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La Navaja de Ockham

"Una creencia no es una idea que la mente posee, es una idea que posee a la mente"


Fotografiar la Vida.

- No tiene mal gusto la niña -dijo el vendedor cuando señalé mi preferencia-.
Cuando mis padres hicieron la señal de asentimiento, estallé de alegría. No me lo podía creer; me habían llevado hasta la tienda engañada. No podía imaginar que me irían a regalar la máquina de fotos con la que había estado soñando durante meses.
- Te lo mereces por acabar el bachiller -me dijeron-; es lo mínimo que podemos hacer para agradecer y valorar tu esfuerzo.

Lo cierto es que no me separo de la cámara. Duermo junto a ella, con eso lo digo todo.
Me he propuesto fotografiar la vida que me pasa por delante.

Mi padre, fiel a sus miedos, cuando me ve al lado de la cámara, empieza a protestar y utiliza una palabra que le encanta: Obsesión. Pero además, es una actitud mía que le hace muchisima gracia, porque viene de familia. Al pricipio, cuando me nombraba esta palabra me producía un fastidio tremendo y acababa enfadándome con él.
Me quedaba callada, pensando. Entonces él empezaba a mover la cabeza de un lado para otro, porque sabía que iba a encontrar un razonamiento que lo tumbaría. Y así era. Mi madre me soplabla una palabra, solo una palabra. En este caso de la camara, Romanticismo.
Fue la clave, por supuesto, para elaborar mi argumento.
- Papá, ¿no te has dado cuenta de que es una cuestión de romanticismo? ¿Acaso no llevas tú una foto de mamá en la billetera a todas partes?

¿Entendéis ahora por qué me llamo En Pie con el Puño en Alto?

Aquí dejo una muestra de las fotografías que he hecho en estos últimos cuatro días.


Esta es Luna: Una amiga (se llama Dorina) pensó que era una lechuza. Así, que ahora hablamos de la perra-lechuza.



Los Agapanthus Africanus, empezando a florecer, en al jardín.



Estas son una especie de Calas amarillas, cuyo nombre no conozco, así que se admiten sugerencias.



(También lo podéis ver en En Pie con el Puño en Alto)

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El Inalcanzable Mundo

Como había exigido mi padre días atrás, desde el último incidente mi madre se ocupó de mí. Así que empecé a pasar largos ratos con ella sin entrar en una actividad definida. La verdad es que al principio me aburría bastante. Aunque no se desesperaba conmigo como le pasaba a mi padre. Ella simplemente decía ?muy complicado? o ?no estoy muy segura?.
Con esta nueva ?circunstancia? abordaba otra faceta de la realidad del mundo de los adultos: el de las mujeres a solas.
Mi madre me contó que las mujeres años atrás eran una especie de adorno, pero que ahora empezaban a intervenir en el mundo y no había que preocuparse demasiado. Me explicó que con inteligencia y cultura, una mujer podía llegar muy lejos. De inmediato me acordé de Roma y le pregunté si las mujeres podíamos encontrar algo de lo que buscamos en Roma. La tranquilidad de mi madre era adorable:
-¡Oh, lá, lá! ¡Claro, mon cheguí! ¡Qué preguntas tan raras haces! ¡Qué ingenio! Una mujer en Roma consigue cualquier cosa, cheguí. Desgraciadamente -dijo- estar a la sombra de un hombre algunas veces es necesario.
-¿Por eso perdemos el apellido al casarnos ?pregunté- porque compramos con él la sombra de un hombre?
-¡Oh la lá! ¡Muy complicado, mon cheguí...! Dejaremos esta cuestión para otro momento.

Mi madre tenía fotografías de actores del cine clásico repartidas por toda su habitación. A veces, cuando necesitaba relajarse, las copiaba a carboncillo. Era una verdadera artista. Mientras hablábamos me daba papel y lápiz para que yo también dibujara. Mi abuela, que tenía la misma afición, tenía colgado un dibujo que había copiado de una foto del Papa. Un día pregunté quién era ese artista y en qué película podíamos haberlo visto. Mi abuela se disgustó bastante y acabó reprochando a mi madre la ignorancia en la que me tenía sumida respecto al tema. Mi madre prometió ocuparse personalmente. Pero no lo hizo. Creo que tomó esta decisión por no verse complicada con mis preguntas. Con su actitud quedaba claro que a mi curiosidad no había que hacerle más regalos.
Nunca he creído en fantasmas y sobre el asunto de Dios todo fue muy breve. Un día me explicaron que convive en espíritu con la mayor parte de la población del planeta. Más tarde supe que ha creado graves enfrentamientos a lo largo de la historia y en la actualidad. Y yo he ido conociendo a mucha gente que cree en Él y a la vez insiste en que los espíritus no existen.

Dejé de ir a la playa con mi padre y mis hermanos aunque, a diario, me invitaban a acompañarlos. Resulta que al lado de mi madre fui comprendiendo que el carrusel de las mujeres se mueve de una forma diferente. Comprendí que ellas se ven constantemente entre un futuro y un pasado que se persiguen el uno al otro; y yo, sin saber quién de los dos ha empezado a correr el primero.
La exclusión a la me había obligado mi padre, en parte, me daba la clave para un razonamiento: yo ya no era cosa suya. Mi conclusión fue que ya esperaba poco o nada de mí. Y ¿entonces? ¿Qué esperaba él de mi madre? ¿Y yo? ¿Qué podía esperar yo de ambos? Me quedé con la impresión de que del asunto femenino cuelga una añoranza, como un sueño inteligente que se consume en una tierra de promesas.

El teléfono es uno de los inventos más revolucionarios de la humanidad. De una llamada depende que el mundo de los adultos flote de felicidad o se desmorone sin remedio.
Estaba acabando el mes de agosto, cuando una mañana, muy temprano, alguien del ministerio llamó y mi padre se quedó profundamente abatido. Mi madre estaba muy nerviosa, como si de aquella llamada dependiera el futuro de toda la familia. Por el estado en que se encontraba mi padre, casi llegué a pensar que el mundo se acabaría al día siguiente.
Cada vez que me acercaba a mi padre, mi madre venía veloz y me sacaba de su lado. Ahora comprendo que me tenía miedo. El pobre, difícilmente hubiera podido soportar una sola de mis preguntas.
Mi madre me explicó que habían aprovechado las vacaciones de todo el mundo para destituir sin escándalo al ministro de mi padre. Y, claro, el pobre se había quedado colgando de su puesto. Yo encontré rápidamente una solución a su problema, no tenía más que abandonar su realidad giratoria y ajustable, y pasarse a nuestra realidad móvil -la del columpio- e impulsarse más alto. Si su carrusel ya no funcionaba no debía pagar a nadie para volverlo a mover: era injusto y humillante.
Por la tarde, conseguí zafarme de la vigilancia de mi madre y me colé en la biblioteca. Mi padre estaba sentado en su mesa de trabajo, mirando pensativo unos documentos. Parecía que estaba repasando una historia. Tiempo después supe que preparaba su currículo. Me acerqué a él lentamente, indecisa; no sabía cómo iba a reaccionar. Levantó la cabeza y me miró. Dudó unos instantes y me tendió un brazo para que me acercara. Me abrazó muy fuerte y yo aproveché para decirle al oído: papá, pásate a la realidad de los locos e impúlsate más alto.
Esperaba que se levantara y saliera pidiendo socorro, o que me echara. Pero no hizo nada de eso.
Me dijo: claro que sí, pequeña; no tienes que preocuparte por nada.
A la mañana siguiente, salió en el primer avión con destino a Paris. Y esa misma noche sonó el teléfono: buenas noticias. Todo había ido bien.
Mi madre se abalanzó sobre mí y me besó efusivamente.
Decía: ¡Gracias a Dios, gracias a Dios! ¡Papá ha ascendido! ¡Es ministro! ¡Gracias a Dios!
Yo me quedé estupefacta. Pero, ¿es que mis padres no hablaban? Mi padre había seguido mi consejo y mi madre daba las gracias al Espíritu del planeta.
Este día comprendí que el mundo de los adultos era inalcanzable. Yo nunca estaría a la altura. Nunca querría estarlo.



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Un Santo. Mi Padre es un Santo.

Con la curiosidad golpeada y empeñada todavía en conseguir un poco de soledad, abandoné el espionaje y empecé a frecuentar la biblioteca.
Estaba segura de que los libros despejarían mis dudas.
Al principio me dediqué a curiosear los títulos. Con cada uno que me gustaba me decía, ?este me lo voy a leer?.
Varios días después mi padre me sorprendió allí encerrada. Se mostró bastante extrañado. Empezó a parpadear rápidamente, como si le estuviese naciendo un tic nervioso. Sin articular palabra se me acercó despacio y me dijo: ¿qué estás fisgando?
El tono era complaciente, menos mal. Noté que su voz le pesaba, más lenta de lo habitual, como si la gravedad tuviese más efectos de los habituales.
Me sentí descubierta. Pensé que debía disimular. Así que me acerqué hasta el balcón en busca de una respuesta neutra; pero encontré, entre los troncos de dos árboles, un tronco azul que mostraba los azules del mar y del cielo, pegados. No dije nada. Él me siguió y apoyó su mano en mi hombro. Le miré en silencio y descubrí que en sus ojos también había dos azules pegados.
Me dio pena mi padre. Yo debía resultarle desconcertante.
Sin poder remediarlo le pregunté si todos los libros que había en la biblioteca contaban más o menos lo mismo. Me respondió que la biblioteca era el lugar donde se guardaba el pensamiento de muchas personas inteligentes y que era muy importante consultarlos.
Pero yo insistí: ¿todos cuentan lo mismo o no? ¿Es necesario que haya tantos?
Entonces me explicó que muchos escritores coinciden en lo que piensan, pero que lo interesante era el modo en que se decían las cosas, el punto de vista de cada uno.
Me quedé callada unos instantes. Después exclamé: ¡pues, si se ha escrito tanto, y los escritores tienen que repetirse, es porque desde hace tiempo ya no queda nada nuevo que decir...!
La cara de mi padre se desencajó, pero yo ya no podía parar: papá, si todos los caminos conducen a Roma, ¿por qué no van allí los escritores a buscar ideas nuevas?

.

Tras la palabra realidad vino ?circunstancia?.
Esta palabra ?circunstancia- estaba en boca de los mayores todo el día. La cocinera estaba gorda por la circunstancia de su oficio. Y debía ser verdad, porque los cocineros que conocía -en el colegio había dos- eran gordos.
Según esto, circunstancias iguales debían dar el mismo resultado.
El diccionario me aclaró poco. Pero me quedaba mi padre.
Enseguida se acordó de la pregunta del ?congreso?, que no me había contestado todavía. Puso la disculpa de que había estado esperando la oportunidad para explicármelo, en cuanto le disparase la siguiente pregunta.
Lo cierto es que me tenía miedo, porque mis preguntas ?así me lo dijo- le complicaban la vida. Me froté las manos pensando que ya empezaban a encajar cosas. Me explicó que un congreso es una reunión de gente muy importante y con mucho poder, en la que se expone o se toma alguna decisión sobre un tema que concierne al Estado.
Y aquí le pregunté si esos temas tan importantes eran reales o inventados.
Mi padre palideció: pero, ¿tú que has estado escuchando?
Pues lo que te decía el señor tan importante que vino a comer, contesté. Tenéis que hacer un congreso para mucha gente porque hay que quedar bien con el hermano del ministro.
Y para terminar de arreglarlo solté: ?y también oí que iba a costar muchos francos inventar un tema.
Fue entonces cuando me explicó que la ?circunstancia? era como un accidente que influye sobre algo o alguien, y que a veces es conveniente provocarlo como por ejemplo, idear cosas para que una nación marche bien.
Y yo, que había entendido perfectamente, disparé:
¿Para que la realidad ajuste en Francia como un traje nuevo, papá?

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Mi pobre padre.

Cada día, tras el almuerzo, mis dos hermanos y yo íbamos con mi padre a la playa. Él era tan popular que no paraba de saludar. Cada poco debíamos detenernos bajo un sol que escocía en la piel. Comprendía a mi madre, que odiaba la playa porque se tostaba; a ella le gustaba únicamente pasear en yate.
Mientras mis hermanos jugaban despreocupadamente, yo me acercaba a mi padre y sus amigos, y poniendo toda la atención posible intentaba memorizar las palabras que no entendía. De vez en cuando me miraba incómodo para que me apartara. Mi actitud debía resultar muy evidente. Después, ya a solas, recriminaba con severidad mi mala educación. En el fondo debía de hacerle gracia, porque luego se suavizaba y me decía que si había algo que me interesase mucho podía preguntárselo. Yo no dudaba un instante: ¿qué es un congreso? Y me quedaba mirándole fijamente, a la espera de una respuesta convincente. Pero no me contestaba. Estaba segura de que tardaría días en hacerlo. Primero tenía que preguntarse si se estaba equivocando en algo; lo hacía en voz alta, moviendo la cabeza, como si se estuviera sacudiendo algo muy molesto. Luego, cuando se cruzaba conmigo, sólo me miraba. Unos días después, armado de paciencia y con una respuesta estudiada, intentaba explicarme las cosas.
Mi padre parecía tener mucha prisa siempre. Pero también tenía esa actitud tranquila del que ha hecho buenos propósitos. Estaba claro que la realidad no le acababa de ajustar como él quería.
Sobre si la locura dolía no tenía certezas. Pero sí tenía razones para creer que la realidad podía resultar molesta. Para mi padre debía serlo aunque le ajustara perfectamente. Además tengo la completa seguridad de que se arrepintió de sus buenos propósitos tantas veces como pudo.

En el colegio había aprendido que el ser humano no ha sido siempre igual a lo largo del tiempo, y que había habido otras épocas con sus realidades correspondientes, en las cuales los hombres habían vivido perfectamente adaptados a ellas. La realidad seguía siendo el factor común.
Yo sabía que cada vez que un hombre convence a todos los demás de algo, la realidad se queda clavada eternamente, siempre que no venga otro a contar otra cosa que parezca mejor y vuelta a empezar.
Pero también había aprendido que las cosas dichas con seguridad pueden convencer, aunque no tienen porqué ser ciertas. Por ejemplo, cuando mi madre nos mandaba a la cama porque teníamos que estar muy cansados. Lograba convencer a toda la casa, a mi padre, a mi abuela: era la cancioncita de las nueve. Había llegado la maldita hora, aunque no había una gota de cansancio ni de sueño en nosotros.

Mi padre un día me contó que había un ley física que habla de la inercia y que provoca que las cosas se queden como están. Me explicó que una cosa que se está moviendo tiende a seguir haciéndolo, mientras que si está quieta hay que empujarla para que se mueva. Quizá el pobre estaba intentando contestar alguna de mis preguntas. Pero como mis conocimientos de física estaban todavía verdes, no debí entenderle muy bien y le dije que la realidad en los adultos marchaba muy despacio, y a los niños nos iba deprisa porque disponíamos de poco tiempo para alcanzarlos.
Mi padre me miró perplejo y salió huyendo.
Pero yo ya estaba segura de que por eso la realidad en la historia había sido tan lenta: si el poder hubiese estado en manos de los niños, el ser humano hubiera avanzado más rápido.

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Cosas de mi padre.

Los niños son verdaderos artistas a la hora de hacer preguntas que se van complicando. Mi padre me había dicho que los locos eran personas a las que la realidad no les ajustaba. Con este comentario respondía a una pregunta atrasada. Porque, el de los locos, era un tema que me interesaba especialmente; y, quién sabe, cualquiera podía ser candidato. Después, me quedé pensando un rato largo y llegué a la conclusión de que los locos podían ser como esos árboles que vemos pasar corriendo cuando vamos en coche, que dependiendo del ángulo de la vida desde el que se los mire, podían estar siempre fugándose.

Un día vino a comer una autoridad a nuestra casa. Todavía no he dicho que mi padre era asesor de un ministro y mi madre una dama muy entretenida, ocupada en salones de belleza, reuniones sociales y actividades culturales.
La mesa se había preparado como en las películas: un gran adorno de flores naturales en el centro, cubertería de plata y loza de la más fina porcelana procedente de algún afamado sitio de Francia.
En estas ocasiones se sacaba todo; se mostraban los trofeos. Yo estaba sentada entre mis dos hermanos mayores; el invitado quedaba justo enfrente de mí. Mis padres presidían la mesa y, como es lógico, hacían los honores.
La conversación era un triángulo entre los tres adultos, en tono suave y agradable, pero en unos términos difíciles de entender. Aquí había dos realidades, no cabía duda: el triángulo por un lado; nosotros enfrente, como otro trofeo de mis padres que también era preciso mostrar. En ese momento creí que la realidad estaba desacoplada, porque no se repartía por igual sobre la mesa que estábamos compartiendo.
Quise verificar si estábamos locos en ese momento, por si la demencia fuera algo que va y viene apremiada por la necesidad, como el hambre o el sueño. Aprovechando un silencio pregunté a mi padre en qué clase de realidad desajustada vivían los locos y en qué ocasiones se manifestaba. Me miró impresionado, como si yo fuera tonta, Y como era su costumbre, se levantó y salió al porche.
Mis hermanos parecían estatuas. Mi madre intentó arreglarlo todo con una risita amable y un murmullo nervioso de palabras, que no surtieron ningún efecto.
Después vino el silencio.
Bajé la cabeza, pero siguiendo con los ojos los pasos de mi padre; y le oí repetir mi pregunta entre dientes y después clamó al cielo: ...pero, ¿qué he hecho yo, Dios Santo?
El invitado hizo su contribución al mutis, estupefacto.
Gracias a los aspavientos de mi padre, y a ese radar de largo alcance que los niños tenemos, comprendí que mi afición por las preguntas tocaba su fin.
Así supe que la realidad podía convertirse un grave problema si no sabemos controlar nuestros pensamientos.
Aquel día llegué a la conclusión de que la realidad de los niños pertenecía al mundo de los adultos; y la de los animales domésticos era un subconjunto de la nuestra.

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La respuesta está en Roma

Adoraba el silencio; era como una situación de reposo. Un solo instante de ésos era perfecto para observar las cosas y pensar un poco.
El silencio, en una casa con tanta gente, era imposible de mantener; resultaba demasiado delicado. Pero encontré un buen sustituto, en algunos momentos de soledad.
Estaba volviendo loco a mi padre con mis preguntas. Y nada me podía detener ya.
Mi padre decía que a mi edad "doce años- ya iba siendo hora de que se ocupase de mí, mi madre. Pero mi madre no era suficiente. Todo era demasiado sencillo para ella.
Hasta el momento mis preguntas habían ido cayendo en esta realidad sobre la que yo daba tantas vueltas, la de lo oportuno. Pero no acababa de encontrar respuestas convincentes. Cada una de aquellas respuestas, casi siempre, quedaba colgada de otra duda. Y una duda empujaba a otra. Al final solo había promesas.
Yo lanzaba mi pregunta favorita: .?papá, ¿la locura duele?.?
El golpe debía de ser tremendo; siempre la misma respuesta, la respuesta comodín: .?cuando seas mayor lo entenderás mejor, o te lo explicaré de otra forma, o no tienes edad de pensar en esas cosas.?.
Y la maldita conclusión: .?todos los caminos conducen a Roma.?.
Nada deseaba yo tanto como el futuro.
En cuanto pudiese, viajaría Roma para encontrar la conclusión del mundo, mirarla cara a cara y decirle unas cuantas cosas.

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