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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


Carta a un joven escritor (I)

Apenas tengo tiempo para las arenas. Apenas tengo tiempo para escribir. Apenas tengo tiempo ni para mí mismo... Este último medio mes está siendo muy ajetreado, mucho trabajo, muchas reuniones, mucho esfuerzo en la oficina y fuera de ella... Al final, todo merecerá la pena pero mucho siento teneros abandonados durante estos días... Apuraré el poco tiempo que tengo en terminar la historia de El mercado de Darjelling, la tendréis antes de que me vaya de vacaciones. Mientras tanto, os dejaré la primera de las entregas de esta Carta a un joven escritor, de Arturo Pérez-Reverte, leída este fin de semana en XLSemanal. Dice tantas cosas que yo en ocasiones me he planteado que no podía dejar pasar la oportunidad de compartirla con vosotros.


Un abrazo


 


 


Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pensaba en ti mientras tecleaba el artículo de la semana pasada. Recordé tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito -quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso- que me enviaste alguna vez. Recordé tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria. Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.



Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día. Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro -Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas-, sin que tampoco eso garantice nada. Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte. Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas. Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre. Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida. Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar. Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez. Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso.



No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos. Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes. Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes. En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales. Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.



Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario. Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas. Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos -los hay nobles e innobles-, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional. Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos. Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.



Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto. Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía. Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando.


XLSemanal - 27/7/2010

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El mercado de Darjeeling (XV)

El pánico inunda de sudor el rostro de Hardeep, que atraviesa el pasillo de la casa del señor Ranjit con los ojos desencajados, la boca reseca, entreabierta, rezumando una suerte de espumarajos blancos por las comisuras de sus labios. En las escaleras, se cruza con la señora de Ranjit, a la que empuja airadamente ayudándose con los codos. Salvado el único escollo que se interpone entre él y la calle, desciende las escaleras que le restan presuroso, lanzando una última mirada atrás. Ve a la mujer de Ranjit, que se recompone, aturdida por el golpe al caer sobre un jarrón que decoraba la entreplanta, y asciende los escalones con la peor de las premoniciones perfilada en su cara.


Abierta ya la puerta de la calle, desparrama su mirada en todas direcciones, sospechando de todos los viandantes que atraviesan la calzada como esbirros potenciales del señor Ranjit. Apenas una decena de personas podrían seguirle. Tres muchachos de unos doce años juegan en la calle pateando una pelota de trapo que arrastra sobre sí los restos de mugre de la calle, que son muchos y variados. Al ser golpeada y deslizarse por el aire, unos se desprenden y otros se adhieren nuevamente al contacto con el firme. Cuenta cinco mujeres en total. Dos vienen del lado derecho de la calle, tres del izquierdo. Todas ellas llevan cestos prendidos en sus brazos. Vacíos las de la derecha, llenos de productos las de la izquierda. Éstas últimas vienen del mercado y probablemente irán a sus casas a preparar la comida. Al fondo, a la derecha, en una de las esquinas de un corte de calles, dos hombres ven pasar el tiempo sin grandes previsiones. Apoyados sobre la pared, con una pierna flexionada y la planta del pie descansando también en dicha tapia, adoptando una cómica posición que recuerda a las cigüeñas, su única pretensión parece ser ver pasar a las gentes que van y vienen, hablar entre ellos y reír ocasionalmente.


De pronto, un grito explosiona en el interior de la casa y su onda expansiva se extiende por las calles adyacentes. Hardeep, asustado, decide salir corriendo de su escondite tomando la dirección que conduce al mercado. La mujer de Ranjit aparece en una de las ventanas, llorando y gritando a un tiempo:


-¡A él, a él, el Maestro Ranjit está sangrando, él le ha golpeado!


Indica con su dedo acusador, enhiesto índice delator con ínfulas homicidas, la carrera desesperada del dalit por escapar de la mirada inquisitiva que se clava en su espalda desde las alturas.


-¡Vamos, matadlo! ¿A qué esperáis?


Los dos hombres que charlaban en la esquina sienten la inquina que arroja la mirada de la mujer, que los atraviesa como dardo mortal para extender su ponzoña y corromperlos. Siguiendo las indicaciones de la mujer del señor Ranjit, corren en la dirección asignada, sin todavía percibir el objetivo que les encomiendan. Luego de esquivar a dos mujeres, ven a un hombre correr calle arriba y girar a la derecha. Ellos le siguen sus pasos. Al cruzar bajo la ventana de la casa del señor Ranjit, resuena el mordisco de la serpiente:


-¡Matadlos, matadlos!


Sumen sus miradas en el firme, claudicantes. Descubren sus camisas y acarician el frío metal de sus armas de fuego. La mujer de Ranjit respira aliviada. Están en condiciones de cumplir hasta la última de sus órdenes y eso le hace sentir poderosa. Ahora entiende, al fin, las palabras de su marido tantas ocasiones repetidas en la intimidad de su lecho, aquellas en las que habla del poder de la palabra y la persuasión como el arma más poderosa para poseer el mundo. Se retira de inmediato para curar la herida del señor Ranjit. Apenas bastarán unas curas después de cortar la hemorragia para que, varias horas después, su marido retome sus obligaciones con normalidad.


Nayala se agita nerviosa. A través de las telas que la cubren difícilmente ve más allá de unas sombras que se cruzan con ella con vertiginosa velocidad. Siente un cosquilleo que trepa por su estómago y ella, incapaz de aliviarlo, lo constriñe para mitigar su molestia. Aún así, continúa sintiéndolo, ahora en su cuello. Entonces lo escucha. Es un lamento agudo y familiar. Es Chapati, que ha trepado hasta ella pidiendo alimento. Nayala no puede responderle ni ofrecerle nada. Atrapada como está entre los brazos de Hardeep, es incapaz de mover sus extremidades y sólo desea que todo se calme para saciar el hambre de su pequeño amigo.


Hardeep alcanza los primeros puestos del mercado. Se detiene para tomar aliento durante unos instantes y mira a sus espaldas. A lo lejos, los dos hombres atropellan a los distintos viandantes que les incomodan la carrera. Escucha la voz de la niña pidiendo fruta. El dalit no puede perder el tiempo pero siente que la suerte de la niña le implica acometer riesgos. Hardeep decide continuar y se pierde por la maraña de callejuelas, avispero de intercambios colmado de compradores presurosos.


Los hombres del señor Ranjit alcanzan una de las puertas del mercado. El gentío es excesivo, disparar sus armas en mitad de tal tumulto sería arriesgado y quedarían expuestos a los ojos de los policías que controlan el lugar. Deciden separarse, revisar uno la zona este, el otro la oeste. Uno de ellos, el más alto y joven, que luce un bigote fundido a una incipiente barba que cubre únicamente su barbilla, busca sin detenimiento entre los puestos de carne. El olor, a pesar de tratar de ser camuflado con plantas aromáticas que cuelgan de los puestos, es desagradable y penetrante. Decenas de moscas revolotean por los alrededores y reposan sus vuelos en el suelo, acudiendo a retomar fuerzas enjugando sus trompas en los riachuelos de sangre que se abren paso en la tierra sin rumbo preciso como torrentes veraniegos. A continuación de los carniceros se encuentra el espacio destinado a los vendedores de fruta y verdura. El hombre de Ranjit continúa repasando rostros y aspectos pero no encuentra al dalit que ha agredido a su señor. El tiempo transcurre sin resultados y él sabe que no pueden regresar a casa del señor Ranjit sin un cadáver sobre el que descargar sus armas. Sólo los dioses sabrían cómo aplacar la ira de su señor por no vengar el insulto de una afrenta como la que ha osado a llevar a cabo un despreciable dalit. Si transcurre la mañana y no resuelven con éxito su encomienda, probablemente lo más inteligente será encontrar un nuevo culpable sobre el que deba recaer el fracaso de su búsqueda. Acudirán con diligencia a alguno de los barrios más turísticos, donde suelen concentrase la mayor parte de los pordioseros, aquellos hombres que no tienen familias que los guarden. Que por no tener, ni siquiera fuerzas para tomar el aire asignado para respirar. El suceso quedará recogido varios días después en algún breve apunte de los periódicos locales y pronto quedará en el olvido. Como tantas otras veces. El señor Ranjit quedará satisfecho creyendo saldada su afrenta y el verdadero culpable desaparecerá como las sombras lo hacen bajo un sol que calienta perpendicular sobre las cabezas, considerándose un privilegiado por mantenerse con vida después de todo.


A poco más de veinticinco metros, en uno de los últimos puestos de fruta, el hombre del bigote cree haber visto una silueta conocida. Cubriéndose tras el costillar de un ternero, vigila a un hombre que porta un fardo entre sus brazos. Es en ese momento, cuando el extraño individuo se dispone a pagar al frutero, cuando puede al fin verle su rostro y despejar dudas. Al fin lo ha localizado. El mérito por darle caza personalmente será exclusivamente suyo. No tiene tiempo que perder. Se aproxima poco a poco, avanzando metro a metro disimulándose entre la gente. El hombre del fardo se muestra nervioso, mirando continuamente a todos lados, como si se sintiese perseguido. No hay duda, es su hombre. El hombre del bigote relame su labio inferior, repasa con la punta de la lengua las hebras de su mostacho y libera su arma del pantalón, cubriéndolo todavía con el extremo de la camisa. Camina mirándolo fijamente, sin perderle de vista, ajeno a los viandantes que se encuentran a su alrededor, ensimismado en acercarse hasta él, apuntarle por la espalda con su arma, obligarle a abandonar el mercado, perderse por las callejuelas adyacentes, esperar el momento oportuno en el que no pasee nadie por los alrededores y dispararle a bocajarro. Tomar el fardo con el premio que guarda será lo más sencillo y placentero. Escapar de allí, después de haber realizado su trabajo, irrelevante.


-¡Eh, mire por dónde va!


Una anciana refunfuña airada. El hombre del bigote ha chocado contra ella sin darse cuenta y ha tirado las bolsas de naranjas al suelo, rodando éstas por mitad de la calle. Un niño, avispado, toma una de ellas en mitad del alboroto y la esconde a su espalda, alejándose de allí a paso de cangrejo. Cuando el hombre del bigote mira hacia Hardeep, agachado mientras ayuda a recoger el resto de las naranjas, se encuentra con la mirada asustada de éste. El dalit, como empujado por un resorte providencial, abandona el puesto del frutero con paso acelerado y pulso desbocado. El hombre del bigote arroja las naranjas que sotenía entre sus brazos al suelo y haciendo oídos sordos a las palabras de la anciana, lo persigue con su arma descubierta, apuntando a su objetivo.


Hardeep respira entrecortado, la mirada desorbitada y rebosada de pánico. Desconoce completamente las calles que atraviesa. Únicamente se entrega a salvar la distancia que separa unas de otras, girar de improviso a izquierda o derecha para despistar a su perseguidor y continuar corriendo aferrado a su fardo como si aquel bulto fuese el símbolo de su propia vida.


De repente, escucha un disparo lejano. Al instante, sobre una torre de cestas apiladas de sandías, una bala atraviesa una de ellas, que revienta en varios pedazos dentro de su jaula de mimbre. Hardeep, sin dejar de correr, se gira y comprueba, para su desventura, que la distancia con su perseguidor apenas es de unas decenas de metros. Decide nuevamente internarse en una calle orientada a su derecha y, al hacerlo, repara en su error. A pesar de estar visiblemente congestionado, sabe que no puede detenerse. Comprueba que no existen nuevas bocacalles hasta más de doscientos metros. Ahora, es más vulnerable que nunca.


Los segundos se hacen eternos mientras el dalit cuenta las zancadas que le restan para alcanzar su salvación. Siente que el fardo se le escurre entre los brazos y aminora el ritmo de su carrera para no perderlo. Recompuesto, atiende el sonido de un nuevo disparo y, al momento, siente en su espalda el beso de la muerte, que inserta su lengua gélida y metálica en el interior de su cuerpo. Hardeep cae al suelo, tropezando, perdiendo uno de sus zapatos y dando vueltas sin dejar de agarrar el fardo. Queda tendido de costado, protegiendo el bulto con su cuerpo, su espalda llorando sangre por la vida que se le escapa.


El hombre del bigote aminora su carrera. Sonríe complacido. Poco a poco, con precaución, se aproxima al dalit. Escucha su tos, escucha sus intentos por arrojar un grito de dolor que se resiste a salir, escucha el sutil y áspero sonido que produce la piel del pie de un hombre al rozar continuadamente, con espasmódico ritmo, sobre una calle cualquiera de Darjeeling. Al llegar a su altura, rodea el cuerpo de Hardeep y busca liberar el fardo. Apoya uno de sus pies sobre el vientre del dalit, aún con vida, y lo empuja con fuerza, quedando tendido con los brazos abiertos, enmarcado en su propia sangre. Liberado ya del abrazo del agonizante, un diminuto ratón de campo abandona la bolsa, buscando refugio a un lado del cuerpo de Hardeep. El hombre del bigote se agacha hacia el fardo, lo descubre parcialmente e, incapaz de contener su ira, escupe un grito que retruena en el callejón como los disparos de su arma. Arroja el fardo con violencia hacia una de las paredes y de él se desprenden varios frutos rojos, maduros, apetecibles. Al regresar su mirada sobre el rostro del dalit, se encuentra con una sonrisa serena, casi irónica. Victoriosa.

Mientras los pasos resuenan cada vez más lejano, Chapati recorre una mano inerte, un brazo inmóvil, un cuello reposado. Trata de alcanzar con sus patas delanteras una nariz que no respira, creyendo que al menos provocará unas cosquillas que despertarán unos ojos que no se abren. El ratón permanecerá allí durante incontables minutos. La llegada de los primeros vecinos y sus gritos al ver el cadáver le llevarán a abandonar a su carcelero para siempre.



 

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El mercado de Darjeeling (XIV)

Sentado en su asiento de la parte trasera del autobús, donde las espaldas de los pasajeros reciben sin contemplaciones los azotes del mal estado del firme de las carreteras, Hardeep sostiene en su regazo un fardo atravesado, recogido entre sus brazos. Sus manos sudan, por momentos tiemblan, nerviosas. Su mirada, inquieta y voladora, le ha permitido reconocer cada rincón visible del autocar, las nucas morenas y los rostros, ajados unos, aniñados otros, maduros en su mayoría, de los pasajeros que le rodean.

A su lado, sentada en el asiento situado en la orilla opuesta del pasillo, una anciana no quita ojo del bulto que porta Hardeep. Éste, intranquilo, la mira de reojo y se encuentra con la mirada cansada y gris de la mujer, que lo analiza con una base de curiosidad y cierto punto de desconfianza. El dalit suspira y mira correr el horizonte, que escapa tímido para perderse en la lejanía y apartarse de la mirada furtiva de quien lo contempla.

De entre la tela, asoma de súbito un piececito desnudo, color canela, frágil y pequeño, cargado de cinco dedos diminutos, apetecibles como cinco dátiles maduros. Es sólo un instante el que permanece a la vista, el que tarda Hardeep en descubrir su aparición y cubrirlo con el extremo de la tela que lo envuelve para hacerlo desaparecer. La anciana, aunque torpe en sus movimientos, ha visto perfectamente al polizón que viaja envuelto en el lienzo y, todavía con un gesto de asombro abrochado a su rostro, pregunta:

-Oiga… ¿qué lleva ahí? ¿Es un niño?

Hardeep, que en ese momento siente la necesidad de desaparecer a los ojos del mundo entero, tarda un tiempo en definir su respuesta:

-No es un niño.

-¿Y el pie tan pequeño que ha aparecido bajo la tela? ¿No querrá engañarme? Soy mujer, soy extremadamente vieja, ni siquiera puedo trabajar apenas sin notar el peso del paso del tiempo con el más mínimo esfuerzo… Pero mis ojos, aunque vencidos por la nebulosa que aparece cuando miro a lo lejos, no me engañan cuando miro cualquier objeto cercano. – La anciana insiste, perspicaz.

-Bueno, no le he engañado. No es un niño. Es una niña… Mi niña.

-¿Una niña? Ande, déjemela ver, seguro que es preciosa.

-Se encuentra enferma. Lleva varios días sin comer apenas, hemos probado con todo tipo de alimentos pero ha sido imposible, no quiere comer nada. Desconocemos qué le sucede y voy a Darjeeling para que la vea un médico. Es mi única hija ¿sabe?

-¿Su única hija, dice? ¿Entonces tiene más niños?

-No… no tenemos hijos – Hardeep arroja estas palabras con pesadez, como si le supusiese un gran esfuerzo pronunciarlas, sintiendo un dolor intenso al arrastrarlas por su garganta y sentir el mazazo que supone saberlas como la definición real de la incompleta felicidad de su matrimonio.

-Vaya, qué extraño que no tengan hijos… Más hijos quiero decir… A usted se le ve un hombre saludable y fuerte y su edad no debe alejarse mucho de las cuatro décadas. ¿Es posible que sea su mujer la responsable de su rara falta de más vástagos?

-No lo sé – responde Hardeep retirando su mirada de la de la anciana, buscando refugio más allá de las montañas nevadas sobre cuyas cimas sobrevuela un sol brillante.

-¿No ha pensado en repudiarla? Cásese de nuevo, o contraiga matrimonio con otra mujer que le de más hijos, buenos herederos, a ser posible varones. ¿No quiere varones en su casa? ¡Por los dioses, si son fuente de alegría, aseguran su linaje!

Hardeep, todavía perdido en las blancas cumbres del horizonte, no deja de pensar en Anaji, en lo mucho que la ama, en la ausencia de ese niño varón que todavía no llega, en qué sería de ella si la repudiase como la anciana le aconseja, como tantos otros le han sugerido en incontables ocasiones. Ensimismado, sigue pensando en una nueva esposa de belleza similar a la de su mujer, de simétricas proporciones, de cuerpo, caderas y pechos parecidos… Imagina que únicamente cambia el nombre de la esposa, que exclusivamente renuncia a pronunciar Anaji para susurrar cualquier otro. Imagina también que debe mudarse de vivienda a una de mayores dimensiones, obligado por la amplitud de su prole, necesitada de nuevas habitaciones en las que crecer y desarrollarse. Sonríe sin percibir su sonrisa, embriagado por esa utópica ensoñación. Por alguna extraña razón, deja de palparla como un sueño y siente, por vez primera, la necesidad de tomarla en serio, de concebirla como una posibilidad remota pero posible.

-¿A usted le parecería bien que la repudiasen? – contesta Hardeep con gesto mudado y voz grave. De nuevo, el amor que siente por Anaji se abre paso entre la tormenta de pensamientos que le invaden, como el viento cálido del sur que arrastra los nubarrones inciertos que se acumulan sobre una ciudad que espera, estoica, la descarga de un aguacero inminente sobre el lecho de sus cubiertas.

-No se trata de lo que a mi me pareciese. Mírame, soy una mujer. En un matrimonio, nuestro lugar no está en la toma de decisiones, sino al lado de quien decide, de nuestro marido, sirviendo fielmente sus designios, abrazando nuestro destino a su juicio. Así ha sido siempre, así deberá ser. Si lo que te ocurre es que la quieres, toma a una segunda esposa y no dejes a tu actual mujer. Ama a la primera, que la segunda te de lo que la primera no puede ofrecerte. Ellas sabrán llevarlo y, si no lo han aprendido ya, lo harán, antes o después lo asumirán y tú serás feliz. Así entre tus manos, en lugar de llevar a una niña tapada, como si no quisieses que la relacionasen contigo, como si te diese vergüenza ser su padre, llevarías sentado junto a tí a un varón pequeño y sonriente, y tú sonreirías como él, contagiado por su alegría, irradiando orgullo.

Hardeep ausculta sus manos, tratando de encontrar en las veredas roturadas que las atraviesan una confirmación que garantice la nula veracidad de las palabras que está escuchando, ahora que suenan tan lógicas y atractivas.

La estación de autobús de Darjeeling saluda al autocar a su llegada, siendo anunciada su entrada por el servicio de megafonía. Los pasajeros esperan la total detención del vehículo para abandonar sus asientos y descender por las escaleras.

-Piénselo, joven, piénselo. Sería un niño lo que ahora estuviese portando en sus brazos.

En ese momento, un brazo se cuela entre la tela y descubre la melena de Nayala, que bosteza nada más despertar del sueño en el que había quedado sumida.

-Tiene usted una hija preciosa. También lo será sus hijos, los que están por venir si es usted listo. Yo cambio el autobús por el tren, no me quedo en Darjeeling, mi destino está en Calcuta. Que tenga suerte en el futuro. Recuerde, busque su felicidad por encima de todo lo demás.

Hardeep despide a la anciana sin saber qué decir, diciéndole adiós con su mano e inclinando ligeramente su cabeza como muestra de respeto. A continuación, mira a Nayala, piensa en Anaji, toma el extremo de tela desprendido por la chiquilla, mira en derredor y vuelve a colocarlo por encima de la cabeza de la niña, estrechándola contra su pecho para abandonar la estación con destino al centro de la ciudad.

Ya en el mercado, la niña observa el mundo tras el velo que la camufla. Se suceden los puestos, las personas que compran, que regatean, los que gritan y los que callan, los niños que corren entre las gentes. Hardeep se detiene al encontrar el camino obstruido por una vaca sagrada que impide el paso en ambos sentidos. Rumiando, la vaca se vuelve hacia él, poco a poco, con paso contenido y mirada abstraída en algún punto incierto. Aprovechando la parada, Nayala se destapa al ver, en un puesto de fruta, una pieza madura y roja sumamente apetecible. El tendero, que se da cuenta del deseo de la niña, decide aprovechar el momento y le alcanza una pieza, sabedor de que, una vez en manos de la chiquilla, su padre será incapaz de negarse a pagarla. Nayala sonríe con la fruta entre sus manos y Hardeep se vuelve hacia el tendero al percibir que la niña comienza a comérsela. Al sacar algo de dinero para pagar, se da cuenta de la identidad del tendero. Se trata del mismo hombre que lo vio escapar cuando secuestró a Nayala hace días. Al tiempo, mientras espera que le paguen la fruta, el tendero mira a la niña y piensa que su cara le resulta familiar, más no acierta a situarla con certeza. Toma el billete que Hardeep le ofrece y, al darse la vuelta para acudir al cajón donde guarda el dinero con los cambios, siente atravesar su mente por un haz de luz que ilumina su pensamiento y entonces recuerda, al instante, a quién pertenece el rostro de la niña. Cuando se gira para entregar las monedas sobrantes y consultar al hombre por su hija, se encuentra con un misterioso vacío. Ambos han desaparecido y él se queda pensando, dubitativo. Quizá no se trate de la niña que desapareció, medita. Lo que sí es cierto, sopesa, es que este dinero regresa a su lugar. Tomémoslo como una propina, sisea entre dientes, con un brillo felino asomado en su mirada.


 





La casa del señor Ranjit presenta un olor distinto al acostumbrado. Se quema un incienso que arroja un aroma diferente, una mezcla entre el suave dulce de las flores del loto y el cítrico de la lima. La mujer que acostumbra a ofrecerle un té invita a Hardeep a pasar directamente a la sala del anciano, alegando que hoy no tiene más visita que la suya y que se encuentra disponiéndolo todo para su encuentro. Al entrar en la habitación del señor Ranjit, no puede evitar sentir una punzada atravesar su estómago. La habitación se encuentra sembrada de múltiples velas que se extienden por todo el espacio disponible. En el centro, una mesa de piedra, como un altar, preside la sala. Tras ella, el anciano se encuentra vuelto de espaldas, vistiendo una túnica grana, manipulando algo entre sus manos.

-Me alegra tenerte en mi casa Hardeep. He estado esperando este momento con insistencia. Los dioses me apremiaban para que llevásemos a cabo el ritual y no podía controlarlos por más tiempo. Tienen ganas de concederte el deseo que les pediste.

Hardeep no dice nada. Siente un enorme deseo por desaparecer de allí. Teme a la diosa Kali, teme que se le aparezca como en sueños, que ésta vez no pueda despertarse para evitar su propia muerte.

-Ya lo tengo todo preparado, hijo. Solamente nos falta lo que me traes. Acércate y muéstrame qué me traes.

Hardeep está petrificado, anclado al suelo, como enraizado. La niña, inconscientemente, vuelve a destaparse al escuchar la voz del señor Ranjit, arrastrada por la curiosidad volviéndose sobre sí misma para ver al anciano. Al tenerlo en frente, lo señala con el dedo y se sonríe, cándida.

-Vamos hijo, veo que has hecho muy bien tu trabajo. Parece sana y es muy joven, será perfecta para el sacrificio. Tráemela, tu hijo varón está esperando a que su padre quiera que nazca.

Hardeep reacciona, deposita a Nayala en el suelo y la deja ir hacia el señor Ranjit, misteriosamente atraída por una insondable fuerza que parece llamarla hacia el anciano como canto de sirena que empuja a la perdición a una multitud de barcos confiados.

-Puedes quedarte ahí si quieres. Es más, será preciso que lo hagas, el flujo de la sangre de la niña deberá manchar tus sienes mientras aún esté caliente y manando. Cuando yo te toque con mis manos, conseguirás la bendición de los propios dioses y tu mujer quedará encinta. Tu vida será distinta, tu trabajo habrá terminado, seréis felices y habréis hecho felices a los dioses con vuestra probada muestra de devoción.

Hardeep asiente mecánico, con la mirada abandonada en una vela minúscula a punto de consumirse completamente, viendo en ella el final de su travesía, vacilando que luego de salir de allí, es posible que no exista más cera por quemar.

El señor Ranjit alza a la niña encima de la piedra, la extiende sobre su superficie, dejándola tumbada con su espalda apoyada sobre ella, y toma una botella de cristal de color azulado consumida en tres de sus cuatro partes. Vierte parte del líquido que contiene en un pañuelo y cubre con él las vías respiratorias de Nayala. Apenas unos segundos después, la niña cae en un profundo sueño, sus extremidades se relajan y sus brazos caen lánguidos por los laterales de la mesa. De uno de los bolsillos del vestido de la niña asoma el hocico alargado de Chapati, que permanece dentro de su refugio, como si pudiese adivinar que no es un buen momento para dejarse ver.

Hardeep observa cómo el anciano recita unas oraciones frente al cuerpo de la niña, repitiéndolas constantemente, alzando el tono de su voz a medida que pasa de una súplica a la siguiente. Al terminar, busca con su mano derecha en el interior de su túnica y muestra un puñal de doble hoja, pérfidamente afilado, reflejando el brillo que arrojan las velas que lo rodean. El señor Ranjit lo toma con ambas manos, lo coloca a la altura del pecho de la niña, que duerme plácida ajena a su suerte, lo levanta por encima de su cabeza y se dispone a entonar la última letanía. En ese instante, Hardeep se levanta horrorizado, pisa varias de las velas que le separan de la posición del viejo, sujeta con una mano las del señor Ranjit y con la otra le asesta en la cara un puñetazo fuerte y seco que cae entre sus ojos, golpeando su tabique nasal, que vierte sangre a borbotones. El viejo cae al suelo, semiinconsciente, y Hardeep aprovecha el momento para tomar a la niña, volver a cubrirla con la tela con la que la había traído y abandonar la casa presa del pánico, plenamente consciente de lo que acaba de hacer y de las consecuencias que puede depararle, arrastrado por su conciencia.

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El mercado de Darjeeling (XIII)

Sobre un cartel pintado de blanco, cuerpo de chapa y óxido en sus bordes, Surinder atisba, desde los cincuenta metros que le separan, el significado de las palabras que pintadas de grana indican el lugar al que está a punto de llegar: Hospital del Distrito de Darjeeling. Los muros que delimitan el complejo, también blancos y necesitados de una mano de pintura, son testigos mudos del trasiego incesante de cientos de personas que los dejan a un lado sin reparar en ellos, que los eligen para reposar sobre ellos y descansar un instante para adentrarse en el interior de un lugar que exhala al exterior un olor a tristeza y dolor cada vez que sus puertas se abren y se cierran, que sirven como muralla de lamentaciones y vertiente de lágrimas vivas que fluyen, incesantes, por la pérdida de un ser querido. Posiblemente, la pintura borrada de los muros sea fruto del flujo de lágrimas que los recorren, arrastrándola en su precipitar escurrido hasta el suelo, extendiéndola abanicada como sedimentos de un río que dibuja un delta al adentrarse en el océano para morir. Tal vez la mano de pintura no llegue nunca, tal vez no sea una cuestión económica como se barrunta, tal vez no quieran corregir los cauces ya marcados para que otras lágrimas goteen con mayor facilidad y tengan marcado el rumbo a seguir, tal vez así la desazón sea menor y las perlas tristes que arrojan los ojos de los desdichados apenas tengan tiempo de permanecer a la vista y avivar el drama.

El hospital es un doble edificio de formas solemnes, nada improvisadas, entregado a las rectas y a las aristas en cualquiera de sus grados y variantes. Reinan sobre todas las demás las obtusas de los triángulos, los que conforman tejados, cubiertas y los accesos escalonados a la primera planta del inmueble que recibe a pacientes y visitantes. Los ángulos rectos enmarcan, en grupos de a cuatro unidos entre sí por sus extremos, las numerosas ventanas de estrecho ancho que se reparten por las distintas plantas de ambos edificios.


 





Surinder, con un enfebrecido Rasul en brazos, se cuela entre el hueco de dos ambulancias aparcadas en la misma puerta. Todavía con los rotores encendidos, a través del que se filtra un murmullo procedente de la sala de espera, ambos vehículos acaban de trasladar hasta el hospital a dos accidentados en el centro de la ciudad. Un vehículo invadió el carril contrario y arrolló a un rickshaw, uno de los cientos de taxis tradicionales de tres ruedas que transportan con encanto a los miles de turistas que llegan hasta la región.

Ya en la recepción, las gotas de sangre vertidas en el suelo dibujan en él los trazos del sufrimiento humano internándose en el pasillo de las emergencias, de donde llegan los unos gritos sobrecogedores que confirman la severa gravedad de los heridos. Por delante de Surinder, varias enfermeras corren calzándose unos guantes con la mirada asustadiza. Son momentos de tensión y Surinder entiende que aquellas mujeres, vestidas con uniforme blanco de blusa, falda, medias y cofia, a pesar de los años de experiencia, jamás terminarán acostumbrándose al dolor y al padecimiento ajeno. Una de ellas, reparando en la presencia de Surinder y Rasul, se detiene y acude a ellos.

-¿Qué tiene el muchacho?

-Hace dos días le picó una serpiente venenosa en el río. Hemos tratado de curarlo en casa pero no registra mejoría. He creído conveniente que se encargasen ustedes de él, no quiero que…

El rostro de Surinder muestra claramente su preocupación. En sus ojos la enfermera haya la palabra callada que su voz no se atreve a pronunciar. Toma el brazo derecho de Rasul, le busca el pulso, lo encuentra débil y pausado.

-Déme unos minutos, señor. Ahora mismo busco a un médico.

La enfermera cruza las puertas que dan acceso a la zona de Medicina General y Surinder permanece en la sala de espera. Cansado, decide caminar hasta la pared contigua, bajo cuyo marco se sitúan varias sillas de madera, dos de ellas libres y la otra ocupada por una mujer con un aparatoso vendaje en el brazo izquierdo. Alcanzará los cuarenta años, viste una túnica de intenso púrpura que le cubre la cabeza y le cae hasta los tobillos. Junto a ella, un chiquillo al que le falta una pierna, la derecha, avanza apoyándose con sus muletas hacia una de las ventanas cuyas vistas caen a la fachada principal del edificio. Desde allí, observa a los pájaros volar y permanece allí, parado, meditando, como soñándose pájaro que vuela, que no necesita muletas ni apoyos, ni rutinarias visitas al médico, que su única misión consiste en recorrer los cielos en busca de alimento y divertimento empujado por las corrientes de aire.

-¿Es su hijo? – pregunta Surinder para entablar conversación. Se encuentra nervioso y entablar una conversación siempre le ha servido como útil distracción para atemperar su ánimo.

-Sí. Es el mediano de los cinco que tengo. Es el más listo de todos ellos, el único que estudia. Pero su pierna…

-¿Estudia?

-Sí, estudia desde niño. El resto no son válidos, eso dice el maestro. Creen en él, por eso me aconsejaron centrar todos mis esfuerzos económicos en él.

-¿Y su marido, no dijo nada? Quiero decir ¿no cree justo que los demás estudien o son todo niñas?

-Niñas no tengo. Tampoco marido. – La mujer aparta la mirada de Surinder y mira hacia el cielo que contempla su hijo, más allá de la ventana. – Yo debo hacerme cargo de todos ellos. Lo que gano, que no es mucho, es lo que nos mantiene a todos. La escuela en la que estudia supone un gran esfuerzo y ahora, por si fuera poco, aquel vehículo que lo atropelló, que molió el hueso de su pierna y tuvieron que cortarla… No sé qué va a ser de nosotros, no lo sé…

-¿En qué trabaja?

-Yo… yo trabajo… los turistas… yo…

Surinder es ahora quien desvía la mirada hacia ese cielo que parece liberar a los hombres de la presión que los atenaza. Durante unos momentos madre, hijo y desconocido sienten la necesidad de no estar en el hospital.

-Me permite mantener a mis hijos, tratar su pierna y darle unos estudios, me lo permite. Pronto, muy pronto, intentaré dejarlo pero ahora no puedo. ¿A usted se le ha muerto un hijo en sus brazos? ¿Lo ha sentido enfriarse sobre su piel?

Al abrirse la puerta de Medicina General, aparece la enfermera y un médico tras ella. El hombre, caucásico de blanca piel y cabello corto, dorado como trigo recién segado, se acerca hasta Surinder y ausculta a Rasul. Nuevamente le toma el pulso, controla su respiración, observa con detenimiento la mordedura de la serpiente.

-Le seré franco. Este chico necesita de un tratamiento que controle el efecto del veneno. – Surinder asiente con la cabeza sin pronunciar palabra. El médico, creyendo haber sido explícito, ante la falta de una respuesta clara por parte de su interlocutor, continúa – Quiero decirle que todo tratamiento requiere de un tiempo y, por supuesto, tiene un alto coste económico. No quiero asustarle pero si no quiere que el chico corra riesgos, deberá ingresarlo aquí. Será la única opción de garantizar su vida. De lo contrario… digamos que estará expuesto a la clemencia de los dioses. Si quiere, puede pasar la noche aquí pero mañana, al mediodía como máximo, deberá abandonar el hospital si no puede hacer frente al pago. Son normas que hay que cumplir señor…

-Verá doctor, vengo con el consentimiento del señor Ranjit. Fue él mismo, en persona, quien me ordenó traer a Rasul aquí para que fuese atendido y curado. Dijo que se encargaría de todo, por supuesto también de los costes. Yo adelantaré el dinero necesario para los primeros días y él se encargará del resto y abonará mi parte cuando sea preciso.

-Ah, el venerable señor Ranjit… En ese caso, no hay problema. Dispondremos una butaca en la habitación del niño por si necesita pasar aquí la noche con su hijo. – Surinder esboza una mueca de sorpresa al escuchar la palabra hijo refiriéndose a él - ¿Es su hijo, verdad?

-Bueno, en realidad no. Yo me encontraba en el pueblo de un amigo, viendo a unos niños pescar. Una serpiente le atacó y yo lo rescaté del agua. Pregunté a sus amigos por su familia y me dijeron que era huérfano. No tiene a nadie doctor, ahora mismo sólo me tiene a mí.

-Entonces aún es mayor la sorpresa que causa este caso en mí. Debo felicitarle por la desinteresada atención que le está prestando a un niño al que ni siquiera le une vínculo familiar alguno. La mayor parte de los casos como el de Rasul, aún trayéndolos sus padres, contando con que son una minoría los que vienen al hospital, acaban en fallecimiento del niño por falta de recursos para costear el ingreso en el hospital. Normalmente son atendidos en sus casas, en los propios poblados, tratados con medicina natural a base de ungüentos y plantas medicinales. En ocasiones salvan sus vidas pero las más mueren en la cama, en medio de grandes fiebres y dolores que acaban con sus inconclusas vidas. Es usted un buen hombre, un gran hombre diría yo. También lo es el señor Ranjit, ofreciendo sus posibles para rescatar a este niño de un fallecimiento probable.

-Gracias doctor, pero es lo menos que puedo hacer por él.

-Bien, entonces vayamos a la habitación en la que será tratado. Sígame por favor.

La enfermera, que mientras ellos conversaban se había marchado en busca de una camilla para desplazar a Rasul, la empuja ahora con el muchacho encima por detrás del doctor y de Surinder.

-Es aquí – indica el doctor deteniéndose frente a la habitación 122. – Enfermera, póngalo al fondo, con cuidado de no atosigar a los demás.

Los dos hombres se echan a un lado de la puerta y la enfermera entra en la habitación con cuidado, salvando el resto de camas con otros tantos ingresados que se dispersan en la habitación. En total, sumarán esta vez seis pacientes, cifra que se ajusta a la media de afectados por habitación y día en el Hospital del Distrito de Darjeeling.

-Eso es, junto a la ventana – aprueba el doctor mientras la enfermera termina de ubicar a Rasul. - ¿Sabe que es el mejor sitio de la habitación, el de mayor privilegio? Dentro de nuestras posibilidades, queremos que alguien que venga del brazo del señor Ranjit sea atendido como si él mismo fuese el enfermo.

Surinder asiente sin decir nada, nuevamente la mirada perdida en el cielo que muestra la ventana referida. Varios familiares de los demás pacientes se encuentran dispersos en la habitación. Unos a los pies de las camas, otros sentados en el suelo, junto a la pared. Es el caso de una anciana de piel arrugada y macilenta, de cuerpo menudo y extremidades delgadas como dedos.

-Ahora mismo le traigo la butaca, señor – dice la enfermera al cruzarse con Surinder.

-No será necesaria, señorita. Se lo agradezco a pesar de todo. Esta noche debo trabajar y no me será posible quedarme aquí, por lo que estará de más.

-Está bien, entonces me marcho ya, creo que me necesitan en urgencias. Doctor.

Con una inclinación hacia ambos hombres, cruza la puerta. Surinder vuelve a observar a la anciana que se encuentra tendida en el suelo y no puede soportar la muestra de cansancio que se adivina en su rostro ajado. Ante la mirada del doctor y sin esperar su aprobación, abandona la habitación, sale al pasillo y ve a la enfermera al final del recorrido, dando los últimos pasos para salir por la puerta.

-¡Perdone señorita! ¿Podría traer la butaca?


Con el Sol a su espalda, entretenido en recortar las siluetas de los edificios de la ciudad y arrojar sombras alargadas sobre las calles del mercado, Surinder recorre los diferentes puestos sin detenerse en ninguno. Unos metros más adelante, en la confluencia de dos calles que se atraviesan, un grupo de turistas exclaman y se asombran creando un semicírculo en la calle, varios de ellos disparando fotos al interior. Una melodía intensa y pegadiza de tonos agudos deshace el misterio de lo que allí sucede. Se trata de lo que los extranjeros llaman un encantador de serpientes, un hombre de unos cincuenta años, pantalones blancos y camisa anaranjada, cuyo bigote negro y espeso le confiere un simpático parecido con un antihéroe cinematográfico de los años treinta y cuarenta. Realizando constantes movimientos con su flauta sin dejar de hacerla sonar, las cobras que guarda en su cesto de mimbre se erigen sobre sí mismas, estrechan sus gargantas para simular ser mayores y más temibles de lo que son y siguen con portentosa fijación los vaivenes del instrumento que les incordia. Al no permanecer fijo en un mismo sitio, los ofidios se limitan a permanecer alertas y a seguir sus movimientos, de ahí que parezca que bailan al son que les tocan. Los turistas, ajenos a esta artimaña, aplauden y jalean al encantador, llenando el platillo que tiene junto al cesto de monedas y billetes al terminar su espectáculo. El guía que los conduce les anuncia que deben regresar al hotel. Mañana visitarán el Templo de Shiva y deberán levantarse temprano.

Cuando el grupo se dispersa, el doctor Velard permanece mirando el dinero que ha ganado el encantador con apenas unos minutos de engaño. Surinder, al verlo, avanza hacia él y le saluda fríamente.

-Hola Doctor ¿Lleva mucho tiempo esperando?

-No, apareciste nada más llegar yo aquí. Fueron estos estúpidos europeos los que no te permitieron verme. Hay que ver cómo se ganan el dinero éstos hombres. Fácil, sin riesgo, pocas funciones al día… Debería dedicarme a ello. Lástima que no sea de tu casta Surinder, yo no podría dedicarme a esto ¿no es así?

El hindú pasa por alto el comentario del doctor y decide atender sus propios intereses.

-Señor Velard, tal y como acordamos en casa del señor Ranjit ayer, debe pagarme lo que me corresponde.

-Oh, lo siento Surinder, no podrá ser. Tengo un encargo pendiente y hasta que no lo termine no podré cobrar por él. Por lo tanto, si yo no tengo el dinero, tú tampoco puedes tener el tuyo. Lo entiendes ¿verdad?

Surinder asiente sin decir nada, meditando su contestación. En esos momentos, lo agarraría con sus propias manos, atraparía su blanco cuello entre ellas y lo oprimiría con fuerza, lo asesinaría allí mismo si tuviese ocasión. Pero sabe que no puede. Sabe que no debe. Es el hombre de confianza del señor Ranjit, su intermediario con los europeos. Sería un suicidio darle muerte en medio de tanta gente. El señor Ranjit tiene ojos, oídos y bocas dispersos por toda la ciudad, por todo el estado y tarde o temprano, si alguien fuese testigo de la escena, sería delatado, atrapado y castigado duramente. Asesinar a un hombre del señor Ranjit es como acabar con la vida del propio viejo. Un acto así está castigado con la muerte. Sin apenas dinero, mermada su economía por el reciente ingreso de Rasul en el hospital y el consiguiente adelanto del coste que suponen los primeros días a la espera de la compensación del señor Ranjit, Surinder sueña con el día de suceder al doctor Velard en su privilegiada posición. Sabe que sólo es un sueño, que sería prácticamente imposible…

-Lo entiendo Doctor Velard, lo entiendo.

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El mercado de Darjeeling (XII)

Hardeep camina envuelto en las brumas de la noche, que se extienden por las calles de la ciudad, serpenteando entre ellas, suspendidas en el ambiente, argentadas por el abrazo mágico de una luna enorme y creciente cuyo influjo es capaz de enajenar conciencias humanas o dominar al mar para que lama arenales durante horas, sólo por mirar su reflejo sobre un manto de espuma blanca, mecida por el rumor que desprende la saliva del océano al contacto con la piel de la costa.

Envuelto en una gran sábana oscura que le cae más allá de las rodillas, como si de un estrafalario fantasma se tratase, transita las calles con rumbo indefinido, yendo de aquí para allá, atravesando calles iguales, tomando diferentes rumbos para acabar albergando la sensación de estar recorriendo, una y otra vez, los mismos lugares. Se siente encerrado, preso en un laberíntico proceso de incierto final en el que lo único que calma su zozobra son las escasas farolas que iluminan las vías, únicos referentes que arrojan algo de luz a la confusión que le produce la oscuridad de sentirse perdido.

Al llegar, por enésima vez, a un cruce de calles gobernados por edificios informes que se elevan hasta el cielo, tanto que le impiden ver las estrellas que intuye por encima de ellos, encuentra bajo la luz de un fanal la silueta borrosa de un niño, tal vez una niña. Hardeep clava sus ojos de halcón sobre él, detiene sus pasos y relame sus labios resecos. Después de asegurarse que nadie más se acerca por las calles, se retira a un lado de la calle, buscando la complicidad de la lobreguez, y cose su espalda a uno de los edificios oscuros de puertas y ventanas ovaladas y estrechas. Parece engullirlo, tal es el mimetismo.

La figura del niño permanece en su sitio, sin moverse un ápice del lugar en que apareció de repente. Hardeep se desplaza con sigilo, desplazando el peso de su cuerpo de una punta del pie a la otra, como el tigre que caza en los manglares para no descubrir su posición. Estando a escasos metros de su presa, el dalit escucha un murmullo, una voz femenina que le llama, como distante. Hardeep se asusta, sale de su guarida, agarra al muchacho con sus brazos, lo envuelve en la sábana como si fuese un fardo y escapa corriendo calle abajo, en dirección al mercado.

Incomprensiblemente, el espacio que ocupa el mercado es ahora una gran llanura, desierta y yerma, abierta al cielo en mitad de la ciudad, que sigue mostrándose oscura y tenebrosa, envuelta en la niebla. Hardeep lo atraviesa sin detenerse. Aprieta los dientes y sus párpados hasta que llora sangre y mastica lágrimas.

Se detiene. La casa del señor Ranjit se alza frente a sus ojos. Una ventana vomita una luz cálida propiciada por decenas de llamas que consumen el sacrificado trabajo cerúleo de las abejas. Hardeep abre la puerta y sube las escaleras, peldaño a peldaño, hasta que llega al primer piso, donde le espera una mujer gruesa y cuello descolgado, de mirada carroñera y expresión aviesa. Conduce al dalit a través del pasillo hasta la habitación del anciano portando en su mano un extraño candil que arroja una extraña llama verde amarillenta.

El señor Ranjit viste una túnica roja, rojo sangre, rojo fuego purificador. Lleva dibujado en su frente un ojo por encima de los dos reales. Tal es su calidad que parece contemplarlo realmente, incluso parpadea. Hardeep ofrece al anciano el bulto que lleva envuelto en la sábana y éste le ordena que lo deje encima de una gran piedra, que se eleva unos centímetros por encima del suelo sustentada por dos gruesos tacos de madera tallada con símbolos elefancíacos. Sobre ella, reposando sobre un lienzo índigo de algodón, varios cuchillos de distintos tamaños se extienden en un lateral. El dalit recibe como recompensa un collar, un amuleto esculpido en marfil en el que se muestra una representación de Kámalā, la diosa de la fertilidad. Debe colocárselo a su mujer para que la semilla germine definitivamente, pues los dioses están contentos con su prueba manifiesta de lealtad. Ésta vez sí, han colmado sus deseos y premiarán al dalit concediéndole su mayor anhelo.

Al llegar a su casa, Anaji se encuentra durmiendo en su lecho, ajena a la llegada de su marido. Éste se desviste con cuidado y se sienta junto a su mujer. De su bolsillo saca el amuleto, extiende el hilo formando un óvalo con sus dedos y se lo coloca a su mujer en el cuello, salvando con delicadeza su cabello hasta que reposa sobre su pecho. Al instante, Anaji abre sus ojos, prendidos de una luz de neón que atemoriza a Hardeep. Inconscientemente, se levanta del lecho negando con la cabeza sin pronunciar palabra y observa como, entre las sábanas, a la altura del vientre de su mujer, algo las zarandea animadamente. Anaji comienza a gritar. Es dolor el que atraviesa su garganta. Destapa su cuerpo de los lienzos que la envuelven pero el camisón sigue ondulándose. De pronto, su vientre comienza a hincharse, crece más y más, la camisola le aprieta, se ajusta al volumen que se expande, la tela se tensa, los tejidos comienzan a rasgarse, se abren franjas en los costados, dejando al descubierto sus caderas. La hinchazón palpita, se agita con profusión mientras Hardeep contempla la escena, horrorizado. El vientre estalla, le camisón se resquebraja, Anaji permanece tendida en la cama, su vida fugándose por las cuencas de sus ojos mates. De sus entrañas surge la diosa Kali, blandiendo en sus manos un tridente, una espada curvada transcribiendo la forma de la luna que los observa y la cabeza de un mortal. Viste una falda de brazos humanos, tiene los ojos abiertos al extremo y muestra una lengua, larga y roja como la sangre que gotea del cráneo que porta, extendida por encima de su labio inferior hasta caer más allá de su barbilla. Camina hacia él, pisando las entrañas de su mujer, que se desparraman por encima del catre envueltas en un líquido viscoso, y le clava el tridente a Hardeep en el pecho. Éste, sintiendo la fría punzada abriéndose paso hacia sus órganos vitales, agarra con fuerza el arma para impedir que siga hundiéndose en su ser. Vuelve a escuchar la voz de una mujer, esta vez más cercana, pero es incapaz de tomar el aliento suficiente para exhalar una sola palabra de socorro. Kali, impávida, a escasos centímetros de distancia, alza el brazo que empuña su espada y con una sonrisa virulenta trazada en su rostro descarga sobre él un golpe certero sobre su hombro, hundiendo el acero hasta su corazón. Lo último que escucha es el latir desacompasado de su corazón, que languidece. Y el roce de del acero rasgando su cuello mientras tiran de sus cabellos con fuerza para separar su cabeza del resto del cuerpo.

-¡Hardeep, Hardeep! ¡Despierta! ¿Qué tienes? ¡Háblame, amor mío!

Anaji empuja a su marido hasta que éste abre los ojos y recobra el conocimiento envuelto en sudor. Se palpa el cuello con una mano, con la otra examina su pecho. Con la respiración azorada, decide dar un paseo para liberar a su mente de la pesadilla soñada.

-Estoy bien. Sólo ha sido un sueño… Creo que será mejor que de una vuelta para despejarme un poco. Estoy nervioso por lo del niño. Sólo es eso. Acuéstate y duerme, yo regresaré pronto, antes de que salga el sol.

Hardeep abandona su hogar y encamina sus pasos monte arriba. Una luna creciente le observa desde su trono en el éter, una brisa fresca aprieta sus músculos.


Nayala duerme al abrigo de la cueva, libre del frío que se palpa en el exterior. El envés de su mano izquierda soporta su barbilla diminuta. Los orificios de su nariz, apenas dos motas oscuras sobre su rostro, se hinchan y reposan, acompasados, a medida que el aire fluye, en vaivén, hasta sus pulmones. Chapati, el ratón, deambula sin rumbo fijo, siempre cerca de la niña, hasta que escucha, al otro lado de la puerta el sonido de unos pasos que se acercan. El roedor, asustado, emite algo parecido a un grito de socorro y corre despavorido en busca de la sombra que lo mantenga fuera de la vista del visitante.

Se trata del hombre que les alimenta. De hecho, esta vez trae ración extra de fruta y leche. Nayala sigue durmiendo, ni siquiera se ha percibido del aviso de su amigo ni de la llegada del hombre. La cara de la niña destila inocencia o al menos eso es lo que piensa el hombre de la comida al quedar mirándola, ensimismado. De estar despierta, y de haber sabido distinguirla, Nayala hubiese encontrado la compasión en la mirada de aquel hombre. El visitante percibe la presencia de Chapati en la oscuridad y éste, inesperadamente osado, decide descubrirse y acercarse hasta las manos de Nayala, que esboza una sonrisa inconsciente al sentir el tacto del animal al rozarla con su piel. Instantes después, el hombre abandona la cueva y cierra la puerta. Chapati, ahora royendo una pieza de fruta, escucha el crujido del cierre de la cerradura, herrumbrosa, y unos pasos que se alejan.


Anaji abre la puerta antes de que su marido llegue a casa. Lo espera en el umbral y en su cara muestra un signo evidente de preocupación. Después de besar a su marido y de entrar ambos a la casa le indica que hecha en falta varias piezas de fruta y una botella de leche que había ordeñado esa misma noche, antes de acostarse. Hardeep tarda en responder y finalmente resuelve a decir que ha pasado una mala noche.

-Lo sé. Pero… ¿y la fruta y la leche?

-Será mejor que vayamos a acostarnos. He de descansar al menos.

Media hora después, Hardeep ensueña una cueva, ensueña a una niña que duerme en ella junto a un ratón, ensueña a la diosa Kali abriendo la puerta de la cueva. Él aparece como testigo mudo, sentado en un rincón.Las llamas del inframundo se adueñan del interior, extendiéndose por todo el espacio. La lengua de la diosa se muestra hinchada, embebida en sangre.

 


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El mercado de Darjeeling (XI)

Surinder y Hardeep abandonan la casa del señor Ranjit envueltos en una misteriosa nebulosa invisible que les produce la incertidumbre y les conduce al silencio. Sin rumbo fijo, todavía con varias horas por delante para tomar el autobús de regreso a casa de Hardeep, se dejan llevar por la gente que camina por una calle ancha y recta que desciende hacia uno de los barrios pobres de la ciudad.


A medida que sus pies avanzan y sus pasos se internan en el suburbio, los nuevos  edificios muestran otras caras, luciendo manchados sus párpados descolgados, su boca atacada, su piel sucia y entarquinada. El barro es dueño del firme que pisan y se aprieta con sus pisadas, adhiriéndose a sus zapatos como costra de cacao. Al fondo de la calle encuentran lo que parece ser otro mercado, mucho más mermado que el del centro de la ciudad pero igualmente colorido y vistoso a lo lejos.


La pureza de las magnolias, la lengua de las orquídeas, la simetría de los lotos, las rosas multicolores, los acampanados gladiolos, la candidez de los jazmines, los ígneos destellos de las caléndulas… Una multitud de flores reciben a los viandantes. Hasta allí llegan los desarrapados, los dueños de la carestía, con la fe depositada en adquirir los únicos presentes dignos para un dios al alcance de sus posibles. Compran floraciones para realizar ofrendas a sus dioses. Hardeep siente la necesidad de comprar caléndulas trenzadas y llevárselas a Shiva.


-¿Llevas algo de dinero?


-¿Para qué, piensas comprar?


-Sí, necesito hacer una ofrenda a Shiva para… que me ayude y proteja a mi familia.


-Está bien, pero tendrás que devolvérmelo ¿de acuerdo?


-Gracias Surinder, eres un amigo.


Una joven atiende uno de los puestos. En ese momento, se encuentra realizando collares con distintas flores, largos como serpientes, bellos y anaranjados como una puesta de sol. Hardeep revisa el producto que tiene la chica. Después de analizarlos todos, repara en el que está elaborando ella.


-Me gusta el que estás haciendo.


-Señor, me llevará quince minutos acabarlo. Si lo desea puede elegir cualquier otro. – Desplazando la palma de su mano abierta como la espuma de una ola de mar que viaja liviana sobre la cúspide, indica al dalit el distinto género del que dispone.


-Elige uno de los que tiene hechos, vamos, no me tengas aquí todo el día – solicita Surinder, con el ceño fruncido.


-No tenemos prisa. Además, el suyo es fresco y quiero llevarle a Shiva lo mejor.


-Está bien, esperaremos entonces.


Mientras transcurren los minutos, ambos amigos observan a la joven entretejer las flores en el collar. Sus manos laboran con destreza, atraviesan con un fino hilo de seda el corazón de la flor y la desplazan hasta colocarla en el sitio requerido. Una a una, el collar se va cerrando mientras la joven les mira de vez en cuando y les sonríe, tímida, mostrándoles una preciosa sonrisa marfilada.


-Aquí tiene, es suyo.


-Muchas gracias, quédate con el cambio.


La boca de Surinder queda abierta, suspendida. Caminan.


-¿Que se quede con el cambio? Hardeep, ese es mi dinero, no el tuyo…


-Calma, calma, te lo devolveré igualmente. Por favor, condúceme al templo de Mahakaal. Allí está la casa de Shiva.


-Está bien, está bien, a la casa de Shiva… – refunfuña Surinder.


 El templo de Mahakaal se encuentra situado en una de las cumbres de la ciudad, enmarcado en un pequeño bosque donde la niebla se abraza a las ramas de los árboles para refrescar el ambiente, filtrar los rayos del sol y conferirle al lugar un aspecto tenue, tranquilo y aislado. En poco espacio se suceden varios edificios dispersos, siendo el principal el que se encuentra en el centro donde confluyen los distintos caminos a través de los cuales se puede ascender hasta el templo.


Al culminar su ascenso, Surinder y Hardeep atraviesan un pórtico de columnas redondeadas y guardadas por dos leones sentados de piedra, surcadas como si de cañas de bambú rojiverdes estuviesen conformadas, coronadas por unos capiteles con motivos de la flor del loto, que sostienen una viga adornada de olas doradas, de las que penden varias campanas de distintos tamaños y que está rematada, en sus extremos, por dos cruces gamadas amarillas sobre cuadrado de fondo rojo. Es la entrada principal al lugar y, a partir de allí, una multitud de banderas multicolores grafiadas con mensajes sagrados se entienden sobre sus cabezas, engarzadas entre los árboles, mecidas ligeramente por el viento, dotando de un singular colorido al entorno de culto.


Unos metros más adelante, en un pequeño claro y llano, varios bancos de piedra ofertan descanso a los fieles. Varias ancianas recogen el cansancio de sus cuerpos y conversan en voz casi inaudible. Frente a ellas, un hombre se encuentra junto a una estatua de una vaca sagrada cubierta con un manto grana. Allí muchos hindúes ofrecen sus bienes o su dinero para que el sacro animal les guarde la suerte. La vaca está representada tumbada en el suelo, con el semblante tranquilo y relajado, postrada frente a la casa de Shiva. Apenas unas escaleras flanqueadas por dos monos de pelaje verde y expresión siniestra les separan de la deidad.


Hardeep asciende el primero, colándose entre los otros fieles que allí se encuentran para venerar a su dios. Un horno con forma de iglú y coronado por una chimenea diminuta arroja un continuo y espeso humo lechoso que impregna el ambiente de un aroma místico. A continuación, el Templo de Shiva los recibe a ambos mientras se escucha la letanía de un Brāhmana, monje hindú que repite, una y otra vez, varias oraciones, mantras, en tono neutro pero efectivo, alojándose en el subconsciente de los fieles sin que éstos lo perciban. A su vez, como base musical, se escucha un constante repiqueteo de campanas armónico en su disonancia.


La estatua del dios, representada por partida doble, se encuentra enmarcada a los pies de una azulejada pared de tonos pardos repleta de hornacinas con marco de cristal que guardan varias reliquias y amuletos. Una legión de velas resplandecen dispersas por cualquier recoveco que queda libre entre la maraña de pétalos y collares de flores multicolores que se extienden por el suelo para adornarlo. Curiosamente, dos monjes de distinta religión guardan la figura de Shiva. La nerviosa actividad del monje hindú, que continúa imperturbable con su plegaria, contrasta con la tranquilidad, casi granítica, del monje budista, que permanece sentado sobre sus rodillas con los ojos cerrados y los labios apretados, ajeno por completo a cuanto le rodea, enfrascado en una profunda meditación.


Hardeep espera pacientemente su turno tras una fila de hombres, en su mayoría ancianos, que han ascendido hasta allí para solicitar el favor del dios y mitigar sus enfermedades. Cuando se es infinitamente pobre y además anciano, la dependencia de la salud es vital pues enfermar de un mal grave supone una profunda agonía al no contar con los recursos económicos adecuados para adquirir los medicamentos que mitiguen los distintos síntomas y dolencias. Por ello, piden a Shiva que aparte de su camino a los grandes males o, en su defecto, los atraviese de lleno para caer fulminados y no ser protagonistas de un sufrimiento añadido al de su propia existencia mísera, de por sí insoportable.


Llegado su momento, el dalit se agacha con el collar entre las manos, repasa el rostro del dios, su cuerpo y sus atributos, y deposita en el suelo, con supremo respeto y veneración, el encadenado de caléndulas. Posa su mirada en los tres ojos de Shiva, uno de ellos centrado en su frente, como muestra de su capacidad para ver más allá en los tres planos del tiempo: pasado, presente y futuro. De los tres, es el futuro el único que le interesa conocer a Hardeep. El pasado fue triste y escaso de alegrías, su boda con Anaji y algún recuerdo de la niñez. El presente lo encuentra brumoso y mantiene sus dudas. Por ello, deposita sus esperanzas y su fe en el futuro más inmediato, en el señor Ranjit y en los meses que deben transcurrir necesariamente para que su hijo nazca.


Surinder espera paciente la salida de su amigo mientras ve llegar a un grupo de turistas japoneses que, blandiendo cada uno distintas cámaras de fotos de todos los modelos y tamaños, se afanan en tomar instantáneas de todo aquello que llama la atención de su curiosidad. Afortunadamente para ellos, el Templo de Mahakaal contiene elementos suficientes como para saciar su voracidad.


Apoyado sobre una baranda de madera pintada de rojo, el amigo de Hardeep observa a una pareja de monos menudos, de pelo ceniciento y extremidades largas y delgadas.Se trata de dos crías, seguramente hermanos, de apenas cuatro o cinco meses de edad, que caminan por encima del pasamanos haciendo equilibrios, uno tras de otro, ambos con la cola extendida hacia el cielo. De pronto, uno de ellos se detiene, atraído por el ondulante movimiento de una de las banderas que cuelgan cercanas por encima de sus cuerpos. El otro, en gemelo comportamiento, hace lo propio y emite un chillido al sentirse sorprendido. El primero observa a Surinder, que los mira con gesto divertido y expectante. El segundo, incapaz de contenerse, se recoge sobre sus patas traseras para, a continuación, dar un respingo con inusitada sencillez y quedarse asido a la bandera. Aguanta así unos segundos hasta que las fuerzas le abandonan y cae rendido al suelo. Regresa junto a su hermano, que ha permanecido en su sitio, con la mirada pegada en la bandera. Sin darse por vencido, el segundo se lanza nuevamente sobre la bandera y, ésta vez sí, queda mejor aferrado y se columpia, excitado. El primero, ante el éxito de su hermano, decide acompañarlo y se arroja sin mediación. Ambos ejemplares, colgados cabeza abajo, oscilan de izquierda a derecha mientras gritan alocadamente. El escándalo es tal que uno de los hombres que está por allí, uno de los auxiliares del Brāhmana, corre hacia ellos empuñando un palo y gritando para ahuyentarlos. Viéndolo llegar golpeando el aire, el primero se resbala y queda colgando del cuerpo de su hermano, que corre la misma suerte y terminan rebotando en el suelo y huyendo veloces buscando el refugio de los árboles.


-¿Qué le pasa a ese hombre, por qué grita, de qué te ríes? – pregunta Hardeep, que regresa de su ofrenda.


-Los monos, que nos han salido sacrílegos…Venga, vámonos o llegaremos tarde al autobús.


 



 


Después de varias horas de viaje, los dos amigos ascienden hacia la casa de Hardeep. Al abrirles la puerta, Anaji les saluda dichosa y les pone en conocimiento de la nula mejoría de Ransul.


-La fiebre no baja pero él se encuentra mejor. Ahora está dormido pero he podido hablar con el un rato esta tarde, al darle un poco de leche.


-Será mejor que lo vea personalmente, no quiero que le ocurra nada malo, al fin y al cabo no tiene a nadie en este mundo y fui yo quien lo rescató de una muerte segura.


Surinder le toma el pulso, palpa su frente con la palma de la mano extendida y repasa el estado de la picadura, que presenta un aspecto preocupante.


-No me gusta el color de esa mordedura. Si la fiebre no desciende esta noche puede sufrir nuevos ascensos. Lo mejor es que lo lleve de inmediato a la ciudad. En el hospital será atendido como merece.


-¿Y quién se hará cargo de su ingreso, Surinder? Necesita medicamentos y…


-No te preocupes, amigo Hardeep, sabré resolvérmelas yo solo. No dejaré que muera, te lo prometo.


Al escuchar la posibilidad de su muerte, Anaji se echa a llorar desconsoladamente y suplica a Surinder que no se lo lleve, que quizá no soporte el viaje en autobús.


-¡Son demasiadas horas! Por favor, no te lo lleves…


-Aquí no mejorará, mujer. Debemos correr el riesgo si queremos que sobreviva.


-¿Hardeep! – implora Anaji a su marido buscando en su mirada un apoyo a sus ruegos.


-Surinder tiene razón, será mejor que se marche ahora. El autobús pinchó una rueda a pocos kilómetros de llegar hasta aquí y todavía estarán cambiándola. Si se da prisa, quizá pueda tomarlo y llegar cuanto antes al hospital – razona Hardeep consolando a su mujer mientras la estrecha contra su pecho. – Ve rápido Surinder, salva la vida de este niño.


-Así lo haré, amigo Hardeep, tienes un corazón puro.


El dalit recuerda las palabras del Señor Ranjit: “Aquellos que tengan un corazón puro podrán tener un hijo…”


-Sí, un corazón puro… Márchate ya, no pierdas más tiempo.


-Adiós amigos, nos veremos pronto. Anaji, no te preocupes, te mantendré informada de su evolución.


Surinder abandona la casa y se aleja corriendo calle abajo, cargando con el niño en sus brazos.


Hardeep obliga a su mujer a entrar dentro de la casa y cierra la puerta. Anaji seca sus lágrimas con sus manos y ambos quedan en silencio. Durante varios minutos, sin pretenderlo, el fugaz pensamiento de sentirse padres de Rasul durante apenas unas horas acrecienta sus esperanzas de ser padres de su propio hijo. Hardeep se acerca a su esposa y le pide que deje todo cuanto tenga pendiente y que le acompañe al lecho conyugal. Una vez allí, saca del maletín el ungüento que permite la concepción de una nueva vida. Anaji pregunta por el origen y el uso de aquella mixtura y Hardeep le explica que es un secreto del señor Ranjit para que su sueño se haga realidad.


-Hardeep, ¿crees que seremos padres con eso?


-Creo que debemos intentarlo al menos, quiero ser padre, amada mía.


-Me gustaría hacerte feliz. Serás un padre ejemplar, te encantan los niños. Si te desvives con los que no son tuyos, imagínate con uno que sea fruto de tu sangre.


Hardeep enturbia el gesto repentinamente. Los buenos pensamientos le abandonan, le surgen las dudas. Su mujer se aparta unos centímetros de él, extrañada.


-Túmbate, mujer, debemos empezar con esto. Desnúdate.


Mientras las telas se deslizan por sus senos y sus caderas, Anaji mira a su marido con sus grandes ojos oscuros, negros y profundos como las simas de los océanos. Los de Hardeep llevan prendido el miedo y el deseo a un tiempo. Abre el recipiente, introduce los dedos con cuidado cargándolos de ungüento y, obligando a su mujer a que se tumbe en el suelo y abra sus piernas, lo extiende por sus ingles con cuidado, frotando una y otra vez produciendo la excitación de su esposa. Una vez ha concluido, Hardeep le pide a Anaji que lo desvista. Despojándolo de la camisa primero y luego de los pantalones y los zapatos, ella se arrodilla, arrastra sus finos dedos por la pomada para que quede prendida en ellos y la frota por las ingles de su esposo, cuya virilidad responde al contacto con premura, henchida de codicia. Anaji termina y se tumba en el lecho, boca arriba, ofreciéndole a su esposo su cuerpo trémulo.


-Hazlo bien, quiero darte ese niño que tanto anhelas.


Hardeep la toma con dureza, embistiéndola una y otra vez. Descarga la tensión acumulada, descarga sus miedos, descarga su conciencia.

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De grises y multicolores

En alguna ocasión participo en concursos de la plataforma televisiva que veo en casa. A pesar de que me han tocado varias cosas, siempre he acabado regalándolo todo a amigos y familiares. Hace dos días recibí un correo electrónico en el que se me notificaba que había resultado ganador de dos entradas para asistir al desfile del Orgullo Gay en Madrid. Concretamente, podría ir subido en una de las carrozas patrocinadas por una serie de televisión “Spartacus” y disfrutar desde allí del evento. Tenía la posibilidad de llevarme la primera temporada completa en DVD pero no hubo suerte.

La cuestión es que, como yo no le iba a dar ningún uso decidí comentárselo a un amigo homosexual que tengo por si podía interesarle. Craso error por mi parte. No le interesaba y, además, no le gustaba ese desfile. Su decisión me ha llevado a meditar y a poner en orden mis ideas y compartirlas con vosotros.

En los años grises, dominados por una mentalidad gris y unos hombres con cara gris de mala hostia, vestidos con uniformes grises, aquel que gustaba de personas de su mismo sexo, que se enamoraba de ellas y osaba a intentar amar en público, era detenido, ley de vagos y maleantes mediante, y puestos al amparo de la sombra carcelaria para evitar olas de calor y frío, lluvias y nieves, vida y libertad.

Se trataba de sanar conciencias, de exorcizar a los pestilentes portadores de un demonio terrorífico y peligroso que amenazaba con volar por los aires el statu quo impuesto con puño de acero y cruz latina. Eran individuos despreciables, hombres y mujeres necesitados de un tratamiento de choque mental que derribase la lascivia y el pecado instaurado en su ser al amparo del vicio más contaminante y pútrido.

En los años de crecimiento económico la nueva sociedad amamantada con el caldo caliente del pecho del nuevo régimen siguió ejerciendo la negación de las libertades y aquellos hombres y mujeres tuvieron que acallar y encerrar en un rincón de sí mismos su condición sexual, su forma de amar.

Después de muchos años de sufrimiento, de dolor velado por una sonrisa muerta, de enfrentarse no sólo a la aceptación de la sociedad sino también de sus familias y amigos, de callar un grito a voces, hoy podemos celebrar que son lo que han sido siempre: personas merecedoras del mismo respeto que cualquiera por el hecho de ser.

No obstante, me gustaría hacer una reflexión acerca del respeto que algunos se tienen a sí mismos y que guardan hacia lo que últimamente suelen definir como “su colectivo”. Vaya por delante que me parece bien cualquier acto que se celebre como una fiesta en homenaje hacia cualquier espectro social: Lo es el día de la mujer trabajadora, el día del voluntariado, el día de la lucha contra el sida… por lo tanto el día del Orgullo Gay también debe ser tenido en cuenta y respetado. Faltaría más.

Ahora bien, considero que lo ideal, lo utópico, sería relegar estos días al olvido pues sería consecuencia de que su razón de ser, reivindicar diferentes cuestiones que preocupan a la sociedad, bien por falta de derechos o para recaudar fondos para combatir diferentes causas, estaría al fin superada.

Mientras tanto, se organizan infinidad de exposiciones culturales, conciertos musicales y diferentes actividades enfocadas a dinamizar y enriquecer este día. Y además, ocurre que en las calles de Madrid, por aquello de ser la capital del reino, se organiza uno de los desfiles más importantes de Europa. Es aquí donde, desde mi punto de vista, se comete el error.

Considero que se ofrece una “imagen de homosexual” muy alejada a la del común de la realidad. Excesos, histrionismos, clichés, parodias de un personaje que dista mucho de lo que yo personalmente considero que es una persona homosexual. La mayor parte de los homosexuales no son personas que están todo el día encaramados a unos tacones superlativos, ni visten tan extravagantes, ni viven a diario en una bacanal en bucle infinito. Son personas como tú y como yo, con los mismos problemas y alguno más, que toman el mismo autobús y el mismo metro que nosotros, que desayunan en la mesa de al lado, que dirigen empresas y que, como es el caso del actual alcalde de Paris, Bernard Delanoë, seguramente aspirará a la presidencia de la república francesa. Esta y no otra es la verdadera imagen de los homosexuales, exactamente la misma que la de cualquier persona heterosexual. Vender lo contrario significa degradar su realidad, deformarla, exhibirla como personajes que sólo buscan llamar la atención, que guerrean entre ellos por ver quién grita más agudo o quién lame más pezones en cinco segundos frente a las cámaras de Tele5. Que cada uno haga lo que quiera pero ¿es realmente eso lo que quieren exportar como reflejo de lo que son?

Salvando las distancias, y dejando a un lado la única explicación posible que le encuentro a su comportamiento, que no es otro que el irrefrenable deseo de exhibición gratuita y de llamar la atención ante la seguramente incapacidad de hacerlo por otros medios menos frívolos, en ocasiones me recuerdan a aquellos hombres que organizaban espectáculos clandestinos en aquellos años grises del principio, donde se vestían y travestían de folclóricas y famosas actrices e interpretaban sus shows. En aquel momento era un acto de rebeldía que servía para reivindicarse a sí mismos y luchar contra un régimen haciendo algo ilegal. Hoy, en las templadas aguas de la democracia donde cada uno puede nadar en la dirección que crea oportuna, no me gusta ver anunciados espectáculos de ese estilo por el mero hecho de que actúe un homosexual. Si la atracción es el homosexual en sí mismo y no el espectáculo que realiza, deja de ser algo digno para convertirse en un circo a costa del sufrimiento callado de tantos hombres y mujeres que silenciaron sus voces, o fueron silenciados, y que lucharon, y algunos murieron, por la igualdad y el respeto.

Tampoco me gusta verlos como modas o espectáculos televisivos que sólo sirvan para aumentar el share de las cadenas de televisión. No hace tantos años se dio un boom televisivo y, de pronto, no había en las parrillas de las diferentes televisiones que no contasen con su gay particular, algo así como el tamagochi o mascota que todo cristo quería tener, tocar y hacerse fotos. Todos cortados por el mismo patrón, los mismos gestos, las mismas voces. Desde el enano del bigote y mala baba unagrandeylibre, jamás una voz aflautada había llenado tantos minutos de prime time como hasta hace poco. Y sucedió lo que tenía que suceder, que como pasa con toda moda, se acaba descubriendo algo que sorprende más, o que gusta más (¡me entiendes!) y lo que antes estaba arriba, cayó inmisericordemente abajo. Demasiado abajo. Y algunos no supieron reponerse del golpe. Al final, la implacable ley del más fuerte e inteligente mantiene al válido y desecha al que no lo es.

Me resisto a que sean tratados como bufones y a que ellos mismos se presten al juego de ropas multicolores y efectos de sonido con cascabeles de por medio del siglo XXI. Si echamos la vista al otro lado del atlántico, todavía los malos de la película son extranjeros, hispanos con las caras atravesadas a navajazos o árabes barbilargos. El negro siempre muere en las películas de terror, suele hacer reír o está condenado a vagar por las calles del Bronx, a trapichear con drogas o a escapar del corredor de la muerte.

No creo que aquellos que murieron con sus labios sellados y sus corazones mellados se sintiesen reconfortados con determinados actos llevados a cabo por los que les sucedieron. Estoy convencido de que ellos no lucharon para eso. No, su batalla era mucho más ambiciosa. Para emprender estos viajes no hacían falta esas alforjas.


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