Hace un tiempo mantuve este blog, El Viento Azul, y, a la vez, otro blog, Blues de la luna que nos mira. El primero tenía intenciones literarias. El segundo fotográficas y generales. No me fue posible continuar manteniendo dos blogs, por falta de tiempo, por exceso de tiempo ante el ordenador. He decidido despedirme de El Viento Azul temporalmente (de hecho, ya hace meses que no publico nada), y remitir a mis amables lectores y observadores a BLUES DE LA LUNA QUE NOS MIRA. Un saludo a todos y gracias. Os espero.
En un principio blanco se ensayaron la alborada repetida,
el ser externo de la vuelta de la dicha
-de cenizas y de ruina-, como el Fénix,
haciéndose de nuevo subir más alto y esperar por tanto
un blando resbalar desde el peldaño leve.
Y los tiempos metafísicos pasaron ?toda su retahíla metafórica,
y su sueño-, y ensayaron, en el instante azul,
una vaga pertenencia de tiniebla.
Así el brusco escozor
acució después
el momento estrecho,
la gangrena de la física,
la brava eternidad vuelta pasado.
Pero eso la quimera lo ha olvidado,
para que se sepan ahora las rejas escabrosas de memoria
de las eses de reptil sobre la niebla,
de los años templados como pétalos marchitos de su rosa,
del ser dolido, de perlas en la aurora con los pasos
antiguos, de efímeras llegadas a la ignorancia colectiva,
al ethos tétrico de la inevitable asimilación
en el final ensayo gris de la vigencia.
Entendíamos con esa frase expresiva la presencia de italianos, o de cultura italiana, en el instante en que la escuchábamos, pero la gracia meridional que se les supone a nuestros vecinos (que, por cierto, no es exactamente tal y como la describen, pues yo mismo pude comprobar, en un viaje al país con forma de bota, que algunos son muy poco educados), es algo que, tópicos mediante, debería brillar por su ausencia en el caso de los rubios habitantes de las latitudes nórdicas.
Así que, con el título de esa canción festiva, con la que tanto bailaron algunos cuando el horterío feliz de los últimos setenta, ?Mamma Mía?, fue con el que los sesudos directores de marketing titularon también la película que explota la nostalgia de los más viejos y la ingenuidad de los jóvenes. Pero, qué quieren que les diga, yo vi 'Mamma Mía', la película que rinde homenaje al grupo sueco Abba, con ganas de divertirme y de recordar aquellos años de sala de fiestas y cubata de ginebra que no me fue dado conocer -razones de la edad- hasta el momento mismo en que comenzaba a extinguirse. Y no me pesa. Ni lo uno ni lo otro, por cierto. Pues la verdad es que aunque Pierce Brosnan salga un poco soso, el resto de la peli destila colorido y gracia por todas partes, especialmente por la de esa grandísima actriz que es Maryl Streep.
Por mi parte, la vi en inglés y en el extranjero, hace ya unos meses, pero me dicen que hace pocas semanas la 'estrenaron' en mi pueblo, en un remozado cine, ahora de titularidad municipal, y que no resultó nada divertido asistir a la sesión. No por el contenido de la peli, que sería el mismo que yo vi en agosto, sino por la presencia de ciertos botarates y algunos descerebrados que hicieron el gamberro todo lo que pudieron. Recordé, cuando me lo contaron, cómo la primera vez que asistí a la proyección de '2001?, de Kubrick -el año setenta y siete, sería- en ese mismo cine, otros gamberros, tal vez los padres, o los abuelos, de los de ahora, me hicieron añicos la estabilidad emocional que debería de haber sacado, con mis quince años, del famoso monolito, para aprender, en cambio, que vive uno rodeado de ignorantes, con perdón.
Qué quieren. La historia se repite. Será que, pese a la distancia de argumentos y de años -¡qué pena!- aún somos incapaces de cambiar y preferimos ser tan maleducados como algunos de nuestros primos del meridión.
Cuenta Ambrose Bierce cómo han de ser los sueños. Cómo su consistencia se basa en la omnipresencia del yo, un ego que se puede escindir de sí mismo para permanecer o, al fin, para la extinción.
En una ocasión, agitado, debí revolverme en el lecho con la boca seca, ocupado en aterrarme con aquel desfilede realidades que, entonces, sí que eran tangibles. La luna se estremecía, fría, en el cielo, un opaco toldo como de barraca de feria que amenazaba caerse. El paisaje era blanco, o no, más bien azul. Yo, solo, caminaba. Tan excesivamente despacio que, pese al ahínco con el que impulsaba las piernas, no conseguía sino avanzar pocos milímetros cada vez. Una fuerte sensación de ahogo comunicaba a mi garganta, primero, y luego a mis pulmones, la negación de la vida, de una vida que yo ya anticipaba extinta, y a mí simple fantasma evanescente.
Pero el avanzar pesadillesco, aun lento y aterrador, desembocó luego en un mar de sensaciones, cáusticas esta vez y corrosivas. Mi cerebro estaba a punto de estallar, pero no le era posible. Sabía que solamente ésa podía serla auténtica liberación: morirse para, así, despertar. Porque ni mis propios gritos eran capaces de conseguir el milagro.
La casa era lóbrega y gris. Un empleado del economato me estaba esperando. Era el que manejaba el émbolo del aceite a granel cuando, en la infancia, acompañaba a mi madre a la compra. El hombre, que, a pesar de ser conocido, no tenía rostro, me incitó a pasar a lo que yo ya sabía que eran una oficinas. Me hizo una mueca extraña con su boca invisible y fue ahí cuando noté que me habían robado el coche. De nuevo, una sensación. Y mi cerebro penaba, deseaba estallar.
La sangre lo ocupaba todo. Y hacía flotar los cuerpos. No recuerdo nada más. Entonces quise despertarme, supe que estaba escribiendo esta nota, que todo eran imágenes del subconsciente, intuí a Ambrose Bierce más allá de sus libros, más allá de los muros del sueño.
Y me dormí, me duermo, mientras escribo, definitivamente. Ahora sí que es cierto. Mi cerebro comienza el estallido. Y los latidos del corazón se van espaciando, más cada vez, más, más: cada vez más. Creo que me he dormido. Definitivamente.
(Esta nota, cuyo original se adjunta, está escrita con muy mala letra y nos fue difícil de transcribir. Aunque el contenido es un tanto enigmático, es una prueba importante porque se encontró justo al lado del envenenado.)
[Narración: Francisco J. Lauriño
Extraída del libro Su crimen y otros relatos selectos. Más información aquí.]
El conjunto era armonioso, perfecto. Lo estaba mirando y, de repente, viéndolo todavía, la mirada se le colocó más adentro. La figura del viejo, sedente, en un banco de piedra, manifestaba la macilenta carne que conlleva el paso de los años. Desnudo, su universo se formaba en aquel rostro lleno de un extraño rictus. Era dolor, era el no saber, el no tener conciencia de lo porvenir, o quizás sería el tenerla demasiado clara. El estudio de los músculos era en brazos y piernas desmesuradamente realista. El autor, sin duda, se había fijado como meta retratar la fealdad de lo mortal, de la caduca textura que nos compone a los hombres. La niña, sin embargo, parecía pura; su carne era tersa, también estaba desnuda y parecía amar a aquel hombre que la protegía. Su pequeño cuerpo era un esbozo. En ella lo caduco no tenía amparo ni cabida.
El conjunto, niña y viejo, la tranquilidad del rostro infantil, la incertidumbre, la inefable expresividad de la cara arrugada, le extasiaban ahora mientras se preguntaba dónde estaba la magia de aquella obra.
Ahora, que la había encontrado enseguida en la amplia galería del Museo de Arte Moderno de Barcelona, recordaba la primera vez que la impresión de aquel conjunto de piedra le había robado el alma.
Once años atrás sus terrores cotidianos se habían apagado por el hechizo del viejo y de la niña, que eran tan reales. Y ahora, ¡hay que ver!, allí seguían, ojos sin pupilas, observándole sin mirarle. No conocía al autor ni tampoco había visto la obra antes de aquella vez primera, cuando apareció como por la magia de un encantamiento.
Pero presente y pasado, incompatibles, producirían ahora, en la amplia sala del Museo, la anagnórisis culpable. Y no le fue posible tolerar la desmedida perfección, la sobrerrealidad que el mármol y la mano del artista le habían hurtado al mundo real. El guarda del Museo no pudo ver la cara resuelta, como tampoco antes, al entrar, había podido observar el envoltorio. Así que cuando quiso darse cuenta ya el martillo había desmenuzado la pétrea cabeza de la estatua.
En la comisaría le trataron como si estuviera loco y cuando un veterano policía, conocedor como un psiquiatra de los intríngulis mentales, le preguntó por qué lo había hecho, la respuesta fue tajante, las palabras salieron insensibles de su boca y aquella realidad que vivieron los dos querría haber sido, como la otra, abusivamente copiada por el arte:
- No la protegía. No era magia lo que vi. Era espanto. Aquel horrible viejo la deseaba. Iba a abalanzarse sobre ella. Era un viejo verde y se merecía un final así.
(El grupo escultórico ?Els primers freds?, de Miquel Blay, se expone en Barcelona.)
Un relato de Francisco J. Lauriño, incluido en la colección publicada bajo el título Su crimen y otros relatos selectos. Para más información aquí.
Francisco J. Lauriño (Langreo, Asturias, España, 1962), es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Oviedo, escritor, fotógrafo y colaborador de prensa. Ha publicado dos libros de narrativa, "Su crimen y otros relatos selectos" (Erroteta, 2005) y "El Estanque de Azufre" (Erroteta, 2007), y también escribe poesía.