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SIN VAPOR Y SIN VELA

SOBRE LIBROS Y SOBRE TODO AQUELLO QUE NOS PERMITE VIAJAR SIN VAPOR Y SIN VELA


¿POR QUÉ DECIDO COMPRAR UN LIBRO?


Cuando alguien llega a mi casa por primera vez, sobre todo si no es muy aficionado a la lectura, casi nunca falla, suele decir algo así como “¡Madre mía, cuántos libros!” para rematar con “¿Te los has leído todos?”. Después, según el tipo de invitado y sus neurosis particulares, vienen las variantes “No sé cómo tienes tiempo”, “¡Qué acumulación de polvo!”, “¿Soportará el peso la casa?”, “¡Menudo dineral habrás gastado!” o “el papel es muy inflamable, ya puedes tener cuidado”.


Generalmente me río y trato de no contestar a esa pregunta, sobre todo para no decepcionar, porque es evidente que a pesar de leer mucho ni he podido leer todos los libros que tengo ni podré hacerlo (sumando los que todavía no he comprado) aunque llegara a vivir 150 años con una insólita lucidez de mente y una carencia de presbicia que desconcierten a la medicina del momento. El problema (o la cuestión más bien porque como todos los adictos no reconozco que tengo un problema) es que a mí no sólo me gusta leer, también me gusta comprar libros, y para mí son dos aficiones compatibles, pero bien distintas.


Y entonces vuelvo al título de esta entrada, ¿Por qué decido comprar un libro? Está claro que porque creo que me va a gustar, pero ¿Qué es lo que hace que llegue a valorarlo, que lo tenga en mis manos mientras pienso si lo debo dejar donde estaba o si lo llevo a la caja de la librería (o al carrito on line)? Hay varios caminos aunque he estado repasando los últimos libros que he comprado y me he quedado sorprendido al ver la enorme influencia del periódico en mi decisión de compra. Es mucho mayor de lo que creía. Así, por ejemplo, compré “Encuentros heroicos: seis escenas griegas” de Carlos García Gual porque Rosa Montero le dedicaba un artículo lleno de alabanzas; “El legado de Homero” de Alberto Manguel porque leí una buena crítica (aparte de que me gusta mucho el autor); “El edificio Yacobián” de Alaa Al Aswany porque leí una entrevista al autor; “Jane y Prudence” de Barbara Pym por otra crítica; “Contra el viento del norte” de Daniel Glattauer por una publicidad en la contraportada del suplemento de libros… Y así podría seguir eternamente.



También tengo otras fuentes, pero por lo que veo no son tan importantes. Están las recomendaciones de los amigos, por ellas compré por ejemplo “El asombroso viaje de Pomponio Flato” de Eduardo Mendoza o las novelas de Trevanian o las de E. L. Doctorow.



Los amigos virtuales del “Libro de Arena”. Por cornwall compré “Excéntricos ingleses” de Edith Sitwell y algunas músicas (aparte de infinidad de excursiones potenciales por Inglaterra); por Maparo55, “Confabulario” de Juan José Arreola y “Palabras y sangre” de Giovanni Papini; hoy mismo he comprado “Winesburg, Ohio” de Sherwood Anderson después de leer la última entrada de Nana. La que menos ha contribuido a mi adicción ha sido unah, como últimamente habla más de paisajes y sensaciones que de libros, no me ha hecho comprar ninguno, que yo recuerde, aunque sí algún disco de Brahms.



Y después vienen “Página 2” de TVE, mis excursiones por internet o mis paseos por las mesas de novedades de las librerías donde se exponen esas portadas tan bonitas de las editoriales españolas. No sabemos la suerte que tenemos con el cuidado de las ediciones españolas. Las portadas francesas son tremendamente sosas y aburridas, las inglesas aunque algo mejores, se quedan todavía muy lejos de las preciosas portadas de los libros españoles. Así que también he comprado libros como cuando era pequeño, por la portada y por el argumento (y por el fajín de papel lleno de críticas positivas), aunque en este caso el nivel de desacierto suele ser bastante mayor. El último ejemplo fue “El verano mágico en Cape Cod” de Richard Russo, después de leer las tres primeras páginas me espantó el estilo y lo dejé inmediatamente. Y el penúltimo “Amor en Venecia, muerte en Benarés” de Geoff Dyer.



Bueno, pues ya sabéis por qué decido comprar un libro. Próximamente os contaré por qué decido empezar y acabar de leer un libro, y también por qué decido guardarlo. No sé si esto le interesa a alguien, pero al menos a mí me ayuda a ordenar mis ideas y también a entender por qué hago a veces cosas tan tontas.  


 

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EL PEQUEÑO NICOLÁS


El pasado 15 de enero publiqué una entrada que se titulaba “No llores, atontado, ríe y sigue” en la que enumeraba una serie de novelas y escritores con los que me había reído mucho. Decía entonces que las buenas historias de humor pueden ser una pócima o un bálsamo contra el pesimismo y el desánimo que suelen acompañar a las malas épocas, ya sean colectivas (crisis económica mundial) o personales (estrés, ansiedad, depresión).


NOTA: Si tengo que dedicar cinco o seis líneas a describir aquella entrada en lugar de remitiros a ella, no es por egocentrismo o autopromoción sino porque los gestores de “Libro de arena”, en un alarde también de un especial sentido del humor, hacen desaparecer de vez en cuando algunas de mis entradas siguiendo algún tipo de criterio oculto y misterioso (pero seguro que justo). Entre otras, ésta de la que hablo.


Pues bien, en aquella entrada olvide inexplicablemente una de las colecciones de relatos más graciosas, divertidas y balsámicas que se han publicado nunca. Me refiero a las historias de “El pequeño Nicolás” escritas por René Goscinny e ilustradas por Jean-Jacques Sempé.


Este verano, necesitado como estaba de una buena dosis de poción mágica, descarté las novelas policiacas, de espías o cualquier otro tipo de literatura ligera y desengrasante para volver una vez más a las aventuras geniales del pequeño Nicolás y sus amigos. Su secreto es muy sencillo (de describir, no de reproducir), están escritas bajo la aparente inocencia de la mirada de un niño, pero con toda la retranca y humor cáustico de un genio como Goscinny. Sólo hay que recordar que fue también el guionista de Astérix y de Lucky Luke. En ellas nos encontramos siempre con adultos (padres, profesores, directores de campamento) que tratan de imponer su lógica de adulto a un grupo de escolares que funcionan como un cuerpo colectivo, anárquico, imprevisible y desparramado. Por eso nos encontramos con el experimentado fotógrafo que trata en vano de hacer una fotografía de la clase en la que salgan todos y ninguno movido; con el experimentado monitor que trata en vano de organizar juegos de orientación en torno al campamento; con el experimentado médico que trata en vano de hacer una revisión por rayos X a toda la clase; con el experimentado animador que trata en vano de organizar juegos en el salón de un hostal un día de lluvia… Cada iniciativa adulta se encuentra siempre enfrente con una voluntad colectiva opuesta formada por tantas alternativas diferentes como niños. Uno quiere comer su bocadillo, a otro le dan miedo los rayos X, otro quiere dormir, otro llora porque nadie le hace caso… Da igual, cualquier motivo vale para sacar de quicio a los adultos sin ni siquiera proponérselo.



Y luego están los dibujos de Sempé, tan inseparables del pequeño Nicolás y sus amigos como los de Thomas Henry de Guillermo Brown. Por eso, cuando han sacado la película hace poco con personajes de carne y hueso no he querido ir a verla, porque el universo del pequeño Nicolás es el que Sempé dibujó, no puede haber otro.



Sempé, aparte de los del pequeño Nicolás, ha publicado muchos libros con sus dibujos y, salvo que esté equivocado, nunca se han traducido al español. Es una pena porque se trata sin duda de uno de los grandes humoristas gráficos.



En fin, no quiero daros más la tabarra. No hay nada más difícil que describir algo gracioso. Si ya lo conocéis, me imagino que habréis reconocido al menos parte de lo que acabo de contar, y si tenéis la suerte de no haberlo leído nunca, dejad todo lo que estéis haciendo y corred a la librería más cercana. En España, los publica Alfaguara en su colección infantil. En Francia, FOLIO tanto en su colección para adultos como en la infantil.


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JOHN LAVERY Y EL ESPÍRITU BRITÁNICO


Para unah con el deseo de que se recupere pronto


Los que tenéis la paciencia de seguir leyendo este blog, ya sabéis que disfruto mucho descubriendo viejos pintores o escultores que siempre han estado ahí, pero que yo desconocía. Soy una especie de descubridor de talentos pasados, que en realidad viene a ser lo mismo que un descubridor de lo enorme que es el campo de mi propia ignorancia. Casi todos estos supuestos descubrimientos lo son de artistas más bien de segunda fila, nunca de grandes genios. Por algún motivo todavía oculto para mí, me siento mucho más cerca de este tipo de artistas que de los genios rotundos e indiscutibles. Esto no impide, claro, que reconozca la grandeza y la inmensa calidad de los maestros. Simplemente los otros me resultan más humanos en su imperfección. Me pasa algo parecido con la literatura. Pues bien, hace poco me ha vuelto a ocurrir este fenómeno de descubrimiento personal con John Lavery, un pintor británico que vivió a caballo entre el siglo XIX y el XX. Como casi siempre, el camino para llegar a él no ha sido el más evidente. En este caso, fue a través de la portada de la edición española de la novela “Europa” de Romain Gary. En ella se ve un trozo del cuadro de John Lavery titulado “Las jugadoras de ajedrez”.



John Lavery nació en el Ulster, pero desarrolló su carrera artística en Glasgow. Eso es todo lo que voy a decir sobre su vida porque no quiero aburriros con datos que podéis encontrar en la Wikipedia. Bueno, sí diré algo más, que se casó con la pintora estadounidense de origen irlandés, Hazel Martyn, que era un bellezón, a la que pintó en más de 400 cuadros. El rostro de Hazel Lavery fue incluido en los billetes irlandeses de curso legal desde 1928 hasta los años setenta.



Hay dos cosas que me han llamado la atención de John Lavery y que podéis ver a continuación. La primera, es su variedad de estilos, tan dispar que hace difícil atribuirle un cuadro si no lo conoces previamente. En algunos de ellos a veces recuerda a Sorolla o a Sargent, mientras que en otros el estilo es casi el opuesto. La segunda, es su capacidad para recoger lo que a mí me parece que puede ser el espíritu o el modo de vida británico de finales del XIX y principios del XX. Por supuesto, siempre de las clases más acomodadas. Por eso en su obra abundan los juegos al aire libre (tenis, golf,…),



los paseos por el Támesis,



los picnics,



las escenas de playa, tanto de Inglaterra como de la Costa Azul,



los retratos de personalidades de la época,



los escenarios exóticos y coloniales,



pero también los cuadros de la Primera Guerra Mundial, curiosamente con más hospitales y cementerios que escenas heroicas.


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PEQUEÑO CATÁLOGO DE OBJETOS INÚTILES (VII).- EL CALEIDOSCOPIO


Yo mismo empiezo a darme cuenta de que ya me estoy poniendo un poco pesado con los objetos inútiles, pero no puedo evitarlo, escribo sobre uno y me sale otro detrás, como si fueran cerezas. Lo que sí he comprendido a lo largo de estas siete entradas es que a mí no me gustan los objetos inútiles sin más. Me gustan los objetos inútiles y bonitos o también los objetos inútiles e interesantes. El caleidoscopio forma parte sin duda del primer grupo, y además es un objeto inútil casi en estado puro porque, siendo considerado habitualmente como un juguete, ni siquiera sirve para jugar. Sólo sirve para mirar a través de él (o dentro de él más bien) y contemplar imágenes y colores armoniosos. De ahí su nombre, formado por las palabras griegas  “kalos”, “eidos” y “scopio”, es decir “bello”, “imagen” y “observar”.




Tengo que reconocer que no sabía casi nada de la historia del caleidoscopio, así que me ha sorprendido bastante leer en la Wikipedia que es un invento muy reciente, de 1816, y que la persona que lo patentó, un tal Brewster, ganó muy poco dinero con su invento a pesar del éxito inmediato porque, debido a la facilidad de su fabricación, enseguida fue copiado por infinidad de empresas. En realidad sólo se necesita un cilindro, unas láminas metálicas con efecto espejo y unas cuentas de colores. También en Internet se pueden encontrar sin problema las instrucciones para hacer caleidoscopios. El caso es que el pobre Brewster no se hizo ni rico ni famoso. Si por lo menos hubiera llamado a su invento “brewsterscopio”…



Otra cosa que también me ha llamado la atención es la distinción entre el caleidoscopio y el teleidoscopio, en el que las imágenes que se configuran a través de los espejos son reales, las que tiene delante el que mira. Se captan a través de una gruesa lente que se coloca al final del cilindro. En el nombre se sustituye “kalos” por “tele”, ya sabéis, “lejos”.



Por supuesto, también tengo varios caleidoscopios rondando por casa aunque no puedo olvidar el primero de todos, ya desaparecido. Lo encontré un día, cuando era muy pequeño (o quizás sólo bastante pequeño), en casa de mi abuela. Era un objeto feo, de plástico algo sucio que debía de haber pertenecido a algún niño que quizás ya entonces había dejado de serlo. No era, como veis, un objeto atractivo para alguien muy (o bastante) pequeño como yo. Sin embargo, por su forma de telescopio o porque los niños suelen tener la manía de intentar mirar a través de cualquier objeto cilíndrico que cae en sus manos, me lo llevé al ojo (al derecho probablemente) y entonces contemplé asombrado las maravillosas formas y colores que guardaba dentro aquel humilde cilindro de plástico. Y contemplé también cómo iban variando a medida que lo giraba en mis manos. La experiencia y el paso de los años tienen cosas muy buenas, pero no sé si llegan a compensar la maravilla de los descubrimientos del principio, cuando todo es nuevo o sucede por primera vez.


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PEQUEÑO CATÁLOGO DE OBJETOS INÚTILES (VI).- EL RELOJ DE ARENA


Estamos hechos de tiempo. El tiempo es tan importante para nosotros que ni siquiera alcanzamos a darnos cuenta de que realmente lo es. Nacemos, vivimos y morimos dentro de esa cuarta dimensión que rige toda la existencia de acuerdo con unas leyes de las que apenas sabemos nada. Para medirlo hemos creado muchos ingenios, o al menos para intentar medir lo que creemos que es. Nos sentimos muy orgullosos de la precisión de los últimos relojes atómicos con una desviación de un segundo en 30.000 años, pero una desviación respecto a qué. Todas nuestras modernas máquinas de medición no sirven más que para tratar de organizar la comunidad de seres humanos del planeta Tierra, para ponernos de acuerdo acerca de cuándo tenemos que empezar y acabar nuestras actividades o cuándo podemos coincidir en el mismo espacio con otra persona. De ahí a que controlemos de verdad el tiempo hay un gran trecho, un espacio infinito quizás.


Resulta gracioso pensar que el concepto africano del tiempo, considerado como primitivo por los miembros de las sociedades más avanzadas, pueda estar más cerca de la realidad del tiempo que el nuestro. Ya sabéis que en África el tiempo de cada uno es propio, no compartido con los demás, y además se asocia a los acontecimientos, de manera que si no ocurre nada, tampoco hay tiempo. Por eso no se desesperan como nosotros cuando esperan y por eso también en algunos aeropuertos se anuncian los vuelos diciendo que el avión “X” con destino a la ciudad “Y” saldrá “en cualquier momento a partir de ahora”. Si no lo habéis hecho ya, os recomiendo la lectura de “Ebano” de Ryszard Kapuscinski. Habla sobre esto y muchas otras cosas relacionadas con África.


Y así llegamos al reloj de arena, ese instrumento de medición tan primitivo, pero a lo mejor tan cercano a la esencia del tiempo porque se trata también de un medidor subjetivo, en la línea del concepto africano. Sólo mide el tiempo que pasa desde que lo giramos hasta que la arena de la ampolla superior cae a la inferior. Nada más y nada menos. En eso tiene mucho en común con la clepsidra (reloj de agua). Los dos miden un tiempo establecido de antemano y los dos funcionan por la fuerza de la gravedad. El reloj de sol también usa una fuerza natural, el movimiento de rotación de la tierra, pero a diferencia de los otros, mide un tiempo objetivo y común a todos, el que transcurre desde que sale el sol hasta que se pone. Los relojes de manecillas y los digitales son herederos directos del reloj de sol porque usan el mismo criterio, la rotación de la tierra, para sus mediciones.


Pero es que el reloj de arena, además de medir el tiempo de manera más esencial que el resto de los artilugios creados para ello, es el que mejor representa el paso del tiempo por nuestras vidas. La ampolla superior llena de arena representa el nacimiento y, claro, cuando el último grano ha caído y se ha quedado vacía, qué otra cosa puede significar sino la muerte. Representa la fugacidad de la vida, el tiempo que se nos escapa entre los dedos como la arena que pretendemos mantener en el puño cerrado. Con ese mismo significado iconográfico aparece en muchas obras de arte en Occidente, como el tiempo que se nos escapa o la muerte que llega, que viene a ser lo mismo. Al parecer la primera representación gráfica del reloj de arena aparece en 1328, en un cuadro de Ambrogio Lorenzetti titulado “El buen gobierno”. Lo sostiene en sus manos una mujer que representa la temperancia.



También aparece en “El caballero, la muerte y el demonio” y en “La melancolía” de Durero.



En “Las edades de la vida” (en el Museo del Prado) y “La joven y la muerte” de Baldung.



En “Vanitas” de Philippe de Champaigne, pintado en 1671, tres años antes de morir.



Y en algunas banderas piratas (no presagiando nada bueno para la tripulación que lo avistara desde cualquier otro barco).



En la antigüedad los relojes de arena jugaban en ocasiones papeles muy serios. Por ejemplo, dentro de los barcos servían para contar el tiempo de las guardias y por lo tanto el tiempo de descanso. Cualquiera que le diera la vuelta antes de tiempo o intentara manipularlo de alguna manera era castigado con gran severidad.



Hoy en día, como no existe la muerte y el paso del tiempo se esconde debajo del consumo desmedido y las luces de colores, el reloj de arena ha quedado bastante relegado, a veces desempeñando papeles algo ridículos para el que ha sido el gran símbolo de la fugacidad de la vida. Lo encontramos en los cuartos de baño de los niños para controlar el lavado de dientes, en la cocina para saber cuándo está duro el huevo que hemos puesto a hervir, en los juegos de mesa o, antes de que aparecieran los móviles, al lado del teléfono de casa para que los miembros de la familia (sobre todo los adolescentes) tuvieran en cuenta, más que de la fugacidad de la vida, el importe de la factura del teléfono. Ese fue el primer reloj de arena que vi en mi vida, al lado del teléfono de mis abuelos.



Hace poco Intermon Oxfam lanzó una campaña para que fuéramos conscientes de la necesidad de ahorrar agua, Sacaron a la venta un reloj de arena que medía cuatro minutos, que es al parecer el tiempo suficiente para ducharse sin derrochar agua (yo lo he probado y en mi opinión es un poco escaso si también te lavas la cabeza).



Por cierto, casi me olvido del relojito que aparece en la pantalla del ordenador para desesperación del usuario, aunque últimamente creo que lo han cambiado por otros dibujos. Existe también por ahí una cosa muy tonta, el reloj de arena digital.



En casa tengo varios relojes de arena, pero los que más me gustan son el que visteis en la entrada anterior, que mide una hora y está hecho con piezas recicladas, y estos dos, el primero mide media hora y el otro, una. Este último lo compré en una tienda alucinante de relojes de arena que hay en el Trastevere de Roma.



Si os interesan los relojes de arena, el mejor libro que conozco es “El libro del reloj de arena” de Ernst Junger.



BONUS TRACK


Aunque no tiene nada que ver con la entrada de hoy, os presento a modo de regalo extra estos Altocúmulos Floccus que aparecieron ayer por la mañana en el cielo de Madrid.


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PEQUEÑO CATÁLOGO DE OBJETOS INÚTILES (V).- RELACIÓN DE COSAS SOBRE MI MESA DE ESCRITORIO


Hace poco se publicó en España “El vértigo de las listas”, un libro editado por Umberto Eco sobre series, registros, repertorios, catálogos y relaciones (de nombres, de santos, de cuadros, de ángeles,… en fin todo tipo de listas sobre todo tipo de cosas). Es un libro ilustrado en pasta dura muy bonito, del mismo estilo que los que editó antes sobre la historia de la belleza y la historia de la fealdad. El caso es que inspirado por Eco y por una de las últimas entradas de Cornwall, me he fijado en mi propia mesa de escritorio y me dispongo a continuación a relacionar con entusiasmo todas las cosas (demasiadas) que se ven sobre ella desde mi silla.



Dos bandejas de marquetería. Las hacen en una residencia para personas con algún tipo de minusvalía psíquica. Compré la primera en un mercadillo hace un año, y la segunda en el mismo mercadillo el mes pasado. Las uso para hacer girar sobre ellas mis peonzas de tipo perinola (me relaja).



Varias peonzas sin cuerda (perinolas).


Un begleri. Es un tipo de komboloi compuesto por dos bolas y una cuerda estrecha entre ellas. Tengo muchos más en los cajones, pero ese es otro universo.


Un posavasos de corcho grueso. Para colocar generalmente una taza de té encima, a veces una Coca-Cola (Zero, por la operación bañador).


Un reloj de arena de una hora hecho en la India con piezas recicladas (ya hablaré en otro momento de los relojes de arena).



Una figurilla de alguna aleación metálica que representa a la diosa Atenea. La compre en Atenas, en un puesto donde había miles iguales. Una especie de homenaje mitológico a la producción en serie.


Un soldado imperial de la Guerra de las Galaxias.


Un regalo de mi hija compuesto por pajitas de bebida y animales de cartón pegados con celo.



Una cajita marroquí de madera con recambios de pluma de tinta. Es curioso, antes escribía siempre con estilográfica, pero desde hace unos diez años dejé de hacerlo. Debe de haber algún tipo de explicación inconsciente para ello.


Un atril de madera con cuadernos y papeles diversos. Nunca lo he utilizado para lo que sirve.


Un sacapuntas de manivela. Cuando estaba en preescolar, mi profesora, la madre Carmen, tenía uno de metal que nos gustaba mucho a todos. Desde entonces siempre quise tener uno. Éste es de plástico porque los de metal son bastante caros y en realidad ya casi nunca uso los lápices.


Un sacapuntas de plástico con cajita incorporada. Para qué querré yo tanto sacapuntas si ya no escribo con lápices.


Un bote con bolígrafos y lápices. La condición para formar parte de ese club es tener punta y pintar. No soporto los botes llenos de bolígrafos secos o de lápices sin mina.


Un tarjetero de madera sobrecargado de papeles que hace años que no miro. Entre ellos hay una foto de mis primeros Reyes apoyado en una esquina (para que no se me cayera la cabeza, supongo) y rodeado de muñecos y juguetes.


Un pisapapeles de cristal en forma de bola que nunca he utilizado para pisar papel alguno.


Una lámpara de mesa.


Otro pisapapeles de la National Gallery que nunca ha llegado a realizarse como tal.


Un cachalote de goma de la marca Schleich a escala 1:32. Se lo he cogido prestado a mis hijos. Algunas veces todavía me lo reclaman (es como lo de España y Gibraltar). También sirve como porra en caso de defensa propia porque la goma es maciza y contundente.


Una bandeja de escritorio.



Un palo en el que está grabado con bolígrafo la inscripción “Fuente del amanecer -1.397 metros- 8 NOV 09” para recordar el día en que mis hijos llegaron andando por su propio pie hasta esa altura.


Una piedra cogida en lo alto de La Mira (2.341 metros), que es la segunda altura de la Sierra de Gredos después del Almanzor, y mi récord de altitud andando por mi propio pie.


Una lupa guardada en una caja cúbica de madera.


Otra lupa que perteneció a mi abuelo (coleccionista de sellos, no detective privado).


Un servilletero de plata con mi nombre. Los servilleteros, otros objetos ideales para mi catálogo de objetos inútiles.


Muchos rotuladores azules Stabilo con punta de 0,4. Mi instrumento de escritura favorito. Su trazado me gusta más todavía conforme se va gastando la tinta. Espero que no desaparezcan nunca de las tiendas. Siempre tengo muchos y los voy alternando.


Dos insignias auténticas del Royal Observer Corps donde se ve a una persona al borde del mar mirando al cielo bajo el lema “Forewarned is Forearmed” (“Hombre prevenido vale por dos”). El Royal Observer Corps fue una unidad civil del ejército británico que se constituyó a raíz de la amenaza de invasión del Reino Unido por parte de las tropas nazis. Estaba compuesto por civiles que, después de ser instruidos en el reconocimiento de los modelos de aviones por su silueta en el cielo, se dedicaban a vigilar desde multitud de puestos a lo largo de la costa para alertar de posibles ataques aéreos. Si hubiera tenido que estar alguna vez en el ejército, ésta habría sido mi unidad favorita.



Una espada Excalibur en miniatura.


Dos pájaros de porcelana de mi abuela. Vivieron durante muchos años en una de sus vitrinas. Ahora lo hacen en mi mesa. No son muy bonitos en sí mismos (o a mí no me lo parecen), pero, como dicen en las películas, “tienen un gran valor sentimental”.



Un caracol y una culebra de arcilla pintada hechos por mi hija.



Una caja con estilográficas en desuso.


Una reproducción plateada de un coche antiguo.


Un barco de papel.


Una caja llena de lápices personalizados con mi nombre.



La reproducción de un busto de Hygeia, diosa de la curación, la limpieza y la sanidad, hija de Asclepio, dios de la medicina. De su nombre deriva, claro, la palabra higiene.


Cuatro libros antiguos de Mary Poppins de P.L. Travers.



Una maqueta de un avión de Easyjet en el que volé una vez a Roma.


Una maqueta de un avión Spitfire, mítico en la defensa del espacio aéreo del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial.


Un juego de habilidad de madera compuesto por un palo con recipiente y una bola atada con una cuerda.



Una réplica de una pistola de 1781.


Una linterna multiusos.


Un cartel de advertencia pirata con la inscripción “No trespassing. Pirates only”.



Dos extraños bichos mecánicos de cuerda.


Varios cuadernos Moleskine.



Un viejo ordenador portátil de siete años.


Dos bandejas de madera llenas de papeles olvidados.


Una lámina enmarcada que representa la portada de “La Isla del Tesoro” en su edición de Alianza Editorial. Vale, está colgada en la pared, no sobre la mesa, pero para mí cabe en la lista y como la lista es mía…



Fin de la relación de las cosas que se ven sobre mi mesa de escritorio.


Si quieres conocer de verdad a alguien, no le mires a los ojos, mira las tonterías que acumula sobre su mesa de escritorio. Si no tiene ninguna, desconfía…, si tiene demasiadas, desconfía también.


 

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14.000 COSAS POR LAS QUE SER FELIZ


Internet se ha convertido en la biblioteca de Babel de Borges, probablemente ha llegado incluso más lejos de lo que el propio Borges hubiera podido imaginar. Esto es algo que ya no se puede discutir: la biblioteca de Babel y la nueva revolución industrial han surgido en torno a esa realidad virtual y bastante intangible que es Internet. Pues bien, deambulaba yo el otro día por los pasillos de esta Babel buscando referencias y dibujos del ilustrador franco-vietnamita Pierre Le-Tan, que me gusta mucho, cuando, por la teoría de las cerezas tan propia de Internet (ya sabéis, quieres sacar una de un cesto, pero los rabitos se van enredando de manera que al final te quedas con otras cuatro o cinco), aparecí en un libro titulado “14.000 things to be happy about”, es decir “14.000 cosas por las que ser feliz” o, siendo más modestos, “por las que estar contentos”. El libro es simplemente una lista descomunal de cosas o experiencias que pueden resultar más o menos agradables para el que las está leyendo (o al menos para el que las ha escrito), algo muy en la línea (aunque menos desarrollado literariamente) de aquel libro de Philip Delerm que salió hace algunos años, “El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres”.



El libro “14.000 cosas…”, al ser una simple enumeración sin desarrollo alguno de elementos variopintos como el pastel de fresa, una vasija rara o ir despacio por la mañana, es más una chorrada que otra cosa, esa es la verdad. El de Philip Delerm le da cien vueltas. Pero, no sé, un cierto estado de ánimo, unido al dichoso libro y a la entrada de unah, “La felicidad es algo muy simple”, me ha hecho pensar que podría ser una buena idea enumerar a continuación algunas de las cosas que me hacen feliz (o, siendo más modestos, estar contento). Ahí van:


Encontrar papeles olvidados en mis libros. Esto es algo bastante más difícil con el libro electrónico. Pueden ser dibujos, notas, billetes de metro,…



Un cielo en el que se pueden ver varios tipos de nubes a la vez.



Una excursión por el campo en un día que amenaza tormenta. Para que el día sea perfecto la tormenta debe producirse finalmente.



Los resultados favorables de unas pruebas médicas en las que podía salir cualquier cosa.



Escuchar “Close Cover” o “After Virtue” de Win Mertens.



Escuchar “Drowning by numbers” de Michael Nyman.



Leer en la terraza con una cerveza y la gata rondando alrededor.


Acabar un puzle (ver entrada anterior).


Descubrir cosas nuevas en Internet (sobre todo escritores, pintores, músicos,…)


Leer un nuevo comentario en el blog.


Una cazuela de mejillones al vapor.



Avistar un pájaro durante un paseo y ser capaz de identificarlo.



Contar un chiste muy viejo a mis hijos y que les parezca nuevo y graciosísimo. Por ejemplo el de Jaimito y el monstruo de los ojos rojos.


Reírme con una buena comedia.



Ver una buena película en una sala de cine oscura con el sonido y el enfoque perfectos.



Tomarme, como cuando era pequeño, un Diabolo Grenadine (sirop de granadina con limonada) sentado en una terraza de algún pueblo del Midi francés.



Reconocer un olor que me transporte a otro tiempo, otro lugar u otra persona.


Los caracoles que aparecen después de la lluvia.



Escuchar a alguien que tiene algo que decir y que sabe cómo hacerlo.



Leer un libro escrito por alguien que tiene algo que decir y que sabe cómo hacerlo.


Y así, etcétera hasta 14.000.

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