Yadira
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Entrega 3. (12 de enero 2009) (revisión 13 de enero 2009)
Le había mentido a don Benigno sobre el comercio carnal con Yadira, la trapecista. Ella con catorce abriles me superaba en experiencia de la vida. La chica había iniciado la exploración de nuestros cuerpos desnudos. Aquellos minutos de pasión se consumían bajo la carpa donde ella me guiaba entre chiquillos de animal herido por los vericuetos de lo prohibido. Numerosas veces habíamos pecado, incluso contra Natura. Ella era una experta en los desmanes de provocar orgasmos. Una ninfomaníaca que había sido desvirgada a los once años por el amante de la madre.
-Quiero que seas el padre de mi hijo.
Yo me entregaba por amor. Ella, Maricarmen, sin apellido, de madre cirquera y sin conocer la identidad paterna, por un capricho genético. Era mejor un joven adecentado que los borrachines a quienes la madre la rentaba por minutos. Por supuesto que fingía ante el párroco todo aquello.
-Eres un tontuelo. - y me palmoteaba suavemente el hombro.- Esos amores de juventud se disipan pronto. Estoy en hablas con don Francisco, el que tiene la granja al doblar del camino. Tiene tres hijas casaderas, y no abundan los mozos con tres reales en el pueblo. La mayor ya ronda los veinte y está madurita para el matrimonio: seria, trabajadora. El amor viene luego con el trato.
No sé aún la razón por la que aquellas palabras me cayeron como un golpe seco en pleno pecho. Quizás eso también hubo de ayudar en mi fuga en busca del amor imposible. Aunque reconozco que don Benigno era como un padre para mí, y siempre hubo de desear lo mejor para mí como veremos en el desarrollo del relato.
Entrega 4. (13 de enero 2009)
A los pocos días me acostumbré a la oscuridad y pude reconocer el rostro aindiado de Romueldo. Mestizo de blanco e indio. Cabellera negra larga lacia. Las ropas hechas jirones. Las marcas de latigazos y otros indicios de tortura recorrían todo su cuerpo. Entre los harapos se veía que había sido castrado. Lo miré con lástima.
-No te apiades de mí. Soy un miserable pecador.
Entonces en la penumbra de la mazmorra me narró su infeliz vida. Había sido abandonado por la madre quien era una prostituta india que fue ejecutada por los españoles durante una revuelta popular había ya sus buenos veinte años. Lo curioso del hecho estaba en que tanto Romueldo como yo habíamos perdido la noción del tiempo. Yo no sabía si estaba en el siglo dieciocho o en el veinte. Lo habían recogido unas amigas de la madre y lo alimentaban con desechos. a muy temprana edad había sido sodomizado por el capitán de un bergantín holandés que gustaba de la pederastía. Se había acostumbrado al negocio carnal hasta que la Inquisición hizo una nueva redada en el barrio de las Carotas y hubo de recoger a harpías, brujas, y afeminados que pululaban por las noches ofreciendo diversos negocios diabólicos. Esperaba su muerte tranquilo. Ya habían ajusticiado a varias prostitutas y al amante de Romueldo. Un negro congo apedillado Carambé, "juído de Cuba". Por eso me regalaba su ración de pan duro.
-Cuando estás flaco mueres más rápido.
Se lo llevaron una madrugada entre golpes y cadenas, y aunque solamente podía escuchar el vocerío del populacho gritando improperios, el olor a carne humana quemada me habría de perseguir por siglos.
Entrega 1.(10 de enero 2009)(revisión ortográfica 11 de enero 2009).
Me había dicho que nunca nos volveríamos a ver, una tarde escuálida de marzo y se había marchado en el velero a recorrer distancias ignoradas con su familia de saltimbanquis.
A partir de ese aciago día no supe si estaba viva o no. Mi labor de escribano a sueldo del Marqués de Ponteyedro me obligaba a permanecer en la aldea a pocas leguas del puerto de Isabela la Ciega, desde dónde ella había partido una tarde de septiembre. Habitaba gracias al generoso sueldo del noble, una casucha de maderas labradas, al doblar de la iglesia de la aldea. Jugaba algunas noches ajedrez con don Benigno, el párroco, quien me prestaba libros del Cervantes y alguna que otra poesía. Discutíamos amigablemente los entuertos del Quijote y nos reíamos como chiquillos de las travesuras del Sancho. Mi amigo era mi confesor y me tiraba de la lengua para que sacase si entre la muchacha y yo había habido negocio carnal. Yo era inocente. Ella, no lo sabía. tenía yo entonces 18 años y recién terminado los estudios del bachillerato cuando mi padre fue asesinado, diz que por cuestiones de unas tierras que un primo del Marqués deseaba como coto de caza.
Miraba, eso sí, el mar cuando en el bochorno del verano caminaba distraido y rememoraba aquellos lindos labios, y la melena rubia. de Yadira, la trapecista. Una tarde alguien de la aldea comentaba en voz alta -para que yo lo oyese- que Maricarmen, el nombre bautismal del objeto de mis amores, se había desposado a un rico mercader de plumas de aves exóticas y vivía en una casona de madera sobre pilotes en un estuario del río Orinoco.
Entonces fue cuando forjé el plan despiadado del rescate. Durante meses me dediqué a preparar lo que llamaba la expedición. Reuní cuartos. Almacené vituallas. Estudié geografía y las viles artes de la navegación a velas y me lancé a solas en busca de mi amor prohibido. La nave pertenecía al Marqués.
Creo que nadie se había enterado de mi huída por unos días. Ahora llevó tres semanas al pairo y ya los alimentos se reducen a una galleta diaria con un poco de té amargo. Los escualos rodean la nave en espera del suculento banquete. Mi rumbo indica que estoy dando rodeos a una corriente marina que no me llevará a ningún lado. Estoy, eso sí, tan deprimido que me da lo mismo morir que vivir.
He comenzado a conversar con las sombras.
Entrega 2.(11 de enero 2009)
Las paredes de la mazmorra hieden a secos excrementos humanos. La mugre cubre todo el espacio. No hay ventanas. Es la oscuridad absoluta. Por debajo de la fuerte puerta de hierro se cuela una tibia atmósfera de luz y calor. El musgo y la sangre seca lo acaparan todo. No sé cómo llegué a este lugar. No reconozco en qué lugar del planeta estoy. Es una cárcel y alguien se mueve a unos pasos de mí. Estoy echado en el suelo. me han encadenado una pierna a una argolla a dos palmos de altura en lapared. Siento como la gruesa cadena de metal me muerde las carnes. Es mejor quedarse sentado. Caminar es una tortura.
"-No te muevas. Ya te acostumbrarás. Soy Romueldo".. La voz sale de entre la penumbra. Quebrada con un dejo afeminado. No logro discernirlo. Me tomará dos días reconocer el bulto de Romueldo. "Estás en Barquisimeto. Te trajeron ayer. Come un poco. Nos alimentan cuando el guardia se acuerda que existimos".
Tanteo el suelo y toco un pedazo de pan duro y una escudilla con un líquido. Bebo, tengo mucha sed. Entonces preguntó: "¿Has oído hablar de Yadira?"
-:No. Llevo meses en esta posición. Me falta poco para que me ejecuten. He perdido el ritmo de los días y las noches.
La palabra cae como un plomo en mi corazón.
-"¿Estoy en la cárcel?"
-"No, peor, en las mazmorras de la Inquisición. En las Indias."
Entrega 3. (12 de enero 2009)
Le había mentido a don Benigno sobre el comercio carnal con Yadira, la trapecista. Ella con sus catorce abriles me superaba en experiencia de la vida. Nuestros minutos de pasión se consumían bajo la carpa donde ella me guiaba entre chiquillos de animal herido por los vericuetos de lo prohibido. Numerosas veces habíamos pecado, incluso contra Natura. Ella era una experta en los desmanes de provocar orgasmos.
-Quiero que seas el padre de mi hijo.
Yo me entregaba por amor. Ella, Maricarmen, sin apellido, de madre cirquera y sin conocer la identidad paterna, por un capricho genético. Era mejor un joven adecentado que los borrachines a quienes su madre la rentaba por minutos. Por supuesto que fingía ante el párroco todo aquello.
-Eres un tontuelo. - y me palmoteaba suavemente el hombro.- Esos amores de juventud se disipan pronto. Estoy en hablas con don Francisco, el que tiene la granja al doblar del camino. Tiene tres hijas casaderas, y no abundan los mozos con tres reales en el pueblo.
Quizás eso también hubo de ayudar en mi fuga en busca del amor imposible. Aunque reconozco que don Benigno era como un padre para mí.
Entrega 1.
Me había dicho que nunca nos volveramos a ver, una tarde escuálida de marzo y se había marchado en el velero a recorrer distancias ignoradas con su familia de saltimbanquis.
A partir de ese aciago dí no supe si estaba viva o no. Mi labor de escribano a sueldo del marqués de Ponteyedro me obligaba a permanecer en la aldea a pocas leguas del puerto de Isabela la Ciega, desde dónde había partido una tarde de septiembre. Habitaba gracias al generoso sueldo del noble, una casucha de maderas labradas, al doblar de la iglesia de la aldea. Jugaba algunas noches ajedrez con don Benigno, el párroco.
Miraba, eso sí, el mar cuando en el bochorno del verano caminaba distraido y rememoraba aquellos lindos labios, y la melena rubia. de Yadira, la trapecista. Una tarde alguien de la aldea comentaba en voz alta para que yo lo oyese que Maricarmen, su nombre bautismal, se había desposado a un rico mercader de plumas de aves exóticas y vivía en una casona de madera sobre pilotes en un estuario del río Orinoco.
Entonces fue cuando forjé el plan despiadado del rescate. Durante meses me dediqué a preparar lo que llamaba la expedición. Reuní cuartos. Almacené vituallas. Estudié geografía y las viles artes de la navegación a velas y me lancé a solas en busca de mi amor prohibido.
Nadie supo de mi huída. Ahora llevó tres semanas al pairo y ya los alimentos se reducen a una galleta diaria con un poco de té amargo. Los escualos rodean la nave en espera del suculento banquete. Mi rumbo indica que estoy dando rodeos a una corriente marina que no me llevará a ningún lado. Estoy, eso sí, tan deprimido que me da lo mismo morir que vivir.
He comenzado a conversar con las sombras.
Entrega 2.
Las paredes de la mazmorra hieden a secos excrementos humanos. La mugre cubre todo el espacio. No hay ventanas. Es la oscuridad absoluta. Por debajo de la fuerte puerta de hierro se cuela una tibia atmósfera de luz y calor. El musgo y la sangre seca lo acaparan todo. No sé cómo llegué a este lugar. No reconozco en qué lugar del planeta estoy. Es una cárcel y alguien se mueve a unos pasos de mí. Estoy echado en el suelo. me han encadenado una pierna a una pared. Siento como la gruesa cadena de metal me muerde las carnes.
"No te muevas. Ya te acostumbrarás. Soy Romueldo". La voz sale de entre la penumbra. Quebrada con un dejo afeminado. No logro discernirlo. Me tomará dos días reconocer el bulto de Romueldo. "Estás en Barquisimeto. Te trajeron ayer. Come un poco. Nos alimentan cuando el guardia se acuerda que existimos".
Tanto el suelo y toco un pedazo de pan duro y una escudilla con un líquido. Bebo, tengo mucha sed. Entonces preguntó: "¿Has oído hablar de Yadira?"
-:No. Llevo meses en esta posición. Me falta poco para que me ejecuten.
La palabra cae como un plomo en mi corazón.
-"¿Estoy en la cárcel?"
-"No, peor, en las mazmorras de la Inquisición."
Me dijo que no nos volveríamos a ver nunca más, y se marchó en el bote de velas a recorrer distancias con su familia de saltimbanquis. Nunca supe si estaba viva o no. Mi labor de escribano a sueldo del marqués de Ponteyedro me obligaba a permanecer en la aldea a pocas leguas del puerto de Isabela la Ciega, desde dónde había partido una tarde de septiembre. Miraba, eso sí, el mar cuando en el bochorno del verano caminaba distraido y rememoraba aquellos lindos labios, y la melena rubia. de Yadira, la trapecista. Una tarde alguien de la aldea comentaba en voz alta para que yo lo oyese que Maricarmen, su nombre bautismal, se había desposado a un rico mercader de plumas de aves exóticas y vivía en una casona de madera sobre pilotes en un estuario del río Orinoco. Entonces fue cuando forjé el plan despiadado del rescate. Reuní cuartos. Almacené vituallas. Estudié geografía y las viles artes de la navegación a velas y me lancé a solas en busca de mi amor prohibido. Ahora llevó tres semanas al pairo y ya los alimentos se reducen a una galleta diaria con un poco de té amargo. Los escualos rodean la nave en espera del suculento banquete. Mi rumbo indica que estoy dando rodeos a una corriente marina que no me llevará a ningún lado. Estoy, eso sí, tan deprimido que me da lo mismo morir que vivir.
He comenzado a conversar con las sombras.
"Does a work in progress will ever be perfect?"
Book of Wesbri 3:25
That is all we are. Footsteps in the sand of time.
A simple taste of light,
a movement without direction, until the eon of passing away,
into the silent eyes,
the bubble of our voices,
the noise that never ends,
ass rumor in the empty skull.
Empty but by the worms that are eating our brains.
The vacuum of being and resisting change.
The possibility of a truth,
poorly handled by a fool.
We are footsteps in our delirium.
Never knowing but the self-imposed silence,
and the fear of dying alone in the mud...
December 2008
POEMA BURDO
I
Nunca se imaginó cómo habían movido los pesados bloques,
nunca había pensado en las flores y las mariposas,
ahora, era tarde para principiar retornos,
ahora movía la pierna sin deseos
y orinaba amarguras,
en las noches de vendimia en un cuartucho dorado,
en las cuentas por pagar,
en el deseo por lo que prohibían las reglas,
ahora lloraba palabras
sin remordimientos,
ahora hubiera desertado de las miradas para escupir fonemas.
¡Por Dios! Nadie se lo impedía,
pero se había transformado en un triste eructo
deshumanizado,
que balbuceaba frases con sentidos ilusorios,
parábolas de chocolate.
Nunca se imaginó que terminaría desnudo y miope.
II
Nunca se imaginó que su desnudez sería motivo de risa,
aunque los otros mostrasen anatomías burdas,
pechos rectangulares,
culos elípticos.
Era miope y eso bastaba.
Nunca había admitido ser como ellos.
Creedle. Orinaba flores y lloraba anocheceres,
dos tristes ilusiones prohibidas
por ellos,
los de cabellera errática,
y burdos poemas elípticos.
La plaza de Vosges me recuerda mi primera visita al Museo Picasso no lejos de la plaza más antigua de París. He deseado retornar al museo pero las otras estadías en París han obturado mi visión hacia nuevas áreas de la Ciudad Luz Ahora rememora esa tarde de invierno con una llovizna cobarde que solo servía para aumentar la sed y las ganas de estar bajo techo en lugar de caminar por callejuelas medievales en busca de novedades turísticas. Luego he visitado el Museu Picasso en Barcelona en un barrio gótico medieval que me recordaba al otro en un verano caluroso cercado por turistas rubios de este lado del Atlántico con el acento gringo, en pantalones cortos o "hot pants" como se les conoce en este costado del mundo. En Barcelona la experiencia fue agradable con la espera en la larga fila que nos obligaba a conocer a nuestros vecinos e intercambiar ideas sobre bares a frecuentar, plazas donde depositar el nalgatorio cansado de las caminatas en un agosto aterrador. En París había sido la avalancha de escolares: luego supe que era gratis para los estudiantes a ciertas horas y días de la semana. Entonces como un vulgar turista japonés filmé algunos salones del Museo cuando nadie miraba a escondidas como un chicuelo travieso. Eso es lo malo de recibir correos electrónicos de France Monthly con fotos de un París que añoro y que -al revés de la letra del tango- está en mi poder hacerlo regresar.
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