Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
Conoce a maparo55            17 libros en su biblioteca
     14 valoraciones      293 posts en su blog      Es lector de 1 grupos

JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


La Verdad

Un hombre dedicó su vida entera a buscar La Verdad, la buscó con ahínco, con tesón, con fe, con unas ganas inmensas de topársela de frente; pero en los caminos recorridos, con quien se encontró las más de las veces fue con La Mentira. Ésta sí que le saltaba al paso a cada momento, le ponía obstáculos, le metía el pie, lo hacía tropezar frecuentemente para desilusionarlo y hacer patente su torpeza. Aquél hombre siguió imperturbable su búsqueda en pos de La Verdad, tenía la certeza de encontrarla finalmente.


En esa tarea tenaz se le fueron pasando los años, hasta que se vio convertido en un viejecillo decrépito y necio que ya no aceptaba el fracaso como respuesta. Llegó al día de su muerte, aún decidido a no dejarse vencer. Sus últimos segundos, le sirvieron para reflexionar en la inutilidad de su vida y de su empecinamiento vano e infructuoso. Reconoció que lo único verdadero que encontró a través de tantos tropiezos y sinsabores fue La Mentira, monda y lironda, desparpajada, cínica, fatua. Tuvo un atisbo breve, fugaz, de que quizás su búsqueda no había sido del todo inútil, porque La Mentira siempre fue real, auténtica, una verdad evidente (quizás, La Verdad).


Mientras la luz de sus ojos se apagaba sonrió por última vez, Verdad o Mentira, nada de eso importaba ahora, porque lo único cierto en aquel instante, era su muerte. 


Denunciar

Otro momento

Hilda me gustaba horrores, pero yo era un mocoso de 13 años. Despachaba las tortillas siempre bien maquilladita, con sus veintitantos años floridos. ¡Qué ganas de besarla en la boca!, de acariciar su rostro arrebolado al calor del local de las tortillas. Cuando llegaba mi turno, pedía mis tortillas con voz trémula y me le quedaba mirando, mirando sin despegar la vista de  su rostro. Ella ni siquiera  se daba cuenta de cómo la bebían mis ojos. En aquel lapso breve de uno o dos minutos, yo ascendía a la gloria. Entonces abrazaba las tortillas calientes envueltas en una humilde servilleta y me iba flotando entre nubes, haciéndome la ilusión de estar abrazándola a ella. El encanto se terminaba unos minutos después, cuando llegaba a casa porque mi madre ya esperaba las tortillas para sentarnos a comer y había que hacerlo de prisa, pues mi clase de inglés empezaba a las 4 de la tarde.


Un día cualquiera, Hilda ya no estuvo tras el mostrador de la tortillería; había una mujer gorda y fea a la que odié nada más verla. Mi Hilda se había casado con el hijo del dueño de la tortillería y no volvería nunca más. Ni modo. Y yo tan sólo con mis pinches trece años… 


Denunciar

Un momento

-¿Qué pretendes buscándome en mi casa?- le dije.


Me miró seria, con el rostro sereno, como si ella no hubiera hecho nada.


-Quería verte- respondió.


-¡No lo hagas nuevamente!- le grité enojado.- ¿No comprendes que ya no quiero nada contigo?


- Lo sé; por eso lo hice.


El enojo me cegaba. Quería lastimarla, insultarla, decirle muchas cosas; sin embargo, no pronuncié una sola palabra.


-No te buscaré más- dijo.


Sin darme tiempo a nada, se acercó suavemente y me besó en los labios. La frescura de su boca me estremeció, dejándome sorprendido, inerme. Quise pronunciar su nombre, pero ella había dado media vuelta y se alejaba con paso apresurado.


Maldije, me maldije llamándome mil veces estúpido, porque en ese beso fugaz comprendí cuánto la amaba y que la perdía para siempre. 


Denunciar

Be

Soy lluvia,


que moja y llora


las penas del mundo.


 


Soy libro


abierto, que desgrana


letras sabias o necias.


 


Soy piedra,


inamovible,  mágica,


pletórica de vida.


 


Soy nube


vaporosa, lánguida,


preludio de tormenta.


 


Soy fuego


ardiente, terrible,


irrefrenable, fatal.


 


Soy todo:


luz, sombra,


agua, lodo.


 


Soy nada:


polvo seco, vil,


que arrastra el viento.


polvo, sólo polvo…


 


Soy… 


Denunciar

Miedo, ¿estás ahí?

Decía Montaigne: “La cosa de que tengo más miedo es el miedo, porque supera en poder a todo lo demás”. Y es que el miedo es así: poderoso, cruel, implacable, traicionero. Podría citar 20 adjetivos más, pero creo que todos sabemos muy bien lo que el miedo representa, el dominio que ejerce sobre nosotros. Enfrentarlo, es una labor ardua de altas y bajas, de pequeñas e interminables luchas cotidianas, que pueden amargarnos los momentos más felices. Difícil tarea la de enfrentarse al miedo, se necesita mucha fuerza de voluntad  para intentar vencerlo.


El miedo es uno, pero se emboza de una y mil diversas formas para socavarnos, herir nuestra entereza, hacer flaquear nuestra seguridad. Es indigno porque nos ataca de la forma más artera y cuando menos lo esperamos. Está agazapado en cualquier rincón del inconsciente presto a saltar ante la más pequeña debilidad de parte nuestra; entonces se regodea y nos machaca inclemente llenando nuestra alma de tal forma que casi es imposible sacarlo o cuando menos controlarlo. Me viene a la mente un cuento de Julio Ramón Ribeiro, “El profesor suplente”, donde la inseguridad, temor ante el fracaso, miedo vil a quedar en ridículo, hace que el protagonista, quien va a sustituir en sus clases al maestro titular, se rinda antes siquiera de presentar batalla. Resulta penoso ver la caída hasta la ignominia, de este hombre que es incapaz de luchar (aunque sea mínimamente), por salvar su dignidad, su valía.


Viajar por carretera manejando un automóvil, es para muchos un goce cotidiano que procuran darse cada vez que se presenta la oportunidad, saliendo de paseo con la familia o solos, a destinos cercanos o no, por el único y exclusivo placer de conocer otros lugares, de tratar gentes; sin embargo para algunos no es así, sufren con la sola idea de tener que manejar grandes distancias o enfrentarse con lo que desconocen (las curvas de la carretera, para empezar); sudan, se ponen a temblar y de plano abandonan la idea, aduciendo cualquier pretexto salvador.


¿Y los que no soportan permanecer entre multitudes y se vuelven locos ante la presencia de mucha gente? Imbuidos de un miedo terrible se desesperan, una ansiedad incontrolable los atosiga y finalmente los obliga a permanecer estáticos, indefensos. Hay en la gente un elemento intangible que provoca una reacción incontrolable que no puede superarse y el individuo que la sufre comienza a experimentar físicamente dolores abdominales, temblores, dolor de ojos, dolor de cabeza, incluso náuseas y muchos otros síntomas provocados por el miedo. Aquí cabe perfectamente la frase acuñada por la sabiduría popular de: “me cago de miedo”. El cuerpo, la mente, todo se descompone cuando el miedo nos atrapa.


El miedo a las mujeres (o a los hombres, según sea el caso) provoca idénticas o peores reacciones. Cuando una mujer me intimida, me quedo mudo, sordo, ciego, incapaz de hacer algo coherente, mas bien soy capaz de cometer las más estúpidas tarugadas. Me trabo, evito mirar de frente, me vuelvo una gelatina, una masa cualquiera que no sirve para maldita la cosa. Más si la mujer es joven y bonita, si tiene unos ojos profundos y seductores, o una boca de esas que se antoja morder o comérselas a besos.


A nadie le gusta recordar los peores momentos que ha vivido, ésos que constituyeron lo más negativo, ridículo o vergonzoso de sus acciones. Puedo asegurar que detrás de todo ello estaba el miedo, el miedo vil y rastrero. El miedo paralizante, diabólico, digno quizás de compasión. Compasión por el hombre ante la imposibilidad de vencer el miedo. Y al miedo, por su destino inexorable de provocarlo, de no inspirar mas lo que su nombre anuncia: miedo.


A la muerte le guardo un gran respeto, pero también miedo. No vengan a decirme ahora que hay mucha gente la cual no le teme, o que los mexicanos no le tememos porque tenemos fama de jugar con ella (José Guadalupe Posada y su “Catrina"). Alguien podrá prepararse para recibirla y objetar que tiene miedo de morir; pero eso es una gran mentira: todos tenemos (aunque sea de forma inconsciente) miedo a morir. Aquí me llega ahora la historia de Juan, aquél que no conocía el miedo, que nunca lo había experimentado y que sale a buscarlo por esos caminos de Dios sin hallarlo; pero basta que la mujer que ama enferme y pueda morir, para que Juan se transforme y diga que tiene miedo, miedo de que su amada pueda morir. El pasado mes de marzo, envuelto en enfermedades familiares y zozobra, he vivido tránsido de miedo, no lo niego. Aún ahora me acosa su sombra y me hace temblar.


Vivir lleno de miedo no es sano; existen infinidad de personas que son capaces de luchar contra él y salir victoriosas. Sin embargo, aún en esos casos, podemos decir que el miedo no desaparece, está ahí, escondido, controlado, omnipresente pese a todo.


Puede sonar ridículo afirmar que “el miedo es el miedo” o que “tengo miedo de vivir con miedo”; pero las cosas son así, simples. Para dormir tranquilo generalmente leo un poco, hoy leeré algún cuento de miedo: de Poe, Machen, Lovecraft, Dunsany o cualquier otro maestro del terror,  que me libere de todos mis demonios y fantasmas interiores. No estoy seguro de lograrlo.


Para terminar con estas divagaciones sobre el miedo, cito y parafraseo de memoria, un fragmento de un poema de Nervo: “Miedo nada me debes (ni te debo). Miedo…estamos en paz”. 


Denunciar

Un lector empecinado

Vuelvo a esta casa cada vez que puedo. A veces, pasan largas temporadas sin que pueda regresar; pero finalmente lo hago. En ella me siento protegido, tranquilo, casi feliz. Nada ni nadie puede lastimarme mientras permanezco en ella. Se encuentra ubicada en lo más alto de una colina y desde los amplios ventanales del piso superior, puedo contemplar el campo, los sembradíos nacientes, el ganado que sestea, los hombres trabajando, el sol que brilla en todo su esplendor. Existe tal armonía en todo ello, que me entra la certeza de que lo que miro, podría ser el Paraíso. Observando, me quedo extasiado mucho tiempo, minutos, tal vez horas, hasta que recuerdo la verdadera razón de mis continuos retornos; entonces me retiro de las ventanas y con paso lento, mesurado, camino por las habitaciones solitarias, polvosas, de techos altos, de gruesos muros, hasta la enorme biblioteca de esta casa, donde se encuentran los libros que mi empecinada pasión, busca en cada ocasión en que retorno.


Por fin aparece la verdadera razón de mis regresos. La biblioteca es enorme y se halla ubicada en el ala este de la vieja casona, así que es casi la primera en recibir la luz y el tibio calor del sol. Cuando entro en ella, es como si penetrara en un recinto sagrado, el silencio reinante en su interior es tal, que casi semeja un bloque sólido que pudiera tocarse. Largos y altos anaqueles cubren las paredes y en ellos se apilan perfectamente alineados, hileras interminables de libros. Libros, libros y libros de múltiples grosores, colores y tamaños. Libros de ciencia, arte, música, pintura, literatura, de mil temas diversos. Anaqueles y anaqueles con libros repletos de infinita sabiduría. Y se encuentran a mi alcance. Aquí puedo permanecer una indeterminada cantidad de horas, hojeando, tocando, leyendo, sin que a nadie le parezca mal que lo haga, sin que nadie me perturbe.


Mi sillón favorito es uno muy grande y negro, de respaldo alto que está cercano al ventanal. Me gusta regodearme con su contacto sobre mi espalda y nuca, así que me siento en él, mientras entre las manos tengo ya aferrado tenazmente mi libro por leer. No puedo determinar cuántos libros y durante cuántos años, he leído en este cotidiano recinto, pero son muchísimos. El libro elegido es uno de Julio Cortázar, el segundo volumen de sus Cuentos Completos, una relectura largamente añorada donde me aguardan sus Historias de Cronopios y de Famas y su Manual de Instrucciones, esa serie de textos breves, extraños y sorprendentes que te dicen cómo cantar, llorar o subir una escalera. Cortázar no está, pero sí está. Yo, muchas veces no estoy, no logro recordar dónde permanezco mientras tanto, pero alguien me permite regresar  a ratos; por eso estoy aquí; entonces aprovecho para leer.


Leer a Cortázar me da miedo, porque me hace pensar, me da ideas, me sugiere cosas inverosímiles, raras, imposibles, como mis continuos retornos. En sus letras sugiere, descubre o revela monstruosidades que me ponen a temblar nomás con imaginar que pudieran ser reales. ¿O lo son y él lo sabía?...Ni siquiera las sombras que por momentos pululan misteriosamente a mi alrededor, me asustan tanto como sus historias. Sin más, sus instrucciones-ejemplos sobre la forma de tener miedo, me erizan la piel. Es tan simple y como al azar lo que dice, que precisamente en esa simpleza se encierra todo el horror de lo más cotidiano y conocido.


Cortázar, escribe: “En un pueblo de Escocia venden libros con una página en blanco perdida en algún lugar del volumen. Si un lector desemboca en esa página al dar las tres de la tarde, muere”. ¿No es realmente terrible que pueda suceder algo así? “En Amalfi al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar y la noche. Se oye ladrar un perro más allá de la última farola”. Los perros nunca me han gustado mucho, menos si pudieran ser perros fantasmas. “Se sabe de un viajante de comercio a quien le empezó a doler la muñeca izquierda, justamente debajo del reloj pulsera. Al arrancarse el reloj, saltó la sangre: la herida mostraba la huella de unos dientes muy finos”. Imaginar a los seres que pueden infligir mordeduras tales bajo los relojes, me pone casi paranoico. Aun así leo a Cortázar. Me faltan por leer de esta biblioteca muchos libros, pero tiempo es lo que me sobra; leer y releer es una actividad asombrosa y también llena de azar, porque puedo elegir entre miles cuál será el libro siguiente.


Me preocupa más la cuestión de los retornos. No sé si alguna vez terminarán o serán para siempre. Suceden al inicio del Día de todos los Santos y duran poco menos de dos días. No estoy en ninguna parte y de repente ya estoy, dirigiéndome a la vieja casa desolada, que parece estar esperando para darme cobijo entre sus paredes. ¿Quién ha decidido darme este tiempo?...porque muerto estoy, de eso no tengo duda, casi puedo recordar a la gente bondadosa que me dio cristiana sepultura en el cementerio cercano.


Mientras los retornos duren, seguiré viniendo a la biblioteca de mi vieja casa, para perderme entre sus viejos volúmenes, entre el polvo largamente acumulado sobre sus hojas, entre la soledad de estos vetustos muros que ya no habita nadie. Quizás haya sido mi rabiosa pasión por la lectura la que me permite estos breves regresos. Quizás, sólo soy una aturdida alma, que se ha perdido en el camino. 


Denunciar

Un anaquel

Sentado frente al ordenador y sin muchas ideas por escribir, miro el anaquel atestado de libros y cachivaches que está por encima del monitor. Hay un verdadero desorden en él y bastante polvo. ¿Desde hace cuánto que no lo limpio?...¿Días?¿ semanas?...Linus (el de la historieta de Carlitos y Snoopy) parece burlarse de mí. La figurilla de plástico recargada sobre el lomo del Dragón Mágico de Pearl S. Buck y Fantasmas de lo Nuevo de Ray Bradbury, sonríe ampliamente, como pensando “¡Ay, Maparo, tan mal estás que tienes que recurrir a mí para decir algo!” Sin embargo, no me da pena hablar sobre él, porque Linus, el perro narigón y sus amigos siempre fueron de mis favoritos. Cinco carritos de plástico y un camioncito de cartón, se encuentran ahí formando también parte del desbarajuste; entre ellos, hay un Citroen rojo y un Subaru azul, que ya quisiera yo ir manejando, por una carretera solitaria junto al mar o entre las arboladas montañas.


Blue Demon, el legendario luchador azul, está empujando con sus botas platedas la defensa trasera del Subaru, mientras abre los brazos como para presumir su fortaleza. Y vaya que Demon era fuerte, un magnífico luchador rudo, que en su momento fue de los pocos, por no decir el único, que pudo opacar un tanto al inmortal Santo. Hay también una máquina de ferrocarril de plástico, color verde y plata, que pretende ser el símbolo de la máquina de Cruz Azul, mi equipo de fútbol. Un bello sacapuntas con forma de rinoceronte, que mira feroz a alguien indefinido, apunta con su temible cuerno  amarillo, fuerte, poderoso, listo para atacar. Lástima que su cuerpo no sea de color gris terroso, sino de un rosa brillante muy llamativo, que no espanta a nadie.


Hay dos portarretratos vacíos. Uno de madera y cristal que contenía un retrato de Irene Adler a los 10 años, pero que por alguna razón ya no está. Y otro más de cerámica, desde donde Winnie Pooh sonríe como diciendo: ¿y la fotografía de aquí?...Sobre varios libros más, un recipiente cilíndrico con las imágenes de Mickey Mouse, Goofy, Minnie y Daisy, guardan en su interior pequeños cuentos infantiles, pertenecientes a la más pequeña de mis hijas. Una caja de cartón café y rosa, en forma de cofre del tesoro, contiene también en su interior, una imagen de la Virgen de Guadalupe. Finalmente una vieja radiograbadora Emerson, está vomitando a volumen regular, una rola excelsa de blues, de un viejo cassette que he puesto.


 El caballete de palitos de madera y cartón, con una niña de cabello de estambre color café oscuro, que vuela entre nubes blancas, me lo ha regalado la más pequeña , en el más reciente día del padre. La leyenda dice: “Contigo quiero jugar, correr, saltar y volar. ¡Gracias por ser mi papá!”...Falta mencionar los libros, que empolvados y todo, me han regalado verdaderos momentos de placer y conocimiento. Están ahí, botados, silenciosos, pero siempre listos para despertar, para responder a mis dudas, a mis reclamos, a mis sueños. Muchos de ellos ya los he leído; de los que me faltan aún desconozco  sus dones. La mayoría están formaditos como sin romper un plato. He contado hasta 41, pero sólo mencionaré algunos de los que pretendo leer:


Historias fantásticas- Adolfo Bioy Cásares.


La tentación de lo imposible- Mario Vargas Llosa.


Cuentos, fábulas y lo demás es silencio- Augusto Monterroso.


Así hablaba Zaratustra- Federico Nietzsche.


El Príncipe- Nicolás Maquiavelo.


El Castillo-  Franz Kafka.


No son todos, pero como muestras creo que bastan.


El anaquelito está ahí, mustio, lleno de cosas, de sentimientos, de recuerdos, de sorpresas. Un viejo diccionario Aristos, mezclado entre los libros, le da un leve toque de elegancia, de clase, de inmortalidad. ¿Y yo?...también estoy aquí, divagando, con la certeza de mi nimiedad, de mi insignificancia. 


Denunciar

Pasión por José José 2

Hablar de este artista excepcional, me duele; pudo ser un cantante de talla internacional, tenía la voz y el carisma necesarios para lograrlo; tuvo éxito en muchas partes, pero siento que le falto ese algo intangible que se requiere, para brillar plenamente. En México, lo apodaban “El príncipe de la canción”, escuchar sus interpretaciones de temas románticos, hacía viajar hacia recuerdos imborrables y amores posibles, plenos o ya pasados, verlo en el escenario era un deleite, hasta que desafortunadamente el alcohol, los problemas personales y las drogas, fueron minando su salud y también su voz extraordinaria. Pasó por etapas terribles, con mujeres que lo hundieron en el fango y la ignominia y otras que lo salvaron muchas veces y lo mantuvieron sobrio por largas temporadas, las cuales lo devolvían a la música y a una vida más plena. Tuvo que luchar con denuedo contra sus adicciones demoledoras y finalmente ahora, con un remedo de aquella voz llena de fuerza y de bellos matices, es actor a ratos de telenovelas y al parecer vive de forma más sosegada y familiar, dejando atrás épocas terribles y dolorosas. Por la radio, diariamente se siguen escuchando infinidad de grabaciones suyas realizadas en diferentes épocas, pero que muestran las soberbias interpretaciones y la calidez de una voz, que embelesaba al escucharla. Por todo lo anterior y por la cantidad de sus bellas canciones que me traen recuerdos de regocijantes momentos vividos, quiero compartir con ustedes, esta pasión por José José.


 


Así apareció este texto a mediados de Junio de 2010 en este mismo espacio. La pasión manifiesta por las interpretaciones de José José, persiste. Ayer domingo, he ido al tianguis para realizar la compra de los comestibles para la semana. En un puesto de videos de los “del parche en el ojo”, me he topado sin más con un par de homenajes al “Príncipe”, uno de Christian Castro y el otro de Juan Pablo Coronel, ambos excelentes y que muestran lo que un par de voces en plenitud, pueden lograr con viejas canciones, interpretadas entonces, por un José José, de voz privilegiada.


Castro y Coronel, ponen su estilo, voces plenas y bien moduladas, para recrear con calidad irrefutable, los viejos éxitos de Pepe.


La pasión por José José pervive y no únicamente en mí. 



¿Y qué tal, Ximena?


Denunciar
Artículos publicados: 293
1 -  2 -  3 -  4 -  5 - 



Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena

General 17 libros

1 0 libros



Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad


Casa del Libro: Comprar ebooks, libros nuevos y de segunda mano todo | Descubre el universo literario de Planetadelibros.com | DVDGo: Comprar películas DVD y BLU-RAY |


2011 © librodearena.com