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lectoradicto


Lamento ensangrentado

 


 


y el grito ensordecedor brotó de una pluma

mucha garganta abierta que dijo basta

los oídos adormecidos –domesticados- por siglos

escucharon esa voz que les era conocida

fueron miles las cuerdas tensadas

en un solo grito aprendido en pretéritas batallas

más luego fueron multitudes clamando

la vieja cosa que ellos – nos- quieren desde nacer

fue trueno que recorrió montañas y llanuras 

la región más transparente cuando menos lo es

los miles de Iztcas brotando del suelo

macerado de sangre injusticia y traición


bramaron roncas las armas siempre listas


 y el grito murió ahogado en sangre milenaria

entonces ya no más fue el norte green-go-home


 pero-cómprame-manito no me dejes con la blanca


 -para esos nasos- de la mejor

que ya tantito ahí te mando nomás


esos chamaquitos buenos de espalda los güey




 

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Me cuentan de una minúscula llamita bajo el sauce

 


 


Me cuentan que en un lugar que ignoro, a la vera de un pequeño arroyuelo que discurre lento y rumoroso entre redondos guijarros, se yergue, majestuoso, un sauce de perenne verdor. Debajo de él, un rústico banco de piedra antigua como el mundo mismo, apenas una tosca roca alisada por los años, recostada al rugoso tronco.


Me cuentan es leyenda que en aquél rústico banco coincidieron un día dos almas errantes. Allí estuvieron, bebieron de aquella  agua, se refrescaron de su sombra y allí supieron una de la otra lo que otras nunca podrían siquiera imaginar, aunque siete vidas vivieran.


Me cuentan desde entonces, basta poner la mano sobre esa piedra para encontrar que ella está siempre tibia, así sea bajo el rigor del más crudo invierno, como si allí hubieren estado sentados esos dos hasta hace apenas un momento.


Me cuentan, en ese rugoso tronco hubo una vez unos versos de Quevedo grabados torpemente con la punta de un cuchillo y que hoy, pudoroso, el Sauce guarda para sí mismo en sus mismas entrañas.


Me cuentan de entre una hendidura en esa roca convertida en tosco banco, brota desde entonces, años ya, una minúscula llamita, imperturbable ella a toda inclemencia. Allí ha estado y sigue estando, inmune a lluvias y vientos, escarchas que todo lo hielan y matan, tempestades y sequías, todas las pruebas todas han fracasado una y otra vez, porque la llamita, sin que se sepa cómo ni por qué, de dónde sale ni con qué se alimenta, allí sigue encendida.


Me cuentan esa llamita refulge en las oscuras noches donde la luna se ausenta y es faro que guía a esas dos almas, eternas errantes, que quizás allí, al amparo del majestuoso sauce, atinen a encontrarse por un fugaz instante.


Quién sabe, tal vez sea así. Yo creo que sí, que debe serlo. Y con ello, sobra y basta. 


 


 

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A cota vertical 24,14 metros

 A cota vertical 24,14 metros, eso dicen los papeles que firmamos cuando compramos el departamento con ella, años ha claro está, un noveno piso vista al mar. Porque ahora ella no está, se ha ido, me dejó, abandonado y solo, como suele decirse. 


Fueron años felices, por lo menos eso creo yo; tal vez sólo haya querido creerlo porque aún cuando ella estuviera sonriendo, en el fondo de sus ojos marrones con destellos de oro, había un poso de tristeza al que nunca pude llegar, ni siquiera queriendo, como quise, descender juntos. Ese pozo debía ser muy profundo, muy propio de ella y su pasado, como para compartirlo con nadie, tampoco conmigo a pesar de haber compartido tantas otras.  Tal vez sea cierto que es más fácil compartir las alegrías que las penas.


Luego están los hijos, los hijos que no vinieron, una y otra vez esperados, y ella que madre quería ser, y no podía, no podría serlo. Años de tratamientos, suyos, juntos, para nada. De alternativas nunca quiso siquiera oír, debían ser sus propios hijos o no lo serían. Y tras ello, comenzó a llegar el invierno, a nuestra cama, a nuestras almas frías y doloridas, incapaces de unirse en el dolor. Ella refugiada en su pena y yo incapaz de saltar el muro para abrazarla en su propio terreno, prisionero yo también de mi propia desazón, cada vez más, ahogada en alcohol y – pobre sustituto- mujeres fáciles.


No lo pudo soportar, aunque nunca dijo nada, apenas  el mudo reproche asomando de sus ojos cansados. Y un buen día desperté envuelto en resaca, solo, la mitad de la cama vacía, la mitad toda del departamento vacío de ella, nada que me dijera: ha de volver. No dejó, no quiso dejar, una nota, un mensaje, una explicación, tan sólo se marchó. El cierre de su cuenta bancaria días antes, el pasaporte renovado hacía un mes – según pude averiguarlo – y la inexistencia de pista alguna que pudiera decirme a dónde se había ido, eran pruebas más que suficientes que la decisión había sido largamente madurada y por lo mismo, irreversible.


Pagué abogados y detectives, acudí a la Policía y a cuanta oficina me pudiera dar algún dato, pero todo fue inútil. Al cabo del tiempo, hube de resignarme, pero lo único que nunca me atreví a tocar fue nuestro dormitorio – sigo diciendo nuestro aunque el nuestro esté tan lejos en el tiempo- , la misma cama, las mismas cosas en sus mismos lugares. Cada día al despertar, de los tantos días pasados desde entonces, me parece siempre he de encontrarla a mi lado, más no, esa media cama vacía me repite, día a día, que ella no volverá nunca.


De un tiempo a ésta parte me ha dado por pensar ella está allí, a mi lado, casi puedo sentirla respirar, el aliento cálido de su respiración pausada, dormida, que acaricia mi cara. Desde entonces, no sé cuánto tiempo ya, he colocado de su lado una almohadas cubiertas con el acolchado, tal que quien entre en el dormitorio, creerá hay allí una persona durmiendo. A mí mismo, cada vez miro hacia allí, me parece ver moverse ligeramente la superficie del acolchado con la respiración de ella durmiendo. A partir de ese momento, he prohibido a la chica que dos veces a la semana pone un poco de orden y limpieza, a que ingrese al dormitorio. Ese es terreno vedado. No quiero ni soporto que nadie viole el pacto que he hecho con su espíritu, el que estoy seguro no se ha ido nunca de allí, o tal vez ha vuelto para decirme algo que todavía no he podido entender.


Hoy he abierto la ventana y corrido las cortinas, siempre cerradas, para que entre un poco de aire fresco. La tarde tocó a su fin y el calor del verano se ha hecho sentir, demasiado para mi gusto. Al pasar junto a su lado, como me sucede con frecuencia, tal vez producto de la creciente oscuridad que se cuela por la ventana y trepa por las paredes, me ha parecido que debajo del acolchado algo se ha movido. He llevado la mano hasta casi tocar allí donde, de estar ella, estaría su cabeza dormida, sus cabellos cobrizos cayendo sobre su cara. Como otras veces, se detuvo mi mano, perdida la voluntad, a escasos centímetros, temerosa de sentir bajo sus dedos una simple almohada. Me he arrimado a la ventana abierta a la noche, el tráfico nocturno con la riada de coches devolviendo vidas a sus hogares allí abajo, a mis pies, y esa sensación que me invade, como en cada oportunidad que me arrimo al vacío, que hay algo que me llama e impulsa a dar un paso más, el último y definitivo.


No me sorprendió sentir una mano en mi espalda. Tal vez la haya estado esperando  durante todo ese tiempo de su ausencia, esa mano que se posa firme y empuja resueltamente, mi cuerpo doblado sobre el borde inferior. Me siento caer y pienso que a cota vertical 24,14 metros estuvo siempre mi destino. Está allí todavía.       


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Un señor Tal

 Breve relato - monólogo - escrito al influjo, sangre fresca y herida abierta, de una noticia que no debió ser. 


 




El señor Tal es un hombre afortunado. Vive en una muy buena casa, hecha a su gusto y el de su esposa, en un buen vecindario, cercano al mar y rodeado de grandes arboledas y primorosos jardines. En su amplio garaje suelen dormir dos vehículos de última generación, uno de ellos el que le lleva y le trae, diariamente, a su empresa. Sin que reine la ostentación, en su casa se respira comodidad y seguridad, la que proporciona un buen pasar, salud bien cuidada y educación a salvo de mediocridades públicas.


El señor Tal sabe bien que su ciudad, en la que creció y vivió su más de medio siglo recorrido, ha dejado de ser, lenta pero inexorablemente, el remanso de paz que algún día fue. Ese barrio donde las puertas permanecían sin llave y los automóviles ni siquiera se trancaban, ha quedado muy lejos en la memoria. Sus dos hijos, veinteañeros, creen que ese cuento, por repetido, es sólo una idealización de un pasado que nunca existió. Pero claro que era así! El señor Tal bien lo sabe, como lo sabe su señora, también ella acostumbrada a que alarmas y rejas fueran palabras extrañas, algo que sólo se sabía debían usarse en grandes ciudades donde la violencia era el pan suyo de cada día.


Hace apenas unos meses, también sus hijos comprendieron cuánta razón les asistía a sus padres, y que la sensación de inseguridad que les embargaba, a la que la prensa machaconamente acudía cada día, no era simplemente una sensación de personas invadidas por manías persecutorias, sino una triste realidad que venía a golpearles justo donde más les podía doler: en el centro de sus vidas, la de las certezas y seguridades.


Sucedió una noche cualquiera cuando el señor Tal regresaba desde su empresa, ingresado al sendero interior cercado de rejas y cuando accionaba el control remoto para abrir la puerta e ingresar el vehículo, se encontró con una mano que le colocaba un arma en la sien. Desde ese momento y en cuestión de segundos, su vida giró como un verdadero torbellino y cuando quiso darse cuenta de lo que estaba sucediendo, los encapuchados – gente joven sin duda, muy nerviosos y peligrosamente dispuestos a la violencia gratuita- les habían atado, a él, a su esposa y a sus dos hijos, brutalmente amordazados, mientras desvalijaban la casa. Todo sucedió en segundos, durante los cuales un intento suyo por reaccionar fue abortado con un par de violentos culatazos en la cabeza que le costaron al señor Tal una cicatriz que aún permanece al tacto de sus dedos en el cuero cabelludo.


Hubo denuncia, se sucedieron promesas de aclarar el caso por parte de la policía, algún detenido por las dudas también y tiempo después, un par de jóvenes menores de edad, imposibles de reconocer, fueron declarados culpables y enviados al Instituto que, supuestamente, el Estado dispone para su reinserción a la sociedad. Unas semanas después, otra vez los presuntos malhechores estaban en la calle, fugados como casi todos ellos sin que nadie hiciera nada por detenerlos. Explicaciones muchas, soluciones ninguna.


Mientras tanto la señora de Tal ha debido iniciar un tratamiento sicológico que la ayude a superar el trauma provocado por la situación extrema que le tocó vivir, sus hijos han dejado de salir por las suyas y sólo lo hacen acompañados, y él mismo, el señor Tal, ha debido recurrir a las pastillas que nunca tomó, para poder conciliar el sueño. Para peor, no faltó que a pocos metros de su casa, poco tiempo después, también otra familia haya sido atacada, dejando a una señora mayor gravemente herida.


Hay cosas que en un familia surgen no se sabe de dónde y en éste caso, tal parece haber sido respecto de la idea de armarse. En un casa donde nunca hubo arma alguna, en donde el hombre nunca disparó una bala, ahora sí descansa en el cajón de la veladora del señor Tal una reluciente pistola, la más moderna y confiable que el armero le pudo recomendar como elemento de defensa.


Es noche de domingo, todos han retornado de sus actividades, con excepción del hijo del señor Tal que anda de viaje con sus amigos. Han cenado los tres, mientras su esposa y la hija han puesto toda su atención en uno de esos insufribles programas de chimentos televisivos, el señor Tal ha comenzado a preparar su lunes en la soledad del escritorio, al abrigo de una buena música. Su esposa ha venido, hace minutos le parece a él, a decirle que ella y la chica se van a acostar y como es costumbre, le ha preguntado si se demorará mucho en subir. El señor Tal ha dicho que no, que en unos minutos sube al piso superior, allí donde están los dormitorios. Justo cuando está cerrando el estudio y se dispone a subir, encuentra a su esposa que baja, en puntas de pie y con cara de preocupación, diciéndole ha escuchado ruidos en el jardín del fondo, hacia donde dan las ventanas del estar y el comedor. El señor Tal ha apagado la música y a él también le parece escuchar ruidos, sin duda, hay gente que anda allí detrás de sus ventanas, ya dentro del jardín. Le pide a su señora apague las luces, sube las escaleras de dos en dos y en menos que canta un gallo está nuevamente en la planta baja con la flamante pistola en la mano. Le pide a su señora suba nuevamente a acompañar a su hija, mientras él da una recorrida por el fondo. Acaba de abrir una de las puertas que le conducen a la barbacoa y en el medio, la tan querida pileta de los veranos, cuando escucha un grito penetrante, de esos que a uno le penetran por los oídos pero parecen taladrarle la propia columna, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Atina a gritarle a su esposa, convencido el o los invasores están en la planta alta y por ello ha gritado, que se quede donde está y enfila raudo hacia la escalera.


En penumbras llega al pie de la misma justo cuando una sombra baja como un bólido desde el piso superior. La reacción es inmediata, instantánea, casi un acto reflejo. Levanta el arma y dispara. El seco estampido le ensordece y se pierde rebotando en cada rincón de la casa, mientras el bulto emite un ronquido de animal herido y rueda escaleras abajo, hasta quedar casi a sus pies. El señor Tal está petrificado. Ha disparado y no sabe cómo ni a quién. Es la esposa quien enciende las luces que devuelven el contorno y volumen a las cosas. Allí a sus pies, rota, quebrada, cual muñeca de trapo a la que han quitado el relleno, su hija se desangra y en su mirada pide una explicación. La que no habrá, la que no tendrá él, ni su esposa, ni nadie podrá tenerla nunca.


Ojalá hubiera sido ficción.


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254 palabras

 Una vieja idea robada -con su permiso- a una querida amiga, la de escribir un poema de diez estrofas, cada una correspondiendo a cada imagen, formando todas ellas una historia. Como el hombre propone y el destino dispone, no pude hacerlo entonces, así ahora, con tardanza en demasía, cumplo conmigo mismo y con la idea injustamente postergada.


 


Nunca en el mismo instante, dos ojos ven lo mismo que otros, distintos a los nuestros…


254 Palabras para contar una triste historia de trágico final inspirada en diez imágenes que dicen más que 254 palabras para contar una triste historia…


 





 


I


Fue una noche de luna plena


risueña, de blanca luz pintada,


cuando las tímidas estrellas


ante la reina tocaron retirada. 


 


 


II


Noche clara, simiente de amor encendido


Trémula la fecunda tierra, de magia blanca


el alba vistió cuerpos en sábanas de arena


los amantes se funden en húmedos deseos. 


 


 


III


Atrás queda el recuerdo vívido,


Azules días de mar y sol compartido


Cuando los ojos al amor nacido,


Prometíanse horizontes desconocidos. 


 


 


IV


Dulces horas las del vientre henchido


La mirada puesta en el sutil latido


Cuando un cuerpo son dos, unidos


Impacientes por ver la semilla, en llanto vivo.  


 


V


Cuánta ternura los ojos niños


Cuánto cariño las manitas tiernas


Cuánto gozo las susurradas palabritas


Cuánta angustia no saber del mañana. 


 


 


VI


No hay coto a la felicidad plena


Si moja tu rostro la lluvia fresca


Si tus sentidos todos reclaman


Fundirse para siempre en mañanas. 


 


 


VII


Nada nunca es para siempre


En éste cruel valle de lágrimas


A cada sonrisa ronda la sierpe


Con su veneno de negra muerte. 


 



 


VIII


Tiempos de hielo, dolor y rechazo


De llantos que no –nada- comprenden


Los fríos puñales de la culpa que hiere


Del amor barrido en tempestad de nieve. 


 



 


IX


Largo desierto el del desamparo


La mirada perdida en la esperanza vana


El zarpazo del dolor que sangra herida abierta,


Los colores que ayer sonreían, hoy gris purgatorio.  


 


X


Si nacer es acercarse al inevitable final


Entre sombras y luces, duro trajinar el camino


Entre alegrías finitas, las garras del escrito destino


La pena que no cesa, tiende la trampa, que arma la mano. 


*


 


 

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El sombrero marrón

A Q. , siempre presente


 


 


 


Es una fresca mañana del invierno en retirada; casi a la vuelta espera una primavera que se resiste a sentar sus reales, aunque el sol penetra a borbotones por la puerta ventana del estar, donde las niñas juguetean desde temprano, casi de madrugada para mi cuerpo obligado a levantarse antes de tiempo, aún cuando los huesos agradezcan la deferencia porque la dureza de la camita improvisada para visitas, me haga recordar durante un buen rato que no estoy en mi casa.


Desde hace días estoy en casa de mi madre, pequeña vivienda acorde a sus reducidas necesidades de persona mayor, a la  que he ido a visitar luego de mucho, demasiado tiempo, y junto conmigo pero antes, lo hicieron mi hermana y sus pequeñas hijas, aunque bien es cierto, por motivos, los de ella y los míos, muy distintos.


Estos han sido días muy intensos, no porque hayamos hecho gran cosa, pero sí porque ellas – mi madre y mi hermana- y yo teníamos, y por cierto tenemos aún, tantas cosas por decirnos y contarnos, y las largas charlas, interrumpidas por los inventos de la menor de mis sobrinas, -diablillo de escasos cinco años que parece tener energía para hacer media docena de cosas a la vez- esas charlas decía, tanto tiempo postergadas, con tanta vida vivida por cada una,  permeadas del pasado común que creíamos tan lejano y, sin embargo y a despecho de tantos años transcurridos, está ahí nomás a la vuelta de los recuerdos como si hubiera sido ayer nomás y les pone una carga emocional a la que he estado esquivando largo tiempo.


Con mis hijas ya mayores, tan mayores que me cuesta creerlo aunque el vientre que crece día a día de una de ellas es la mejor prueba de ello, encontrarme con éstas dos niñas, nacidas y criadas tan lejos, por cuestiones que sería largo de contar, apenas conocidas antes por fotos y videos caseros, los terremotos  que crean cada día a medida van descubriendo ese su nuevo y tan distinto mundo, me llevan a mí misma a verme madre otra vez de esas niñas pequeñas.


Son días de pérdidas, porque cada una de las mujeres que convivimos allí arrastramos las propias, algunas definitivas y otras tan sólo el tiempo lo dirá, y esas pérdidas a todas nos marcan y condicionan, cada una con sus pasados y sus futuros, sueños y fracasos, rencores viejos y desconfianzas largamente arrastradas. Es que a las pérdidas se suman las ausencias que a veces duelen como si fueran para siempre, y algunas de ellas, sospecho así lo serán aunque ninguna de nosotras nos animemos a confesarlo y asumirlo, entre ellas las de los hermanos que viven lejos, cada uno con sus propias vidas, pero presentes entre las nuestras, toda vez ellos también fueron, y son, actores de ese pasado compartido. Y luego están las rupturas, tantas que ya me produce fatiga y hastío recordarlas, un día una de ellas, al día o al año siguiente otra, pero siempre recordándome que esto de las relaciones humanas, está condicionado siempre por la precariedad, por más que yo me haya considerado inmune a mal tan extendido. Estos días, sin embargo, han venido a ponerme frente a un espejo en el que no querría haberme visto nunca y recordarme que nada de lo humano me podría ser ajeno, y esto que parecía pasarle sólo a las demás, pero nunca a mí, también era posible. Se entiende entonces, mi ánimo no sea el mejor, disimulado apenas por la alegría de las niñas, ellas mismas cargando sus abandonos, pero dueñas del optimismo fundacional de una vida que apenas se inicia.


He desayunado ya, la última de todas como es ya la norma, y me he sentado en el viejo sillón frente a la soleada ventana con mi bolsa de labor para seguir tejiendo, con mi infaltable aguja de gancho, la ilusión del vientre que augura nueva vida en unos pocos meses que, para mí, se están haciendo años. Sueño despierta con ver esas minúsculas prendas rosadas, blancas, amarillas, rellenas por un rosado y regordete cuerpecito que adivino perfumado, con ese inconfundible aroma de la piel recién estrenada, tan lejana en la matriz de mis olfatos que se me antojan le sucedieron a otra persona y no a mí misma, décadas atrás, cuando era mi propia nariz la que rozaba una tierna cabecita de leve cabello y los labios se posaban una y otra vez sobre la tersura de una bebé que hoy va para madre.


A escasos metros míos, en la cocina, trasiega mi madre con los preparativos del almuerzo, en tanto mi hermana se ha ido hacia su reciente trabajo de dependiente de comercio, luego de tantos años, otra vez como al principio con nuestro padre detrás del mostrador, ahora haciendo para otro lo que no supimos hacer para nosotras mismas, pero es ya harina de otro saco y más vale dejarla en paz antes levante demasiada polvareda.


Las niñas han salido corriendo y golpeando puertas hacia el patio trasero, allí donde un par de estupendos pinos sombrean un patio de corta grama, en cuyo centro reinan unas hamacas y sube-y-baja de hierros mal pintados, con las que ellas se entretienen largo rato.


El sol está ya alto y la mañana se presenta luminosa, por eso veo a la distancia la desolada callejuela que separa las dos hileras de idénticas viviendas hasta la calle misma, por donde a ésta altura de la mañana, el tráfico es aún escaso. Contesto casi mecánicamente a mi madre cuando me lanza sus preguntas desde sus dominios de ollas y fuegos, que sí, que no, que tal vez y sigo dándole vueltas a mis personales preocupaciones, aquéllas que dejé en mi propia casa con mi marido estando en ella, tan presente como siempre pero más ausente que nunca. Así son las cosas, tanto tiempo, tanto que creemos conocernos, sólo para comprobar, cuando menos lo pensamos, que nada, siempre estamos aprendiendo y empezando, que lo único definitivo es lo que, inexorable, nos espera al final del camino, muy a mi pesar, cada vez más cerca, por más que pensemos esté aún lejana.


La placidez del panorama ante mi vista, concentrada en la labor, se ve repentinamente interrumpida por las siluetas de dos personas que lenta, pero indudablemente, se dirigen hacia la puerta de entrada, justo a mi derecha, a no más de dos metros de donde estoy sentada, sin que haya podido ver de dónde han salido, pero esa simple mirada me basta para darme cuenta se trata de mi padre y mi tía María, hermana de mi madre y por tanto, cuñada de aquél, ella apoyada en su retorcido bastón de madera, quienes con paso lento y dubitativo han llegado hasta la puerta y donde, seguramente, esperan les abra.


Me levanto sin atinar a esbozar palabra alguna, mientras la aguja sorprendida se cae de mis manos rígidas y rueda entre las baldosas del piso, y me dirijo a la puerta, tan cerca que no podrían ser más de tres o cuatro pasos, pero que a mí, mi mente literalmente asaltada por un malón de imágenes que hasta hace unos instantes ni soñaba, se me hace una camino eterno.


Abro, o creo abrir la puerta, y allí está, es él, mi propio padre. El corazón me da un vuelco, siento en mi pecho una cabalgata desenfrenada y la tía, si está como creo haberla visto, ahora ha desaparecido ante la figura ligeramente encorvada, vestida con esas mismas prendas que creo haberle visto la última vez que estuve junto a él, y encima de su cabeza el infaltable sombrero marrón, que desde que los tiempos que conservo en la memoria, eran parte integral de su persona.


Sin pensarlo un instante me abalanzo sobre él, todavía con mi garganta negándose a poner en palabras el torrente de pensamientos que acuden atropelladamente a mi mente, y cierro mis brazos en torno a su cuerpo, en un abrazo que ahora, cuando lo rememoro, encuentro extraño porque sin que pueda explicármelo, aún queriéndolo como le quise siempre, nunca pude hacerlo. Más raro aún, es que él haya permanecido inerte, con sus brazos caídos a lo largo de su cuerpo, tanto que pasado el primer momento, cuando yo misma tomé conciencia de su rigidez, me eché para atrás para preguntarle qué le pasaba que no había respondido a mi abrazo, sólo para ver con una mezcla de dolor y espanto que él, mi padre, a quien hacía tanto tiempo no veía, no sólo no atinaba a responderme sino que su mirada vacía traspasaba mi cuerpo entero y se perdía en el vacío. Aquella mirada, que no podría nunca reconocer como la dulce, apacible, siempre alegre mirada de mi padre, me traspasó el cuerpo hasta hacerme sentir que la sangre se helaba en mis venas, pero a pesar de ello, o quizá por ello mismo, sin que atinara a nada, siquiera a avisarle a mi madre, quien seguramente se sorprendería tanto o más que yo.


De lo que sigue no logro armar un recuerdo coherente, ni explicarme lo que haya sucedido.


Cuando he recuperado la conciencia –me habré desmayado, tal vez?- sentí como si hubiera estado fuera, en un viaje del que nadie más hubo participado, mi madre seguía atareada en la cocina y como si nada hubiera ocurrido. Desde el patio llegaban las risas de las niñas y el ladrido de la perra Luna, compañera inseparable del dúo, y todo transcurría como si lo que yo había vivido hacía unos instantes, nunca hubiera sucedido. Mi mente y mi boca hicieron el intento de ensayar una pregunta a mi madre, nada más para que ella me confirmara no había sido un sueño, para mejor transcurrido en plena vigilia, pero antes que pudiera hacerlo vinieron a mi mente las imágenes de mi madre llorando frente a mi padre alejándose para siempre.


Debió tratarse de un mal sueño, pensé todavía, cuando en camino hacia el baño, sin atinar a mirar a mi madre, temerosa me hiciera alguna pregunta incómoda, y menos a decirle nada, alcancé a ver en el perchero, donde juro no haberle visto antes, el inconfundible sombrero marrón.


FIN


 


J.M.Jorge


Derechos Reservados


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Crepúsculo de Plenilunio

 Para el Club de la Luna, con renovado amor por ella



 



Galante Caballero,


el señor Sol


negándose al lecho


hasta el preciso instante


en que ella, su Reina,


aparece, plena y reluciente


-Uno yéndose,


otra llegando-


él acostándose al poniente


ella erguida al Este


Sonriente despedida


de dos amantes


que se aman a la distancia


lejos los cuerpos


juntos, muy juntos,


Ambos


Dos distintos


Tan iguales


Tan uno solo


Amándose


una misma luz


Es nada la distancia


Para éstos dos


Que juntos, uno son.


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Versos sin paz, crudos y sin editar

 Desde el lejano desierto, mi Poesía torpe y desmañada, dedicada a la esquiva esperanza, que me amenaza pero no abandona...



 



Que vuelve, si vuelve, volverá


Se huele, se siente, presiente


Mero deseo que vuelva, quizá


En los dedos, en la lengua, gime


&


Brindo con vinos viejos adoloridos


Porque el deseo me pide brindar


Brindo ni borracho ni sobrio


Porque el verso me pide libar


&


Fue invierno de congeladas palabras


Fue noche cerrada de putas inertes


Fue muda, la vida sin lunas llenas


Fue túnel sin fin, sin luces ni soles


&


Antes fue noche y duele tanto


Ahora es madrugada helada


La palabra pide escuchar el canto


&


Sigue doliendo la noche pasada


Jodido y triste el puto desierto


Pero asoma el sol en el alba, rosada


&


 


 


Brindo, porque brindo sin más


Aunque la jodida pena valga


Mezcla de herida y sorda rabia


Las letras se pegan sin pensar


&


Brindo con Vinicius en Ipanema


Porque haya bossa & cañas


Porque haya mulatas mañana


Brindo porque la piel invite a soñar


&


Porque el deseo pide brindar


Brindo con mi sangre dolida


Porque hayan lunas llenas


Brindo por mis versos, sin paz



 


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