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Ventana indiscreta


La fuerza del destino



El terapeuta acaba de decirme que mi estancia en el centro psiquiátrico ha sido un éxito.

- Con estas pastillas y la terapia semanal todo aquello, con el tiempo, te parecerá una tontería.

Al salir de la consulta me vine al parque  a sentarme un rato en un banco. Entonces oigo una voz al otro lado del seto. No lo veo, pero sé que es él: soy consciente de que los electroshoks, las pastillas y la terapia no han servido de nada. Qué alivio.


Esta voz me vuelve loca, lo sé, pero entre estar loca y estar muerta prefiero la locura. Ya me arreglaré para que no me atrapen los hombres  de la ambulancia.

Todo empezó cuando yo trabajaba en una línea telefónica para informar sobre el tiempo. Este hombre, que ahora escucho al otro lado del seto, llamaba todos los días a la misma hora. Yo le contestaba, por ejemplo:

-Muy nuboso, tendencia tormentosa. Temperatura:33ºC.

Pero hubiera querido contestarle:

-Te vendo mi alma a cambio de tu voz.

 El tono de su voz  era suave como el terciopelo pero me desataba una pasión huracanada.

 Y me imaginaba dando vueltas con él sobre un campo de amapolas, rodando, rodando: mi mundo se convirtió en un campo de amapolas, lo demás dejó de interesarme. Fue entonces cuando me llevaron al manicomio.

Ahora sé que aquel hombre está a poca distancia de mí, hablando con alguien que tiene un voz extraña. Me subo al banco y veo que está hablando de los sanfermines con un loro.

Ando el camino que me separa de él y le doy la información meterereológica para las próximas veinticuatro horas. Luego, sin previo aviso (...) empezamos a besarnos. Después de eso, me resulta difícil hablar de lo que sucedió. Estas cosas tienen poco que ver con las palabras, tan poco, en realidad, que casi parece inútil tratar de expresarlas. En todo caso, diría que estábamos cayendo el uno en el otro, cayendo tan rápido y tan lejos que nada podía pararnos. De nuevo, recurro a la metáfora. Pero probablemente no se trata de eso. Porque que pueda o no pueda hablar de ello no cambia la verdad de lo que sucedió. El hecho es que nunca hubo un beso igual, y dudo que en toda mi vida vuelva a haber un beso igual.

Cuando nos separamos veo que el loro me mira a los ojos con ganas de arrancámelos. Hasta ahora nunca creí en la transmigración de las almas pero, por si acaso, voy preparada; el destino ha apostado por nosotros y  no consentiré que nadie nos separe por muchas vidas  que haya tenido antes

Las madres siempre tienen razón: la mía decía que yo era de armas tomar. 



(Le he pedido a Paul Auster si me presta las palabras en cursiva. Ha dicho que sí, entre colegas...)

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Querida Lantier (II)

Querida Lantier:


El cartero te hizo prometer que no abrirías las cartas tú. Tú y yo no somos la misma persona, aunque sí la misma alcachofa, y eso no es lo mismo. Pero dejemos la teología para otro momento y ciñámonos al tema: ¿no puedes bajar a tomar otro café y dejar la puerta abierta, como sin darte cuenta? Sabes que no tengo ni pizca de palabra y que soy esencialmente indiscreta. ¿Puede reprocharte algo el cartero si las abro yo? Incluso estoy dispuesta a que le digas que al llegar de tomar café me sorprendiste leyendo las cartas de esta guisa: mordiéndome un poco la lengua y sacándola hacia arriba en dirección a la comisura derecha; y con una tira de papel blanco en la mano para poner debajo de las líneas, porque si no me saltan. Me cuesta mucho leer, Lantier, ya lo sabes y tengo que agradecerte que me estimules tanto a hacerlo pues no hubo psicólogo ni pedagogo que lo haya conseguido; claro que ellos no eran magos. Por eso, reina, déjame leer a mí las cartas, hazlo por mi bien.


¿Qué puede pasarme a mí, qué el cartero me eche la bronca? Pero si no he hecho otra cosa en mi vida que tragarme broncas; para mayor abundancia: si no me echan broncas siento que me apago. ¡Aquellos tiempos felices en que babo nos borraba los comentarios...! Ahora también es terrible  que no conteste, pero no es igual que aquel dolor intenso, aquella nostalgia insoportable de nuestros comentario borrados... No sé si te habrá llegado una ráfaga de aire; he sido yo, se me ha escapado un suspiro que ha hecho volar las cortinas. ¡Lo tengo! Les voy a pedir a los chinos que me traigan unas cortinas con globos de colores subiendo por los aires, ¿a dónde irán a parar los globos de colores que se escapan, tesoret?


Espero que tú sepas centrar un poco el tema porque ya te comenté en otras ocasiones que tengo baja inhibición latente y lo flipo un poco. Y también cuenta eso de tener hipertrofia del alma; Galicia también es Europa, querido Kundera, y tengo el mismo derecho que el resto de los europeos a estar hipertrofiada. Y sin embargo tengo hipotensión... pero creo que esto es otro tema y prefiero no dejarme llevar por la senda de lo prefijos, a pesar de mi afición por todo lo relacionado con la lengua.


Para que vayas buscando alguna pista te haré unas preguntas (no creas que no siento miedo porque a Sócrates le mandaron beber cicuta por hacer una sobredósis de preguntas):


-¿Son azules los sobres?


-¿Huelen a melocotoncito?


-¿Si pones algunos sobres al trasluz se ven dibujos de dos tibias y una calavera?


-¿Se oye el grito de Tarzán si pegas los sobres al oído?


Lantier, querida, a mí me ronda en la cabeza una idea sobre las otras a pesar de la baja inhibición latente: es posible que todas las páginas de las cartas estén numeradas, pero en blanco.


Ahora te dejo porque tengo que hacer algo inútil: trabajar.


Tuya for ever


kitti


PD: Un tema: me he enterado de que la mujer del policia no tiene rollo con el del loro; alguien me ha dicho que se entiende con Severino, el pintor de brocha gorda. ¡Para que luego digan que el tamaño no importa...!


Otro tema: ¿La mujer del cartero lleva unos leggins? Es que no paraba de mirarme el otro día cuando los compré en los chinos. Ya le vale, se ve que hace tiempo que no lee El Mundo Today.

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Querida Lantier



Querida Lantier:

Menos mal que aceptaste el caso; puedes contar conmigo para lo que necesites. Si no se nos ocurre nada ya les preguntaré a mis chinos terapeutas por dónde empezar las averiguaciones. Con la crisis tienen poca venta y yo soy su clienta más asídua; se pondrán encantados a mi disposición. Y tendrán con que matar el tiempo  a la par que las células pulmonares, que si fuman... muchas veces tengo que contener mis ganas de comprar, ora una estatua de Buda, ora unos antílopes de barro, hasta que acaban de fumar los habanos en la puerta. Uno de ellos se parece un montón al Hemingway, con gorro y todo. Otro me recuerda al mismo Goethe, mary, estoy empezando a creer que es verdad eso  del Eterno Retorno. Hay un tercero, el que hace el turno de tarde, que tiene una leve cojera; también me recuerda a alguien, pero no caigo.

 Te decía que espero a que acaben de fumar para que me atiendan como Dios manda y me busquen lo que yo quiero allende los mares. Estoy poseída por un ataque de interiorismo terrible, tan terrible como aquellos ángeles duineses.

He puesto en los chinos todas mis esperanzas para ver si me consiguen papeles pintados con amapolas para el salón, no veas lo bonito que tiene que quedar un aparador blanco nieve sobre un fondo de amapolas; y dentro del aparador la vajilla en azul; o sea, los colores de Mondrian en plan figurativo.

Y para el cuarto de baño quiero unos azulejos con miles de peces de colores nadando sobre un fondo, también azul.

Para el dormitorio es posible que me consigan un papel plagado de estrellas, muchas, muchas estrellas... sobre un fondo violeta; y hasta espero que me encuentren, por allá en el Lejano Oriente, una luna para colgar en este mar de estrellas, una luna con luz propia, tal vez a pilas.

Me dicen mis proveederes que están a punto de recibir mercancía. Y  siento que me estoy muriendo de nostalgia por algo que quizás no viviré jamás. Y soy feliz porque la nostalgia me hace sentir plena. Sobre todo cuando es insufrible.

Una pista para ayudarte a resolver el caso que te trae el cartero: el que envía esas cartas a la isla tiene que ser muy caluroso; te lo digo porque esas maravillosas adolescentes que pueblan los relatos de Carson McCullers siempre sueñan con ir a Alaska; son sueños infantiles para poder soportan el calor del Sur. Y los sueños infantiles son los sueños que nunca nos abandonan, tal vez porque nunca, nada nos hará tan felices como soñar.


Así que he de mirar por mi ventana para ver si veo a alguien que suda mucho: ese, sin duda, es el que escribe las cartas.

Por eso, porque aquí hace un frío de rayos y nunca deja de llover, yo sueño con una isla caliente, llena de palmeras en la que haya otras dos personas.

Y es que, de perdidos... al trío.

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Eterno retorno primaveral

Los pájaros aprenden los trinos en su comunidad, es decir, dentro de una misma especie cada grupo de pajarillos tiene sus propios cantos. Es evidente que los pájaros del parque de los columpios han aprendido "Así habló Zaratrusta" de la música que pone el vecino.



La música puede pasar pero, ¿y su loro?, ¿por qué no deja de invadir nuestro ecosistema con su: "¡Folleu folleu que el món s’acaba!"?


En nuestro edificio vive también un policía a quien suelo expresarle mis quejas sobre el desparpajo del loro, especialmente cuando no va acompañado por su mujer. Porque ella, cuando abordo el tema en su presencia, pone la mano delante de la boca, para mí que quiere ocultar la risa. Y es que no se puede esperar nada bueno de una persona que usa semejante ropa interior. Si, se la veo por la ventana; cómo no la voy a ver si la cuelga chorreando encima de mi ropa cuando está  seca. La próxima vez que moje mi ropa le contaré a su marido lo que todos los vecinos sabemos: el del loro pone "Así habló Zaratustra" para avisar a la mujer de que no hay moros en la costa. Lo sé porque veo cómo coge esa ropa indecente del tendedero. Y vigilo los movimientos del ascensor y todo cuadra; y entonces es cuando se oye al loro: "¡Folleu folleu que el món s’acaba!"


Menos mal que cerca de mi casa hay una tienda de chinos que se ha hecho imprescindible para mí. Y es que en ocasiones me siento invadida por ideas pertinaces acerca del Eterno Retorno, sensación que precede a un malestar inespecífico, una especie de vértigo existencial que me empuja hacia allí.


Ayer tenían en el escaparate unos leggins vaqueros que parecían estar rodeados por un aura: no pude resistir la tentación y los compré. Ahora, su falso tejido vaquero acaricia mis partes nobles: libre de botones y cremalleras siento una dulce levedad. La misma levedad con que mi gata contonea el rabo, la veo desde mi ventana, allá en el parque de los columpios. Tal vez está esperando hacer realidad la consigna del loro.


Animales...

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Obsesión-compulsión

Cielo, las dos sufrimos eso de la obsesión-compulsión. Pero he de reconocer que mi caso es mucho más vulgar y no he comprado libros: he renovado mi colección de camisetas, alpargatas...y ¡leggins! Sí, mary, soy tan antigua que acabo de descubrir la diferencia; en invierno yo creía que lo que se llevaba metido dentro de las botas era un vaquero pitillo, por eso el pantalón me hacía multitud de arrugas y acababa sacándolo para fuera con una frustración terrible por no ir a la moda. ¡Eran leggins vaqueros!, ahora lo acabo de descubrir y he comprado algunos para resarcirme y para lucir esas camisetas largas tan monas que inundan las tiendas.


A mi hijo se le puso la cara a cuadros cuando  vio que los llevaba a la calle, pensaba que sólo los usaría para las clases de baile pero yo, antes muerta que sencilla, los llevé al restaurante.  Mientras esperábamos el menú me disparó: "Mamá, hace mucho que no lees "El mundo Today", ¿verdad?" El nene, tan criptico como siempre, se negó a dar más datos.


Como podrás imaginar, lo primero que hice al llegar a casa fue consultar mi periódico favorito  (pincha, dulce niña sedienta de luna, ya me acordé de cómo se ponen los enlaces). El niño ya no estaba a mi alcance porque si no me iba a  denunciar por malos tratos. Y es que tengo una puntería para las bofetadas... A los hijos les encanta que vayamos vestidas de madres, que no fumemos y que no digamos tacos; ¿cómo van a matar a la madre o al padre en plena etapa narcisista si se parecen tanto a ellos?


A mí se me ocurre una cosa: que se vaya al botellón con el pelo engominado, traje, corbata y que me deje a mí ser moderna.


Además  yo soy bastante más joven que la protagonista de la noticia y dice mi hermana que ya quisieran muchas venteañeras tener mi tipo, que alguna ventaja tiene eso de pasar hambre por culpa de un intestino descalabrado.


naniña, cielo, ese derroche de camisetas, fulares y varios lo hice antes de leer en "La inmortalidad" eso de la imagología, qué mazazo, tía; el Kundera me está haciendo pensar demasiado y voy a tener que ir a la tienda a devolver algunas cosas. Miedo me da... porque con esto de las obsesión-compulsión nunca se sabe y podría volver a casa con unos cuantos leggins más.


Tampoco me tendría que importar tanto  ser moderna, mira lo que le pasó a Paul, se convirtió en un ingenioso aliado de sus sepultureros y la cagó... por querer ser moderno. Y la vuelve a cagar cuando va de coleguita de su hija... pero todavía no he terminado de leer la novela y no quiero hacer pronósticos. No puedes imaginar cuánto  agradezco que me hayas recomendado este libro portentoso.


Es que habla de Rilke; de Eluard; del amor, que para ser amor tiene que ser extracoital, que debe ser la teoría de Lady Gaga y la mía, que venimos de vuelta del siglo XIX... Tantas cosas me quedan por decirte de la novela...



Si a los escritores del siglo XIX les gustaba terminar sus novelas en boda, no era porque quisieran preservar la historia de amor del aburrimiento matrimonial. No, ¡querían preservarla del coito!



El concepto del amor auropeo tiene sus raíces en terreno extracoital. El siglo XX, que se jacta  de haber liberado las costumbres y desearía reírse de los sentimientos románticos, no ha sido capaz de darle al concepto de amor ningún contenido nuevo (y este es uno de sus fracasos), de modo que un joven europeo, cuando repite para sus adentros esa  gran palabra, vuelve en alas al mismo punto en el que vivió Werther su amor por Lotta y en el que Dominique estuvo a punto de caerse del caballo.



Me jeringa un poco  que Kundera hable tanto de Goethe porque yo no he leído nada suyo (¿me sigues ajuntando?); pero me compensa cuando habla de ellos:



El amor de Ana Karenina y Vronski terminó con su primer acto sexual, no fue en adelante más que su propia descomposición y nosotros  no sabemos por qué: ¿tan desastrosamente habrán hecho el amor? ¿O por el contrario se habrán amado con tanta belleza que la magnitud del placer les produjo un sentimiento de culpa?



En estos tiempos que corren es difícil tener sentimientos de culpa por un acto amoroso, demasiado libertinaje, aunque creo que es posible si te vas a ciertos estados de USA donde algunas prácticas están penadas por la ley. Chica, es que si no hay transgresión, la cosa no tiene gracia, al menos para los que hicimos la Primera Comunión.






 


Esa debe ser la causa de que el loro de babo esté tirándole los tejos a mi Gwen; se está pasando un huevo porque eso no es transgresión, eso es contranatura, ¿dónde se vio que un lorito y una gata...?


¡País!


 

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Querida naná

Querida naná:


Ayer intenté dejarte un comentario cuyo contenido iba disminuyendo a medida que aumentaba el cabreo. Durante el fin de semana estuve sin conexión y el lunes, que la recuperé, no  me subieron los comentarios... hace falta ser gafe.

En el post de la dama kogo te ponía una frase de Kundera de "La inmortalidad" (me parezco muchísimo a Agnes, ese deseo incumplido de estar sola…)

"El sentido de la poesía no consiste en deslumbrarnos con una idea sorprendente, sino en hacer que un instante del ser sea inolvidable y digno de una nostalgia insoportable".

En cuanto leí el post me acordé de un poema de Rilke que hablaba de un arpa, ¿recuerdas? Y siento una nostalgia insoportable porque no lo encuentro. Perdí muchas cosas en la mudanza que aún me tienen trastornada pero pensé que aquí todo seguiría en su sitio…, ¿dónde está ese momento inolvidable, nana?

Con respecto al amor,  tema de tu siguiente post, ya sabes que soy proustiana: Swan c’est moi; aunque tú hayas dicho que es rarito, ya somos dos. ¿Quién ha tenido tanto tiempo como Proust para reflexionar sobre el amor? Ergo, lo que diga Proust. Además, naná, eso no se elige y tú y yo somos demasiado intensas, ¿se solucionará el tema del desecuentro amoroso el día que prohíban consumir pollo?

 Hay tantos inclusives que incluso el amor pudiera ser un subidón hormonal, ¿acaso la Pe y el Barden no tenían cara de estar  ahítos de hormonas en el festival de Cannes? ¿Cuánto tiempo les durará? ¿Les alcalzará el subidón para perpetuar su especie de triunfadores ignorando que muchos de ellos tienen hijos  desfallecientes debido a la luz cegadora que proyectan los astros paternos?  Aún no acabé la sencilla  frase y ya me vienen  a la cabeza algunas excepciones, funciono  como el Golem ya sabes. Y es que  las certezas  me dan  repelús y  practico eso que se llama pensamiento divergente, por más que  algunos prefieran llamarlo incoherencia.


Pues bien, suponiendo que los Bardem-Cruz se reproduzcan, pronto se verán convertidos en miembros de una empresa de servicios domésticos, que es como denomina Landero a la familia en "Retrato de un hombre inmaduro". Las empresas de servicios domésticos van perdiendo poco a poco el nivel hormonal originario de tanto trasnochar mientras el retoño es lactante, y de tanto llevarlo a las actividades extraescolares cuando ha crecido, por no hablar de  los cumpleaños de amiguitos (derrama continua e irritante). Imagínate lo que pasa cuando son dos, o tres retoños… Lo peor  en esa empresa de servicios domésticos es que siempre hay uno que se escaquea más de la cuenta en perjuicio del otro, lo cual repercute en que el desequilibrio hormonal aumente y a uno de los dos le duela más la cabeza. Es el caso del Brad Pitt. Aunque a este tipo de población masculino les queda un consuelo: las niñeras, ¿recuerdas los casos de Jude Law y de  Beckham? Pero, ¿qué ocurre cuándo la  niñera es la abuela?

¿Y qué pasa mientras tanto con la madre? Si está trabajando  su hormona se dirigirá al espécimen más próximo, relajada como está por no ocuparse de los niños; y si es él el que se escaquea… bueno, la mamá tiene la opción nada desdeñable de obtener cierta secreción hormonal al oler el sudor del monitor de judo de la criatura; aunque también puede optar por relajarse con la niñera, que todavía no sale en las revistas pero vete tú a a saber. Cieliño... ¡ pero si estábamos hablando de amor! ya me he vuelto a despistar, maldita divergencia.

Pero si el amor nace, crece, se reproduce y muere… siempre nos quedará la poesía…eso que puede hacer que un momento sea inolvidable y digno de una nostalgia insoportable. Lo mismo que pasa con Dios y las catedrales, mujer, que son tan bonitas para los ateos como para los creyentes.

Ese contacto de los dedos de tu último post… es en la contención en donde se halla el placer; porque el deseo permanece intacto, incluso  crece. La consumación trae la  saciedad, el hartazgo. A ver si va a ser este el motivo de que  Lady Gaga predique la abstiencia sexual, menuda perversa, la tía... así consigue estar siempre entonada y tener tanta energía, qué fuerte...

Besiños, princesa.

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En el nombre de la madre




Mi madre tenía trastornos de carácter. Pasaba de la calma a la agitación en cuestión de segundos. Había algo dentro de ella que la impulsaba a estar mal. Cuando estaba muy mal, daba gritos y atravesaba como una furia las habitaciones de la casa quejándose de esto o de lo otro. Podía quejarse de una cosa y de la contraria al mismo tiempo. Cualquier comentario, por ingenuo o bienintencionado que fuera, hecho en su presencia, podía volverse contra ti. Era muy aficionada también a dar órdenes contradictorias, de las que conducen a la parálisis al que las recibe. Yo no sólo me quedaba paralizado, sino que deseaba ser una piedra, una mesa, un pedazo de cristal, un objeto inerte. Cuando mamá enloquecía, me daba pánico. Expresiones hechas como "estar fuera de sí" o "estar fuera de quicio" describían bastanta bien su manera de ser. Su melena, cuando estaba fuera de sí, parecía una mancha de tinta que cambiaba de forma al agitar la cabeza. De tan espesa que era, los cabellos carecían de individualidad. Fue una mujer sumamente desdichada, pero también, de alguna forma incomprensible, sumamente feliz. Quizá en los momentos de mayor infelicidad alcanzaba un raro éxtasis de dicha. Padecía, en fin, de una infelicidad que la hacía feliz.

El mundo. Juan José Millás. Ed. Planeta, pág. 34.

 






Rencor, mi viejo rencor

dejame olvidar

la cobarde traicion.

No ves que no puedo mas

que ya me he secao

de tanto llorar?...

Dejá que viva otra vez

y olvide el dolor

que ayer me cacheteo.

Rencor, yo quiero volver

a ser lo que fui;

yo quiero vivir.



Este odio maldito

que llevo en las venas,

me amarga la vida

como una condena.

El mal que me han hecho

es herida abierta

que inunda mi pecho

de rabia y de hiel.

La odian mis ojos

porque la miraron

mis labios la odian

porque la besaron,

la odio con toda

la fuerza de mi alma

y es tan grande mi odio

como fue mi amor.



Rencor, mi viejo rencor

no quiero vivir

esta pena sin fin.

Si ya me has muerto una vez

por que llevaré

la muerte en mi ser?

Ya se que no tiene perdon,

ya se que fue vil

y fue cruel su traicion;

por eso, viejo rencor,

dejame vivir

por lo que sufrí.

Dios quiera que un día

la encuentre en la vida

llorando vencida

su triste pasado

para echarle encima

todo este desprecio

que ensucia mi pecho

de amargo rencor.

La odio por el daño

de mi amor deshecho

y por una duda

que me escarba el pecho.

No repitas nunca

la que v’ia decirte:

rencor: tengo miedo

de que seas amor!...

Por eso viejo rencor

dejame vivir...

por lo que sufrí...


Letra: Amadori


Música: Charlo


Mamá cantaba esta canción cuando estaba de ole. Para nosotros era  como esas señales da alarma que avisan a la población de que va a haber un bombardeo por eso mis hermanos salían disparados para la calle en busca de protección.

Papá gritaba: "¡Toooooooooooooonucha..."!, aunque sabía que ya no podría evitar oír la canción en sensorround. Y, puesto que la suerte ya estaba echada, era el momento de servirse el antídoto: otro clarete más.

 A veces, en lugar de irme,  me ocultaba para poner a prueba mi tolerancia al sufrimiento, como aquella  que hacían en la película "Un hombre llamado caballo" aunque es posible que yo también, en los momentos de mayor infelicidad alcanzara un raro éxtasis de dicha, como ella.








Cuando mamá cantaba: "Este odio maldito que llevo en las venas, me amarga la vida como una condena" creía que ese odio lo sentía por mí, y que yo tenía la culpa del rencor, y de la herida, y de la duda que le escarbaba el pecho... como si mi madre no tuviese otra cosa más importante que hacer que pensar en mí.


Era lógico que a mamá le preocupara bastante mi forma de ser: soy su vivo retrato. A las dos nos gustaba el café hirviendo, el té hirviendo, la sopa hirviendo, el odio hirviendo, el amor hirviendo. No nos gustan las cosas tibias y, puesto que encontramos el placer a un paso del dolor, siempre echamos leña al fuego ignorando que los líquidos demasiado calientes se evaporan antes. ¿Será verdad que hay cosas que no se eligen?


Mamá, a veces pienso que eras una artista que no sabía expresarse; te gustaba que te dijese que eras una artista sin obra y que por eso estabas insatisfecha. Porque es más agradable pensar que tienes  talento  sin canalizar que un vulgar nerviosismo o una intensa mala leche. Ahora no sé si hablo de ti o de mí. Millás  escribe que la terapeuta le dice que  repetir la historia de la madre es no aceptar su muerte. Tendré que pensarlo más tarde porque vienen tus niñas a comer, vamos a celebrar el día de la madre aquí, como celebramos todo desde que moriste.


Mamá, ahora ya sé que la generosidad no es una parte del cuerpo de las madres, como los ojos o las manos. Dicen que la fama cuesta, pues esto de ser madre...


Gracias por todo, mamá.


 

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