Los demás (I)
Yo tuve un amigo de juventud; un buen amigo que me dio mucho y al que no di nada, que no fuera una admiración cautiva y confundida con la de los demás.
Puedo decir que fue alguien que siempre se expresó bajo los retazos de una sencillez envolvente. Principalmente habló de las personas, de las muchas con que fue tropezando en su viaje por la vida. Creo que las llegó a comprender, que lo hizo con aquella clarividencia aldeana, con el sutil escalpelo de su retina franca, que yo recibía en una suerte de cálido sobresalto, similar a la tibieza de las sorpresas anunciadas.
Llegué a pasar días enteros con él, sintiéndome como un furtivo recolector de aquella sabiduría suya que parecía molestarle. A veces, se desprendía de ella como si lo hiciera de un viejo y pesado abrigo que los demás observabamos a hurtadillas, con la mirada oblicua que dedicamos a lo inalcanzable.
Con el caminé, colgado de sus manos fecundas, por los extrarradios de la intelectualidad. Pasé noches enteras en las antípodas de la afectación, perseverando sin resultado ante las puertas de algunos de sus secretos altaneros. Perdí el respeto a los predicadores y con él supe el significado de la impostura
Recuerdo su rostro atrincherado, tocado por una mueca quejumbrosa que no quiso abandonarle nunca, al igual que yo, al igual que otros como yo. Me hubiera gustado preguntarle de qué se quejaba, con aquel silencio errante que delataba la desnudez de un espíritu doliente; preguntarle por qué lo hacía, si mientras daba suelta a sus palabras rozaba el alma de muchos de nosotros y nos mostraba la de los demás. Yo no lo sé. Tal vez él tampoco lo supiera nunca, tal vez se lo impidiera aquella venda envidiosa tintada de humildad, afanada torpemente en negar su genio.
Ya puedo decirte que me abriste un camino. No me advertiste de sus peligros, lo que no podía sorprenderme; "mira, ahí lo tienes, tu verás ?" , me dijiste sin ambages.
En él sigo desde entonces, pisando todo lo fuerte que puedo, aunque a veces no es suficiente; eso sí lo sé, pero en el sigo, transitando por las puertas del tiempo -como diría alguien muy apreciado para mi-, bailando sobre los requiebros de una alfombra que no termina de volar, "pero en eso consiste todo", hubieras dicho tu, en porfíar, en afanarse por levantar la cabeza y un día verla pasar.
Los demás (II)
Así que sigo caminando, apartando las piedras del asfalto y fantaseando sobre el trozo de cielo que me toca. Cada mañana me incorporo al desfile irrenunciable de los días que me dieron, y veo como unos van cayendo, y como otros se incorporan; días de plomo, días de paz.
Camino y me abrazo con fuerza a las arandelas amarillas de esta hojarasca nerviosa, que nos zarandea sin preguntar, de la que no nos queremos ir, que no queremos que nos deje.
Quiero decirte hoy, que mientras caminaba con pies de paz, he notado cómo se me detenían con la lentitud de un bebe cuando atiende el reclamo de un sonido extraño, de un sonido nuevo. Luego han dado dos pasos más, y finalmente mis ojos han buscado el balanceo mortecino de una idea dormida, que por fin me ha encontrado; la que me ha dicho que "La bondad y la inteligencia no siempre nos libran de las caídas y trampas; siempre hay errores de amor, de voluntad, de imaginación. No hay manera de librarse del peligro de las relaciones humanas", y si he querido averiguar quién dijo esto, he terminado por saber que fue una mujer, Barbara Harrison.
Me he quedado pensativo intentando parcerme a ti, y he imaginado cuál hubiera sido tu reacción ante este texto. Me he recreado en tu memoria, como lo hago con mi trozo de cielo, que quieren ensuciar. Creo que hubieras asentido, quedamente, aún sin haberlo decidido, bajo el pabellón de esa soberbia de caramelo propia de los niños contrariados. Pero se que hubieras inclinado tu cintura hacia a los dulces pétalos del talento, que esta vez resolvieron germinar en alguien distinto a tí.
Pero dime, dime donde están, cuáles fueron tus errores de amor?. A veces pienso que sólo incurriste en uno, ya fuera el que más duele; el que lentamente se fue incubando en el útero encrespado de la ausencia certera, que puso principio y fin a tus historias de amor, que te atrapó del todo y te inundó entero, haciendo de tus venas un transito yermo, que nunca fue jaleado, por un latido de más. Si de eso te quejabas, nunca lo sabré
(...)
El perdón (II y final)
La úlltima vez que te visité me costó llegar. Tanta lluvia, y luego esa carretera, que parece que nunca termina; pero como todos los caminos tiene un destino, y este es el destino donde languidecen tus visitas, esas que agradeces con el brillo forastero de tus ojos sin vida, que saludas bajo el temblor de tu cuerpo grande, hospitalario y frío, como un templo de piedra fría.
Parece que no te importara que sólo seas visitada. Tus relaciones con los demás son visitas. Visitas. Las pocas personas que te quedan se han convertido en visitas, en espectros enlazados con la tibieza de la cortesía. Luego se van, nos vamos, bien pagados de nosotros mismos. convencidos de haber sido ungidos con una de esas obleas que se reparten a los fieles en los templos de verdad. Casi mejor que no puedas vernos.
Claro que te importa. Se que te importa y, sin embargo, cómo lo haces mi querida niña olvidada; cómo lo has hecho siempre; incluso cuando el advenimiento de la ceguera llamó a las puertas de tu adolecencia y decidió no marcharase. Resolvió quedarse para sumarse a un festín macabro de pájaros negros, sumarse a lo que ya tenías y el morbo disculpara que no mencione. Cómo haces para aceptarlo así, para que en tus tus gestos no habite ni el breve aleteo de un reproche. Cómo has hecho de la resignación una palabra que te queda tan pequeña.
El el país de los visitantes suelen hablar de la ceguera del amor. Si se fijaran un poco más, y mira que eres grande mi cielo, tal vez comenzarían a hablar de la ceguera del perdón. Cada vez que se le evoca me asalta tu imagen, casi tan grande como tu. Si se acercaran un poco más, tal vez lo vieran, un perdón de luz, tan grande, tan ciego como tu.
El perdón (I)
Cuando viniste no te pudieron entender. Posiblemente porque sus vidas orientaban su pálpito hacia los imánes del absurdo; porque sus miradas apuntaban a cumbres desparramadas por donde pastaban becerros de oro, becerros de plata; a veces sólo becerros. Vidas romas, tejidas por la hiedra que tiraba de ellas, hacia arrba, y ellas obdecían, con los codos afilados y los dientes prietos, y trepaban, jaleadas por la fuerza de sus complejos
Creo que fue por eso, que por eso no pudieron entenderte. No sé si tu podrás entenderlos a ellos. No sé si te lo permiten los muros que revisten de lejanía el lugar donde estas, donde te dejaron, donde el dinero y el olvido hacen su trabajo, todos los días. Puedo decirte que no les resultó dificil tasar el precio de sus conciencias, que cuando lo hicieron nada se removió.
No sé si podrás entenderlos. Debes saber que tu eras su inminente golpe de efecto, sobre la mesa de la vanidad, la obra maestra y la subida del telón, la guinda sobre el pastel y las coronación del ego, el final felíz de todos los cuentos. Entonces; cómo les pudiste hacer algo así? ... Aparecer así, de esa manera ...
Entiéndelo; quién eras tu para provocar aquella catársis, para cercenar con tu primer llanto sueños y auotestimas, para cambiar el futuro de color.
Cuando recien llegada te separaron de su cuerpo, te llevaste casi todo. Empezando por sus creencias, aquellas de las que bebió siendo una niña, y que continuaban vivendo en ella, a su manera. Antes de tí, se la solía ver allí, exhibiéndose, enroscada en los boatos de los domingos por la mañana, lejos del pudor, cerca del altar.
Y te lo llevasta casi todo, eso sí lo entendió pero jamás lo confesó. Para desprenderese del dolor acudió al reino de las pataletas inegenuas. Decidió retirar la confianza a algo que jamás se comprometió a nada.
Debes de entenderlo; si hasta te tenía reservado nombre de Diosa. A sus ojos, te convertiste en un fraude envuelto en las asperezas que no esperaba. Había que buscar un culpable y tu mi niña no podías serlo. Hasta ahí llegaba. Sólo fue capaz de escupir sus lágrimas al cielo y quedarse en casa los domingos, mientra tu marcabas el ritmo de la soledad absoluta, la que casi ninguno hemos conocido.
Desde que apareciste comenzaron a crecer los muros que ahora te esconden, los mismos que los mentirosos dicen que te protegen. Ella y también él, pensaban que tu no podías dar nada, al menos nada de lo que habían previsto para ti. Así que ni siqueira te dejaron intentarlo. No te lo permitieron, ni siquiera luchar por lo que tu tenías para ofrecer y así quedaste, inerte y sola, como un brote fresco bajo la escarcha, atrapada por la enredadera de un desengaño que no quisiste ser.
La espera
Esta vez lo haría; tantas veces lo había intentado..., y para nada. Ningún resultado;, incapaz siquiera de acercarse al teléfono. Aquello se estaba convirtiendo en un juego obsesivo, que es la pendiente por donde transitan los juegos que dejan de serlo.
Sin embargo, no lo dejaría de intentar. No quería fracasar. Había reflexionado mucho sobre el fracaso, muchísimo, sobre el significado de esa sensación carcomida por el miedo y el descrédito. Realmente, qué era el fracaso? -se solía preguntar mentón en mano-. Al cabo de los años lo descubrió, de repente, en una suerte de revelación pagana, que es como se presentan estas cosas
Tuvo lugar en algún lugar de su mente, tal vez en la trastienda, tal vez allí chocaron dos hebras nerviosas, y un chasquido blanco ofreció la solución, sobre una bandeja sencilla, que es como se sirven estas cosas.
Había esperado durante mucho tiempo; muchísimo. Pero por fin ahí estaba la respuesta; ?fracasar es dejar de luchar". Si señor!. Eso era.; así de fácil. Los malos resultados son sólo efectos indeseados, seres pequeños y cobardes que mengüan cuando son enfrentados. ?Fracasar es tirar la toalla, abandonar, abandonarse", que es la mejor manera de que te abandonen los demás.
Él estaba decidido a no hacerlo, a no abandonar, a no fracasar, así que lo intentaría, de nuevo, una vez más ? y las que hiciera falta, en clara apología al brindis del obstinado, que es la mejor manera de mantenerse en pie
Rápidamente se levantó del diván donde solían mecerse las hondas de sus reflexiones. Con presteza tomó su agenda; al punto, su mirada saltaba del listado de nombres, a un rincón del fondo de la habitación, donde un teléfono inmóvil y socarrrón le sonreía. Súbitamente quedó paralizado. No podía ser; había olvidado su nombre. La jugarreta de su memoria trocó en un abatimiento punzante que lo invadió. Aturdido, creyo oír una carcajada proveniente del maldito rincón. Creerme que esa vez lo hubiera hecho, de verdad, la hubiera llamado La ansiedad mudó en perplejidad y su atención viajo del rincón al rastro vergonzante que el tiempo y el peso de su cuerpo dejaron sobre el diván. Esta vez no hicieron falta chasquidos esotéricos ni bandejas espartanas. Ël mismo constató que la indecisión no queda lejos del fracaso. Pero en fin, vayamas acabando. Si alguien se detiene al comienzo de cada párrafo, quizás deduzca el nombre del oculto objeto de deseo, y tal vez pueda echar un cable a nuestro entrañable amigo, que pensó mucho muchísimo en la esencia de las cosas, y las cosas se lo comieron