No fue el sol del mediodía sino una punzada en el vientre lo que despertó al “capitán” cuando dormía bajo una marquesina en la banqueta de la novena y la veinte. Sudores, calambres, fuego en el estómago y el ansia que le causaba ese rotulo de aguardiente que colgaba -burlón-, sin hacer sombra alguna sobre sus desmesurados pendientes, fueron las razones que le hicieron extender la mano y hacer mueca de súplica mientras la gente se cambiaba de acera, seguía su camino y fingía no verlo. Desairado por la indiferencia se puso en pie y, como pudo, entró a la cantina esperando un milagro. Nunca había sentido una urgencia tan mortal como la que estaba sintiendo ese día por un maldito trago.
Hacía tiempo que los parroquianos se habían hartado de sus cuentos sobre aviones, misiones aéreas y condecoraciones en honor al mérito, y nadie entre los presentes estaba dispuesto a arrojarle una moneda ni a invitarle otra vez a una copa como solían hacerlo. El cantinero, movido por la compasión o desesperado por la molestia, bajó una botella del aguardiente más barato y se la ofreció a cambio de que se fuera a la mierda y no volviera. El “capitán”, incrédulo ante su buena suerte, la agarró, tembloroso, usando las dos manos, y salió del lugar bendiciendo su suerte.
Sus malos síntomas se aliviaron al beber el aguardiente… otra vez estaba borracho. Guardó la botella vacía, balbuceó unas palabras, cerró los ojos y de nuevo cayó sobre la acera, inconsciente.
-¿Se siente bien, mi Capitán?- preguntó el primer oficial, fingiendo no haberse dado cuenta de que el Capitán dormía cuando el avión entraba en la zona de aproximación. -No, teniente-, respondió el Capitán Carrascosa, sobresaltado por el espantoso sueño que había tenido. -Haga el favor de pedir instrucciones a torre y hágase cargo del procedimiento de aterrizaje… Yo necesito un buen trago-.
Las nubes ardían por Levante: llamaradas rojas, azules y anaranjadas anunciaban la llegada del primer día de noviembre. Andrés revisaba el arma: contaba las balas metiéndolas y sacándolas del magazine una y otra vez. Había pasado una noche de perros haciendo mil conjeturas, imaginando en todo momento lo peor. Los pensamientos se apuñuscaban golpeando uno con otro en su mente atormentada; en su alma, a sus sentimientos no les iba nada mejor.
Apenas logró verla por el cristal empañado mientras ella despedía con un beso a un hombre corpulento. Olas de intenso calor bofetearon con fuerza su rostro. No había otra cosa que hacer: todo era cierto.
Amartilló la pistola, abrió la puerta del auto, tragó una bocanada de aire frío y cruzó la calle hasta alcanzar al hombre que le robaba lo más preciado. No pudo disparar sin antes reclamarle… sin antes verlo de frente, insultarlo y lanzarle un escupitajo de odio al rostro. El hombre volteó y ambos forcejearon por un brevísimo instante; Andrés sintió en su vientre un dolor fulminante, luego cayó en la acera sobre un charco de su propia sangre.
A ella le importó un comino su muerte… Su amante huyó del lugar convencido de que el buen Dios lo había librado de morir en manos de un delincuente.
Era la hora en que Camila dejaba el trabajo cuando escaseaban los clientes. Roberto: anoréxico y menudo, como un escupitajo de la noche, asomó repentino con su rostro enjuto. No hubo palabras entre los dos… se conocían de tanto tiempo.
Los zapatos eran pequeños para sus pies, pero ella, escondiendo el cansancio, siguió dibujando bamboleos estrechos sobre las aceras del centro. Ni la luna le quitaba el frío que bajaba por su escote ni Roberto aliviaba esa soledad que le mordía los huesos.
Las nubes ya escondían estrellas cuando cruzaron por la avenida Elena. Cuántas veces habré subido y bajado ésta escalera, pensaba Camila mientras cargaba en las manos sus zapatos para no despertar a los vecinos. Cuántas veces tendré que seguir entrando y saliendo de este cuchitril de mierda, pensaba Roberto mientras giraba la perilla y empujaba la puerta.
Roberto encendió la luz, guardó las llaves y se sirvió un trago; Camila se quitó la ropa, la dobló con cuidado y la puso toda sobre el sillón; él, con mueca de tristeza, la vio desnuda, reflejada en el espejo del baño, ella lo miró con reproche, abrió sus cremas, se limpió el maquillaje y desapareció.
Se erguía en la Colina de los Muertos: era un árbol centenario, un ciprés que parecía susurrar canciones viejas cuando el viento se escurría entre sus ramas; sentirlo meciéndose mientras recostaba en él mi espalda era sentir la grandeza de la vida y respirar al ritmo de la misma tierra. Bajo su sombra, junto a su tronco arrugado y oscuro, encontré mi primer refugio… mi primer lugar exclusivo, la primer burbuja en que mi alma lograba caminar por la vereda donde mis pensamientos solían perderse. Fue allí, bajo aquel árbol, donde viví mis primeros versos, disfruté mis mejores vicios y vi morir mi primera historia devorada por un invierno.
Me gustaba imaginar que lo plantaron los dioses y que, junto a los otros cipreses, compañeros suyos en simétrica fila, hacía guardia perpetua frente a la acrópolis de Kaminal Juyú -sitio arqueológico en ciudad de Guatemala, donde aún se encuentra-; me gustaba pensar que desafiaba los tiempos para resguardar fantasmas, protegiéndolos de una ciudad que convertía el pasado del Valle de la Ermita en rótulos luminosos, en cuerpos sin alma y en estatuas de acero, ladrillo y concreto; me gustaba creer que guardaría por siempre mis secretos de adolescencia y el recuerdo de la infancia traviesa que viví ante sus ojos, junto a mi perro; me gustaba creer que era mi amigo… y ahora que peino estas canas que me ha regalado el tiempo, confieso ante todos que aún lo sigo creyendo.
Cuando regresan los días fríos que suenan a campanas y cohetillos y huelen a pólvora quemada y a pino, me doy cuenta de que las fiestas navideñas son cosa de niños... niños como aquellos siete primos que jugábamos en los corredores de la casa de “la Mami” -mi querida abuela- mientras los tíos, sentados junto al árbol, hablaban sobre asuntos de viejos, y las tías, en la cocina, se entretenían preparando el arroz a la valenciana, la pierna horneada, los tamales y el ponche de frutas; niños como los que asaltábamos a hurtadillas aquella mesa grandota que “La Mami” llenaba de nueces, manzanas rojas, racimos de uvas y tantas otras cosas sabrosas, para robar alguna botella y emborrachar con ella al “Kaíser”-pobre perro-, y de paso emborrachar también a alguno de los primos más pequeños… niños cuyos fantasmas traviesos y retozones siguen vivos y eternos, escondidos en los recovecos de aquella casa y del tiempo.
Cuando esta atmósfera cargada de melancolía viene, es imposible no recordar los momentos en que, a las doce de la noche, la familia entera salía a la calle y se abrazaba mientras el Valle de la Ermita celebraba la llegada del gran día, como imposible es, también, no desear volver a brindar con todos ellos y compartir de nuevo palabras, viandas y alegría de la misma manera en que antaño lo hacíamos.
“La Mami” ya no está, tampoco están mi padre ni mis tíos: Julia, Aura Estela, Edgar y Ana María; todos se fueron al igual que Juan Luis y Tito -mis primos queridos-, sin embargo, los que partieron no se llevaron con ellos esas festividades que, para mí, serán siempre cosa de niños, las dejaron para nosotros, tal como nosotros -en su momento- las dejaremos a otros… las dejaron para que las vivamos y para que los recordemos a ellos, pero también las dejaron para que año con año sigamos viendo hacia adelante sin dejar jamás de fabricarnos recuerdos nuevos.
¿Cómo se puede hablar de un escritor sin que sus “hijos” impongan el rumbo de nuestras palabras? No lo sé. Leí a Ligia García y & García antes de conocerla personalmente… antes de meterme en la misma trinchera con ella, y pasó lo mismo que ha pasado con los otros escritores que conozco: sus letras siempre hablaron antes que ellos.
De Ligia -la persona y la amiga- puedo decir que su inquietud por vivir la vida -como pocos se animan a vivirla- es impetuosa, que su inconformismo es contagioso y que su irreverencia ante lo común es desafiante, porque si de algo no se le puede señalar es de ser común, pues le sobra de eso que tiene la gente que más me gusta y que más controversia causa: identidad propia (única e irrepetible).
De la escritora guatemalteca, Ligia García & García, prefiero que sean sus letras las que hablen, pues, sin duda, estos versos que he escogido lo harán mucho mejor que yo:
REBELIÓN
Hoy no me importa pedir perdón o permiso
hoy sé que voy a sublevarme,
me amputaré los miedos y los tiraré al piso
hoy voy a pronunciarme:
hoy les diré a todos que te quiero
y no me importa si es o no prohibido,
hoy les diré a todos que te espero
cada noche cuando hay frío.
Hoy les diré a todos de aquel beso
y de tantas noches de locura,
hoy provocaré que hablen de lo nuestro
y si quieren, que pregunten,
les aclararé todas sus dudas.
-Ligia García & García-
Y de sus dulces frutos (sus hijos de papel y tinta), lo más fácil es repetir lo que escribí como comentario de contraportada en su libro más reciente, “Amigos con derecho”, pues es el mejor camino que encuentro para describir el modo en que los han devorado y disfrutado mis sentidos:
>No es la deliciosa calidad de las letras de Ligia García & García lo que quiero resaltar en estas líneas, sino su originalidad; su capacidad para salir de lo usual; su valor para romper con lo “correcto” y lo “bien visto”… y, sobre todo, esa gran creatividad que despliega para regalarnos obras como Amigos con derecho: tan única… tan ingeniosamente diferente.<
A mis ojos, a mi entender y a mi sentir, así es Ligia García & García -la persona, la amiga y la escritora- Y así son sus fascinantes letras.
A veces los viejos dejan que la vida pase sin que se acuerde de ellos; con “la boca abierta al calor, como lagartos” -tal como dice la canción de Serrat: Mi pueblo blanco-, cansados de todo y de tanto, se desconectan de la ilusión y la esperanza para eludir esas decepciones de las que están tan cansados. Sin expectativas cualquier acontecimiento es inocuo, y hasta la misma muerte puede convertirse en una especie de encanto.
Aunque sea reprobable, ese abandono puede perdonársele a un viejo, a un enfermo terminal… incluso -pero muy a la fuerza- a cierta clase de sufrientes, más no a personas como usted y como yo que tenemos todavía capacidad -por ejemplo- de leer o escribir estas letras. Todos, tarde o temprano, pasamos por momentos cabrones, y cuando estamos en la mitad del camino, derecho hacia el fondo, la luz empieza a ofender… a lastimar los ojos: ese es el momento en que solemos empezar a despreciar ilusiones y esperanzas y preferimos terminar de hundirnos antes que buscarlas.
No voy a salir ahora con el trillado cacareo de que la vida es bella, porque la mayoría de veces es jodida y muy canija, sin embargo, si el agua le empieza a mojar los pies o ya va de camino al fondo, hinche el cuero y busque de dónde asirse, porque, la verdad sea dicha, grandes y muy buenas cosas esperan a quien se empeña y hace el esfuerzo de salir a flote.
Sé lo que quiero hoy, y sé lo que querré mañana: acariciar tu pelo hasta que el invierno lo cubra; mirarme siempre en tus ojos; beberte a sorbos, amarte como te amo y pasarme la vida haciendo que tu piel florezca bajo mis manos; quiero despertar en tus sueños y hacerte vivir en los míos; quiero verte dormir cada noche… y sentirme vivo mientras te miro.