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Jorge Andreu

De los trazos de mi mente y las ideas de mi pluma


Propósitos para el año nuevo

Buenas tardes. Les invito a hacer un pequeño viaje a mi nuevo blog para leer mi último artículo. Espero que les guste.

Saludos.

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Que viene a cuento

Buenos días. Escribo por la mañana porque el tema del artículo de hoy está más relacionado con el de ayer que con uno independiente, así que os dejo aquí la dirección. Espero que os guste.

Saludos

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28 de diciembre

Buenas tardes. Escribo de nuevo para que lean, si les interesa, el último artículo de mi nuevo blog.

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Y mientras en la calle está lloviendo

Buenas tardes, entradas en horas. Les invito desde aquí a pasarse por mi nuevo blog y leer el último artículo.

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Feliz Navidad

Buenas noches a todos.

Voy a ser breve. El tiempo no me da para más, la situación tampoco, la familia menos. Aguarda ésta mi presencia en la mesa para empezar con los aperitivos. De fondo se oye el discurso tostón del rey, la televisión está encendida. Rara vez la miro. Hoy no va a ser menos. Hablaré con mi familia y aprovecharé ?carpe diem? todo el tiempo y las oportunidades posibles para hacer que esta noche sea feliz.

Lo mismo os deseo a todos. Muy felices fiestas, que pasen una buena noche y que aprovechen, también, el tiempo.

Aprovecho también para decir algo. Como dije en mi último contacto con este blog, he trasladado mis palabras a otro espacio web. Síganlo, los que quieran, pinchando aquí. Quizás no vuelva a escribir nada en este blog, porque Libro de Arena está yendo cada vez más lento, y mis propios amigos me han comunicado que no pueden acceder al blog, ni yo mismo, como autor, puedo entrar. Así que sería inútil confiar en la tecnología de Libro de Arena, confiar en que fuera más rápido o que, al menos, dejase entrar a la gente. Así que me he mudado a Blogger, herramienta que siempre me ha atraído, y he dado al blog el mismo título que a éste: Jorge Andreu se llama, como mi pseudónimo, y ahí será donde escriba a partir de ahora.

Notificaré aquí, de vez en cuando, algo en relación con mi nuevo blog. Será esto para que los que siguen este blog ?a estas alturas creo que pocos son?? puedan acceder con facilidad al otro, y no se olviden de mi existencia.

Nada más. Pongo punto, punto y final por hoy, punto y final, quizá, por el resto de los tiempos de este blog. Ha sido un placer escribir aquí, ha sido bonito mientras, claro, ha durado.

Les deseo unas felices fiestas, y espero que se pasen por mi nuevo rincón. Sean felices, vivan.

Jorge.

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Actualidad

Buenas tardes. Escribo brevemente sólo para avisar algunas cosas. Como habrán visto, Presagio, el relato, ya ha terminado, en la entrada anterior tienen el final de la historia. No hay más historia, es así, tal cual la he publicado. Estoy pensando en presentarla a un concurso, pero no sé si al final me decidiré. En cualquier caso, aprovecho para avisar que dentro de unos días estará publicada en Bubok en formato PDF y gratuito, por si alguien que haya leído un poco aquí lo quiere descargar e imprimir. Es absurdo ponerle un precio, porque aquí está el relato completo publicado, así que cualquiera puede pasarse por aquí para leerlo, pero como sé que hay gente que prefiere imprimirlo -tengo constancia de ello gracias a un amigo-, allí estará publicado.

No he visto comentarios sobre si a la gente le ha gustado o no la historia, pero en fin, espero que sí, y en cualquier caso, estoy abierto a escuchar comentarios, como siempre, que los responderé.

A otra cosa, mariposa. Iban preguntándome algunos de los lectores que si ya sólo publicaría este relato. Mi respuesta está aquí: no. Ya lo dije en su día y lo digo ahora: voy a seguir hablando de libros, voy a seguir escribiendo poemas, voy a seguir dedicando este espacio a algo más que los relatos. Pero también he de decir esto: es posible que en unas semanas me mude de blog. Libro de Arena no va bien al entrar, mucha gente me ha dicho ya que no puede entrar en mi blog, e incluso yo mismo encuentro dificultades cuando pulso el boton de 'publicar'. Así que lo más probable es que me mude a algún otro tipo de blog, quizá Wordpress, pero aún no estoy seguro. Mientras tanto, seguiré escribiendo aquí, y avisaré cuando el momento haya llegado.

Y por último, anticipar algo que no sé si llegará a interesarles, pero confío en que sí. Está a punto de caer el segundo telón. Me refiero a la novela El Diario, novela estructurada a la manera de la tragedia griega y dividida en tres actos. Recientemente me encuentro corrigiendo los capítulos, cambiando palabras, corrigiendo, en definitiva, el estilo. Llevo seis capítulos corregidos, y hoy empezaré con el séptimo. Escritos hay ocho, que componen dos actos completos. Confirmaré, dentro de un tiempo, cuál es el estado de la novela.

Nada más que decir. Espero que la información precedente les haya servido de algo, y espero ver de nuevo a la gente que tanto comentaba por aquí. Se os echa de menos.

Un abrazo muy fuerte para todos.

Jorge

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Presagio (final)

Han pasado quince años desde que mis padres murieron, cada uno por una causa distinta. En la lista de objetivos de mi madre no estaba el de lanzarse al mundo por un balcón desde un octavo piso, ni en la lista de objetivos de mi padre estaba envenenarse con un vaso de whisky, pero ambos terminaron así. Y yo, muy a mi pesar, no pude hacer nada. Más tarde me arrepentí de no haber investigado antes mi sueño en el que veía cómo caía por los aires.

En los años próximos, me interesé en estudiar psicología y leí una y otra vez las teorías de Freud sobre los sueños y el inconsciente. Escribí un libro sobre el psicoanálisis y la hipnosis con la ayuda de un psicoanalista que conocí en un foro de autoayuda y con el que me cité varias veces para tomar algo mientras hablábamos sobre el tema.

El abogado que defendió a mi padre en aquel juicio fue suspendido de su trabajo y encarcelado. Se lo merecía. Aunque fuera mi propio padre quien le pagaba y a quien habría salvado de la cárcel de haber salido bien la jugada, se lo merecía.

El inspector Balada mandó en cuanto le dijo aquello el psicólogo a un equipo para registrar la casa de Míchel, pero nadie encontró nada, y el sospechoso juraba que no había robado esa maravilla, porque no era digno de registrarla a su nombre. Le costó sudores fríos hacer creer a los interrogadores que decía la verdad. La policía nunca encontró el libro que había escrito mi madre, y al principal sospechoso lo encarcelaron. Es posible que mantuviera una relación de generosa amistad con Esteban Suárez, no lo sé, pero en cualquier caso, no escapará de aquellas rejas.

A los años de haber heredado la empresa y la casa de mi padre, vendí la que había sido mía y de mi madre desde el momento de la separación, aunque me dolió, pero era evidente que ya no la necesitaba. Saqué algún que otro beneficio de la venta, y pude permitirme un buen coche, que es el que ahora tengo aparcado en la puerta de mi casa.

Después de todo el ánimo que me supuso haber adquirido un medio seguro de vida, sufrí una horrible depresión que me llevó a dejar de estudiar la psicología que tanto me había entusiasmado, y aparqué todos los libros de Freud y los apuntes de la facultad a un lado. Estefanía me ayudó muchísimo. Ella y el buen psicoanalista que me había ayudado a escribir aquellos libros. Es curioso como un psicólogo puede caer en una depresión, pero es así. La naturaleza humana, impredecible. Me recuperé y volví a estudiar, pero ya no quise volver a oír hablar de Freud, lo que causó cierto alboroto entre los lectores que buscaban entre mis líneas un medio para llegar a la felicidad. Terminé con la carrera de medicina y me especialicé en medicina forense, ayudando, aunque pocas veces, al inspector Juan Balada a resolver algún caso. Pero, pese a todo, trabajo no me faltó, y dinero tampoco. La empresa que heredé de mi padre continuó siendo mía, pero ya no quise seguir sus pasos y no tocaba nada en lo referente a su funcionamiento. Martín se hizo cargo de ello desde que decidí contratarle, y hoy tiene un salario más que respetable gracias a su aplicación.

Estefanía y yo tenemos ahora una niña que se llama Bárbara, de tres añitos, guapísima, como su madre, y estamos esperando un varón, al que tenemos pensado llamar Juan, en honor al inspector.

Hace unos meses iba comprando por unos grandes almacenes y contemplé algo que me dejó petrificado: en la estantería de novedades se encontraba el título más hermoso, más nostálgico, pero sin embargo más robado del mundo. Desde mi carro de la compra, y con mi hija montado en él, pude leer la portada de Memorias de una maltratada, por Emilio Benítez Muñoz.

Fui a la firma de libros de ese tal Emilio y lo reconocí al instante. Tenía una musculatura mucho más marcada, vestía traje de chaqueta y corbata, zapatos negros, camisa azul claro, le noté las lentillas de color verde que llevaba en sus ojos en origen marrones, tenía la dentadura perfecta, obviamente tras años de ortodoncia, y tenía la nariz y los labios recién operados.

Quise, por todos los medios posibles, desprenderme de esta idea de mi mente. Pero no lo logré, y por eso escribo esto. Ya no puedo decir nada sobre el caso, estaba cerrado y con Míchel y Esteban como culpables. Quizá no lo fueran.

Miré fijamente durante el momento de la firma de mi ejemplar al supuesto autor de la maravillosa obra de teatro. Intenté admitir que me había equivocado, y creedme porque lo hice con todas mis fuerzas. Pero era él.



Quizá no merezca la pena decir qué fue de Eduardo a partir de aquellos días. De todas formas, ya no es su vida parte de esta historia. Puede que algún día los que estamos aquí, detrás del papel, detrás de la pluma, seamos capaces de hablar del tema, pero para eso habrá que esperar, no se sabe si eternamente?

FIN

© Copyright 2007 de Jorge González Jurado. Todos los derechos reservados.

Lee este fragmento también aquí.

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Presagio (parte XVIII)

A partir de aquel día, Eduardo intimó profundamente con su amiga Estefanía, y en pocos meses, su intimidad llegó hasta tal punto, que se estrecharon entre sí en un abrazo sin fin revolcados sobre la cama que otrora había pertenecido a don Arnaldo y que ya era completamente propiedad de su hijo. De aquel abrazo surgió un amor incomparable que les llevó a utilizar toda la fortuna que el chico había heredado de su padre para decorar completamente la casa con un nuevo estilo, para contratar limpiadoras que se encargaran de quitar todo el polvo que originaban tantos muebles en una casa tan grande, y para trasladar, una vez cumplida la mayoría de edad, las pertenencias de Estefanía a la gran casa.

Desde entonces, vivieron juntos como pareja y acaecieron en su intimidad multitud de momentos maravillosos, de esos que llenan de alegría hasta al que escribe un pequeño relato, por insignificante que éste sea, como me llena de alegría ahora mismo el hecho de verlos acurrucados en la cama, bajo las mantas, rozando sus cuerpos y besándose en los más ocultos deseos.

Todo fue normal, todo aconteció como tenía que acontecer. Los dos jóvenes terminaron de estudiar en el instituto Manuel Fontana e iniciaron sus carreras. La vida de estudiante universitario siempre fue mejor. Tuvieron más tiempo para sí mismos, más cosas nuevas que contar, al ser cada uno de una rama diferente, más debates intelectuales que a Edu ya empezaban a inquietar, después de haber llevado una vida sin tertulias intelectuales. Siempre tuvieron hueco para ir de viajes en las breves vacaciones de navidad, para irse de fiesta cuando ello era lícito, es decir, cuando había motivos para hacerlo. En definitiva, una vida mejor que la que cabía esperar de un chico que acaba de perder a su madre y descubre en cuestión de semanas que su propio padre era el responsable de todas las injusticias cometidas.

No volvieron a contratar a ningún mayordomo, no les hacía falta porque disfrutaban aprendiendo cosas nuevas en la cocina, averiguando cómo hacer diferentes comidas, cocinando variedades distintas cada día. Fue una experimentación que les hizo felices y les ayudó a aprender mucho más que lo que hubiera sabido un buen cocinero.

Y por supuesto, Eduardo siempre tuvo a su cargo todas las ganancias que reportaban la empresa que había formado su padre desde sus inicios, y que ahora era una de las más ricas de su campo. Una empresa inmobiliaria a cargo de un chico de veinte años, una bomba de dinero en su bolsillo por el resto de su vida. Sólo tendría que aprender a manejar las cuentas, pero para eso, como le sobraban los fondos, contrató a alguien que de verdad supiera hacerlo. Se llamaba Martín, y enseguida tomó gran confianza con su jefe, tanta que iba a su casa a trabajar desde el ordenador portátil, y se quedaba con la pareja feliz a la hora del almuerzo. No obstante, nunca les faltó intimidad a los entonces dueños de la casa, y todo fue sobre ruedas.

(Continuará...)

Lee este fragmento también aquí.

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