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Conoce a lapelirroja            18 libros en su biblioteca
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El misterio de la mujer salamandra


Interior

A la chica pelirroja le gusta estar sola. Le gusta beber café negro, estar en silencio, le gusta observar a la gente que hay a su alrededor. Se sorprende mientras piensa en hacer el amor con el chico de enfrente (no es que sea muy guapo, pero está leyendo uno de sus libros favoritos, así que ha de merecer la pena). Sonríe cuando una niña grita y corretea a su lado. Se conmueve con sus rizos oscuros, con su vestidito de algodón. A la chica pelirroja le gusta anotar las palabras que oye: las que suenan exóticas, las que se pueden dibujar en el aire. Le gusta recargar las pilas al abrigo de la lluvia, decir sin tener que hablar demasiado, imaginar escenarios que nunca han pasado. A la chica pelirroja le gustaría que fuese otoño, pues el verano la agota, le gustaría congelar los momentos en los que se siente reconfortada, le gustaría pasar más tiempo en su cabeza, sin tener que acudir a la llamada de la realidad. A la chica pelirroja le gustan los domingos, pues le parece que todo se para, le encanta el día de Reyes, o los meros días en los que se siente imparable, aunque esos días casi nunca pasan. A la chica pelirroja le hubiese gustado tener una pareja que le recordara a su padre, porque él es su verdadero amor, le hubiese gustado no decir ciertas cosas, ni haber hecho tantas otras. La chica pelirroja quisiera ver el mar, al menos más a menudo, quisiera sentirse más en consonancia con el mundo, creer que por un día puede ser normal, vivir con menos inquietudes y la cabeza sin amueblar. A la chica pelirroja, a veces, le asusta la oscuridad, pues teme entre sueños que un fantasma se la vaya a llevar. A la chica pelirroja, siempre, le gusta contarse los lunares frente al espejo: también le gusta Kevin Spacey, pues tiene un no sé qué que se le antoja sensacional. A la chica pelirroja los días se le pasan volando. Una vez se le pasaron cuatro años de una sentada: y ella, allí, así, como si nada.

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Reproduciendo







And they say it can’t be won

when it’s your eyes

touching my eyes...

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Ruido blanco

A veces me pasa el cielo encapotado,

las nubes de color ocre a la espalda,

gotas de aguacero que atraviesan mi pecho y se quedan en mi pericardio,

me pasan las pisadas de los zapatos mojados en el pasillo.

 

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Criogenización

El domingo pasado salió un tipo en Cuarto Milenio hablando sobre la criogenización. Si bien el invitado me pareció un poco rudo por momentos, lo cierto es que el tema era de lo más interesante. Según su discurso, si no fallecemos de aquí a 30 años, podremos pertenecer a la primera generación inmortal, una generación en la que, al parecer, morir a causa del envejecimiento será una opción. La edad, por lo tanto, dejará de ser relevante. Además, no sólo no moriremos, sino que tendremos la posibilidad de rejuvenecer, pues nuestras células podrán someterse a un tratamiento biotecnológico que las renovará poco a poco, hasta que, finalmente, podamos mantenernos en el estado corporal que deseemos de manera atemporal.


Todo aquello me causó escalofríos. La muerte siempre ha sido una cuestión que me ha fascinado, atraído y atemorizado a todos los niveles. Pienso mucho en ella, en cómo será, en cómo me sentiré cuando ocurra, en si seré consciente de que estoy muriendo, en si seguiré siendo yo, o si, acaso, simplemente desapareceré y todo esto que he vivido habrá sido un sinsentido. Estos dilemas, quizá pesimistas, me han acompañado desde niña, de hecho, no recuerdo ni un solo día en el que no me haya preguntado por qué estoy aquí y hacia dónde voy. Una muy buena amiga, antropóloga, me dijo una vez que este tipo de preguntas se las hacen personas de carácter típicamente religioso. Puede que tenga razón, ya que si bien no me considero religiosa en el sentido tradicional de la palabra, sí que creo que soy una persona bastante espiritual. Tengo una fuerte conexión con la naturaleza y con lo que creo que es mi alma, que no sé exactamente qué es lo que será, pero intuyo que es algo más que una simple fantasmagoría, si se le puede calificar de este modo.


De ahí que algunas frases de aquel caballero me impresionaran tanto. Una de las más fuertes, a mi parecer, fue la de "el que se quiera morir, que se muera".


El que se quiera morir, que se muera. Tiene su gracia, ¿acaso no llega un momento en el que todos deseamos morirnos?. Obviamente, hay casos y casos, espero que no se me malinterprete. Morir joven, en la flor de la vida, dejando a una familia, es una tragedia. Morir tras haber pasado años postrado en una cama sobreviviendo a una larga y dura enfermedad, ídem de lo mismo. Nadie desea morir de esa manera. Sin embargo, creo que hay algo dentro de nosotros que tiende a apagarse, a marchitarse con el paso del tiempo. Ahora mismo recuerdo el caso de una señora que, hace ya varios años, llamó a un programa de radio al que soy muy aficionada. Esta mujer contaba que, a sus 90 primaveras, no le quedaba nada por vivir, y que esperaba con ilusión la llegada de la parca. Sus hijos se habían independizado y ya no la necesitaban, su marido había fallecido hacía ya bastante tiempo, y ella no le encontraba razón alguna a seguir viva. Su voz era enérgica, divertida, era una mujer risueña, pero sin motivación. Quería morirse porque sentía que lo había vivido todo y, de seguir viviendo, tan sólo sería una muerta en vida.


Muertos en vida. También conozco a muchos de estos ejemplares. Jóvenes (y no tan jóvenes) sin ilusión, con una vida poco interesante y vacía, que hacen lo que les dicta la rutina y sobreviven, personas que no vibran con prácticamente nada y que no le encuentran el sabor a estar en este mundo. Yo también he sido así; y también le he dado muchas vueltas al tema del suicidio. Sé que es una cuestión tremendamente macabra y delicada, pero creo necesario hablar de ello abiertamente. La muerte, para muchos, es una suerte de liberación, una esperanza, es, como se suele decir, un descanso en paz.


Y en medio de este batiburrillo de situaciones, de repente, se alza un tipo de un instituto de investigación estadounidense y nos cuenta que el morir será opcional. Podrás perecer en un accidente, o a causa de una enfermedad todavía desconocida y para la que no haya tratamiento, pero no porque seas viejo. Serás eterno.


Eterno. Eternidad. Qué palabras tan largas y tan pesadas. ¿Qué es lo que se hace cuando uno es eterno?. ¿Se vivirá de la misma manera sabiendo que se tiene todo el tiempo del mundo?; ¿Se vivirá con velocidad, o se vivirá postergando decisiones, completamente abandonado y a la deriva?. ¿Seguiremos amando, o el encontrar una pareja de por vida se convertirá en un mero pasatiempo?; ¿Viviremos muchas vidas dentro de una misma, nos daremos más oportunidades para ser geniales y creativos, o seguiremos atrapados en la monotonía, esta vez sin fecha de caducidad?; ¿Visitaremos el cosmos y nos haremos un selfie en Marte?, ¿Trabajaremos más horas, menos horas, habrá plan de pensiones, habrá recursos suficientes, agua y energía para la superpoblación que, si es como decía ese ingenierio, será inevitable?. La inmortalidad puede resultar esperanzadora, pero, ¿no resulta, al mismo tiempo, exasperante?.


Dentro de 30 años, si todo va bien y la ansiedad no me ha aniquilado, planeo seguir estando viva. Seré una señora que rondará los 60 tacos. La criogenización, para entonces, será el nova más y, por lo visto, todos nos podremos someter a ese tratamiento rejuvenecedor. No sé si para entonces habré cambiado de opinión, pero a día de hoy, pienso que preferiré morirme: no creo que el Estado quiera pagarme una jubilación eterna. Bromas aparte, deseo darle respuestas a todas esas preguntas que, como he dicho antes, me acompañan desde que era pequeña.

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Tedio

Voy donde los árboles supuran salvia de oro, donde los mirlos no se alejan si les ofreces la mano. Voy allí, donde mi desidia pasa desapercibida, donde los días de lluvia se recuestan y desafían al sol. Espero que allí me mezcle con la brisa, para comprender qué se siente al ser viento, para ulular entre los arbustos cuando el mundo esté en silencio. Espero, allí, transformarme en tela de araña, ser piel sedosa y atrapar insectos, espero que mis pies enfangados se confundan con la tierra, una parte intrusa que se derrite entre las hojas y, perenne, observa el pasar del tiempo. Deseo, allí, fluir como fluye el agua del riachuelo, cantar bajo los barrotes del puente, llevar el mismo perfume que usan los mediodías soñolientos. Sólo allí, entre matorrales, quiero pintar mis pechos del verde del fresno, hilvanar con mis estrías el tronco de un roble, plantarme a vivir y a soñar sobre un campo yermo.

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Planes

De un tiempo a esta parte me he percatado de que odio mi trabajo. Todo empezó hace más o menos un año, cuando, entre pitos y flautas, me empezaron a dar ataques de pánico y depresión, aparte de otros trastornos que no me atrevo a enunciar (no sea que se decidan a volver). Dichos ataques me daban sobre todo las semanas que tenía turno de noche. Me dolía el pecho y sentía pinchazos por todo el cuerpo, sentía que iba a morirme. Mi médico, muy amablemente, me empezó a dar baja tras baja, lo que consiguió mosquear bastante a mi exjefe. Yo, por supuesto, lo comprendo: si yo fuera jefa, también me daría mucho por culo que uno de mis trabajadores estuviera siempre enfermo. 


Pero en mi caso es que era absolutamente cierto. Me sentía incapaz de hacer otra cosa que no fuera estar metida en la cama. El simple hecho de ir a trabajar me hacía llorar, me sentía la persona más desgraciada del mundo. 


Cuando empecé a hablar de este problema en mi entorno, todos me decían que estaba loca. Me decían que no me podía permitir dejar ese trabajo, que tenía muy buen sueldo, que pensara en la gente que no tiene nada, que era egoísta. Todas esas palabras me hicieron aguantar y aguantar, aguantaba porque de algo había que vivir, porque yo lo tenía muy bien, porque era lo que tocaba. Pero aquello me estaba aniquilando. Aquel puesto estaba acabando con mi vida.

 

Sin embargo, llegó el día en el que tuve que replanteármelo todo: fue el día en el que, tras haber contabilizado tres días seguidos sin pegar ojo, mi exjefe me comunicó que me echaban, que la empresa no me necesitaba. Que no pensaban alargarme el contrato y que, por lo tanto, en unos tres meses me quedaba sin faena. Creo que no es fácil describir cómo me sentí: por un lado, sentí alivio. Aquella situación iba a llegar a su fin. Por otro, sentí pavor: ¿Dónde iba a conseguir un puesto nuevo antes de navidad?, ¿me llegaría el paro para seguir?, y, sobre todo... ¿Por qué cojones seguía sintiéndome tan triste?. A esta última pregunta podré responder un poco más tarde.

 

Por suerte, un ángel (una persona a la que le estoy tremendamente agradecida) me proporcionó una ayuda inmensa y, gracias a él, conseguí empleo en enero de este mismo año. Dada mi experiencia, pensé que este trabajo nuevo me vendría bastante bien: ya no trabajaría por turnos y, además, tendría una jornada laboral mucho más reducida (de sólo seis horitas al día, no está mal). Todo fue bien los dos primeros meses, hasta que empezaron a darse ciertas situaciones que, de nuevo, me han comenzado a desequilibrar: horas extras incontables y sin pagar, fines de semana de madrugón, proyectos que se alargan hasta bien entrada la noche, jefes incompetentes que no saben cómo solucionar los problemas de sus trabajadores, etc., etc.. Casi que volvemos a las mismas.

 

Este conjunto de vivencias me han hecho plantearme el si debería emprender. No deseo montar un negocio, ni tampoco quiero estar tipo freelance ofreciendo mis servicios traductoriles. Más bien, me gustaría ser autora, escribir e ilustrar mis propias historias.

 

Cuando se quiere emprender de esta manera, una se ve a lo J.K. Rowling: escribiendo y anotando con una taza de té en cualquier cafetería. La realidad es que, probablemente, sólo J.K. Rowling lo hizo de esta manera (bueno, ella, y muchos de los hipsters que veo por el Starbucks, que se sientan con sus macs a pensar en lo qué quiera que piensen los hipsters): mi persona necesita disciplina y silencio, no es una cuestión de inspiración, sino de tener una idea y trabajar e insistir sobre la misma, hasta que salga un producto aceptable. Hace ya un tiempo que vengo arrastrando una idea, una idea que me gusta y me motiva, con la que mi corazón vuelve a latir: sin embargo, es complicado llevarla a cabo. A menudo me asaltan las dudas, me pregunto si la idea es buena, si lo que hago tiene sentido, si habrá alguien ahí fuera que apueste por mí... me reconcomen la falta de confianza y la confusión, porque ya no se trata de escribir visceralmente en un blog, sino de escribir para un público, con un objetivo; tampoco se trata de dibujar por amor al arte, sino de ilustrar, de transmitir con unas imágenes lo que dice el texto, acompañarlo y adornarlo, para que quien compre el álbum lo mire con cariño y lo trate con mimo. Sí, en cierto modo, hay mucho que poner el juego: esa es la presión que siento. Aun con todo, creo que esta presión es una presión bonita: al fin y al cabo, no tengo demasiado que perder, sigo trabajando como una posesa para esta empresa que me importa un pito, así que, en cierto modo, por ahí tengo algo asegurado.

 

Y, sin embargo, deseo que todo salga bien. Deseo con todas mis fuerzas que mi idea termine de aflorar, que a alguien le guste y se atreva a publicarlo: deseo dejar de ser una esclava del sistema y trabajar para mí, ganar dinero sólo para mí, cagarla (si es que la cago) con consecuencias sólo para mí. Sí, eso es lo que más deseo en este mundo.

 

También quisiera ser paciente y fuerte. No desesperarme (pues a veces me desespero), darme el tiempo que necesito para hacer todo lo que tenga que hacer. También quisiera no pensar tanto, no escuchar tanto a los demás, sino guiarme por lo que a mí me sienta bien en este momento, confiar un poco más y hacer lo que verdaderamente me hace feliz. Quizá, lejos de lo que pueda parecer, esta sea la parte más compleja de todo el proceso.

 

No sé si el blog es el mejor sitio para anunciar este tipo de planes, pero lo cierto es que me apetecía compartirlo, pues imagino que los lectores de esta entrada lo verán con ojos neutrales, no como mi entorno, que ya se encarga a diario de mirarme como si estuviera tarada.

 

No estoy tarada: tan sólo quiero sentirme motivada y, de una vez por todas, hacer lo que me gusta.

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Shake the disease

Por la tarde fuimos al puerto, apenas chispeaba. Un señor con la cara desencajada y la boca como un piano nos vendió un cartucho de camarones, alguien gritó desde un bote que la policía no estaba. Luego bajamos por el paseo, escuchamos desde lejos a los Depeche Mode y me preguntaste por qué no habíamos comprado entradas para el concierto. Y yo qué sé, te contesté, pero mira que hemos tenido tiempo. La cáscara de los camarones crujía entre nuestros dientes, caía el sol en picado y las gotas de lluvia empezaron a ser a ratos más frecuentes. El pelo se me enredó con la hebilla del cinturón, el viento difuminó tus facciones, Dave Gahan entonaba la de Shake the disease bajo aquel helado chaparrón. Nos volvimos, y al girar, me di cuenta de que todo me daba igual: así que aminoré el paso, caminé cada vez más lento; tú corrías para refugiarte de la lluvia, yo me arrastraba para que las gotas me destiñieran y me hicieran desaparecer. Así estuvimos durante unos minutos, entonces te perdí de vista, y yo... yo simplemente me encogí hasta desvanecer.

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Diario espírita

Siempre que aprieta el calor, me acuerdo del fantasma de la calle Zaragoza. Solía aparecerse en verano, entre las cuatro y las seis de la tarde, cuando los vecinos de la casa se echaban a dormir la siesta y el patio interior se quedaba vacío. Yo lo observaba, y él también me miraba. No tenía pies, o al menos, yo nunca se los llegué a ver. Jamás pasaba del portal, debió ser un hombre muy tímido cuando estaba vivo (si bien es verdad que yo tampoco me acerqué, aunque no sabría decir el motivo).

La última vez que lo vi fue el verano antes de hacer la comunión. Tiene gracia, pienso que quizá se aburrió de mí. O quizá ya no tenía fuerzas para soportar a mi vecina Carmen, que era incapaz de cerrar el pico cuando le tocaba. Una mañana, tras haber pasado aquel largo verano, le dije a mi madre que había dejado de ver al fantasma. Ella me miró con espanto y guardó silencio. Más tarde, cuando mi hermano y yo nos fuimos a dormir, oí como mi madre le decía a mi padre que a ella le hubiese gustado tener una niña normal, del estilo de mi prima Andrea, que, a día de hoy, sólo tiene un ligero trastorno obsesivo-compulsivo. 

De verlo ahora, le preguntaría por qué está allí, y por qué sólo se aparecía en verano. Estoy segura de que contestaría.

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