Para el Plinio que vendrá...
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- Yo estoy loco; tú también lo estás.
- Y ¿cómo sabes tú si yo estoy loca?- le preguntó Alicia.
- Has de estarlo a la fuerza- le contestó el Gato-, de lo contrario no habrías venido aquí.

MOEBIUS
El sol había venido a su cumpleaños, como si estuviera al final de la calle acabando uno de sus balanceos: achicharrante. El taxi no tardó en llegar, nos hicimos amigos del taxista. 45, como la pistola de Hunter T. Yo abrazaba las hormigoneras y a los taxistas de Mali; teníamos ganas de pasar a Chile. La felicidad de los hongos. Para llorar siempre hay un tipo de tiempo, como para ver la Alhambra. Aquí no son necesarias las pistolas, no en estos casos de aguas de ojos con habitaciones de hoteles un poco más arriba saliendo disparadas por las ventanas. La última tarde que intentamos querer a los chicos de las calles lisérgicas nos acompañaba el viento, aunque no resultó en vano.
La montaña más alta, la de las nieves y eso, la forramos de cuentos chilenos de la época aquella en la que todos quisieron cambiar, poco antes del viaje de Allen Ginsberg con sus recetas urgentes y necesarias. Por lo que aumentaban nuestros deseos de pasar a Chile, nos traía al pairo porqué lugar, el país es inmenso en su extensión fronteriza. Un abrazo, otro, a una llama. 45, con la misma pistola, si se acercara un hippie, le matamos. Dije cuando ya subíamos y después de beber algún brebaje del grupo 0+ con lophophora.
No es ninguna misión. Tendría que desnudar un secreto. Bueno, no quería estar solo y el sol salvaje acampando en el parabrisas del coche reventado en su interior con una especie de cumbia mexicana. Te transportaba a no sé donde. Pero preferíamos ir hacia el oeste pues ya estaba la montaña y los cuentos, todo eso quiero decir, explicarme acaso, no sé... la imposibilidad de equivocarnos, la verdadera seguridad de la inexistencia de enigmas, los buscadores de oro que comen hojas de coca; las botellas y el niño corriendo por la calle mientras que su sonrisa regenera tu mundo delirante, tan real como arqueado a la misma tapia conocida en la que sabes a qué lado lanzarte sin pensarlo porque siempre tienes esa exigencia de equilibrio. Clá.
Dentro de las nubes podemos contravenir la misma noción del hecho, negar que estemos pululando entre ellas. No por alucinar, simplemente por objetar estéticas. Las expectativas de los lectores, la frustración ante la altura de la altiplanicie. Aclarar en este caso de que estamos de viaje y no implicamos aquí la metafísica pues representamos paradojas. Leyes distintas de la realidad nos llevará al otro lado en una casualidad que esta descripción de los sueños diluidos al borde de las conjeturas creará un nuevo orden en el que John Wilkins nos ayudará a registrar el aroma del destino una vez alcancemos la cima de la montaña. Un indio dormitaba con la espalda sobre la embocadura de una botella de whiskie en perfecto equilibrio un palmo por encima de las piedras. Un iPod en silencio a su lado con imágenes del olor de las distancias espaciales de Kubrick. Apuntamos su número de teléfono. Thompson y su abogado investigan sobre algo de la invisibilidad de los diálogos chinos en los burdeles occidentales. Una fotografía también, de un gato clavando sus garras en el caparazón de la tortuga de Robinson en el entierro de Melquiades Estrada (comentario insólito en Tichý).
45, la mitad de una vida porque la última llamada de Hunter T. la hemos dejado atrás para vivir todo lo que debemos de explicarle cuando lo pregunte. Descender es más fácil. Llegamos a la playa. Guardamos todos los recuerdos y el tiempo del viaje magullado en un reloj de sol asomado a todo lo vivido, los cachivaches, etc… en un agujero y KurtA dibujó un mapa del lugar para no olvidar nunca porque desde allí ya no se divisaban las montañas. La vida que transcurre fuera de una pantalla no me quiere devolver a la civilización. Y nos bañamos en el Pacífico. Cálido.
Invierno. Alguna metáfora de la sangre y un cuento para regalarte.
Plan A: Y si nos pintamos tres X y nos vamos de rondín por el universo? Plan B: Ponemos un negocio de videos bizarros? Plan C: cricricri. (Kurt A)
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“Si no puede o no sabe soñar…”
Cruzando Cris Hani road, un grupo de chicos sonríen. Hace tiempo que están allí.
Es la hora en la que Shelter sale a pintar graffitis para los turistas.
- Viste, cada vez son más los que te esperan.
No me contesta. Está en un rincón del salón demasiado entretenido guardando las pinceletas en la mochila. Tampoco lo hace Zunaid, quien sigue con los ojos clavados en el libro marrón de puntas carcomidas dejado por un turista como forma de pago. Es un tratado de química, XXI Century Alchemists, firmado por un tal Ferrarius. Escribe los márgenes, subraya, dobla las hojas. El libro lo tiene hechizado.
- Todo está inventado, amigo mío- le digo, a propósito, para que me mire y sabiendo qué palabras usará para defender el futuro.
-No podremos fabricar petróleo, curs, quién no sabe que se necesitan un millón de años para transformarnos en una gota, pero quizá consigamos algo que lo reemplace y entonces ya nadie va a invadir tierras ajenas y entonces…
(Sí. Creo que repite uno de los sueños de Shelter.)
Los turistas eran cada vez más exigentes, más sofisticados desde que el Google Earth nos mostraba como la tierra de las piedras brillantes entre rostros oscuros. Cuatro aviones diarios, 120 personas por avión y un solo deseo: hacerse ricos. Cuando comprendían la realidad (todo había quedado vacío) buscaban algo para justificar el viaje, un souvenir exótico para la vitrina de sus casas. Fue cuando comenzaron a desaparecer los lagartos o las lajirtijas de las plazas y se los podía encontrar a quinientos dólares en los estantes de las otras tiendas. Disecados.
Rabia. A Shelter, la nueva costumbre le daba mucha rabia y no veía modo de salir de esta nueva tendencia mercantil hasta que conoció a ese extraño turista que le pedía “un sueño para cuando estoy despierto”. Dos tardes después el hombre se llevaba sus “Trenes”. Le dio un sueño donde los vagones competían con los ríos, donde no existían las vías muertas. Todas llegaban a destino y ofrecían un hogar para vagabundos. El hombre pagó con un par de botas de agua, un capote de la marina francesa y el libro de química.
Desde ese momento, los cajones comenzaron a crecer. A los clásicos de sueños sumábamos, ahora, los “PRE-SUEÑOS”. Sí. Absolutamente personales, intransferibles. Indicaciones en papiro y tinta china, con nombre propio y posibilidad de ampliación. Escritos en la lengua original del soñador o en isizulu y la traducción aparte. Las indicaciones de uso eran sencillas: Antes de dormir, como quien toma una pastilla, se lava los dientes y reza, así, todas las noches se debían repetir las secuencias del presueño. (Hasta donde sé, nadie los devolvió) Muchos se ubicaban en una especie de paraíso bíblico. Otros, más reales, desplegaban su acción en las más importantes ciudades del planeta (París-Roma-Atenas, eran las favoritas para los presueños de amor). Y fuera de él, también. Hubo un señor calvo, de Australia, que buscaba un sueño en el anillo B de Saturno y una sudamericana que deseaba un puente de
La lista de pedidos especiales para Mayo colgaba de un alfiler junto a la imagen de Héctor.
PEDIDOS ESPECIALES-MAYO
Robot para minas antipersonales: 4
Bolsas con medicamentos: 3
Libertad para los esclavos de Corea del Norte: 1
Vacunas contra el SIDA: 4
1 bala y/o
¿Precio? Trescientos dólares no es caro. Con ese dinero se financia la escuela-hogar de graffiteros y el criadero de lajirtijas.
“Si no puede o no sabe soñar…”
¿Voces en contrario? Claro. Muchas. Aquellos que criticaban el hecho de que los sueños fuesen un negocio…
“Los sueños son patrimonio de los artistas, no tienen precio” Se leyó en un editorial de la revista “Soweto NoW”. Ese día las carcajadas de Shelter llegaban hasta la calle:
- Egoístas que tienen tiempo para desperdiciar sueños. ¿Acaso hacen algo con ellos? Yo canjeo sueños y pre-sueños por mundos mejores. Las personas duermen seis horas como mínimo y despiertan sin recordar o peor, recordando pesadillas; sueñan con la misma vida sin colores que tenían antes de dormir. Digamos que es un intercambio de colores: yo les doy sueños en colores y ellos me dan trescientos dólares para ponerle color a este otro mundo.
Ya casi termino de arreglar la vidriera. Al viejo maniquí le pusimos los tesoros del soñador de trenes.
Pienso que no deben quedar muchas paredes vírgenes en el Soweto; Shelter tiene muchos discípulos con sueños propios que saben pintar.
“Si no puede o no sabe soñar”
- Es hora, miralos, me están esperando.- dijo, poniéndose al hombro su mochila cargada de frascos y aerosoles.
- Sí. Como cada día.
- ¿Sabés? Necesito que me ayudes.
- ¿A acomodar más cajones?
- No, a soñar un rato.
* Une pieta sud-africaine. Soweto, 2002. Ernest Pichon Ernest

The Pond Moonlight de Edward Steichen
Un bosque de Valium azul filtraba a trocitos en la tierra centenares de ojos de cíclopes con nebulosas estáticas perdidos por navidad. Era una noche de calor, de arcángeles dentro de las piscinas. Los dioses dormitaban sobre los puentes interminables del océano Lácteo. Despertó uno de ellos y se comió un halcón. Se fundían los días olvidando el color de los cielos; en blanco y negro se perdonaban estos cielos y los niños de los relojes. Una mujer con un carrito atiborrado de trastos, un gorro y vestida con harapos poseía los ojos de la Garbo. KurtA le dio una moneda, se la puso en las manos. Los edificios, los teatros, un nuevo río salvaje. Todo era blanco, y se quedaba atrás junto al ruido de las alarmas y los chiflos de los sindicatos.
Acaso si vimos las ventanas cromáticas de microcosmos de fuegos asilvestrados en el interior. Jadeos de bellezas orientales tatuadas. La música más trepidante revoloteaba en las esquinas donde los chicos malos vendían sueños inalcanzables. Lo material y lo intangible. Un cálido y extraño bóreas dentro de las campanas señalaba horas que a nadie interesaba contar. Se oía el mar, las olas uniéndose con las piedras. Chocaban sobre las paredes virginales rayos horizontales que pedían no ser olvidados por el invierno en la fecundidad de Démeter. Las bailarinas de las cajas de música cantaban credos antiquísimos de besos en estampas sagradas. Y originábamos sobrecogedores nuevos conocimientos con el silencio, con el miedo, los libros, dentro de la vida de los camaleones ocultos, observando el hábito de las sirenas de soñar con sitios distintos. Nadie se atrevió a ordenar prudencia. Los Titanes viven en nosotros. Volvía el tiempo que Libis había escondido. Habíamos quedado para ir a los espigones a pescar manzanas cuando estuvimos apoyados en la puerta del taxi que esperaba a Janis Joplin. Quisimos ir andando, saboreando algo que ambicionábamos recordar: los oficios antiguos, las miradas de los vecinos de Summertime, la locura de los trópicos… Una noche que la Luna cayó al mar y en la que el mundo para saber quién era se volvió sonámbulo.
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Esquelita para Shelter:
Va siendo tarde y todos los bla bla del mundo, no logran cubrir la necesidad de escribir una nueva historia.
Profetas de las buenas lenguas: chúpenla!
Por la existencia de los universos ninguneados!
Por lo que somos fuera de este cuadradito ... fuera de las reglas ( que conocemos y, precisamente por eso, podemos quebrar) fuera de los FBImaps.
Casi Noviembre.
Releo una carta ajena:
"Era un primor ver a mi padre, desposeído ya de esa dignidad que presumimos en un veterano de las guerras carlistas, con los brazos en cruz, ataviado con unas ropas raídas y un sombrero de paja, haciendo muecas y visajes con los que pretendía ahuyentar a las urracas que malograban la cosecha. Y eso cuando a nuestro patrón no le daba por proponer a mis hermanas, que aún conservaban la maña de su anterior oficio, que le hiciesen carantoñas y arrumacos, mientras se distraía ejercitando la puntería sobre mi padre, quien, amén de actuar como espantapájaros impertérrito, tenla que ejercer de diana."
Mundo propio.
Sí.
A la vuelta de la esquina... cuando termine la hora... Pan con chicharrón para dos.
KurtA
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Ferrer
Nuestra ardilla con gafas disparaba fotos desde un árbol al gato que brincaba con cinco latas de tomates amarradas al rabo por el alambre de cianuro del cometa verde de Saturno, cuando un virus informático vórtice híspido nos zigzagueó hasta la puerta del cine Loren de una ciudad al sur de Sighisoara. Bailaban frente a la entrada junto a un violinista dos niños gitanos nativos de aquella avenida, robots descalzos de la casa de cartón. El cine estaba cerrado por defunción de las órbitas concéntricas. En el sombrero dejamos una foto del gato Warhol y una tarjeta con créditos que arreglan el mundo alejando a los archienemigos del origen de los ojos azules del Este.
La noche quieta sin el cielo de las bicicletas desbordada por los coches de luces rojas al pasar, la fina lluvia que se asoma para despedir al día. Pasear dentro de una nueva imagen de fotografía por la ciudad buscando el final de los huesos rotos. Inmutables al agua, a las señoras desnudas bajo visones atómicos nadando por las calles. “Amarcord” de Tonino, de Úrsula Iguarán. Me acuerdo, entonces, del viejo enloquecido de Riohacha que quemó la iglesia la misma noche que perdió a su esposa.
Estrujarnos un poco más para protegernos de las gentes y disfrutar de la seducción de la sonrisa nerviosa al sentir el viento de rascacielos de agua salvaje en la cara. La luz de las farolas rojas que va frunciendo la noche en el cerebro para no olvidar que en el parque de los niños nos espera un refugio que nos llevará bajo el lago soñado de Atitlán donde vestirnos con nuestros exoesqueletos de aviadores para matar a los superhéroes y acabar con los eslabones milenarios que encadenan a todos estos mundos a la muerte más incomprensible y deshonesta. Mover el Sol mil años bajo las noches sin estrellas para así restaurar nuestra verdadera conciencia eónica de contrabando para vivir sin el traumático dolor sensorial oficial.
Un beso cuando despertamos del sueño. Sabemos que es real.
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Notas a Ferrara.

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