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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


Notas de paso: La flauta mágica

Las instalaciones del metro son en todo momento, un gran escenario donde suelen pasar todas las cosas, desde las más simples, hasta las más inverosímiles. En los vagones, en los andenes, en las escaleras, por todas partes, puedes encontrarte siempre algo que llama la atención: una pareja de novios dándose un beso, un ciego que canta horrible y  pide dinero, una madre histérica regañando a sus hijos, infinidad de vendedores ofreciendo toda clase de mercancías sorprendentes, merolicos tratando de convencerte de sus ideas políticas, muchas mujeres bonitas, un hombre acostándose sobre pedazos de vidrio para ganarse una moneda, músicos de todo tipo (buenos y peores),  hombres y mujeres leyendo, campesinos miserables que reparten papelitos pidiendo ayuda, locos capaces de disparar un arma dentro de un vagón repleto de gente y matar a varios, mujeres embarazadas, ¿quién me falta?...¡Ah, sí!, ciudadanos comunes y corrientes, anodinos, poquita cosa y mustios, que pretenden pasar por muy correctos, pero son una masa informe y anónima que se mueve y pulula de aquí para allá moviéndose con prisa, ajena y deshumanizada por sus semejantes, una gran masa de borregos deseosos de seguir las reglas, cumplir las leyes y no pensar, no sea que se les ocurra algo extraordinario o verdaderamente inteligente y se pueda hacer realidad.


El gran escenario me ha deparado esta noche un músico; para ser exacto, un jovenzuelo como de 20 años vestido con chamarra y pantalones de mezclilla, tocando como un verdadero poseso, su flauta mágica. Pasadas las 11 p.m. los andenes del metro se convierten en espacios solitarios poseedores de una acústica extraordinaria que permite captar muchos sonidos que en las horas de interminable afluencia sería imposible distinguir; entonces, los andenes semisolitarios se convierten en una caja de resonancia tal, que cada sonido se agiganta y transmite magnificado, inundando el espacio de tal forma que el sonido parece provenir de todas partes. Así ha sido hoy, el sonido de la flauta mágica del jovenzuelo ha aparecido de pronto, primero suave y tímido, luego fuerte, claro, acogedor, dulce, tranmitiendo ondas sonoras hipnóticas hasta los oídos atentos de los pocos usuarios que aguardábamos en el andén la llegada del próximo convoy. La música de la flauta parecía llenar todo el ambiente con su canto demoledor y a la vez tierno, duro y suave al mismo tiempo, música de flauta inmemorial, eterna.


Cuando el muchacho apareció ante la vista de los pocos que ahí estábamos, dos mujeres de no mal ver, que aguardaban juntas, se le quedaron mirando como diciendo: danos más, no pares de tocar, sigue creando magia para nosotras, si lo haces, prometemos levantarte un altar en nuestros corazones. Quizás intuyó lo que ellas y todos pensábamos, queríamos más de aquellas maravillosas notas. El chico tocó nuevamente.


Me transporté. En un dos por tres, la imagen del flautista de Hamelin pasó ante mis ojos conduciendo dócilmente a sus millares de ratas rumbo a las aguas del río ( a su rebaño de usuarios tirándose a las vías del metro). Y esta imagen trajo consigo también. la de un chiquillo de 13 años tocando la flauta en sus clases de música de la escuela secundaria. Y la mítica figura apoyada en un solo pie, de Ian Anderson esgrimiendo su flauta hechicera, tocando las notas intemporales de Bouree. Entonces la mejor compañía era mi mejor amigo y en aquella unión, llena de ausencias femeninas, sólo brillaba la música y la mutua soledad para acortar la espera de la aparición portentosa de Martha y Rosa Ana, perdidas aún en la inmensa maraña anónima de lo desconocido.


La magia duró sólo un par de minutos, la llegada del convoy rompió para siempre jamás el idilio del que los pocos presentes fuimos presas. El embeleso quedó roto abruptamente; pero no la sonrisa agradecida hacia el chico flautista, que se quedó en mis labios hasta mucho después de haber abandonado el metro.


 Evocar, es vivir. Soñar, también. 





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Pasión por Consuelo Velázquez

Siempre he sentido pasión por la música popular mexicana, obviamente me tocó crecer con ella, pues a mis padres les encantaba la música tropical, los boleros, las rancheras, el cha cha chá y el mambo. Así que en la consola de casa (uno de esos muebles largos y preciosos de la marca Stromberg Carlson), escuchábamos con asiduidad al trío los Panchos (y a muchos otros tríos), la Sonora Matancera (y la Santanera, por supuesto), Agustín Lara (y los que cantaban su música, empezando por Toña La Negra), Maria Luisa Landín, Lucha Reyes (también a Lola Beltrán, Miguel Aceves Mejía y José Alfredo Jiménez). Y claro, a Consuelo Velázquez (con muchos de los intérpretes de sus canciones) que es el motivo de esta nota.


Nacida en 1916, era paisana de Juan José Arreola, pues nació en Zapotlán (hoy Ciudad Guzmán). A corta edad fue llevada a la ciudad de Guadalajara (Jalisco), donde desde muy pequeña comenzó a tocar el piano, graduándose como concertista, a los 15 años solamente.


En la Ciudad de México, realiza su examen de graduación en el Palacio de Bellas Artes y con el tiempo, llega a ser solista de la Orquesta Sinfónica Nacional y de la Filarmónica de la UNAM.


Antes de los 16 años, empieza a componer música popular y compone su bellísima canción Bésame Mucho, cuando aún no recibía siquiera su primer beso de amor. Durante algún tiempo, guarda celosamente en secreto, su afición a componer boleros y música romántica; ¿cómo una concertista de su talla, iba a componer música popular?


Poco a poco y con los años, van apareciendo sus joyas musicales, aparte de Bésame Mucho: Verdad Amarga, Amar y Vivir, Yo no fui, Cachito, Franqueza y muchísimas otras que se van incorporando al repertorio musical de la época y tomando arraigo en el pueblo, que tararea, canta e interpreta sus canciones por todos lados. Sus composiciones son entonces interpretadas también por artistas extranjeros y traducidas a varios idiomas (empezando por Bésame Mucho).


No sé cuántas versiones de Bésame Mucho y otras de sus composiciones, han sido versionadas en infinidad de países; a mí me basta con saber la calidad musical que poseía y el valioso legado que representan sus canciones. Esta breve nota, pretende ser un pequeño homenaje,  para una extraordinaria concertista y compositora: Consuelo Velázquez.














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Recuerdos

Entre las turbias aguas del recuerdo,


tenaz memoria busca tu silueta,


la delgadez de tu cintura esbelta,


la morbidez de curvas de tu cuerpo.


 


Amasar de nuevo tus pechos quiero,


morder lascivo tu boca de grana;


no hay tregua para esta sed amarga


de ti, tu ausencia es un dolor eterno.


 


¿Dónde abreva hoy tu piel, en cuáles besos?


¿Y tus ojos de noche milagrosa?


¿Quién entibia tu cuerpo entre sus brazos?


 


Tu entrega era luz, nuestra vida rosa.


¡Ah!, ¿cómo perdimos los tiernos lazos


del amor, por esta ausencia azarosa? 





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Yo no soy mala


La mujer se detuvo un momento para tomar aliento, respiraba ruidosamente y en el subir y bajar de los abundantes senos, su agitación delataba el gran esfuerzo que había realizado al correr. Con ojos asustados miró a su alrededor como buscando a alguien, tenía miedo, miedo de que la continuaran persiguiendo “ellos”. Reemprendió la carrera, sudorosa, jadeante, con el rostro chamagoso, descompuesto por una mueca extraña que mostraba el terror de que era presa; trastabilló y cayó de bruces, permaneció así un momento, con la cara pegada al suelo, mojando con su sudor, el polvo amarillento de aquella tierra. El sol caía inclemente en la despoblada llanura, sin una sombra donde guarecerse.


Se levantó trabajosamente, con la manga del mugriento y roto vestido se restregó la cara, y miró a los pocos y raquíticos troncos pelones que se alzaban no muy lejos semejando terribles seres fantásticos. El llano desolador, agrietado y reseco, le dio en un instante la dimensión de su pequeñez


“No puedo perder tiempo, debo seguir mi marcha, “ellos” no deben estar muy lejos y no quiero que me encuentren; hace mucho que me vienen persiguiendo pero hasta ahora los he burlado, no deben encontrarme, “ellos” no deben encontrarme”.


Siguió corriendo.


¿Pero, quiénes eran “ellos”, a los que con tanta vehemencia quería burlar y que la perseguían?


Volvió a caer.


“Me muero de sed y ya no puedo más, hasta me dan ganas de quedarme aquí tirada bajo el sol y esperar hasta que vengan “ellos”, ¿qué importa seguir si tarde o temprano me han de alcanzar? Yo no quería matarlos, verdá buena que no. A “la Negra”, no lo niego que le tenía mala voluntá y que ni remordimientos sentí de haberla matado, partiéndole la cabeza de un machetazo; me acuerdo como se le abrió, como una frágil calabaza, botando sangre y sesos por todas partes; pero pa´que andaba de “coscolina” tratando de robarme el amor del Policarpo, se merecía lo que le pasó y más. Además, para mí era una obligación matarla, tenía que lavar mi honor de mujer ofendida, mi hombre era mi hombre y nada más que mío.


Pero al pobre del Felipe, ¡caray, si yo lo estimaba retiharto!...¿por qué se le ocurrió al mocoso llegar en ese instante en que estaba yo, todavía con el machete entre las manos y a mi lado “la Negra”, chorree y chorree sangre. ¡Hasta se me salen las de cocodrilo nomás de acordarme!, ¿pero que le iba a hacer?...Aluego podía ir con el chisme a cualquiera y sabrían que yo me había echado al plato a “la Negra”. ¡Pobre escuincle!, todavía se me revelan sus ojitos tan negros, reflejando el miedo que le anegaba el esmirriado cuerpo y como me miraron cuando le abrí la pancita de un solo tajo.. Estaba yo como loca, desquiciada, no era yo aquella mujer enceguecida. Tiré el arma y eché a correr empavorecida; no paré hasta que llegué a mi choza y sólo estuve algo más tranquila, bajo la protección tibia y acogedora de las cobijas de mi catre. Los ojos de Felipe, los traía clavados en la cabeza como si me los hubieran grabado; su mirada llena de miedo y desesperación, me atosigaba en todo momento. Era ya noche, una noche muy negra, como el color de los ojos del Felipe”.


“Pero las cosas no pararon ahí nomás. Si lo pensaba fríamente, el Policarpo me había traicionado. No lo podía matar, pues entonces si no, ¿pa´que había matado yo a “la Negra” y al Felipe?; pero él también tenía su parte de culpa en lo que acababa de pasar. Tendría que pagar de alguna manera.


Oí ruido en la puerta de entrada y los pasos inseguros del Policarpo me indicaron que venía medio borracho. Yo sabía bien que toda la tarde se la había pasado con los amigos jugando baraja y bebiendo vino barato en la cantina del pueblo; por eso me había atrevido a ir a buscar a la piruja de “la Negra”. Se desnudó con trabajos y se tumbó despatarrado a mi lado. Me arrejunté a él, para sentir un poco de calor, los dedos de los pies y las manos, las sentía como enormes trozos de hielo. Instintivamente el Policarpo me abrazó y acurrucó entre sus fuertes brazos. Yo me dejé hacer, él era mi hombre”.


 


“A la mañana siguiente, mucho antes del mediodía, vinieron a buscar al Policarpo, eran cuatro, todos empistolados y con sombrero. Que´sque venían por él, porque la noche anterior había matado a una mujer y a un niño. ¿Qué cómo sabían que había sido él?...¿Pos luego, no encontraron en el lugar de los crímenes su machete, todo lleno de sangre reseca? Porque era su machete, las iniciales grabadas en él, bien claro lo decían.


Bien que hice mi San Quintín y grité como chiva loca alegando que mi hombre era inocente, que no era justo que se lo llevaran; lloré a grito pelado para que soltaran al Policarpo, pero bien sabía yo que todo eso era inútil. Luego que se lo llevaron, no volví a verlo más hasta el día en que lo ahorcaron. Yo quería que sufriera un poco para pagar su traición, pero nunca “desié” que lo mataran. Lo “pior” es que él sabía muy bien quién era la culpable de todo aquello; nadie más podía haber tomado su machete, nadie más que yo. Él me lo había confiado a mí.


El Policarpo no dijo nada y se calló como los hombres, aunque si hubiera dicho la verdá, que la asesina era yo, ¿quién iba a creerle?...Ese día lo ahorcaron todito; los que eran o se decian sus amigos, lo maldijeron y escupieron cuanto se les vino en gana. Si hasta parecía mentira que me hubiera traicionado con “la Negra”.


¿Y luego qué?...que vienen saliendo con que “la Negra” era su hermana y el Felipillo su sobrino. ¿Entonces pa´qué matarlos?¿Acaso no tenían su misma sangre?...Y que me empiezan a venir los remordimientos. A “la Negra” la odiaba, porque siempre pensé que quería robarme el amor del Policarpo; pero al Felipe lo estimaba y el Policarpo era mi adoración. Anduve todo el tiempo que mi hombre estuvo preso, buscando la manera de salvarlo; hablé con el comisario, con el juez, con el cura, con mucha gente de dinero, pero todo fue inútil.


Pienso que el Policarpo no debió de ocultarme nada; si él me hubiera dicho que esos dos eran de su familia, nada malo hubiera pasado; pero ¿quién lo sabía?...Yo, no.


Fue entonces cuando “ellos” vinieron, como a la semana de que habían ahorcado al Policarpo. Yo no vivía en paz,  y lloraba a mares; pero los tres estaban bien muertos y nada podía hacer para remediarlo. La cuestión es que una noche, mientras dormía, escuché que me llamaban por mi nombre y de inmediato reconocí la voz de “la Negra” que decía que venían por mí para llevarme al infierno. Desperté sobresaltada y víctima de aquella horripilante pesadilla. Creí que todo había sido un sueño; pero cuando vi al Policarpo ahí, enfrentito de mí, con los ojos en blanco y la lengua de fuera, me entró mucho miedo; ahí estaba también “la Negra” con su cabeza abierta y chorreando sangre y el Felipe contemplándome con sus ojitos asustados; me llené de pavor. Eran “ellos”, volvían para vengarse, para vengarse de mí. Jalé mi vestido y me lo puse a medias, aterrorizada, inerme. Salí corriendo de la casa, con “ellos” detrás de mí.


¿Cuánto he corrido?...¡Quién lo sabe!...pero desde anoche no paro de hacerlo; los burlé cuando el sol apenas salía, entonces  se esfumaron, de eso hace ya muchas horas. Orita el sol está muy alto, pero cuando caiga la noche volverán, volverán por mí. Yo, no soy mala. Yo no sabía. Todo lo hice por amor al Policarpo”.


La mujer no podía más, dejándose desvanecer, cerró los ojos.


Cuando despertó, las sombras la envolvían. ¡Se había quedado dormida en medio del llano!


¿Dónde estarían “ellos”? Con seguridad, andaban cerca, tanto, que le pareció de pronto que muchos ojos la acechaban.


Echó a correr de nuevo...una, dos tres, cuatro, ¿cuántas horas más estuvo corriendo?, nunca lo sabría. “Ellos” aparecieron de la nada en la noche negra y se le pararon enfrente. Ahí estaban los tres, bien muertos, pero tan reales que no podían ser mentira..


La mujer cayó por tercera vez de bruces, muda y solitaria, ante “ellos”.


Amanecía, cuando dos arrieros que pasaban por el llano, encontraron el cadáver de la mujer. 





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Cuentos y cuentistas: Gabriel García Márquez

Cuando escribir se dificulta, hay muchos manidos recursos para paliar el problema. Esta vez no es falta de ideas, hay muchas vagando por aquí, por allá, por todos lados; bastaría estirar la mano para tomar una de las más interesantes y contarla, luego escribirla; pero como dice García Márquez, si la cuento, ya verán cómo cambia cuando la escriba. Por eso hoy no voy a contarles nada, aunque tengo muchas ganas.


Pero Gabriel José de la Concordia García Márquez, sí que sabe contar y escribir historias. Colombiano de nacimiento y cosmopolita por derecho propio, García Márquez a través de los años, nos ha regalado una serie de novelas y cuentos apasionantes, que nos descubren la realidad mágica de una imaginación fecunda dotada de un don especial, para hacer de una anécdota casual, una historia inigualable.


Son de sobra conocidas sus novelas clásicas: Cien años de Soledad, Crónica de una muerte anunciada. El amor en tiempos del cólera, El coronel no tiene quien le escriba y otras; sin embargo, es en sus cuentos donde más claramente pueden verse las dotes narrativas del autor de La Hojarasca. Los cuentos de García Márquez son fascinantes; nos cuenta con simpleza como un ladrón sabatino es capaz de enamorar en unas horas a una mujer casada y guapa (Ladrón de sábado), o cómo una aprehensión momentánea de una mujer, puede germinar en un rumor tumultuoso y acabar con la paz cotidiana y la tranquilidad de todo un pueblo, en un solo día (Algo muy grave va a suceder en este pueblo). La obra cuentística de Márquez, abarca un amplio panorama temático, desde historias pueblerinas llenas de miseria y deseos,  hasta anécdotas amorosas a bordo de un avión, junto a una bella e inaccesible mujer (El avión de la bella durmiente), amén de historias obsesionantes y dolorosas, donde los demonios internos o los sentimientos amorosos, no nos salvan de nada y podemos caer desde alturas prodigiosas y despanzurrarnos totalmente.


Hay muchos cuentos de García Márquez para comentar, que tienen los merecimientos suficientes para figurar entre los grandes cuentos de la literatura: El rastro de tu sangre en la nieve, La prodigiosa tarde de Baltasar, El verano feliz de la señora Forbes, Un día después del sábado, En este pueblo no hay ladrones (“con lo que me gusta jugar al billar y en este pinche pueblo ya ni eso podemos hacer”); aunque la mención de estos pocos, puede servir para depertar la curiosidad y la pasión por los cuentos de García Márquez.


Creo haber leído en algún lado, la pasión del nobel colombiano, por Benny Moré; así pues, ello no me disgusta para nada. Así que...¡Venga Benny, venga García Márquez! 








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Cuentos y cuentistas: Giovanni Papini

Los primeros cuentos de Giovanni Papini cayeron en mis manos antes de cumplir los 17. Poco después, mi mejor amigo, tuvo el tino de regalarme la edición popular de Plaza y Janés, en pasta dura, donde aparecía el rostro de un Papini ya mayor, en un fondo encarnado con letras blancas, que rezaban: “Palabras y Sangre”. Era un librito de poco más de 150 páginas; corría el año de 1974.


Ya conocía Gog y sabía de la existencia del Libro Negro y El Diablo, pero la experiencia de leer los cuentos de “Palabras y Sangre”, puedo asegurar que fue como un despertar. La precisión de la palabra, de los conceptos vertidos, de la originalidad desarrollada, del desencanto compartido, de la filosofía de vida mostrada en cada cuento, los hacía únicos e irrepetibles.


La lectura de “La primera y la segunda” fue un golpe tan fuerte, que de inmediato quise escribir algo al respecto; ensayé un pequeño texto con mucho afán y poca experiencia, que finalmente quedó en nada. Pero la caja de sorpresas estaba abierta y las palomas, los conejos, las mascadas de colores y las serpentinas, empezaron a salir de uno en uno deslumbrándome: “El último deseo, El hombre de mi propiedad, El prisionero de sí mismo, Las almas cambiadas, Quien me ama muere. El hombre que se ha perdido a sí mismo”. Era un desfile grandioso de historias, donde la lucidez de pensamiento de Papini, su filosofía muy particular de las cosas, adquirida a través de una niñez llena de estrechez y lecturas asimiladas con fruición, y sus ideas de un agnosticismo manifiesto, se mezclaban perfectamente para darnos lo mejor de este hombre de polémicas preferencias religiosas y políticas.


Acusado de fascista, ateo, hipócrita y otras linduras más, Papini con su obra, fue demostrando que era mucho más que eso: un pensador brillante de su tiempo, provocador, insensato pero paradójicamente razonable. Un hombre polémico que escribió “El espejo que huye, Un estanque y dos imágenes, No quiero ser más el que soy” (los últimos 2 no pertenecen a Palabras y Sangre) e infinidad de historias más, redondas, rotundas.


Sin tomar en cuenta su antisemitismo y su probada simpatía hacia el fascismo, podemos establecer en buena parte la estatura literaria de Papini: un escritor de primera clase.


La pasión que siento por los cuentos de Papini y especialmente por los de Palabras y Sangre, es innegable; aunque como decía el mismo Papini: “En esta vida nada es absoluto, todo es relativo”. 





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El engendro (terapia intensiva para quitar el miedo y el estrés)

Esta original receta en 5 pasos, repetida 1000 veces, puede no curar el miedo ni el estrés; pero que susto les ponemos.


 


Paso 1: La puerta del infierno sigue abierta; a pesar del paso de tantos años no he logrado cerrarla ni siquiera un poco. Si trato de acercarme para entornarla, cobra vida y me lanza dentelladas como perra rabiosa. Estoy desorientado; por más voluntad que pongo en mitigar la maldad y la podredumbre que percibo más allá de ella, su fuerza descomunal me arrastra irremisiblemente hacia la perdición, hacia la hoguera en que deseo consumirme.


Paso 2: Hoy, me siento un verdadero rufián, en el más textual significado del término. Quiero maldecir y despotricar contra lo más sagrado, contra la humanidad entera, contra mí mismo. Golpear una y otra vez sobre los huesos de alguien. Empuñar un arma y disparar impunemente a quemarropa.


Paso 3: Caminando por las calles del centro de mi ciudad, entre un mar de gente que deambula disfrutando una tarde sabatina, me siento fuera de lugar, en el lugar equivocado, asfixiado por un estúpido y espantoso miedo de origen desconocido o quizá no tanto, cuando la autoestima está en el nivel más bajo y asqueroso, cuando se comprende que se es un cero a la izquierda, un don nadie, estiércol tirado a media calle, es muy fácil cagarse de miedo.


Paso 4: Hoy no puedo con mis pesadillas y demonios, me acosan en todo momento sin permitirme una tregua. ¿Qué soy? ¿Qué valgo?¿Qué plan trazó el creador para mí? ¿Éste, precisamente, que me deja inerme? ¿Con qué propósito se me dio la vida?


El miedo es atroz y me paraliza la lengua, entorpece mis movimientos, martiriza mis ojos, taladra mis sienes, desgarra mis entrañas, mata toda esperanza de redención.


Paso 5: La puerta del infierno sigue abierta y trasponerla parece tan fácil, que me asusta. No quiero caer definitivamente; pero hay momentos en los que siento que mi alma inmortal no puede más. Soy un miserable cobarde, porque a pesar de la poderosa atracción del mal, voy a seguir viviendo. ¿La felicidad?...¿Quién se traga en estos días semejante patraña?...¡Que se vayan todos al infierno!





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