Y como bien dice el titulo, voy a cerrar el blog unas semanas para tomar un descanso que creo que ya me hace mucha falta.
Aun sigo currando, pues las vacaciones "de verdad" me llegan a finales de agosto, pero he publicado mucho este año y, pese a que no me gusta dejar historias sin concluir (como es el caso de Descubriendo el mundo), mi estado de ánimo está resentido por las circunstancias de la vida y necesito dejar reposar el cerebro.
Sí, sí, como lo leéis: tengo el cerebro cansado.
Así que, de momento os dejo, no sé cuando volveré, pero volveré y prometo un resumen de Descubriendo el Mundo en su momento, para que cuando continúe con la historia, no os perdáis. De todos modos, tampoco le queda mucho para el final...
Pues nada, que os deseo un feliz verano, unas felices vacaciones, y nos vemos a la vuelta.
Quizás me pase a leer de vez en cuando en calidad de invitada, jeje.
Sin se secó el sudor de la frente. Llevaba días caminando por el desierto en busca del Reino de las Brujas, su siguiente parada, pero aun no vislumbraba en el horizonte nada más que dunas y más dunas.
Un artefacto volador que Sin identificó con forma oval pasó por encima de su cabeza desatando una ventisca de arena. Él gruñó mientras cerraba los ojos y gritó iracundo:
-¡Maldito! ¡No se puede volar tan cerca del suelo!-y agitó los brazos con énfasis.
La voz del piloto sonó aguda y asustada mientras se alejaba de la posición de Sin:
-¡La Princesa De Las Brujas se acerca arrasando con todo cuanto se posa en su camino! ¡Si fuera tú huiría…!- y la voz se perdió en el horizonte arenoso.
Sin se sacudió el polvo de la cara y suspiró. Él no tenía miedo de nada. Un momento…
¡La Princesa de Las Brujas! O lo que era lo mismo, Vane.
Así que, después de todo, le llevaba ventaja…
Habían pasado tres meses desde que sus caminos se habían separado de nuevo y Sin había optado por seguir el rastro de ella en la distancia. Habían viajado por varios reinos juntos sin Vane darse cuenta… Él estaba dispuesto a protegerla de cualquier gran amenaza o del Caballero de la Isla Etérea, pero lo cierto era que Vane no había encontrado muchas adversidades en el camino y el Caballero parecía haber desaparecido de escena…
La había observado mientras paseaba por arroyos de aguas cristalinas, deleitándose con el reflejo de sus cabellos de fuego que siempre flotaban en el aire. La había acompañado en sus noches en vela, agazapado bajo su ventana con su forma de tigre y, había velado sus sueños.
También había ido recogiendo los pedazos de los “pequeños alborotos” que Vane creaba en cada Reino que visitaba en busca de su madre.
Porque cada vez que Vanesa preguntaba por el Reino de las Brujas, nadie sabía darle respuesta. Y entonces, ella se enfadaba y su dedo mortal comenzaba a lanzar rayos por doquier.
-¡Estoy harta de que el mundo me niegue lo que tengo derecho a saber!-decía ella con la voz oscura que le salía cuando se enfadaba.
La gente reaccionaba huyendo de ella como si fuese un monstruo o un demonio… Y ella se sentía sola e incomprendida.
¡Si jamás apuntaba a nadie! Tan sólo causaba algunos desperfectos…
Y entonces, marchaba hacia un nuevo destino, uno en el cual pudiese encontrar una respuesta a su única pregunta:
¿Dónde está el Reino de las Brujas?
Después, aparecía Sin y con su toque mágico arreglaba los techos agujereados, las paredes derrumbadas y los árboles quemados.
En ocasiones, también había tenido que convencer a los habitantes del lugar, de que no les había visitado una hechicera del demonio ni nada parecido… Sólo era una princesa en busca de su madre, en busca de una madurez que se alejaba más y más de sus manos cada vez que hacía gala de aquel mal humor y egoísmo.
Su fama pronto traspasó fronteras, como era de esperar, y todos le temían.
Y tres meses después, la había adelantado en el camino y, puede que se encontrasen muy pronto…
Nadie le había explicado a Vane, que el Reino de las Brujas era un lugar más protegido todavía que su propio Reino de Aiznelav... Su situación en el mapa era un misterio, sólo unos pocos conseguían descubrir su localización exacta. Pero había más: para entrar en el Reino de las Brujas, había que hacer gala de una mente limpia de maldad y nutrida de humildad… Algo que, a día de hoy, Vanesa no poseía.
Lo poseyó toda su vida, siempre fue alguien dulce y puro. Servicial y generosa.
Y aquel viaje por el mundo la había cambiado tanto en tan poco tiempo que no la reconocía… Y todo era por su culpa.
Cierto era que la orden de ocultar su presencia en el mundo de los vivos a Vane, por parte de la Reina Esmeralda, no era responsabilidad suya. Pero él la había acatado y la había llevado a cabo durante toda la vida de Vanesa. Se había convertido en su inseparable amigo, en su protector y mejor aliado… Y le había ocultado algo que para ella era tan importante que no se lo podía perdonar. Ahora, ella era un ser tan iracundo como bello. Se había sentido traicionada por todas las personas que amaba en muy poco tiempo y solo los Dioses Brujos sabían que haría ella en cuanto supiese que no podría jamás entrar en el Reino de las Brujas.
La única solución era interceptarla y cambiarla. Tenía que aleccionarla para que volviese a ser ese ser adorable y puro que había sido antes.
Era el único modo de alcanzar su meta y estaba seguro de que ella tomaría todo su empeño en ello.
De pronto, un potente tornado de color rojo apareció en su punto de mira y pasó por su lado en un abrir y cerrar de ojos, provocando que Sin cayera al suelo despedido unos metros en diagonal. Aturdido, escupió la arena de la boca y se alzó en pie con agilidad.
Se sacudió el atuendo de caballero dorado una vez más.
-¡Odio los desiertos!-exclamó irritado.
No había duda del origen de aquel tornado rojo… Sin estaba seguro de que su querida Princesa acababa de pasarle por encima justo en aquel instante.
Vislumbró como el tornado de sangre desaparecía en la lejanía provocando una tormenta de arena a su paso.
Sin comenzó a andar resoplando. Iba a hacer falta mucho trabajo para bajarle los humos a Vanesa…
La Bruja Verde y Fea sobrevoló el desierto en toda su amplitud pero no vio nada. ¿Dónde se había metido la maldita? Se suponía que debía de estar atravesando las dunas en busca del Reino de las brujas…
Estaban en el desierto más amplio del mundo, situado en los límites del mismo y, justo en su término, se situaba la frontera al Reino de las Brujas.
Había seguido a Vanesa en secreto. ¡Sí! Tenía que admitir que no había querido quedarse sola en el mundo y continuaba en su empeño de reclamar a la Reina su merecido perdón. ¿Es que no significaba nada el hecho de haberse enfrentado a un demonio caníbal por Vane?
Así que, en cuanto Vanesa llegase a las fronteras del Reino y comprobase que no podía entrar sin tener el corazón puro, la ayudaría a hacerlo proporcionándole un hechizo de apariencia en el que ella misma había estado trabajando esos tres meses y que también ingeriría.
Se ganaría el beneplácito de Vanesa y, una vez dentro, la Reina la felicitaría por traerle a su hija sana y salva.
La risa aguda comenzó a surgir de su garganta con fuerza mientras seguía sobrevolando los cielos despejados, pero se convirtió en un alarido de horror en cuanto una nube de polvo roja la arroyó.
La Bruja Verde y Fea cayó dando volteretas en el aire, atropellada por el tornado de fuego que iba en dirección al Reino…
¡Era ella! ¡Tenía que ser ella!
Menos mal que sus hechizos eran potentes y siempre efectivos, pues era un trabajo arduo el de rebajarle la mala uva a aquella chica.
En verdad había cosechado una fama de terror entre los reinos por los que había pasado y, tenía que admitir, que le había resultado muy divertido observar sus “travesuras”. Le recordaba a ella cuando era una joven y rebelde bruja que, junto a sus inseparables hermanas, había sembrado el terror en su propio reino… ¡Qué tiempos aquellos!
Se subió a la escoba y alzó el vuelo de nuevo. Esto sólo había sido un bache, ahora llegaría hasta la frontera y recogería los trozos de la pobre Vane en cuanto se viese privada de la entrada.
Vio a Sin un poco más adelante sacudiéndose ese ridículo traje de caballero medieval al que tanto gusto le había cogido. Tendría que preparar algún hechizo de buen gusto para él, pero eso sólo lo haría si recibía unas disculpas por su parte… ¡La había dejado tirada! Y el muy ignorante no tenía ni idea de que ella había estado ahí todo el tiempo. Se podía decir que ambos habían seguido a Vane y Sin había sido seguido por ella.
Con su dedo mágico señaló a la cabeza de Sin, situada bajo sus pies a unos metros en el suelo, y un excremento de pájaro se estrelló en sus dorados cabellos.
Las maldiciones de él, no tardaron en llegar:
-¿Pero qué…?- se tocó el pelo y su expresión fue un poema con significado de asco.-Si aquí no hay pájaros apenas… ¡Qué mala suerte la mía!- alzó la cabeza y entonces, la vio.- ¡Maldita bruja de los infiernos! ¿Qué haces tú aquí? ¿Y cómo te atreves a burlarte de mí de ese modo?
Ella soltó su risita aguda y contesto regocijándose:
-Sólo era una bromita, Brad.
-¡No me llamo Brad! Esa tontería acabó hace tres meses…-dijo con voz amarga.
-¿Quieres decir que cuando veas a Vanesa cara a cara te sincerarás?-inquirió ella con picardía.
-¡Eso no te importa!-exclamó apretando los dientes.- Te he hecho una pregunta: ¿Qué haces aquí?
Ella alzó la cabeza con expresión digna.
-¡Eso no te importa!
-¡No repitas mis frases!
-¡Dónde las dan las toman!
-¡Te voy a arrancar la piel a tiras!
-Y yo te lanzaré una caca mucho más grande a la cabeza… -se mostró dubitativa pensando en qué decir- … ¡Te cubrirá entero y te aplastará bajo la arena!
-¡Basta!- gritó él harto. Comenzó a andar intentando ignorarla.- Tengo que interceptar a Vanesa antes de que haga cualquier locura en la frontera del Reino.
-Yo también voy para allá… ¿Quieres que te dé un paseo?-se ofreció coqueta.
-No, gracias. Ya tuve bastante con subir en una ocasión. Mis posaderas todavía se resienten.
-¡Cómo quieras! ¡Llegaré antes que tú!
La escoba salió lanzada hacia su destino a una velocidad supersónica. Sin no pudo más que hacer desaparecer la suciedad de su cabello con un toque de mano y transformarse en tigre para correr tan deprisa como pudiese. Si la bruja intentaba alguna de sus artimañas en la frontera, se desataría el infierno con Vane, una vez más…
El Caballero de la Isla Etérea sonrió al contemplar el torbellino de polvo rojo asolando el desierto a su paso.
Había estado observando desde su castillo a Vanesa desde que se marchó y se sentía feliz al comprobar que, cada vez más, su corazón se había vuelto tan negro como la noche. Seguía conservando la bondad y la inocencia, pero estaban guardados en algún rincón de su alma, tan adentro, que apenas se vislumbraban.
Pero para sus ojos, nada era invisible. Ella seguía siendo su otra mitad.
Le había querido dar tiempo para experimentar por su cuenta, ella quería crecer y él se lo había respetado. Pero ya había llegado el momento de ir a por ella…
El final de su viaje estaba llegando y no podía permitir que entrase en el Reino de las Brujas, pues él no tenía permitida la entrada y sus poderes no sobrepasaban sus fronteras.
Tenía como ventaja el hecho de que Vane estuviese tan “enfadada”… No podría entrar.
Y él estaría allí esperándola para hacerle ver que su verdadero lugar estaba a su lado, junto a los demonios y la oscuridad.
Su armadura desapareció y el verdadero aspecto de Santiago de Los Alfaros emergió:
Sus cabellos castaños y largos descansaban sobre sus amplios hombros. Y lejos de sus habituales ropajes de caballero, conjuró un traje de firma que había adquirido el año pasado en el Reino Modernidad… La americana color beige se ceñía a la camisa blanca de seda que se pegaba a su vez a sus marcados pectorales. El pantalón, del mismo color que la americana, dibujaba unas largas y fuertes piernas.
Sus labios, rosados y gruesos, se abrieron en una sonrisa triunfal mientras sus rojos ojos cambiaban a un color pardo, más habitual. Quería causarle una buena impresión… Una nueva impresión…
Su silueta se difuminó en el aire y emprendió una veloz carrera hacia las fronteras del Reino de las Brujas. Esta vez, la victoria sería suya.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Léeme un cuento antes de dormir!-la niña tiró de la camiseta de su madre con insistencia- ¡Por fa!
-Ve metiéndote en la cama, que ya voy yo para allá, ¿de acuerdo cariño?
Besó a Laura en la frente y la niña se fue hacia su habitación contenta ante la promesa de su madre.
Yolanda se terminó el líquido helado de un solo trago y se quedó en silencio. Apagó la televisión que todavía seguía emitiendo programas en los que se hablaba del eclipse que duró todo un día. Los científicos seguían rizando el rizo sin encontrar evidencias del porqué de aquel fenómeno. No era un evento esperado y, por su duración, un hito.
La realidad era que el eclipse y los asesinos de la noche habían poblado la ciudad durante casi una semana, y cada día, todos se habían levantado con la sensación de que era el primero.
Yolanda pensó en su amiga Luna, en donde estaría. Había conseguido la adopción de Laura y ni siquiera la había llamado para felicitarla… Ella había intentado contactar las últimas 24 horas con ella, pero su teléfono estaba apagado y en casa no contestaba nadie…
Luna siempre la había apoyado en todo, era su mejor amiga y sabía de sus ganas por conocer a la niña que sería su hija… Durante mucho tiempo la había animado cuando la impaciencia podía con sus ánimos y ahora… Ahora desaparecía y no daba señales de vida.
Resopló enfadada y fue a asomarse a la ventana para contemplar la noche tranquila en el barrio de la Luz:
Poca gente paseaba por la calle ya que era la hora de la cena y las luces de los hogares estaban encendidas en casi todo el vecindario.
Un transeúnte estaba parado en la esquina de enfrente. Yolanda no supo porqué, pero se fijó en el hombre de pelo negro y largo que lucía una chaqueta de cuero pegada a un torso que se adivinaba fuerte y moldeado.
Era alto y de espaldas anchas, cintura estrecha y piernas robustas.
¡Era un cañón!
Pero lo que más llamó su atención fueron esos ojos de color… ¿Pero qué color era ese?
¡De color amatista! Jamás había visto unos ojos así… Debía de ser el efecto de las luces de las farolas, de su mente calenturienta o… Bueno, simplemente el tipo llevaría lentes de contacto. Eso estaba bastante de moda.
Aquellos ojos, naturales o no, eran precioso y el brillo que surgió de ellos en cuanto sus miradas chocaron fue como una chispa de fuego que se clavó en el estómago de ella con fuerza.
Qué sensación tan potente y extraña…
Se puso nerviosa y decidió volver a adentrarse en su hogar. Leerle un cuento a su hija Laura y acostarse sola y muy necesitada, para qué iba a negarlo, en su amplia cama.
Respiró hondo al cerrar la cortina.
-Venga, Yolandita… hace tanto que un tío no te mete mano que ya ves ojos raros en cualquiera y tu mente viaja demasiado por cuerpos desconocidos…- se dijo a sí misma en voz baja.
-No soy ningún desconocido.
En cuanto la voz grave de acento italiano le contestó, Yolanda pegó un grito de horror. ¡El tipo de la calle estaba frente a su cara! ¡Dentro de su casa!
Saltó encima del sofá y optó por aparentar.
-¿Cómo has entrado en mi casa? ¡Quieto o te parto por la mitad, chaval! ¡He tomado clases de defensa personal y era la mejor de la clase!
El tipo ni siquiera se inmutó pero sus ojos emitieron un destello de deseo. ¿Sería algún violador depravado? Él sonrió.
-Es tan divertido escuchar tus pensamientos…- negó con la cabeza mientras sonreía y Yolanda podía ver sus dientes blancos y perfectos.
Qué pena que un asaltante fuese tan atractivo… ¡Menuda suerte la suya!
-¿Quién eres y qué haces aquí? ¿Y… y? ¿Cómo has entrado?
Él apareció de pronto a escasos centímetros de su rostro asustado y acarició su cabello rubio que lucía suelto. Lo hizo con tal suavidad que ella no pudo más que estremecerse… ¿Terminaría sucumbiendo al síndrome de Estocolmo?
Pero se tensó y consiguió bajar del sofá y acercarse al pasillo que conducía a la habitación de su hija Laura… Tenía que protegerla.
-Voy a llamar a la policía si no te marchas…
-No lo harás, bella.
-¿Cómo que…?-comenzó a decir indignada pero su frase se quedó suspendida entre sus labios, que fueron cubiertos con los de él con avidez.
La lengua de él pugnó por entrar en su boca que se resistía.
Entonces, Andrea utilizó su magia para, a través de su beso, devolverle la memoria a su amada.
-Debes hacerle recordar, Andrea, no es justo para ninguno de los dos…- le había dicho Luna en cuanto se enteró de lo sucedido.
Y sus ganas por tenerla entre sus brazos de nuevo y poder saborearla, escuchar sus quejas, sus ocurrencias, su risa…
Quería conocer todo su mundo, ahora siendo humana, quería darle la oportunidad de decidir si quería volver a saborear la noche de su mano…
Su amor y todos sus recuerdos junto a ella viajaron por su boca hasta la de ella, luchando por entrar. Andrea acarició con sensualidad su espalda, bajando por su cintura hasta llegar a su trasero firme. Sus formas femeninas le volvían loco, ella tenía un cuerpo tan deseable que no podía contener sus ganas por recorrerlo entero.
Pero antes ella debía acoger su magia para recordar…
Yolanda, déjame entrar… Déjame volver a ti…
Sus palabras se colaron en la mente de ella apareciendo como una petición de necesidad y apremio. Y ella sintió que debía de hacerle caso, que él no era un desconocido.
Abrió la boca y sus lenguas se mezclaron por fin, creando una calidez incendiaria entre sus cuerpos que clamaban por pegarse y ser sólo uno…
Andrea…
Soy yo, mi amor…
¿Dónde estabas?
Librando una batalla que hemos ganado.
¿Y yo cómo llegué a casa? ¡Laura es mi hija ahora!
Yolanda abrió los ojos y se separó de sus labios rojizos. Se pellizcó las mejillas con incredulidad y se tocó la dentadura para comprobar que sus dientes eran normales, como los de cualquier humano… Entonces, estalló:
-¿Qué ha pasado? ¿Por qué soy humana de nuevo? ¿Y Luna? ¿Y…?
Andrea sujetó sus hombros con suavidad y la sentó en el sofá. Tenían horas por delante para poder hablar. Le explicaría todo y quizás, esa noche su hambre sería saciada, al menos… en parte.
Cuando, tras un rato escuchando a Andrea, Yolanda comprendió todo lo ocurrido, habló con la voz temblorosa a causa del cambio que había vivido su vida en pocos días… Había pasado de ser una escritora soltera y alegre, a ser atacada brutalmente y convertida en vampira… Para conocer el otro lado de la vida y al hombre de sus sueños.
Ahora, volvía a ser humana porque aquel hombre había velado por su felicidad aun sabiendo que la perdería…
-Sólo quiero decirte algo, Andrea.-dijo ella.
-Di lo que quieras.-ofreció él con una sonrisa sincera.
-Gracias por todo y… Gracias por Laura.
Copenhage, Dinamarca: castillo del clan original de Hechiceros
-¿De verdad no quieres ocupar tu lugar aquí, en tu tierra natal?
El jefe de los hechiceros, un vampiro viejo y con los poderes más ancestrales del clan, observó con su aguda mirada color fuego a Argus.
Dentro de su despacho, en aquel castillo antiguo, Argus recordó tantos momentos vividos en un pasado lejano… Allí se había reunido tantas veces junto a su padre, los demás hechiceros y, junto a Bardock.
-Mi lugar está en España junto a mis amigos y Luna, ahora es mi hogar.
-En ese caso, respeto tu decisión.- el hechicero posó su fría mano en su hombro en señal de apoyo.- Allí serás el jefe de tu clan y seguirás velando por la seguridad del mundo y enseñando a más hechiceros la grandeza de nuestra magia.
-Así se hará.-dijo Argus sellando el acuerdo con un firme apretón de manos.
Cuando salió del despacho, una mujer de pelo negro y piel clara le esperaba apoyada en la pared rocosa. Contempló la caída de su cabello liso que dibujaba ondas contra sus pechos bajo aquel vestido corto verde que dejaba sus hombros al descubierto. Recorrió su esbelto cuerpo con mirada traviesa y creciente avidez.
Ella le devolvió la misma mirada de deseo y, sobretodo, de amor consolidado.
Su amante nocturno, su hechicero… Vestido de negro, como era habitual en él, y con el pelo azabache cayendo sobre sus hombros, le sonrió.
Salieron del ancestral castillo cogidos de la mano y observaron el acantilado que rodeaba la enorme construcción. Donde antes había habido bosques y pequeñas casas de humilde corte, ahora lucía una ciudad moderna y cosmopolita bañada en luces de distintos colores bajo el cielo estrellado.
-¿Me enseñarás nuestra tierra natal antes de partir a Valencia?-dijo ella ilusionada.
Él la agarró por la cintura y sus pies comenzaron a elevarse con lentitud del suelo.
-Ahora haré lo que no pude hacer hace siglos… Mostrarte la noche en todo su esplendor.-Argus respiró hondo y cerró los ojos encontrando los sonidos y los olores de la noche nórdica que casi había olvidado.
Sus cuerpos se elevaron y se fundieron en la oscuridad atravesando los bosques, arroyos y valles a su paso. Llegando hasta la ciudad y sobrevolando sus edificios.
Luna y Argus se soltaron, ahora ella también podía volar, y sus risas se mezclaron con los vientos mientras disfrutaban de un paseo que les llevaría toda una placentera eternidad.
NOTA DE LYNS:
Bueno, llegó el final de esta historia, casi un año después de comenzarla, y aquí me teneis: muy feliz y satisfecha.
Feliz por muchas circunstancias de la vida, que ahora la saboreo dulce y bonita.
Y feliz porque eso es lo que siento cuando acabo una nueva historia... Por el trabajo hecho, por el que queda por hacer y por toda la gente que me ha apoyado en la distancia y en la cercanía.
Por todos los que habéis dedicado un rato a leerme y me animáis a ser leída por más gente.
Sabéis que nada de lo que sale de aquí piensa ser guardado en un cajón, que seguiré intentando ser profesional...
Bardock se arrodilló al lado del cuerpo inerte de Argus y, al momento, un aura brillante de color rojo envolvió su delgada silueta.
Nadie de los presentes dijo nada, nadie movió un solo músculo del cuerpo, pues esperaban que Bardock pudiese sanar a su líder moral.
Ni siquiera Marcus dijo nada… Parecía que aquel orgulloso y perverso hechicero hubiese perdido toda la confianza ciega en su victoria. Su cuerpo herido de muerte y necesitado de sangre para poder recuperarse, se marchitaba a cada segundo que pasaba. Pero una apatía repentina lo gobernó de pronto al ver como su antiguo aliado, su salvador en aquel pasado tan lejano, su mentor… Estaba ayudando completamente humillado a su hermano y mayor enemigo.
Marcus cerró los ojos y una lágrima roja salió de ellos. Eran lágrimas de dolor, de ira, de rabia contenida, de frustración… De una vida marcada por el sufrimiento y el odio hacia una familia que lo había repudiado sin razón cuando sólo era un infante. De una escalada triunfal y secreta durante siglos gracias a la ayuda de uno de los hechiceros, de un momento glorioso y, finalmente, de una derrota apabullante.
El heredero iba a salvarse y tendría todo lo que él había pretendido, todo lo que él consideraba un derecho de nacimiento. Y Marcus se dio cuenta de que moriría en la más absoluta de las soledades, nadie le lloraría ni le echaría de menos…
Nunca había aspirado a provocar lástima ni a resultar enternecedor. Sin embargo, se sintió tan solo en esos momentos, cuando todos los presentes esperaban por ver a Argus levantarse de nuevo y, en cambio a él, esperaban verlo exhalar su último suspiro.
Sabía que, en cuanto Argus se recuperase de su ataque, acabaría con su vida. Estaba indefenso: desangrado casi por completo y herido.
Bardock posó sus huesudas manos sobre el pecho de Argus, que apenas respiraba. El resplandor rojo de su cuerpo se trasladó al de Argus, siendo envueltos los dos por aquella mágica nube roja. Bardock giró la cabeza para dirigirse a los presentes, sus ojos brillaban y sus colmillos se perfilaban en sus labios:
-Ahora la sangre que corre por mis venas es el antídoto. Argus beberá de mí para eliminar el veneno de su cuerpo.
Acto seguido, volvió a centrarse en él y, sin entretenerse, conjuró una daga con la que hizo un profundo corte en su cuello. La arteria comenzó a escupir sangre con fuerza. Sin perder tiempo, Bardock cogió a Argus y lo guió hacia la fuente de vida que manaba de él. Argus no reaccionaba al principio, viendo todos como su boca y su rostro se empapaban de rojo sin despertar de su letargo venenoso. Bardock apretó su boca contra la vía abierta hasta que un fulgor verde comenzó a iluminar su piel pálida y se mezcló con la luz roja, creando una mezcla de colores mágica en la oscuridad nocturna.
Y, por fin, Argus desplegó sus colmillos y comenzó a succionar la sangre curativa de Bardock con avidez. Pronto se convirtió en hambre desmedida y desesperación:
Ahora era un animal herido que pugnaba por salir con vida y su mayor medicina era aquel líquido vital para un vampiro. Ahora fue él quien cogió a Bardock y lo apresó en sus brazos intentando beber más y más… Tanto, que Bardock comprendió que su fin no llegaría jamás de la mano del astro Sol sino a manos del Hechicero Argus, aquel a quien desterró con sus artimañas en un pasado lejano.
Así que dejó sus brazos caer y su cuerpo quedó laxo: Bardock iba a entregar su vida en aquel instante.
Argus, envuelto en aquel salvaje torbellino de hambre y vida, aprovechó su voluntaria indefensión y cayó sobre él en el suelo, donde siguió bebiendo sin final, hasta que la última gota de sangre de su enemigo ahora salvador terminase por caer en su garganta.
-Lo va a matar…-susurró Luna a Andrea con el rostro pálido de contemplar aquella escena.
-Creo que Bardock ha querido adelantar su sacrificio.-contestó él tajante.
Marcus abrió los ojos y contempló febrilmente como su hermano se recuperaba limpiando el veneno de su sangre con la de Bardock. Ahora la razón no dominaba a Argus y era evidente en sus ojos encendidos mientras terminaba su sanación a medida que el cuerpo de Bardock se convertía en un bulto pálido e inerte: justo lo que él había sido hacía unos minutos.
Además, ahora Argus vería recuperados sus poderes y su fuerza se vería también superada, ya que la sangre de Bardock, antigua y poderosa, se unía a la de él.
Su visión se tornaba más borrosa por momentos y le costaba la misma vida respirar mientras veía la poca sangre que quedaba en su cuerpo manar con lentitud por el enorme agujero de su pecho. Y justo cuando veía a su hermano dejar caer un Bardock muerto para gritar con expresión salvaje en la noche, Marcus cerró los ojos de nuevo.
Para no volverlos a abrir.
Argus gritó al sentir la vida llenar su cuerpo y alma de nuevo. Sus puños cayeron al suelo mientras, arrodillado, contemplaba al viejo hechicero muerto bajo sus pies.
-Tanto odio para terminar dándome la vida.-dijo con la voz rota.
Había estado tan cerca de morir que todavía estaba en estado de shock al sentirse renovado y en pie.
Y antes de que el cuerpo de Bardock se desintegrase, le habló:
-Podrías haberte escapado fácilmente y, sin embargo, asumiste la humillación y decidiste morir devolviéndome la vida que tu mismo ayudaste a arrebatar.
Gracias.
El rostro del muerto se difuminó entonces en el aire, volando entre las copas de los árboles en forma de ceniza.
-¡Marcus!
El grito de Luna le devolvió a la realidad. Ahí estaban todos sus amigos, su mujer… Parte de los aliados de la ciudad, que habían observado la escena de su salvación con solemnidad. Y un tanto alejado de ellos, el cuerpo de su hermano gemelo comenzaba a desintegrarse también en la noche.
Argus y todos ellos contemplaron sin habla como el último enemigo se mezclaba con los elementos y desaparecía para siempre del mundo.
En donde había yacido sólo quedaba un rastro de sangre de color negro y rojo, la mezcla venenosa de un corazón maltratado por la vida y por sus consecuencias.
Luna se acercó hasta él y le besó en la mejilla mientras sus lágrimas bañaban su cara y ambos se abrazaban con necesidad.
-Lo siento tanto, cariño… Pese a todo, él era tu hermano y…-su voz era suave y atormentada.
-Todo lo que necesito en la vida lo tengo aquí.-dijo Argus apresando su cara con adoración- Ojalá mi padre no hubiese actuado como lo hizo y ojalá mi hermano nos hubiese dado una oportunidad… jamás supe de él y, sin embargo, él si supo de mí… Y…- sus palabras se perdieron en un silencio cargado de reproches que ya no llegarían a ninguna parte, de un dolor que se perdería en el tiempo.
-Ahora comienza de verdad nuestra vida juntos.- dijo ella esbozando por primera vez en aquella sangrienta y difícil noche una sonrisa de sincera felicidad.
Luna y Argus se besaron apasionadamente en medio del fulgor de sus propios ojos y las miradas de los demás vampiros reunidos allí como testigos de una batalla secreta a los ojos humanos, pero decisiva para el futuro de todos.
Andrea les contempló feliz por haber terminado con toda aquella pesadilla pero con un sabor amargo en su garganta reseca.
-La pelea va a comenzar…-dijo Andrea observando sin perder de vista a Argus y Marcus- ¿Estás preparada para lo que se nos viene encima, Luna?
Dejó por un momento de mirar al exterior para centrarse en la pequeña mujer morena que sujetaba la pistola con dedos temblorosos, como si se le fuese la vida en ello. Estaba aterrorizada.
-No lo estoy.-sin desviar la mirada del suelo confesó sus gran temor- Temo por la vida de Argus más que por la mía.
Andrea fue hacia ella y sujetó sus codos con fuerza.
-Escucha: Argus podrá con Marcus, ¿me oyes?
-No desconfío de sus poderes, sé que él es muy fuerte y puede con lo que se le venga encima… Pero sabes que Marcus es su hermano, sus fuerzas están casi igualadas y además, sabe muchos hechizos que se alejan de la magia blanca que vosotros domináis.
-Jamás hay que perderle el respeto al adversario,-comenzó Andrea- y Marcus es uno muy poderoso y además especial… Lo único que me inquieta es que Argus flaquee en su determinación por ser quien es.
De pronto, el grito desgarrado de Argus en las cercanías de la puerta rompió su conversación:
-¡Andrea! ¡Luna! ¡No os dejéis atrapar!
Al instante, Andrea corrió a la entrada, para comprobar con estupor por la ventana, como el frontal de la casa estaba invadido por el ejército de Marcus. Decenas de vampiros se agolpaban en la puerta a punto de echarla abajo y Argus trataba de detener su avance peleando con furia animal. Miró a Luna y la orden salió de su boca con premura:
-Ha llegado el momento. Intentaré ayudarte mientras pueda pero debes de valerte por ti misma ¿entendido?
Ella movió la cabeza en señal de conformidad. Jamás había estado tan aterrada y no sabía si podría salir de ésta, pero la determinación por sobrevivir junto con Argus podía más que el miedo… Y ella tenía la ventaja de que Argus le había proporcionado más fuerza, conocimientos de lucha y la inmortalidad.
Quitó el seguro del arma y se colocó en posición para disparar.
Andrea sacó un machete y se puso junto a ella.
Y con gran estruendo, la puerta se rompió y los vampiros enemigos penetraron en la casa con la determinación de arrasar con todo. Luna gritó sin poder contenerse.
Por unos momentos, se quedaron observándose unos a otros. Dos vampiros contra decenas de ellos. Uno de ellos sonrió con malicia.
-Un hechicero y una bella vampira… Va a ser divertido y muy sabroso tomar vuestras esencias.-se relamió los dientes con lujuria.
-Coincido en algo.-dijo Andrea enseñando los dientes y dejándoles ver el brillo amatista en sus ojos- Va a ser divertido, en cuanto os convirtamos en ceniza.
En ese momento todos se lanzaron sobre ellos.
Luna se vio de pronto rodeada por más de diez vampiros que la observaban con avidez.
¿Cómo iba a salir de aquello?
Podía oír los sonidos de la lucha de Andrea con los demás, pero no podía desconcentrarse, tenía que hacerles frente y tener confianza en sí misma… Recordó todas las veces en que Argus le había dicho eso mismo… Tenía poder y conocimientos, iba armada… Entonces, se escuchó a sí misma hablando con una frialdad repentina, mientras empuñaba el arma con determinación:
-No tenéis ni idea de a quien os enfrentáis.-y sonrió intentando mostrarse segura- Terminemos con esto ya.
Las risas colectivas no le ofendieron, al contrario, ellos no la respetaban como adversario. La veían como una presa fácil y ese era su punto débil.
Disparó el arma dando en la frente de uno de ellos, que se tambaleó hacia atrás con gesto de sorpresa y dolor. Los demás cesaron de reír y pasaron al ataque.
Luna comenzó a disparar uno a uno a sus contrincantes. No consiguió dar en el corazón a ninguno de momento, pero les estaba debilitando.
-¡Zorra!-dijo el que había recibido un balazo en la cabeza al comienzo de la reyerta. La herida estaba cicatrizando con rapidez y sus ojos brillaban con ira- ¡Me bañaré en tu sangre!
Luna recibió un puñetazo en la cara, cayendo al suelo aturdida, pero reaccionó con agilidad y pronto se levantó, aunque la pistola se le cayó de las manos.
Era el momento de poner en práctica sus conocimientos de lucha implantados por Argus.
Pateó la cara del primero que se adelantó y esquivando un nuevo puñetazo, se agachó para coger la daga de la funda en su pierna y la clavó con fuerza en su pecho. Mientras el vampiro se deshacía en cenizas, abrió la garganta de otro, que se tambaleó hacia atrás sin tener tiempo de reponerse, pues Luna le lanzó una patada en la cabeza, provocando que el desgarro le decapitara.
Después, continuó deshaciéndose con pasmosa facilidad de cada vampiro que se interponía en su camino: luchó con las manos y apuñaló los corazones de los adversarios que sucumbieron a sus golpes. En verdad la sangre de Argus le había proporcionado fuerzas superiores a las de un vampiro común.
Estaba empapada del líquido vital y el hambre comenzaba a cernirse sobre ella irracionalmente… Estaba saciada… Pero la adrenalina de la lucha y la sangre vertida alteraban su organismo henchido de furia animal. Ya no era humana y lo notaba sintiéndose cada vez más segura y contenta. Por primera vez en toda la noche, se sentía ganadora. Estaba haciendo cosas que siendo humana jamás hubiese podido ni creer.
Dos vampiros la agarraron por los brazos intentando inmovilizarla. La daga se le escurrió de la mano cayendo al suelo y de pronto sintió como le mordían en las muñecas con violencia. El grito de dolor resonó por toda la habitación. No podía consentir que bebiesen de su esencia, de la de Argus mezclada en ella… No podía dejar que se hiciesen más fuertes a su costa. Pero antes de poder deshacerse ella misma de los vampiros, una nube de ceniza cayó sobre su ensangrentada cara. Ya no succionaba nadie su sangre y ellos habían desaparecido. En su lugar, vio a Andrea sujetando sendos machetes en las manos. Su rostro lucía parecido al suyo: lleno de sangre propia y ajena.
-No bajes la guardia, no debes dejar que te vuelvan a morder.-dijo él con gravedad.
-¡Lo sé! No volverá a ocurrir…-siseó ella con furia mientras recuperaba la daga del suelo. La habían pillado con la guardia baja, pero eso no se repetiría. Andrea sonrió.
-Estás echa toda una guerrera, es un orgullo luchar a tu lado.
Ella también sonrió.
-Gracias, lo mismo te digo.
Parecía increíble, pero ellos dos solos habían acabado con la mitad de los vampiros que habían entrado en la casa. Sólo quedaba una treintena. Parecía poco comparado con la invasión inicial…
Ambos recibieron sendos golpes por la espalda, chocándose entre sí.
Con rapidez, encararon a los adversarios de nuevo.
Andrea recibió una puñalada en el costado. Siseando, respondió clavando una daga en el pecho del otro, terminando con él con rapidez.
-¿Estás bien?-gritó Luna mientras acababa también con dos más.
-¡Sí! ¡No te preocupes por mí, esto cicatrizara enseguida! ¡Cuidado!
Pero la advertencia llegó tarde. El disparo resonó por todo el salón y dio de lleno en el hombro de Luna. Ella se tambaleó y se agarró el hombro dolorido.
Dos vampiros se abalanzaron sobre Andrea, sin poder auxiliarla.
Luna vio acercarse al vampiro que la había disparado junto con dos más.
-Soy inmortal igual que vosotros y os supero en fuerza, ya lo habéis comprobado.-consiguió decir pese al dolor intenso.
Sus miradas brillantes se posaban en ella con gran interés. Uno de ellos habló:
-Hueles a hechicero… Tu sangre es poderosa y la tendremos.-sentenció.
-¡Jamás!-respondió ella.
El brillo azul en sus ojos iluminó la habitación, lejos de la calma. La tormenta estaba más que desatada y, llegados a este punto, ya nada la iba a parar.
Justo cuando estaba a punto de echarse sobre ellos ignorando la pistola que seguía apuntándola y, el dolor del hombro, una nueva horda de vampiros entró en la casa.
Por un momento, Andrea y ella temieron que fuesen más enemigos enviados por Marcus pero, por suerte, el ejército estaba encabezado por Raúl.
-Joder… ¿Este es el famoso ejército de Marcus?-dijo él decepcionado.
-Es lo que queda de él, imbécil.-contestó Andrea terminando con su último contrincante. Se sacudió las cenizas del pelo.- Ya no hacía falta que vinierais.-escupió sangre con evidente enfado.
-¿Solos tú y la mujer?-preguntó uno de los vampiros de su bando, incrédulo.
Luna apuñaló por sorpresa al vampiro que sujetaba su pistola aprovechando su distracción ante el nuevo ejército. Después miró a Raúl evidenciando el brillo asesino de su mirada:
-¿Algún problema conmigo y mis habilidades?
Él alzó las manos en defensa:
-Yo no he dicho nada…-chasqueó los dedos de las manos y se preparó para la acción- Bien, esto nos llevará unos minutos.
La pelea ya tenía los minutos contados, en efecto:
El bando de los vampiros hechiceros era mayor y, en pocos minutos, el salón de la casa era el escenario de una batalla ya terminada.
Luna estaba sentada en el suelo con las ropas rotas y sucias de sangre y ceniza. Su rostro estaba también teñido de rojo y su mejilla derecha, hinchada por los golpes recibidos.
Andrea fue hacia ella y se arrodilló.
-Déjame ver eso.-refiriéndose a la herida de bala en su hombro.
Ella se lo mostró frunciendo el ceño por el dolor. El brillo amatista de los ojos de Andrea, se centró en el agujero y la bala comenzó a salir a flote con rapidez.
Luna gritó y vio como salía despedida hacia fuera sintiendo un alivio instantáneo.
Al instante, la carne se cerró, quedando la piel limpia de nuevo. No dejó ningún rastro ni evidencia de que allí había habido una herida.
-Eso no lo he hecho yo.-dijo Andrea animándola- Tenía que sacarte la bala para que tu organismo cicatrizara. Ya no eres mortal y tu cuerpo se recupera con rapidez.
Ella dejó correr las lágrimas que tan escondidas había tenido en su ser durante todo lo acontecido. Ahora ya no tenía que estar alerta, se podía relajar. Posó su mano en la mejilla de Andrea, con gratitud.
-Muchas gracias. Eres un buen amigo y me alegro mucho de que me hayas acompañado en esto.
-¿Has visto como los dos solos hemos podido?- sonrió él con desenfado- Cuando se lo cuente a Argus será muy feliz.
Ella se levantó sobresaltada, recordando que Argus seguía allá fuera luchando contra Marcus. ¿Cómo estaría?
-¡Debemos salir a buscarlo!-dijo sin perder el tiempo.
Ya estaba saliendo de la casa cuando Raúl la cogió por un brazo con fuerza.
-No seas loca. Marcus no es como los vampiros contra los que acabas de luchar, no te puedes meter en medio.
Ella se liberó del agarre.
-¡Si la persona que más amases en la vida estuviese allí…!- su voz tembló- ¿Qué harías?
Y se marchó corriendo fundiéndose en la oscuridad.
-¡Carallo!-exclamó él frustrado- Esta mujer es una suicida… - comenzó a correr tras ella mientras los demás les seguían- ¡Espera! ¡Vamos contigo!
Pero se topó a pocos metros con una Luna petrificada.
Ambos hermanos yacían en el suelo:
Marcus que, debido a la debilidad, había dejado su falsa apariencia para volver a ser el fiel reflejo de su gemelo. Estaba tendido en la tierra sangrando en abundancia. Su garganta literalmente había desaparecido y le había faltado poco para perder la cabeza ante el feroz ataque que había sufrido. Otra grave herida en su pecho se cerraba poco a poco, con lentitud.
Argus, en cambio, no lucía heridas importantes, sin embargo estaba paralizado. Sus ojos verdes estaban vidriosos y su boca estaba manchada por un extraño líquido negro.
Luna se abalanzó sobre él llorando y sujetó su rostro pálido entre sus temblorosas manos.
-¿Qué te ha hecho, mi amor?-él no reaccionaba a su toque, su mirada apuntaba al infinito y su respiración era casi inaudible. Ella lo movió intentando hacerle reaccionar.- ¡Argus! ¡Contéstame! ¿Qué te ha hecho ese miserable?
Raúl la agarró por los hombros e intentó apartarla con palabras tranquilizadoras.
-Intenta tranquilizarte, Luna… -su voz fue suave, como un bálsamo- Voy a comprobar qué clase de hechizo le gobierna. Hazte a un lado, por favor.
Ella le hizo caso y se apartó a un lado dejándole hacer.
Una carcajada le sobresaltó. Era Marcus, que aun seguía vivo.
-Me importa una mierda si habéis terminado con mi ejército.- sonrió escupiendo sangre- Aun malherido, podría con vosotros… ¡Yo he sido durante siglos vuestro jefe!
Andrea dio un paso adelante observándole con desprecio.
-Eres un pedazo de mierda, Marcus. Me siento como un imbécil por haber sido engañado tanto tiempo y haber confiado en ti ciegamente mientras nos utilizabas como marionetas.-sus ojos volvieron a brillar- Esta noche será tu fin… ¡Mírate! Estás a un paso de convertirte en cenizas y sigues creyéndote el más fuerte.
-¡Escuchad!-interrumpió Raúl. Su semblante era de gravedad- Esto tiene muy mala pinta… El líquido que Argus ha ingerido no es sangre, es veneno.
Marcus volvió a soltar otra carcajada acompañada de un nuevo reguero de sangre.
-No tiene salvación…
-Sí la tiene.
Aquella voz… Todos se giraron para contemplar al vampiro escoltado por dos hechiceros. Su semblante siempre frío e inquebrantable les enfrentó con altivez.
-¡Bardock!- exclamó Luna- ¿Has vuelto?
Él contestó con su oscura y monótona voz:
-Por desgracia para mí, mi humillación todavía no ha terminado.-miró al maltrecho Marcus- Me han enviado los hechiceros originarios para salvar al heredero de uno de ellos. Ese es Argus, siempre lo fue. Ahora que todos son conocedores de nuestro plan en su contra, su destierro ya no tiene sentido ni su castigo tampoco. Él tiene una posición que ocupar en el clan y me han obligado a venir para salvarle la vida.
Luna fue hasta él con la mirada esperanzada.
-¿Vas a sacarle el veneno del cuerpo?
-Ese hechizo lo creé yo y se lo enseñé a Marcus. Yo mismo lo desharé.
-¡Gracias!- dijo ella llorando.
-No me las des, no lo hago por él ni por vosotros. Lo hago porque soy un prisionero y mi castigo eterno se verá reducido si le salvo la vida.
-¿Qué quieres decir?-inquirió Andrea.
-Quiero decir que mi confinamiento terminará esta noche tras cumplir con mi última penitencia. Los hechiceros del clan original me permitirán entregarme al sol para no aguantar una eternidad tras las mazmorras muriendo de hambre y locura.
Todos se quedaron callados tras sus palabras. ¿Cómo un vampiro que aparentemente era tan noble y sabio se había entregado a tal maquiavélico plan?
Él mismo lo había ideado todo, siglos atrás… Y, sin embargo, no dejaba de parecerles cruel su destino.
-No me tengáis lástima.-sentenció él dejando claro que les leía el pensamiento con facilidad, algo que no todos los vampiros podían hacer con sus semejantes- Vosotros me la dais a mi empeñándoos en vivir en un mundo que no es vuestro, ocultos bajo leyendas y folklore barato.
Y sin más, se acercó a Argus para comenzar con la sanación.
-Faltan sólo cinco minutos para que Marcus llegue hasta aquí junto a su ejército y todavía no han llegado los refuerzos…-dijo Argus para sí mismo, aunque su voz sonó más fuerte de lo que pretendía debido al nerviosismo.
Andrea posó una mano en su hombro, intentando confortarle, pese a su propia intranquilidad ante lo que se iba a desatar allí en pocos minutos.
Posiblemente, no todos saldrían vivos de aquella batalla.
-Amigo, tienes que confiar en los nuestros… Raúl y unos cuantos aprendices han ido en busca de la población vampira que queda por corromper en la ciudad.
-¿Crees que quedarán muchos incorruptos?-insinuó Argus con sarcasmo.
-Sí, lo creo, Argus.-Andrea fue tajante- Mientras andábamos a la caza de los asesinos durante el eclipse, tuvimos ocasión de trabajar junto a un grupo considerable de vampiros dispuestos a todo con tal de ayudar.
-Ojalá todavía estén vivos.-dijo Luna, que estaba sentada en el sofá lidiando también con sus propios temores.
-Yo también lo espero…-susurró Andrea.
En verdad esperaba que en breve apareciesen todos porque la cuenta atrás estaba llegando a su fin.
Argus se sentó junto a Luna y agarró su cara con cuidado. Ignorando la furia y los nervios que encogían su estómago… Las perspectivas no eran nada halagüeñas. Todo indicaba que se tendrían que enfrentar ellos solos ante Marcus y sus hombres y, pese a que individualmente ninguno igualaba a Andrea y a él en fuerza y poder, todos juntos les podían hacer mucho daño. Y Luna… Ahora mismo se sentía como el más miserable de los vampiros al haber permitido que su mujer formase parte de este suicidio.
-Cariño… -su voz sonó tan oscura como su mirada en aquellos momentos- Siento que te estoy arrastrando a una muerte segura. Debería esconderte en algún lugar hasta que todo acabase.
-Eso ni lo sueñes.- saltó ella agarrando también su cara con fuerza.- Estoy aquí por voluntad propia y si tengo que morir, lo haré contigo. No te dejaré marchar tan fácilmente esta vez, Argus.-y sonrió… Y su sonrisa fue triste y cálida a la vez. Ambos eran conscientes de su negro futuro. Un futuro que se habían empeñado en construir y que el destino pensaba arrebatarles una vez más. Pero esta vez ambos marcharían a la vez, esa era su decisión.
Argus cogió su mano y la besó con pasión. Después, se apartó los cabellos negros de su cuello y se lo ofreció:
-Bebe más de mi esencia, mi amor. Mi sangre es antigua y muy fuerte, te ayudará a enfrentarte con más ventaja a nuestros enemigos.
Andrea apartó su mirada de la pareja y la centró en el exterior de la casa. A través de la pared, había conjurado un simple hechizo para ver a través de cualquier superficie opaca. Y mientras esperaba la llegada de su antiguo superior, convertido en su mayor enemigo, escuchó el sonido de los labios de Luna succionando la esencia de Argus con avidez. El poder de él penetraba en el cuerpo de ella, convirtiéndose en una vampira mucho más fuerte y letal.
Recordó los momentos en que tuvo una compañera a la que no llegó a besar, a la que no llegó a probar… La recordó entre sus brazos y también evocó el momento en que ella sí probó su esencia. Mientras oía a Luna beber de Argus, imaginaba que era Yolanda quien bebía de él una vez más y una erección surgió de pronto, sobresaltándole.
Se arrepentía tanto de no haberla retenido consigo… Pero después pensaba en su nueva vida junto a una niña que era su hija, haciendo lo que siempre había hecho… Y se reafirmaba en su decisión. Él no tenía derecho a condenarla a una oscuridad que ella jamás había aceptado del todo.
Y despertando del sueño de su amor imposible, vio surgir en la oscuridad una figura masculina: era Marcus.
Pero no presentaba su verdadero aspecto con el mismo rostro que Argus, sino su otra apariencia: su pálido rostro de facciones severas pero de bella armonía mostraba una frialdad inquietante. El tipo era muy astuto y calculador.
Su cabello rubio platino estaba rapado al dos y sus ojos azules despedían destellos verdes.
Su vestimenta totalmente de negro y cuero se pegaba a su cuerpo como una segunda piel.
Nadie más se vislumbraba a su lado.
-Ya está aquí.-dijo Andrea.
Luna y Argus acudieron junto a él rápidamente y él conjuró el mismo hechizo para observar a su hermano.
-Cree que nos pilla por sorpresa y piensa en tendernos una emboscada.-siseó.
-No percibo a los demás, pero él debe de haber camuflado sus esencia con su magia.-afirmó Andrea.
-Yo opino lo mismo.-contestó Argus.- Estamos rodeados.
Marcus sonrió. Percibió la presencia de Argus y Luna dentro de la casa junto a uno de sus hechiceros, Andrea. Nadie más.
Soltó una carcajada de satisfacción. Si pensaban que tras terminar con el hechizo del cofre todo había terminado, estaban muy equivocados. No creía que Argus fuese tan estúpido como para creer que él se había rendido, pero lo que no se esperaba era que había organizado un pequeño ejército de vampiros en sólo 24 horas y estaban rodeando su casa ahora mismo.
Quizás no necesitaba a tantos para acabar con su hermano, de eso se encargaría él solo, pero mientras lo hacía, los demás se alimentarían de su mujer Luna y eliminarían al resto, para después hacerse de nuevo con la ciudad. No era tan estúpido como para pensar que cualquiera de los vampiros que traía consigo fuese a poder contra un hechicero de su antiguo clan, pero les superaban en número y eso sí era decisivo.
Aunque viniesen en su ayuda Raúl y los aprendices, no eran suficientes para parar su ejército.
Atraería a Argus fuera de la casa y le tendería una trampa.
-¡Argus!- gritó en la oscuridad.-¡He venido a tu encuentro para ofrecerte un trato!
-¡No contestes, Argus!-exclamó Luna muy asustada.
-Cariño, él sabe perfectamente que estamos aquí, puede olernos al igual que nosotros a él.
-Es una trampa, Argus.-dijo Andrea con los colmillos sobresaliendo de sus labios rojizos. Su mirada amatista destellaba de furia.-Saltarán todos sobre ti en cuanto salgas.
-No… No es su estilo.-convino Argus sin apartar la vista de Marcus, que esperaba afuera su respuesta- Marcus se enfrentará él solo conmigo, lleva mucho tiempo deseando hacerlo con sus propias manos.
Sin decir nada más, se dirigió hacia la puerta con decisión. Pero cuando estaba a punto de abrirla, Luna le cogió del brazo para impedírselo:
-¡Espera! Puede que estén a punto de llegar los refuerzos…
-No podemos retrasar lo inevitable, cariño.- la besó en los labios con fuerza y palpó con una mano la pistola que ella llevaba escondida en el pantalón.- Cógela y úsala con inteligencia, no dejes que el miedo te gobierne. ¿Recuerdas todo lo que te dije?
-No dejar que ningún vampiro se me acerque lo suficiente como para morderme. Para eso, está mi nueva amiga.- y sacó la pistola.- Mi otra amiga- refiriéndose a la daga que guardaba en su pierna- me ayudará a acabar con ellos aprovechando su debilidad.
-Muy bien, estoy seguro de que lo harás muy bien. Confío en ti.-dijo él con suavidad.
-Y yo en ti.-dijo ella con un susurro.
Argus la apartó a un lado para que Marcus no la tuviese en el punto de mira y salió al exterior cerrando la puerta tras él. Se colocó en posición de alerta: sus piernas y brazos despegados del cuerpo, en una pose aparentemente relajada, pero sus sentidos estaban alerta al cien por cien. Su voz sonó también fría y relajada.
-Aquí me tienes, Marcus. ¿Qué me ofreces?
Podía sentir las decenas de ojos observándole desde detrás de los árboles que rodeaban la mansión de los hechiceros. Los vampiros estaban esperando la señal de su jefe para saltar sobre ellos. Podía sentir su hambre, sus ganas de sangre desmesuradas… La locura invadía su razón y eso les convertía en asesinos muy eficientes y perseverantes. Nada, salvo la muerte, frenaría su avance.
Marcus sonrió abiertamente, mostrando su dentadura blanca y sus colmillos afilados.
-He venido a ofrecerte el trato de tu vida, hermano.
-No me llames así.-siseó Argus con un destello de advertencia en sus ojos verdes.
-¿Por qué no debería hacerlo? Al fin y al cabo es la verdad. Como también lo es el hecho de que esta noche uno de los dos morirá.
-Y ese serás tú.-sentenció Argus.
Marcus sonrió una vez más, esta vez apretando los labios.
-Te crees muy fuerte, pero yo he sido tu superior muchos años ¿lo has olvidado acaso?
-Acepté tu superioridad como posición, no como una realidad.
Marcus chasqueó la lengua con fastidio.
-Basta ya de gilipolleces, hermano. He venido aquí para ofrecerte la oportunidad de acabar conmigo.- abrió los brazos como si se le ofreciese- Pero yo también intentaré hacer lo propio contigo: un duelo a muerte. Creo que es justo puesto que ninguno de los dos aceptaría vivir en un mundo bajo las reglas del otro.
-Acepto.-sentenció Argus sin más.
Marcus no dijo nada más tampoco, se limitó a dar una orden a los vampiros que acechaban tras la oscuridad:
-¡Entrad en la casa y coged a la mujer y al hechicero!- paseó su lengua por los dientes- Podéis hacer con ellos lo que os plazca.
Al instante, una horda de vampiros surgió de las entrañas del bosque y cayeron frente a la puerta de entrada.
Argus rugió furioso e intentó detenerlos antes de romper la puerta en mil pedazos, pero Marcus se interpuso en su camino con gesto divertido.
-Hermanito, tenemos un trato, ¿recuerdas?
Argus lo agarró del cuello de la camiseta y ambos se elevaron en el aire con rapidez.
-El trato no incluía que tus asesinos entrasen en la casa a la fuerza.
-Bueno, creo que no es probable que sean invitados a entrar…- pero antes de acabar con su burla, Argus le propinó un fuerte cabezazo y Marcus salió despedido hacia atrás.
Aprovechando su ventaja, Argus fue hasta los vampiros que ya comenzaban a entrar en la casa y comenzó a golpearlos uno a uno, cortando cabezas con sus propias manos.
-¡Luna! ¡Andrea! ¡No os dejéis atrapar!-gritó mientras seguía esquivando golpes y propinando los suyos.
Algo invisible lo agarró del cuello y lo arrastró de nuevo a la oscuridad, apartándolo de los demás vampiros que ya atacaban a Andrea y Luna. El grito de ella lo acompañó con suma frustración mientras se alejaba sin remedio a un duelo a muerte.
Argus cayó en el suelo a unos metros de la casa y se levantó con agilidad. Marcus lo observaba con frialdad asesina.
-No pienso tolerar que me ignores.- sentenció mientras una esfera de fuego se formaba en sus manos. La lanzó sobre Argus, el cual la esquivó con facilidad, estrellándose en la arboleda y creando al instante un incendio.
-¡No hace falta que arrases con todo para acabar conmigo!- gritó Argus.
Con una mano lanzó un hechizo de agua sobre los árboles afectados, que aceptaron la barrera invisible de líquido frío sobre ellos. El fuego se sofocó.
Y Argus encaró de nuevo a Marcus. No habló más, pues sus miradas lo decían todo: había llegado el momento decisivo.
Ambos se lanzaron al ataque, chocando sus cuerpos con tanta fuerza que un destello verde surgió de ellos iluminando la noche.
Comenzaron a golpearse cuerpo a cuerpo con fuerzas de momento, igualadas.
Argus agarró a Marcus por el cuello y lo lanzó al suelo varios metros por delante, apareciendo con gran rapidez junto a él, justo cuando comenzaba a recuperarse. Formó una bola de fuego y la lanzó a boca jarro en su pecho.
Marcus rugió de dolor cuando la herida letal se abrió en su carne. Por suerte para él, no había alcanzado su corazón, pero esto le debilitaba considerablemente.
Se levantó alzándose en el aire para preparar un nuevo ataque. Tenía que actuar rápido si quería acabar con Argus. No pensaba admitir que le había herido de gravedad ni aceptaría la derrota. ¡Él se merecía tener el poder por todo cuanto le habían arrebatado en la vida!
Pensó en un hechizo que le había enseñado el propio Bardock hace siglos… Un hechizo letal de necesidad. Pero necesitaba concentrarse lo suficiente para llevarlo a cabo.
Lo observó desde su posición en el aire. La batalla se había desatado dentro de la casa y a estas alturas, seguramente su mujer ya habría sucumbido a los vampiros.
Podía sentir la intranquilidad en Argus como una olla a presión en su estómago y pensó en que esto sería una buena arma de distracción para preparar su ataque mortal.
-Tu mujer ya debe de haber pasado a mejor vida de nuevo, hermano.
El destello de furia en sus ojos verdes lo alcanzó. Él echó la vista atrás. Deseaba ir en su ayuda, lo veía en su rostro…
Un aura negra envolvió a Marcus por completo, fundiéndose en la noche. Ni siquiera los ojos de un vampiro podían avistarle. El poder de la magia más oculta le rodeó, convirtiendo sus ojos azules en dos negras cuencas bajo aquella nube oscura.
El veneno penetró en sus venas viajando por todo su cuerpo y preparándole para matar.
Esta vez su voz sonó más grave y potente. La cena para su hermano estaba servida.
Se lanzó en picado sobre Argus, que no reaccionó a tiempo y cayó al suelo bajo la nube negra que envolvía a Marcus.
-¡Luna yacerá en el suelo desangrándose bajo las garras de varios de mis hombres!- rugió en los oídos de Argus para provocarle. Quería que le mordiese. Aunque no bebiese de su esencia, tan sólo el contacto de su sangre en sus labios sería suficiente veneno para dejarlo expuesto a la muerte.- ¡Y antes de sacarle la última gota de su sangre, la violarán una y otra vez!
Su última provocación surtió el efecto esperado, pues Argus ya estaba fuera de sí y clavaba sus colmillos con violencia en su cuello.
Había mordido el anzuelo.
Y mientras sentía como su hermano le desgarraba la carne, olvidó por un momento el dolor para centrarse en la inminente victoria: dentro de unos minutos, Argus yacería inmóvil bajo su cuerpo.
Pero algo más lo distrajo mientras Argus le arrancaba parte del cuello y desgarraba por entero su arteria:
Un número elevado de vampiros surgieron de la nada, apareciendo frente a la casa. No sabía cuantos hombres quedaban dentro, pero estaba seguro que le superaban en número… ¡Maldita sea! Raúl encabezaba el ejército.
Argus lo empujó al suelo inmovilizándolo con su peso mientras seguía desgarrando su carne. Pero Marcus consiguió deshacerse de él, apartándose de su hermano que contemplaba con estupor el color de la sangre que empapaba su cara y su boca.
-Es negra.- dijo Argus limpiándose la boca confuso.
Marcus cayó al suelo de nuevo, debilitado pero contento.
-Yo me recuperaré de esta herida, hermano…- sonrió con pesadez- … Pero el veneno corre por tu cuerpo de modo implacable. Estás muerto.
-¡Socorro! ¡Vane! ¡Sin! ¡Que me ha mordido una oreja!
La bruja verde y fea tenía, en efecto, a la niña-súcubo Clarisse colgando de una oreja cual perro rabioso.
-¿Sin?- Vane miró a su alrededor olvidando su ataque al Caballero de la Isla Etérea por un momento. -¿Dónde…?
Sin lanzó un gruñido de advertencia a la Bruja Verde que ésta, a pesar de estar bien ocupada intentando librarse de la niña caníbal, captó al instante:
-¡Ups! ¡Quise decir Brad!-ganó por unos segundos la pequeña batalla contra Clarisse, doblegando sus pequeños brazos e inmovilizándola en el suelo. –Cuando conocí a aquel terrorífico tigre albino aquella noche en mi amado Reino de Hallowen…- su expresión era totalmente teatral, resultando increíble que siguiese peleando con la niña mientras lo decía- … Quedé muy afectada. ¡Hiciste muy bien en abandonarle, mi queridísima princesa Vane!
Vane no contestó. Se quedó mirando a la bruja, pensativa. En verdad había odiado mucho a Sin desde que se enteró de su gran mentira… ¿Qué habría sido de él? ¿Habría vuelto a su amado Reino de Aiznelav con su padre? ¿O quizás había ido al encuentro de su madre? Esperaba, que nada le hubiese ocurrido… Por mucho que hubiese roto su amistad, no le deseaba ningún mal. ¡Dios! Le dolía tanto aquello… Sin había sido su mejor amigo desde la infancia y si se paraba a pensarlo, se sentía extraña sin su presencia habitual a su lado.
El feroz rugido del tigre africano frenó su distracción. ¿Por qué rugía Brad a la bruja?
Observó intrigada al animal que minutos antes había sido un hombre muy guapo… Y se dio cuenta de que sus ojos despedían un brillo parecido al de los de Sin. Por unos momentos, su mente deseó que él fuese Sin… Pero al instante se reprendió. Su viaje tenía un buen motivo que no había olvidado: crecer.
Y el crecimiento implicaba cambiar actitudes que no la beneficiaban, y una de ellas era ser demasiado blanda.
De pronto, unos brazos duros como una roca la agarraron por la cintura, apresándola tan fuerte que Vane sintió que se quedaba sin respiración.
-Sois tan estúpidos que mientras os dejabais distraer por la bruja horrenda, yo he quedado libre…- susurró el Caballero de la Isla Etérea en su oído con una risa exagerada.
Y ella lo vio todo rojo… Algo muy muy caliente comenzó a trepar por sus piernas, avanzando por sus caderas y su estómago, para llegar hasta su cuello y colarse en su cabeza. Brad, que había recuperado su forma humana, chasqueó la lengua negando con la cabeza:
-Amigo, creo que la has hecho buena. Ella te va a destrozar.
Y sin dejar de retener a Vane, el Caballero respondió altivo:
-Cállate, gatito… Ahora arreglaré cuentas contigo… -las dos esferas rojas que eran sus ojos, se iluminaron con intensidad- Yo también puedo convertirme en animal o en lo que se me antoje… Y ¡me encanta la carne cruda!
De pronto, el caballero recibió un golpe en la cabeza y fue expulsado hacia atrás con fuerza. Su pesado cuerpo chocó contra Brad y ambos cayeron al suelo varios metros lejos de Vanesa.
Ella les observaba con expresión de furia: los labios rojizos estaban tan apretados que apenas se veían y sus ojos despedían rayos. La tormenta había despertado y al parecer, la princesa de las brujas cada vez era menos niña y más mujer.
Una mujer de armas tomar.
Vanesa habló por fin con voz oscura y teñida de peligro:
-No soy una blanda.
Sus palabras flotaron en el aire y, durante unos segundos que parecieron minutos, nadie replicó. De hecho, nadie respiró. Excepto la bruja verde y Clarisse, que seguían enzarzadas en una lucha en la que ninguna estaba exenta de mordiscos y arañazos.
Dirigió un dedo hacia Brad, que la miraba con asombro desde debajo de la pesada armadura de su enemigo.
-Tú, largo de ahí.
Sin estaba tan sorprendido por el gran cambio de Vanesa que no podía articular palabra. Siempre había sido una joven tan dulce y bondadosa que jamás hubiese imaginado tal expresión de furia en su rostro enrojecido. Durante unos instantes pensó en la posibilidad de que ella le atacase, después de todo se suponía que él era un desconocido...
Y se preguntó si ella lo sería para él mismo…
Pero no dijo nada. Simplemente se deshizo del Caballero y ambos se levantaron. Sin se apartó a un lado.
Vanesa desvió ahora la mirada hacia el Caballero de la Isla Etérea. Su furia se tiñó de frialdad: una mezcla muy explosiva.
-Me has apartado de mi camino durante horas y has intentado aprovecharte de mí.-frunció el ceño- Puedo sentir tu maldad expandirse por el aire y me da nauseas.- y torció la boca con desagrado- Sé que puedes eliminarme con sólo un movimiento de mano y, sin embargo, no lo has hecho… Podías habernos matado a todos.
-A veces me divierte jugar con las presas…- él sonrió irreverente- ¡Hacía tanto que no tenía invitados!
Sin se encaró a él de nuevo:
-¡Maldito prepotente!- pero una descarga eléctrica le golpeó en el hombro. Sin gruñó de dolor y saltó lejos de nuevo. Vanesa se miró el dedo y sopló su punta, como si quemase.
-No lo volveré a repetir, Brad. A la próxima interrupción te dejaré hecho una tostada.
El Caballero mostró una sonrisa de satisfacción. Pese a que, de momento, sólo se había ganado el desprecio de Vanesa, al menos ella le prestaba la atención que merecía… Y a los intrusos los desechaba con firmeza. Cada vez le gustaba más esa muchacha…
-No volverás a verme porque mi viaje sigue en pie y no pienso mirar atrás. –Vane siguió con su discurso, sin abandonar aquella pose aterradora.-Y cuando llegue al final del camino, me encontraré con mi madre, la Reina Esmeralda.-sus ojos cambiaron un momento la frialdad asesina por un brillo de emoción- Ella deberá explicarme muchas cosas…
-Te seguiré allá donde vayas. ¡No puedes librarte tan fácilmente de mí!-gritó el Caballero ahora igual de enfurecido que ella.
-Adiós, Caballero.- desvió su mirada y buscó a la bruja verde.
Y la encontró tumbada de costado en el suelo, con la oreja sangrando y el rostro lleno de arañazos. La niña-súcubo Clarisse no estaba junto a ella… De hecho, no estaba. Sin embargo, se fijó en un pequeño conejo rosa que despedía fuego por sus ojos rojizos.
-¡Al final pude con ella!- exclamó la bruja alegre.- Lástima que no estemos en el Reino de los Alfaros… Allí se comen a los conejos, Clarisse.-y le sacó la lengua al conejo rosa.
-¡Qué sabrás tú de Los Alfaros, insolente!-rugió el Caballero desde su posición.
-¡Bruja! ¡Ven aquí, rápido!-gritó Vanesa- ¡Y tú también, Brad!
Ambos se dirigieron hacia Vanesa con premura. Ella les cogió de la mano y cerró los ojos con fuerza. Comenzó a hablar, esta vez con suavidad y gran concentración:
-Quiero irme de este Reino del Mal, quiero desaparecer de esta Isla Etérea.
Continuaré mi camino y ningún hombre, animal, fantasma, bruja ni monstruo me lo impedirá… Y me llevo a mis amigos conmigo.
El Caballero de la Isla Etérea contempló con el rostro contraído por el dolor y la frustración, bajo la oscura armadura, como Vanesa se esfumaba delante de sus ojos.
La dejó escapar sin más y ahora se veía solo y muy furioso.
Fue hasta donde estaba el pequeño conejo rosa y lo acunó en sus poderosos brazos de hierro. Y pensativo miró el horizonte oscuro y tenebroso que se expandía ante sus rojos ojos… Todavía no entendía porqué no los había matado a todos. Todavía no entendía porqué la había dejado escapar.
Todavía no entendía porqué se sentía tan dolido por ser odiado por ella.
Vanesa, Sin y la Bruja Verde aparecieron de repente en una montaña nevada.
El viento frío se caló en los huesos de los tres con rapidez e intensidad y Vane no tardó en conjurar unos abrigos de lana para protegerse.
-¿Dónde estamos ahora?- inquirió la bruja mirando a alrededor.
-Estamos en el Reino de las Nieves de nuevo.-dijo Vanesa con la voz apagada.
-Osea que… ¡Hemos conseguido escapar de las garras del Caballero de la Isla Etérea!- la Bruja Verde saltó sobre sí misma sin contener su euforia. Se agarró a Sin y le besó en los labios con un beso sonoro y prieto.- ¡Ya sabía yo que mi Brad me sacaría de allí!
Él la empujó soltando un siseo mientras se restregaba la mano una y otra vez por la boca. Pero antes de que pudiese soltar el repertorio de insultos que tenía en mente, Vanesa le replicó a la Bruja:
-Él no te ha sacado de allí, ignorante.-su voz seguía mostrándose triste y apagada- He sido yo solita, a ver si te enteras.
-Escucha… VanesaPrincesaDeLasBrujas, a pesar de lo que mi aspecto pueda decirte… Yo sé muchas cosas sobre hombres, cosas que te encantaría saber… Y una de ellas es que les encanta sentirse importantes.-dejó a Sin de lado y se dirigió a Vanesa haciéndole una confidencia:
-No sabes la de peligros que Brad ha sorteado en nuestro viaje al castillo con tal de salvarte.
-¿Y porqué querría arriesgar su vida por mi este desconocido?- Vanesa miró con expresión de enfado a Sin- Tienes su misma mirada, no pienses que lo he pasado por alto.
Esto cayó como una pesada losa en el estómago de Sin… Ella dudaba de su identidad… Estaba seriamente perdido…
Por un lado, si decidía continuar con la farsa de Brad, tenía que encontrar una buena razón para explicar su interés por rescatarla.
Y por otro, si terminaba confesándole la verdad a Vanesa, se exponía a perderla de nuevo… O peor: a perder alguno de sus miembros.
Durante unos minutos incómodos se volvió loco pensando en qué hacer.
En verdad, no quería volver a mentirle…
Por suerte, la bruja intervino, sacándolo del embrollo con sus artimañas:
-Vane, Vane…- la cogió con suavidad por los hombros y la giró para enfrentar sus ojos oscuros- Sabemos que estás furiosa por todo lo acontecido, pero no está bien que lo pagues con él… Él es un amigo que me salvó de tu hechizo equino y se mostró indignado por tu secuestro… La leyenda del Caballero de la Isla es tal, que todos conocen de su maldad y, Brad sólo quiso hacer justicia.
Vanesa comenzó a sentir una repentina tranquilidad a medida que la Bruja Verde hablaba. Cuantas más palabras decía, más agradable le resultaba su voz y más certeras sus palabras. Sí… Brad era un noble y apuesto caballero dorado. Un hombre íntegro y valiente que había luchado por una completa desconocida.
Los ojos negros de la bruja comenzaron a despedir destellos de colores. Las palabras fluían llenando el aire de las fabulosas cualidades de Brad y de lo bien que se sentía con ellos… De lo relajada y… ¡Hechizada que se sentía!
Con un manotazo, apartó a la Bruja Verde y sacudió la cabeza hasta sentirse despejada de su influjo.
-¡Has intentado hipnotizarme, víbora!-la señaló con su dedo mortal.
La Bruja comenzó a hacer aspavientos para restarle importancia con nerviosismo.
-¡Pero lo he hecho por una buena causa! ¡No serás capaz de dispararme con eso! ¿No?
Piensa en lo que hemos arriesgado por ti… ¡Somos tus amigos!
Vanesa bajó el dedo y comenzó a caminar dándoles la espalda.
-No necesito a nadie. Dejarme en paz.
Y se alejó sin mirar atrás.
-Yo mismo hubiese podido defenderme, Bruja.-dijo Sin contrariado. Acto seguido comenzó a andar también, pero en dirección opuesta a Vane. Tampoco miró atrás.
Y la bruja se quedó sola, en medio de la nieve y el frío.
-¡Siento si mi modo de actuar no es el correcto a veces!- gritó con fuerza en medio de la nada. Y terminó por sentarse sobre el manto húmedo de hielo. –Pero sois lo único que me queda… - y sollozó con exagerado dramatismo- ¡Es tan deprimente!
Hola amigos/as! Soy Lydia Alfaro, valenciana de 24 años,apasionada de la literatura fantástica, romántica y de terror. Mi predilección: los vampiros y mi gran placer, crear historias que os hagan soñar, divertiros o aterrorizaros.
Entrad, poneos cómodos y descubrid mi mundo de luz y oscuridad.
Cuentos infantiles sobre el autismo dirigida por Rubén Serrano. Participo junto a muchos compañeros.
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