Si supiese escribir ficciones reinventaría pasajes de nuestra historia.
Si supiese escribir ficciones apenas cambiaría lo sucedido pero me regalaría las claves para comprender tus enigmas. Dejaría a un lado los interrogantes que hoy empañan la memoria y pondría en tu voz las respuestas a tus silencios. Todo lo que me duele se redimiría con tus argumentos (experto inventor de fábulas), y ningún beso del pasado podría sentirlo como la daga inicial de una mentira. Fortaleceríamos el significado de nuestros mitos para que nunca cayesen, y no temería repetir palabras que cada vez que pronuncio me saben inevitablemente a ti. El horizonte sería siempre un arcoiris de futuro y no la puerta por la que volver atrás recordando el enfrentamiento permanente entre tú y tu mismo.
Si supiese escribir ficciones tu nombre sería transparente allí donde lo escondes. Te daría de nuevo el orgullo con el que te gustaba exhibirte y en tu presencia encontraría la placidez de los recuerdos y el apoyo del amigo infinito. Las cicatrices del pasado serían dibujos en la arena que la marea borraría y ninguna lágrima quemaría mis ojos por no ser de sal rosa. Jugaría con las cenizas que tus huellas tatuaron en mi piel esparciéndolas entre las caracolas que siguen trayendo tu eco y pasearía por el desierto con la serenidad de los rituales cumplidos.
Si supiese escribir ficciones comprenderías el significado de cada canción envuelta en celofanes de colores y en mi colección de sellos se sucederían imágenes de arándanos en idiomas desconocidos. Las interferencias serían sólo un ruido de fondo y no una excusa absurda, disfraz de cobardías, y las romerías seguirían evitando los naufragios entre trajes de sirena gitana y galones de mar.
Si supiese escribir ficciones convertiría el te quiero que dejé en tu costado en una promesa de amistad a la que no temieses, y variaría cada año la cifra de nuestra estela para que el futuro fuese siempre presente.
Como una ninfa que ronronea frente a un rostro hueco en un cirio encendido. Como un sacrificio consumado que atraviesa el anillo de mi cuello. Como una antorcha que tiñe de nieve los muros de esta oscuridad. Como un espejo por el que esparcir la espuma de una ola. Como un recuerdo magenta ahogándose entre las páginas de un libro. Como las estelas de un camino en el que los versos se pierden. Como pigmentos de arcilla en los dedos que no alcanzan las mariposas. Como agujas de lágrimas que no redimen el reposo del animal herido. Como un rito anudado a la desolación y la penumbra que espera el resplandor ámbar de la solemnidad. Como una red de pesca rota en la que el brindis se produce bajo el agua...
Sigo siendo la misma, aunque por ello cada día soy distinta. La sonrisa prendida en mi cara, las lágrimas siempre a punto, la contradicción constante.
Palabras que se amontonan, muchas preguntas de más, la curiosidad por compañera, la impulsividad sin enmienda.
La brisa del mar me calma, zambullirme me da vida. He olvidado a las sirenas.
Lectora impenitente, cinéfila de maratones, la música...: la música permanentemente.
Sin descanso en mi cabeza. Analítica por vocación. Inventora de rituales contra rutinas.
Cariñosa hasta la imprudencia. Desnuda al expresarme. Escribo porque siento; y siento, luego existo.
Sigo ansiando volar. El miedo no me paraliza. Por eso le pido a Marion su trapecio. Me lo deja, me balanceo: aquí estoy.
(Marion, trapecista con alas en "Cielo sobre Berlín", Wim Wenders, 1987)
En la otra orilla de la noche
el amor es posible
-llévame-
llévame entre las dulces sustancias
que mueren cada día en tu memoria.
El olvido. Alejandra Pizarnik
... buscar el amor es buscarse a sí mismo
buscarse a sí mismo es la más triste profesión
monotonía de las contradicciones
allí donde no alcanzan las leyes
en el corazón mismo de la contradicción
imperceptiblemente
extiendo la mano
y vivo.