INVASORES DE L´HOSPITALET
Publicación original en http://www.portal-cifi.com/scifi/index.php
Publicado el lunes, 02 de febrero de 2009 en Portal de ciencia ficción.
Autor: Francisco Javier Masegosa Ávila
Correcciones: Federico G. Witt.
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Publicado el lunes, 02 de febrero de 2009 en Portal de ciencia ficción.
Autor: Francisco Javier Masegosa Ávila
Correcciones: Federico G. Witt.
Las gotas empapan la tierra del descanso eterno y las piedras, labradas al fuego, asoman sus escritos con timidez a la luz de las centellas. Los fuegos fatuos se posan en la superficie y brillan en la oscuridad del olvido.
Hoy el cazador de tesoros ha venido a por él. No es una tumba pomposa, ni tan siquiera vulgar, tan solo es una cruz cualquiera, elegida por los dados del azaroso destino. Lejanos tiempos separan a la vida de la muerte y lustrosas enredaderas de aroma dulzón descansan sobre la señal santa, enroscándose entre su fino forjado de antaño. El morador del arcón, de ajustada cintura de huesos y pronunciado mentón, no puede escuchar los lamentos de la piedra al crujir, ni puede sentir como la tierra cede ante el afanoso trabajo del solitario ladrón de tumbas. Tampoco puede compartir su tesón cuando éste, ávido carroñeros de las necrópolis y cegado por la codicia, fustiga la madera vieja hasta convertirla en polvo.
Entonces un lamento profundo se hace eco entre los mausoleos empedrados de hiedra. Una astilla de la tapa de roble añeja se tiñe de la esencia del buscador de riquezas. Basta una sola gota de sangre. Eso lo cambia todo; destino, fama y fortuna se desvanecen cómo un último suspiro. Allí donde cae la migaja de vida se crea carne donde antes no existía. El viejo esqueleto que dormitaba en la placidez del olvido, ávido de venganza, aferra con fuerza el pescuezo del que buscaba riquezas. Tan solo un instante y solo se escucha el graznar de los cuervos en la complicidad de la noche.
El recién despertado alimenta su ansia, nutriéndose de las entrañas del desdichado cazatesoros. Ahora ya puede sentir como la lluvia recorre su cuerpo desnudo, escuchar el graznido de la urraca y el susurro del viento contra la fría roca.
La tierra santa guarda una maldición que dormita desde que el tiempo es tiempo y desde que la luz aprendió a nacer con el nuevo día. Aquel que ose perturbar el descanso de las ánimas, quedará atrapado en la oscuridad del olvido y su carne se pudrirá en la vieja tumba del azar y del destino. El condenado sólo se verá libre del tormento de la noche eterna cuando cualquier incauto, sea por codicia o despecho, intente saquear la morada del antiguo inquilino. El nuevo mártir ocupará la situación del antiguo. Y así será por los tiempos de los tiempos, hasta que el mundo deje de ser mundo.
El hacedor de la tribu nos señala el cementerio maldito. Algunos ríen de la superstición de aquellas gentes, lejanas a nuestro mundo civilizado, otros simplemente le ignoran. Yo en cambio me estremezco ante su relato. Cuando intentamos darnos cuenta André ha desaparecido del grupo. La piel se me eriza al otear su silueta en la lejanía del bosque. Observamos como sube por la loma de aquel lugar santo, hasta desaparecer en el horizonte. Por dios André, ¿porqué lo has hecho?¿Porqué has tentando a la suerte?¿Es que no lo recuerdas?...el chaman dijo codicia y despecho…si despecho…despecho… Parece que se ha detenido el tiempo, el imbecil no aparece. Maldito idiota. Ahora los guías también están preocupados. Nos acercamos a la loma del antiguo santuario que dicen fue tumba de ilustres colonos, perdidos en el olvido.
Una figura desnuda y bañada en sangre se planta ante nosotros. No es André. ¿Pero, cómo? …no hay civilización en muchas millas y no es un nativo. No puede ser cierto, pero proviene del santuario. El hombre balbucea palabras en lenguas antiguas y no le entendemos.
En aquel momento sucede algo increíble, el hombre lleva en sus manos una cadena de oro con una cruz de alabastro. El crucifijo es inconfundible: es de André.
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Recuerdo a Teresa Winter como a una joven rebosante de aquella chispa de luz de la que muchos otros carecen, para bien o para mal. El destino nos llevó a conocernos en Tianjin, una ciudad portuaria, situada en el nordeste de China donde yo había nacido veintisiete años atrás. Corría el año 1945 y la segunda guerra mundial daba sus últimos coletazos: Japón acababa de rendirse y el control de la metrópoli había quedado en manos de las tropas norteamericanas. La tensión contra los extranjeros se palpaba en las calles. Los habitantes de los barrios pobres de Tianjin se manifestaban en contra la nueva ocupación. A pesar de que los japoneses se habían marchado de la región, los soldados norteamericanos tampoco parecían comportarse de un modo muy diferente, ya que increpaban a las mujeres y se comportaban como los amos del lugar. El padre de Teresa era un diplomático británico afincado en la ciudad y había decidido enviarla a un internado de las afueras de Tianjin para garantizar su seguridad, por los rumores que había escuchado sobre que los soldados norteamericanos intentaban abusar de las mujeres chinas. Por la sangre de Teresa también corría sangre oriental, era mestiza. Su madre había sido una mujer muy bella que había muerto al contraer la malaria, una enfermedad común en los años de ocupación nipona.
El verano del 45 fue tan húmedo como los anteriores, los monzones habían provocado que la lluvia inundara los barrios más pobres y que la miseria se adueñara de las calles.
En aquel entonces yo, Ween Loo Pei, era un joven maestro de literatura lleno de pretensiones y recién llegado de occidente después de veinte años de ausencia: apenas contaba con siete años cuando partí hacía Europa. Tianjin, mi ciudad natal, me pareció tan extraña cómo a cualquier occidental. Mis padres habían sido ricos comerciantes en el pasado y me habían podido embarcar en un carguero británico rumbo a las islas occidentales, intentando protegerme de la invasión japonesa que parecía inminente. Por desgracia, dos años después, fueron asesinados víctimas de la codicia del gobierno invasor, que se apropió de todo lo que les había pertenecido. Volvía a un hogar que casi no recordaba y con la promesa del gobierno británico de restaurar el antiguo patrimonio, arrebatado a mi familia, y de ofrecerme una plaza cómo maestro en la universidad de Nankai.
La primera vez que vi a Teresa, fue en la embajada británica, a mi llegada. Fue cuando me entrevisté con el cónsul Fabio Winter: se había comprometido a ocuparse de mi alojamiento y del papeleo hasta que pudiera mudarme a mi antigua mansión de estilo colonial. Aquel día hacía un calor sofocante y recuerdo el chirrido de una de las alas de los ventiladores del techo y cómo giraba con dificultad. Había piezas de alabastro y pinturas en las paredes que tenían un valor que me pareció incalculable. Aquel palacete ofrecía un lujo que no conocí en Inglaterra. El cónsul era un tipo amable y por lo que vi, me pareció bastante amigable. La conversación con el casi se basó en mi estancia en Europa, pero no me importaba, la mayor parte de mis recuerdos no pertenecían a mi lugar natal.
Cuando la joven apareció ante mí, sentí como el corazón me palpitaba con una fuerza desbocada. La corbata me cortaba la respiración y no pude evitar una tos nerviosa, que me pareció que duraba una eternidad. Sus ojos gatunos, eran de un esmeralda intenso y unos misteriosos puntos negros salpicaban su iris, haciendo que me pareciera la mujer más enigmática de la Tierra.
—Padre, creo que nuestro invitado necesita algún refresco —comentó con voz burlona la joven —y además el nudo de la corbata creo que le aprieta demasiado.
—¡No seas descarada jovencita! —replico el cónsul.
—No se preocupe Sr. Fabio, creo que hija tiene razón —dije mientras me intentaba deshacer el nudo de tela del cuello —. No estoy acostumbrado a este calor tan húmedo.
—¡Claro, perdóneme joven! Malditas criadas, espere aquí que tendré que avisar a recepción. Teresa ofrécele un asiento al caballero. —El cónsul se alejó dejándome a solas con la joven.
Cuando me ayudó a acomodarme y sentí el tacto de su piel sobre mi mano, creí enloquecer de pasión. Aquella joven me pareció la criatura más hermosa que había visto en la vida. Sus labios estaban hechos de delicadas líneas frambuesa que se juntaban en una sonrisa pícara y socarrona. No tenía aspecto de ser una mujer delicada a pesar de su esbelta figura, pero sus rasgos eran exóticos. Su mirada era tan ardiente como la arena del desierto más cálido y sus cabellos lisos y largos, caían sobre sus hombros con la misma delicadeza que un pintor separa la línea del horizonte con el azul del océano. No pude evitar desviar la mirada hacia sus senos. Lucía un traje rojo de una sola pieza y sus pezones se insinuaban con naturalidad bajo un sostén negro hecho de encajes. Cuando se percató de que estaba mirando su cuerpo se frotó el pecho con la mano e introdujo su dedo índice en mi boca. Estaba realmente excitado. Teresa parecía disfrutar con aquello y tal como me tenía sentado apretó con fuerza sus piernas contra mi muslo derecho. Aquella joven era la tentación. Por la manera en que fregaba su vestido contra mi pernera, pude intuir cómo se excitaba su sexo.
Cuando me percaté el cónsul ya estaba de vuelta con una sirvienta negra que portaba una bandeja con una jarra de limonada hecha de cristal de bohemia. La joven se había separado de mi, pero sus gestos me parecieron de una sensualidad enorme y pude notar el deseo en su rostro.
Aquella noche no dormí, la imagen de Teresa rondaba en mente constantemente, ocupando todos mis pensamientos. El cónsul me había conseguido estancia en una pensión cercana a Nankai. Al día siguiente, decidí que lo mejor era intentar olvidar a la hija del diplomático y centrarme en mi primer día de trabajo. Estaba seguro de que sería lo mejor, a pesar de desear con todas mis fuerzas volver a verla.
Mi deseo se cumplió antes de lo que pensaba. Creo que fue el destino. Si, el destino era algo que no se podía evitar y el nuestro era conocernos. Teresa era una de las alumnas destinadas a mi aula. Con las ropas de colegiala parecía mucho más joven, aunque sus formas me seguían pareciendo de lo más sensuales. Aquel día sólo tocaron presentaciones y, cuando la joven se dirigió a mí, pude notar su mirada ardiente. Sentí la lujuria a través de sus ojos e imaginé como acariciaría aquel cuerpo desnudo digno de una diosa griega. Me sentía embrujado por aquella mirada tan poderosa. La perfección de su cuerpo no pasaba desapercibida para ninguno de los presentes y los alumnos parecían igual de hechizados que yo cuando se contorneaba.
Aquel mismo día, la joven se quedó en el aula hasta que los demás hubieron marchado. No podía creer lo que me insinuó al oído. Quería que poseyera su cuerpo, que la desflorase… Me dijo que esperaría el momento propicio para darme una señal. Estaba atónito. ¿Por qué yo? ¿Qué había visto en mí aquella hermosa criatura que no viera en cualquier otro? Miles de razones éticas y morales se agolparon en mi mente. Era una alumna, hija del cónsul que tan amablemente me había atendido y además menor de edad. Aquello atentaba contra todas las normas sociales de mi educación inglesa. Pero todo aquello se desmoronaba cuando observaba su rostro. Su sola presencia hacía caer como un castillo de naipes toda aquella escala de valores preestablecida y me abocaba al deseo… Deseaba su cuerpo, su alma…
Habían pasado varios días desde la proposición de Teresa. Pensé que todo había sido un capricho de adolescente, que la joven se había arrepentido de sus palabras y que aquello había caído en saco roto. En cierta manera sentí alivió, pero los celos me corroían cuando se acercaba a los otros estudiantes. La joven estuvo sin venir durante varios días. El curso estaba acabando, y se preparaba un seminario de verano. Esos días sin su presencia se me hicieron interminables, no podía concentrarme en nada importante y los alumnos me tenían que corregir en incontables ocasiones. Cuando llegó el día de las evaluaciones, una semana más tarde, Teresa apareció de nuevo por el aula. Parecía tener un brillo especial y sus pómulos, delataban una sonrisa radiante. Le pregunté por sus días de ausencia, pero la joven me trató con evasivas. Pensé que lo más seguro es que definitivamente se hubiera olvidado de lo nuestro, pero una nota, oculta bajo su trabajo de texto de evaluación, me marcaba un lugar y una hora de encuentro. Me temblaban las manos, aquello iba en serio. La intenté observar con disimulo, pero Teresa parecía indiferente a todo, ni siquiera se dirigió a los otros alumnos, ni ellos a ella. A pesar de todo, aquello afirmó mi confianza en conseguir el amor de Teresa, pero me seguía pareciendo increíble que aquella belleza de ojos verdes y rasgados se interesara por mí. Habíamos quedado a las afueras de Nankai, en las inmediaciones de la ciudad de Chongqing, lugar donde había sido trasladada parte de la universidad debido a los bombardeos japoneses del 37. No podía engañarme a mi mismo más tiempo, había deseado que llegara ese momento desde que la conocí en el consulado. Era un día muy lluvioso. En la nota secreta me había indicado el lugar exacto donde quedar. Llegué muy pronto, no podía contener la emoción. Ella apareció en una bicicleta de tonos anaranjados bastante más tarde, justo a la hora que habíamos quedado. Por aquel entonces, había conseguido un vehículo de segunda mano para los desplazamientos al centro de estudios, era un pequeño utilitario que la universidad me había cedido temporalmente, ya que los cursos de verano, que estaban próximos, eran en el propio Chongqing.
Aquel día diluviaba a mares. Teresa llevaba una falda ajustada de colores llamativos y una blusa donde se entreveían sus preciosos senos a los que imaginé como un tesoro.
Estaba aparcado a las orillas del río y cuando pareció empapada y tiritando de frío le abrí la puerta para que se apresurase a entrar. Teresa había sabido elegir bien el lugar, por allí no pasaba nadie, todo lo que abarcaba la vista, a lo largo del río, pertenecía a una zona industrial que parecía abandonada. La mayoría de los edificios tenían las vidrieras rotas y sus estructuras de metal oxidadas.
La chica dejó la bicicleta en un poste y se dirigió a mí con la misma mirada ardiente con la que me había cautivado la primera vez que la vi. Cuando entró en el coche nos acercamos a una de las fábricas. Los portones estaban abiertos y accedimos al interior con el coche. Sus ropas estaban completamente empapadas. La besé impulsivamente y sentí la humedad de su lengua en la mía. Le quité el vestido con cierta brusquedad, pero no se quejo. Palpé su piel con la yema de los dedos y pude notar como se estremecía al contacto de de mis dedos. Sus muslos se contrajeron con fuerza y sus gestos de placer me indicaron que podía llegar más lejos. Su ropa interior también estaba húmeda. Palpé su sexo y noté como sus finos cabellos se rizaban entre mis dedos. Sus largas piernas presionaron mi brazo y soltó un alarido de placer. Cuando la descamisé, apreté sus senos en mis manos con fuerzas, pero no se quejo y siguió gimiendo. En medio de la excitación casi no me había percatado de que ella también me tenía casi desnudo. Salimos del coche y nos besamos con un deseo irrefrenable. Había conocido a algunas chicas en Inglaterra, pero ninguna era cómo Teresa. Ella era cómo un volcán a punto de estallar, cómo una estrella que al quemarse ilumina todo el firmamento. Cuando nos dimos cuenta, estábamos haciendo el amor sobre el capó del pequeño utilitario. Con la excitación, apenas percibimos el constante martilleo de las gotas de lluvia sobre la chapa metálica del techo de la nave. Teresa gritó cuando sintió que estaba dentro de ella, se que le debió doler, pero insistió en que no parase el movimiento rítmico en el que nos habíamos comprometido. Ahora sus gemidos eran de dolor y placer a la vez. Notaba el fuego de su cuerpo en el mío y nos envolvimos en la culminación del placer en una perfecta simbiosis. Jamás había sentido algo parecido con ninguna mujer.
Cuando nos vestíamos, solo se escuchaba el murmullo del agua sobre el techo. Nos miramos con intensidad durante unos instantes y nos fundimos en un cálido abrazo.
Dejé a la joven a la puerta del palacete de la embajada y me dirigí a mi hotel de Nankara, ya que todavía no se había arreglado el asunto de la casa colonial que había pertenecido a mi familia.
Al día siguiente me sentí perplejo, desolado y desorientado… los periódicos locales llevaban una noticia en primera plana que me desgarró el corazón…
“Encuentran a la hija del cónsul inglés asesinada en un callejón. Todos los indicios apuntan a que el crimen lo han perpetrado extranjeros”
Aquello no podía ser cierto. Era del todo imposible, la había dejado en el consulado sana y salva la noche anterior. Decidí ir ha hablar con el embajador, le confesaría la verdad, que aquella tarde Teresa había estado conmigo y que entendía que podía haber pasado.
Cuando me acerqué al palacete, los guardias estaban intentando retener a cientos de manifestantes que se agolpaban en la reja forjada de la puerta. Parecía que todo el mundo se había vuelto loco. Los manifestantes portaban pancartas con reivindicaciones sobre las violaciones de los derechos humanos de los americanos. Por lo visto, hacían responsable también al gobierno británico por estar de parte de los Americanos y por solo hecho de ser extranjeros.
Pude asomarme a la verja a duras penas entre el gentío. Estaba desolado, sentía que acababa de perder a la persona que más había amado en este mundo. Tenía intención de contarle todo al cónsul, a pesar de que seguramente sería el principal sospechoso de su asesinato y que seguramente me ahorcarían por ello. A duras penas, pude convencer a uno de los guardias de que avisara al embajador para poder entrar. Sentía que mi vida había perdido todo el sentido y que no podría reponerme a su perdida. Al fin se abrió la verja y me dejaron pasar. Algunos de los manifestantes se colaron tras de mí, pero los guardias fueron contundentes con sus porras y finalmente pudieron hacer retroceder a los asaltantes y cerrar las puertas. Noté el odio de aquellas personas contra los occidentales, pero no podía compartirlo y mi corazón estaba demasiado destrozado para poder sentir comprensión, odio o cualquier otra cosa. La tristeza era la única sensación que me envolvía.
Mister Fabio también parecía desolado. Cuando me vio llegar me abrazó con cierta efusividad. Intenté devolver el gesto, pero estaba demasiado abatido.
—Gracias por su visita, querido amigo. —El hombre parecía que hubiera envejecido algunos años. —Supongo que se habrá enterado de la tragedia…
—Si, señor cónsul, venía a verle porque… —el hombre me interrumpió con brusquedad y la ira iluminó su mirada.
—¡Esos malditos bastardos! ¡Sabe, mataron a mi niña! La ahogaron en el río de la zona industrial, hará una semana! Luego, su cuerpo apareció en un callejón de la zona sur por donde pasaba el río. La encontraron en la misma ribera. Dicen que por las heridas y contusiones fueron varios hombres. Dejaron su rostro irreconocible… ¡También la violaron!, ojala ardan en el infierno.
—Lo siento de veras, se lo aseguro. ¿Una semana?... —No podía comprender aquella situación.
—Quizás más. Hace ocho días que no volvía a casa. Cómo lo había hecho alguna vez más no lo tuve en cuenta. Ya sabe, soy un padre viudo y algunas veces nos ha costado entendernos. Ahora me la han arrebatado…
El desasosiego me invadía. ¿Qué diablos me estaba contando aquel hombre? Aquello que me decía aún era más disparatado. Había estado con Teresa hacía tan solo algunas horas y habíamos disfrutado de un amor que se profesaba prohibido. ¿Cómo podía ser que hubiera sido asesinada semanas antes en el mismo lugar donde habíamos estado hacía un día?
Había llegado al consulado con la intención de confesar al cónsul mi amor por su hija, dispuesto a aceptar cualquier consecuencia, pero esto me descolocaba del todo. Aunque confesara, era imposible que nadie me creyera y además causaría un dolor innecesario a aquel hombre. Acepté una copa y me comprometí a acudir al entierro.
Al día siguiente la bandera del consulado lucía a media asta. El entierro fue muy sobrio, tan solo estaba la familia más allegada y algunos amigos del embajador. Prácticamente era el único asiático que acudió a la ceremonia fúnebre.
Los días siguientes fueron terribles. Se suspendieron las clases y las protestas populares contra los extranjeros y en especial contra los soldados norteamericanos, se hicieron más cruentas. Por lo visto varías mujeres habían denunciado en firme violaciones por parte algunos soldados. Y las pruebas apuntaban a que los soldados eran también los que habían asesinado a la hija del cónsul. Las calles se convirtieron en un infierno y las embajadas extranjeras fueron castigadas con pedradas y cocktails de preparados incendiarios. Había perdido todas las esperanzas, no entendía lo que había sucedido con Teresa y la revuelta popular poco me importaba. Sentí un profundo odio contra aquellos soldados, pero me dejé llevar por la autocompasión. No podía vivir sin Teresa. Permanecí encerrado en la habitación del hotel mucho tiempo. No recuerdo cuanto porque perdí la noción de la realidad y durante ese tiempo mi único compañero fue el alcohol.
Un día, los manifestantes invadieron el hotel y sacaron a la fuerza a los extranjeros, de hecho la mayoría de los inquilinos del hospedaje lo eran. Prendieron fuego a las paredes y obligaron a salir a todo el mundo. Yo me resistí, aquel momento me pareció bueno para morir, pero me sacaron de allí a rastras y me lanzaron al suelo de la calle con fuerza. Aquél día volvía a llover con intensidad, a pesar de eso las llamas del hotel se seguían comiendo terreno a las paredes y los cristales estallaban con fuerza. Fue entonces cuando la vi… cuando vi a Teresa de nuevo. Primero creí que el alcohol me estaba jugando una mala pasada, pero no, era ella. Hubiera conocido aquellos ojos entre cualquier gentío, no habían otros ni siquiera parecidos. Llevaba una capa blanca y su rostro estaba cubierto por una capucha. Se confundió entre las multitudes, pero no podía dejarla escapar de nuevo: la seguiría hasta el mismo infierno si era necesario.
Recorrí los callejones más pobres de Tianjin para seguirla entre la multitud. En varias ocasiones pensé que la había perdido, pero el azar quiso que retomara la pista y observé como la joven se adentraba en una pequeña casa de adobe.
Necesitaba una explicación para todo aquello, no podía vivir con esa angustia. Pensé que me había vuelto loco. Que había perdido el juicio.
La bebida me ayudó a tomar una decisión rápida. La puerta de la pequeña edificación estaba entreabierta, la empujé con fuerza y encontré una escena que me produjo sorpresa.
En el interior de la casa había reunido un grupo de mujeres y todas llevaban el mismo tipo de capa. Pude reconocer de inmediato a Teresa y grité su nombre con todas mis fuerzas.
Los encapuchados se volvieron con sorpresa y se dirigieron a mí en tono amenazador, pero Teresa los aplacó con un gesto. Cada vez entendía menos aquel rompecabezas. ¡¿Qué demonios hacía ella allí?!
—Amado mío, puede que me odies por hacerte creer que estaba muerta pero era necesario. —Me pareció que su voz carecía de la dulzura de antaño.
—No entiendo nada Teresa. ¿Qué haces aquí? ¿Quién es esta gente?
—Somos miembros del partido Comunista. Este montaje ha sido necesario. Era la única manera de que el pueblo se alzara…
—Sigo sin entender… —No era verdad, de repente lo entendí todo, tan solo que no podía creerlo.
Los congregantes se desproveyeron de las capuchas. La mayoría eran estudiantes de mi aula. A algunos los conocía de vista de otras materias. No lo podía creer: me habían engañado durante todo ese tiempo, todos eran partidarios del comunismo. Me confesaron que el cadáver era de una joven campesina muy parecida a Teresa, que se había suicidado en nombre del partido. Aquel cuerpo se había utilizado para hacer creer a todo el mundo que Teresa había sido asesinada atrozmente por un grupo de forasteros. La muerte de una china famosa, cómo la hija del cónsul, desencadenaría la revuelta popular e indirectamente el gobierno chino podría deshacerse de la amenaza del exterior. Todo era un montaje para expulsar de la región a todo aquel que fuera o simpatizara con los extranjeros.
Teresa me confesó que lo que sentía por mí era real y que por eso se había arriesgado a pasar conmigo aquella tarde en la fábrica del río porque me amaba. También me dijo que si intentaba delatarla nadie me creería, ya que los estudiantes negarían que ella había acudido al instituto el día de los exámenes. En aquel momento empecé a conocer realmente a Teresa y percibí su lado oscuro cómo no lo había hecho hasta entonces. Le increpé sobre el daño que había hecho a su propio padre, simulando su propio asesinato, pero me dijo que aquello era un daño colateral que estaba dispuesta a asumir. No conocía a aquella joven. No podía ser la misma que amé en aquella vieja fábrica destartalada una tarde de Julio. Sin embargo, sus ojos seguían teniendo el mismo brillo. El amor me había cegado, aquella joven carecía de mis principios morales. Me sentí aterrado, mi mundo se desmoronaba por segunda vez: la primera había sido al pensar que Teresa había muerto y la segunda cuando la conocí de verdad sobre sus ideales.
A pesar de todo, mis sentimientos hacia ella seguían latentes y le ofrecí un nuevo comienzo lejos de aquella pesadilla. Fue entonces cuando pronunció unas palabras que me dañaron el corazón para siempre. Me dijo que el amor por el partido era lo más grande para ella, y que yo también sería un daño colateral si no elegía quedarme al lado del partido.
Marché de aquella casucha de adobe, con el horror reflejado en el rostro, había perdido definitivamente a Teresa. La ciudad era un caos. Los soldados se guarecían en barricadas y los habitantes de Tianjin se concentraban en grupos armados de palos y piedras para embestir a los soldados.
Después de todo, entendí que yo no pertenecía a aquel mundo y que tampoco me podía considerar británico. Aquella experiencia me empujó a embarcar de nuevo hacía nuevas tierras. Quería empezar de nuevo en un lugar donde las guerras y el odio no fueran el día a día. Aquel mismo verano embarqué con destino a cualquier parte, dispuesto a recorrer la inmensidad del océano en busca de un lugar imposible. Un año después, en 1946, los soldados norteamericanos abandonarían la ciudad y el gobierno popular chino se haría con el control de la región.
Cuando me alejé mar adentro, observé Tianjin desde la proa del barco. Me pareció el infierno. Varios edificios ardían y aún estando a varias millas de la costa, todavía se escuchaban los gritos de la revuelta popular. Di la espalda a aquello y dirigí la mirada al sol naciente que me insuflaba esperanza…
A pesar de todo jamás olvidaré aquella tarde de lluvia con Teresa.
31/03/09 F. J. Masegosa Ávila (Javmase). Presentado al concurso Relatos Eróticos XIII : http://www.ciao.es/Relatos_Eroticos_XIII__Opinion_1644450
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Cuando abro los ojos el terror invade mi alma: está oscuro, muy oscuro. Intento levantarme pero no puedo. Despierto empapada en sudor y gritando. Siento que estoy atrapada. Palpo con horror la superficie lisa con mis manos. Esto no puede ser real, estoy en una caja muy pequeña, apenas puedo mover los brazos hacia delante. Es imposible, no puede ser verdad: me encuentro en un ataúd. La angustia se apodera de mí, no puedo pensar con claridad. El corazón me late muy rápido y noto una quemazón en el cuello. Tengo que salir de aquí. Grito de nuevo, pero mis alaridos se apagan en el eco del habitáculo. Cada vez respiro con más dificultad, es como si un peso muy fuerte oprimiera mi pecho. Intento arañar la superficie, pero entonces siento cómo un dolor penetrante recorre mis brazos con intensidad. Debo haberme roto varias uñas, no puedo verlo pero el líquido tibio que mana de mis dedos, me salpica la cara. No me importa, el dolor no es nada comparado con la angustia que siento. Necesito salir de aquí de inmediato, no lo resisto más. En un acto desesperado, me volteo e intento hacer palanca con mi cuerpo, pero ni tan siquiera estoy segura de estar haciendo fuerza hacía el punto correcto. Intento recobrar fuerzas, pero el pecho me arde, me falta el aire. Imagino toneladas de arena cubriendo la caja y la desesperación me consume. No puedo morir aquí, esto no puede ser real. Intento pensar cómo pude llegar a esta situación, no puedo entenderlo. Intento patalear con fuerza las paredes del receptáculo pero todo es inútil, no ceden ni un ápice. Se me agotan las fuerzas para seguir luchando, sigo pensando que esto no me puede estar sucediendo. Mientras, mis sentidos se apagan. No quiero aceptar la muerte, pero estoy paralizada, mis músculos ya no responden. Un adormecimiento me invade, el dolor ha desaparecido. Antes de dormirme para siempre quiero recordar, necesito saber porque estoy aquí. Mi corazón ya no late, ni siquiera me siento viva, pero puedo seguir pensando. Ya no me importa si estoy viva o muerta, tan sólo quiero saber que hago aquí.
Entonces, pensamientos fugaces recorren mi mente, imágenes del pasado se aparece ante mí. Por fin recuerdo. El miedo no me dejaba pensar, pero ahora eso ya no importa; ya no tengo miedo; ya se quien soy.
Ya estaba muerta hace mucho tiempo. Cuando me enterraron aún estaba viva, ellos se equivocaron, los médicos se equivocaron? no debieron condenarme a este infierno. Todo ha sido una pesadilla, un mal sueño de mi espíritu atormentado por esta tremenda injusticia.
Pero no hay salida: soy lo que soy, un alma en pena aferrada a un puñado de huesos viejos y pellejo seco, olvidados en un cementerio antiguo. En mi lápida, apenas queda piedra y ya no se distingue inscripción alguna.
En aquellos tiempos difíciles aquella muchacha no debía contar con más de veinticinco primaveras. Recuerdo que su voz era tan dulce y melodiosa como el canto del jilguero en un cálido atardecer. El día que conocí a aquella fabulosa criatura me estaba debatiendo entre la vida y la muerte. Una herida de bala en mi hombro, que se había infectado, me había llevado a una situación desesperada. Bajo la sombra de un almendro, me debatía en un estado entre la consciencia y la inconsciencia. Me encontraba a la vera de un trigal, dorado por el sol y salpicado por encinares que se dispersaban como motas verdes en el horizonte. Esperaba ya el desenlace de mi amargo destino, tras días de huida a través de los campos. La muerte se escondía entre aquellas lindes, esperando el momento más propicio para atraparme.
Cuando escuche su canto de sirena pensé que mi estado febril me estaba jugando una mala pasada. Una silueta amable se dibujo ante mis ojos. Primero pensé que era algún tipo de ángel celestial anunciando que había llegado mi hora, pero entonces la joven dejó de canturrear y se dirigió hacia donde me encontraba.
?¿Estás ahí, Froqui? Un momento, tú no eres mi perro lazarillo. Respiras como una persona. ¿Cómo te llamas?
En aquel momento me percaté de su falta de visión, pues me estaba mirando fijamente sin verme. No pude más que enamorarme de aquel rostro joven y hermoso. Sus cabellos caían en sus hombros, ondulados como inquietas olas marinas y su sonrisa irradiaba una luz propia que inundaba cuanto abarcaba. No pude más que responder tímidamente.
?Soy? soy Antonio Vila.
?Veo que no me equivocaba, pero, ¿qué te ocurre?, noto dolor en tu voz.
?Estoy herido señorita. ?Era consciente de que esas palabras posiblemente me delatarían como republicano, ya que estaba en una zona franquista, pero la intuición me dijo que un ser tan hermoso no podía albergar maldad alguna. No me equivocaba.
?Yo te ayudaré. Deja que acerque mis manos a tu herida.
?No la quiero meter en problemas?
?Necesitas ayuda y yo no entiendo de bandos.
Cuando palpó mi hombro noté un dolor intenso; era como si me hubieran clavado mil agujas en la herida. Sólo calmó el sufrimiento el contacto de sus finas manos sobre mi rostro. Sentí como si el corazón me fuera a estallar.
?Esa herida no tiene muy buena pinta ¿Puedes caminar?
?Llevo haciéndolo desde hace días. Creo que andar un poco más no me matará, al menos de inmediato. ?Sus cálidos brazos me abrazaron la cintura, aquello fue una anestesia al dolor.
?Escucha, mi casa está al otro lado de aquella loma. Te puedes esconder en la cuadra hasta que venga el médico y te recuperes.
?¿Cómo puede saberlo, siendo ciega?
?El olor de las jaras es inconfundible. Cada día camino por estas veredas, me las conozco como la palma de mi mano. No nací ciega, sabes.
?Claro, es usted muy independiente.
?¡Anda, tuteame! ?La hermosa criatura, a pesar de su desgracia, caminaba con una seguridad envidiable.
?Cómo mande. ?De sus labios brotó una risa fresca que sedujo mis sentidos. Pronto nos acercamos a un pequeño cortijo, engalanado de oliveras.
Aquellos días fueron los más extraños de mi vida, pues a la incertidumbre de que me encontraran los del bando enemigo se sumaba mi amor por aquella joven. Parecía ser que el doctor no tenía mucha simpatía por el bando Franquista, por lo que a Anna no le costó convencerle para que me visitara en secreto. Pasé casi un mes en aquella porqueriza, durante el cual la dulce muchacha me cuido como si fuera un hermano.
Juro que me hubiera quedado en aquel lugar por más tiempo, si sus padres no me hubieran delatado a las autoridades, cuando me descubrieron en las porquerizas. Resultó que eran azules hasta las médulas y tuve que salir de allí precipitadamente y sin poder despedirme de Anna.
Pasaron tres días y tres noches hasta que conseguí atravesar la frontera hacia Francia, pero esa es otra historia y tú te has de dormir ya.
?Abuelo, ¿Y no volviste a ver a aquella mujer nunca más?
?No, nunca más, a pesar de buscarla durante años. A veces pienso que fue una ensoñación; que jamás existió.
?Que historias más tristes me cuentas, abuelo.
?Bueno ahora a dormir, lo prometido es deuda. Ya te he contado la historia de Anna.
Siento que la melancolía de aquellos días me embarga como tantas otras veces. Aun puedo respirar su perfume de flores silvestres y sus suaves caricias, mientras arropo a mi nieta y me alejo meditativo hacia el diván.
Guardo en un retazo de mi alma los recuerdos más íntimos de una época turbulenta de triunfos y fracasos. El tiempo curó mis heridas, pero jamás la añoranza del amor que profesé por aquella joven.
Un golpe seco inmutó el sepulcral silencio de la estancia. Pasos torpes y lentos recorrieron la destartalada mansión, haciendo chirriar la madera del portal. El sonido desgarrador de las bisagras volvió a violar el silencio de aquel sombrío lugar, que pronto volvería a quedar mudo, aunque, ¿quién sabe por cuánto?
Las fuertes pisadas, entremezcladas de néctar carmesí, quedaron grabadas en el espeso barro; formando surcos caleidoscópicos, arropados por la fría rosada de la madrugada.
La mano del ejecutor se apoyó en la vieja encina milenaria, impregnando una marca rojiza en su superficie; cosa que hizo que los primitivos sentidos del anciano tronco se deleitaran sintiendo el cálido elixir de la vida sobre su corteza.
Al momento, otro golpe seco se iteró en aquella oscura noche, anegada de desafiantes nubes grisáceas, y de la que la luna no era participe. Un brazo huesudo descargo sobre el barro a una ensangrentada joven. La doncella yacía a los pies del antiguo árbol, casi extinto en el tiempo y único testigo del pasional crimen que allí acontecía. El color de su piel era tan pálido como la escarcha que se enredaba en sus largos cabellos. De su frente corría un fino hilo de sangre que se confundía entre sus amoratados labios.
El aire corría ávido y el asesino sentose bajo las amenazantes ramas deshojadas, perdiendo cuenta de la muchacha que yacía inerte en el blanco manto del bosque.
El hombre, de ojos tenebrosos como la misma noche, empezó a rasgar la fría tierra, endurecida por la rosada. Su tez albergaba un rostro sin expresión, casi inhumano. Sus huesudas manos asieron un tosco palo con el que empezó a rasurar la tierra con apremiante inquietud.
Fue entonces cuando la fuerza del viento ahuyento con fiereza los gruesos brumales, los cuales se prodigaron con humildad hacia otras lindes, dejando que las candelas iluminaran de nuevo el manto del éter.
La brisa recorría el sombrío páramo, desnudando a la radiante luna y descubriéndola ante la noche.
La frágil dama despertó en sobresalto, al retumbar en sus oídos el repicar del tedioso sonido del rechinar de la tierra. Unos ojos esmeralda, que desprendían un brillo cegador, observaron a su siniestro captor con fiereza. Su desgastado vestido dejaba entrever una insinuante figura de gracilidad felina.
Un instinto ancestral produjo un escalofrío en el espíritu del asaltante: una mirada atrás y encontró ante su presencia a un fiera pantera negra, oscura como una noche cerrada. De los ojos de la esbelta figura emanaban intensas llamas turquesa, que se asemejaban a los fuegos fatuos.
Con el semblante pálido, el asesino se encontró allí ante el más temido ángel ejecutor. Ya era tarde para él cuando se percato. El influjo de la luna había devuelto a la joven a su estado primitivo y dientes felinos, sedientos de sangre, rechinaban con fuerza, preparándose para saborear a su víctima.
Él, amenazó con golpear al grácil felino con el propio madero que estaba utilizando para cavar la fría tumba de la doncella, pero el abrazo de la muerte le envolvió de repente. El ágil animal había alcanzado su yugular, alimentando las raíces del solitario testigo de la ancestral reyerta.
Amanecía y los primeros rayos de sol acariciaron el desolado paraje. Una bella mujer se hallaba erguida a la sombra del único testigo de lo que había acontecido en aquella oscura noche. El milenario encinar observaba en silencio como la desnuda doncella amasaba la tierra, dando forma a una improvisada tumba, empezada a cavar por el mismo hombre que nutría ahora sus raíces.
El cazador se había tornado presa y la presa cazador.
La luna se aproximaba a su cenit. Quizás fue entonces cuando me percate de la situación. Estaba perdido: todo por lo que había luchado se desvanecía por momentos. Aquél mundo irreal se estaba volviendo otra vez contra mí y los primeros síntomas no se hicieron esperar. Ángela intento correr, en una desesperada huida contra el tiempo, pero ya era demasiado tarde... nada la podría librar ya de aquello; su destino estaba marcado. En contra de mi voluntad me transformé una vez más en aquella oscura bestia de irrefrenables deseos. Cuando me percaté, estaba bebiendo el cálido elixir de su cuello. Éste, reconforto por un instante mí apetito insaciable, aplacado durante años por pastillas y tranquilizantes.
Una vida de terapia, y una psiquiatra convincente, me habían enseñado que mi estado animal era una invención de mi mente, pero nada más lejos de la realidad?
Allí me hallaba yo, junto al cuerpo sin vida de mi esposa, en una carretera abandonada. Era la prueba de que no estaba loco. Ojala ésta no hubiera sido una psiquiatra tan convincente?
"No os recuerdo"
Esas fueron las primeras palabras que maduré, cuando me encontré atónito ante tantas miradas ajenas. La confusión impactó en mis pensamientos como un jarro de agua fría, dejándome sin aliento. No sabía dónde estaba, ni recordaba quién era? Solo se agolpaban en mi mente pequeños retazos de imágenes sin sentido. Vi como las hojas de los arboles eran arrancadas por el murmullo del viento otoñal y entonces me sentí como el bosque de aquél viejo cementerio; despojado de mis hojas? desvalijado de mis recuerdos.
Observé la tumba que se erigía a mis pies notando un ligero estremecimiento, pues pude percibir en un atisbo lo que allí se había perdido y lo que fue y no volvería a ser.
Fragmentos del pasado se agolparon en forma de imágenes pero se me hacían inalcanzables, por la fuerza del olvido que me envolvía. Observé con tristeza como los desconocidos congregantes despedían a la mujer del sepulcro con lágrimas amargas.
Sentí, entonces, las voces de unos jóvenes que se lamentaban ante panteón de la mujer: supe por sus comentarios de que se trataba de su madre.
Aquellos jóvenes desconocidos me asieron por los brazos y, alejándome del mausoleo, me llamaron padre. Entonces comprendí aún sin recordar. Me volví a quedar sin aliento?
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