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INVASORES DE L´HOSPITALET

 


Publicación original en http://www.portal-cifi.com/scifi/index.php

Publicado el lunes, 02 de febrero de 2009 en Portal de ciencia ficción.

Autor: Francisco Javier Masegosa Ávila

Correcciones: Federico G. Witt.


 


INVASORES DE L’HOSPITALET

 

 

 

Mi nombre es Alejandro Chinchilla y hasta hace poco tiempo vivía en un pequeño piso a las afueras de L’Hospitalet de Llobregat, un pueblo de la periferia de Barcelona. Antes del fin de semana yo era un tipo más o menos feliz y de lo más corriente. No trabajaba en firme pero hacía chapucillas en negro y me ganaba la vida con cualquier trapicheo que me saliera al paso. Soy una persona de costumbres, tan solo tres días atrás los grandes temas de mi vida eran las borracheras del sábado con los colegas,  los domingos de fútbol con mi cuñado Palomino, la Vicenta, el ciclomotor… pero el maldito tabernero me lo ha quitado todo y además el muy cabronazo ha abducido a todo el que se ha cruzado en su camino para sus propósitos perversos. Se preguntarán quién es él este tipo. La respuesta es muy fácil, es un extraterrestre que ha conquistado la voluntad de mucha gente de L’Hospitalet. Sé con bastante certeza que es el único con ansias de dominar el universo. ¿Que si estoy loco? ¿Que si me falta un tornillo? Pues no. Es posible que no me crean, pero el tipo conquista el estómago de la gente, que ni siquiera se da cuenta de que queda bajo el dominio de su voluntad. Tengo pruebas de todo, ¿saben? Hace tres días que vivo esta pesadilla, el maldito cocinero ha seducido a todos los que conozco pero a mí no me volverá a cazar, ah no, a mí no…

             El muy hijo de su madre tiene un nombre de lo más corriente, se hace llamar Manolo González. El tipo apareció en escena hace un par de semanas, inaugurando un barecillo de currantes con su propio nombre, el Manolo’s Club, situado en laavenida Carrilet, sí aquí al lado. Es el mismo lugar donde años atrás me reunía con mis colegas. Qué tiempos aquellos de borracheras, donde las litronas y el vinillo de la bodeguilla Pedro corrían a mares… Claro que dejé eso atrás hace ya algún tiempo. Mi colega Pepe acabó en un centro de desintoxicación y yo casi la diño en un coma etílico, menos mal que conocí a la Vicenta y me sacó del mal camino: ella me hizo comprender que hay que beber con moderación para aguantar toda la noche… Pero a lo que iba, les estaba explicando lo del bar de ese puto ser del espacio exterior.

             La taberna fue el primer paso de la abducción colectiva. Se ve que al cabo de pocos días de inaugurarse, el lugar empezó a tener fama por los pinchos de tortillas de patata. Todo parecía de lo más corriente, pero ahora sé que la asimilación de humanos se había iniciado. Al principio el Manolo’s Club lo frecuentaban trabajadores de la zona, pero pronto, y al estar también situado en una zona de marcha nocturna, ha terminado seduciendo a los jóvenes que suelen acudir a la zona por sus discotecas nocturnas. Se preguntarán qué tiene de malo todo esto... pues lo tiene todo y más. El aceite con que están cocinados esos malditos pinchos de tortilla cambia a la gente. El viernes fue la primera vez que me acerqué con mi cuñado a tomar unas cañitas, el mismo día que conocí al invasor. Ojalá no se nos hubiera ocurrido aparecer por allí jamás, pero el daño ya estaba hecho.

             Tiene gracia, al principio el tal Manolo parecía de lo más normal, incluso majote y todo. Es fácil de describir, tiene un bigotillo casi cómico, sí, oigan, parece un actor de esos del cine mudo. Sus cabellos están engominados y cogidos con una coletilla y es seco como un palo, apenas se aprecia carne entre sus pómulos. Por su aspecto y con las ropas adecuadas también podría pasar por un conde o algo así, como los que salen por las revistas del corazón. Al menos esa es la impresión que me causó la primera vez que le vi.

            Como les contaba, el viernes mi cuñado y yo fuimos a parar por casualidad por allí: habíamos escuchado que los pinchos eran baratos, y como no nos perdemos una… Pedimos una pinta, por eso de la moda irlandesa, y un par de pinchos de morro y de tortilla. No me percaté, mi cuñado decía cosas raras desde el primer instante en que probó el refrigerio, pero no le eché cuenta porque llevaba un pedo del quince. Ahora se que aquel día mi cuñado ya había sido abducido. Se preguntarán por qué estoy tan seguro;  muy sencillo, el viernes todo parecía normal. Como siempre, después de las copillas volvimos a nuestras casas en el estado habitual, cantando y silbando a las guiris. Fue el sábado cuando empecé a notar que algo no iba bien. Teníamos que ir a ver un partido importantísimo, jugaba el Gramanet contra El Rayo de L´Hospitalet… y ¿saben qué?, mi cuñado me dijo que no podía venir, que estaba ocupado con cosas más importantes. ¿Más importantes? ¡Para él no hay nada más importante que el balompié! Cuando acaba la temporada, entra en una depresión profunda y se queda en casa encerrado durante interminables fines de semana intentando seguir por el plus pirata cualquier deporte que se maneje con una pelota o el más leve cotilleo sobre algún jugador. Esto pasa año tras año, a mí me gusta mucho el deporte pero mi cuñado es un drogadicto del balompié. Esas palabras no podían emanar de su boca, además somos inseparables, como el gordo y el flaco o Zipi y Zape. Aquello no era normal. Encima, el sábado, tuve que quedar con la Vicenta, sólo quedábamos cada dos domingos, pero me sentía muy solo y mi cuñado, que es mi alma gemela, me había abandonado. La Vicenta aceptó a regañadientes, no le gustaba saltarse la rutina normal. Cómo entendía a esa mujer; a mí me pasaba lo mismo, pero esto era una emergencia.

             Desde luego que fue entonces cuando até cabos. Resulta que no se me ocurrió nada mejor que llevar a mi novieta al Manolo’s Club: quién se iba a imaginar lo que sucedía allí, ni que tenía nada que ver con el Palomino. Nos atiborramos de pinchos y de cerveza de barril y le expliqué a la Vicenta lo que me había pasado con mi cuñado. En aquel momento me convenció de que estaba llegando a la crisis de los cuarenta y que era algo parecido a la menopausia; pero bueno, a lo que iba… Hay que reconocer que la puñetera tortilla es adictiva, nos comimos más de tres pinchos por barba. Entonces sucedió algo que jamás hubiera podido imaginar: la Vicenta me soltó, de golpe y sin ton ni son, que se quería poner a estudiar, que le habían entrado unas ganas locas de leer cosas de ciencia y que tenía muchas ideas en mente para cambiar el mundo y para viajar al espacio exterior. Por supuesto, me reí en su cara. En circunstancias normales nos hubiéramos reído juntos, pero para mi sorpresa sólo conseguí acabar con las marcas de sus dedos en mis mofletes. Encima salió del bar con una cara de mala hostia que asustaba. Nunca había visto así a la Vicenta, estaba como poseída. No entendía nada; ella es como un tío pero en mujer, le gusta la cerveza, los eructos, la fiesta, los calentones rápidos… no sé si me entienden, pero por eso salimos juntos, sin compromisos ni ataduras. De hecho nunca la he llevado a mi piso, siempre utilizamos su Fiat Punto para todo, es nuestra segunda casa. A mí me quitaron el carné hace tiempo y sólo llevo ciclomotor, y ahora ni eso porque estoy en un momento de crisis con esto de la economía mundial en decaimiento, ya no se hacen tantos trabajillos. Pues sí, como les decía, los polizontes me quitaron el permiso de conducir. ¡Malditos!, mira que es mala suerte ir a estrellarse en la puerta de la comisaría. Y encima ese día no iba muy cargado, ah no, pero los tipos insistían e insistían en que parecía que iba a reventar el cacharro ese de soplar. Total, que sin carné de por vida. Pero bueno, me estoy desviando del tema, estaba con lo de mi chati. Si les digo la verdad, creo que la Vicenta está casada, tampoco me ha llevado nunca a su casa pero ni me importa. Como les digo, es una relación liberal. ¿Siguen creyendo que estoy loco?, pues esperen y verán como se equivocan. Cuando se fue la Vicenta, noté algo extraño. Antes no me había fijado, no sé si por el impacto del tortazo o por las birras de más que me nublaban la vista, pero de golpe me percaté de que el bar estaba casi en silencio. Faltaba algo, la gente estaba sentada y sólo se oía a Matías Prats de fondo. Me pareció muy raro que en un bar de tapas sólo se escucharan las noticias de las diez. Entonces observé algo que me heló la sangre (y eso que no soy un tipo impresionable), toda la gente del bar estaba leyendo. Aquello parecía imposible, era como si me hubiera teletransportado a un lugar de frikis empollones. Lo que estaba viendo no tenía ni pies ni cabeza, pero no, eso no fue lo peor… Intenté fijarme en el título de algunos de los libros, pero ninguno era un triste Mortadelo o un vulgar Jueves. Tenía delante de mí la prueba irrefutable de que alguien me había trasladado a una dimensión horrorosa, era como si no estuviera en Hospitalet, en mi pueblo. En una de las silenciosas mesas se encontraba el finillo con sus colegas. Eran los rateros del barrio, los que te venden Rolex de latón a poco que te descuides y encima te encaloman chaquetas de piel que tienen más caucho malo que otra cosa. Puedo poner la mano en el fuego, sin temor a equivocarme, que esos tipos no habían visto antes un libro más que para encender las piras de las hogueras de las fiestas de San Juan. Pero allí estaban en silencio; uno leyendo no sé qué de Física cuántica, de un tal Albert no sé qué; otro leyendo un manual que ponía I.A. y en el que salía un dibujillo de un robot y el propio finillo con una enciclopedia en las manos de no sé qué de biología moleculera de un tal Fede. Juro que no fue la cerveza la que me hacía ver cosas que no eran, aquello era algún tipo de complot. Me dirigí al tal Manolo, el cual limpiaba un vaso de tubo con una tranquilidad sospechosa.

—¡Oiga!, ¿ha visto lo que sucede aquí?

—¿Qué sucede, amigo? —Sus manos no dejaban de voltear el vaso y mientras hablaba se le movía su cómico bigote.

—¿Pero no se da cuenta?, todo el mundo está enfermo, tendría que llamar a los bomberos o al 061. Toda la gente está idiotizada leyendo.

—No se preocupe por eso, es mejor que lo olvide todo. ¿Quiere otro pincho de tortilla de patatas?, invita la casa. —Me desesperó su tono de voz, ahora secaba el vaso con total indiferencia, como si allí no ocurriera nada extraño.

—¡Que no me preocupe! ¡Que lo olvide todo! Usted, usted es el… —le señalé con el dedo— que les ha hecho algo… Ahora mismo salgo por la puerta y llamo a la policía con mi móvil. —Mi amenaza no parecía afectarle en lo más mínimo.

—Vamos, relájese. ¿Seguro que no quiere usted otro pincho?

 

Una sonrisilla siniestra apareció tras su bigotillo. Entonces sus ojos se tornaron de un rojo brillante, casi cegador, parecido al de las botellas de Coca-cola. Estaba acojonado y salí de allí por patas. En más de un momento estuve a punto de marcar el número de la policía, pero además de llevar algunas copas de más, estaba fichado y eso sólo me traería problemas. Además, quién iba a creer semejante memez sobre tipos incultos leyendo libros cultos, y sobre un camarero al que se le volvían los ojos rojos como si fuera un muñeco diabólico. No, tenía que alejarme de allí todo lo que pudiera e intentar contactar con mi cuñado. En aquel momento pensé que él sabría qué hacer. Marqué su número mientras me alejaba de aquella pesadilla.

—¡Palomino, que soy yo, el Alejandro!

—¿Qué quieres?, estoy muy ocupado.

 

Después de escuchar sus palabras sí que estaba acojonado del todo, mi cuñado jamás hubiera contestado así en estado normal. Cuando lo llamo, lo primero que hace es preguntar, por ejemplo,  a qué hora quedamos para ir al fútbol o para acercarnos a la disco a ver a las chatis de la feria de Cornellá; pero jamás, y bajo ningún concepto, al Palomino se le ocurriría decir que está ocupado. En realidad somos excuñados, mi hermana lo dejó por un tío con pasta. Aquello me jodió muchísimo y desde entonces no nos hablamos. Jamás le perdonaré que dejara a un tío tan majo como el Palomino.

—¿¡Estás de coña, no!? ¿Ocupado con qué?

—Mira, estoy escribiendo un manual, mañana voy a proponer al jefe unas mejoras en la cadena de montaje, para adaptarlo al nuevo proyecto ¿Sabes que se puede aumentar la productividad un noventa por ciento?

—¿Pero de qué me hablas?¿Estás enfermo? Pero si tú prácticamente no sabes leer y…

 

El muy cabrón me dejó con la palabra en la boca, me había colgado… ¿Qué otra prueba más concluyente necesitan para creerme? ¿Está o no está abducido?

             El mismo sábado volví a casa hecho un manojo de nervios, no entendía nada de lo que estaba sucediendo, me pareció que la mayoría de la gente que caminaba por la calle iba leyendo libros. Todo esto me recordaba a la época en que experimentaba con setas alucinógenas, sólo que aquí no había elefantes rosas de los que reír.  

             Después del siniestro paseo rodeado de gente abducida, entré en mi piso. Olía a requesón, no había recordado ventilarlo, me cogieron arcadas y dejé el cuarto de baño hecho un asco: no tuve tiempo de llegar al retrete. Me tumbé en la cama deseando olvidar un día tan rocambolesco, a lo mejor era una pesadilla de esas que parecen más reales que la realidad. Me suena haber oído algo parecido de no sé qué psiquiatra por la tele. Pensé que si me dormía a la mañana siguiente todo volvería a la normalidad… pero me equivoqué, como de costumbre.

             Ayer desperté hecho una mierda, la puñetera úlcera me estaba matando, además la cabeza me daba vueltas. El hedor del baño me trajo un mal presentimiento, pero traté de ignorarlo, a veces funciona. Encendí el televisor buscando un poco de paz, con un poco de suerte engancharía con los resultados de la liga. Lo primero era lo primero. Entonces los ojos casi me salen de las orbitas, aquello era del todo imposible, la Campos estaba entrevistando al impostor alienígena. La pesadilla se había intensificado. Pensé en cambiar de cadena, la Campos también me producía pavor, pero necesitaba saber más sobre el enemigo y me acerqué para  subir el volumen. Con tanto trasto por medio no encontraba el puñetero mando pero, después de tropezar varias veces por todo el comedor, conseguí alcanzar la tele y acerté el botón de la voz haciendo una especie de paso de ballet bastante ridículo. Me fue de un pelo caer contra el revistero.

 

—…Y dígame, Sr. Manolo, ¿que tienen sus tortillas que no tengan las demás?

—Le aseguro que son muy especiales, pero solo tienen huevo, patatas, cebolla y sal, y un aceite especial, muy especial…

—Debe sentirse muy satisfecho, ¿no?, todos los hipermercados de la ciudad de Hospitalet van a distribuir sus productos a partir de mañana.

—Así es, lo estoy, todos podrán probar mi tortilla. Pero no es sólo eso, para el que no guste de tortilla, también tendrá callos, pinchos y toda una serie de platos preparados que harán delicias del paladar más exquisito.

—Veo que se quiere usted asegurar de que todo el mundo pruebe sus productos…

 

             No pude resistir más seguir escuchando, aquella conversación me pareció escalofriante. No podía entender cómo aquel tipejo con bigotillo de malo de película antigua se podía haber hecho eco en los medios, ni cómo había conseguido convencer a todos para poner a la venta sus productos en todos los supermercados. Sin embargo, ahora sí que entendía parte de la verdad: lo que seducía a la gente estaba en el aceite, eso era lo que los volvía lelos… Misteriosamente a mí no me ha afectado, gracias al cielo, sigo tan cuerdo como siempre. A lo que iba, apagué la tele y me tumbé en el sofá, no podía concentrar mis pensamientos, pero por suerte el orujo de hierbas de emergencia seguía en su sitio: era el único amigo que me quedaba.

Como les contaba, esto sucedió ayer domingo. No me atreví a salir de casa en todo el día,  a pesar del hedor del baño. Por fortuna, aquella botella añeja pudo conmigo en pocas horas, aunque el descanso no duró mucho.

             Sobre media tarde me despertaron unos insufribles repiqueteos en la puerta, el timbre del piso permanece fundido desde hace años. Intenté ignorar el alboroto, pero los golpes eran cada vez más fuertes y mis sienes no estaban preparadas para semejante explosión de sonidos, así que no me quedó más remedio que abrir la puerta. Mira por donde, era quien menos esperaba encontrar. Sí, al casero no se le podía haber ocurrido un día mejor para echarme a la calle, y encima  el muy mariquita estaba acompañado de dos gorilas como armarios. Lo peor de todo fue que los forzudos debían de haber sido abducidos también porque no fue a mamporrazos como me echaron de allí, no. Cada uno de los tipos llevaba una especie de enciclopedia bajo el brazo. Me pusieron la cabeza como un bombo, hablando de leyes de las que no comprendía un carajo. Lo único que entendí es que había perdido no sé qué derecho por llevar más un año sin pagar el alquiler. Cuando me di cuenta estaba en la calle sin ni siquiera haberme podido cambiar de muda; no es que lo hiciera cada día, pero hasta yo me percaté del aroma a orujo, además de otras sustancias, que desprendía mi ropa.

             Estaba solo y cansado y lo peor es que me encontraba en medio de la calle con una maleta de ropa sucia y con un dolor de cabeza insufrible. El extraterrestre Manolo tiene la culpa, aunque en ese momento pensaba que también podría ser un diablo o algo así. Claro, ese bigotillo… pero hoy lo he descubierto todo, dejen que les explique…

 

Después de todo lo ocurrido necesitaba ayuda, no sé, consultar a un experto, a alguien que entendiera de estos fenómenos y que no estuviera contagiado de esa basura alienígena. Revisando en mi cartera apareció una tarjeta de Fermín. ¿Fermín? Claro, el gafotas. Sí, casi me había olvidado de él. Fermín el gafotas era un intelectual de esos que investigan cosas raras y además me debía una bien gorda. Sucedió en la mili, cuando estábamos en Candanchú. En aquella época le salvé el culo de pasar el resto de sus días en un calabozo militar. A Fermín y a mí nos habían asignado la limpieza de las cacerolas de la cocina del cuartelillo. Nos hicimos bastante amigos, aunque el tipo era de lo más rarito. Decía que era inventor y además ya por aquel entonces hablaba de no sé qué conspiraciones extraterrestres. A mí no me molestaba con sus absurdas teorías, pero tampoco le hacía mucho caso. Ahora veo que no está tan loco como pensaba. El caso es que no se le ocurrió nada mejor que probar no sé qué jabón que había inventado: decía que podíamos ganar una hora diaria de descanso, ya que desincrustaba la grasa con solo mojar las ollas y sartenes. Y el cabronazo tenía razón, las desengrasaba muy rápido, pero al día siguiente, después de la comida, medio pelotón estaba indispuesto. El amigo Fermín se había excedido con no sé qué componente químico y había intoxicado a casi todo el personal del cuartel, provocando que los soldados pasaran el día haciendo cola frente al lavabo esperando a descargar oleadas de diarrea. Me podía haber chivado, decir que había sido un experimento de Fermín y así salvarme del marrón yo solo, pero me arriesgué a pesar de todo. Se nos ocurrió un plan brillante, ideamos tirar un bicho muerto a las sobras de la sopa. Era una rata que llevaba pudriéndose varios días debajo de los cubos de la basura. Y, coló. Vaya que si coló. Como era el ejército, se silenció el suceso y no hubo investigación ni nada. Allí nadie quería que la cosa trascendiera. Total, que vaciamos el detergente por el desagüe y nadie se enteró del asunto. Por suerte, al día siguiente la gente ya no se iba de vareta.  

              Pero a lo que iba. Definitivamente, ayer pensaba que el gafotas era mi única esperanza, y además me debía el favor del que les he hablado. Estaba oscureciendo y tenía poco tiempo, aparte de que en la calle hacía frío. Se me ocurrió un plan brillante: viajaría a Barcelona, apenas eran quince estaciones de metro hasta Sant Andrés y me acercaría al local de Fermín. Como sabía que era un friki, seguro que estaba en el local. Después de la mili había estado allí en alguna ocasión, repartían refrescos gratis, pero como no tenían cerveza dejé de asistir. El lugar era como un casal de abuelos frecuentado por una secta de pirados que se dedican a la búsqueda de ovnis y cacharros que no son de este mundo. Siempre me he reído de esos lunáticos: quién iba a pensar que tenían razón, que no estamos solos, aunque (y me acojo a una cita popular) más vale solos que mal acompañados. Me rasqué los bolsillos, pero no me quedaba ni una sola moneda, tendría que entrar en el metro a la vieja usanza, haciendo salto de valla.

             Definitivamente, ayer fue mi día, me había tropezado con la maleta cuando intentaba colarme y me pegué un morrazo contra el suelo, otro empaste a hacer puñetas. Tuve que aligerar el paso, todo el mundo me miraba y los forzudos de vigilancia no debían andar lejos. Noté como me sangraban las encías, pero no era nada grave. Pronto se acercó el metro.

Mi suerte mejoró cuando entré en el vagón, estaba abarrotado pero inexplicablemente la gente se apartó y me dejaron cuatro asientos para mí solo. Al cabo del rato me di cuenta de que no era por amabilidad, un niño me miró con asco y le dijo a su madre que si le daba una moneda al mendigo, el simpático terrorista se refería a mí. Qué poco respeto enseñaban ahora… cuando yo iba al colegio otro gallo cantaba, así de buena salió mi generación.

             Anunciaron por los megáfonos del tren la parada de Torres i Bages, era la mía. La gente se apartó de nuevo para dejarme pasar. Recé, y eso que soy ateo, por que el gafotas estuviera aún en el local, era la única dirección que tenía de él  y al menos hacía diez años que no me acercaba por allí. Por suerte, cuando llegue al número quince de la calle Sant Andréu, allí estaba el local. Tenía el mismo aspecto que antes y estaba colgada la misma placa que recordaba:

 

Fermín Racasens Panadero. Doctor en parapsicología y especialista en ufología y fenómenos varios.

 

Empuje la puerta y me dispuse a entrar. Fermín era mi última esperanza, él sabría que hacer. Había un mostrador que antes no estaba allí, debía ser nuevo. Una mujer que se encontraba tras él me paró en seco. Me gritó con un tono muy áspero, la muy bruja debía rondar la cincuentena y ya se vía que debía ser una solterona de esas de aúpa.

—Lo siento pero no puede pasar, para recoger limosnas tendrá que esperar fuera del local.

—¡Oiga, no soy ningún mendigo! —aquello era indignante, primero aquel niño repelente y ahora esta gorda con pelos de bruja. Bastante baja estaba ya mi autoestima como para que además atacaran mi persona de aquella manera.

—Ya, claro. —Me miró con cara de asco.

—Vengo a ver al gafo… al Sr. Fermín Racasens. Dígale que está aquí Alejandro Chinchilla Martínez —con menudo desprecio me miraba la tipa, pero al menos se dignó a marcar el interfono.

—Fermín, que un tal Alejandro Chinche… —me hubiera gustado estrangularla.

—¡Chinchilla, señora!

—Pues eso, un tal Alejandro Chinchilla dice que quiere verle. Ah, entiendo…

—¿Qué pasa? —Escuchaba la voz del Fermín por el auricular pero no podía entenderle.

—Que dice que no le suena.

—¡Dígale que recuerde lo del jabón de Candanchú!

 

Parecía que la tipa asentía con la cabeza y su tono ya no era tan desagradable. Me dijo que Fermín vendría a recibirme en breve y que lo esperara en el recibidor. Al poco rato un tipo calvo y con gafas de culo de botella apareció por el pasillo, era Fermín.

—¿Se puede saber qué haces por aquí?

—Vaya, menudo recibimiento, ¿es qué no te acuerdas ya de cuando te salvé el culo?

—Menudo morro que tienes viniendo aquí, eso está finiquitado hace mucho tiempo. Ya puedes mover el culo de aquí, que siempre me traes problemas.

—¿Yo? ¿Problemas?

—¡Ah, no! La última vez que viniste por aquí con tus amigotes, ¿recuerdas?, como no había cerveza empezaron a saltar por las mesas asustando al personal. Ahí quedó saldada nuestra cuenta, conseguí que no se te llevaran los municipales junto a tu banda de borrachos. Te dije que no volvieras.

—Pues la verdad es que no lo recuerdo así —claro que lo recordaba así, pero encima no le iba a dar la razón para echar más leña al fuego.

—Ya puedes volver por donde viniste, aquí no eres bienvenido; y por cierto, a ver si te aseas un poco, que da asco verte. —El tipo estaba encabronado por una insignificancia de nada, tenía que darle la vuelta a la tortilla, le necesitaba.

—Un extraterrestre ha abducido a mi cuñado y a mi novieta. —Fui al grano, era mi mejor baza.

—¿Un extraterrestre?, no me hagas reír.

—Te lo juro, Fermín. Tengo pruebas. Y no sólo a ellos, casi todoL’Hospitalet está afectado. —Al muy cabrón se le encendieron los ojillos, lo sabía, le había tocado la fibra sensible.

—Venga, Alejandro, me estás tomando el pelo, vete a tu casa. No tengo tiempo para tus bromas estúpidas. —A pesar de hacerse de rogar, Fermín había picado el anzuelo.

—Ya no tengo casa. —Me empezaron a brotar lagrimillas. No era cuento, pero lo teatralicé un poco.

—¡Venga, Alejandro, no te pongas así! Ven, pasa a mi despacho y cuéntame desde el principio.

 

Le conté a Fermín los extraños sucesos que me habían ocurrido desde el viernes. Ya les digo que es un fanático de estos temas. En una libreta apuntaba como un poseso hasta el último detalle de mis explicaciones. Poco después me llevó a su piso. No es que lo necesitara, pero me ofreció ducharme como condición a acompañarme al pueblo invadido. Tuve que aceptar. También me dejó una muda de ropa limpia. ¡Dios, cómo apretaban esos slips!, el gafotas hacía talla de niño. No es que yo sea el tipo más alto del mundo, pero Fermín es un renacuajo. Cuando me puse los pantalones y me miré al espejo me vino a la mente el Jacinto. El tipo siempre llevaba unos pantalones tan ajustados que le sobresalía un huevo por la pernera. Cómo nos habíamos reído siempre del Jacinto yo y mis colegas. Ahora sabía con certeza que vestir como él provocaba dolor testicular.

             El gafotas tenía un plan, ir a visitar directamente el Manolo’s Club y desenmascarar al extraterrestre sin ningún preámbulo. Me pareció un poco descabellado, pero, ¡qué demonios!, él era el especialista en estas cosas y supongo que sabía lo que hacía. Nos quedamos allí aproximadamente una hora. Su apartamento era de lo más cursi, todo bien ordenadito y limpio y estanterías de libros por todas partes. A éste no le hacía falta abducción para volverse lelo. Parecía que allí no se había roto nunca un plato. Además, otro problema que me encontré es que el amigo no tenía ni una triste birra en la nevera, por lo que no me quedó más remedio que beber una Pepsi a regañadientes.

Cuando salimos de su apartamento de la calle Palomar nos dirigimos a la estación de Sant Andréu Arenal, esta vez volveríamos en tren. Menos mal que Fermín pagaba los billetes, que allí los revisores son la mar de desconfiados. La gente leía por todas partes y avisé a Fermín de que la invasión podía estar extendiéndose a Barna, pero pronto me hizo comprender que no. La mayoría de las lecturas eran de novelas rosas y revistas del corazón. Menos mal que tenía a este tipo de mi lado, con lo inteligente que era seguro que encontrábamos solución a la epidemia.

Por fin llegamos a L’Hospitalet, en aquel momento hasta el Fermín se sorprendió, la estación había cambiado. Las paredes de los andenes estaban colmadas de dibujos de planos de algún tipo de construcción y de letras extrañas. Fermín tuvo que quitarse las gafas y secarse el sudor con un paño. Algunos tipos garabateaban las paredes en aquel mismo momento.

 —¡Oiga!, ¿qué está… —Fermín se dirigió con curiosidad a uno de los tipos que escribían en la pared— usted dibujando?

El tipo no se dignó a contestar y siguió haciendo lo mismo como si no le importara nada más, estaba en trance. Respiré aliviado, al menos ya no era el único que se daba cuenta de esta situación tan chunga. El colega se dirigió a otros transeúntes pero todos parecían estar en un estado catatónico. Le rogué al gafotas que saliésemos de allí, necesitaba un lavabo. ¡Dios, cómo me dolía el huevo!

             Estábamos a veinte minutos del Manolo’s Club, así es que nos apresuramos para plantar cara al embobador de  personas. El tal Manolo tendría que vérselas con Fermín. Mi amigo no levantaba dos palmos del suelo, pero el Fermín, cuando se encabronaba, se encabronaba. El chiquitín le plantaría cara a ese extraterrestre despreciable y aclararía las cosas, no me cabía duda de ello. Él me devolvería a mi cuñado y a la Vicenta.

Las calles estaban vacías, no había un alma. Pasamos por delante de Fundiciones Martínez. Allí trabajaba mi cuñado, quería entrar pero Fermín me lo desaconsejó. Dijo que teníamos que ir a la raíz del problema. De todas formas aquello parecía desierto, la puerta metálica estaba cerrada, al igual que las de las otras fábricas. Todo era sospechoso, muy sospechoso. Por fin divisamos la taberna maldita donde los pinchos, el aceite o yo qué sé qué, volvían lela a la gente. Sí, el mismo lugar que me había arrebatado a mi churri y a mi cuñado. Allí no había nadie, estaba cerrado, pensábamos que habíamos llegado tarde, que el puñetero extraterrestre se había salido con la suya y había conquistado L’Hospitalet. ¿A que empiezan a creer mi historia? ¿Ven como no estoy loco?

             Íbamos a volver por donde habíamos venido, a tirar la toalla, a volver a Barna y avisar a las autoridades de lo que estaba ocurriendo allí a pesar de que pensaran que estábamos mal de la azotea: ¿quién iba a creer a un ufólogo loco y a un ex alcohólico? Pero entonces ocurrió algo inesperado, unos ruidos atronadores nos machacaron los oídos. No cabía duda, venían de la parte trasera del Manolo’s Club. Forcé la puerta del bar. No me costó trabajo; como les dije antes, estaba acostumbrado a hacer trabajillos. Las mesas estaban desiertas, pero los ruidos provenían de una puerta trasera que estaba situada detrás de la barra. El Fermín sudaba como un gorrinillo, yo no podía más y le dije que antes de atravesar la puerta tenía que hacer un río o que me mearía encima. Aquellos endiablados pantalones me estaban asfixiando. Me dijo que se adelantaría para comprobar el terreno. Yo le dije que me esperara, pero nada, el Fermín es un testarudo y no me hizo ni caso, por lo que tuve que ir a mear muy rápido. Maldito cabezón cuatro ojos.

             Tardé al menos cinco minutillos, la verdad es que estaba muy cargado. Volver a abrocharme el pantalón fue una tortura. La puerta aquella engañaba, me quedé flipando: delante mío había una nave industrial gigantesca donde estaban reunidas cientos y cientos de personas. Al Fermín no lo veía por ningún lado, debía de estar escondido. El cabrón del Manolo tenía allí secuestrado a medio Hospitalet. Todos trabajaban en una inmensa nave espacial, de esas de película de ciencia ficción. Intenté acercarme con sigilo pero no me dio tiempo ni de pestañear porque, cuando me dí cuenta, un montón de gente me tenía rodeado. Intenté volver por la puerta del bar, pero era demasiado tarde. Al poco tiempo vi las estrellas, un mamonazo me había soltado una patada tan fuerte en los cataplines que se me metió el huevo para dentro. Después de que me pegaran un garrotazo en la olla se me nubló la vista…

            

Desperté en esta misma sala donde me han encontrado, allí estaba el joputa del Manolo, con su bigotín de Errol Flint, o como se llame, y su mirada siniestra. Estábamos los dos solos. Ahora se le iluminaban los ojillos de rojo todo el rato. No vean si daba yuyu.

—Le dije que lo… —me agarró por el huevo que me sobresalía de nuevo por la pernera— olvidara todo.

—¡Mamón, suéltame el huevo! —estaba viendo las estrellas, y ese cabrón me tenía a su merced. Por suerte dejó de torturarme por un momento.

—Está bien, supongo que no importará que lo sepas todo, al fin y al cabo no puedes hacer nada para impedir mis planes.

»Llegué a este asqueroso planeta hace un montón de tiempo. Esos cabrones de la liga planetaria me desterraron aquí para que me pudriera en esta basura de planetucho. Para que lo entienda tu corta mente, en tu mundo sería cómo un Napoleón desterrado en una isla desierta…

—Mire —ahora tampoco se le vía tan chungo, parecía como lloroso—, no entiendo un carajo de historia, no sé de qué va eso de la isla o no sé qué. El Napoleón sí que me suena. En mi barrio había un yonqui que…

—¡Cállate!, eres un desperdicio de la sociedad, un parásito, un…

—Vale, vale, lo he entendido... Siga con la explicación, que de verdad que es la mar de interesante, no se me deprima.

—Hace seis tuplos yo era el cocinero más prestigioso del cuadrante este de esta galaxia, mi centro de degustación era conocido por toda la Vía Láctea, pero mi reputación se fue al traste cuando la mascota del gobernador de los planetas unificados murió por un empacho de carranodes. ¿Quién iba a saber que los malditos vegetales del mercado negro estaban en mal estado? A partir de entonces se me retiró la confianza y me cerraron el restaurante. Mi prestigio se vio mermado y quitaron mi nombre de todas las referencias galácticas de gastronomía. Pero lo peor estaba por llegar. Después de meditarlo mucho y al encontrarme en la ruina, tracé un plan de lo más vulgar, robar un dinerillo extra en el Banco Galaxial para tener un retiro digno. Pero a mí y a mis ayudantes nos cazaron. Entonces juré que me vengaría de la Liga Planetaria, robar unos cuantos créditos en el Banco Galaxial no era suficiente motivo para un destierro tan atroz. Me dije que no acabaría mis días en este rincón olvidado y que volvería costara lo que costara —para ser extraterrestre tampoco era tan diferente de mí, por lo visto también hacía trabajillos.

—Sí, a mí me pasa igual, me condenaron al talego por cuatro minucias y bueno, y…

—Si me vuelves a interrumpir te lobotomizo de inmediato.

—Claro, lo que usted diga —el tipo sería extraterrestre, pero tenía una mala follá de la hostia y además me empezaba a doler la cabeza, menudo rollo que me estaba contando. ¿Qué coño sería lo de lobotomizar? ¿Me querría el cabrón convertir en un lobo?

—Hace años que tramo el plan, desde que me dejaron tirado en este insignificante mundo he preparado minuciosamente mi venganza en este pueblucho del tres al cuarto…

—¡Oiga, de pueblucho nada…! —Iba a seguir replicando, pero al tipo se le encendieron los ojillos de una manera bárbara. Opté por callarme de nuevo.

 —Como iba diciendo, me abandonaron en este rincón de mala muerte, pero la Liga Planetaria no sabe lo que le viene encima. No, no lo saben. Llevo trazando este plan durante años y ningún aguafiestas cómo tú me lo estropeará.

—¿Y qué tenemos que ver los de Hospitaletcon todo esto?, váyase y déjenos en paz, a mí me la sudan sus problemas.

—Aún no entiendes nada, mentecato. La nave que ves en esta fábrica es la que nos transportará a mí y a mis nuevos súbditos al planeta Fidion, que es nuestro planeta de origen y está situado en una estrella que vuestros incompetentes astrónomos llaman Altair. Allí comenzaré mi venganza. Gracias a la fórmula del aceite seduciré por el estomago a millones de fidianos y éstos a su vez exportarán mis productos a los planetas de Rigel, Vega, Sirio… Será un efecto dominó. En poco tiempo controlaré la liga planetaria y al consejo de planetas reunidos. Nadie, absolutamente nadie, volverá a fastidiarme. ¡La Vía Láctea será mía!

—¡Venga ya! —Este tío era demasiado listo, no entendía un carajo de su plan. Y además, todos esos nombres. Si no me sabía ni los ríos de Cataluña, cómo iba a saber el significado de todos esos nombres de los que hablaba.

—Dentro de unas horas, yo y mis súbditos, antiguos moradores de este pueblucho, partiremos en las naves a reconquistar lo que era mío. Por cierto, quiero que sepas que eres un coñazo. Todavía no entiendo por qué no te hace efecto el aceite como a los demás, y encima la puñetera casualidad de lo del Fermín.

—¿Fermín? ¿Dónde está Fermín?

—Creo que te vas a llevar una sorpresa. —Observé cómo sus labios movían con malicia su bigotillo.

 

No podía ser, el Fermín apareció de repente por la puerta, y además sin ataduras ni nada y saludando al Manolo con una efusividad muy sospechosa. Pensé que estaba abducido, pero…

—¿Fermín, estás bien? ¿Qué haces abrazando a ese tipo tan repelente?

—Bueno, aquí en la Tierra podríamos decir que el término correcto podría decirse que es lo que denominaríais mi tío.

—¿Tú tío? Eres un mamonazo de mierda. Me has tomado el pelo durante todo este tiempo, maldito gafotas, cuatro oj… —al chiquitín se le empezaban a iluminar los ojillos de rojo, por lo que consideré más prudente no seguir insultándolo.

—No me cabrees, Alejandro, ya sabes la mala hostia que tengo. Así es que vamos a hacer esto por las buenas. —Sí que era verdad, lo bajito que era y la mala hostia que gastaba.

—¿Y ahora, que? ¿Qué va a ser de mí, de mi cuñado, de la Vicenta y de los de Hospitalet? —el Manolo se fue por la puerta sin despedirse ni nada, a lo mejor tenía una oportunidad para convencer al Fermín, aunque fuera un extraterrestre.

—Por fin ha salido —el gafotas se asomó a la puerta del despacho—, el muy cabrón. Mira, Alejandro, no tenemos mucho tiempo, te voy a soltar, vale.

—¿Soltar? Ahora sí que ya no entiendo un carajo de todo esto. ¿Pero no es tu tío?

—Está como una puñetera regadera, y además yo vivo de puta madre en Barna. No me interesa la conquista del espacio ni nada de eso. Tan solo quiero seguir con mi vida. Mis conferencias, mis reuniones, mi grupo de frikis que me adoran; en fin, que quiero seguir con mis cosillas. Te aseguro que los otros planetas del cuadrante son muy agobiantes. La gente de la galaxia es muy sosa y no conocen la diversión, no se parecen en nada a los terrícolas. En comparación, esto es la discoteca del universo. Además, imagínatelos sin voluntad y manipulados por mi tío, nos podemos morir de aburrimiento.

—¿Y por qué le ayudas?

—Mi tío está enfermo por volver a recuperar sus estrellas de chef. Es verdad que antes era un buen cocinero. Hubo un tiempo en que sí que se intentó adaptar a las costumbres de vuestro planeta y quiso montar un restaurante y todo. Pero mi tío es un incomprendido, su cocina no gustaba, demasiado innovadora. Así que aquí también fracasó. La verdad es que tengo parte de culpa de su actual situación, por eso le ayudo.

—¿Culpa? —el Fermín empezó a desatarme las manos, mientras seguía explicando.

—Te acuerdas de lo de las cacerolas de la mili, ¿verdad? Pues nada, que a mí de joven me dio por estudiar cosas de química en mi planeta… —y añadió, ahora en tono amenazante—: Oye, si le cuentas a mi tío algo de lo que te voy a decir, te lobotomizo yo mismo…

—Venga, Fermín, suelta, que ya sabes que hay confianza. Por cierto no habrá ninguna neverita con birras por aquí, ¿verdad?

—A mi tío lo desprestigiaron por mi culpa. Sí, por mi culpa. Trabajé de ayudante en su restaurante para sacarme algunos créditos. El caso es que probé una sustancia nueva en los carranodes, que son una especie de nabos para animales. Con ello pretendía que las mascotas que venían con sus amos al restaurante pudieran disfrutar también de algo diferente y no siempre del gusto insípido del asqueroso vegetal. El caso es que sin que lo supiera nadie rocié los carranodes con la sustancia que acababa de crear, con tan mala suerte que aquel día vino a comer el gobernador con su familia y su mascota.

—Tú lo hiciste con buena intención, Fermín, eres un tío cojonudo. —Ya me había desatado. Nos dirigimos a la puerta trasera.

—Total, que la mascota explotó de repente y se armó una bien gorda. El resto ya lo sabes, intentamos atracar un banco estelar y nos cazaron, desterrándonos aquí para siempre.

—Y con lo gafe que eres, ¿estás seguro de que no le pasará nada a la gente que ha tomado el aceite?

—Absolutamente, Alejandro. Puedes confiar en mí, no hay efectos secundarios siempre que no se tome en grandes dosis. Llevo años trabajando en la fórmula del aceite. Curiosamente, despierta la inteligencia desorbitadamente, pero también hace a los individuos muy susceptibles a recibir órdenes. Por eso mi tío tiene a medio pueblo construyendo su nave. Nunca pensé que llegaría tan lejos.

—¿Y qué vamos a hacer, Fermín?

—Yo retrasaré los trabajos de la nave. Mientras, tú, coge este llavero y vete a la azotea del edificio más alto de la zona. Le das al interruptor y se desplegará un holograma…

—¿Un holo qué? —Joder, se debía pensar que yo era un ingeniero cuántico de esos.

—Un dibujo, Alejandro, saldrá un dibujo. Después baja a la calle con discreción y unos tipos con gabardinas negras te detendrán. Explícales todo lo que ha pasado, absolutamente todo.

Fue entonces cuando pensé en el edificio más alto de la zona, el hospital de Bellvitge. Tenía que salvar mi anterior vida, sin mi cuñado no era nadie…

           

 

—Y eso es todo. Les juro que digo la verdad. Me subí a la azotea de aquí, del Hospital, e hice lo que me mandó Fermín. No me pueden retener aquí dentro, abajo me deben estar esperando los tipos de las gabardinas negras. La nave está a punto de despegar, perderé a la Vicenta, a mí cuñado… Tienen que escucharme. Hospitalet está en peligro, se van a quedar sin ciudadanos, se los llevan al espacio exterior como servidumbre en cadenas de restaurantes de comida basura. Por favor, quítenme esta camisa de fuerza, además me estoy meando, el pantalón me aprieta… ¡Socorro!

—No se ponga nervioso, Alejandro. Comprenderá que no es muy normal encontrar a un tipo dando saltitos en una azotea y diciendo que estaba meneando un llavero para que salieran dibujitos. Además, ¿dónde está el llavero alienígena, eh?

—Se lo dije antes, matasanos, se cayó por un desagüe cuando agité la mano. ¡Suéltenme, no estoy loco!

—¿Sabe qué creemos, Alejandro? Que esa historia delirante se la ha inventado su mente, y que aunque usted crea que es real, sólo lo es en su cabeza. No existen ni el tal Manolo, ni la abducción de su cuñado y su novia, ni nada de eso…

De repente, irrumpen en la habitación unos tipos extraños. Cuento que son seis. Los muy cabrones rocían a los médicos con una especie de spray y éstos se quedan dormidos al instante…

—¿Alejandro Chinchilla? —Al tipo que se dirige a mí se le ponen los ojos rojos.

—Sí, soy yo, me envía Fermín.

—Lo sé. Te hemos visto dar el espectáculo en alguna conferencia que otra.

—Así, ustedes son frikis. —Mientras me sacan la camisa de fuerza le pego el cambiazo a los pantalones de un médico y caminamos con paso rápido al ascensor de la séptima planta. ¡Qué alivio!, ya no tengo dolores testiculares.

—Mis cinco acompañantes son tan terrícolas como tú, yo soy del mismo pueblo que Fermín, de Fidion. Aquí soy cantante, ¿sabes? En mi mundo nunca hubiera triunfado, son unos sosos, allí tan solo era ayudante de cocina del que llamáis Manolo.

—¡Coño!, ¿pero cómo no te he reconocido antes?, pero si tú eres Jorge Clavel, conocido en espectáculos varios de la movida nocturna. Joder, qué pequeño es el mundo. Y encima me conoces de mis alborotos, tú, un tío famoso, a mis brazos, Jorge...

 

Nos acercamos a paso rápido al Manolo’s Club, está a un tiro de piedra del hospital.

Se siguen oyendo martillazos en la trastienda del bar. Los tipos estos parecen especialistas. Uno de ellos coge seis bombonas, parecidas a extintores y que estaban escondidas en una cabina de teléfono. Joder, sí que caben cosas en el suelo de una cabina. Entramos por la puerta de la barra con decisión, por suerte allí nos espera Fermín.

—Por fin, ya pensaba que no vendríais. —Encima el tío se me pone de mal humor, con lo que ha costado salir del hospital.

—Hay algo que no entiendo, para qué me necesitáis en todo esto.

—Mira, Alejandro, Jorge y yo no podemos dar la apariencia de que estamos contra mi tío, y tenemos un plan para que el hombre no se encabrone. Ya te dije que le debía una. El caso es todos salgamos ganando; mi tío se escapa del planeta, tú recuperas a la Vicenta y a tu cuñado, Jorge sigue con su música y yo me dedico a las conferencias, que es lo mío. —Qué listo es el mamonazo, si ya lo decía yo en la mili.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Muy fácil, tú y los otros cinco os ponéis estas mascarillas que tenía escondidas bajo la barra del bar y rociáis toda la nave industrial con el producto de las bombonas.         —¿Qué pasará?

—Todos dormirán como bebés. Además es un antídoto, nadie recordará lo que ha pasado durante el tiempo que tomaron el aceite y volverán a su estado normal. Serán mediocres de nuevo.

—¿Seguro que se les quitará la tontería esa de la cultura?

—Te lo prometo, Alejandro.

 

Entro con los cinco frikis en plan peli del oeste. Joder, me lo estoy pasando teta. Parecemos un escuadrón de limpieza de bichos, solo que estas cucarachas son muy, muy gordas. La gente se queda dormida a nuestro paso. Ahí está la Vicenta, y también mi cuñado. Me acerco a ellos pero no me reconocen. Me duele un poquillo hacerlo pero los rocío con el líquido como si estuviera lavando un melón. Caen dormidos como dos tortolillos.

             ¡Mierda! Noto unas manos viscosas que me agarran por la garganta, es el Manolo. Qué acojone, le brillan los ojos un montón y el cabrón no veas cómo ahoga.

Menos mal que un friki viene a ayudarme y le rocía bien el cabezón. Poco más y me deja sin aire, menuda mala leche que gasta.

Nos damos cuenta de que no queda nadie en pie, todo el mundo está dormido. Anda, si también está mi casero, el muy cerdo me ha echado de mi casa sin miramientos. Le suelto un puntapié de la hostia.

—¿Pero qué le haces a ese tipo, Alejandro? —Joder, sí que ha aparecido pronto el Fermín.

—Nada, nada. Me pareció que se movía.

 

El Fermín agarra a su tío y lo lleva a la nave. Qué fuerza tiene el chiquitajo.

—Bueno, Alejandro, ya está. Cuando todos despierten no recordarán nada de lo que ha sucedido.

—Sigo sin entender este montaje, al fin y al cabo tú creaste el dichoso aceite dejando que tu tío montase esta tangana, no sé qué hago en medio de esta aventura.

—Mira, ya sé que es difícil de explicar, es como cuando me salvaste de lo de las cacerolas, que te debía una; aunque no te creas, con todo esto te he hecho un favor de verdad. Te servirá para valorar a tus cosas y a los tuyos. También le debía una a mi tío y sabía que necesitaba mucha mano de obra para conseguir esa nave. Ahora estamos en paz por el asunto de los carranodes.

—Pero si dices que no se acordará de nada.

—Así es, pero cuando despierte estará rumbo a Fidion, aunque no sabrá cómo habrá conseguido salir de la Tierra.

—No me digas que después de todo le vais a permitir llevar a cabo su invasión.

—¡Qué va!, las bodegas de la nave están vacías de aceite sometedor. Llegará allí con las manos vacías. Pero conozco a mi tío, él sólo quiere montar algún chiringuito. En poco tiempo se hará una cirugía barata, se cambiará el nombre fiodiano y abrirá un local de comidas rápidas. Lo de la venganza se le pasará con el tiempo. Lo suyo es la cocina.

 

Ya hemos retirado a toda la gente, no veas cómo me ha quedado la hernia de tanto esfuerzo, duermen placidamente en un rincón de la sala. No sabe nada, el cabrón del Fermín; dice que dejemos las puertas de la fábrica abierta, que cuando la gente despierte no sabrá qué hace allí. Y que dejará unas tarjetas suyas como desperdigadas por el suelo. La gente acudirá en masa a sus conferencias y esto también habrá sido beneficioso para su caché.

             Sí que dan de sí los techos de la nave industrial, se abren con una facilidad de la hostia. Salen unos chorretes de humo que hacen una niebla que nos hace toser.

Allí va la nave disparada, con el chef alienígena. No le guardo rencor, pero menudo mamón que esta hecho.

Lo que hubiera dado el Spielberg ese por rodar una escena así, y encima esto es real. El gafotas parece satisfecho, lo chiquitín que es y lo que sabe.

             Esta noche, después de dejar al Palomino, que es un hermano para mí, voy a dormir en mi cama otra vez; el casero sólo recordará un dolor en las costillas mañana y como volverá a ser normal ya no me machacará con lo del alquiler con rollos legales, por lo que le daré largas hasta que tenga otro trabajillo. Claro que el Fermín me ha ofrecido hacer de relaciones públicas con sus frikis. ¿Quién sabe?, igual lo acepto. Pero ahora me dirijo hacia casa con mi cuñado a hombros, me ayuda uno de los frikis. La Vicenta… Les he dicho que la dejen en el local con los otros, así mañana se tirará a mis brazos y seguro que pillo…

 

Al final le hice una propuesta al Fermín: reformábamos el Manolo’s Club, lo convertíamos en un bar de copas y él era socio al cincuenta por ciento con mi cuñado y conmigo por poner el local. Como el bar era de su tío y éste había desaparecido, él era el único heredero. Esta mañana cambiaron la placa del bar, a partir de ahora se llama Invasores de L´Hospitalet, en honor a Fermín y sus amigotes. El Palomino está más contento que nunca, aquí tiene televisión por cable, satélite y todo lo que pueda desear. Le sale el fútbol por los ojos. Yo también tengo todo lo que deseo, junto a él somos los barmans y siempre tenemos barra libre de bebida para nosotros y para los colegas.

Ahí aparece la Vicenta. Cada día está más buena. Ahora nos vemos más, desde que la abdujeron está la mar de melosa. Claro que no sé si es porque aquí tiene la bebida gratis, y como no le gusta beber…

 

 

Esta semana ha sido genial, estamos a viernes y por la calle no se ve a nadie leyendo.

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EL CEMENTERIO

Las gotas empapan la tierra del descanso eterno y las piedras, labradas al fuego, asoman sus escritos con timidez a la luz de las centellas. Los fuegos fatuos se posan en la superficie y brillan en la oscuridad del olvido.


             Hoy el cazador de tesoros ha venido a por él. No es una tumba pomposa, ni tan siquiera vulgar, tan solo es una cruz cualquiera, elegida por los dados del azaroso destino. Lejanos tiempos separan a la vida de la muerte y lustrosas enredaderas de aroma dulzón descansan sobre la señal santa, enroscándose entre su fino forjado de antaño. El morador del arcón, de ajustada cintura de huesos y pronunciado mentón, no puede escuchar los lamentos de la piedra al crujir, ni puede sentir como la tierra cede ante el afanoso trabajo del solitario ladrón de tumbas. Tampoco puede compartir su tesón cuando éste, ávido carroñeros de las necrópolis y cegado por la codicia, fustiga la madera vieja hasta convertirla en polvo.


            Entonces un lamento profundo se hace eco entre los mausoleos empedrados de hiedra. Una astilla de la tapa de roble añeja se tiñe de la esencia del buscador de riquezas. Basta una sola gota de sangre. Eso lo cambia todo; destino, fama y fortuna se desvanecen cómo un último suspiro. Allí donde cae la migaja de vida se crea carne donde antes no existía. El viejo esqueleto que dormitaba en la placidez del olvido, ávido de venganza, aferra con fuerza el pescuezo del que buscaba riquezas. Tan solo un instante y solo se escucha el graznar de los cuervos en la complicidad de la noche.


             El recién despertado alimenta su ansia, nutriéndose de las  entrañas del desdichado cazatesoros. Ahora ya puede sentir como la lluvia recorre su cuerpo desnudo, escuchar el graznido de la urraca y el susurro del viento contra la fría roca.


             La tierra santa guarda una maldición que dormita desde que el tiempo es tiempo y desde que la luz aprendió a nacer con el nuevo día.  Aquel que ose perturbar el descanso de las ánimas, quedará atrapado en la oscuridad del olvido y su carne se pudrirá en la vieja tumba del azar y del destino. El condenado sólo se verá libre del tormento de la noche eterna cuando cualquier incauto, sea por codicia o despecho, intente saquear la morada del antiguo inquilino. El nuevo mártir ocupará la situación del antiguo. Y así será por los tiempos de los tiempos, hasta que el mundo deje de ser mundo.


   


El hacedor de la tribu nos señala el cementerio maldito. Algunos ríen de la superstición de aquellas gentes, lejanas a nuestro mundo civilizado, otros simplemente le ignoran. Yo en cambio me estremezco ante su relato. Cuando intentamos darnos cuenta André ha desaparecido del grupo. La piel se me eriza al otear su silueta en la lejanía del bosque. Observamos como sube por la loma de aquel lugar santo, hasta desaparecer en el horizonte. Por dios André, ¿porqué lo has hecho?¿Porqué has tentando a la suerte?¿Es que no lo recuerdas?...el chaman dijo codicia y despecho…si despecho…despecho… Parece que se ha detenido el tiempo, el imbecil no aparece. Maldito idiota. Ahora los guías también están preocupados. Nos acercamos a la loma del antiguo santuario que dicen fue tumba de ilustres colonos, perdidos en el olvido.


             Una figura desnuda y bañada en sangre se planta ante nosotros. No es André. ¿Pero, cómo? …no hay civilización en muchas millas y no es un nativo. No puede ser cierto, pero proviene del santuario. El hombre balbucea palabras en lenguas antiguas y no le entendemos.


 


En aquel momento sucede algo increíble, el hombre lleva en sus manos una cadena de oro con una cruz de alabastro. El crucifijo es inconfundible: es de André.


 


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ÚLTIMOS DÍAS EN TIANJIN

Recuerdo a Teresa Winter como a una joven rebosante de aquella chispa de luz de la que muchos otros carecen, para bien o para mal. El destino nos llevó a conocernos en Tianjin, una ciudad portuaria, situada en el nordeste de China donde yo había nacido veintisiete años atrás. Corría el año 1945 y la segunda guerra mundial daba sus últimos coletazos: Japón acababa de rendirse y el control de la metrópoli había quedado en manos de las tropas norteamericanas. La tensión contra los extranjeros se palpaba en las calles. Los habitantes de los barrios pobres de Tianjin se manifestaban en contra la nueva ocupación. A pesar de que los japoneses se habían marchado de la región, los soldados norteamericanos tampoco parecían comportarse de un modo muy diferente, ya que increpaban a las mujeres y se comportaban como los amos del lugar. El padre de Teresa era un diplomático británico afincado en la ciudad y había decidido enviarla a un internado de las afueras de Tianjin para garantizar su seguridad, por los rumores que había escuchado sobre que los soldados norteamericanos intentaban abusar de las mujeres chinas. Por la sangre de Teresa también corría sangre oriental, era mestiza. Su madre había sido una mujer muy bella que había muerto al contraer la malaria, una enfermedad común en los años de ocupación nipona.

             El verano del 45 fue tan húmedo como los anteriores, los monzones habían provocado que la lluvia inundara los barrios más pobres y que la miseria se adueñara de las calles.

En aquel entonces yo, Ween Loo Pei, era un joven maestro de literatura lleno de pretensiones y recién llegado de occidente después de veinte años de ausencia: apenas contaba con siete años cuando partí hacía Europa. Tianjin, mi ciudad natal, me pareció tan extraña cómo a cualquier occidental. Mis padres habían sido ricos comerciantes en el pasado y me habían podido embarcar en un carguero británico rumbo a las islas occidentales, intentando protegerme de la invasión japonesa que parecía inminente. Por desgracia, dos años después, fueron asesinados víctimas de la codicia del gobierno invasor, que se apropió de todo lo que les había pertenecido. Volvía a un hogar que casi no recordaba y con la promesa del gobierno británico de restaurar el antiguo patrimonio, arrebatado a mi familia, y de ofrecerme una plaza cómo maestro en la universidad de Nankai.

La primera vez que vi a Teresa, fue en la embajada británica, a mi llegada. Fue cuando me entrevisté con el cónsul Fabio Winter: se había comprometido a ocuparse de mi alojamiento y del papeleo hasta que pudiera mudarme a mi antigua mansión de estilo colonial. Aquel día hacía un calor sofocante y recuerdo el chirrido de una de las alas de los ventiladores del techo y cómo giraba con dificultad. Había piezas de alabastro y pinturas en las paredes que tenían un valor que me pareció incalculable. Aquel palacete ofrecía un lujo que no conocí en Inglaterra. El cónsul era un tipo amable y por lo que vi, me pareció bastante amigable. La conversación con el casi se basó en mi estancia en Europa, pero no me importaba, la mayor parte de mis recuerdos no pertenecían a mi lugar natal. 

             Cuando la joven apareció ante mí, sentí como el corazón me palpitaba con una fuerza desbocada. La corbata me cortaba la respiración y no pude evitar una tos nerviosa, que me pareció que duraba una eternidad. Sus ojos gatunos, eran de un esmeralda intenso y unos misteriosos puntos negros salpicaban su iris, haciendo que me pareciera la mujer más enigmática de la Tierra.

—Padre, creo que nuestro invitado necesita algún refresco —comentó con voz burlona la joven —y además el nudo de la corbata creo que le aprieta demasiado.

—¡No seas descarada jovencita! —replico el cónsul.

—No se preocupe Sr. Fabio, creo que hija tiene razón —dije mientras me intentaba deshacer el nudo de tela del cuello —. No estoy acostumbrado a este calor tan húmedo.

—¡Claro, perdóneme joven! Malditas criadas, espere aquí que tendré que avisar a recepción. Teresa ofrécele un asiento al caballero. —El cónsul se alejó dejándome a solas con la joven.


Cuando me ayudó a acomodarme y sentí el tacto de su piel sobre mi mano, creí enloquecer de pasión. Aquella joven me pareció la criatura más hermosa que había visto en la vida. Sus labios estaban hechos de delicadas líneas frambuesa que se juntaban en una sonrisa pícara y socarrona. No tenía aspecto de ser una mujer delicada a pesar de su esbelta figura, pero sus rasgos eran exóticos. Su mirada era tan ardiente como la arena del desierto más cálido y sus cabellos lisos y largos, caían sobre sus hombros con la misma delicadeza que un pintor separa la línea del horizonte con el azul del océano. No pude evitar desviar la mirada hacia sus senos. Lucía un traje rojo de una sola pieza y sus pezones se insinuaban con naturalidad bajo un sostén negro hecho de encajes. Cuando se percató de que estaba mirando su cuerpo se frotó el pecho con la mano e introdujo su dedo índice en mi boca. Estaba realmente excitado. Teresa parecía disfrutar con aquello y tal como me tenía sentado apretó con fuerza sus piernas contra mi muslo derecho. Aquella joven era la tentación. Por la manera en que fregaba su vestido contra mi pernera, pude intuir cómo se excitaba su sexo.

             Cuando me percaté el cónsul ya estaba de vuelta con una sirvienta negra que portaba una bandeja con una jarra de limonada hecha de cristal de bohemia. La joven se había separado de mi, pero sus gestos me parecieron de una sensualidad enorme y pude notar el deseo en su rostro.

Aquella noche no dormí, la imagen de Teresa rondaba en mente constantemente, ocupando todos mis pensamientos. El cónsul me había conseguido estancia en una pensión cercana a Nankai. Al día siguiente, decidí que lo mejor era intentar olvidar a la hija del diplomático y centrarme en mi primer día de trabajo. Estaba seguro de que sería lo mejor, a pesar de desear con todas mis fuerzas volver a verla.


Mi deseo se cumplió antes de lo que pensaba. Creo que fue el destino. Si, el destino era algo que no se podía evitar y el nuestro era conocernos. Teresa era una de las alumnas destinadas a mi aula. Con las ropas de colegiala parecía mucho más joven, aunque sus formas me seguían pareciendo de lo más sensuales. Aquel día sólo tocaron presentaciones y, cuando la joven se dirigió a mí, pude notar su mirada ardiente. Sentí la lujuria a través de sus ojos e imaginé como acariciaría aquel cuerpo desnudo digno de una diosa griega. Me sentía embrujado por aquella mirada tan poderosa. La perfección de su cuerpo no pasaba desapercibida para ninguno de los presentes y los alumnos parecían igual de hechizados que yo cuando se contorneaba.

             Aquel mismo día, la joven se quedó en el aula hasta que los demás hubieron marchado. No podía creer lo que me insinuó al oído. Quería que poseyera su cuerpo, que la desflorase… Me dijo que esperaría el momento propicio para darme una señal. Estaba atónito. ¿Por qué yo? ¿Qué había visto en mí aquella hermosa criatura que no viera en cualquier otro? Miles de razones éticas y morales se agolparon en mi mente. Era una alumna, hija del cónsul que tan amablemente me había atendido y además menor de edad. Aquello atentaba contra todas las normas sociales de mi educación inglesa. Pero todo aquello se desmoronaba cuando observaba su rostro. Su sola presencia hacía caer como un castillo de naipes toda aquella escala de valores preestablecida y me abocaba al deseo… Deseaba su cuerpo, su alma…

             Habían pasado varios días desde la proposición de Teresa. Pensé que todo había sido un capricho de adolescente, que la joven se había arrepentido de sus palabras y que aquello había caído en saco roto. En cierta manera sentí alivió, pero los celos me corroían cuando se acercaba a los otros estudiantes. La joven estuvo sin venir durante varios días. El curso estaba acabando, y se preparaba un seminario de verano. Esos días sin su presencia se me hicieron interminables, no podía concentrarme en nada importante y los alumnos me tenían que corregir en incontables ocasiones. Cuando llegó el día de las evaluaciones, una semana más tarde, Teresa apareció de nuevo por el aula. Parecía tener un brillo especial y sus pómulos, delataban una sonrisa radiante. Le pregunté por sus días de ausencia, pero la joven me trató con evasivas. Pensé que lo más seguro es que definitivamente se hubiera olvidado de lo nuestro, pero una nota, oculta bajo su trabajo de texto de evaluación, me marcaba un lugar y una hora de encuentro. Me temblaban las manos, aquello iba en serio. La intenté observar con disimulo, pero Teresa parecía indiferente a todo, ni siquiera se dirigió a los otros alumnos, ni ellos a ella. A pesar de todo, aquello afirmó mi confianza en conseguir el amor de Teresa, pero me seguía pareciendo increíble que aquella belleza de ojos verdes y rasgados se interesara por mí. Habíamos quedado a las afueras de Nankai, en las inmediaciones de la ciudad de Chongqing, lugar donde había sido trasladada parte de la universidad debido a los bombardeos japoneses del 37. No podía engañarme a mi mismo más tiempo, había deseado que llegara ese momento desde que la conocí en el consulado. Era un día muy lluvioso. En la nota secreta me había indicado el lugar exacto donde quedar. Llegué muy pronto, no podía contener la emoción. Ella apareció en una bicicleta de tonos anaranjados bastante más tarde, justo a la hora que habíamos quedado. Por aquel entonces, había conseguido un vehículo de segunda mano para los desplazamientos al centro de estudios, era un pequeño utilitario que la universidad me había cedido temporalmente, ya que los cursos de verano, que estaban próximos, eran en el propio Chongqing.

             Aquel día diluviaba a mares. Teresa llevaba una falda ajustada de colores llamativos y una blusa donde se entreveían sus preciosos senos a los que imaginé como un tesoro.

Estaba aparcado a las orillas del río y cuando pareció empapada y tiritando de frío le abrí la puerta para que se apresurase a entrar. Teresa había sabido elegir bien el lugar, por allí no pasaba nadie, todo lo que abarcaba la vista, a lo largo del río, pertenecía a una zona industrial que parecía abandonada. La mayoría de los edificios tenían las vidrieras rotas y sus estructuras de metal oxidadas.

La chica dejó la bicicleta en un poste y se dirigió a mí con la misma mirada ardiente con la que me había cautivado la primera vez que la vi. Cuando entró en el coche nos acercamos a una de las fábricas. Los portones estaban abiertos y accedimos al interior con el coche. Sus ropas estaban completamente empapadas. La besé impulsivamente y sentí la humedad de su lengua en la mía. Le quité el vestido con cierta brusquedad, pero no se quejo. Palpé su piel con la yema de los dedos y pude notar como se estremecía al contacto de de mis dedos. Sus muslos se contrajeron con fuerza y sus gestos de placer me indicaron que podía llegar más lejos. Su ropa interior también estaba húmeda. Palpé su sexo y noté como sus finos cabellos se rizaban entre mis dedos. Sus largas piernas presionaron mi brazo y soltó un alarido de placer. Cuando la descamisé, apreté sus senos en mis manos con fuerzas, pero no se quejo y siguió gimiendo. En medio de la excitación casi no me había percatado de que ella también me tenía casi desnudo. Salimos del coche y nos besamos con un deseo irrefrenable. Había conocido a algunas chicas en Inglaterra, pero ninguna era cómo Teresa. Ella era cómo un volcán a punto de estallar, cómo una estrella que al quemarse ilumina todo el firmamento. Cuando nos dimos cuenta, estábamos haciendo el amor sobre el capó del pequeño utilitario. Con la excitación, apenas percibimos el constante martilleo de las gotas de lluvia sobre la chapa metálica del techo de la nave. Teresa gritó cuando sintió que estaba dentro de ella, se que le debió doler, pero insistió en que no parase el movimiento rítmico en el que nos habíamos comprometido. Ahora sus gemidos eran de dolor y placer a la vez. Notaba el fuego de su cuerpo en el mío y nos envolvimos en la culminación del placer en una perfecta simbiosis. Jamás había sentido algo parecido con ninguna mujer.

Cuando nos vestíamos, solo se escuchaba el murmullo del agua sobre el techo. Nos miramos con intensidad durante unos instantes y nos fundimos en un cálido abrazo.

             Dejé a la joven a la puerta del palacete de la embajada y me dirigí a mi hotel de Nankara, ya que todavía no se había arreglado el asunto de la casa colonial que había pertenecido a mi familia.


Al día siguiente me sentí perplejo, desolado y desorientado… los periódicos locales llevaban una noticia en primera plana que me desgarró el corazón…


“Encuentran a la hija del cónsul inglés asesinada en un callejón. Todos los indicios apuntan a que el crimen lo han perpetrado extranjeros”


Aquello no podía ser cierto. Era del todo imposible, la había dejado en el consulado sana y salva la noche anterior. Decidí ir ha hablar con el embajador, le confesaría la verdad, que aquella tarde Teresa había estado conmigo y que entendía que podía haber pasado.


Cuando me acerqué al palacete, los guardias estaban intentando retener a cientos de manifestantes que se agolpaban en la reja forjada de la puerta. Parecía que todo el mundo se había vuelto loco. Los manifestantes portaban pancartas con reivindicaciones sobre las violaciones de los derechos humanos de los americanos. Por lo visto, hacían responsable también al gobierno británico por estar de parte de los Americanos y por solo hecho de ser extranjeros.

             Pude asomarme a la verja a duras penas entre el gentío. Estaba desolado, sentía que acababa de perder a la persona que más había amado en este mundo. Tenía intención de contarle todo al cónsul, a pesar de que seguramente sería el principal sospechoso de su asesinato y que seguramente me ahorcarían por ello. A duras penas, pude convencer a uno de los guardias de que avisara al embajador para poder entrar. Sentía que mi vida había perdido todo el sentido y que no podría reponerme a su perdida. Al fin se abrió la verja y me dejaron pasar. Algunos de los manifestantes se colaron tras de mí, pero los guardias fueron contundentes con sus porras y finalmente pudieron hacer retroceder a los asaltantes y cerrar las puertas. Noté el odio de aquellas personas contra los occidentales, pero no podía compartirlo y mi corazón estaba demasiado destrozado para poder sentir comprensión, odio o cualquier otra cosa. La tristeza era la única sensación que me envolvía.

Mister Fabio también parecía desolado. Cuando me vio llegar me abrazó con cierta efusividad. Intenté devolver el gesto, pero estaba demasiado abatido.

—Gracias por su visita, querido amigo. —El hombre parecía que hubiera envejecido algunos años. —Supongo que se habrá enterado de la tragedia…

—Si, señor cónsul, venía a verle porque… —el hombre me interrumpió con brusquedad y la ira iluminó su mirada.

—¡Esos malditos bastardos! ¡Sabe, mataron a mi niña! La ahogaron en el río de la zona industrial, hará una semana! Luego, su cuerpo apareció en un callejón de la zona sur por donde pasaba el río. La encontraron en la misma ribera. Dicen que por las heridas y contusiones fueron varios hombres. Dejaron su rostro irreconocible… ¡También la violaron!, ojala ardan en el infierno.

—Lo siento de veras, se lo aseguro. ¿Una semana?... —No podía comprender aquella situación.

—Quizás más. Hace ocho días que no volvía a casa. Cómo lo había hecho alguna vez más no lo tuve en cuenta. Ya sabe, soy un padre viudo y algunas veces nos ha costado entendernos. Ahora me la han arrebatado…


El desasosiego me invadía. ¿Qué diablos me estaba contando aquel hombre? Aquello que me decía aún era más disparatado. Había estado con Teresa hacía tan solo algunas horas y habíamos disfrutado de un amor que se profesaba prohibido. ¿Cómo podía ser que hubiera sido asesinada semanas antes en el mismo lugar donde habíamos estado hacía un día?

Había llegado al consulado con la intención de confesar al cónsul mi amor por su hija, dispuesto a aceptar cualquier consecuencia, pero esto me descolocaba del todo. Aunque confesara, era imposible que nadie me creyera y además causaría un dolor innecesario a aquel hombre. Acepté una copa y me comprometí a acudir al entierro.

Al día siguiente la bandera del consulado lucía a media asta. El entierro fue muy sobrio, tan solo estaba la familia más allegada y algunos amigos del embajador. Prácticamente era el único asiático que acudió a la ceremonia fúnebre.


Los días siguientes fueron terribles. Se suspendieron las clases y las protestas populares contra los extranjeros y en especial contra los soldados norteamericanos, se hicieron más cruentas. Por lo visto varías mujeres habían denunciado en firme violaciones por parte algunos soldados. Y las pruebas apuntaban a que los soldados eran también los que habían asesinado a la hija del cónsul. Las calles se convirtieron en un infierno y las embajadas extranjeras fueron castigadas con pedradas y cocktails de preparados incendiarios. Había perdido todas las esperanzas, no entendía lo que había sucedido con Teresa y la revuelta popular poco me importaba. Sentí un profundo odio contra aquellos soldados, pero me dejé llevar por la autocompasión. No podía vivir sin Teresa. Permanecí encerrado en la habitación del hotel mucho tiempo. No recuerdo cuanto porque perdí la noción de la realidad y durante ese tiempo mi único compañero fue el alcohol.


Un día, los manifestantes invadieron el hotel y sacaron a la fuerza a los extranjeros, de hecho la mayoría de los inquilinos del hospedaje lo eran. Prendieron fuego a las paredes y obligaron a salir a todo el mundo. Yo me resistí, aquel momento me pareció bueno para morir, pero me sacaron de allí a rastras y me lanzaron al suelo de la calle con fuerza. Aquél día volvía a llover con intensidad, a pesar de eso las llamas del hotel se seguían comiendo terreno a las paredes y los cristales estallaban con fuerza. Fue entonces cuando la vi… cuando vi a Teresa de nuevo. Primero creí que el alcohol me estaba jugando una mala pasada, pero no, era ella. Hubiera conocido aquellos ojos entre cualquier gentío, no habían otros ni siquiera parecidos. Llevaba una capa blanca y su rostro estaba cubierto por una capucha. Se confundió entre las multitudes, pero no podía dejarla escapar de nuevo: la seguiría hasta el mismo infierno si era necesario.

             Recorrí los callejones más pobres de Tianjin para seguirla entre la multitud. En varias ocasiones pensé que la había perdido, pero el azar quiso que retomara la pista y observé como la joven se adentraba en una pequeña casa de adobe.

Necesitaba una explicación para todo aquello, no podía vivir con esa angustia. Pensé que me había vuelto loco. Que había perdido el juicio.

La bebida me ayudó a tomar una decisión rápida. La puerta de la pequeña edificación estaba entreabierta, la empujé con fuerza y encontré una escena que me produjo sorpresa.

En el interior de la casa había reunido un grupo de mujeres y todas llevaban el mismo tipo de capa. Pude reconocer de inmediato a Teresa y grité su nombre con todas mis fuerzas.

             Los encapuchados se volvieron con sorpresa y se dirigieron a mí en tono amenazador, pero Teresa los aplacó con un gesto. Cada vez entendía menos aquel rompecabezas. ¡¿Qué demonios hacía ella allí?!

—Amado mío, puede que me odies por hacerte creer que estaba muerta pero era necesario. —Me pareció que su voz carecía de la dulzura de antaño.

—No entiendo nada Teresa. ¿Qué haces aquí? ¿Quién es esta gente?

—Somos miembros del partido Comunista. Este montaje ha sido necesario. Era la única manera de que el pueblo se alzara…

—Sigo sin entender… —No era verdad, de repente lo entendí todo, tan solo que no podía creerlo.


Los congregantes se desproveyeron de las capuchas. La mayoría eran estudiantes de mi aula. A algunos los conocía de vista de otras materias. No lo podía creer: me habían engañado durante todo ese tiempo, todos eran partidarios del comunismo. Me confesaron que el cadáver era de una joven campesina muy parecida a Teresa, que se había suicidado en nombre del partido. Aquel cuerpo se había utilizado para hacer creer a todo el mundo que Teresa había sido asesinada atrozmente por un grupo de forasteros. La muerte de una china famosa, cómo la hija del cónsul, desencadenaría la revuelta popular e indirectamente el gobierno chino podría deshacerse de la amenaza del exterior. Todo era un montaje para expulsar de la región a todo aquel que fuera o simpatizara con los extranjeros.

Teresa me confesó que lo que sentía por mí era real y que por eso se había arriesgado a pasar conmigo aquella tarde en la fábrica del río porque me amaba. También me dijo que si intentaba delatarla nadie me creería, ya que los estudiantes negarían que ella había acudido al instituto el día de los exámenes. En aquel momento empecé a conocer realmente a Teresa y percibí su lado oscuro cómo no lo había hecho hasta entonces. Le increpé sobre el daño que había hecho a su propio padre, simulando su propio asesinato, pero me dijo que aquello era un daño colateral que estaba dispuesta a asumir. No conocía a aquella joven. No podía ser la misma que amé en aquella vieja fábrica destartalada una tarde de Julio. Sin embargo, sus ojos seguían teniendo el mismo brillo. El amor me había cegado, aquella joven carecía de mis principios morales. Me sentí aterrado, mi mundo se desmoronaba por segunda vez: la primera había sido al pensar que Teresa había muerto y la segunda cuando la conocí de verdad sobre sus ideales.   


A pesar de todo, mis sentimientos hacia ella seguían latentes y le ofrecí un nuevo comienzo lejos de aquella pesadilla. Fue entonces cuando pronunció unas palabras que me dañaron el corazón para siempre. Me dijo que el amor por el partido era lo más grande para ella, y que yo también sería un daño colateral si no elegía quedarme al lado del partido.


Marché de aquella casucha de adobe, con el horror reflejado en el rostro, había perdido definitivamente a Teresa. La ciudad era un caos. Los soldados se guarecían en barricadas y los habitantes de Tianjin se concentraban en grupos armados de palos y piedras para embestir a los soldados.


Después de todo, entendí que yo no pertenecía a aquel mundo y que tampoco me podía considerar británico. Aquella experiencia me empujó a embarcar de nuevo hacía nuevas tierras. Quería empezar de nuevo en un lugar donde las guerras y el odio no fueran el día a día. Aquel mismo verano embarqué con destino a cualquier parte, dispuesto a recorrer la inmensidad del océano en busca de un lugar imposible. Un año después, en 1946, los soldados norteamericanos abandonarían la ciudad y el gobierno popular chino se haría con el control de la región.


Cuando me alejé mar adentro, observé Tianjin desde la proa del barco. Me pareció el infierno. Varios edificios ardían y aún estando a varias millas de la costa, todavía se escuchaban los gritos de la revuelta popular. Di la espalda a aquello y dirigí la mirada al sol naciente que me insuflaba esperanza…


A pesar de todo jamás olvidaré aquella tarde de lluvia con Teresa.


31/03/09 F. J. Masegosa Ávila (Javmase). Presentado al concurso Relatos Eróticos XIII : http://www.ciao.es/Relatos_Eroticos_XIII__Opinion_1644450

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ANGUSTIA




Cuando abro los ojos el terror invade mi alma: está oscuro, muy oscuro. Intento levantarme pero no puedo. Despierto empapada en sudor y gritando. Siento que estoy atrapada. Palpo con horror la superficie lisa con mis manos. Esto no puede ser real, estoy en una caja muy pequeña, apenas puedo mover los brazos hacia delante. Es imposible, no puede ser verdad: me encuentro en un ataúd. La angustia se apodera de mí, no puedo pensar con claridad. El corazón me late muy rápido y noto una quemazón en el cuello. Tengo que salir de aquí. Grito de nuevo, pero mis alaridos se apagan en el eco del habitáculo. Cada vez respiro con más dificultad, es como si un peso muy fuerte oprimiera mi pecho. Intento arañar la superficie, pero entonces siento cómo un dolor penetrante recorre mis brazos con intensidad. Debo haberme roto varias uñas, no puedo verlo pero el líquido tibio que mana de mis dedos, me salpica la cara. No me importa, el dolor no es nada comparado con la angustia que siento. Necesito salir de aquí de inmediato, no lo resisto más. En un acto desesperado, me volteo e intento hacer palanca con mi cuerpo, pero ni tan siquiera estoy segura de estar haciendo fuerza hacía el punto correcto. Intento recobrar fuerzas, pero el pecho me arde, me falta el aire. Imagino toneladas de arena cubriendo la caja y la desesperación me consume. No puedo morir aquí, esto no puede ser real. Intento pensar cómo pude llegar a esta situación, no puedo entenderlo. Intento patalear con fuerza las paredes del receptáculo pero todo es inútil, no ceden ni un ápice. Se me agotan las fuerzas para seguir luchando, sigo pensando que esto no me puede estar sucediendo. Mientras, mis sentidos se apagan. No quiero aceptar la muerte, pero estoy paralizada, mis músculos ya no responden. Un adormecimiento me invade, el dolor ha desaparecido. Antes de dormirme para siempre quiero recordar, necesito saber porque estoy aquí. Mi corazón ya no late, ni siquiera me siento viva, pero puedo seguir pensando. Ya no me importa si estoy viva o muerta, tan sólo quiero saber que hago aquí.
Entonces, pensamientos fugaces recorren mi mente, imágenes del pasado se aparece ante mí. Por fin recuerdo. El miedo no me dejaba pensar, pero ahora eso ya no importa; ya no tengo miedo; ya se quien soy.
Ya estaba muerta hace mucho tiempo. Cuando me enterraron aún estaba viva, ellos se equivocaron, los médicos se equivocaron? no debieron condenarme a este infierno. Todo ha sido una pesadilla, un mal sueño de mi espíritu atormentado por esta tremenda injusticia.

Pero no hay salida: soy lo que soy, un alma en pena aferrada a un puñado de huesos viejos y pellejo seco, olvidados en un cementerio antiguo. En mi lápida, apenas queda piedra y ya no se distingue inscripción alguna.

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ANNA

En aquellos tiempos difíciles aquella muchacha no debía contar con más de veinticinco primaveras. Recuerdo que su voz era tan dulce y melodiosa como el canto del jilguero en un cálido atardecer. El día que conocí a aquella fabulosa criatura me estaba debatiendo entre la vida y la muerte. Una herida de bala en mi hombro, que se había infectado, me había llevado a una situación desesperada. Bajo la sombra de un almendro, me debatía en un estado entre la consciencia y la inconsciencia. Me encontraba a la vera de un trigal, dorado por el sol y salpicado por encinares que se dispersaban como motas verdes en el horizonte. Esperaba ya el desenlace de mi amargo destino, tras días de huida a través de los campos. La muerte se escondía entre aquellas lindes, esperando el momento más propicio para atraparme.
Cuando escuche su canto de sirena pensé que mi estado febril me estaba jugando una mala pasada. Una silueta amable se dibujo ante mis ojos. Primero pensé que era algún tipo de ángel celestial anunciando que había llegado mi hora, pero entonces la joven dejó de canturrear y se dirigió hacia donde me encontraba.
?¿Estás ahí, Froqui? Un momento, tú no eres mi perro lazarillo. Respiras como una persona. ¿Cómo te llamas?
En aquel momento me percaté de su falta de visión, pues me estaba mirando fijamente sin verme. No pude más que enamorarme de aquel rostro joven y hermoso. Sus cabellos caían en sus hombros, ondulados como inquietas olas marinas y su sonrisa irradiaba una luz propia que inundaba cuanto abarcaba. No pude más que responder tímidamente.
?Soy? soy Antonio Vila.
?Veo que no me equivocaba, pero, ¿qué te ocurre?, noto dolor en tu voz.
?Estoy herido señorita. ?Era consciente de que esas palabras posiblemente me delatarían como republicano, ya que estaba en una zona franquista, pero la intuición me dijo que un ser tan hermoso no podía albergar maldad alguna. No me equivocaba.
?Yo te ayudaré. Deja que acerque mis manos a tu herida.
?No la quiero meter en problemas?
?Necesitas ayuda y yo no entiendo de bandos.

Cuando palpó mi hombro noté un dolor intenso; era como si me hubieran clavado mil agujas en la herida. Sólo calmó el sufrimiento el contacto de sus finas manos sobre mi rostro. Sentí como si el corazón me fuera a estallar.
?Esa herida no tiene muy buena pinta ¿Puedes caminar?
?Llevo haciéndolo desde hace días. Creo que andar un poco más no me matará, al menos de inmediato. ?Sus cálidos brazos me abrazaron la cintura, aquello fue una anestesia al dolor.
?Escucha, mi casa está al otro lado de aquella loma. Te puedes esconder en la cuadra hasta que venga el médico y te recuperes.
?¿Cómo puede saberlo, siendo ciega?
?El olor de las jaras es inconfundible. Cada día camino por estas veredas, me las conozco como la palma de mi mano. No nací ciega, sabes.
?Claro, es usted muy independiente.
?¡Anda, tuteame! ?La hermosa criatura, a pesar de su desgracia, caminaba con una seguridad envidiable.
?Cómo mande. ?De sus labios brotó una risa fresca que sedujo mis sentidos. Pronto nos acercamos a un pequeño cortijo, engalanado de oliveras.

Aquellos días fueron los más extraños de mi vida, pues a la incertidumbre de que me encontraran los del bando enemigo se sumaba mi amor por aquella joven. Parecía ser que el doctor no tenía mucha simpatía por el bando Franquista, por lo que a Anna no le costó convencerle para que me visitara en secreto. Pasé casi un mes en aquella porqueriza, durante el cual la dulce muchacha me cuido como si fuera un hermano.
Juro que me hubiera quedado en aquel lugar por más tiempo, si sus padres no me hubieran delatado a las autoridades, cuando me descubrieron en las porquerizas. Resultó que eran azules hasta las médulas y tuve que salir de allí precipitadamente y sin poder despedirme de Anna.
Pasaron tres días y tres noches hasta que conseguí atravesar la frontera hacia Francia, pero esa es otra historia y tú te has de dormir ya.
?Abuelo, ¿Y no volviste a ver a aquella mujer nunca más?
?No, nunca más, a pesar de buscarla durante años. A veces pienso que fue una ensoñación; que jamás existió.
?Que historias más tristes me cuentas, abuelo.
?Bueno ahora a dormir, lo prometido es deuda. Ya te he contado la historia de Anna.


Siento que la melancolía de aquellos días me embarga como tantas otras veces. Aun puedo respirar su perfume de flores silvestres y sus suaves caricias, mientras arropo a mi nieta y me alejo meditativo hacia el diván.
Guardo en un retazo de mi alma los recuerdos más íntimos de una época turbulenta de triunfos y fracasos. El tiempo curó mis heridas, pero jamás la añoranza del amor que profesé por aquella joven.










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LA LUNA Y LA DONCELLA

Un golpe seco inmutó el sepulcral silencio de la estancia. Pasos torpes y lentos recorrieron la destartalada mansión, haciendo chirriar la madera del portal. El sonido desgarrador de las bisagras volvió a violar el silencio de aquel sombrío lugar, que pronto volvería a quedar mudo, aunque, ¿quién sabe por cuánto?
Las fuertes pisadas, entremezcladas de néctar carmesí, quedaron grabadas en el espeso barro; formando surcos caleidoscópicos, arropados por la fría rosada de la madrugada.
La mano del ejecutor se apoyó en la vieja encina milenaria, impregnando una marca rojiza en su superficie; cosa que hizo que los primitivos sentidos del anciano tronco se deleitaran sintiendo el cálido elixir de la vida sobre su corteza.
Al momento, otro golpe seco se iteró en aquella oscura noche, anegada de desafiantes nubes grisáceas, y de la que la luna no era participe. Un brazo huesudo descargo sobre el barro a una ensangrentada joven. La doncella yacía a los pies del antiguo árbol, casi extinto en el tiempo y único testigo del pasional crimen que allí acontecía. El color de su piel era tan pálido como la escarcha que se enredaba en sus largos cabellos. De su frente corría un fino hilo de sangre que se confundía entre sus amoratados labios.
El aire corría ávido y el asesino sentose bajo las amenazantes ramas deshojadas, perdiendo cuenta de la muchacha que yacía inerte en el blanco manto del bosque.
El hombre, de ojos tenebrosos como la misma noche, empezó a rasgar la fría tierra, endurecida por la rosada. Su tez albergaba un rostro sin expresión, casi inhumano. Sus huesudas manos asieron un tosco palo con el que empezó a rasurar la tierra con apremiante inquietud.
Fue entonces cuando la fuerza del viento ahuyento con fiereza los gruesos brumales, los cuales se prodigaron con humildad hacia otras lindes, dejando que las candelas iluminaran de nuevo el manto del éter.
La brisa recorría el sombrío páramo, desnudando a la radiante luna y descubriéndola ante la noche.

La frágil dama despertó en sobresalto, al retumbar en sus oídos el repicar del tedioso sonido del rechinar de la tierra. Unos ojos esmeralda, que desprendían un brillo cegador, observaron a su siniestro captor con fiereza. Su desgastado vestido dejaba entrever una insinuante figura de gracilidad felina.

Un instinto ancestral produjo un escalofrío en el espíritu del asaltante: una mirada atrás y encontró ante su presencia a un fiera pantera negra, oscura como una noche cerrada. De los ojos de la esbelta figura emanaban intensas llamas turquesa, que se asemejaban a los fuegos fatuos.
Con el semblante pálido, el asesino se encontró allí ante el más temido ángel ejecutor. Ya era tarde para él cuando se percato. El influjo de la luna había devuelto a la joven a su estado primitivo y dientes felinos, sedientos de sangre, rechinaban con fuerza, preparándose para saborear a su víctima.
Él, amenazó con golpear al grácil felino con el propio madero que estaba utilizando para cavar la fría tumba de la doncella, pero el abrazo de la muerte le envolvió de repente. El ágil animal había alcanzado su yugular, alimentando las raíces del solitario testigo de la ancestral reyerta.

Amanecía y los primeros rayos de sol acariciaron el desolado paraje. Una bella mujer se hallaba erguida a la sombra del único testigo de lo que había acontecido en aquella oscura noche. El milenario encinar observaba en silencio como la desnuda doncella amasaba la tierra, dando forma a una improvisada tumba, empezada a cavar por el mismo hombre que nutría ahora sus raíces.

El cazador se había tornado presa y la presa cazador.

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ANOMALÍA

La luna se aproximaba a su cenit. Quizás fue entonces cuando me percate de la situación. Estaba perdido: todo por lo que había luchado se desvanecía por momentos. Aquél mundo irreal se estaba volviendo otra vez contra mí y los primeros síntomas no se hicieron esperar. Ángela intento correr, en una desesperada huida contra el tiempo, pero ya era demasiado tarde... nada la podría librar ya de aquello; su destino estaba marcado. En contra de mi voluntad me transformé una vez más en aquella oscura bestia de irrefrenables deseos. Cuando me percaté, estaba bebiendo el cálido elixir de su cuello. Éste, reconforto por un instante mí apetito insaciable, aplacado durante años por pastillas y tranquilizantes.
Una vida de terapia, y una psiquiatra convincente, me habían enseñado que mi estado animal era una invención de mi mente, pero nada más lejos de la realidad?
Allí me hallaba yo, junto al cuerpo sin vida de mi esposa, en una carretera abandonada. Era la prueba de que no estaba loco. Ojala ésta no hubiera sido una psiquiatra tan convincente?

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EL VACÍO

"No os recuerdo"
Esas fueron las primeras palabras que maduré, cuando me encontré atónito ante tantas miradas ajenas. La confusión impactó en mis pensamientos como un jarro de agua fría, dejándome sin aliento. No sabía dónde estaba, ni recordaba quién era? Solo se agolpaban en mi mente pequeños retazos de imágenes sin sentido. Vi como las hojas de los arboles eran arrancadas por el murmullo del viento otoñal y entonces me sentí como el bosque de aquél viejo cementerio; despojado de mis hojas? desvalijado de mis recuerdos.
Observé la tumba que se erigía a mis pies notando un ligero estremecimiento, pues pude percibir en un atisbo lo que allí se había perdido y lo que fue y no volvería a ser.
Fragmentos del pasado se agolparon en forma de imágenes pero se me hacían inalcanzables, por la fuerza del olvido que me envolvía. Observé con tristeza como los desconocidos congregantes despedían a la mujer del sepulcro con lágrimas amargas.
Sentí, entonces, las voces de unos jóvenes que se lamentaban ante panteón de la mujer: supe por sus comentarios de que se trataba de su madre.

Aquellos jóvenes desconocidos me asieron por los brazos y, alejándome del mausoleo, me llamaron padre. Entonces comprendí aún sin recordar. Me volví a quedar sin aliento?

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