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Conoce a lapelirroja            18 libros en su biblioteca
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El misterio de la mujer salamandra


Mi primera vez.

Mi primera vez fue en un Seat Ibiza de color blanco. Yo tenía quince años y él veinte y tres. Adoraba a Elvis Presley, de hecho, solía ponerlo con frecuencia en el bareto donde trabajaba, e incluso tenía un espectáculo donde imitaba al Rey del Rock con bastante más pena que gloria. 


Recuerdo que me preocupaba mucho que alguien nos viera. Me llevó a un sitio relativamente alejado, pero yo no dejaba de pensar en mi padre. Si por casualidad nos hubiéramos topado con él, ahora no estaría viva, ni el chico tampoco. También recuerdo que fue a finales de verano, y que no sabía qué tenía que decir o hacer, ni cómo debía ponerme o comportarme. Él me convenció de que no debía estar nerviosa, de que debía dejarme llevar, porque él sí entendía y tenía mucha experiencia...

Curiosamente, no recuerdo nada del acto en sí; quizá sea mejor de esta forma. No sé si me gustó o si me dolió, ni cómo me sentí cuando le tuve en mí. Sí recuerdo haber mirado por la ventanilla y ver el campo, que estaba amarillo y parecía brillar a la luz del sol. También recuerdo haber observado mi rostro en el espejo mientras él se movía sobre mí: se me habían puesto las mejillas más rojas de lo normal, todavía hacía demasiado calor...

Cuando terminó, se ofreció a llevarme a casa. Yo le pedí que no me dejara delante de la puerta, así que me bajó en una rotonda próxima a la calle donde vivían mis padres. Cuando entré en casa no había nadie, por lo que pude ducharme y reflexionar con tranquilidad sobre lo que acababa de ocurrir. Supongo que en aquel momento me sentí muy adulta y resuelta, si bien todavía no era más que una cría. Aquella noche, cené en silencio, asintiendo con la cabeza a todo lo que mi madre comentaba (siempre ha sido una mujer tremendamente dicharachera). No me atrevía a mirar a mi padre a los ojos, pues le creía capaz de leerme el pensamiento; además, sabía a ciencia cierta que aquel chico no le gustaba, de modo que procuré zafar la rutina familiar lo más rápido posible y enfundarme en la cama. 

Después de aquello, el mundo del sexo pareció abrírseme de sopetón, y todo empezó a ocurrir muy deprisa. De cierta manera, sé que los chicos notaron ese cambio en mí: yo era distinta, me movía de manera distinta, hablaba de manera distinta. Muchos dejaron de verme como a una niña, por lo que tampoco me trataban como tal. Tuve varios novietes, y podría decirse que una vida sexual demasiado activa para una adolescente de mi edad. Si lo pienso fríamente, no me siento demasiado orgullosa de ello; lo cierto es que, de haber sido en aquel momento más consciente de lo que supone mantener relaciones, hubiese calmado mi pulsión y hubiese esperado a ser un poco más mayor.  

Otro hecho a remarcar es que todos los chicos con los que he estado han sido siempre mucho mayores que yo. Uno, en concreto, era bastante más mayor que yo; le conocí el verano que terminé la secundaria durante el viaje de fin de curso del instituto. Yo tenía 16 años y él 34. Ahora estos números me escandalizan, pero entonces no me molestaban en absoluto. Recuerdo estar fascinada por ese hombre, del mismo modo que él se sentía fascinado por mí. A día de hoy, todavía pienso en la relación que mantuvimos con excitación y deseo, y al contrario que con mi primera vez, no se me ha olvidado ni un sólo detalle. Me trató de manera exquisita, y con él sí sentí la dimensión que puede llegar a alcanzar el sexo bien practicado, el sexo con gusto y esmero. Por suerte o por desgracia, no he vuelto a saber nada de él.

No sé por qué me gustan los hombres más mayores que yo. No sé si Freud tendrá una teoría de frustración para ello, no sé si tiene que ver con un trauma infantil o con una querencia especial a la figura de mi padre; no, creo que no hay razón alguna en particular. Nunca me he visto junto a un chico de mi edad o más joven, probablemente porque la mayoría se me antojan inmaduros, o porque me da la sensación de que no saben lo que tienen que hacer(me). A más edad, más experiencia y, por lo tanto, más placer.

Pero como decía antes, si tuviera la oportunidad, no dudaría en regresar para decirle a esa chica de 15 años que no tuviera prisa, que el sexo es mucho más hermoso cuando se sabe lo que se quiere y las preferencias están claras, que las relaciones pueden ser muy plenas si se hace el amor con confianza en uno mismo y, sobre todo, que la infancia es preciosa, pero se va muy deprisa y nunca vuelve, y que para hacerse mayor siempre hay tiempo; siempre hay tiempo para follar, trabajar, hacer la declaración de la renta, y observar lentamente cómo se muere la poca inocencia que quedaba en ti.

A modo anecdótico, me gustaría acabar contando que hubo una segunda vez con el chico de mi primera vez. Yo ya había cumplido 20 años y había vuelto al pueblo para celebrar los carnavales. Él también estaba por allí, y tras haber pasado la noche de fiesta, decidimos terminar con un final feliz. Ya no tenía el Seat Ibiza, sino un Hyundai i30, que es mucho más ergonómico y, por tanto, muchísimo más adecuado para ese tipo de ocasiones. Sin embargo, tal y como me ocurre con mi primera vez, no consigo recordar nada de lo que hicimos. Creo que a este chico le fallaba el movimiento de caderas; una pena, a Elvis se le daba a las mil maravillas.

 

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De haberte querido menos.

No sé si la vida me hubiese hecho más dichosa, de haberte podido amar sin requiebros.

Ni si se me hubiesen apagado las luces del alma, de haber conseguido palparte a oscuras.

No sé si el subconsciente me hubiese regalado otras caricias con las que soñar, de haberte sabido anhelar menos.

O si el corazón me hubiese dejado de palpitar, de haberte prohíbido caminar por mis recuerdos.



No sé si tu piel me hubiese sabido distinta, de haberte logrado lamer a escondidas.

Ni si tu acento me hubiese besado, de haberse llegado a sosegar la risa del mío.

No sé si el edredón hubiese dejado de llorar, de haberte podido arropar entre mis pechos.

O si mis pulmones se hubiesen acordado de respirar, de haber comprendido el porqué de este desaliento.

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Contigo

Hoy estoy contigo

y me haces muy feliz.

Mañana, no lo sé.

Pero hoy estoy contigo.

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La efeméride del 8 de septiembre

Había una vez un lugar. O un tiempo. Hubo algo alguna vez; o quizás sólo hubo un pensamiento.

Un pensamiento dedicado a las horas muertas, a las carreras avenida abajo para coger el autobús a tiempo. Hubo una vez un momento, sí, hubo una vez una sensación de asfixia y falso desaliento. Hubo una vez, o un par de veces, un columpio que bailaba solo al compás que le marcaba el viento.

Hubo una vez un crujido extraño; hubo una vez unos dientes que rechinaban, unos gemidos de terciopelo y un escalón con el que todo el mundo tropezaba. Había una vez, hubo una vez, un ombligo que se veía reflejado en la luna, unos pasos que se acercaban sin hacer ruido y unos latidos de sorpresa bajo las sábanas.

Tan sólo una vez no hubo nada: no hubo grandes carcajadas, no hubo cólquicos de otoño. Ni siquiera hubo inventivas, no hubo Danubio azul, ni tampoco Erik Satie. Una vez no hubo cielo sobre mi cabeza. Aquella vez (sólo esa vez), me di cuenta de que tenía los pies de nipona, los labios de vikinga y las manos de sanguina.

Pero aquello sólo pasó esa vez; tus voz estaba conmigo.

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Desapego

Qué importará lo que yo sienta o lo que yo deje de sentir. El timón a estribor, 20 nudos hacia el este, ya me voy a casa.

A la casa de los fantasmas de siempre, a la casa de las madrigueras de ahora.

Me llevo las caracolas y las belladonnas, porque ya sabes que soy bruja y que no puedo estar sin ellas. Me marcho sola, con los ungüentos, las pócimas, los brebajes de lino y los sapos, que el aquelarre ya ha empezado y pronto no quedará sitio para bailar.

Ni sitio para encalar los barcos, ni sitio para comer un mendrugo de pan.

El timón a estribor, que no se me olvide. Cada cinco minutos debo recordarme cómo funciona esto de navegar. A estribor, a estribor, que los sapitos y yo vamos hacia el este de las risas, hacia el este de Rusia y hacia el oeste de Mongolia. Hace tiempo que quiero desaparecer de esta tierra sin sentido. Hace tiempo que he dejado de pensar en la libertad, hace tiempo que he dejado de ver la televisión. Todo a estribor, no cederé ni un sólo centímetro de todos los que me ha tocado vivir.

De todos los que me ha tocado besar, de todos los que me ha tocado sufrir.

Pero tranquilo, que ya me voy a casa, con mi corazón de hielo y mi espalda de avellano; te prometo que nunca más volveré a nombrar tu piel de aventuras, ni tus ojos de eucalipto, porque en cuanto cruce la frontera dejaré de existir. No volverás a ver mi barquito, no volverás a viajar a lomos de un murciélago blanco, toda esa fantasía que tú y yo nos inventamos acabará por desaparecer. Me voy por donde he venido, porque lo que yo haya recorrido no importa nada. 

Qué importará lo que yo sienta o lo que yo deje de sentir. El timón a estribor, 20 nudos hacia el este, ya me marcho a casa.

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Puedo darte todo lo que no quieres.

Cuando te encuentre, te diré que te quiero.

Te embrujaré con el color de mis besos,

no te dejaré escapar.

Te cobijaré de la lluvia con mi cuerpo,

te haré mío, muy mío,

te convenceré de que es aquí

donde quieres estar.

Te recordaré lo que fuimos

(los porros en la playa,

las olas lamiéndonos los pies),

te diré que sigo siendo la chica invisible de aquel verano interminable,

la que se enamoró de ti a destiempo,

la que te dijo en la fiesta de Año Nuevo

que ya no había nada que hacer.

Cuando te encuentre, te colmaré de maravillas,

y de todo lo que me pidas,

no habrá nada que no puedas poseer.

Me observarás, te miraré,

me comprenderás, y te entenderé,

seremos tú y yo de nuevo,

sin prisas y sin miedos,

con el viento de poniente

ayudándonos a levantar el vuelo. 


 

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Trastorno de ansiedad generalizada

Anoche creí verte en el marco de la puerta. Sin embargo, entendí al instante que esa silueta no eras tú. De hecho, no había nada que no pudiera reconocer a la luz del día. Supongo que los tranquilizantes me están dejando más tocada de lo normal. Luego empecé a pensar en ti, como siempre hago antes de que me venza el sueño. Cerré los ojos y te conté lo que pasaba ahora por mi vida, para ver si así me enviabas fuerzas (imagino que comprendes que todo se me está haciendo cuesta arriba), pero tampoco pude notar un chute de energía, ni nada por el estilo. Quizá debería de dejar de molestarte, porque desde que te fuiste, todo el mundo te andará pidiendo favores a la hora de dormir... Seguro que no tienes tiempo para todos. Además, yo sé que a ti siempre te cayó mejor mi hermano, así que, en caso de que él te piense como yo lo hago, probablemente tendrá preferencia; y es que es normal, él siempre ha sido muy cariñoso y muy madridista, mientras que yo he sido más de ir a mi rollo y, definitivamente, mucho más arisca. No te culpo, no tengo motivos.

Tras enviarte un par de pensamientos más, corté el hilo mental que creo que nos une e intenté dormir de espaldas al reloj. Sin embargo, no pude, porque sabía que el despertador iba a sonar en una hora y pico, y aquello me puso nerviosa. Es curioso, porque de repente me entraron unas ganas tremendas de masturbarme, que es lo que últimamente me pasa cuando me pongo de los nervios. No sé, a algunos les da por fumar, a otros por pedir cita para hacerse un masaje tailandés, y a mí... a mí me da por entregarme al onanismo. Espero que no anduvieras por ahí durante esos minutos, porque creo que me moriría de vergüenza.

Una vez rematada la faena, me quedé dormida. Tuve una serie de sueños muy extraños, en los solo conseguía ver mis pies, que caminaban por diferentes escenarios. Si esta ha sido tu manera de enviarme un mensaje, quiero que sepas que lo he entendido: a veces, para que todo siga fluyendo de la misma manera, hay que caminar de un modo distinto.

Ahora estoy en el trabajo y te estoy escribiendo estas líneas. No estoy produciendo nada, porque tampoco es que haya nada que hacer. Algo (¿quizá tu presencia?) me dice que estoy cambiando: a medida que pasa el tiempo, me estoy volviendo peor persona. Por momentos, me siento más alejada de este mundo.

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Interior

A la chica pelirroja le gusta estar sola. Le gusta beber café negro, estar en silencio, le gusta observar a la gente que hay a su alrededor. Se sorprende mientras piensa en hacer el amor con el chico de enfrente (no es que sea muy guapo, pero está leyendo uno de sus libros favoritos, así que ha de merecer la pena). Sonríe cuando una niña grita y corretea a su lado. Se conmueve con sus rizos oscuros, con su vestidito de algodón. A la chica pelirroja le gusta anotar las palabras que oye: las que suenan exóticas, las que se pueden dibujar en el aire. Le gusta recargar las pilas al abrigo de la lluvia, decir sin tener que hablar demasiado, imaginar escenarios que nunca han pasado. A la chica pelirroja le gustaría que fuese otoño, pues el verano la agota, le gustaría congelar los momentos en los que se siente reconfortada, le gustaría pasar más tiempo en su cabeza, sin tener que acudir a la llamada de la realidad. A la chica pelirroja le gustan los domingos, pues le parece que todo se para, le encanta el día de Reyes, o los meros días en los que se siente imparable, aunque esos días casi nunca pasan. A la chica pelirroja le hubiese gustado tener una pareja que le recordara a su padre, porque él es su verdadero amor, le hubiese gustado no decir ciertas cosas, ni haber hecho tantas otras. La chica pelirroja quisiera ver el mar, al menos más a menudo, quisiera sentirse más en consonancia con el mundo, creer que por un día puede ser normal, vivir con menos inquietudes y la cabeza sin amueblar. A la chica pelirroja, a veces, le asusta la oscuridad, pues teme entre sueños que un fantasma se la vaya a llevar. A la chica pelirroja, siempre, le gusta contarse los lunares frente al espejo: también le gusta Kevin Spacey, pues tiene un no sé qué que se le antoja sensacional. A la chica pelirroja los días se le pasan volando. Una vez se le pasaron cuatro años de una sentada: y ella, allí, así, como si nada.

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