Un nuevo año dará inicio pronto, sin embargo nada cambiará realmente: el viento seguirá soplando, el sol alumbrando y la tierra girando como todos los días; no terminará una época para dar inicio a otra diferente; las fronteras y los gobiernos seguirán más o menos en su sitio, los males que nos aquejan aún estarán allí, y lo harán por mucho tiempo.
Yo tampoco seré una persona nueva, emergida de alguien que desaparecerá cuando el reloj marque el fin del año viejo. Después de doblar mis rodillas por un instante efímero -el par de minutos que separan diciembre de año nuevo- para pedir por lo que vendrá y dar gracias por lo que quedará atrás, este mismo cuerpo será el que se ponga en pie. Con el siguirán los viejos achaques, los problemas cotidianos y los recuerdos de tantas cosas, -sean estas alegres, tristes o dolorosas-.
Nada cambiará cuando ponga mi nombre en una nueva agenda ni cuando escriba algunas palabras en la página correspondiente al primero de enero, pero el nuevo calendario sin duda traerá consigo una inexplicable inyección de fuerza, con caudal suficiente para generar un cambio de actitud y poner nuevas esperanzas en lo que aún no he logrado, fe en lo que parece imposible de obtener, y pasión por aquello que he de hacer para alcanzar mis metas y mis sueños.
Al despedir el año que se irá, pondré todo mi empeño en decir adiós, también, a lo que se interpone en mi camino hacia el fin último de todo ser humano: LA FELICIDAD, porque aunque parezca tan esquiva, la felicidad puede ser encontrada siempre que no la busquemos donde no existe; siempre que no la esperemos tan grande que, sin reconocerla, la dejemos pasar cuando llegue a nosotros; siempre que sepamos diferenciar las cosas que ha menester dejar ir de las que no debemos soltar jamás; siempre que tengamos sabiduría para comprender que “Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación”
Las sombras… Qué engañoso refugio: ocultan tristezas, esconden lágrimas, penas y enojos, nos apartan de la vista de otros… Nos desnudan ante los ojos propios.
Aferrado a una sombra, terminé en el lugar al que las sombras pertenecen: con mis pasos perdidos, borrado su rastro en lo inútilmente vivido. Esa sombra -cercana y palpable-, pareció mejor asidero que cualquier luz distante, y escondido en ella -fría, arrogante, miserable en el amor, como era- me ahogué en oscuridades y destiempos, clavos de incontables cruces, sinsabores y lamentos… Incapaz de entender que sólo quien se atreve a apostar al riesgo, logra romper el odre viejo para moldearse uno nuevo.
Bajo la luz del sol mis naves fueron quemadas; ardieron como paja seca; humearon hasta los cielos y, en un instante, nada quedo de ellas. Hoy no me resta más que caminar tierra adentro, aventurarme a vivir. Sí. ¡A vivir! Aventurarme y buscar mis sueños. Aventurarme…Y descubrir mundos nuevos.
5:08 am
Todo tranquilo y sereno en esta madrugada fría en el Valle de la Ermita... Todo sereno y tranquilo en mi corazón.
Manejaba sin poder concentrarme. La carretera siempre había sido una mala consejera, pero esa noche, la monotonía de línea blanca y el calor de la Costa Sur me llevaron a los más absurdos soliloquios: ¿Éramos, acaso, un par de enemigos acérrimos pretendiendo inventar una nueva forma de amor? No, no llegábamos a tanta cosa, sólo éramos la intersección de un estúpido obsesionado por una mujer perversa, y una mujer perversa que jugaba con la obsesión de un estúpido.
Eran más de las doce cuando detuve la marcha a mitad del trayecto; un jeep había caído de un pequeño puente y se encontraba volcado sobre un riachuelo que serpenteaba en la amarilla vastedad de un cañaveral que esperaba la zafra. El conductor -un hombre joven- estaba atrapado con la mitad de su cuerpo fuera del vehículo; se encontraba boca arriba, ahogado en apenas un palmo de agua. Mientras la gente se organizaba ingeniando poleas y palancas, yo lo observaba: los ojos abiertos, incapaces, ya, de reflejar la luz de la luna, con la triste expresión de quien ha luchado con todas sus fuerzas y se ha dado por vencido.
Aquella noche un terrible amor infectado con odio -por el que estaba dispuesto a basurearme a mí mismo- me había llevado hasta ese cañaveral. Yo era ese hombre joven que se había dado por vencido, y ese rostro macilento, inerte… Era el mío.
No hay forma de explicar lo que experimente esa noche, cuando regresábamos al pintoresco pueblito de San Cristóbal, después de haber disfrutando de lo lindo en la feria de independencia, comiendo “garnachas” y trepando a todos los juegos mecánicos. La luna se enseñoreaba sobre la bella Xelajú, invadiendo la noche con su eterno resplandor de plata. El auto zigzagueaba, cortando a su paso una alfombra tejida de espesa niebla, rompiendo con su ronroneo el trasnochado silencio de aquellas callejuelas vacías.
Ella iba a mi lado y yo, bajo el pretexto del intenso frío, la estreché en un abrazo que traspasó cada uno de nuestros prosódicos límites. Ella se recostó y colocó su rostro sobre mi pecho. Sentí su calor, su respiración; no era ficción, tampoco era uno de mis tontos sueños: allí estaba ella, con su olor a ángel, unida a mí como nunca antes.
Cuánto deseé perpetuar ese momento y no soltarla nunca... Cuánto quise quedarme con ella, para siempre, en ese lugar tan lejano. Mi mundo se había estrechado... De pronto un sólo pensamiento, una única imagen y un solitario deseo, tomaron control de mi mente y de mi corazón. Había llegado el momento de reconocer mi rotundo fracaso: no pude evitarlo... Me había enamorado de ella.
Felices -como nacieron-, los pensamientos paridos por mis sueños se amontonan en ilusiones que se roba el tiempo. Felices -hasta en su propia muerte- se amontonan en piras y arden en ansiedades y desencuentros. Se amontonan –efímeros- como letras escritas en la arena, como figuras de nube que desdibuja el viento. Se amontonan y mueren de realidad. Se amontonan para que los mate la vida. Se amontonan y se escapan felices de haber muerto, felices de no haber quedado atrapados… Prisioneros aquí dentro.
3:47 am
Todo tranquilo y sereno en el Valle de la Ermita... Las cosas un tanto confusas en el valle de mi corazón.
Era la madrugada de un cálido día de julio. Desde la negra playa se escuchaba el golpe continuo de las olas. La brisa sureña empujaba ese olor a sal marina con el que la pequeña aldea condimentaba sueños de campesinos y pescadores, y los mecía en el apacible rumor de la noche. De pronto las agujas del reloj se detuvieron en posición de presagio... Y luego, como queriendo reponer el tiempo, apresuraron los segundos con un tick tack redoblado, martillante... Angustioso.
Las ranas callaron.... Los grillos también, y junto al delicado silbo que dejó el viento en su cobarde huída, gritos y consignas de guerra surcaron el cielo en un momento maldito. -Taka, taka, taka, taka, taka, taka- cantó la muerte. Y después del silencio -de ese espantoso silencio-, gemidos agonizantes, vitores al delirio, chillidos de viuda y de huérfano, trasnochadas consignas... Orgía de sonidos emitidos por los mesías revolucionarios y sus víctimas.
Fausto y yo nos escabullirnos: primero arrastrándonos entre las sombras, luego corriendo -casi a ciegas- hacia el monte, bordeando las salinas, cruzando con el agua a la cintura el estero. No era momento para otra cosa, había que salvar el pellejo...
-¡Vamos, primo! Mañana será otro día... ¡Mañana, primo!… Mañana podremos llorar a nuestros muertos.-
Eran las ocho en punto y el cigarrillo pendejo seguía sin fuego, colgado de mi boca, bailando una estúpida danza con mis labios. Me dirigía a una actividad literaria: lectura de poemas conmemorando la Revolución del 20 de octubre de 1944.
Sorteando las calles y esquinas del centro “histérico”, infestadas de putas, putos, huecos y transformers, observe a los mercaderes de lo chafa, con su cotidiano desmantelamiento. Giré en la sexta, rumbo al sur. ¡Ahhh… Qué recuerdos! El sextazo de antaño: hippies vendiendo chunches sobre manteles extendidos: crucifijos hechos de clavo romano, alambre y cuero, anillos de mostacilla, esencias de sándalo, patchoulli e incienso. Olor a mota en cada recoveco. Pasear y conectarse traiditas del Francés. del Europeo. y del Sagrado (O del INCA, del Belén, y la Casa Central, cuando no había pisto para invitar a las caqueras de los colegios pagados al McDonald´s de la décima calle, o al Dairy Queen de la séptima avenida).
Crucé a la izquierda, en Santa Clara, (la otra iglesia -la grandota de las palomas- no me acuerdo cómo se llama). Volví a cruzar, sobre la séptima, hasta estacionarme a pocos metros del Bar Central. Era tarde para encender mi cigarrillo. Había llegado. Noche de Blues, poesía y vino -sin tabaco, por las leyes de humo-
Los poetas desfilaron de a tres en fondo. Enrique Noriega, Lucía Alvarado, Gabriel Wlotke, Luis Alejos, Aida Toledo Y Pablito Bromo. Leyendo poemas propios y poemas clásicos revolucionarios, intervenidos y adaptados a la actualidad y a la luz del sol de este siglo, que alumbra los vestigios muertos de una historia que, viéndonos hoy por hoy, así como estamos, daría lo mismo si no hubiera sucedido.
Pasaban de las diez. Hacía frío. Subí por la séptima para retornar frente a Palacio (cuánta historia vana) y recordé años más viejos: Capiuza de primaria –niño extraño, niño loco-, escapándome de clases para pasar las mañanas en la biblioteca, husmear en las librerías de lo usado y ver tras las vitrinas unos relojes grandotes de esa marca rara •Rolex- que para nada me gustaban.
Recorrí nuevamente -muy despacio- la sexta avenida, y a pesar de estar tan vacía... Tan horriblemente vacía, seguía oliendo a imitaciones, a piratas y a tiempos que no volverán. Seguía apestando a putas, a rateros, a fantasmas… Y a mercado.
GLOSARIO:
HUECOS: Homosexuales.
CHAFA: De imitación. Falsificación
CHUNCHE: Modo peyorativo de llamar a cualquier objeto de pequeño o mediano tamaño.
TRAIDITAS: Muchahas (En tiempos de la colonia, se les llamaba traidas a las muchachas que los pudientes mandaban a traer a España para casarlas con sus hijos.
Sobre mi techo desnudo, en un destello sin brillo, veo pasar mis cien vidas. En un minuto -como dicen que pasan ante el umbral de la muerte- las veo todas girando y cambiando; cambiando y girando: Amor, soledad… Soledad y giros… Esos malditos giros, iniciando todos en el mismo lugar donde acaban. Acabando siempre en el mismo lugar donde inician.
No quiero girar más, y no quiero más vidas. Quiero amarla a usted, señora, y que no haya otro final, ni otro inicio. Quiero amarla a usted, aunque lluevan soledades. Quiero amarla a usted, y que se jodan mis vidas. Quiero amarla a usted, señora… Y que se jodan mis muertes.
Bien parido y mejor criado. a un paso de los 50´s. Divorciado. Padre de una camada de 3. Travieso y furtivo. Escultor en concreto, acero, block, ladrillo y enlucidos varios. Frustado en las artes y técnicas de la arquitectura, la escritura literaria, el pilotaje de aeronaves, el suicidio y, sobre todo, la vida en santidad. Ex-maestro de la ley, los profetas y la gracia. Hippie de corazón. Músico, poeta y loco (de lo que todos tenemos un poco). Libertario de pura cepa. En deuda eterna con el Sr. Jesucristo (de quien soy el siervo más inútil). Gustavo Adolfo Abril Peláez es mi nombre legal, pero en el inframundo guatemalteco se me conoce como "EL MAPACHE"