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Conoce a lapelirroja            13 libros en su biblioteca
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El misterio de la mujer salamandra


Cariños

Ojalá algún día puedas contarme cómo estás, si es que estás, o puedas decirme cómo eres ahora, si es que eres de alguna manera, o si acaso flotas en el aire (que es como yo te imagino), escondido como una filigrana entre los velos de esto que llamamos realidad. Ojalá me extirpen tus recuerdos, que tampoco son tuyos, sino de mí y de ti, para así sentirte en tu totalidad, acostada en lo que, quizá, siga siendo tu regazo, mientras me convences de que yo sí sigo siendo, sigo siendo la chica que lloró a tu lado porque no supo entender la diferencia entre quinientas pesetas y quinientas mil. Puede que entonces, sólo entonces, consiga comprender que lo peor ya ha pasado, pues algún día volveré a verme entre tus brazos, en el que ahora es tu mundo, el mundo de los segundos infinitos y de la terrible eternidad. 

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El amor

Supongo que esta es la vida que nos espera, sentados frente al televisor, tú juegas a no sé qué videojuego en el que matas a un montón de gente, mientras que yo, sentada a tu lado, te cuento que sueño con hacer algo más.

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Crisis cumpleañera

Como me encuentro en los días previos a mi natalicio, he de decir que me he deprimido sobremanera. Que no es que yo sea una tipa muy feliz, la verdad, siempre he sido una triste, pero ahora con más motivos. Y es que hoy he mirado el calendario y, acto seguido, me ha crujido la espalda. Luego me ha empezado a doler la cabeza y me he tragado a la desesperada un paracetamol. Lo mismo es un tumor cerebral. O es ansiedad, como me dice mi médico de cabecera, que es de los que te ausculta sin levantar la vista del escritorio. Un puñetero genio.


En fin, el caso es que me he sentido tremendamente cansada, tremendamente vacía, tremendamente sin planes, histérica, poco atractiva, acartonada. Tremendamente vieja. Terriblemente acojonada por la que me va a caer encima. 

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Loch Ness

Cuando me dijiste que ibas a meterte en el lago Ness para hacer unos largos, yo casi no me lo podía creer. Era 28 de enero, hacía la friolera de tres grados, y una espesa niebla cubría los montes que rodeaban el lago. Con expresión ojiplática, le di un sorbo a mi refresco y observé cómo la sangre se te agolpaba en el rostro a medida que te desvestías. Estabas tiritando, pero tu sonrisa de crío hacía ver que nada ni nadie podía pararte. Yo me quedé callada, miré hacia la orilla y luego hacia el camino empedrado por donde habíamos bajado. Hacía rato que el autobús de los Highland tours se había marchado, por lo que empecé a cabilar cómo podríamos llegar a Edimburgo de nuevo. Estaba tan sumida en mis pensamientos que ni siquiera noté el beso que me diste en la mejilla. Cuando volví en mí, ya estabas en el lago: una espesa masa de agua oscura cubría tu cuerpo, tan sólo se distinguía tu mata de pelo rubio sobre el horizonte. Vi que me saludabas, yo te correspondí lanzándote un beso, y tus carcajadas de divertimento parecieron provocar el rugido de la naturaleza. Era una escena hermosa, casi primitiva, el atardecer escocés pintaba el cielo con nubes de un gris intenso, un pigmento irreal que se reflejaba en las ondas del lago a modo de vetas plateadas.

Mientras nadabas, volví a dirigir la mirada hacia el camino empedrado. Me até la bufanda al cuello y eché a caminar. Te hice saber con señas que iba al hotel que se encontraba al final de la subida, a lo que tú me respondiste con lo que, creo, fue un asentimiento. Mi intención era preguntar a los chicos de recepción si podían darme el número de un taxi, pues temía que, a esas horas, ya no pasaría ningún autobús con dirección a Edimburgo. De paso, aprovecharía para tomarme un café, pues aquel frío húmedo me había calado poco a poco los huesos.

Crucé por un pasaje de piedra en el que alguien se había dedicado a dibujar a Nessi, el famoso monstruo que, supuestamente, habitaba el lago. Había varias pintadas, para todos los gustos: algunas representaban a Nessi de modo infantil, con tabla de surf y flotador. Otras, a una terrible criatura medieval de escamas brillantes y dientes afilados. A decir verdad, ninguna de esas representaciones me convenció.

Conseguí llegar hasta arriba en cuestión de diez minutos. Frente a mí se encontraba el Loch Ness Clansman Hotel, un hotel de cuatro estrellas que, desde mi punto de vista, se parecía mucho a las ventas de carretera que tenemos por la península. Justo en la entrada del hotel, frente al improvisado aparcamiento, había una estatua de Nessi, que esta vez tenía aspecto de dinosaurio. Le habían pintado el cuerpo de un color verde brillante, mientras que sus fauces asomaban en un tono que ya no distinguía el coral del carmesí. La humedad había enmohecido las patas del monstruo y oxidado parte de la cola. Aun así, el conjunto de la figura tenía un aspecto mucho más convincente que las imágenes que acababa de ver.

Di un par de pasos hacia el frente cuando creí escuchar tu voz. Me habías llamado, aunque de manera fugaz, como si se tratase de una mentira. Giré sobre mis pies y visualicé la inmensidad del lago, oscuro y frío, con la fortaleza de Urquhart coronando sus orillas. Te busqué con la mirada, pero no conseguí encontrarte. Sin embargo, todo tu atuendo de aquel día seguía tirado sobre las piedras, justo como lo habías dejado.

Durante unos instantes, me pareció que el tiempo se ralentizaba. Asustada, eché a correr colina abajo, hasta volver a meterme por el pasaje. El aire frío que se colaba por mi boca me quemaba los pulmones, haciéndome toser e interrumpiendo de este modo mi carrera. Nunca antes un camino tan sumamente corto se me había hecho tan eterno. Cuando conseguí salir, la humedad del lago cayó sobre mis hombros como un mantel pesado; grité tu nombre, pero no hubo respuesta. Lo volví a gritar con todas mis fuerzas, pero de nuevo fue en vano. Las sílabas se perdieron en el aire, como motas de polvo o notas musicales. Volví a mirar el agua oscura, que tenía un aspecto llano e inmaculado. Parecía que nadie, jamás, se había atrevido a mancillar tanta serenidad. Hipnotizada, me acerqué a la orilla. Unas olas ridículas me lamieron las suelas de las botas, el silencio envolvió mi rostro: preguntándome qué podría haber pasado, sentí cómo una lágrima se deslizaba por mis mejillas. Te llamé entre sollozos, luego te llamé con rabia; al final, te llamé con desesperación, mientras con una mano me agarraba el pecho y con la otra me masajeaba las sienes.

No sé cuánto tiempo estuve así, sin saber, sin entender. El sol ya se había puesto, pero las espesas nubes no dejaban ver el titilar de las primeras estrellas. Miré tu ropa y me lamenté en silencio por no haberme reído de ti y de tu locura. Quizá así, ridiculizándote, no te habrías metido en el lago.

De repente, el viento cambió. Las olas se movían con más ímpetu, mientras los últimos rayos del sol terminaban por esconderse. La oscuridad se abría camino y la humedad pareció cobrar vida. Volví a girarme y empecé a recoger tus cosas, con el corazón encogido. Decidí que volvería a subir y que llamaría a la policía desde el hotel, si bien sentía que se burlarían de mi historia. ¿Quién en sus santos cabales podría creerse lo que acababa de ocurrir? ¡Ni siquiera yo daba crédito! ¿Cómo era posible que te hubieras esfumado de esa manera? A medida que repasaba mentalmente todo lo que había ocurrido, escuché como algo (o alguien) se movía de manera escurridiza en el agua. Acto seguido, un chapoteo, un juego de niños; finalmente, un lanzamiento: algo acababa de aterrizar sobre las piedras de la orilla. Por la intensidad del golpe, supe que se trataba de algo pequeño, sólido, mojado. Tenía miedo. Quería darme la vuelta, pero las piernas no me respondían. Había algo allí, no sabía el qué, pero tenía ojos: sabía que me observaba. Un escalofrío cruel me recorrió la columna vertebral mientras doblaba tu ropa lenta y cuidadosamente. De nuevo, sentí aquel extraño ruido escurridizo, un sonido como el de una trucha que se escapa de entre las garras de un oso. Para cuando quise agudizar el oído, aquella cosa terrible ya se había marchado. 

Respiré hondo. Volví a incorporarme, procurando así calmar la tensión de mi cuello y espalda. Recordé que algo había caído entre los guijarros del lago, un peso muerto que alguien había lanzado desde el agua. Con la misma curiosidad que aniquila a los felinos, miré por el rabillo del ojo: no conseguí avistar nada. Giré la cabeza hacia la izquierda, donde había escuchado el golpe. Las pobres luces del hotel apenas iluminaban la zona. Sin embargo, pude distinguir una anomalía en el paisaje: había un objeto blanquecino descansando junto a la orilla. Casi sin pensarlo, eché a caminar hacia donde se encontraba aquello.

Cada uno de mis pasos me revelaba más y más detalles de aquel extraño objeto: efectivamente, era pequeño, pálido, aunque parecía estar cubierto de manchas que no supe identificar. Estaba húmedo y tampoco se movía. Seguía siendo rosado, aunque algunas partes se habían teñido de morado. Era un trozo de carne, un trozo de carne con cuatro dedos. Le faltaba el meñique. El pedazo acababa en un muñón bañado de sangre, y de aquel muñón, nacía un tendón amarillento que, horas antes, había servido para unir tu muñeca a tu codo.

Era tu mano. Lo supe por el anillo de compromiso.

El asco me impidió gritar. Sin embargo, y evitando mi instinto, me agaché para cogerla. Estaba congelada, incluso pude distinguir cristales de escarcha entre los dedos. Un líquido oscuro y pegajoso se había colado entre tus uñas: parecía sangre, sangre cuajada. Habías estado luchando y yo no me pude percatar de nada. Antes de emprender el camino de vuelta, volví a lanzar una mirada al lago, cuyas aguas apenas se distinguían del comienzo de la montaña. La noche era penetrante, al igual que el silencio que inundaba el ambiente. Había algo ahí afuera, algo que te había asesinado y que no había querido quedarse con tu mano, pues probablemente le resultó demasiado callosa y cartilaginosa.

Envolví lo que quedaba de ti entre tus ropas y emprendí la vuelta al hotel. Decidí que no llamaría a la policía: tú ya eras hombre muerto y nadie, absolutamente nadie, creería que un bicho acuático te había aniquilado. Aunque quizá era yo la que estaba imaginando demasiado en aquel momento: ¿y si resulta que había un asesino suelto, una persona de carne y hueso sedienta de sangre? Las sienes me apretaban, no podía pensar con claridad. Había sucedido todo demasiado rápido. 

Los chicos de recepción me atendieron estupendamente. Quedaban varias habitaciones vacías, pues sólo a cuatro locos como nosotros se les ocurre visitar Escocia en enero. Me dijeron que en el menú de la cena había entrecot de ternera de las Highlands. Por supuesto, medio crudo: el estómago se me revolvió. También me informaron de que el próximo autobús a Edimburgo saldría al día siguiente, a las seis de la mañana. Me dieron las llaves de la habitación, y cuando subía hacia el primer piso, me despidieron con una frase de lo más alentadora: Ahora descanse, miss, el lago puede llegar a ser muy pesado. ¡Y tanto que sí!

Me tomé una ducha larga, tan larga como el día que acababa de vivir. No sé exactamente si empecé a llorar allí, mientras el agua me caía sobre los hombros, o si ya tenía las lágrimas saltadas cuando encontré tu mano. Lo cierto es que, al mirarme en el espejo antes de acostarme, me vi los ojos rojos e hinchados. Cogí tu mano, que seguía estando húmeda, y la arropé entre varias toallas. Se me antojó hermosa, tan hermosa como lo eras tú. Una vez me pareció que estaba seca, me acerqué a tus cosas y le puse uno de tus guantes. El tendón seguía colgando de la muñeca, pero no me importaba. Toda aquella estructura fibrosa seguía perteneciéndote a ti, y sólo por eso se merecía (debía) ser bello.

Coloqué tu mano en la almohada y, acto seguido, apoyé mi mejilla derecha sobre ella. Era así como solíamos dormir. El llanto volvió a atacarme de nuevo, te había perdido para siempre... ¿Qué te había pasado, cómo le diría a los que te conocen que ya no volverían a verte? Tras pasar varios minutos con esos terribles pensamientos disonantes, sentí que tu mano, fría y muerta, aún estaba allí y me acariciaba: sólo entonces, por fin, me venció el sueño.

A la mañana siguiente, recogí tus cosas rápidamente, pagué la habitación y me monté en primer autobús de los Highland tours. A medida que subíamos por la A82 hacia Milton, eché un último vistazo a aquel paisaje salvaje y hermoso, en el que, sin duda, vivía un monstruo de pesadilla. De repente, una extraña pero tranquilizadora sensación de paz me colmó el corazón. Todo había terminado. Era hora de volver a casa.

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Magia blanca

Ahora que no te tengo

ni tengo porqué tenerte

me imagino caminando a tu lado,

pisando con fuerza la tierra,

dejándome guiar a través de la noche

sujeta de tu mano.



Ahora que no te tengo

ni poseo nada que te retenga

me pregunto qué habrá sido eso

qué habrá habido realmente

entre tu cuerpo y el mío.



Probablemente no fue nada. Una ilusión acaso, una mentira de la vida. 

No fue real. Sólo brisa. Un anhelo que temblaba en la cornisa de la ventana por donde te quise ver pasar.

El cuento dadaísta y las mil y una noches (mil y una noches en vela, pensando en las gracias de tu cara).

Hay tanto que no soporto de ti y, sin embargo, ya no significa nada: me parecen detalles, tontadas, manías de viejo con las que desearía enfadarme cada mañana

mientras te bebes tu menta poleo,

tu taza junto a la mía,

mientras me cuentas que has soñado que no estabas conmigo

y yo te contesto que no ha sido un sueño

que ha sido una pesadilla.

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Magia negra

Ojalá salgas

con este sortilegio

de mi cabeza.

 

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Para ti

Para ti

es el lazo violeta de mi sostén de encaje,

es la rosa despierta entre mis muslos.



Para ti

es el ombligo que adorna mi vientre,

la aureola rosada de mi pezón.



Para ti

es la dermis de nieve que ilumina mi piel,

el pozo estrellado situado tras mis ojos.



Para ti

es la hinchazón de mi labio mordido,

los dedos que peinan mis tirabuzones de fuego.

 

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Indiferente

 Lejos de todo, ahora, indiferente. Entre calles de color piedra repican sus bocas palabras que conozco. Soñamos juntos, es un embrujo, nos despertamos en escenarios distintos, nos vemos en diferido y nos equivocamos de historia, quizá todo esto haya nacido en otro siglo. Ahora lejos, cruzando el mar, sobrevolando las vergüenzas, empujando con un viento muy frío la veleta de un hogar que no es el mío. Ahora tarde, indiferente, un sinsentido, se ha escondido entre murmullos y sólo sale cuando sabe que me he dormido. Me dices cosas, cosas extrañas, con verbos conjugados en tiempos subversivos que separan mis intenciones de tus pretextos.

Ahora sola, lejos, donde nací, muy lejos, sentada frente a la playa y cantando, deshilachando los temores de mi cariño.

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