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La Ínsula Etérea

"Caer, levantarse, insistir, aprender"


Akelarre

Alcanzamos el prado con una rapidez inusitada. Los rayos de una luna colosal convertían el verdino manto estival en un oleaje de hebras de plata mecidas por el viento húmedo que arribaba allende las costas. El rebaño dormía plácido, agrupado a orillas de un cortado que lo guardaba del brumoso aliento del dios de los céfiros. Algún cordero, despertado por nuestros pasos, se desperezó y encaminó sus pezuñas torpemente hacia nuestro encuentro. Presta, su madre acudió hasta él sin atisbar nuestra presencia y lo recondujo, no sin cierto barullo, hasta el grupo. El cordero baló levemente, en clara señal de descontento, y al instante amaneció una inmensa sombra barbada sobre el cortado. De tan hermanado su pelaje con la oscuridad, apenas distinguí el brillo infernal de sus ojos cuando balanceó levemente su cabeza al golpear, con sus cascos, la piedra del saliente que lo sostenía. El cordero inclinó las orejas, sumiso, y madre e hijo, cabizbajos ambos, se tendieron sobre el pasto y se enfrascaron en un profundo sueño.

Apenas Maialen tuvo que tirar de mí unos cuantos metros para llegar hasta la entrada de la cueva. Quedé fascinada por las dimensiones de aquel lugar. Se trataba de una gran gruta horadada en la montaña que de tan profunda la había atravesado de lado a lado. Según me contó Maialen de camino, los dioses antiguos, los verdaderos, habían sido los encargados de vaciar la gruta para guarecerse de una gran tormenta. Pasaron muchísimos años hasta que nuestros antepasados la descubrieron, pero algunos de ellos, a través de los tiempos, sobre todo las elegidas, eran capaces de capturar dentro de sí el rastro que de sí mismos los dioses abandonaron en esa cueva, y por ello, por su carácter divino, resultó ser el lugar elegido para reunirse en las noches dedicadas a honrarles para no olvidarlos, para revivirlos lejos de la impostura latina.

Anduvimos hasta el centro de la gruta para reunirnos con el resto de vecinos, muchos de ellos sentados a ambos lados de una gran mesa. A unos los conocía y a otros no. Estaban Josetxo el esquilador; Iñaki e Inazio, los gemelos carboneros; Olatz, Maitane y Saioa, primas y de profesión cesteras; Belasko el herrero, Kontxesi la aguadora o Bittor el guarnicionero. Algunas caras me resultaban familiares, más me resultaba del todo imposible darles nombre u otorgarles parentesco. Probablemente serían vecinos de los pueblos cercanos que acudían, como nosotros, a rendir pleitesía a los padres primeros.

Comimos y bebimos. Reímos y cantamos. Nuestra brava lengua se alzaba rizada por encima de nuestras cabezas y marchaba en rizado viaje, como el del humo de la hoguera que un rato antes había cocinado nuestras viandas, hasta diluirse ambos, humo y lengua, en el silente de una noche abierta de verano. Maialen y yo quedamos emplazadas frente a Bittor y Josetxo. Tenían nuestras mismas edades, y entre juegos y miradas furtivas, ayudados del vino que toda vergüenza relega, transcurrió la cena sin apenas darnos cuenta. Corrieron varios platos de membrillos confitados por las mesas. Queso nuestro. Nueces. Y un bebible que nunca antes yo había probado, y que de tan caliente y espeso repudié al inicio. Bittor me animó a aguardar un tiempo, el necesario hasta que pudiese sostener el vaso sobre la palma de mi mano durante unos segundos. Así lo hice y la bebida reposó, y cuando nuevamente fui a tomarlo con cierto recelo, descubrí que los sabores se habían alterado, y que lo que antes me resultó extremadamente amargo, entonces tenía un gusto amable y dulce. Lo tomamos de un trago, dimos gracias a los dioses y los más mayores comenzaron a levantarse de la mesa. Maialen y el resto hicieron lo propio, y anunciándome que había llegado el momento de la ceremonia, me cedió el paso para que, en fila y ordenados, caminásemos hacia el fondo de la cueva.

Así lo hicimos todos juntos, alejados de un extraño ruido que se escuchaba a nuestra izquierda, junto a nuestros pies. Inquieta, pregunté cuál era su origen dado que no veía sino oscuridad y Bittor, entre risas, me contó que se trataba del discurrir de un río junto a la pared de la gruta, y que, si no quería caer a él de un desafortunado descuido, debía ubicar todos mis sentidos para seguir el camino de quien me precedía.

Ascendimos por un lateral de la gruta, por un acceso escalonado cuyas paredes rezumaban un sudor húmedo. Al llegar arriba, recorrimos unas decenas de metros a través de un angosto sendero flanqueado a un lado por la roca de la montaña y por el otro un nuevo prado. Al final, pude ver el dorado brillo de una hoguera que relampagueaba a la entrada de una nueva cueva, esta mucho más minúscula pero con capacidad para albergarnos a todos. Cuando entramos en ella, nos fuimos colocando formando un semicírculo en torno al fuego. Ante nuestros ojos se erigía un curioso altar de roca, como si un enorme tirachinas se hubiese tallado del suelo al techo para luego encajarlo. En el centro, donde se disgregaba la columna vertical para conformar dos oblicuas, se consumía el fuego de dos antorchas situadas a cada lado, y entre ellas, como presidiendo el lugar, una enorme calavera caprina con cuernos distantes y enroscados, probablemente perteneciente a un gran macho.

Maialen me susurró que prestase atención, que la ceremonia estaba a punto de comenzar. Me contó también que estuviese preparada para cuando ella misma viniese a por mí, que no temiese nada, que estaba en buenas manos, que me dejase llevar. Asentí dubitativa, pues no sabía a qué me iba a enfrentar, pero al mismo tiempo ella era mi amiga y en ningún momento pensé que ella sería capaz de permitir que me ocurriese nada extraño.

De un lado de la cueva, una de las mujeres mayores se acercó al fuego esbozando una extraña letanía en nuestra lengua materna. Arrojó sobre las llamas una suerte de polvos y aquellas, como por mano divina sometidas, quedaron reducidas a su mínima expresión, apenas rebrincando unos dedos sobre sus propios rescoldos. La visión en la cueva quedó reducida pero, a pesar de mi nerviosismo ante la nueva situación, nadie salvo yo y alguna muchacha joven, manifestó incomodo alguno ante la falta de luz.

De pronto, Maialen se levantó de mi lado y acudió hasta la fogata. Hicieron lo propio otras tantas mujeres jóvenes como Maialen, entre otras las tres primas cesteras. Reunidas en torno del fuego, y sin apenas mirarse, comenzaron a cantar una canción con voz queda, alzaron sus manos y sus miradas lentamente hacia el techo, como tratando de encontrar algo más allá de la roca para atraparlo y, con un súbito movimiento, extendieron sus manos hacia los rescoldos. En ese instante, los versos se hicieron más audibles, y pude escuchar que convocaban a las fuerzas de la madre tierra, del mar, del viento. También del fuego. Se dieron las manos unas a otras, cada una con quienes tenían a ambos lados, y así, formando un círculo hilado de dedos y manos, danzaron y saltaron, y con cada salto, las llamas parecían revivir mientras ellas levitaban en el aire, y crecían en intensidad y altura a medida que sus voces engordaban su ímpetu, así hasta que ultimaron su cántico, elevándose en el último de sus saltos las llamas por encima de sus cabezas para quedar mustio y aletargado cuando el silencio se apoderó nuevamente de la gruta.

Todos nos hallábamos fascinados. Lo podía intuir en el brillo acuoso de los ojos de quienes me rodeaban. Las danzantes, que habían quedado agachadas frente al fuego con una de sus rodillas lamiendo el suelo, como postradas en reverencial gesto de obediencia, permanecieron asombrosamente inmóviles con los brazos estirados y las puntas de los dedos tiznadas de los restos de la hoguera que se habían consumido y apagado. Quise levantarme para ver qué ocurría, porque me fijé en el pecho de Maialen y comprobé que ni siquiera oscilaba al respirar. Presentí lo peor y traté de interesarme por ella, pero en el momento de levantarme, Él apareció.

Una densa humareda, azulenca y mohína, envolvía al completo su cuerpo entero. Percibí su silueta poderosa, bruna y umbría, cuando cruzó por delante del acceso a la cueva y los rayos de la luna lo iluminaron al través. Poseía una envergadura hercúlea, apreciándose unos brazos poderosos a ambos lados de un torso desnudo, poblado e infinito, capaz de albergar en su interior un navío de batalla. Caminaba con ritmo acompasado, lento, dejándose ver por los presentes. Sus hombros contravenían, al andar, a sus pies, y el movimiento resultaba tan ajustado que por su marcialidad parecía el de un soldado o puede que el de algún miembro de la realeza. Portaba, en su mano izquierda, un cuenco de madera y procuraba que su contenido, a punto de rebosarse, no se desprendiese al atravesar la cueva. Su cara era bestial, mezcla de humano y carnero, habilitado de cuernos de éste y nariz de aquel. Maialen y las demás acudieron hacia él. Hacían girar sus cuerpos en torno de la presencia de tan extraño ser, y rotaban y rotaban subiendo y bajando los brazos, cantando y mostrando la alegría que sentía por su llegada.

Él subió por detrás del altar y tomó asiento, ocupando el lugar de la calavera. Dos de las mujeres recogieron las antorchas y se colocaron en sus flancos mientras una tercera se llevaba la huesuda cabeza de carnero. Desde allí, Él nos observaba y nosotros apartábamos la mirada. Poseía el látigo en el mirar y lo arrojaba sobre quién osase mantenerle la mirada bien por osadía, bien por curiosidad. Pronunció varias oraciones, agradeciendo ver nuevos rostros entre los que nos habíamos congregado y pidió por atraer buenas cosechas para los campos y capturas abundantes en sedales y redes de ríos y mares próximos. Habló de nuestros antiguos dioses, de su fortísima presencia al saber que nos habíamos reunido para honrarles. Incluso llegó a hacernos tocar el suelo con la punta de los dedos para que sintiésemos su manifestación. Todos seguimos sus órdenes y bien puedo decir que, al hundir mis yemas en la tierra húmeda, sentí adentrarse dentro de mí algo de lo que no soy capaz de dar detalles pero que únicamente puedo asentir que me hizo sentir poderosa.

Seguidamente, Él recogió el cuenco de madera con ambas manos, se levantó y caminó hacia las brasas de la hoguera que expiraban en el suelo. Cada uno de los pasos dados, para nuestra sorpresa, pareció infundir aliento a las ascuas y éstas comenzaron a brillar vivamente hasta que explotaron en una gran llama que ardía con fuerza sin madera nueva que la alimentase. Elevó el tazón hacia el fuego, musitó unas palabras y Maialen, junto a las demás, se apresuraron a recoger, en varias escudillas, el verdusco líquido que Él comenzó a derramar. Una vez hecho esto, se retiró a la oscuridad de la gruta y ellas depositaron sus platos en el suelo y caminaron, cada una en un sentido, hacia nosotros.

Maialen se fijó en mí, sonrió levemente, me extendió el brazo cuando estuvo a mi altura y, tendiéndome la mano, me invitó a acompañarle. Fui tras ella engarzada a sus dedos, húmedos y calientes como nunca antes había tocado alguno, y juntas esperamos en el centro de la gruta, junto al fuego, a que las demás hiciesen lo propio reuniendo a otras tantas muchachas tan jóvenes o más que yo. Maialen alzó su voz y dio orden de comenzar. Parecía ser la líder y hasta que ella no se pronunció, el resto permanecieron a la espera de sus palabras.

Se puso enfrente de mí, mirándome como jamás lo había hecho. Pude sentir la llama que envolvía su cuerpo arder en sus ojos. Rodeó mi cuerpo, se puso a mi espalda y desplazó sus dedos desde la palma de mis manos hasta los hombros, y luego el cuello. Tomándome por el mentón, lo giró con suma delicadeza hacia mi izquierda y besó mi boca. Fue un beso corto y dulce. Me ruboricé de inmediato pero su sonrisa pícara acalló mi disconformidad. Sus manos volvieron a mi cuerpo y de mi cuello descendieron a mi espalda, luego a mi vientre. Encallaron en mis pechos. Sus dedos se movían con tanta precisión sobre mi camisola que pronto los encresparon. Mientras, ella besaba mi cuello y yo, que me sentía observada, sucumbía al placer que sentía en aquel momento. Desabrochó los botones de mi camisola que descendían hasta mi ombligo y fue tirando de ella poco a poco, mostrando primero mis hombros, mis brazos, mi busto. Volvió a ponerse delante de mí con tanta rapidez que apenas pude ver cómo se relamía al observar mi cuerpo cuando se lanzó sobre él para lamer mis pezones. Entretanto, buscó con sus manos el broche de mi falda y lo encontró al final de mi espalda. Fui incapaz de sentir cuándo cayó mi saya, pues en ese momento, arrebatada por un ardor incontrolado que brotaba de mis entrañas, y llevada en volandas por los gemidos de las otras chicas que me rodeaban, apenas escuchaba o veía nada más que la lengua o los dedos de mi querida Maialen.

Me pidió que me tendiese en el suelo y así lo hice. Mi corazón golpeaba mi pecho con estrépito, quería escapar de su cárcel de hueso. Cuando los dedos mojados de Maialen contactaron con mi piel, un frío áspero recorrió mi cuerpo. Con la otra mano levantó mis brazos y extendió el ungüento parduzco de Él, que un rato antes había recogido en una escudilla, sobre mis axilas. Mientras, yo no dejaba de mirarla, tratando de adivinar sus próximos movimientos. Volvió a hundir sus dedos en el ungüento y con sólo percibir la proximidad de su mano húmeda en torno a mis muslos, mis piernas se entreabrieron, arqueé mi espalda y respiré tan profundo como pude para contener un gemido que combatía por cruzar al otro lado de mi garganta.

En mis ingles, blancas y puras, el ungüento quedó adherido propinándome una sensación fría que erizó mi vello, más Maialen lo frotó repetidamente durante unos segundos hasta que experimenté la sensación contraria. De pronto, el infierno había hecho de mi entrepierna paisaje, y creí que me moría. Por suerte, Maialen se colocó sobre mí, besó mi ombligo, lamió mi vientre, atrapó entre sus manos mis jóvenes pechos y, llegándose hasta mi oído, me dijo, ahora viene lo mejor.

Se incorporó al instante y lo mismo hicieron las demás danzantes, dejándonos a las más jóvenes tumbadas en el suelo. Nos pidieron que nos emparejásemos y así lo hicimos. A mí me tocó con una chica pecosa, de cabellos naranjas y rizados y pechos abundantes. A su lado, los míos quedaban en nada y fue entonces, y sólo entonces, cuando parecí que despertaba de un sueño y sentí cierta vergüenza. Maialen debió darse cuenta y procedió con rapidez. Se sentó junto a nosotras, se abrazó a mi compañera y la besó, alojando su lengua en la profundidad de su boca. Al retirarse, me invitó con la mirada a que repitiese su acción, pero yo permanecí parada. La pelirroja, sin embargo, no dudó ni un instante, se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme con fruición. Sus labios eran mucho más ásperos que los de Maialen, su lengua era más torpe que la de mi amiga pero suplía sus carencias con la pasión que la llenaba. No me gustaba su manera de besar y decidí apartarla de mí pero de improviso, sus besos me mortificaron de placer y un ardor renovado crecía nuevamente en mi interior, cerrándome los ojos de gozo. No entendía cómo esa chica había conseguido en un instante lo que no había logrado después de varios intentos. Abrí los ojos, busqué a Maialen pero no estaba en su lugar. Me deshice violentamente del beso de la pelirroja y descubrí entonces a mi amiga entre mis muslos. Era ella la que provocaba en mí el placer, era ella quien desataba mis emociones. Allí permanecimos las tres, entregándonos nuestros cuerpos, degustándonos, y el tiempo fue pasando fuera de la cueva mientras en el interior yo perdí toda referencia cuando Maialen, con sus dedos expertos y su lengua deliciosa, me hizo volar y gritar a un tiempo, contrayéndome para gemir quedo como una gata celosa.

Satisfecha, Maialen echó a un lado a la pelirroja y me quiso sólo para ella, y me besó repetidamente hasta que volví a sentir, entre mis piernas, una nueva boca, más áspera y menos sutil. Miré a un lado, al que se había retirado la pelirroja, y efectivamente allí estaba, observándome con lascivia, impaciente por asaltar mi cuerpo pero aguardando su turno. Me prengunté entonces ¿quién me probaba?

Sus cuernos oscilaban como los de una cabra lamiendo sal, entregada y ansiosa. Apenas duró allí unos instantes cuando pidió a Maialen que se apartase. Ésta hizo lo que él le demandó y Él dejó caer su enorme anatomía sobre mi cuerpo. Visto desde fuera, únicamente a él se le veía, su piel aceitunada, su boca jadeante. Yo quedé paralizada, tal era la rotundidad de su presencia. Sentí cierto temor al tenerlo tan cerca de mí y creí que el aire me faltaba. Él, que andaba rebosante de deseo, detuvo las dentelladas que asestaba sobre mis pechos y cruzó el gesto. Maialen, que estaba pendiente una vez más, intervino colocando su dedo índice sobre mis labios para tranquilizarme y pedirme calma mientras se iba hacia él.

Comenzó abrazándose a su cuello al tiempo que lo besaba y le ofreció sus pechos. Él, puesto de rodillas, la cogió entre sus brazos y ella quedó frente a él, también de rodillas y dándome a mí la espalda. Mientras él se entregaba a sus pechos, ella juntó sus piernas recogiéndose a mi derecha y agarró con fuerza el falo de Él, acariciándolo lentamente primero con los dedos y luego con toda la mano. Cuando lo creyó oportuno, Maialen regresó a su posición anterior, esta vez más cerca de mí, y comenzó a besar mis labios y mis lóbulos. Entretanto, Él abrió mis piernas, se encajó dentro de mí, y comenzó a embestirme con una fuerza desmedida. Maialen, que me observaba en posición contraria frente a mí, descendió hacia mis pechos, lamió mis pezones y los chupó reiteradamente, sin dejar de hacerlo hasta que Él cayó sobre las dos, exhausto y derramado.

Aquel era el momento deseado por todos los presentes, el instante en el que todos cayeron sobre todos, se abrazaron, se desnudaron, se recorrieron, se buscaron y se encontraron, se atraparon y se arrebujaron, y en un mar de salivas, sudor y piel, pecaron, pecaron y pecaron.

Y yo, con ellos. Por muchos años. En la cueva de los dioses. La recorrida por el mal llamado, y desde hoy, por siempre, infernuko erreka, o regata del infierno. Por diablos nos tienen. Demonios ellos, que nos niegan la paz y nuestros propios credos.

Hoy me quemarán en una hoguera. Me dicen bruja. Más si por permitir disfrutar de mi cuerpo a otros y hacerlo con los de los demás es un mal mío a desterrar del mundo, llámeseme bruja, arda en la pira más alta o arrójeseme al río más profundo con un saco de cantos al cuello. Dígaseme cualesquiera cosa que convenga para mofa suya y quebranto de mi persona, que yo seré reina del deseo, ama del placer, y dueña de mi propia mente y de cuerpo, lo que nunca será nadie que viva encerrando el gozoso padecer bajo siete llaves de temor, de vergüenza, de envidia, de odio, de rechazo, de incomprensión y desconocimiento.


 


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El Haiku de las Palabras Perdidas

No sé si os habrá pasado a vosotros alguna vez lo que os voy a contar.


Estáis en la última página del libro que os encontráis leyendo. Alcanzas el último párrafo, te adentras en las frases que le dan forma y tus ojos se detienen en el último punto y final de la historia. Permaneces unos segundos ahí, pensativo, procesando la última información que ha llegado a tu cerebro, vislumbrando en tu cabeza la imagen con la que el autor pone el broche de oro a su novela... Y cuando cierras el libro y lo vuelves para mirar la portada, porque lo haces, piensas: Me gustaría ver una peli basada en esta historia... Esto mismo me ha ocurrido a mí con El Haiku de las Palabras Perdidas.


Ya sabéis que yo no soy muy dado a reseñar libros, que en estas arenas los hay mucho mejores que yo en estas lides, pero cuando lo he hecho ha sido porque, además de ser una obra que me ha gustado, creo que os puede hacer pasar un buen rato a muchos de los que os acercáis hasta esta ínsula.


Pues bien: Al lío.


El Haiku de las Palabras Perdidas son dos novelas al precio de una; son dos historias en paralelo y es una al mismo tiempo en dos tiempos distintos. Ambientada en el Japón de 1945, la primera nos acerca a una historia de amor latente y callado entre dos adolescentes que, cuando está a punto de alzar la voz, es silenciada por la barbarie y la destrucción de la guerra. El día en el que van a besarse por primera vez, cae en su ciudad la segunda de las bombas atómicas que colocarán para siempre en la historia de la vergüenza humana el nombre de Nagasaki. A partir de entonces, y a través de los ojos del joven Kazuo, emprenderemos una incansable búsqueda por encontrar a la bella Junko, su princesa, sin importarle las consecuencias.


Intercalada con la primera, la segunda historia transcurre en la actualidad, concretamente hace poco más de un año, en los días previos al gran desastre sísmico que provocó la muerte de miles de personas en Japón y arrasó la central nuclear de Fukusima, reabriendo así el eterno debate de la seguridad de este tipo de energía y las consecuencias de su uso para el planeta. Emilian, un brillante arquitecto especializado en el diseño de proyectos urbanísticos capaces de hacer sostenible las ventajas de la energía nuclear y la calidad de vida para las personas, ve cómo los proyectos profesionales y vitales a los que se ha dedicado en sus últimos años se vienen abajo. Aún descolocado y enfrentado con el mundo, conoce a una galerista japonesa, Mei, interesada en encontrar al primer amor de su abuela, superviviente de las bombas atómicas, antes de que esta fallezca. Sirviéndose de los conocimientos y los contactos de Emilian iniciarán una labor tan compleja como expuesta a no pocos peligros.


Se trata de una novela que ya desde su inicio captura tu atención como lector. La historia está bien estructurada, dándole a cada uno de los capítulos la extensión adecuada para no hacerlos demasiado pesados. La prosa de Andrés Pascual para este libro es de un estilo limpio, ameno y sencillo, lo que permite acceder a su lectura a toda clase de personas. El lenguaje no es rebuscado, utiliza muchos guiños a marcas de productos o temas musicales que ayudan a contextualizar mejor las tramas, los ambientes y las descripciones. No se trata de una novela exquisita desde el punto de vista puramente literario, ni el autor conseguirá nunca el Nobel por ella, pero creo que tampoco es, ni lo uno ni lo otro, la pretensión del autor. La intención parece estar más enfocada a una lectura agradable, sin complicaciones ni desafíos para el lector; divertimento en esencia. De lo mejor, los diálogos a lo largo de toda la novela. En su conjunto, son muy ágiles y creíbles.


Francis Ford Coppola dice de sus películas que todas deben poder ser definidas con una única palabra. Dice por ejemplo de "El Padrino" que la palabra que la explica es sucesión, porque lo verdaderamente importante, por encima de Don Vito o Michael Corleone, es la pervivencia de la familia. Pues bien, tomándome la licencia y pidiéndole disculpas anticipadas a Andrés por la osadía, yo me atrevería a decir que ésta novela quedaría resumida en la palabra esperanza, la esperanza que te permite vivir cuando todo lo que te rodea está muerto, cuando toda tu vida se desmorona, cuando la naturaleza nos arrebata con sus telúricas fuerzas todo aquello que amamos. Esa esperanza, depositada en un ideal o en un amor, nos libera de todos los bloqueos que nos impongan o que nosotros mismos colgamos de nuestro cuello como si de unos pesados grilletes se tratasen. Únicamente creyendo en ella, dando pasos por alcanzarla a pesar de las circunstancias adversas que el destino pueda depararle, el Hombre podrá podrá ser eternidad con una sonrisa en el alma y la serenidad en el gesto.


En resumen, se trata de una novela muy viva en su estructura y en el ritmo que el autor imprime a los sucesos que en ella tienen cabida. Por los paises en los que se desarrolla, por la sofisticación de los protagonistas de la actualidad, por el tratamiento fiel de los funestos efectos nucleares para ganar una guerra, por los bien pensados flash-back que nos ayudan a comprender la estrecha relación entre el ayer y el hoy, y por el enorme espíritu dinámico que envuelve de principio a fin a la historia, creo que posee las cualidades necesarias para augurarle un nada descabellado futuro en el cine de entretenimiento y hacer disfrutar al lector, que es lo que creo que Andrés Pascual persigue con El haiku de las palabras perdidas.

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¿Quo Vadis Sindicatos?

No creo en esta reforma laboral. Pienso que es agresiva en grado máximo, que alienta a que no se reincorporen al mercado laboral aquellos trabajadores que superen los 40 años, que permite de manera descarada la rebaja de los salarios sin contrapartida favorable al trabajador, que se nos pueda despedir si se preveen pérdidas para la empresa (como en las guerras preventivas de Bush Jr., que invadía países por si acaso). Creo que el sesgo a nuestro derechos laborales es de órdago. Creo que es necesario alzar la voz y decir ¡basta ya!


Lo que no creo es en los sindicatos, esa oligarquía proletaria que, ante amos distintos (PSOE-PP) pero sujeto por la misma cadena (crisis galopante), a uno le da la pata porque le da dulces cuando nadie mira, y al otro le ladra y le saca los dientes porque le niega la galleta que hasta entonces le echaban para que estuviese entretenida y callada.


Pretenden ser los representantes de los trabajadores. Piensan que sus palabras son las nuestras, que las ideas que defienden son las que nosotros defendemos. Nada más alejado de la realidad. No me representan. No puede representarme un grupo de personas que hacen, de su función pública, carrera. No pueden representarme aquellos que exigen respeto por el huelguista pero pisotean el que libremente decide ir a su trabajo porque entienden que perder una media de 100 € es incompatible con alimentar a sus hijos la última semana del mes. Y sobre todo, no me representan, porque no creo en la violencia de ninguna clase para defender un pensamiento. Porque si tu argumento es la violencia, no tienes argumento alguno, y además eres ruín, despreciable y miserable.


Tengo un amigo que es periodista. Se llama Pablo y tiene la inmensa fortuna de trabajar en aquello que ama. No sólo eso, además tiene éxito en su trabajo. Me acabo de enterar que esta mañana se estaba tomando un café en una cafetería de una capital. Que de pronto, en la tranquilidad de la mañana, han irrumpido varios hombres de malos modos, han lanzado un petardo para sacar a los clientes fuera y han comenzado a gritar para que la cafetería cerrase sus puertas. Pablo, en calidad de Periodista, que es a lo que se dedica, ha tomado una fotografía de cuanto acontecía. Un periodista sigue siéndolo hasta cuando sale a tomar un café.

Pues bien. Le han acorrralado. Cincuenta hombres. Valientes. Han salido fuera. Lo han arrinconado contra un coche. Le han insultado. Le han llamado mataobreros y otras lindezas que nos las vamos a ahorrrar. Entretanto intentaban robarle el teléfono con el que había tomado la instantánea. Han permanecido así durante unos minutos que han tenido que ser eternos. Pablo no se ha amedrentado y no ha sucumbido a las amenazas. Todo gritos. Insultos. Violencia. Agresividad.

En el pecho, cerca de su corazón (que es donde dicen que anidan los sentimientos), lucían una pegatina de la UGT.


No me representan.

Jamás.

Representan lo más vergonzante del ser humano.

La sinrazón.

La extorsión.

El uso del miedo como método para conseguir un objetivo.

¿Y aún se preguntan que por qué con una crisis como ésta la sociedad no cree en ellos? No tienen rumbo. Ni saben lo que necesitan los trabajadores. Saben lo que quieren ellos y, a menudo, sus intereses chocan contra los trabajadores de la calle. Están deslegitimados moral y éticamente. Cuando en la Puerta del Sol el 15-M fue alumbrado, yo estuve allí y no sólo se pedía unos políticos dignos (que también hacen falta y no se ven por ningún lado). En paralelo se demandaba una representación laboral a la altura de los representados. Tomen nota: o abandonan estas prácticas totalitarias, o el pueblo los quiere bien lejos.



Pablo ya ha interpuesto una demanda, y espero que ese grupo de héroes paguen sus heroicidades como se merecen.


Mucho ánimo Pablo.

Que no te silencien.

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El hombre del mar

Lo acompañaron en el camino varios hombres barbudos, aflamencados, cetrina la piel en la que se envolvían y el alma que andaban buscando.

Caminaba de a poquitos, con el mentón clavado en el pecho, y en el pecho, latidos rumbosos, acelerados y fríos. Fue al mirar la luna llena, o más bien al sentir su embrujo, cuando un rostro perlado de póker de estrellas y pareja de soles esperanzados, en la misma mano de timba fraudulenta, se emparejó con su recuerdo para danzar sones de melancólicos recuerdos y deseos encendidos.




Lo llevaron por un pedregal que lastimaba la planta de sus pasos. Fue una sorpresa, como las de todos los demás. Quisieron festejarlo de madrugada, cuando Él nadaba entre sueños que galopaban a lomos de una brisa amarillenta bajo una secuencia enconada de puntos de luz. Allá, en lo más abajo, recogía guijarros brillantes buscando su Ítaca. Lo despertaron y caminaron por un sendero.




Se miraba las manos deteniéndose en los pliegues y por un momento pudo ver a un hombre que corría al borde de uno de ellos, de una arruga forzada por el trabajo, que le cruzaba la mano casi de través. Fue al mirar la luna llena cuando pudo ver a aquel hombre sin rostro traer lloros que anidaban en su gesto inexpresivo. Las lágrimas brotaban como se nacen de un grifo que no cierra, como sin deseo pero saliéndose sin reparo. El hombre gritaba hacia su horizonte. Llamaba imperiosamente a alguien. Y ese alguien, amanecía en la otra mano, y cuando Él se dio cuenta, juntó ambas y abrió la palma de la recién llegada, y como si de un extraño sueño se tratase, germinó una mujer bella, tan bella como sólo las mujeres pueden serlo. Llovía a cántaros.




De vez en cuando Él se paraba, pedía algo de agua porque eran muchos los nudos recorridos. Los otros no entendían de nudos y por eso se miraban extrañados y puede que por ello no le hiciesen caso. Él, hace apenas unas lunas, contaba las distancias en nudos porque era un hombre de mar. Y antes de ser hombre de mar, fue niño de mar. Y antes de niño de mar, fue bebito de mar. Según le contó su mamá una noche cerrada de pesadillas, Él era caracola de mar, brillante y pequeñita, y fue tanto cuanto le gustó que decidió guardarla en su regazo día y noche. Un buen día, al despertar, abrió los ojos y se palpó el vientre, como cada mañana, en busca de su caracola, que acostumbraba a dormir sobre su ombligo. Pero resultó que no quedó rastro de la caracola, ni de su pequeñez, ni de su brillo, y su mamá, al levantarse llorosa de la cama para buscarla, sintió en el interior un repiqueteo similar al que suena cuando una caracola se posa en el fondo del mar. Fue así como la caracola se quiso hacer niño suyo en pago por tantos cuidados, para poder nacerle de sus entrañas y poder decirle gracias, mamita, por todo. La tierra era para Él un medio hostil en el que se sentía inseguro, por eso apenas abandonaba el barco salvo aquellas ocasiones en las que descendía para hacer acopio de víveres o cuando la conoció a ella.




La mujer germinada alzó su rostro frágil y miró al frente. Encontró, corriendo hacia ella entre dunas de piel reseca, a su marido. Entonces, ella se desenraizó, sacudió sus pies después de desenterrados y corrió hacia él. Se encontraron ambos al borde de cada mano como los hombres que, encaramados a la quilla de sus barcos enfrentados, se miran de cerca instantes antes de acometer unos contra otros. Más, si las manos semejaban navíos de guerra, su intención última, la del hombre y la mujer contenidos en dos palmas, era el amor. Saltó el hombre a la embarcación de la mujer, como todo caballero que se precie de serlo hace sin pensar las consecuencias, porque, por encima de lo que el dueño de las manos pudiese pensar, que bien pudiera parecerle ridículo y por ello separarlas para acabar con el espectáculo al hacerlo caer al vacío, se encontraba el indomable ardor que profesaba por hacerla a ella sentir una reina, y que todo el mundo, incluido él mismo, estuviese a sus pies. Por eso saltó a pesar del vacío en un acto incluso temerario, porque aún sin rostro podía ver la muerte en lo profundo de la nada y no le importó lo más mínimo. Si entregaba la vida por satisfacerla, no había lugar a una muerte mejor.




Llegados a un claro, los barbudos hablaban entre ellos, reían y miraban a Él. Pero no le decían nada, y Él se desesperaba aguardando el momento en que le contasen cuál era la fiesta que le tenían preparada. Se sentaron todos en el suelo, por lo visto aguardando la llegada de algún otro participante, y Él volvió a mirar a la luna, y allí que la vio nuevamente. Tan bella. Tan frágil. Tan viva.




Ya en la otra palma, el hombre se levantó y recibió el cálido abrazo de unas palabras que Él no escuchaba, pero que no necesitaban pronunciarse en tonos elevados, porque determinadas palabras suenan mejor cuando no se escuchan y van, como iban éstas, acompañadas de caricias y de besos, de abrazos y miradas ávidas de reencuentro.




Tricotaba la noche a la tierra un vehículo a motor allá en la lejanía, zigzagueando y mal cosiendo, como si improvisase, en aquel momento, el camino que conducía al grupo que se hallaba sentado. Cuando llegó, dos hombres bajaron raudos del auto y un tercero lo hizo con paso lento, marcial y satisfecho, y conversó, llevándose a un lado, a uno de los barbudos que parecía ser el cabecilla de la fiesta. Él se hallaba ajeno a todos ellos, y no se percató cuando alguien, tras de él, se acuclilló a su espalda y le privó del mirar abatiéndole un paño negro en la cabeza que le cubrió los ojos y las orejas. Y sin embargo, la luna brillaba del mismo modo aún en la negritud del pañuelo, y la mujer reía y reía, y podía escuchar su melódica sonrisa aún empañados sus oídos, tal era la magia que anidaba en su garganta de terciopelo.




El hombre había desvestido a la mujer, y la mujer al hombre, y se recorrieron los cuerpos con la misma ingenuidad con la que un niño caza mariposas de colores, entre suspiros y sonrisas irrefrenables, con el mismo amor que muestra el mismo niño cuando quiere atrapar una, pues no quiere capturarla para mostrar un nuevo trofeo como haría el cazador profesional sino que lo hace para ver de cerca la Belleza, para sentirla, para admirarse de su fragilidad y si acaso tocarla para saberla real, porque llega el niño incluso a creerla imposible de tan perfecta, como si criatura tal, para el niño la mariposa y para el hombre la mujer, no pudiese tener lugar en un mundo imperfecto. Y ocurre que la mujer le susurra al hombre, y el hombre, entregado a ella, no desea distraerse pero lo hace, se distrae por ella y la escucha, y entonces da un pellizco con su mano en el suelo, que no es otra cosa que otra mano mucho más grande, y le mira a Él con el gesto contrariado, y éste, que se da por enterado, retrae los dedos de su mano mientras con la otra los envuelve, formando un caparazón de falanges que aísla a la pareja y les proporciona intimidad. Guardados de las miradas ajenas, los amantes se vuelven uno hacia el otro, renuevan sus abrazos, sus caricias y sus besos, y la mujer se abre para recibir al hombre, y el hombre se adentra en la mujer. Y se queda. Cáigase el mundo a pedazos y desaparezca por completo, que en teniéndose el uno al otro, acoplados, nada les falta y todo les es secundario.




Se oyeron voces que descerrajaron lo que Él miraba sin ver y escuchaba sin oír. Eran voces temerosas, lamentos aciagos y escupidos de sangre macerada. Ruidos de pisadas nerviosas, azoradas por el miedo, se precipitaron junto a Él, frente a la tapia. Batido de resortes, de seguros atascados y de hombros golpeados por culatas de madera.




Los amantes escucharon también ruidos de rifles y se abrazaron sobre el lecho de piel. La mano que los cubría dejó de hacerlo, se alejó de ellos apenas una mínima distancia y los dedos se izaron. Parecía un dragón amenazante de cinco cabezas que buscaba devorarlos y acabarlos, más las draconianas crismas embistieron por derecho hacia ellos pero no pudieron alcanzarlos, y quedó el quinteto estirado y ahogando dentelladas en el aire. Sucedió entonces que los cuellos se volvieron oscuros y duros y rígidos como el hierro, y en lugar de cabezas amenazantes, se vieron apuntados por cinco grandes cañones.




Cuando la primera de las balas atravesó su cuerpo, Él vio la luna más brillante que nunca. Con la segunda de ellas, recordó la primera noche que le hizo el amor a su mujer al abrigo de una cueva, luego de un día de tormenta. El tercer impacto le permitió ver la cara del hombre que tenía entre sus manos, y se dio cuenta que era él mismo. Apenas se había fugado la cuarta bala más allá de su espalda, pudo ver al hijo que jamás tendría, al niño que nunca iba conocer, al nene que, como él, también vendría del mar. El último disparo causó la muerte, y coincidió cuando se hallaba en su boca el sabor de su mujer, y en sus oídos sonaba su risa, y en sus pupilas se reflejaba su belleza. Antes de que cayese al suelo lo hizo antes el pañuelo negro, dejándole mirar a los ojos a sus asesinos y permitiendo que éstos sintiesen pavor de su gesto sereno, de la paz que habitaba en sus ojos, de esa excepcional sonrisa que únicamente mana en las caras de las víctimas y que provoca el pánico a los verdugos con sólo mirarla.




En la orilla de una playa, de día y de noche, una mujer sondeará la arena sin descanso. Lamiendo la costa, el mar le regalará un pequeño guijarro que encontrará a lo lejos, brillante y pequeño, reflejando la luz de la luna. Se aproximará a él y descubrirá que no es guijarro sino caracola. Se arrodillará para recogerlo, lo abrazará delicadamente con sus manos y lo guardará pegado a su regazo. Se acostará en su cama y dormirá. Y al día siguiente, despertará nerviosa y contenta, y mirándose el vientre comprobará cómo el último extremo de la caracola, se esconde en los pliegues de su ombligo y desaparece.


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El graznido de los cuervos

El Juanico encontró el cadáver cuando andaba buscando a un cordero que se le había despistado al atravesar las tierras del marqués. El cordero había caído en una acequia y, sin éxito, trataba de tomar tierra firme con sus pezuñitas, pero cuanto más zarandeaba sus patas para salir del agua, más revolvía el barro que se acumulaba en el fondo y más se le amontonaba en las pezuñas. Balaba y balaba llamando a su madre, pero fue el Juanico, el hijo de la Sinfo, la mujer del Generoso, el pastor, quién acudió a su llamada para rescatarlo y no perder, con su ahogamiento, los cuartos que por darle pasto su amo le otorgaba.


Sucedió que el Juanico se echó al agua de cabeza, como gozaba al hacerlo en el río junto al Raldilla y al Moisés, los hijos del boticario, y al palpar a ciegas con sus manos en el agua para prender al cordero, trabó una camisa roja en la diestra y una pata del animal con la siniestra. De forma inconsciente soltó la camisa y se abrochó al cordero en el regazo no sin cierta dificultad, pero pudo sacarlo y ponerlo a salvo. Fue entonces, cumplida ya la hazaña, cuando el Juanico se envalentonó y decidió volver a lanzarse al agua, esta vez con los pies por delante, en busca de esa camisa y aquel bulto que presintió que se quedaba bajo el lodo. Y resultó que, cuando se dispuso a rebuscar nuevamente en el agua, turbia por el chapoteo constante del chiquillo, el Juanico alcanzó a sacar apenas unos centímetros por encima del agua la cabeza de un hombre de mediana edad cubierta de sanguijuelas. El guacho, del soponcio, se escurrió hacia atrás tratando de abandonar la acequia, y lo hizo con tal fuerza que, al no soltar la cabeza, se tropezó, cayó de espaldas al agua y el cadáver quedó semidescubierto, apoyado ahora en un lateral del canal, con un brazo al aire como saludando al cordero, mientras de los dedos, agarrotados y morados, se escurría un hilillo de cieno pútrido y maloliente.


El Juanico observaba el cadáver con recelo, como quién observa una fiera durmiente y sabe que, en cualquier momento, puede despertar de su letargo para atacarle de imprevisto. Pensó que sólo él sabría que se le había escapado el cordero del Ponce, el cerrajero, y que, de poder hacerlo, se levantaría de la acequia y le vocearía que era un mal pastor. También deseaba que el cadáver reviviese, lo deseaba con todas las ganas que le cabían en el pecho, con un ardor especial como el que se siente por una madre o por una novia, pero aquel cuerpo descompuesto decidió permanecer allí, saludando al cordero. Mojado como iba, y luego de una espera prudencial por si el hombre decidía levantarse, creyó conveniente desvestirse y tender su ropa al sol antes de que éste se acostase, como cada tarde, sobre los trigos de los campos del marqués. Quiso sacar de allí el cuerpo, pero el miedo le dejó tieso.


Cuando llegó a casa, la Sinfo ultimaba la cena. El Trueno, el perro del Juanico, golpeaba el tobillo de la Sinfo con la cola de pura excitación por el olor que desprendían las gachas que ella preparaba en la lumbre. La Sinfo le gritó:

-¡Vaya con este perro, vete de aquí que ya te llegará el turno!

El Trueno agachó las orejas y encogió la cola, pero aún queriendo, fue incapaz de dejar de moverlo. Parecía que su cola tenía vida propia, y que la voluntad del chucho fuese por un lado, y la de su cola por otro. Acabó el Trueno junto al Juanico, y fue el tobillo de éste el que recibió los primeros coletazos del perro, pero el guacho no dijo nada. Andaba cabizbajo, y su madre se percibió de ello.

-¿Cómo ha ido la jorná? ¿Te han dao problemas los ovejos? Mira que le digo a tu padre que todavía eres mu pequeño para andar con los animales por el campo solo… Pero ya sabes lo que me responde, que es eso, o morirnos de hambre… y como tú y tus hermanos, a la hora de cenar, no hacéis ná más que pedir comida… –suspiró–, y esa, Juanico, no cae del cielo¿sabes?


El Juanico, que se sabía los rezos de su madre a pies juntillas porque la pronunciaba todos los días, junto al Padre Nuestro y el Ave María, se ponía entonces a soñar despierto que del cielo caían bocadillos con longanizas dentro, y era tal lo real de su sueño que el guacho paladeaba y salivaba, y el Trueno, que nunca perdía de vista los ademanes de su amo, gemía y salivaba él también, como si el perro pudiese caminar junto a su dueño incluso en sueños y visiones.

-Pasé el día en el altozano del marqués, madre – contestó el guacho con apenas un hilo de voz.

-¡Te he dicho mil veces que no vayas por allí, que si se escapa algún tiro no la cuentas! – le gritó la Sinfo con los ojos palpitantes.

-Madre, el cordero del Ponce cayó a la acequia – dijo el Juanico muy triste.

-¿Qué dices? ¿Lo recogiste? Recuérdate siempre que los corderos no valen tanto por lo que son, si no por lo que serán – le respondió la Sinfo.

-Sí, me tiré de cabeza y lo salvé, y quedé mojaíco perdío. Al principio pensé que podría ahogarme pero entonces pensé en mis hermanos, y en ustés, y en las perras que a mí me dan por ello y que tanto le alegran la cara a usted cuando se las doy…

El Juanico miraba a su madre buscando un gesto cómplice. Repuso al fin la madre:

-Está bien. Hiciste bien. Si quieres ser un buen pastor, tu padre siempre dice que tienes que procurar por los ovejos lo mismo o más que por ti mismo. Ya verás que contentísmo se pone cuando se entere. Cuando venga de la Guerra, le contaremos que su guacho le ha salío igualito que él.

El muchacho, nervioso, aguardaba el plato de gachas sentado a la mesa, daba palmas con los pies desnudos y miraba algo, como un papel mustio, que llevaba entre las manos.

-Madre… en la guerra… ¿los soldados, mueren o hacen que se mueren, como yo con los hijos del boticario allá en el río, cuando nos matamos con escopetas de madera?

La Sinfo dejó de darle vuelta a las gachas, la cara se le volvió de cera, rígida y blanquecina, y sólo el olor al tueste del fondo la despabiló.

-Pues claro que mueren hijo, pero mueren más los malos, porque a los buenos, los ayuda Dios. A veces ocurre que mueren los buenos y se explica porque en las guerras hay muchos hombres disparándose, y Dios, como no le da tiempo a socorrerlos a todos, no puede evitarlo y se van al cielo, con él… Los malos no, esos mueren por malos, porque Dios a los malos no los quiere con él, por eso los deja allí, en el campo, para que se los coman los cuervos…

El Juanico palidecía mientras escuchaba la explicación.

-¿Y si padre no regresa de la guerra? – inquirió luego de mucho meditarlo.

-¡Tu padre regresará, ya lo sabes, nos lo dijo al partir! ¿Ha faltado el Generoso alguna vez a su palabra? Pues ya te lo digo yo ¡no! Así que tu padre vendrá ¡y no se hable más, ea, no seas cansino!

La mujer, como si le ardiese la necesidad de explicarse tras lo dicho, añadió:

-Porque seremos muy pobres, pero la palabra de la familia del Generoso, el pastor, va a misa y comulga, y eso es casi tan grande como tener cuartos y tierras, al menos para los que ná tenemos más que la palabra…

La Sinfo observó a su hijo y le pidió que mirase por la ventana para ver si venían sus hermanos. El Juanico obedeció, y al mirar al horizonte, varias figuras lo recortaban avanzando hacia la casa, y supuso que eran sus hermanos, que traían el estómago hambriento después de una larga jornada.

-¿Y si no vuelve, madre? Insistió el Juanico.

-¿Pero qué te ha dao a ti, por qué no habría de volver? Nos dio su palabra ¿No lo entiendes? ¿Te hace falta algo más que eso? Tu padre nos necesita tanto como nosotros a él. ¿No te das cuenta que sin él estamos perdíos, igualitos que esas nubes negras que se acercan desde el sur? No… tu padre dio su palabra y la cumplirá, que para eso es el Generoso, el pastor, y su palabra va a misa y comulga, que seremos muy pobres, pero la palabra…


El Juanico salió corriendo de la casa, y apenas llevaba unos metros recorridos cuando se cruzó con sus hermanos. Pasó tan raudo y sin detenerse que ellos no se dieron cuenta de que el muchacho lloraba a espuertas. Corrió y corrió, bajo una intensa lluvia de verano, hasta que sus piernas se agotaron y dejaron de correr. El guacho cayó al suelo sobre un sembrado de trigo y su cuerpo se empapó de barro. Salpicado de gotas de lluvia, en su rostro no se distinguía dónde acababan éstas y dónde se principiaban sus lágrimas de impotencia. En la mano izquierda, con restos de fango renegrido, un pequeño carnet de rojo recuperado del cadáver. Impresos en tinta negra, el nombre y los apellidos de su padre. Profesión: Pastor. En el corazón, una punzada tan tremebunda que sintió que se moría. En el alma, la insondable pena de saber qué sintieron los hijos del boticario al convertirse en huérfanos de padre; el vacío extremo al recordar la cobardía que le embargó y que le impidió sacar de la acequia el cuerpo de su padre para dejarlo solo, olvidado, saludando a los corderos que a la acequia cayesen; el quebranto definitivo con el dios en el que sus padres, desde chico, le hicieron creer. Ese mismo dios que, según decía el padre Argimiro, el cura de la iglesia, todo lo podía y en todo estaba, pero que, sin embargo, olvidaba que dejaba olvidados a los olvidados. ¿Sería que su padre era de los malos y esperaba ahora el graznar de los grajos?


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Banu Qasi: La Guerra de Al Ándalus

Regresa a las librerías la dinastía de los Banu Qasi, y lo hace apenas un año después de que Carlos Aurensanz, el artífice y encargado de acercar esta saga al gran público,  se adentrase en la vida Musa Ibn Musa, el fundador de ese linaje, para desvelarnos sus hazañas, sus conquistas, sus derrotas, su vida y su muerte.


 El título de la segunda novela, Banu Qasi: La Guerra de Al Ándalus, resume perfectamente lo que el lector va a encontrar desde el momento que comience a leer la primera página: un periodo convulso en el que el próspero emirato se desangrará por las distintas heridas abiertas.


De esta manera, el autor amplía horizontes respecto a su predecesora y construye una historia mucho más pretenciosa en el que el protagonismo de La Marca Superior (con Zaragoza y Tudela ocupando un lugar destacado), el territorio fundamental en el que se desarrolla la obra anterior, cede espacio para incorporar nuevos y fieles escenarios: la Córdoba capitalina y sus intrigas palaciegas; Bobastro, el enclave donde ser hará fuerte Umar Ibn Hafsún, un muladí que se alza contra el orden establecido en el mismo corazón del poder; o Pamplona, desde donde los cristianos del reino de Navarra buscan su propia existencia sin sucumbir a las fuertes presiones astures y musulmanas. También podemos viajar hasta León, desde donde Alfonso III emprenderá su campaña de refuerzo de las líneas conquistadas al enemigo, al tiempo que conspirará con quién sea necesario para desestabilizar la progresión del emirato.


La novela, al tiempo que salta de escenario, lo hace también de perspectiva, que es la adoptada por los diferentes protagonistas que van componiendo un nutrido lienzo de personajes bien hilvanados, resultando algunos realmente meritorios y atractivos, perfectamente creíbles aún siendo algunos de ellos (son minoría) fruto de la invención. A través de sus ojos, el lector será un soldado, un miembro de la corte qurtubí, un amil fiel a los hijos de Musa, un fraile benedictino o un imán, entre otros muchos.


Fundamentalmente, en este volumen podemos zambullirnos en el río de la Historia, nadar contra corriente y orillarnos en el siglo IX, donde asistiremos a un mal endémico que desde el principio de la existencia ha venido pudriendo nuestra condición humana: la envidia. Movidos por ésta, las disputas entre hermanos o entre padres e hijos serán tan agresivas que incluso harán tambalearse la estabilidad del más poderoso de los pueblos por entonces conocido en nuestra península.


A destacar, nuevamente, el meritorio trabajo de documentación que demuestra Carlos Aurensanz para dar verosimilitud a las distintas tramas de la historia, resultando muy útil y didáctico tanto el glosario de términos como el específico glosario topónimos. Respecto de la manera en que está narrada, en esta ocasión el autor opta por la sucesión de capítulos menudos pero a la vez intensos, que facilitan la lectura y los intervalos en la misma, lo que, tratándose de una obra de casi setecientas páginas, es de agradecer. El estilo es sobrio y eficaz, seguramente el más acertado para un género como el histórico, si bien se advierte una intención que tiende hacia un mayor deleite y cuidado de las descripciones cuando el contexto lo permite.


En definitiva, es una historia mucho más exigente, tanto para el autor como para el lector, pero también más atractiva desde el punto de vista histórico. Con ella, Carlos Aurensanz da un golpe en la mesa y demuestra que el éxito conseguido con la primera parte no fue fruto de la casualidad, sino más bien de un trabajo metódico que, espero, finalice el año que viene con la última parte que cerrará esta singular trilogía.


Puede que muchos recelen de ella por su grosor; yo les recomiendo que den el paso, que la adquieran sin temor. Se trata de una novela ágil, que mantiene el interés de manera casi constante de principio a fin. A buen seguro les pasará lo que a mí, que cuando lleguen a la última página, sientan la necesidad de que pase el tiempo más rápido que de costumbre para asistir al final de las andanzas de una gran dinastía hispana, tan desconocida como genial.


 


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Un verano para no olvidar

Oigo en la radio, leo en los periódicos, escucho y veo en la televisión, o todo a un tiempo en Internet, a políticos de todos los colores manifestar con enérgico convencimiento propio que defienden la libertad y la democracia. Pero, en ocasiones, las más para desgracia general, sus palabras se las lleva el viento, desaparecen en un etéreo mar de buenas intenciones cuando los tiempos del compromiso se plantan frente a ellos reclamándoles verdad, justicia, recuerdo.


Cuando los tiempos reclaman para sí verdad, justicia y recuerdo, es porque, hasta entonces, se ha producido una ausencia manifiesta de las mismas, o lo que es lo mismo, han campado a su libre albedrío la mentira, la injusticia, el olvido. Y para que estas tres luzcan galas a la vista de cualquiera deben contar con la connivencia de una sociedad o una clase dirigente que permita sus paseos con total indiferencia. Dicha sociedad, no me cabe ninguna duda, tiende a la más absoluta podredumbre, y no sólo moral, si lo consiente.


Cuando alguien como yo tiene la suerte de haber nacido en democracia, únicamente conoce la historia reciente por los libros de Historia. Cuando el suceso más desestabilizador y próximo a la dictadura, el 23-F, es un hecho que sucedió con anterioridad a tu llegada al mundo, puede decirse que uno es afortunado por no haber conocido ni sufrido el miedo y por amamantarse de la teta de la Libertad (relativa, pero ese es otro tema). Pero, al mismo tiempo, existe un riesgo enorme en el que mi generación y las posteriores podemos caer, y a buen seguro caeremos, si no conocemos nuestro pasado, si no lo entendemos, si no lo asimilamos. Ese riesgo no es otro que el desconocimiento, el abandono completo de lo que fuimos, de las decisiones que nuestros antepasados tomaron, con sus aciertos y sus errores. Únicamente sabiendo de dónde venimos podremos determinar hacia dónde vamos.


Es por ello que hace apenas unas semanas no dudé ni un segundo en dejar mis tranquilas vacaciones, la hamaca y el te helado, para cambiarlo por asistir a la celebración de un acto al que creí que no asistiría nunca, sobre todo porque pensé que ya no se daban, que el último debió producirse hace más de veinticinco años. Así que cogí mi cámara de fotos, arranqué el coche y recorrí unos cuantos kilómetros para presenciar el acto de homenaje a 52 personas asesinadas en el verano de 1936, setenta y cinco años después de su muerte.


Los libros de Historia cuentan que, tras la llegada de la democracia, el gobierno alentó la inspección de los terrenos donde se creía que existían fosas comunes con muertos de la guerra. Por aquel entonces, los caminos y cunetas, la tierra misma quedó abierta, las entrañas de España arrojaban cadáveres maniatados, fusilados, amontonados, abandonados. Y en todo el país se realizaron multitud de homenajes póstumos para aquellos hombres y mujeres que murieron en una cruenta e irracional contienda. Lo que no cuentan esos libros es que todavía hoy, setenta y cinco años después, aún existen lugares en los que las autoridades se niegan a cualquier tipo de reconocimiento de las personas que murieron.


 


Nos encontramos en un pueblo de Navarra. Sur de la provincia. Tarde de calor soportable y ligera brisa del norte. Hace 75 años. Las noticias llegan de Pamplona. El ejército se ha sublevado y está dando órdenes para que toda Navarra se sume al alzamiento. En los pueblos, apenas hay tiempo de reacción. Los falangistas, bien organizados, actúan con prontitud y dedican la tarde y buena parte de la noche a recoger a los simpatizantes del comunismo, al alcalde, al secretario,… en fin, a todas aquellas personas peligrosísimos a sus ojos. Los reúnen en el ayuntamiento. Los retienen contra su voluntad. No existe acusación alguna por delitos. Su delito es pensar malamente. Los montarán en un camión. Los matarán. Algunos tendrán la suerte de morir de un certero disparo en la cabeza. Otros agonizarán durante horas. Ver cómo se retuercen y gimen pone en erección a las flechas. ¿Dónde mueren? Sólo el viento y la tierra que les da cobijo lo sabe…


 


La Guerra Civil fue el mayor desastre del antiquísimo pueblo español (y eso que ha generado muchos). El enfrentamiento a muerte entre hermanos y vecinos es el hecho más vergonzante de todos cuantos nuestros antepasados han podido llevar a cabo. Los historiadores de uno y otro bando coinciden en algunas cosas, y todos ellos hablan, sin que les falte razón, que muertos hubo en los dos bandos porque las guerras tienen esos males. No existen, como en las películas, buenos buenísimos ni malos malísimos, sino que allí únicamente lo que hacían los soldados era disparar hacia el frente y evitar que el frente los matase a ellos. Y sin embargo, a pesar de sus buenas intenciones, no podemos ni debemos olvidar que no todas las muertes se dieron en un campo de batalla…


Navarra fue uno de los enclaves más importantes, si no el que más, donde se gestó el golpe de estado que llevaron a cabo los generales del ejército que vendría a llamarse del bando nacional. Orquestado desde Pamplona y con el beneplácito de los carlistas (aquellos dispuestos a morir por dios, la patria, los fueros y el Rey), se creó el cuerpo armado de los requetés. Éstos, de común acuerdo con los falangistas, dominaron las ciudades y poblaciones de la provincia con extrema velocidad y acierto. No hubo lugar a enfrentamiento armado. No existió un choque de fuerzas entre dos concepciones distintas de un mismo mundo. No. En Navarra, unos asesinaron y otros fueron asesinados. Quizá por ello, por el pesar que sobre sus conciencias aún hoy recae, exista la inflexible voluntad de los asesinos y de los descendientes de los asesinos de darles a los hijos y parientes de los asesinados la merecida limpieza del honor y la dignidad de sus familiares, hasta entonces siempre silenciada como si fuesen unos apestados, porque de aquellas cosas no había que hablar, porque no había que reabrir heridas. No es ilógico pensar que aquellos hijos que no conocieron padre o madre, según el caso, ante tanto silencio y tanto gesto duro, llegasen a pensar que sus padres algo habrían hecho para merecerlo. Quizá por ello, incluso los propios hijos dejaron de hablar de sus padres, instalándose, sin pretenderlo, en el más pernicioso de los actos para con la justicia: el silencio.


El tiempo pasa y encuentra en el silencio un cómplice para pretender el olvido. Así fue durante años y décadas. Y aún cuando se permitió abrir la tierra para reparar el recuerdo de aquellos muertos, hubo quien todavía permaneció callado, tal era el poder lobotomizador de la dictadura.


Tuvieron que pasar muchos años para que al fin, los nietos de aquellos hombres dieran voz al aliento quebrado de sus padres y decidieran honrar la memoria de los abuelos. Y hete aquí que un hombre comenzó a investigar por el pueblo, a transitar de casa en casa, de familia en familia, en busca de la memoria. Y cuando al principio las memorias parecían encaladas, hubo una que lucía escrita con claridad, y fue leída en voz alta y anotada en cuartillas. Y cuando otras memorias se enteraron que una primera había sido recobrada, comenzaron ellas a desprenderse de la cal como quien se desprende de un antifaz para que al fin se pueda conocer quién es en realidad. Y de esta forma, aparecieron nombres y apellidos, de asesinados y asesinos, de los que se salvaron y de los que fueron compinches de las matanzas. Y arrojaron luz sobre la zanja de recuerdos clausurados, y la oscuridad retrocedió herida de muerte. Y desapareció. Y con ella la autorepresión. Y el miedo.


Setenta y cinco años después, se reunían en una plazuela de aquel pueblo los familiares de los cincuenta y dos asesinados. No contaban con permisos municipales para celebrar dicha reunión. No contaban con los permisos necesarios. Avisaron a los organizadores de que ni siquiera les dejarían hacer uso del mobiliario urbano, ese que se entiende que es de todos. Incluso el sargento de la Guardia Civil se presentó en la casa de uno de ellos para recordarle que si se acercaban a la Plaza del Ayuntamiento a colocar dos pancartas (en las que podía leerse los nombres de los asesinados) en los portales, lo harían a él responsable y sobre él caerían las consecuencias. Dos pancartas, ahí es nada…


A pesar de todo, el acto se celebró. Hubo al menos un representante de cada asesinado, incluso una hija del alcalde de aquel verano del 36, que desde entonces no había vuelto a pisar el pueblo que la vio nacer, pues su madre lo abandonó entre lágrimas en una noche triste… Aquella mujer ronda hoy los noventa años, vestía una camisa de algodón y una falda. También una chaqueta marfil, de verano, y en ella, una insignia con la bandera de la república. Pues bien, a aquella anciana de mirada triste y atravesada circunstancialmente por el orgullo del momento, su propio pueblo le negó asiento en el que reposar su vejez. ¿Será que aún debe expiar la culpa del malpensar de su padre? ¿Será que atisban en ella una feroz enemiga a la que no conceder ni una hora de tregua?


 


De regreso a casa, reflexionaba acerca de la condición humana, y de esa repugnante incapacidad de algunos por equilibrar las balanzas, por permitir el reencuentro de personas que comparten un sufrimiento cuya causa es común, por que gozasen de un día en el que al fin, aquella lejana esperanza que albergaron en lo más profundo de su corazón, la que se refería a que sus padres no eran malas personas por malpensar sino que simplemente pensaban distinto y eso les hacía diferentes, despertaba de su letargo para, en lugar de callar el nombre de sus ancestros como quien no quiere pronunciar el nombre del Cáncer porque creen que la enfermedad opera incluso en el hálito sobre el que desfilan las palabras pronunciadas, exclamar entre lágrimas de orgullo y recobrada dignidad el nombre y los apellidos de la sangre que una vez fue su sangre, la nomenclatura de la propia humanidad.


Al fin dejaban de sentir la vergüenza impuesta de ser hijos de quien fueron. Por primera vez, en tantísimos años callados, ese respirar que quedaba cortado cuando sobrevolaba públicamente la cuestión de la guerra civil recobraba el oxígeno entonces no consumido, y éste se extendía hasta el más lejano de los alveolos pulmonares y de ahí, por la sangre, hasta la última de las células de sus cuerpos. Y del mismo modo que ese oxígeno que al fin llega, aunque sea a destiempo, viajaba el recuerdo recorriendo arterias y venas, regresando a sus corazones, que son nidos de amor filial del que jamás emprendieron el vuelo. Y reconfortaba sus almas ahogadas en llanto. Y disipaba, al fin,  una enorme mancha oscura, que no era otra cosa sino la pena.


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Alcanzar la gloria

Cuando caiga la cálida noche


Y el cielo se hilvane de fulgores


Caeré sobre tu cuerpo, inmisericorde


Para someterlo a un asedio de efusiones


 


Serán mis labios el acero


Que sobre tu piel de batalla yo arroje


Los que primero asolen tu cuello


para luego perpetuarse en tu escote


 


Allende las costas de tus pechos


Mis naves fondearé con denuedo


Que no son mis dedos aplicados


Sino profusos y ávidos veleros


 


Anhelantes de un naufragio en tus islas


Con ardor descenderán los primeros


Los diez más valientes y osados


Dispuestos a hacer suyas tus rosadas cimas


 


Empuñando firme espada en la mano


Me adentraré en la hacienda de tus muslos


Se abrirán con pleitesía a ambos lados


Y me adentraré, gozoso, en tu espacio bruno


 


Serán míos los tesoros velados


Que en tu cuerpo aguardaron con respiro


La llegada de un héroe resuelto


Que arrojase su vida en el empeño


 


De conquistar tu cáliz redivivo


Y beber de tan divina copa


Embriagando de ti sus sentidos


Y alcanzar al fin la gloria

 


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