Piénsame
La condición etérea, lo inefable del alma, nos hace olvidar que somos cuerpos girantes, contorsionistas hábiles.
El secreto del tiempo
es su escondite.
Pasa desapercibido
detrás de los coches
que atraviesan las calles.
Se esconde en las esquinas
y, al pasar, los embiste.
Debajo de las sábanas,
cuando duermes conmigo,
el tiempo se nos cuela
y nos posee de nuevo.
Y no es que el tiempo quiera
meterse en nuestras vidas,
se trata de que somos
su único alimento.
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A sorbos famélicos
vacío los días
en que el sopor del tiempo
me envuelve tiernamente.
Con la certeza inédita
de que el aire pesa,
con la sorpresa ingrata
de que sigo viva.
Es un dolor cansado,
de tormenta de domingo,
el de cobrar conciencia
de que no ha cambiado nada.
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Las ventanas cerradas
y la ropa en el suelo
mientras las horas lavan
el rastro de la noche.
Unas piernas desnudas
inconscientes dormitan
y una gota de rimel
subraya dos pupilas.
Como una caracola
las caderas se abisman
y danzan torpemente
sobre una cama fría.
Ya sólo queda el rastro
de aquella madrugada
en el sabor terrible
y ácido del día.
Lo miré
y supe que el amor
es sólo eso:
un desmayo de temores
que se salvan en él,
una ráfaga de caracoles amarillos,
una gran tormenta de sábanas
entre las que nada él,
una calima intensa que me abraza
y la miro y es él,
un decidido intento de suicidio,
una ceguera blanca repentina
que es, sin remedio, él.
Lo miré,
y resultó que las cosas
no son tan complicadas,
el amor no es más
que una salpicadura de ola en la piel desnuda
o un amanecer sediento en cualquier ciudad húmeda.
Sólo quisiera ser menos humana
poder hacer arcilla de mi cuerpo,
moldear mi cintura con las manos,
nacer agua salada de mis pechos.
Sueño con que mis piernas sean de arena,
que mi vientre sea un páramo sediento,
que mis dedos sean una enrredadera
que se encarame y crezca por tu cuello.
Que mi boca sea un hondo acantilado,
Que mis labios sean nimbos pasajeros,
que mi aliento sea el único testigo
del rígido engranaje de mis huesos.
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