Regalito de vuelta...
Saben, con el rollo de la Universidad, la Pau, y demás, estoy más perdida... Les dejo un pedacito de mi alma...
Denunciar contenidos
No he estado enumerando las manchas en el sol, pues sé que en una sóla mancha, cabe el mundo...*
Saben, con el rollo de la Universidad, la Pau, y demás, estoy más perdida... Les dejo un pedacito de mi alma...
Se acabó todo. El instituto, la PAU. Os dejo el escrito que leí en la orla. Mi creatividad la dejé ahí. A ver si me vuelve pronto, ahora que Platón se ha ido, ahora que no traduzco, no leo en inglés, ahora que Unamuno me ha dejado en paz y Delacroix se ha quedado escondido en el cajón artístico de mi cerebro. Ahora que acabé. Ahora que empiezo.
Un día, hace seis años, unos niños que soñaban con volar con Peter Pan, comenzaban el instituto. Dejaron la comba y los zancos en el colegio, y comenzaron una aventura de la que no conocían final.
Por aquel entonces, el instituto era una mayúscula, era incertidumbre y miedo, respeto y curiosidad. Se amontonaban en los pasillos, entre otros niños que corrían desaforadamente, entre el griterío de los más pequeños y los suspiros desesperados de profesores cansados. Eran un grupo, la novedad de ese año, un asiento, “los de primero”.
Con el tiempo algunos quedaron atrás, y otros consiguieron subir los peldaños que formaban el camino principal de la aventura. Los mezclaban y remezclaban, y cada año conocían niños y profesores nuevos que parecían menos cansados.
Y a medida que crecían, crecía también la responsabilidad. Se encontraban en el ecuador de la aventura, desde donde podían avistar los despuntes del final.
El último episodio de esta aventura ha sido Bachillerato. Los dos últimos años de estancia en el instituto (que es menos mayúscula, más cercano, más amable, más cotidiano) fueron sin duda los más importantes. El primer día llegaron con la familiaridad que se habían ganado durante todas las etapas de la aventura. Por esos tiempos, un grupo de niños y niñas de otros pueblos, se unieron y se adaptaron al instituto como marcaba su edad. Eran, entonces, un todo.
Los dos últimos años fueron también los más difíciles a la par que enriquecedores. Los profesores eran poco menos que compañeros, y la actitud cansada que inundaba la ESO se había alejado. Había elección. Había meta, fin.
De repente descubrían las asignaturas con perspectiva novedosa.
Descubrían las civilizaciones antiguas, y querían ser griego en el siglo de Pericles y dormir en la Acrópolis de Atenas.
Estudiaban los relieves y parajes de España y se perdían en expediciones arriesgadas llevando como único mapa un glosario repleto de términos extraños.
Se impregnaban de filosofía y soñaban ser Epicuro disfrutando de una tarde en la montaña haciendo un picnic, apuntando con un tirachinas a Kant que fastidiaba a los alumnos con sus juicios sintéticos a priori.
Jugaban a ser empresarios de traje y corbata en las clases de economía, antes de trasladarse en escuadrón a la Guerra Civil Española y sufrir los nervios antes de la batalla en la biblioteca de al lado, que pasó a ser su tercera casa. Entraban todos juntos al duelo, en esas aulas peligrosas en las que era todo, o nada.
El aula se inundó de colores vivos y estrafalarios, de expresión, sentimientos y de historia, de obras de arte carísimas que algunas veces, no hacían honor a su precio. ¡Qué indignación!
Se encontraron entre situaciones absurdas leyendo a Mihura imaginando ser bohemio desayunando huevos fritos con un sombrero de copa.
Diseñaban lujosos palacios con líneas y estructuras complicadas y los guardaban en una especie de tubito negro que les acompañaba a todos lados.
Conocían la actualidad en inglés, y se peleaban con la gramática para dar una opinión sobre cualquier texto, y alargaban y alargaban las clases de biología que parecían no acabar nunca.
Se devanaron los sesos muchas veces resolviendo fórmulas matemáticas, y por fin, entre derivadas definidas e indefinidas llegaron a la meta.
Entre todos esos conocimientos que infundieron en ellos una buena cultura general y particular, aprendieron a convivir, a pelearse a gusto y arreglarse, a quererse, respetarse y aguantarse, a tirarse de los pelos con los exámenes y tranquilizarse mutuamente.
En muchos casos, probablemente los que más recordarán, fueron felices entre los libros y los huevitos de chocolate, las papas fritas y los bocadillos, sentados bajo el árbol de la plaza, los paseos a la fotocopiadora, volviendo loca a Teresa y a Carmen o el papeleo que tuvieron que entregar y recoger lidiando con Nuria en secretaría, los piropos que se dedicaron entre clase y clase y que conseguían arrancar sonrisas incluso en los momentos mas tensos… Hasta de las reuniones para esta orla se acordaran con cariño…
Por estos dos años especialmente estamos aquí. Porque ahora cerramos una puerta que ya no se abre más. Porque seguiremos subiendo peldaños, conociendo gente, coleccionando experiencias y golpes, viendo mundo, empapándonos de vida y sueños, de atardeceres, de lunas llenas y días vacíos… No crean, señores, que nuestra aventura ha terminado todavía.
Un pequeño homenaje a Antonio Vega, fallecido ayer... Y pensar que me acompaña su música durante toda mi vida!
Mi paréntesis particular de hoy. Después de acabarme La Tregua, de Mario Benedetti. He descubierto... mil cosas. :-) Un beso.
PD: Recomiendo el libro a aquellos que no lo han leído ya... Si es así, corred! :-)
Saben, este trimestre es una broma. Lo de trimestre, digo. Se ha reducido, sí sí, a un mes. Me quedan 31 días para meterme de lleno en las dos semanas previas de la pau.. Podríamos decir que soy una Pre-Pau... :P Me hallo entre papeles de universidades, entre solicitudes de exámenes, entre notas finales y apuntes ordenados... Ay!! Cuánto estrés... Pero saben qué? Me encanta este estrés. Me encanta pegarme la tarde traduciendo textos y leyendo a Kant, y cuando acaba el día, sentarme en el sofá, o en la cama, a leer un libro, y pensar: hoy he cumplido...
Les dejo una canción, que rescaté de mi infancia, una de tantas que oía y oía por mi padre, y que de tanto oírlas, las aprendía de memoria... :-)
De Atenas se vuelve sucio. Se vuelve con olor a gasolina y a pobreza. Con el vaho del metro, con la sensación de desamparo de las aceras repletas, mojadas por la lluvia repentina.
De Atenas se vuelve loco. Se vuelve en una nube de desconcierto, de sueños encontrados, de sentimientos que imaginabas antes, y de sentimientos que, claro, sientes después.
De Atenas se vuelve, después de haber disfrutado de los interminables recorridos, de los autobuses eternos, de la masa de gente, del atropello, de la amabilidad del griego... Después de haber aprendido a convivir, de haber aguantado estupideces, después de haber sonreído y sentir, allá arriba, en la acrópolis, que eres el dueño de ti mismo, y que hay sueños que, increíblemente, se pueden cumplir...
He vuelto. ¡Ha sido increíble!
Denunciar contenidos
Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad
Otras webs de Planeta Ad Networks:
2009 © librodearena.com