Mi pueblo está al pie de una montaña en una ría de Galicia. Un puente de piedra muy antiguo nos separa del pueblo de enfrente. El otro pueblo también está al pie de una montaña.
Dios conoce el pasado, el presente, el futuro y hasta los más ocultos pensamientos. Es de suponer que en algún momento les mandó un profeta y les reveló que Franco iba a construir un pantano. Por eso hicieron el pueblo más elevados con respecto al nivel del mar que el nuestro.
Recuerdo aquellas tardes de lluvia pertinaz en las que dudábamos de Dios, ¿habría olvidado la promesa de no repetir el diluvio? Aquella fe reblandecida por tanta humedad hacía presagiar lo peor: la presa del pantano saltaría por los aires cualquier día de tormenta. Sin consecuencias para ellos pero mortal para nosotros, que pereceríamos en la inundación.
Es tanta la preferencia divina hacia la otra orilla que tienen más horas de sol que nosotros. Porque la montaña en la que buscamos cobijo enseguida nos hace sombra. Y no podemos ver cómo desaparece el sol en el mar.
Siempre que me escapaba de casa cruzaba para la otra orilla y, antes de tirarme al monte, veía la puesta de sol desde la playa. En casa no se enteraban de que me había escapado. Volvía cuando empezaba a hacer frío. Tampoco conseguí morirme dejando de respirar y poder vengarme ante tanta imcomprensión. Y es que mi madre trataba a mi hermana como Dios trató a la otra orilla.
Cuando toca abrir las compuertas del pantano el río baja con saña. En nuestro lado deja piedras, ramas y fango; en la otra orilla el río desemboca con dulzura y deja una arenilla blanca y fina. Da coraje admitir que tienen una playa estupenda y nosotros sólo tenemos rocas. De esta lado el peso, para ellos la levedad.
En la ría hay almejas y berberechos. Anguilas y lubinas. Pero el mejor producto local son, sin duda, los remordimientos. Es la consecuencia de siglos de borracheras con sus respectivas resacas.
El viernes estuve con mi hermano en una terraza de la plaza real; era el día de la romería en el río y todo el mundo llegaba borracho. Menos Luis, que está esperando el transplante para ver si soluciona lo de su cirrosis. Mi hermano estaba con resaca porque no tuvo paciencia para esperar y se emborrachó el día anterior. Yo tampoco estaba borracha porque mi salud me impide el consumo de alcohol, aunque me acordé de Isabella y le pedí a la camarera que me echase un poco de anís en la menta poleo.
No recuerdo haber recibido tantos besos como el viernes, ni siquiera el día de mi primera comunión. Uno de los amigos de mi hermano, el que estaba más borracho, estuvo especialmente lúcido. Allí de pie, señalando a los que estaban en la terraza con su cohiba, repetía como si fuese un mantra: "Todo esto, hipocresía". Estaba abonando los remordimientos del día después. Entonces, él estaría hipocritamente sentado en esta terraza tomando algo para aliviar la resaca.
A lo largo de la noche tuve la sensación de que aún no había acabado la película que fui a ver el jueves: "Resacón en Las Vegas", su música seguía sonando en mi cabeza. También me parecía sentir entre nosotros al bendito de Bukowski. Estaría encantado.
He leído tu post sobre Bukowski, naná, y me recuerda algo que leí ayer en este blog.
"Cuando tienes resaca, de golpe te acuerdas de lo que ha pasado la noche anterior, los planchazos y las meteduras de pata que has cometido, la gente que has insultado, la cantidad de tonterías que pronunciaste y los secretos sobre ti mismo que soltaste, y entonces no tienes ganas de seguir viviendo; sólo cuando tienes resaca y piensas en el suicidio, de golpe se te ocurre la frase escondida... ¿qué será de ti? ¿y sabe qué?, ahora pienso que incluso lo de escribir es mi defensa contra el suicidio, como si escribiendo me escapara de mí mismo, escribiendo quizás podré contestar a la pregunta... qué será de mí, quién era y quién soy ahora mismo. "
Fragmento de "Svatby v domě" (Bodas en casa). Bohumil Hrabal
El entrañable borrachín Bohumil Hrabal empezó a escribir en los años 30, aunque su primer libro, “La perla en el fondo”, no apareció hasta 1963, cuando ya tenía 49 años. Un par de años más tarde publicaría su hermosa novela “Trenes rigurosamente vigilados”. Admirador de Jaroslav Hasek ("Las aventuras del buen soldado Svejk") y Kafka, Hrabal pensaba que un escritor debía ser sencillo y “vivir como los demás para poder escribir sobre ellos’’. Y así vivió, con humildad, recreando las situaciones más extravagantes y el absurdo y la tristeza de la existencia cotidiana y sobre todo, bebiendo cerveza, entre otras, en el Tigre Dorado, su tasca favorita. Y aunque pensaba que escribir era un antídoto contra el suicidio, el 3 de febrero de 1997 se acercó a la ventana de la habitación del hospital donde había sido internado por problemas artítricos y se asomó para darle de comer a las palomas, “perdiendo el equilibrio” segun las almas bien intencionadas y cayendo al vacío, quizás sonriendo mientras se acordaba de uno de sus personajes, el columbófilo jefe de estación de “Trenes...”
Yo no leí nada de Bukowski pero sí de Hrabal. A Hrabal le gustaban muchísimos los gatos. A mí me gusta muchísimo Hrabal. Mi vida se parece a esa resaca que describe... sin el alivio de la escritura. ¿Por eso me acerco sólo a las ventanas virtuales?
La cerveza, los gatos, la escritura...a algunas personas ya las quieres antes de conocerlas.
En plena sobremesa me levanto y me voy a leer el dichoso libro a la tumbona que está debajo de un manzano. "Ya lo debes de saber de memoria", dice alguien. Confieso que tardo en asimilar las cosas aunque también pienso que si algo me gusta, ¿para qué cambiar?; se vuelve a leer y punto. A mi lado, en su sillita recostada de bebé, está mi sobrino a punto que quedarse dormido. Empiezo a leer:
Por un instante me dije que, por haberse pasado un buen rato en la otra habitación, el cuerpo de aquella mujer había recobrado su personalidad, la piel se había aireado, tenía algo nuevo, una indefinida impresión de comienzo. No, tal vez era eso pero tenía que haber otra cosa más. Era una constatación que hacía por primera vez pero que he podido comprobar en una infinita serie de experiencias anteriores, aunque nunca hasta entonces la había considerado, es más bien la conclusión de ciertos recuerdos, en circunstancias diferentes pero que entrañan sensaciones del mismo orden. El cuerpo de Emilia era distinto gracias a la seda. Es inexplicable la agudeza que da a mis sentidos tocar un cuerpo joven de mujer a través de una superficie móvil de seda. El doble deslizamiento de las manos que quieren asir, primero, el brillo artificial y, a la vez, el cuerpo mismo parecen elevar materialmente la sensación al cuadrado. Diríase que el propio tejido de seda atrapa las terminaciones nerviosas de la palma de la mano y, al mismo tiempo, refuerza el perfil y la plenitud de las formas femeninas. Es cierto que no toda la seda, sino un tipo intermedio entre el crepe de chine muy suave y el raso muy áspero, como era el quimono que entonces llevaba Emilia (y con el añadido, para mí muy especial, de la seda negra me resulta infinitamente mas incitante que las otras). Por otro lado, creo que es más fácil de controlar la afirmación observando el firme relieve que cobra toda pierna de mujer presa en la funda diáfana y acariciadora, idealmente adaptada, como una brillante pielecita de lujo, de una media de seda. Cuando antes pasaba la palma de la mano por el pezón del seno, la piel era pegajosa y daba una sensación un tanto viscosa. Pero en ese momento, al prenderle el talle con el brazo izquierdo, le pasaba la palma por su envoltura de seda y notaba cómo si el frote y el reluciente deslizamiento desprendiesen en verdad una rara corriente eléctrica.
"El lecho de Procusto". Camile Petrescu. Traducción de Joaquín Garrigos. Gadir
Es entonces cuando me doy cuenta de que el niño tiene un gran lazo en la mano y parece moverlo, entre sus deditos, con la misma sensación que describe Fred al hablar del quimono de Emilia o del tacto de las medias de seda, esa rara corriente eléctrica. Acabo de tener un momento Newton, aunque las manzanas están muy verdes. Me levanto a toda prisa en busca de su madre para saber más sobre el tema: "Lo necesita para dormir, lo mismo que le pasó a su hermano". Y recuerdo el caso de otro niño de la familia que nunca se acostaba sin una pañoleta de seda de su madre.
En ocasiones me parecíó algo engorroso tener que poner el kit de seda negra, regalado, para cierta persona. Llegué a dudar si me encontraba lo sufiente atractiva sin ese disfraz. Ahora pienso que tal vez buscaba la misma seguridad que mi sobrinito encuentra en su lazo azul. Creo que ya no necesitaré la Chanel nº 5 porque la colonia Nenuco debe funcionar de perlas.
A lo largo de varios años, faltó muy pocas veces a la tienda, y no sólo por mi causa, y en esos casos le pedía a su socia que acudiese ella. Ni siquiera se tomaba libres los sábados. La tienda tenía un cuarto retirado, donde había una gruesa mesa moderna, varias butacas bajas a su alrededor y una estantería con libros y revistas. Allí hacía diseños y esperaba a que las dependientas la llamasen. Creo que también a ti te contestó una vez: "Esta es mi vida. ¿Qué le vamos a hacer?"
-¿Te haces a la idea de que vas a vivir treinta años así?
-A veces no quisiera vivir en absoluto. Pero si bien lo pienso, no es tan malo. Estoy entre cosas bonitas, elegidas y a veces ideadas por mí, cosas que puedo acariciar. Si no tengo nada que hacer, me paso el día leyendo y eso también es una ganancia. Todas las noches voy al cine. Un mes al año lo paso viajando, pero debe decir que nunca olvido los intereses de la tienda y me dedico a ver las novedades que aporta el modernismo al mueble.
-Pues sí, me atrae. Puede que sea el único sentido de una vida limitada y común como la nuestra. Y me gusta, pero sé que no dura, que no se corresponde con ninguna realidad. Me gusta más contemplar una noche de luna mirando por la ventana pero sé perfectamente que la luna es algo distinto a lo que parece. No alargo la mano para cogerla. Ya es mucho lo que da, sin querer y sin esforzarse.
"El lecho de Procusto". Camile Petrescu. Traducción de Joaquín Garrigos. Gadir
La noción de normalidad únicamente la tengo cuando comparo mi vida de antes de conocer a la señora T. con la de ahora. Veía menos colores, solo algunos matices, menos cosas, otras alegrías... No podía imaginar todos estos significados que desde entonces me saltan a los ojos. Incluso había muchos menos acontecimientos en el mundo y, grosso modo, todos se parecían más o menos. ¿Es que se me han agudizado los sentidos? Antes no veía nada, igual que cuando vamos paseando y pasamos junto a un árbol sin verlo siquiera, aunque no estemos distraídos, únicamente porque no nos imaginamos qué podríamos ver en un árbol. Ni siquiera nos planteamos la cuestión. Pero cuando nuestro amigo se ha parado a mirar y nosotros también nos paramos, descubrimos un sinnumero de cosas y formas. La corteza está agrietada de tal forma que nos asusta por su diversidad, hay flores de distintos tipos en la raíz, hay también un hormiguero y si lo miramos atentamente descubrimos otras pequeñas cosas muy diferentes unas de otras.
Esa mujer es el compañero que me detuvo en mi camino, porque él quería mirar algo, y desde entonces yo también he empezado a ver una multitud de cosas. Creo que sin la señora T. no habría existido ningún Ladima en mi vida y lo que acababa de suceder, lo que me había dejado helado y me parecía en aquel caluroso crepúsculo, en aquella alcoba, fermentado de dolor y significados, no habría distraído mi atención ni el tiempo de fumar un cigarrillo. Si ella no me hubiera mostrado el sabor de la humillación, nunca me habría hecho amigo de un hombre que me trató de "chulo" delante de todo el mundo. Sin ella, no habría sabido que encontrarse una noche con un hombre así y marcharse después con él a Sinaia podía significar una intensa alegría, más profunda que un viaje a Londres, como el que yo esperaba con tanta ansia cuando era estudiante.
Y si todo esto existía, y sobre todo existía así, era porque en todas las cosas, en todo lo que me ocurría y no me ocurría desde que la conocí, perduraba algo de su existencia, algo inmaterial, igual que vibra en cada órgano, por insignificante que sea, la energía del todo. Y ya nada puede cambiar, como no puede el río correr hacia arriba. Especialmente, desde que tuve aquel horrible golpe (que me hizo leer tanto y buscar explicaciones), parece que hoy miro al mundo a través de esa mujer, como los objetos aparecen de un difuso color verde si se miran a través de unas gafas verdes.
"El lecho de Procusto". Camile Petrescu. Traducción de Joaquín Garrigos. Ed. Gadir
En lo alto del acantilado hay un parque a donde vengo para despedirme del sol. Es un melocotón que está a punto de desaparecer en el mar, ese enigma de terciopelo azul que me hace pensar: "Tal vez el paraíso está ahí y no en el cielo; la insipidez de un ángel nunca igualará el color de los peces".
El sol me ciega y apenas distingo el rostro de un hombre que me pregunta si he visto pasar una gata. Intuyo que ha perdido algo más, quizás un beso.
Cierro los ojos un instante para aspirar su olor a vino y a madera. Cuando los abro, he recuperado la visión, está sentado en el otro columpio; saca de su bolsillo un libro amarillento; lo abre por una hoja marcada con una amapola y lee con una tranquilidad infinita:
"Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.
Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.
Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.
Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro."
El rítmo de mi corazón se desenfrena y me coge en sus brazos porque voy a caerme. Se alarma al ver mi palidez y llama a una ambulancia. Un médico que huele a chocolate dice que se me pasará en cuanto el sol se oculte. "Es una sobredósis de belleza, el sindrome de Sthendal".
No tengo idea de qué puede pasar, pero me viene a la memoria algo que oí en una película muy triste: "Emprender una aventura es robarle tiempo a la muerte".
"No sé lo que le pasará a otra gente pero yo cuando me agacho para ponerme los zapatos por la mañana pienso: 'Ay, Dios mío, ¿y ahora qué?'"
"Debe ser extraño vivir conmigo. A mí me resulta extraño".
Charles Bukowski. "El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco"