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El Espacio Intermedio

LUGAR DONDE EL MAPACHE VE LA VIDA CON LOS OJOS CERRADOS... A VECES... LUGAR DONDE EL MAPACHE VE LA VIDA CON LOS OJOS CERRADOS... A VECES...


VITAM VIVIRE Y OTRAS OPCIONES TUYAS Y MÍAS.

Qué diferentes seriamos si tuviéramos el concepto exacto de la vida, pero esa palabra es única: si la entendemos solo con la mente, no llegamos a saber completamente lo que significa; quizá solo aquellos que han estado a punto de perder la vida sean los afortunados que poseen una idea clara, una idea generada no por la razón (que a veces traiciona y se queda corta), sino por ese grito angustioso con que se ahoga nuestro ser cuando está a punto de separarse… de partirse en pedazos que tomarán, cada cual, su camino: el cuerpo al polvo y el alma… bueno… aunque cada quien tenga su fe o su propia idea, nadie puede asegurar o decir a ciencia cierta a dónde van las almas cuando son arrancadas de esta vida.


¿Quién puede explicar lo que es la vida? Decir que es “el estado de actividad de los seres orgánicos” no es satisfactorio y tampoco es suficiente; en ese sentido, aún sin conocerla personalmente, estoy seguro que a cualquiera le es más fácil explicar la misma muerte.


Yo tampoco puedo explicar la vida; quizá no haya un ser humano que pueda hacerlo, pero todos podemos sentirla, porque la vida se siente cuando el hambre aprieta y cuando un sabor delicioso inunda los sentidos; se siente cuando la soledad parte el alma, pero también se siente cuando arrugamos sábanas al compartir la cama con el ser amado. La vida se siente en la brisa y en las gotas de lluvia que recibimos con los brazos abiertos al cielo. ¡Así es!: la vida se siente en la entraña y se siente en los huesos cuando el dolor nos muerde, pero también se siente en la piel y se siente en el alma cuando algo sublime nos llena de dicha. Así es la vida: como una moneda que gira y que necesita dos caras para tener su propio valor y sentido.


La vida es cosa tuya y es cosa mía; la vive cada quien a su manera, cada uno la goza, la ama, la odia, la deja pasar de golpe… o la pierde cada día. Y no hay peor cosa que dejar que la vida se diluya mientras prestamos atención a vanidades, a culpas, a odios, a sinsentidos y a otras mil tonterías… o simplemente la dejamos pasar esperando, como necios, que algo mejor venga, sin reconocer y sin darnos cuenta que lo mejor que tenemos es la vida misma, que nuestro mayor tesoro es el presente, es el hoy… ¡es este día!


No te desperdicies a ti mismo viviendo vidas ajenas ni te disfraces de la caricatura que la gente quiera dibujar de ti; tampoco cometas la insensatez de guardar para después tu propia vida, engavetándola mientras vives para otros y, sobre todo, no vivas sin entender que la vida es la oportunidad que tienes para llenar tu ser de dicha, para que cargues tu alforja de felicidad, porque (y esto nunca lo olvides): felicidad o desdicha, será lo único que podrás llevar contigo cuando se acaben tus días.

 

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A mis amigos españoles de LDA.


A mis queridos amigos españoles de LDA que quieran adquirir el libro "Asuntos íntimos de un hijo de vecino" (de mi autoría) por favor, haganmelo saber a mi correo personal iespacios@gmail.com 


Esta semana estaré enviando, desde Guatemala, un paquete de libros a mi contacto en Barcelona para que ella se encargue de hacer los envíos por correo certificado a quienes lo pidan. Será un honor y un privilegio para mi poder enviarles un ejemplar autografiado. 


El precio del libro es de 10 Euros (mas costos de envió)

GRACIAS MIL 

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"Asuntos íntimos de un hijo de vecino"


 


Mis queridos amigos de Libro de Arena. En fecha reciente y bajo el sello de la editorial "Alas de Barrilete", presenté, en ciudad de Guatemala, mi primer libro cuyo titulo es "Asuntos íntimos de un hijo de vecino". (género narrativa, escrito en prosa poética). Toda la actividad requerida para la producción, presentación y mercadéo del libro, aunque demandante y absorbente, ha sido una experiencia maravillosa. Lamento no haber estado en LDA últimamente. Abrazos a todos. 


Gustavo A. Abril Peláez (el mapache) 

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EL VUELO DEL CAPITÁN


No fue el sol del mediodía sino una punzada en el vientre lo que despertó al “capitán” cuando dormía bajo una marquesina en la banqueta de la novena y la veinte. Sudores, calambres, fuego en el estómago y el ansia que le causaba ese rotulo de aguardiente que colgaba -burlón-, sin hacer sombra alguna sobre sus desmesurados pendientes, fueron las razones que le hicieron extender la mano y hacer mueca de súplica mientras la gente se cambiaba de acera, seguía su camino y fingía no verlo. Desairado por la indiferencia se puso en pie y, como pudo, entró a la cantina esperando un milagro. Nunca había sentido una urgencia tan mortal como la que estaba sintiendo ese día por un maldito trago.


Hacía tiempo que los parroquianos se habían hartado de sus cuentos sobre aviones, misiones aéreas y condecoraciones en honor al mérito, y nadie entre los presentes estaba dispuesto a arrojarle una moneda ni a invitarle otra vez a una copa como solían hacerlo. El cantinero, movido por la compasión o desesperado por la molestia, bajó una botella del aguardiente más barato y se la ofreció a cambio de que se fuera a la mierda y no volviera. El “capitán”, incrédulo ante su buena suerte, la agarró, tembloroso, usando las dos manos, y salió del lugar bendiciendo su suerte.


Sus malos síntomas se aliviaron al beber el aguardiente… otra vez estaba borracho. Guardó la botella vacía, balbuceó unas palabras, cerró los ojos y de nuevo cayó sobre la acera, inconsciente.


-¿Se siente bien, mi Capitán?- preguntó el primer oficial, fingiendo no haberse dado cuenta de que el Capitán dormía cuando el avión entraba en la zona de aproximación. -No, teniente-, respondió el Capitán Carrascosa, sobresaltado por el espantoso sueño que había tenido. -Haga el favor de pedir instrucciones a torre y hágase cargo del procedimiento de aterrizaje… Yo necesito un buen trago-.




 

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CELOS (relato)


Las nubes ardían por Levante: llamaradas rojas, azules y anaranjadas anunciaban la llegada del primer día de noviembre. Andrés revisaba el arma: contaba las balas metiéndolas y sacándolas del magazine una y otra vez. Había pasado una noche de perros haciendo mil conjeturas, imaginando en todo momento lo peor. Los pensamientos se apuñuscaban golpeando uno con otro en su mente atormentada; en su alma, a sus sentimientos no les iba nada mejor.


Apenas logró verla por el cristal empañado mientras ella despedía con un beso a un hombre corpulento. Olas de intenso calor bofetearon con fuerza su rostro. No había otra cosa que hacer: todo era cierto.


Amartilló la pistola, abrió la puerta del auto, tragó una bocanada de aire frío y cruzó la calle hasta alcanzar al hombre que le robaba lo más preciado. No pudo disparar sin antes reclamarle… sin antes verlo de frente, insultarlo y lanzarle un escupitajo de odio al rostro. El hombre volteó y ambos forcejearon por un brevísimo instante; Andrés sintió en su vientre un dolor fulminante, luego cayó en la acera sobre un charco de su propia sangre.


A ella le importó un comino su muerte… Su amante huyó del lugar convencido de que el buen Dios lo había librado de morir en manos de un delincuente.

 

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CAMILA


Era la hora en que Camila dejaba el trabajo cuando escaseaban los clientes. Roberto: anoréxico y menudo, como un escupitajo de la noche, asomó repentino con su rostro enjuto. No hubo palabras entre los dos… se conocían de tanto tiempo.


Los zapatos eran pequeños para sus pies, pero ella, escondiendo el cansancio, siguió dibujando bamboleos estrechos sobre las aceras del centro. Ni la luna le quitaba el frío que bajaba por su escote ni Roberto aliviaba esa soledad que le mordía los huesos.

Las nubes ya escondían estrellas cuando cruzaron por la avenida Elena. Cuántas veces habré subido y bajado ésta escalera, pensaba Camila mientras cargaba en las manos sus zapatos para no despertar a los vecinos. Cuántas veces tendré que seguir entrando y saliendo de este cuchitril de mierda, pensaba Roberto mientras giraba la perilla y empujaba la puerta.


Roberto encendió la luz, guardó las llaves y se sirvió un trago; Camila se quitó la ropa, la dobló con cuidado y la puso toda sobre el sillón; él, con mueca de tristeza, la vio desnuda, reflejada en el espejo del baño, ella lo miró con reproche, abrió sus cremas, se limpió el maquillaje y desapareció.

 

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ALLÁ, EN LA COLINA DE LOS MUERTOS.


Se erguía en la Colina de los Muertos: era un árbol centenario, un ciprés que parecía susurrar canciones viejas cuando el viento se escurría entre sus ramas; sentirlo meciéndose mientras recostaba en él mi espalda era sentir la grandeza de la vida y respirar al ritmo de la misma tierra. Bajo su sombra, junto a su tronco arrugado y oscuro, encontré mi primer refugio… mi primer lugar exclusivo, la primer burbuja en que mi alma lograba caminar por la vereda donde mis pensamientos solían perderse. Fue allí, bajo aquel árbol, donde viví mis primeros versos, disfruté mis mejores vicios y vi morir mi primera historia devorada por un invierno.


Me gustaba imaginar que lo plantaron los dioses y que, junto a los otros cipreses, compañeros suyos en simétrica fila, hacía guardia perpetua frente a la acrópolis de Kaminal Juyú -sitio arqueológico en ciudad de Guatemala, donde aún se encuentra-; me gustaba pensar que desafiaba los tiempos para resguardar fantasmas, protegiéndolos de una ciudad que convertía el pasado del Valle de la Ermita en rótulos luminosos, en cuerpos sin alma y en estatuas de acero, ladrillo y concreto; me gustaba creer que guardaría por siempre mis secretos de adolescencia y el recuerdo de la infancia traviesa que viví ante sus ojos, junto a mi perro; me gustaba creer que era mi amigo… y ahora que peino estas canas que me ha regalado el tiempo, confieso ante todos que aún lo sigo creyendo.

 

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COSA DE NIÑOS (Feliz navidad, Areneros)


Cuando regresan los días fríos que suenan a campanas y cohetillos y huelen a pólvora quemada y a pino, me doy cuenta de que las fiestas navideñas son cosa de niños... niños como aquellos siete primos que jugábamos en los corredores de la casa de “la Mami” -mi querida abuela- mientras los tíos, sentados junto al árbol, hablaban sobre asuntos de viejos, y las tías, en la cocina, se entretenían preparando el arroz a la valenciana, la pierna horneada, los tamales y el ponche de frutas; niños como los que asaltábamos a hurtadillas aquella mesa grandota que “La Mami” llenaba de nueces, manzanas rojas, racimos de uvas y tantas otras cosas sabrosas, para robar alguna botella y emborrachar con ella al “Kaíser”-pobre perro-, y de paso emborrachar también a alguno de los primos más pequeños… niños cuyos fantasmas traviesos y retozones siguen vivos y eternos, escondidos en los recovecos de aquella casa y del tiempo.


Cuando esta atmósfera cargada de melancolía viene, es imposible no recordar los momentos en que, a las doce de la noche, la familia entera salía a la calle y se abrazaba mientras el Valle de la Ermita celebraba la llegada del gran día, como imposible es, también, no desear volver a brindar con todos ellos y compartir de nuevo palabras, viandas y alegría de la misma manera en que antaño lo hacíamos.


“La Mami” ya no está, tampoco están mi padre ni mis tíos: Julia, Aura Estela, Edgar y Ana María; todos se fueron al igual que Juan Luis y Tito -mis primos queridos-, sin embargo, los que partieron no se llevaron con ellos esas festividades que, para mí, serán siempre cosa de niños, las dejaron para nosotros, tal como nosotros -en su momento- las dejaremos a otros… las dejaron para que las vivamos y para que los recordemos a ellos, pero también las dejaron para que año con año sigamos viendo hacia adelante sin dejar jamás de fabricarnos recuerdos nuevos.

 

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