Hoy la melancolía me embarga, amenazando con invadir cada milímetro de mi ser. La tristeza provocada por el recuerdo de tantos momentos felices vividos a su lado, la evocación de un tiempo que se nos fue, ¿acaso para siempre? La sensación de que nada de todo aquello y el estado de felicidad que provocaba en mí volverán nunca más. Y si es imposible de recuperar ¿por qué lo es también relegarlo al olvido? Al menos no recordar traería a mí el consuelo de no tener que añorar todo aquello que se ha perdido.
¿Cual es la solución para todo esto? Sé que así no puedo seguir mucho más tiempo...
Hoy para variar, os voy a dejar una canción. Y es que después de millones de notas musicales, creo poder afirmar sin mucho margen de error, que esta es la canción de mi vida. Como conocerla la conoceréis de sobra, espero que os guste y la disfrutéis.
Hoy dejaré que el viento se lleve mis letras, que las arrastre desordenadas, ante la incertidumbre de un tiempo que se escapa entre mis dedos, hasta acabar deshaciéndose en trocitos de nada. Dejaré que la lluvia de mis ojos desdibuje el infinito de tus versos, ríos de tinta buscando la mar, que calma los espera para mecerlos como pétalos suicidas. Fue cuando murieron las estrellas que me di cuenta que la luna me había abandonado mientras danzaba sobre los vértices de la locura.
Hoy que la tristeza campa a sus anchas por los campos yermos de mis esperanzas, la transgresión de las horas, arañando las paredes de la consciencia, con las uñas llenas de cal y la garganta vacía de gritos, me devuelve la certeza de un atardecer teñido de añil melancolía. Esta noche que me encuentro más frágil que nunca, mis ojos destilan una gota de vacío que se pierde, como lágrimas en la lluvia buscando la profundidad de tu mirada.
Pesa sobre mí la vulnerable tristeza de un momento perdido, y mientras mi ánimo desciende hasta los sótanos de un dolor escondido entre las sombras, el murmullo de tu voz se apaga en un adiós no pronunciado. Somos como almas perdidas en la penumbra de la desolación, mientras la noche en forma de ausencia cae repentinamente sobre nosotros. No quiero almacenar lejanías de las que arrepentirme, quisiera retener nuestra historia en la medialuna de una sonrisa apenas esbozada.
Pero me voy, sabiendo que una nueva tristeza me aguarda tras cada esquina, dejaré huérfanos los silencios y se quedarán sin palabras las soledades, mientras el eco de mis pisadas retumba sobre el asfalto mojado.
¿Dónde quedaron aquellos tiempos en que mi corazón bebía de los versos que se derramaban de tus labios? Aquellos en que, embargados de una locura que nos transportaba a mundos de ensueño, donde sólo moraban nuestras ilusiones, nos apropiábamos de un tiempo que no nos pertenecía. Lloro su ausencia, y aunque en mis cuencas gastadas se quede prendida la última lágrima no derramada, mi corazón maltrecho grita tu nombre, intentando retener en la memoria del holocausto consumado la evocación de aquella felicidad, para que venga presta a restañar las heridas que provoca en mí su infausto recuerdo.
Me quedo prisionero de tantos y tantos momentos compartidos, cuando el amor se desbordaba como torrente incontenible, y al son de aquella canción, acunados por el pálido reflejo del astro lunar, bailábamos desnudos la danza del amor eterno. Eterno, palabra insondable de profundidad inasible, que viene a golpearme con la impiedad de la cruel realidad de dos estrellas cuya fugacidad se apaga lentamente en el firmamento.
Pero me resisto a pensar que todo pueda quedar en nada, como si lo vivido hasta aquí fuera suficiente, y nunca lo fue, no para nosotros, porque la llama que prendió alumbrará por siempre los recovecos más ocultos de nuestras almas, aquellos a los que sólo nosotros tuvimos acceso, aquellos que nos entregamos el uno al otro con devoción absoluta, con la devoción de un amor que por peregrino fue mucho más fuerte, que por incierto nos unió como sólo dos locos serían capaces de comprender.
Dos locos enamorados, como tú, como yo, y hoy, que me asomo al filo del abismo y sólo la bruma se abre bajo mis pies, quisiera creer que como aquella sinfonía, la inmortalidad se apoderará de nosotros, de nuestro amor, de todo lo que nos une, para elevarnos por encima del tiempo y del espacio, reencontrarnos en algún punto del cielo a mil pies de altura, y volar, volar juntos, libres, eternamente?
Ojalá mis palabras Tuvieran el poder de Alzar el vuelo y llegar hasta tu Isla.
Necesito un buen verso, que me salve de la monotonía de esta tarde de grises en que ríos de ron se desbordan por mi garganta y la música suena sin cesar; ?destinos cruzados?. Un verso brillante que detenga a medio camino la gota que cae sobre mi cabeza de manera insistente, y la deje flotando en el aire, ausente de gravedad, inasible. Un verso que suponga la salvación cuando la ropa empapada, que contiene el peso de los años, tira de mí hacia la nada. Y al fondo, lejana, sigue sonando aquella trompeta que nos avisa del fin del mundo. Necesito un verso que me rescate de lo irremediablemente cotidiano, que me devuelva la fugacidad de un gesto, la complicidad de una mirada ofrecida desinteresadamente, cálida, promesa de mil sueños, levitando lejos de este orbe que nos aplasta contra el suelo. Un verso sí, pero no cualquier verso, el verso aquel olvidado en el tiempo, de aquella línea sacada de contexto. Un verso que no sirva de arma arrojadiza. Necesito un verso pero nacido de tus labios, cuando al atardecer el sol se baña en estas aguas y a lo lejos, la luna deja intuir su presencia.
El frío intenso de la madrugada se clava en su cuerpo desnudo como miles de estalactitas, erizando su piel. Le gusta aquella sensación sintiendo despertar cada terminación nerviosa de su cuerpo, le hace sentir vivo.
Pero no puede resistirlo mucho tiempo y busca refugio en el interior, traspasando las cortinas del balcón que no dejan de mecerse, como frontera de un amanecer que entre reflejos plateados se despereza lentamente.
En la penumbra de la habitación busca con su mirada el cuerpo de Rocío, que yace desmadejado sobre la cama. Su amada, su esposa, su templo. No puede dejar de venerarla, como el artista venera su más excelsa obra de arte. Eso es, su obra, como él lo es de ella, porque ambos se reinventaron el día que se conocieron, la primera noche que con dedos afiebrados de deseo moldearon sus cuerpos, como el alfarero moldea el barro en su torno hasta encontrar la forma perfecta, y supieron que nunca más podrían vivir el uno sin el otro.
Se acerca, le gusta contemplar su cuerpo desnudo en albas como aquel, después de noches de pasión, con el perfume embriagador de sus besos aún prendido de su labios. Su pelo dorado, alborotado, desparramado sobre la almohada, dibujando mil formas imposibles. Su frente. Sus ojos, tras cuyos párpados se esconden las dos estrellas más hermosas del firmamento, su estrella.
Su cuello de cisne fino y delicado, la redondez que dibujan sus hombros, tiene que hacer un esfuerzo para contenerse y no acariciarlos con sus labios. Sus pechos firmes, que se agitan de forma acompasada al ritmo entrecortado de su respiración. Su vientre terso y suave por el que tantas y tantas veces se ha perdido, deseando no encontrarse nunca más, deseando hacer de aquel cuerpo su morada.
El edén más prohibido que se esconde entre sus piernas, promesa de mil placeres eternos. La forma bien delimitada de sus muslos y sus pies pequeños que tanto le gusta acariciar.
El frío lo abandona y no puede evitar que una oleada irreprimible de deseo se apodere de él, de forma poderosa, urgiéndole a buscarla. Acaricia con su lengua aquellos pies, los recorre, sube por sus piernas, por la parte interna de sus muslos, apenas rozándolos, hasta llegar a su sexo y acariciarlo con veneración con su lengua. Ella deja escapar un gemido entrecortado, sin despertarse pero consciente de que su amado la reclama, y se entreabre para recibirlo, en el más dulce de los duermevelas.
Una vez más el milagro del amor, de la pasión, del deseo más desbordado mientras se aman entre las sábanas con la desesperación de la primera vez. Y un pensamiento que se abre paso con fuerza en su interior, la certeza insoslayable de haber nacido para amarla.
Javier regresaba a paso lento y cansado de su paseo por el parque. A sus ochenta años, la fuerza que años atrás había llenado de vigor todos los músculos de su cuerpo hacía bastante ya que lo había abandonado. Ahora salir de casa y obligar a sus cansadas piernas a avanzar dando un paso tras otro ya era toda una batalla, de la que sabía que cualquier día comenzaría a ser derrotado. De pelo blanco, enjuto, un poco encorvado sobre si mismo, ofrecía la misma imagen que tantos y tantos ancianos, aunque el nunca había imaginado esta palabra refiriéndose a si mismo. Es curioso, pensaba mientras caminaba, como vemos a los demás envejecer a nuestro alrededor y sin embargo nuestra mente se niega a pensar que a nosotros ese proceso cruel y amargo nos está afectando del mismo modo que a todos, es como si nos consideráramos a salvo y viéramos el mundo detrás de una pantalla.
Al doblar la esquina de su calle, creyó vislumbrar una figura plantada delante de la puerta de su casa, a aquella distancia no podía distinguir aún si se traba de alguien conocido, nada escapaba al proceso y la vista como tantas otras de sus facultades, lo había ido abandonado poco a poco, sin sus gafas se sentía totalmente perdido, pero por culpa de un último atisbo de vanidad se negaba a ponérselas para ir al parque, donde se reunía cada mañana con los ya escasos amigos que el cruel abrazo de la noche eterna no había arrancado aún de su lado.
Al aproximarse, su corazón se llenó de gozo y en su semblante apareció un gesto de infinito amor y ternura, era Rosa quien lo estaba esperando allí, su amada Rosa, su esposa.
- Hola cariño ¿era hoy cuando regresabas de casa de tu hermana?, no lo recuerdo bien, esta maldita memoria ya sabes. ¿Pero qué haces aquí esperando, te olvidaste las llaves?, vamos dentro mi vida la mañana está fresca y ya sabes que eso no te conviene nada.
La casa la habían comprado unos cuarenta años atrás ¿o eran cincuenta?, no lo recordaba bien, aunque sí, había sido justo tras el nacimiento de Cristina su hija menor, así que debía hacer......bueno ¿Cristina tenía cuarenta y siete o eran cuarenta y cuatro?, en realidad daba igual, hacía muchos años que habían comprado aquella casa y a pesar de las sucesivas reformas que se le habían ido haciendo con el transcurso de los años no dejaba de tener ya el aspecto de una casa vieja, pensó con una melancólica sonrisa en su gesto ¿quedaba algo en sus vidas que no fuera ya viejo?.
- Debes estar cansada del viaje mi amor, siéntate en el sofá mientras yo preparo unas tazas de café y ahora me lo cuentas todo.
Se dirigió a la cocina con su paso cansado y se dispuso a cumplir con el ritual de preparar café. Como buen adicto al café era muy quisquilloso con su preparación así que hacía muchos años que había decidido prepararlo él mismo. El café, como todo en la vida, debía estar justo en su punto, aromático, ni demasiado fuerte ni demasiado suave, ni muy caliente ni templado, ni muy dulce ni excesivamente amargo.
Regresó al salón con las dos tazas en las manos, las depositó sobre la mesa camilla y se sentó en su butacón preferido. Casi por instinto, en un acto reflejo estuvo a punto de encender la televisión, pero decidió no hacerlo para poder charlar tranquilamente con su esposa.
- Te he echado tanto de menos estos días. Cuando me dijiste de visitar a tu hermana ya sabía lo solo que me iba a sentir sin ti, pero no quise convencerte para que no te marcharas. Sí, están los niños claro, pero ellos andan siempre demasiado ocupados con sus vidas y aunque Cristina ha venido todos los días a verme eso no hace que haya dejado de pensar en ti ni un solo segundo. Que buena es Cristina, me alegro tanto de que haya encontrado a un hombre tan honrado y trabajador como.....¿se llama Jose Luis verdad?, creo que de los tres es la más cariñosa de todos, siempre lo fue. Elena también es muy buena chica claro que si, pero francamente, hasta le agradezco que no venga tanto, porque esos dos diablillos que tiene por hijos son insoportables, quizás sea por la edad no te digo que no, pero prefiero verlos solo de vez en cuando. Ya ya, sé que son nuestros nietos y que no debería decir estas cosas pero es que con la vejez uno se vuelve un poco egoísta, y solo necesita paz y tranquilidad. De todas formas el que me preocupa de verdad es Enrique ya lo sabes, ese chico desde lo de su divorcio me tiene en un sinvivir. Nunca fue muy alegre eso hay que reconocerlo, pero ahora está tan apático, tan metido en su mundo, hay tanta tristeza reflejada en sus ojos. No sé si nos equivocamos en su educación, en lugar de protegerlo y mimarlo tanto por lo de su enfermedad infantil deberíamos haberlo preparado para esta vida que tantos y tantos sinsabores nos tiene reservados. Lo cierto es que estar sin ti se me ha hecho eterno, te amo tanto, te necesito tanto. Que triste es despertarse y no verte a mi lado, no oler tu perfume y no poder darte un beso cuando salgo a dar mi paseo por el parque. No encontrarte al regresar y tener que comer solo, no tener tu compañía ni el calor de tus palabras, tus miradas, todo ese cariño que me das, que me has regalado durante toda la vida. Que vacía está la casa sin tu presencia, que profundos se hacen los silencios. Siempre pensé que la soledad era un regalo de privilegiados cuando es escogida por uno mismo, pero cuando esa sensación te viene impuesta, puede convertirse en todo un tormento para el corazón, y este corazón está ya demasiado cansado como para tener que soportar tu ausencia. Creo que con el paso de los años me he vuelto un sensiblero pero no sabes cuanto te necesito, no podría vivir sin ti, no sabes cuanto te quiero. Gracias a Dios ya estás aquí y la próxima vez que decidas visitar a tu hermana decidiré acompañarte, aunque no soporte al tozudo de su marido, cualquier cosa antes que volver a separarnos. Bueno ahora cuéntame tu como ha ido todo porque ya me conoces, empiezo a hablar y no paro, siempre ha sido ese mi defecto, he sido demasiado charlatán. Cuéntame antes de que me duerma, no sé que me pasa, pero ya sabes que últimamente me quedo dormido sin darme apenas cuenta.
Cristina abrió con su propia llave la puerta de la casa, al entrar le pareció extraño no escuchar el sonido de la televisión, su padre era muy adicto y aunque estuviera durmiendo o leyendo el periódico, siempre solía tener encendido el televisor. Entró en el salón, su padre estaba sentado en el butacón, como de costumbre se había quedado plácidamente dormido, se acercó y vio que sostenía algo entre sus manos. Como solía hacer se inclinó y le susurró al oído ?hola papá, tu princesita está aquí?. Inmediatamente notó lo fría que estaba la cara de su padre, asustada buscó el latido de su corazón.....y no pudo encontrarlo. Dos lágrimas escaparon de sus ojos y comenzaron a resbalar por sus mejillas, sobre la mesa había dos tazas de café, una de ella aún estaba llena, y entre las manos de su padre, aferrado contra su pecho, estaba el marco con la fotografía de mamá, muerta doce años antes.
Llorando abrazó la cabeza de su padre contra su pecho y susurró
- descansa papá, siempre has estado con ella, nos dejaste el mismo día que ella murió, seguíamos teniéndote aquí pero en realidad estabas muy lejos, a su lado, y ahora por fin volvéis a estar juntos en cuerpo y alma, dile que la quiero mucho.