Parece innegable la influencia de Faulkner en Cormac McCarthy, los dos americanos... los dos fantásticos escritores. Leyendo la carretera he visto claro el vínculo entre los dos en la manera de escribir, pero también en el espíritu. La historia de supervivencia del padre e hijo en un mundo devastado me recordaba constantemente esta cita de Faulkner.
No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de que se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena. William Faulkner. Las Palmeras Salvajes. De la traducción de J.L. Borges en la editorial Edhasa.
Y ese espíritu existencialista de la prevalencia de la sangre y la carne viva y palpitante es lo que me encanta de ellos. Puede que representen mundo apocalípticos, fríos, duros, desérticos, pero por encima de todo ello está la permanente lucha, constante y firme por la vida. Hay otros escritores y cineastas que representan también mundos oscuros, pero apenas contraponen imágenes de esperanza, cosa que me pasó con la novela La pianista de Jelinek y la versión cinematográfica de la misma de Haneke Un mundo unidireccional en el que solo prevalece la oscuridad no me vale; uno en el que sólo prevalece la alegría no es real; la conjunción de ambos, de luces y sombras, de desesperanza y esperanza es lo que aparece de forma magistral en esta novela.
Esta ha sido la primera obra del escritor estadounidense que ha pasado por mis manos; pero, tras haber disfrutado de forma tan intensa, sufriendo, alegrándome y emocionándome... prometo que no será la última. La trilogía de la frontera está en la mirilla de mis próximas lecturas y, a partir de hora, Cormac McCarthy pasa a formar parte del grupo de escritores a los que confieso profunda admiración; magos de las letras, defensores de la sangre y de la pura y palpitante vida; aunque, a veces, el único horizonte sea una carretera desierta, llena de polvo y ceniza.
Las prisas no son amigas del arte y generar hora y media de fotogramas al año no garantiza crear obras maestras. Vicky Cristina Barcelona da la impresión de ser una película no trabajada, poco pulida, sin el necesario proceso de fermentación y de afine que requiere toda obra de arte dispuesta a trascender. Esto es lo que eché de menos en esta película; el trabajo y la reflexión que si observé en otras películas de Allen, como en Match Point donde todo encaja como un perfecto reloj suizo.
Tampoco el argumento nos depara demasiadas sorpresas. La reflexión acerca de las oportunidades perdidas y las mujeres atrapadas en una realidad de la que quieren huir es algo llevado muchas veces al cine. No significa con ello que no pueda ser traído de nuevo y expuesto, pero, si se hace, debe ser como una botella de champán recién abierta, llena de vivaces y refrescantes burbujas. La relación triple planteada entre Johansson, Bardem y Cruz tampoco me sorprendió, pues ya había visto expuesta la situación en Jules et Jim de Truffaut con mayores virtudes y aciertos y seguro que esa tesitura ha sido expuesta en otras obras cuya referencia desconozco.
Hay veces que cuando el argumento o la dirección falla puede que el trabajo de los actores lo salve; ver por ejemplo El talento de Mr. Ripley con un impecable John Malkovich; pero, en este caso, el trío protagonista no nos deleita con una de sus mejores interpretaciones. Y, a riesgo de ser considerado antipatriota, para mí Penélope no merecía el Oscar. Quizás para mí lo único salvable sea el descubrimiento de Rebecca Hall, una actriz bella y glamourosa que mantiene mis esperanzas de que aparezca de nuevo alguna actriz tan maravillosa y elegante como Audrey Hepburn.
Una película demasiado empeñada en mostrar las virtudes turísticas de Barcelona y Oviedo; con aroma de inacabada al llegar la pantalla negra y los títulos; que puede deparar un rato agradable y divertido, sin sentimientos de haber perdido el tiempo, pero que puede también plantear la pequeña comezón de que hay mejores maneras de perderlo. Al que no tiene no hay que exigirle, pero al que tiene y lo ha demostrado hay que exigirle siempre el máximo... despierta Woody.
Todos los jueves voy a un taller de cuento. Ha sido la última de mis estrategias para obligarme a escribir, aunque dude muchas veces de que si colgara la pluma se perdiese algo. Normalmente las clases transcurren en la lectura y analísis de los cuentos que traemos los integrantes del taller, pero muchas veces se lanzan comentarios sobre libros y textos recomendables para leer, analizar y aprender. El último día cuando ibamos metiendo hojas y lápices en bolsos y bolsillos el profesor nos preguntó que cuántos de nosotros habíamos leído "En busca del tiempo perdido". Unas manos se levantaron y otras quedaron inmóviles y, tras esto, nuestro profesor nos dijo "Tenéis que leerlo, tenéis que leerlo en reclinatorio".
Hace ya algunos años que me adentré en la vasta obra de Proust, pero he de decir que todavía conservo frescas muchas de las imágenes y sensaciones que vi descritas en sus páginas. El otro día, mientras mi profesor decía lo del reclinatorio, pensé en cuanta razón tenía y que el libro del francés es una obra para adorar, una experiencia inigualable, única e irrepetible. Al citar el libro me dieron ganas de volver a saber de Charlus, de Swannn... perderme otra vez en esas páginas con la sensación de pertenecer a una religión secreta; la de pasear y deleitar los ojos recorriendo líneas de una novela de las que pocas veces se encuentran.
Alguien me dijo antes de comenzar a leer este libro que acabaría enamorado de Louki y no se equivocó. Quizás porque todos tenemos una Louki en nuestras vidas. Un personaje mágico y misterioso del que apenas tenemos detalles, pero que, sin embargo, con sólo nombrarlo o verlo nos envuelve y nos fascina.
Y así es esta novela, un carrusel de personajes atrapados y hechizados por el magnetismo de una joven misteriosa de la que página tras página van volcando sus recuerdos y la huella que dejo en sus vidas. Un joven estudiante silencioso que asiste todas las tardes al café Le condé para entre licores discutir sobre filosofía y literatura; un detective encargado de encontrarla y que decide dejarla marchar; Roland, su amante, que todavía recuerda aquel hotel en el que se debía haber quedado con ella para siempre; e inclusodentro de este calidoscopio de miradas está la propia Louki tan perdida y ofuscada ante su identidad como están los demás; errante y vagabunda en busca del sentido de su vida, como cuando paseaba por París mientras su madre trabajaba en el Moulin Rouge.
Patrick Modiano construye a través de toda serie de brillantes monólogos la personalidad de Louki consiguiendo un efecto totalmente hechizante. A base de pinceladas, como si se tratara de un impresionista, desvelando, sugiriendo, ocultando nos va vertiendo poco a poco, gota tras gota, el interés por Louki hasta acabar envenenándonos del todo. Louki aparece un día entre sombras y desaparece otra vez en ellas, hiriéndonos de la melancolía que puebla a todos los personajes de la novela. Louki acabará enamorando y hechizando a cada uno que lea esta novela? como a mí me pronosticaron un día.
Tengo un montón de reglas y manías en mi vida. Una de ellas es que no me gusta ir solo al cine. Pero las manías están para vencerlas y las reglas... para romperlas. Así que tentado por una de esas inexplicables mitomanías que todos tenemos me acerqué el otro día a ver la última película de Wong Kar Wai. Este director hongkonés paso a mi galería de imprescindibles desde su maravillosa In the mood for love, que tiene una secuencia genial de sus protagonistas en un bar diciéndose infinito, sin apenas palabras.
My blueberry nights es una película de mujeres. Mujeres buenas como Norah Jones, heridas por el desamor que tienen que hacer su particular odisea para regresar a Ítaca. Mujeres rompecorazones como Rachel Weisz que desean que sucedan cosas que luego se arrepienten. Mujeres tahúres y avasalladoras como Natalie Portman que parecen malas y que no lo son tanto. Y también es una película llena de buena música The story de Norah Jones y The greatest de Cat Power son sólo dos de las perlas que aderezan la ensalada de buena música que salpimienta toda la película. Y, por supuesto, es una película de detalles, detalles que me sorprendieron y encantaron, como el tarro de llaves que guarda Jude Law en el bar a la espera de que sus dueños vuelvan a por ellas; como ese resto de tarta que queda en los labios de Norah Jones y que luego desaparece.
Siendo frío y analítico debería de decir que My blueberry nights es una película que no acaba de funcionar como un todo completo, que hay historias potentes y vibrantes y otras que son pura gaseosa. Pero hay que reconocer un gran trabajo de actores con una sorprendente y debutante Norah Jones; una camaleónica y absolutamente fascinante Natalie Portman y un oficio cada vez más refinado de Jude Law y Rachel Weisz. Así que, por encima del puro y duro análisis, tengo que confesar que salí del cine encantado de haber pasado hora y media viendo la película; absolutamente hipnotizado y creyendo en el amor, pues, al fin y al cabo, a quién no le gustaría que le borraran de un beso los restos de tarta.
Vocean y dicen y repiten que la técnica nos regala tiempo. Yo voceo digo y repito que dudo y disiento, porque si nos dan un teléfono móvil en el que mirar los e-mails ¿Nos regalan tiempo o nos dan una cadena que llevar a casa? Porque desde la entrada del correo electrónico los lugares de trabajo decimos que todo va más rápido ¿Pero acaso no trabajamos las mismas horas o incluso más que la que trabajaron nuestros padres y abuelos? ¿Dónde está ese tiempo? que me lo digan que yo quiero encontrarlo, para masgartarlo tumbado en la hierba, en la playa, en la más alta de las montañas; que me lo digan porque si lo hay el sol, los parques, las playas, la luna, la noche y la madrugada estarán felices de que lo compartamos de nuevo con ellos.
Y es así que el hombre superpone e inventa cadenas nuevas e incluso pide amarrarlas a sus pies y manos, porque estoy cansado de ver la sonrisa de áquel que su empresa le regala un portátil, porque estoy cansado de que me digan que ojalá le diera su jefe un teléfono para poder mirar los e-mails en casa. Cada vez más esclavos y lo que es peor suplicantes de esa esclavitud. Y de esta batalla por el tiempo un único ganador: la empresa, que puede hacer lo mismo con una en vez de dos personas, que puede entregar en dos semanas lo que antes un mes. Así somos no escarmentamos a pesar de que el mago Cortázar ya nos lo advirtiera hace tiempo, pero han pasado los días, los años y otros inventos han ido superponiéndose? sin que nosotros aprendamos que cuando nos regalan un reloj? te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire.
Para Lulú. Berlín puede ser un buen lugar para una mujer infinita. Llegué de Berlín hace dos días y empiezo a asumir que la serpiente infinita que te engulle todas las mañanas en el metro y que te devuelve de su boca cansado y exhausto por la noche es la realidad que me espera después de estás tres semanas en tierras alemanas. Ya las maletas están deshechas y Berlín que hasta hace poco era el lugar de mis segundos, minutos y horas es ahora parte de mis recuerdos.
Madrid y Berlín apenas se diferencian en el número de habitantes, pero quizás por la extensión, la manera de ser de la gente, el clima... se convierten en ciudades distantes y nada parejas. Probablemente lo que más me gustó de Berlín es esa resistencia a tener que vivir deprisa. Berlín conserva el ritmo pausado que París, Londres, Madrid... ya olvidaron. Puedes sentarte en un café y calentar tus manos en la tazá, beber de él a sorbitos, undir la cuchara en la espuma del capuccino, porque nadie ni nada te obliga a hacerlo más rápido, porque no ves a tu alrededor caras angustiadas por las prisas o el cansancio.
Berlín decidió no vivir deprisa, poder ir a cualquier lado en bicicleta y pensar que es mejor estar peladeando, con el viento corriendo por tu cara que metido en un coche en pleno atasco. Puede que los berlineses no hayan olvidado que una tarde tumbado en el césped mirando al cielo pueda ser la tarde mejor aprovechada del mundo. Puede que todavía sepan llenar los momentos de cosas importantes y no llenarlos de todo y de nada. Puede que crean que bañarse una tarde en el Bandsee sea mejor que llegar a casa con las manos llenas de bolsas. Quizás me equivoque, todos miramos las cosas desde nuestros ojos, nuestras ideas, nuestros prejuicios, pero Berlín, la ciudad en la que puedes vestir y vivir como quieras, lleno mis ojos, mis oidos, mi mente de imágenes, sonidos y recuerdos que permaneceran en mí toda la vida. Lástima que se cierna la amenaza de que lo que los rascacielos que se ven en Postdamer Platz acaben engullendo al resto, lástima que está ciudad esté bajo cero en invierno.
Veintinueve años Una profesión la ingeniería y una pasión las letras, el arte. Última parada en Madrid, pero no sé si dejaré aquí las maletas o será el comienzo de un viaje hasta dejar el equipaje con el cuero gastado, lleno de pegatinas.