudiera importarle a ella, como si estuviera viva y fuese capaz de participar. Como si hubiera sido dueña algún día de los árboles desaparecidos y los pastos muertos. Hablaba de cualquier cosa, exagerando la cortesía, el respeto, esa forma de la tristeza que ayuda a unir. Hablaba de cualquier cosa y dejaba siempre sin final las frases, esperando las cinco de la tarde, esperando que los hombres se fueran.

La casa estaba rodeada por un cerco de cinacinas. Ya eran árboles, de casi tres metros de altura, aunque los troncos conservaban una delgadez adolescente. Los habían plantado muy juntos pero supieron crecer sin estorbarse, apoyándose uno en el otro, entreverando las espinas.

A las cinco de la tarde los poceros imaginaban escuchar una campana y el viejo alzaba un brazo. Guardaban, tiraban las herramientas en la sombra fresca del galpón, saludaban y se iban. El viejo adelante, el animal de la boina y el flaco encorvado después, para que las nubes y el resto del sol se enteraran del respeto a las jerarquías. Lentos los tres, fumando calmosos, sin ganas.

En el piso alto, de espaldas al griterío en la cuna, la mujer los espiaba para asegurarse. Aguardaba inmóvil diez o quince minutos. Entonces bajaba hacia lo que había sido en un tiempo su jardín, esquivando obstáculos que ya no existían, taconeaba sobre el cemento hasta llegar al cerco de cinacinas. No ensayaba siempre el mismo lugar, claro. Podía marcharse por el gran portón de hierro que usaban los poceros, las imaginarias visitas; podía escapar por la puerta del garaje, siempre abierta cuando el coche estaba afuera.

Pero elegía, sin convicción, sin deseo de verdad, el juego inútil y sangriento con las cinacinas, contra ellas, plantas o árboles. Buscaba, para nada, sin ningún fin, abrirse un camino entre los troncos y las espinas. Jadeaba un tiempo, abriéndose las manos. Concluía siempre en el fracaso, aceptándolo, diciéndole que sí con una mueca, una sonrisa.

Después atravesaba el crepúsculo, lamiéndose las manos, mirando el cielo de esta primavera recién nacida y el cielo tenso, promisorio, de primaveras futuras que tal vez transcurriera su hijo. Cocinaba, atendía al niño, y con un libro siempre mal elegido comenzaba la espera del hombre, en uno de los dos sillones floreados o tendida en la cama. Escondía los relojes y esperaba.

Pero todas las noches, los regresos del hombre eran idénticos, confundibles. Cerca de octubre le tocó leer: "Figúrense ustedes el pesar creciente, el ansia de huir, la repugnancia impotente, la sumisión, el odio". El hombre escondió el coche en el garaje, cruzó el cemento y subió. Era el mismo de siempre, la frase recién leída por ella no logró transformarlo. Se paseaba por el dormitorio haciendo sonar el llavero, contando historias simples o complejas de la jornada, mintiéndole, inclinando a veces en las pausas la cara pomulosa, los ojos crecientes. Tan triste como ella, acaso. (Fin de la primera parte)


Cuento del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti

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Si me olvidas


Después de una hecatombe, un diluvio, la muerte o la alegría, sobreviene inevitablemente el olvido. Es lo primero en asentarse, sobre las cosas y las almas. Somos frágiles ante sus embates, no hemos aprendido fórmulas certeras para enfrentarlo. Y muchas veces sosegadamente nos entregamos a él, lo dejamos hacer. Con suerte un día le damos batalla, lo despedazamos, instauramos la terquedad y seguimos caminando con el fardo pesado de los recuerdos y las experiencias. No queremos olvidar o lo que es lo mismo ir dejando tirados pedazos de nosotros mismos, de las materias y sueños-no me olvides que fueron edificándonos.  


Por eso traigo al arenal este olvido, entre tantos. Para alertar pequeñamente sobre sus estragos.


Quiero que sepas



una cosa.


Tú sabes cómo es esto:


si miro


la luna de cristal, la rama roja


del lento otoño en mi ventana,


si toco


junto al fuego


la impalpable ceniza


o el arrugado cuerpo de la leña,


todo me lleva a ti,


como si todo lo que existe,


aromas, luz, metales,


fueran pequeños barcos que navegan


hacia las islas tuyas que me aguardan.


Ahora bien,


si poco a poco dejas de quererme


dejaré de quererte poco a poco.


Si de pronto


me olvidas


no me busques


que ya te habré olvidado.


 Pablo Neruda


 

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El padre



EL PADRE

por Raymond Carver



El bebé estaba en una cuna junto a la cama, vestido con gorro blanco y un pilucho. La cuna había sido pintada recientemente, atada con cintas azul cielo y acolchada con un cubrecama azul. Las tres hermanitas y la madre, que se había levantado recién y aún no despertaba por completo, y la abuela, rodeaban todas al bebé, viendo cómo miraba fijamente y a ratos llevaba su puño a la boca. No sonreía ni reía, pero de vez en cuando pestañeaba y sacaba y metía la lengua a través de sus labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.

El padre estaba en la cocina y podía oírlas jugando con el bebé.

— ¿A quién quieres tú, bebé? —dijo Phyllis y le hizo cosquillas en la barbilla.

— Él nos quiere a todos —dijo—, pero a quien en realidad quiere es a papá, ¡porque papá es un niño también!

La abuela se sentó sobre el borde de la cama y dijo:

— ¡Miren su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Como los de su madre.

— ¿No es encantador? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito —y se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la frazada sobre su brazo—. Nosotros también te amamos.

— ¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —gritó Alice, y todas se acercaron alrededor de la cuna a ver a quién se parecía el bebé.

— Tiene bonitos ojos —dijo Carol.

— Todos los bebés tienen bonitos ojos —dijo Phyllis.

— Tiene los labios de su abuelo —dijo la abuela—. Miren esos labios.

— No sé —dijo la madre—. No podría decirlo.

— ¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.

— ¿Qué pasa con la nariz? —preguntó la madre.

— Parece como la nariz de alguien —respondió la niña.

— No, no lo sé —dijo la madre—. No lo creo.

— Esos labios... —murmuró la abuela—.Esos deditos —dijo, destapando la mano del bebé y separando sus dedos.

— ¿A quién se parece el bebé?

— Él no se parece a nadie —dijo Phyllis. Y se acercaron todavía más.

— ¡Lo sé!¡Lo sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Entonces miraron más de cerca al bebé.

— ¿Pero a quién se parece papá? —preguntó Phyllis.


— ¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y todas a la vez miraron hacia la cocina, donde estaba el padre sentado a la mesa, con la espalda hacia ellas.

— ¡Pero, nadie! —dijo Phyllis y empezó a llorar un poco.

— ¡Silencio! —dijo la madre y apartó la mirada, y luego la volvió hacia el bebé.

— ¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.

— Pero él tiene que parecerse a alguien —dijo Phyllis, enjugando sus ojos con una de las cintas. Y todas excepto la abuela miraron hacia el padre, sentado a la mesa.

Había vuelto su silla y su rostro estaba blanco y sin expresión.



De Will You Please Be Quiet, Please ( primera publicación de 1976)

Traducido por K. Ramone


 

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Nocturno



Las pequeñas derrotas cotidianas, los fracasos pasajeros, los


golpes del desaliento y el cansancio


hacen blanco en tu alma,


vierten sobre tus sueños unas gotas de agua turbia y amarga. Y de


ahí nacen esos pasillos de abismo,


esos ígneos parajes donde te acecha una serpiente o te acosan


babeantes endriagos de Goya,


esos soles nauseabundos que te arrancan el pellejo,


ese horror, esos terremotos,


ese humo acre del fuego invisible en el que arden seres queridos,


ciudades queridas, deseos queridos.


 


Pero también las mínimas victorias del día,


el error estrangulado a tiempo,


el poema que salió de un solo tajo,


la carta desbordando besos y buenas noticias,


la muchacha que no dijo sí pero que tampoco dijo no y dejó caer,


como de antiguo los pañuelos, una esperanza,


la artesana alegría del pan bien ganado,


el bálsamo de la mano amiga


echan sus raíces en el sueño.


Y de ellos nacen, entonces, el súbito vuelo con el que salvas


finalmente el abismo,


la puerta imprevista por la que escapas de los endriagos,


la caricia del aire sobre tu piel ardida,


y ese aguacero dulce que estrangula al fuego del mal, que lo pone


de rodillas;


esa espada que, empuñada por tu mano,


decapita a la serpiente.



Poema del escritor cubano Luis Rogelio Nogueras (1944-1985).


Les dejo la dirección a su web para que disfruten de otras obras de este singular autor, que aunque murió joven dejó una obra de valía para la cultura cubana.


http://luisrogelionogueras.blogspot.com/


 

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Historia de un lunes



Bajamos como pudimos del auto. Trastabillando, entre gritos, con  las ropas hechas jirones y la dignidad también. Teníamos que haberlo sabido desde que el hombre se llevó la primera luz roja. Pero nos reímos. Era el inicio de una exótica noche de lunes. Un taxista macilento no representaba ningún peligro. No contábamos con el cuchillo que puso entre las piernas de Eva y la mirada que reflejó el espejo retrovisor.


 

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Chimpancés


Los chimpancés aprenden a querer mirando a los otros del grupo, por eso las chimpancé criadas en cautiverio no saben que hacer con los hijos que les nacen y los rechazan. La noche que te conocí terminé pensando en estos animales. En ese momento no sabía que desde que naciste tu madre estuvo internada en un asilo. Cuando tuviste edad para conocerla no quisiste saber de ella. Otras manos se encargaron de vestirla el día que murió.


 

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Con nuestras manos


Acaban de presentar el libro "El último cuaderno de José Saramago", que recoge los textos que Saramago escribió de forma asidua en su "blog" personal, entre el 23 de marzo de 2009 y el 2 de junio de 2010, 16 días antes de morir en Lanzarote.  


En su oportunidad, el escritor Héctor Aguilar Camín recordó al autor de 'La Caverna', como un autor lleno de iluminaciones, nostalgia y juventud, como a un Premio Nobel que a los 87 años decidió hacer un 'blog'.

Sobre el libro, refirió que se trata 'un acto de frescura y una descripción de modo respecto cómo le funcionó el mecanismo literario'.

'Es un libro emocionante, es una lección de literatura, humildad y de juventud', dijo Camín al tiempo que mencionó que a casi un año de su muerte, 'lo extrañamos y lo vamos extrañar más, y quienes lean esta obra más todavía'.

Reflexiones íntimas, comentarios sobre política, pensamientos o simples opinione s de los temas más diversos conforman este libro que cuenta con prólogo de Pilar Del Río, su espaosa y editora,  y del italiano Umberto Eco, en donde la voz del portugués puede volver a escucharse nitidamente.

En cerca de 300 páginas, Saramago acerca al lector al mundo de Kafka, o a la inevitable tristeza de Charlot, o bien, describe la soberbia aventura de coronar la cima de la Montaña Blanca, en Lanzarote.


Les dejo algunas de las cosas que dejó escritas en su blog: 


"Con nuestras manos"


No nos espera ningún camino que vaya a darnos tranquilidad. Si lo queremos, tendremos que construirlo con nuestras manos.


O Estado de S. Paulo, São Paulo, 20 de marzo de 2004

José Saramago nas Suas Palavras

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