Érase una vez un joven, ambicioso y resuelto. Buscaba la verdad y la forma de cambiar un mundo que se le antojaba injusto y anticuado. Por más que iba preguntando a gente ilustrada no daba con la clave de las pautas de vida adecuadas. Unos lo cifraban en las riquezas, otros en la clase social, otros en el cargo que ocupabas, aquellos en el poder que tenías, éstos en la gente que te seguía.
Después de haber consultado muchas mentes, decidió ir a buscar a otro lado. Nadie le decía nada que el no hubiera supuesto. Pero cambiar el mundo con métodos que lo dejaban como estaban pues no era el camino.
Un amigo le dijo que en unas montañas lejanas habitaba un sabio. No se había ido allí por placer. Debido a su gran sabiduría, muchos eran los enemigos que querían verlo muerto. Así que se retiró a las montañas. De esa manera no llamaba la atención y se quitaba de en medio antes de que alguien lo hiciera por otros métodos más violentos.
Nuestro amigo se puso en camino y, tras diversas aventuras y peripecias logró dar con la casa del sabio. Era casi un palacio, pero un palacio natural, pues era una cueva que tenía como varias habitaciones. En ellas el sabio guardaba todos sus libros y sus artilugios para observar la naturaleza y a los hombres.
El joven se presentó resuelto al sabio. Diciendo que iba a cambiar el mundo. El sabio lo miró de arriba abajo y le dijo, en primer lugar ¿Estás dispuesto a cambiar tú? Nuestro amigo se asombró e incluso se molestó ¿Por qué tenía que cambiar?
El maestro le dijo: -Antes de cambiar algo debemos cambiar nosotros. Si no haremos las cosas como antes y nada habrá variado. El joven dijo: -Bien ¿En que debo cambiar?
- Primero tienes que averiguar si realmente quieres cambiar el mundo o hacer un mundo a tu medida. Me refiero a que si en verdad lo que quieres es que este planeta pase de ser gobernado por unos tiranos para ser sustituidos por otros (entre lo que quizás te encuentres tú) O lo que quieres es un mundo ideal, ahí me refiero a que quieres algo que es muy improbable que se produzca enseguida, por lo que tu morirás antes de que cambie y quizá te sientas frustrado por ello.
-Para ello tienes primero que cambiar, en el sentido de purificar tu alma, tu espíritu, tu mente o como quieras llamarlo. Desechando lo anterior y dando lugar a una imparcialidad que es muy difícil de conseguir (todos tenemos prejuicios) Así puedes “intentar” cambiar la faz de la Tierra, pero no te aseguro que lo consigas. Muchos otros y otras lo han ensayado y no lo han conseguido (incluso han perecido en el intento parte de ellos y ellas)
-No creas que existe una fórmula mágica. La magia solo existe en nuestro cerebro. Cuando pensamos que algo es mágico lo es. De ahí que la gente piense que los milagros existen. Si estás convencido de que algo se ha producido milagrosamente o por magia, bastará eso para que creas en los milagros o en los magos.
-Pero –protestó el joven- ¿Entonces no es posible cambiar el orden establecido?
-Sí –contestó el sabio- pero habría, no solo que cambiar el mundo en sí, sino educar a todas las personas desde pequeñas en valores e ideas que no son muy aceptadas. Ni entre los gobernantes, ni entre el pueblo llano.
-¿Y cuáles son esos valores e ideas?
-Bien –contestó el sabio- habría que pasar muchas jornadas para explicarlo. Pero lo sintetizaré en unas ideas:
* Primero: El bienestar se basa en la felicidad. Se tiene que buscar la felicidad, pero no imponerla. Es decir, ser uno feliz y contagiarla a los demás.
* Segundo: Escuchar. Hay que conseguir que nuestro discurso no sea un monólogo en el que los demás no tengan participación. Hay que escuchar y tener en cuenta cualquier opinión, aunque nos desagrade.
*Tercero: Lo que la mayoría dice no tiene por que ser lo más adecuado. No me refiero a que las minorías tomen las decisiones, sino que deben consensuarse (no imponerse por una determinada mayoría) unas normas generales y consultarlas cuando se considere que puede haber un abuso por parte de la parte mayoritaria.
*Cuarto: Si hay que imponer sanciones, no buscar escarmentar al que ha cometido la infracción. Lo mejor es hacerle ver el daño que ha cometido e incluso mostrarle las consecuencias de su acción. Si no se arrepiente, incluso con eso, aplicar las normas que se hayan dispuesto, sin ensañarse.
*Quinto: Las normas no son infalibles. Hay que considerar que una ley puede estar equivocada o, incluso, desfasada. Por muy importante que sea una ley o por mucha tradición que tenga, se debe pensar que las leyes están a nuestro servicio y no nosotros al servicio de la Ley.
*Sexto: El primer enemigo de una buena convivencia es el egoísmo. Si, por cualquier circunstancia pensamos que lo nuestro (nuestras ideas, nuestros intereses, nuestro comportamiento) está antes que lo de los demás, no habrá convivencia. No está ni antes ni después. Como he dicho antes, se debe escuchar y luego decidir lo que es más conveniente.
*Séptimo: Reconocer los errores. Esto es muy importante. Si algo no has hecho bien, no porfíes en ello. Rectifica y vuelve a empezar, escuchando incluso a los que te critican.
*Octavo: Cuando corrijas a los demás hazlo teniendo en cuenta lo anterior, que tu también cometes errores.
* Y Noveno: Si quieres que todos estén en paz, entre ellos y contigo, mantén tu también una paz interior. Esto se consigue mediante el equilibrio mental y no siendo contradictorio (sobre todo) con lo que dices que tienen que hacer los demás. Si predicas una cosa y haces otra, pocos creerán en ti.
El joven se quedó un poco pensativo, pero luego dijo: -Todo eso es muy deseable, pero muy difícil de llevar a cabo. No sé quizá el mundo es como es y cambiarlo es tarea imposible.
Y el sabio sonrió y le dijo al joven: “El deseo y la realidad pueden ser diferentes, de ti depende que sean equivalentes”
-El sabio añadió –Yo quise cambiar el mundo y aquí me tienes, desterrado, odiado y perseguido. Pero no he desistido de cambiarlo, como ves, tú me has pedido consejo y no te lo he negado. Quizá yo ya soy viejo y achacoso. Pero tú eres joven y decidido. Si lo intentas y cambia habrás logrado tu propósito, aunque el cambio se produzca en siglos. Si no lo consigues, por lo menos lo habrás intentado. Lo dijo algún sabio: “Nunca sabrás si podrás conseguirlo si antes no lo has intentado”.
El joven se fue, cabizbajo y pensativo. Y probablemente dejaría el mundo como estaba. El sabio, a lo pocos días fue apresado por los mandatarios cercanos. Condenado a muerte por disidente y ejecutado. El mundo se resistía a cambiar y la gente se conformaba con lo que tenía, fuera bueno o malo.
Pero quedaban muchos jóvenes y algunos sabios que pensaban que el cambio era posible y quizá lo intentarían algunos de ellos. Y un lema se alzó entre todos ellos para conseguir que la felicidad fuera posible:
“El mundo en sí no puede cambiar, quienes debemos cambiar somos las personas y nuestras actitudes”
Érase una vez un Príncipe que reinaba en el reino de la Armonía. Gobernaba muy bien el destino de su pueblo. Como la monarquía era electiva no se preocupaba por tener descendencia pues elegirían a cualquier otro cuando él muriera. Estaba demasiado enfrascado en las tareas de Gobierno como para ocuparse de buscar esposa. Además no le agradaba la idea de tener hijos, pues le distraerían igualmente de sus ocupaciones gubernamentales.
Pasaba el tiempo y el reino era próspero y feliz. Sus habitantes veían poco normal que su Príncipe no tuviera compañera, pero eso lo compensaba su buen talante como administrador. Tenían todo lo necesario para ser el reino ideal… menos una Princesa.
Vino un Rey de un país lejano a visitar al Príncipe. Le venía a proponer una alianza de ambos reinos para intercambiar productos comerciales y también de acercar sus culturas, aportando maestros y sabios recíprocamente un reino al otro. Con él iba su hija, una chica bastante guapa, pero que no había querido casarse con ninguno de los pretendientes que le sugería su padre.
Cuando lo recibió el Príncipe, el Rey le preguntó que donde estaba su esposa, pues le agradaría saludarla. Le contestó que no tenía esposa. El Rey lo consideró extraño y le preguntó que porqué era que sucedía esto. El Príncipe le dijo que no consideraba necesario tenerla y que sus asuntos de Estado eran más importantes que tener una familia.
El Rey sonrió, le dijo que él tenía una hija que pensaba más o menos lo mismo. Pues no quería casarse y vivía independiente sin preocuparse de ningún pretendiente. Al Príncipe le agradó que hubiera alguien que pensara como él, y además de sangre real. Le dijo al Rey que le gustaría conocer a su hija para compartir con ella sus pensamientos.
El Rey pensaba que solo era una treta de un Príncipe que seguramente sería un conquistador empedernido y por eso no necesitaba esposa. Pero accedió a que su hija hablara con él, pues nada perdía, ya que ella tampoco quería casarse.
La Princesa se reunió con el Príncipe y hablaron durante horas. Tenían tanto en común que, cuando se despidieron, el Príncipe le dijo a su padre que si venían de nuevo lo acompañara la Princesa, pues le agradaba mucho su conversación.
Volvieron y siguieron intercambiando pareceres. En una ocasión que partían varios mercaderes con género para el Reino de la Princesa y el Rey, el príncipe los acompañó. Esta vez era distinto, de tanto escuchar a la Princesa ya no sólo le interesaba su voz y sus vivencias, ahora la miraba a los ojos, observaba su figura y soñaba con acariciar ese pelo sedoso y largo.
Poco a poco, el Príncipe se fue enamorando perdidamente de la Princesa. Y se lo hizo saber. Ella, al principio le dijo que seguía en su determinación de no casarse. Pero era una treta para saber si verdaderamente el Príncipe estaba interesado en ella. El Príncipe no se resignó, le mandó un regalo con una carta en la que le explicaba todo lo que sentía por ella. Y le pedía, por lo menos, que le prestara atención, que si luego no quería que se relacionaran, él lo entendería y la dejaría en paz. Pues ante todo quería que ella fuera feliz, aún a costa de la infelicidad del Príncipe.
La contestación de la Princesa fue que se reunieran en el Palacio de Invierno del Rey y allí, en un jardín bellísimo, los dos se juraron amor eterno. Eran iguales en cuanto a sus ideales, pero también eran afines sus dos corazones, que sintonizaron desde el primer momento.
Se casarón ante el alborozo de los ciudadanos de uno y otro reino. Y no, no vivieron felices y comieron perdices. Sino que unieron sus destinos en el amor y su existencia fue dichosa y placentera. Sus reinos florecieron como cerezos en primavera. Y así acaba el cuento de un príncipe solitario que encontró en una princesa su mejor compañía.
“El amor puede esperarte en cualquier lado, pues en el mundo nunca estamos solos”
Soy un aspirante a estudioso renacentista. Pero un mal aspirante, me interesa todo lo relacionado con la cultura y la ciencia. Escribo, muy a mi pesar, peor de lo que debería, pero a escribir se aprende escribiendo y en ello me afano.
Me gusta el deporte, la naturaleza, leer, escribir, la música, el arte en general. También soy fotógrafo e historiador del derecho (Edad Media). Y trato de ser mejor como jurista que, sin menospreciarme, como persona. Me interesa todo lo escrito y lo gráfico. Soy un devorador de libros, revistas, trípticos y hasta de anuncios por palabras. Y trato de devolver lo mucho que me aporta la lectura con mi escritura, a veces torpe, a veces voluntarista.
Leed, es bueno para el alma y escribir es bueno para la gimnasia de la mente.
Juglar Apócrifo