En algún lugar del alma se extienden los desiertos de la pérdida, del dolor fermentado; oscuros páramos agazapados tras los parajes de los días. (S.Alatriste)
Hoy, ahora, en éste mismo momento, me da rabia la vida. Me llena de impotencia no entender, no poder explicar ni explicarme qué sentido tiene que pasen cosas que no debieran pasar.
Falleció Evangelina. A muchos, muchísimos a lo largo y ancho del mundo nada les dice.
A quienes tuvimos la suerte de conocer sólo una partecita de ella –su sonrisa, su valentía, su generosidad, su ilimitada capacidad de lucha y amor- nos pega duro. Para su familia será sencillamente inexplicable y tanto más inaceptable.
Evangelina tenía tan sólo 28 años y una vida luchando con el maldito cáncer que le había estado cercando desde hacía años. Eva no había bajado nunca los brazos. Cuando todos alrededor creían que nada era posible, ella daba ánimos sacando fuerzas de donde no había.
Nunca nos resignaremos a aceptarlo, tampoco entenderlo; que una madre deba enterrar a su hija, nunca. Quizá haya otros a los que su fe les dé explicación suficiente. Para mí y mi corta razón de hombre limitado, la justicia ha faltado a su cita y se ha cobrado una víctima que no merecía serlo.
Evangelina querida: aprendí a conocerte a través de tu mamá, fiel ejemplo y espejo –una luchadora en iguales batallas ella misma- de lo que tú fuiste. Si puedes verle y sentirle, ayúdala una vez más –como lo hiciste cada día durante tu amarga y cruel lucha- para que pueda cargar con ésta enorme pena.
Para ti, haya paz y amor allí donde justicia no hubo.
Desde que le hube visto por vez primera supe que era especial. Su andar elegante, pausado, a veces dubitativo pero nunca agresivo, su penetrante mirada tan intensa como huidiza, sus remilgos para acercarse sin hacerlo, preservando su espacio íntimo siempre, dispararon en mí sentimientos que creía dormidos para definitivamente.
En menos de una semana y sin que haya nunca cruzado una palabra con ella, ha logrado estar en todos mis pensamientos, apareciendo cuando menos lo espero y desapareciendo con la misma rapidez; una nunca explicada actitud de acercamiento y distancia que me ha hecho estar pendiente de su presencia aun cuando no lo piense.
Aún en su mutismo, en su porfiado y permanente silencio, he creído entrever un deseo de comunicarse sin detalles ni demandas, un estar sin necesidad de hacer notar su presencia. Me inquieta no saber nunca el por qué de sus repentinas partidas, tan abruptas como sus apariciones, sin que haya mediado un motivo. Es esa presencia-ausencia que me impide saber qué tormentos y anhelos anidan en su alma, cuando parece estar al alcance de mi mano, y cuando huye una vez más sin saber por qué lo hace.
Todo empezó casualmente, como suelen suceder éstas cosas. Me encontraba de viaje por mi mundo de héroes y villanos mal avenidos, en un lugar impensado para suponer un encuentro tan inesperado, cuando de pronto y sin aviso apareció ella, envuelta en su ropaje tan vistoso como fuera de época. El colorido de sus vestiduras, a la par que llamativo resultaba incongruente con el verde monocorde del entorno y el celeste del cielo otoñal desnudo de nubes. Su elegante figura, de voluptuosos contornos, hacía imposible no estacionar mis ojos junto a ella hasta que decidiera privarme de tan magnífico espectáculo. Sus elegantes extremidades casi desnudas, tan elegantes como las de una bailarina, eran un imán para mi vista que insistía en capturar en una sola mirada tanta belleza. Sus ojos, de un indefinible color, despedían una mirada imposible de ignorar, llena de interrogantes que aún siguen siendo el mayor misterio.
Contuve como pude mi natural impulso inicial de intentar un diálogo, un acercamiento que prolongara esa presencia mágica que había logrado eclipsar todos mis afanes e inquietudes , en aras de mantener un instante más esa presencia subyugante, llena de inquietantes misterios y permanente amenaza de convertirse en repentina huída.
Cerré el mundo de Larsen y sus cadáveres y desde entonces mi atención, como nunca antes, estuvo centrada en tratar de asir siquiera por un momento la magia de ese encuentro, que como sucedería luego con cada una de sus apariciones, sentía que se me escapaba como el agua entre las manos.
De pronto pensé que tal vez su inestable presencia fuera susceptible de mantener recurriendo al más manido de los recursos: la invitación a comer juntos. No puede decirse haya sido precisamente una invitación, siquiera una cena, pero la aceptación tácita aunque temerosa siempre, se convirtió en la llave para tender un puente entre nosotros. Un pacto no escrito que en éstos breves días hemos respetado ambos, trocando mi mesa por su presencia, sin preguntas ni condiciones.
Aunque presintiendo era dueña de una voz envidiable, en la que uno puede fácilmente imaginar el gorjeo de un canto cristalino -como la de un ave- , el silencio entre ambos parecía ser la condición de su aceptación de mi presencia y todo lo más que estaba dispuesta a aceptar. El mismo silencio la acompañó en su tan discreta como rápida partida, sin tiempo siquiera para intentar saber si habría de volver.
Como respondiendo a mi inquietud y expectativa, al día siguiente y por la misma hora, conmigo sentado a la misma mesa, nuevamente le vi aparecer por el mismo lugar donde lo había hecho el día anterior. Al igual que ese día, nada dijo a medida se aproximaba a mi lugar perforado por el sol del otoño, sin que me atreviera siquiera a musitar un saludo; solo mi mirada puesta en sus grandes ojos. Nada más que ahora me tenía reservada una nueva sorpresa, porque junto a ella caminaba lo que podía ser una exacta copia de sí misma. Consciente de la fragilidad del pacto celebrado, donde yo no pregunto y ella no habla, también me abstuve de preguntarle cómo era posible que tanta hermosura fueran en realidad dos - hermanas gemelas seguro - , y para mí, tarea imposible saber cuál es cual. Traté de ver en sus ojos una mirada distinta, un destello diferente, algo en su cuerpo que la identificara pero fue inútil, pero incapaz de establecer una diferencia aunque mínima entre ambas, tan sólo me queda la más absoluta incertidumbre incapaz de preguntarle nada. Esta duda que me asalta y carcome, convive con la latente amenaza de que cada una de sus frecuentes fugas silenciosas se convierta en definitiva, quebrando para siempre la magia de su visión. Lo que me atormentará desde ese momento -que para el tiempo es nada pero para la espera es una eternidad-, es saber cuál de ambas es objeto de éste sentimiento indefinible, repentino, inexplicable, definitivo.
Tanta obsesión, desvelos y elucubraciones, tendrían que tener al cabo una respuesta y ella no podía ser más simple, como suelen serlo las explicaciones de los misterios mayores que nos aquejan. ¿Qué otra cosa puede diferenciar a dos sujetos físicamente idénticos, sin que hayan otros signos exteriores que los diferencien de manera unívoca que el carácter? Claro, he ahí la respuesta, diáfana y clara, como el amanecer junto a la vibrante naturaleza que me rodea. Debía entonces dedicar mis esfuerzos a estudiarle, escrutar en sus pasos, su modo de mirar y esquivar miradas, la esencia de ese ser que me había cautivado y, por fuerza, debía ser único.
A ello dediqué toda mi atención y esfuerzos, observando hasta el mínimo detalle sus gestos, siempre iguales y siempre distintos, tan imprevisibles como cautos. Creí haber logrado captar un consumado arte del disimulo en esa manera suya de acercarse como explorando un camino sin embargo tan conocido. Me pareció distinguir en ella y sólo en ella, esa actitud de discreta aceptación del gesto amable, manteniendo un dejo de reticencia que hacía imposible otra cosa que el fugaz contacto visual.
Al día siguiente, nuevamente me sorprendí cuando pude comprobar, fruto de la paciente observación y seguimiento de sus errantes pasos, que quienes creí eran dos, y hasta elucubré dándolo por un hecho incontratable debían ser hermanas dado su extraordinario parecido, en realidad eran tres y entre ellas apenas se podía percibir una ligera diferencia de envergadura física. Muy a mi pesar no pude menos que aceptar como única explicación plausible que quizá esa diferencia obedecía a su diferencia de sexo que yo no alcanzaba a discernir. Y sí, eso debía ser.
Como sucedió en los días anteriores, ahora ella y sus idénticas acompañantes, todas dueñas del mismo porfiado silencio, siguieron por un rato más junto a mí aceptando el regalo de la comida preparada y dispuesta para su visita, intercambiando conmigo y entre ellas mudas miradas llenas de interrogantes.
Creo fue ese el momento en el que por fin me decidí a salir de esa suerte de parálisis y encantamiento que me atenazaban y aún sabiendo el riesgo que mis palabras fueran el fin de su presencia, me atreví a hablarle por vez primera. En una especie de tembloroso murmullo, me animé a preguntarle algo que ni recuerdo, palabras sin sentido que naufragaron en su renovado silencio y apenas un atisbo de atención, como pendiente de que un cambio en nuestra silenciosa relación podría significar su marcha definitiva. Comió ella, como comieron idénticas acompañantes –imágenes copiadas de sí misma como en un juego de espejos-; me miró y miraron lo que supongo para ella era ya un paisaje conocido: el del mudo anfitrión sentado a la mesa perforada por el sol otoñal y nuevamente, sin una sola palabra ni explicación se marcharon por el mismo lugar de donde habían venido.
Progresivamente esos fortuitos encuentros que habían quebrado la monotonía de una semana de vacaciones pensada para la lectura, se fueron convirtiendo en el centro de mis días, esperando con ansiedad el momento de verle aparecer, al punto tal de quebrar el delgado equilibrio del sueño espantado por la tensa espera.
Al día siguiente y cuando ya tocaba a su fin la semana, por el mismo lugar y mas ó menos a la misma hora volvieron a aparecer, salvo que ahora eran cuatro. Para ese momento, con la escena repitiéndose cuadro a cuadro con las de los días anteriores, entendí por fin que lo que al principio creí era una sola, en realidad eran varias, alguna de ellas como la primera que cautivó mi atención y lo sigue haciendo, ligeramente más pequeña que las demás, lo que delataba su femineidad.
Desde entonces supe que mi relación con ella, la fiel gallineta vestida de mil colores, iba a seguir siendo la de disfrutar su esquiva presencia, en un pacto tácito de silencio y aceptación de mi entrega amigable a cambio de la observación siempre distante de su magnífica belleza, desde mi lugar de pasivo y admirado espectador perforado por el sol otoñal. Así ha sido desde entonces y así es aún cada vez que puedo ir a su encuentro, sabiendo ella es tan especial como lo supe desde que le hube visto por vez primera.
Es que no sé si el llamado al Erotismo literario se ha acabado...pues si es así deberían avisarme
Es el uniforme gris del apacible día invernal, igualador de cielos y mares otrora vestidos de fastuosos azules celestes y verdes esmeraldinos, majestuoso en su mansa paz quieta tras el tenue velo de una pertinaz llovizna que invita al crepitar del fuego, mientras el aroma del café invade los sentidos y la magia del disciplinado ejército de sonidos y figuras escondidas, tras las lustrosas tapas del libro que espera la consumación del encuentro pactado entre su misterio perenne, y mi renovada curiosidad.
Es la duda instalada entre el deseo, lindante con la física necesidad de regalarle a los sentidos esas melodías que dulces y tímidas serpentean entre los surcos de la memoria, y la seducción del prudente silencio que cual fascinante dama despliega su encanto, el de hacer que los sonidos que atesora nuestra memoria puedan ser oídos con tal vívida intensidad como si estuvieran allí.
Es ese mismo silencio quedo, poblado de lejanos y apagados rumores, que se quiebra apenas, con la caricia suave de unos pies descalzos acariciando una alfombra a mis espaldas, apenas un instante después que mi olfato haya sido llamado a la cita de una esencia de maderas y flores que mi piel reconoce como el perro fiel a su amo aún lejano, sin necesidad de verle ni tocarle, porque la materialidad espesa y palpable de esas pisadas orladas del reconocido perfume constituyen una rotunda presencia, tan sólida que no necesita ser tocada hasta que el calor de su mano descanse en mi expectante cuello, transformándose en un roce que es augurio de esperadas caricias, y sin palabras innecesarias, es también una sonrisa que me dice “amor…aquí estoy”.
Es el calor ignorante de grises y lloviznas el que como mancha de aceite empapa los cuerpos cuando las pieles entre ellas reconocidas, por tan iguales siempre distintas, rendidas al deseo de las caricias debidas, ensayadas por la memoria de otras tardes compartidas, abierta herida de pasiones nunca del todo jamás dormidas.
Es ese silencio que abre apenas un breve y discreto paréntesis para los cuerpos en diálogo de sentidos, murmurados al oído con la intensa brevedad de los ahogados gritos del placer desbordado, en esas miradas intensas que acompañan los queridos recorridos por el resplandeciente paisaje de la pasión celebrada en el amor compartido.
Es entonces cuando mis ojos hasta ese instante pendientes de la mirada que por un tiempo sin tiempo me había mantenido como resignado prisionero de su magia inexplicable, envuelto aún en los efluvios del amor consumado en el cálido, y ahora para mí, oscuro ambiente, fueron en la búsqueda del resplandor asomado a la ventana por donde comenzaba a elevarse una imposible Luna de plateado semblante entre grises en retirada, que justo cuando posé mi mirada en la suya se contrajo en una cómplice sonrisa, interrumpida por la dueña de los cabellos en mi cara y de los enormes ojos negros, susurrando una pregunta que sonó en mis oídos como la caricia que aún faltaba en esa tarde de caricias largas: “¿nos está sonriendo, verdad amor?"
Quién soy? Fuí aspirante a prosista, cuentista a veces, novelista de a ratos, poeta nacido de la magia no buscada, Lector Adicto siempre. Fuí todo eso y nada soy. Sólo soy alguien que lucha por volver a ser. jmartinjo@gmail.com ;