Hacía ya unos minutos que la noche había caído sobre la ciudad. Las farolas tomaban el relevo al astro diurno y los gatos poco a poco se apoderaban de las aceras.
Sin prisa, Ramón deambulaba por las calles siniestras del barrio Norte, entre los cubos de la basura reventados y la inmundicia esparcida por el suelo. De vez en cuando palpaba el dinero que se había metido en el bolsillo, dos billetes de veinte que crujían delicadamente al menor contacto.
Era 5 de abril. Hoy Ramón entraba en una nueva etapa. Hoy cumplía treinta años.
No sabía, por supuesto, lo que le esperaba a lo largo de los diez próximos años, pero estaba convencido de que no podría ser peor de lo acababa de vivir en los diez anteriores.
A decir verdad, sus primeros pasos en la vida adulta no habían sido brillantes. Las desdichas se habían acumulado: las rupturas con su familia y su novia, las mudanzas? hasta estuvo mucho tiempo sin trabajo.
En el aire fresco de la primavera, avanzaba como un autómata, sin fijarse en los grupos de jóvenes que estaban de juerga y que iba encontrándose por el camino. Su mente estaba en otra parte. Se preguntaba, de hecho, por qué su madre le había enviado una postal deseándole «¡Que pases un buen día de cumpleaños!» ¡Con el tiempo que hacía que no tenía noticias suyas! En aquel mismo momento, la tarjeta le causó una verdadera conmoción. Como si hubiera recibido señales de vida de una persona fallecida?
La pregunta le daba vueltas y vueltas en la cabeza, obsesiva, hasta el punto de dolerle: ¿por qué le había escrito su madre? ¿Porque creía que los cumpleaños que marcan el paso de un decenio a otro son días importantes?... ¡Seguramente! Pero, ¿POR QUÉ consideraba esos cumpleaños más importantes que los otros? Por más que buscaba, no encontraba la respuesta.
Ramón llegó a la calle Vauban. De repente, el ambiente festivo y de desenfreno que se presentía se hizo más intenso. Ahora las luces rojas y verdes de los escaparates en los que se exponían las prostitutas inundaban la calle? Salió de sus pensamientos y empezó a examinar a las chicas, con una leve sonrisa en la comisura de los labios, para aparentar un aspecto relajado.
En realidad, Ramón había decidido pasar por alto, además de su pudor, también sus prejuicios, e ir a un burdel el día de su treinta cumpleaños; había decidido vivir, al pie de la letra, la fantasía que habitaba en su mente desde hacía varios años. ¿La fantasía? ¡Conocer ?en el sentido bíblico- a una negra descomunal, hacer el amor con una mujer negra grande y carnosa!
*
Había muchas africanas que comerciaban con sus encantos en el barrio. ¿Los hombres blancos fantaseaban con las pieles negras? o ¿más bien la miseria acorralaba a las inmigrantes a la prostitución?
El joven no se demoró mucho mirando los escaparates. De hecho, sabía donde iba. Algunas semanas antes, por casualidad, pasando por la calle, había reparado en la mujer de sus sueños que había decido regalarse el día de su cumpleaños.
La chica, que respondía al dulce nombre de Victorina debía de medir por lo menos dos metros. Era joven y entrada en carnes. Una magnífica criatura: ¡con formas de las que se encuentran más en los tebeos para adultos que en la calle!
Ramón se hundió entre sus piernas. Sabía que el tiempo estaba contado. Se dio prisa. El movimiento que imprimía entre las caderas de la mujerona era rápido, quizá incluso frenético? No podía evitar mirar fijamente los pechos enormes de la chica, que temblaban con cada una de sus embestidas.
Al cabo de unos minutos, en el momento del orgasmo, Ramón cerró los ojos, para abandonarse mejor al placer.
De repente, se sintió mareado, aspirado hacia delante. Como si hubiera sido una brizna de paja arrastrada por un remolino. Luego tuvo la impresión de penetrar en un mundo borroso. Durante un momento, la angustia se le subió a la garganta. Pero enseguida se dejó llevar por las sensaciones extrañas y desconocidas que estaba descubriendo.
En efecto, no tenían nada de desagradables: una sensación de quietud y seguridad mezclada con la impresión de estar flotando?
El médico diagnosticó un paro cardíaco. El caso quedó claro y la chica no resultó sospechosa.
La vida de Ramón se había detenido, bruscamente. El joven había recorrido el camino inverso, había regresado al lugar del que había venido, a la nada, o a lo que algunos llaman «el alma mater del mundo»: el paso de un decenio a otro no se había producido como tocaba.
Por cierto: quizá por eso su madre consideraba esos días más importantes que los demás: ella debía de saber ? o sentir ? que en la vida puede haber momentos en los que uno entra en contacto con agujeros en el espacio-tiempo y que entonces, entonces? todo puede dar un vuelco irremediable.
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Caía la tarde. Las sombras, poco a poco, invadían el campo. Era el mes de abril, pero habría podido ser pleno verano, ya que la temperatura seguía siendo agradable. En la mitad del recorrido de su paseo, en el momento en que los prados se alternaban con los bosques de pinos, Rafael percibió, al otro lado de una alambrada de espino, la masa oscura de una vaca muerta. Los servicios de Sanidad no habían pasado todavía y la carne había comenzado su proceso de descomposición. El animal, hinchado como un odre, debía de llevar abandonado a los elementos naturales y a la vista de todo el mundo, al menos, varios días.
Rafael se detuvo. El espectáculo tenía algo de espantoso. La naturaleza, con el crepúsculo, se había callado ; no se oía un solo ruido ? ¡ ni siquiera una mosca ! ? y hasta el propio tiempo parecía haberse petrificado...
Rafael tenía ganas de acercarse. Tenía ganas de examinar la osamenta, de constatar la presencia de los gusanos, de comprobar si de verdad invadían las carnes muertas, como se decía... Nunca había tenido ocasión de ver el proceso de la muerte.
El aire era nauseabundo, casi irrespirable, pero, curiosamente, eso no lo molestó. Rafael saltó la cuneta que separaba el prado de la carretera asfaltada y se encontró pegado a la cerca, a dos o tres metros del cuerpo. Apoyado en un poste, observó los ojos sin vida, los miembros tiesos que apuntaban al cielo y la ubre expuesta sin pudor, salpicada de manchas parduscas que demostraban que la podredumbre ya estaba en marcha.
Durante un momento, Rafael pensó en saltar por encima de la alambrada de espino para enfrentarse aún más a la realidad de la putrefacción, pero cambió de opinión : en menos de media hora se haría de noche y, por lo tanto, era más prudente dar la vuelta.
*
La casa, una casa antigua de piedra situada a la salida del pueblo, estaba tranquila. Penetrando en el salón, Rafael buscó automáticamente, con la mirada, la cama que había instalado en un rincón del comedor y en la que estaba tendida su mujer... ¡ Sólo se oía el tic-tac del viejo despertador de cuerda que marcaba el transcurso inexorable del tiempo !
Después de quitarse la chaqueta con desidia, Rafael se dirigió hacia la persona con quien había compartido toda su vida. Parecía dormir. Su respiración era sosegada. Estaba en la fase terminal de un cáncer generalizado, y desde hace unos días se encontraba « bajo los efectos de los medicamentos ». ¿ Cuánto tiempo de vida le quedaba exactamente ? ¿ Un mes ? Quizás menos. « ¡ Difícil de decir ! », afirmaba el médico que venía a visitarla todos los días... ¡ Poco tiempo, en todo caso !
En la cabecera de su compañera, Rafael tuvo ganas de medir la extensión del desastre : levantó las mantas y, durante muchos minutos, contempló el cuerpo desnudo devastado por la metástasis, prestando especial atención a los pechos ajados, el vientre descarnado, el sexo ahora inútil. Intentó mentalmente volver a encontrar en esa persona a quien lo había seducido cuando apenas tenía veinte años. ¡ En vano !
Rafael pensó de nuevo en la vaca en putrefacción. De repente se sintió presa de un sentimiento de inmensa desesperación. Habría querido ser capaz de mirar a la muerte cara a cara, pero no lo consiguió. Toda su vida había sido valiente, se había esforzado en « coger al toro por los cuernos », como solía decir, pero hoy, en este día de primavera demasiado caluroso, las fuerzas lo abandonaban.
Como un autómata, Rafael se dirigió a su taller, cogió un bidón de queroseno, el combustible que utilizaba para calentarse cuando pintaba, y volvió al salón. Puso el « Carmina burana » de Carl Orff en su cadena hi-fi y luego esparció el líquido inflamable sobre la cama de su mujer y sobre los muebles de madera que la rodeaban, encendió una cerilla y la tiró encima de las mantas.
Se aseguró durante un instante de que el fuego prendía, como deseaba, y fue a sentarse en el sofá. Entonces, como un director de orquesta a quien su música hubiera vuelto loco, se puso a llevar el compás, marcando el ritmo con sonoros « chan chan chan chan ». Iba a abordar el « O Fortuna » final, su fragmento favorito, cuando, de repente, en medio de las llamas que se adueñaban de la casa, creyó distinguir en el espejo que lindaba con la chimenea abierta el rostro sonriente y aliviado... ¡ de su mujer !
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Era la última población grande de la línea y el vagón se vació de golpe. Gerardo se quedó a solas con la chica que dormía en el asiento de enfrente.
La había observado durante todo el trayecto, con discreción, para no exponerse a la mirada de desaprobación de los demás pasajeros? A partir de ahora iba a poder mirarla con tranquilidad, sin el más mínimo pudor.
La chica parecía joven y guapa, aunque era difícil de decir con seguridad, porque se había tapado la cabeza con un chaleco para protegerse de la luz. Pero era delgada y, sobre todo, ¡ tenía un cuerpo bonito ! En todo caso, lo que uno podía decir sin miedo a equivocarse es que cuidaba su aspecto. Iba vestida de negro desde la cabeza - o, más exactamente, desde el chaleco - a los pies. Habría podido hacerse pasar sin problema por fan de la moda gótica. ¡ Hasta el sujetador, que se le veía por las aberturas de la blusa, era negro !
Gerardo se sentía incomodo. De hecho apenas recordaba la última vez que estuvo en presencia de una representante del otro sexo. Había salido esa misma mañana de la cárcel, en la que había cumplido una pena de doce años por robo a mano armada con agravantes y no había tenido, desde su encarcelación, otros contactos humanos que los que había mantenido con los guardias y sus compañeros de celda.
La chica se había tumbado levemente en el asiento. El pecho se le levantaba con regularidad y con calma, haciendo sobresalir cada vez sus pezones a través del tejido tirante. Además, a causa del traqueteo, las piernas se le entreabrían de vez en cuando y dejaban adivinar en el pantalón ajustado la forma de su sexo.
Gerardo tenía treinta y dos años, era de estructur atlética y más bien guapo? Lo
tenía todo para gustar, pero, como se había pasado la mayor parte de la juventud o en bares de mala muerte, o tras los barrotes, no sabía cómo dirigirse a las mujeres. Para decirlo de otro modo, lo ignoraba todo del arte de la seducción. En realidad, estaba acostumbrado a coger con violencia lo que deseaba o lo que necesitaba.
En este tren de cercanías que lo llevaba de nuevo, después de tantos años, a su ciudad natal, Gerardo fantaseaba peligrosamente. Se estaba imaginando a sí mismo extendiendo los brazos y cogiéndo las tetas de la chica a manos llenas, arrancándole el pantalón? De hecho, estaba a punto de estallar? ¿ Cuánto tiempo iba a resistir ? ¿ Durante cuánto tiempo el miedo a volver allí de donde venía iba a impedirle pasar a la acción ?. Tendría que haberse levantado y cambiado de sitio, mirado el paisaje?, pero no podía, algo lo ligaba a ese cuerpo joven y firme.
El tren ralentizó la velocidad. La chica, como advertida por un sexto sentido, se despertó, se quitó el chaleco que le cubría el rostro, se estiró y miró por la ventana para comprobar que estaba donde creía estar.
Efectivamente, era joven, veinticinco años como mucho. Tenía un rostro anguloso agujereado por dos ojos pequeños y oscuros, y llevaba el pelo rizado a media melena y de un color negro azabache que iba perfectamente a juego con su ropa. No era fea, pero su nariz aguileña, casi corva, le daba un aspecto más que inquietante. Se le había corrido el rímel y eso acentuaba, además, el misterio de su físico, poco común.
La adolescente miró varias veces a Gerardo, con un gesto incisivo que hizo que él se estremeciera. Se puso el chaleco y, dándose cuenta de que le quedaba un poco de tiempo antes de llegar a su destino, sacó de su bolsillo un bolígrafo. Deprisa, garabateó una frase apoyándose en el brazo del asiento. Gerardo fingía no hacer nada, pero no perdía detalle.
De pronto el tren se paró, las puertas del vagón se abrieron al mismo tiempo que sonaba un ?bip? estridente y ella desapareció, como tragada por la oscuridad del campo.
Sin esperar, Gerardo se levantó para leer la inscripción. En el ambiente flotaba un olor extraño, acre, probablemente el perfume de la chica, ¡ un perfume irritante como el azufre !
De pie entre los asientos, con la mirada lívida y la frente sudorosa, Gerardo empezó entonces a descifrar las pocas palabras escritas con tinta roja: ? El espectro de la desdicha planea sobre las almas en pena? El final del viaje será peor que una ejecución sumaria
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