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JUGUETEOS

Lo esencial es invisible para los ojos, sólo se puede ver bien con el corazón. Antoine de Saint Exupery


Hablar de libros

Hoy quiero hablar de libros; no de los que leí el año pasado o de los que quiero leer, sino de algunos libros que a través de los años han dejado alguna huella en mí. Unos son antiguos, otros no tanto y hay algunos muy recientes. Esta es una selección muy arbitraria porque no son los mejores que he leído, ni los más famosos, ni los más vendidos, ni los más comentados, ni los que todos coinciden en que son obras maestras; la selección es más sutil, guarda una emoción profunda con lo que en mayor o menor medida, me han enseñado.


Con la lectura atenta de un libro, puedo transportarme completamente al interior de una historia y descubrir lo que cada personaje siente o es capaz de hacer; quizás sea un campesino enamorado de una bellísima princesa triste, o una bella mujer aristocrática dispuesta a matar por el simple placer de hacerlo; puedo encontrar a un cacique encaprichado con la mujer de un trabajador de su hacienda y ser capaz de raptarla y morir de amor por no lograr hacerla suya; o simplemente un joven abarrotado de barros por todo el cuerpo, incapaz de sostener una relación amistosa con cualquier mujer. Los mundos literarios son infinitos, como infinito es el placer y el conocimiento que podemos obtener de ellos, con una voluntad disciplinada y dispuesta a saber.


Mark Twain, con Las aventuras de Tom Sawyer y Louis Carroll con Alicia en el país de las maravillas, me cautivaron desde mis primeros años, cuando me gustaban los libros con muchas ilustraciones y había excelentes ediciones ilustradas.


Los de Abajo, de Mariano Azuela y Pedro Páramo, de Juan Rulfo, le dieron a mi realidad un poquito de rabia, de dolor, al conocer el destino de los parias, de los campesinos, de los que no tienen nada.


El Confabulario de Juan José Arreola y La vuelta al día en 80 mundos y Último Round, de Julio Cortázar, me mostraron mundos desconocidos y maravillas nunca antes leídas.


¿Y qué decir de El guardián entre el centeno, del recientemente fallecido J. D. Salinger? ¿Y de Tokio blues, de Murakami?


El país de las sombras largas de Hans Ruesch y El lobo estepario de Hermann Hesse, hicieron mi delicia antes de los 20 años. Y Cumbres borrascosas de Emily Bronté y Orgullo y prejuicio de la Austen, también.


Cyrano de Bergerac con su gran nariz, me cautivó. También D´artagnan con los mosqueteros y el conde de Montecristo, incendiaron mi imaginación juvenil, e iniciaron mi admiración por Alejandro Dumas; aquí cabría mencionar a Sherlock Holmes y a su autor Arthur Conan Doyle.


Algo más recientes son El señor de las moscas, de William Golding, y La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera, donde pude ver el interior del alma humana y de lo que es capaz una voluntad libre y salvaje. Aquí he de mencionar también, La senda del perdedor, de Charles Bukowski, confesión terrible del despertar al sexo y la adolescencia.


Tantadel, de René Avilés Fabila y El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez son dos historias fascinantes de amor. Anexo Ciudades desiertas, de José Agustín, porque cumple cabalmente con lo de historia de amor.


Barrabás de Park Lagervist, nos acerca a Jesús y su calvario. Siddartha, de Herman Hesse. de alguna manera nos acerca a Dios, a través de los sentidos.


 


Los libros de cuentos también han tenido su participación en todo lo anterior:


El libro de las tierras vírgenes, de Rudyard Kipling; El llano en llamas, de Juan Rulfo; dos obras de muy variados temas, emparentados aquí más por mi gusto que por alguna razón.


Palabras y sangre, de Giovanni Papini y los cuentos de Antón Chéjov, permiten jugar un poco con la realidad cotidiana y penetrar en las maravillas.


Fantasías en carrusel, de René Avilés Fabila y Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, pueden hacer un triángulo equilátero perfecto, con La muñeca rusa, de Adolfo Bioy Cásares.


No más, la lista podría tornarse interminable.


 


Soy un soñador que aprende a volar leyendo libros; creo que después de tantos años, por fin me comienzan a nacer mis alitas. ¡Háganse a un lado, que voy a despegar!...





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Idea

Aunque no podamos verla, la muerte siempre ronda entre nosotros; o quizá sería mejor decir que desde el nacimiento, ya la llevamos con nosotros.


Cuando tenía alrededor de 18 años, me detenía a pensar a veces en la muerte, como algo lejano que algún día tenía que llegar; entonces me entraba una desazón terrible nada más de pensar en el día que me tocara morir.  Ahora, más de 30 años después, cuando pienso en ello, la desazón es la misma o peor, porque con la edad y el paso de los años, me acerco más al inevitable día. No es que me complazca estar pensando o elucubrando ideas de cómo, cuándo, dónde y a qué hora va a suceder; ni si faltan 10, 5, ó 1 año, para que acontezca; lo que sucede es que cuando mira uno la muerte de cerca, es inevitable pensar en la propia y en que por fuerza tiene algún día que llegar.


Sé perfectamente que aún no estoy preparado para ese día, mi mente lo sigue procesando como algo muy lejano, y he ido aplazando el saber qué hacer o cómo recibir el inevitable momento.


Hoy ha muerto el suegro de mi hermana, un hombre ya mayor que debido a la edad y a las enfermedades que padecía, podría decirse que le quedaba poco tiempo de vida; sin embargo la estimación que personalmente le profesaba, no se resigna a que así haya sucedido; a los seres que amamos, queremos verlos siempre bien y gozando de buena salud.


El terremoto de Haití, ha cobrado más de 200,000 vidas. Las inundaciones en la Ciudad de México y varios estados del país, han dejado bastantes muertos también. En África, sabemos y no queremos ver la terrible hambruna que siguen padeciendo infinidad de niños, que con la ayuda de la desnutrición y las enfermedades, se encargarán benévolamente de quitarlos de sufrir. En Medio Oriente, las guerras no cesan y regalan muertos de todos los colores y todos los sabores.


Un hombre de más de 50 años fue a visitar al médico para que lo curara de sus males: “Doctor, cúreme por favor. Mire, me duelen las piernas por falta de circulación; traigo un dolor muy fuerte, clavado aquí en el lado izquierdo, bajo las costillas, que me da nada más cuando estoy acostado. De repente me sangran las hemorroides. Tengo caspa y hongos en los pies. Por las noches no aguanto las ganas de orinar y me tengo que parar cuando menos una vez, para no reventar. Me duele mucho un pulmón y a veces en la garganta me da un dolor terrible que no me permite respirar. Además he descubierto que tengo parálisis facial en el lado izquierdo del rostro, y que la memoria me falla a veces ¿Qué puedo hacer doctor, qué me aconseja?"


El doctor que era un villano, le ha contestado: “Muy sencillo. Cómprese un seguro de vida por una buena cantidad. Despreocúpese de las enfermedades y dele la copia del seguro a su  esposa, para que no tenga problema para cobrarlo, ahora que usted se muera.”


 


“La Catrina” no descansa, pocos o muchos, a diario hace nuevos amigos y se los lleva para siempre. Desafortunadamente y aunque también tiene como Dios, el don de la ubicuidad y se le encuentra en todas partes, la muerte no siempre es elegante: a veces hay muertes tan tristes y miserables, que toda dignidad se pierde.


“¿Cómo quieres morir?”, le preguntó un compadre al otro. “De viejo y acostado en mi cama”, respondió el aludido. Por desgracia, no sabemos (afortunadamente) dónde vamos a caer y eso está bien, porque nos brinda la oportunidad de vivir sin esa sombra que cada uno queramos o no, ya llevamos integrada.


Mientras la muerte se solaza y se regodea a nuestro alrededor, disfrutemos de la vida, que es tan bella y la tenemos aquí, dejemos los pensamientos lúgubres para después y demos gracias a la vida, por estar vivos, por estar plenamente vivos. 





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Terror en las arenas. "De las inconveniencias de mudarse"

Regresar a la casa y enfrentarse con los recuerdos, era insoportable; así que Sandra decidió que lo mejor era mudarse de ahí, rentar un departamento pequeño y vender la casa donde la soledad y el vacío no le vinieran a recordar en todo momento, la dolorosa pérdida de su madre. Estaba muerta y a pesar del dolor profundo, lacerante que la embargaba, aquel hecho no iba a cambiar. A sus 35 años, Sandra miraba la vida como algo que se le había escapado; hubiera preferido morir con su madre y no estar como se encontraba ahora, con el dolor de la pérdida clavado muy hondo, una desesperación infinita que no se calmaba con nada y los hechos consumados mordiéndole el alma.


 El padre las había abandonado siendo Sandra muy niña, se fue así, casi sin decir nada y su madre tuvo que enfrentarse a la situación dolorosa de no saber qué hacer para proporcionarle comida y bienestar a su niña. ¡Cómo lloraron las dos la ausencia del padre! Recordaba muy bien el día en que su padre se marchó; las había invitado a  comer en un restaurante muy concurrido y elegante, que tenía decoradas sus paredes, con grandes mosaicos vidriados, de colores muy vivos: azul rey, rojo, ocre, verde limón, naranja. Cuando más alegres y risueños se encontraban, una mujer muy guapa, más joven que su madre, se acercó a saludarlos; su padre perdió la risa y el buen humor con aquel encuentro y luego que la mujer se fue, a pesar de estar ella presente, sus padres escenificaron una dolorosa disputa de palabras, gritos y manoteos, que terminó con la marcha definitiva del padre y lo alejó para siempre de sus vidas. Mientras ellos reñían, Sandra tuvo mucho miedo y para aguantárselo, se puso a mirar los colores chillones de los mosaicos. Con el tiempo, llegó a odiar todos aquellos colores tan vivos, instintivamente, los asociaba con la partida de su padre. Desde entonces su madre nunca volvió a ser la misma; pero Sandra la quería sinceramente, por eso sentía como una llaga viva, la muerte de su madre. Ya vería que hacer con la casa familiar, si rentarla o venderla, para acallar la nostalgia amarga de su ausencia.


Así lo hizo. Se mudó a un departamento pequeño y probó infinidad de medios para ahuyentar el dolor, el resentimiento feroz que sentía contra la vida, por haberle arrebatado a su madre. Como maestra de escuela que era, no podía tirarse completamente al abandono, tenía que trabajar; cada vez que pensaba en su madre, le parecía imposible que ya no estuviera. ¿Por qué se había ido, dejándola tan sola? Quería morirse, también.


El arrendador vendría cada mes a cobrar la renta; el hombre desconfiaba de la administración de los bancos y por ello hacía sus operaciones personalmente. Aún no llevaba Sandra dos semanas instalada en el departamento, cuando lo llamó por el móvil, para decirle lo de la puerta. Para acceder al departamento, había que recorrer un pequeño pasillo y al final del mismo, casi frente a su entrada, en la pared blanquísima, estaba la otra puerta, de aparente inútil existencia, pues parecía conducir a ningún lado. Reparó en ella por primera vez, dos días después de haberse mudado. No recordaba haberla visto el día de su llegada; seguramente estaba ahí, pero ella no se había dado cuenta. Parecía imposible que eso hubiera sucedido, porque era una puerta de madera pintada de un rojo muy vivo, de pésimo gusto, uno de los colores que ella más odiaba. No le concedió mayor importancia a la puerta hasta el tercer día, cuando escucho leves ruidos que parecían provenir del interior, suaves cuchicheos, como si alguien estuviera recargado detrás y gimiera con el rostro pegado a la misma. Estaba abriendo la puerta de su departamento cuando los oyó. Se quedó expectante y asustada, alguien o algo estaba detrás de aquella puerta, casi se podía escuchar su respiración.  Sandra se acercó cautelosa a la misma y aplicó el oído sobre la madera pintada de rojo. Contuvo un gesto de repulsión ante el contacto pegajoso de la pintura; prestó mucha atención, pero ya no hubo ruido ni nada, sólo silencio. A partir de entonces, empezó a vigilar la puerta roja; cuando salía a trabajar o cuando regresaba, la puerta estaba ahí, como todas las puertas, inmóvil, muda. Sandra recordaba perfectamente los ruiditos escuchados y una inquietud creciente la poseía, aunque en los días transcurridos después, no escuchara nada.


Fue cumplida la semana en el departamento, cuando volvió a suceder. Era viernes y una compañera de trabajo había invitado a Sandra para comer; entre comentarios y confidencias se les fueron largas horas y pasaba  ya de la medianoche cuando regresó. A punto de abrir la puerta de su departamento y no sin haber echado de reojo un vistazo a la puerta roja, escuchó perfectamente una voz grave, susurrante, que pronunciaba su nombre: “Sandra...” Saltó aterrada; apoyando la espalda contra su puerta; miró con espanto la omnipresente puerta roja. No había duda posible, aquella voz la había nombrado. No quiso saber más, nerviosa, tensa, se metió al departamento como un relámpago y cerró con el seguro. ¿Qué o quien estaba ahí, por qué la llamaba? Ella no creía en fantasmas ni espíritus vagabundos que se manifestaran en la vigilia para asustar a cualquier gente; pero la voz llamándola era un hecho y parecía haber venido de aquella aborrecida puerta. Quizás había un ladrón o alguien que sabía su nombre y hubiera querido asustarla; pero ¿para qué? Además, de momento, de sus conocidos, casi nadie sabía su nuevo domicilio.


El sábado se levantó tarde, apenas si había podido dormir. De repente se dio cuenta, que le daba miedo tener que salir, no quería ni ver la odiada puerta de enfrente. No pasó nada, el fin de semana y el lunes, terminaron sin ruidos ni susurros. Por si acaso, cuando llegaba, al abrir la puerta de su departamento, siempre lo hacía mirando varias veces tras su espalda. Se fue calmando, hasta llegó a pensar que quizás se había imaginado lo de la voz y lo de los ruidos. Con la enfermedad de su madre, los trámites del sepelio y la soledad golpeándole inclemente, sus nervios habían sufrido lo indecible, tal vez, lo de ahora, era consecuencia de todo aquel sufrimiento contenido.


Casi todas las noches soñaba con su madre, a veces con la imagen borrosa del rostro de su padre, muchas veces, con sombras grises y negras deambulando a su alrededor; pero invariablemente al final de cada sueño, los colores vivos, chillones, opresivos, la perseguían incansablemente; aparecían de algún lado, sigilosos, malignos y se le acercaban burlones y amenazadores para atraparla, así que el despertar, era un alivio deseado con fruición.


 


El martes por la noche los ruidos volvieron. Cenó algo ligero y se disponía a continuar la lectura de Orgullo y Prejuicio de la Austen, cuando percibió claramente fuertes golpes y arañazos que provenían del pasillo.  Abandonó el libro y fue despacio hasta su puerta, la abrió con sigilo y asomó la cabeza; estuvo a punto de cerrar despavorida cuando los golpes y arañazos se repitieron tras la puerta roja; ahogó un grito de temor mientras los ojos se le llenaban de lágrimas y decidía llamarle al casero. Pero ¿qué iba a decirle?¿qué se oían ruidos intranquilizantes y que una voz la llamaba susurrando su nombre?... Pareció conjurar a la voz, porque en aquel preciso instante, la oyó de nuevo.  Era muy grave, suave y áspera a la vez, parecía venir de muy lejos y la conminaba a acercarse.


“ Sandra, ven, ven por favor...” Esto ya no era una broma, se pasaba de mal gusto y tenía que terminar a la brevedad posible. Con valentía abrió la puerta y salió del departamento, en ese momento no había ruidos pero la voz continuaba su pedimento. Sin duda alguna, el sonido venía de atrás de la puerta color sangre...¿color sangre? Dio tres pasos y giró con violencia el picaporte de aquella puerta, dispuesta a encontrarse con lo que fuera. La puerta roja no se abrió; estaba perfectamente cerrada y por más esfuerzos que hizo no logró que se abriera. Con el dorso de la mano izquierda secó sus lágrimas y respiró más aliviada. Los ruidos y la voz habían cesado.


 


Por la mañana, desde la escuela donde trabajaba le llamó al casero y lo puso al tanto de la puerta y de la situación que estaba viviendo en tan pocos días de residencia.


-¿Una puerta? ¿Una puerta color rojo? ¿Está segura, señorita? En el lugar que me indica, sólo hay pared. Ahí nunca ha habido puerta alguna.


Sandra le aseguró al casero varias veces que la puerta estaba ahí; que ella era una persona perfectamente cuerda y que viniera a comprobar lo que le decía.


- Iré mañana jueves por la tarde, señorita, no puedo antes.


No resultó grato para Sandra saber, que tendría que pasar una noche más, antes de que el casero trajera la llave y abriera por fin la misteriosa puerta, para saber que iba a encontrar del otro lado.


Se encontraba ya acostada cuando la voz llegó, entre sueños alcanzó a percibirla; primero muy lejana; después con tal certeza, que se incorporó violentamente y se quedó escuchándola. La misma voz grave, que lentamente comenzó a tener una tonalidad más aguda hasta parecerse a la voz que recordaba de su padre. No, aquello era imposible; su padre estaba muy lejos, a lo mejor muerto también y ella no podía estar oyendo la voz de su padre llamándola. La voz seguía su plegaria, se hacía más aguda; ahora era la voz dolorida y quejosa de su madre enferma. No había duda. Era su voz.


“Sandra, hija, ven a hacerme compañía, me encuentro muy sola en este lugar...”


No, su madre no podía hacerle esto, sin importar que Sandra hubiera deseado morir también y quisiera acompañarla en la otra vida. Se cubrió el rostro con ambas manos y se puso a llorar quedito, luego más fuerte, hasta soltar verdaderos alaridos de angustia y dolor.


 


El dueño del inmueble vino por la tarde del jueves como lo prometió. Sandra lo esperaba con ansia. Cuando tocaron a la puerta y comprobó que era el casero, abrió de golpe dispuesta a mostrarle la odiosa puerta roja. En el otro lado del pasillo, casi frente a su puerta, sólo estaba la pared blanquísima, ninguna puerta roja ni de ningún otro color.  Seguramente puso cara de espanto y debió desfallecer , porque el hombre la miró y extendió los brazos dispuesto a ayudarla.


-¿Está usted bien? Estoy aquí para ver lo de la puerta.


-Ya no está. Se ha ido.


-¿Cómo?¿Bromea usted?


- No. Hace un rato ahí estaba.


Se sintió obligada a invitarlo a pasar y ofrecerle una taza de café. Ella también necesitaba uno, muy cargado.


Armado de paciencia, el hombre la escuchó. Le narró con voz nerviosa, todos los pormenores de los pasados días sin omitir nada, ni siquiera el dolor por la muerte de su madre y el rencor siempre escondido, por el abandono de su padre. El casero la escuchó con simpatía e incluso ni siquiera se burló cuando ella le fue contando todo lo de la puerta, ahora inexistente.


-Con seguridad, es el exceso de trabajo o sus nervios, señorita. Debiera tomar algunos días de descanso. Viajar, olvidarse un tanto de sus problemas personales. Le hará mucho bien.


- No puedo por ahora, darme el lujo de vacacionar; pero trataré de relajarme. Gracias por venir y atender a mi llamado.


El hombre se fue cuando empezaba a oscurecer. Sandra se quedó sentada a la mesa, pensativa, perdida en muchos revueltos pensamientos que giraban en su cabeza, que iban y venían como un remolino monstruoso. Decidió dormir un poco; pero antes quería asegurarse que la pared frente a su puerta, seguía siendo pared. Abrió su puerta y soltó el alarido. La puerta roja estaba en el lugar de siempre, como si estuviera esperándola. No hubo ruidos, ni susurros de voz alguna que la llamara; pero no pudo dormir en toda la noche. Por la mañana, partió al trabajo, sintiéndose como una autómata. Si pudiera quedarse en la escuela o en cualquier otro lugar y no regresar al departamento. Tampoco quería ir a la casa paterna. Buscaría aunque fuera  por esa noche, una habitación de hotel.


Así lo hizo, el viernes por la noche durmió en un hotel y el sábado por la mañana, regresó al departamento, dispuesta a contratar una mudanza y llevarse sus cosas a donde fuera, abandonando el departamento y la siniestra puerta roja. Llegó cerca del mediodía y en el pasillo, la puerta la esperaba como siempre. En un acto casi reflejo, se abalanzó sobre la manija del picaporte y lo giró con fuerza. La cerradura cedió, quedando la puerta abierta y entornada. Se armó de valor; ya no era el momento de dudar. Lentamente abrió la puerta y entró.


Había luz en el lugar. Una luz mortecina, amarillenta, apagada, neblinosa. Era una habitación solitaria de regulares dimensiones, cuya pared del fondo se perdía entre la neblina de aquella luz fría, casi sólida, ominosa. Al centro de aquel espacio una mesa redonda con dos sillas en extremos opuestos, eran el único mobiliario.


“Siéntate”, ordenó la voz de su madre. Ella se sentó en una de las sillas. Una sombra indefinida, que pareció surgir del fondo de la habitación, tomó asiento en la otra.


“Este es el momento que tanto has deseado”, murmuró la sombra, a veces con el tono de la voz de su madre y por momentos pareciéndose a la de su padre.


“Tienes ahora la oportunidad de terminar con todo y venir con nosotros, tu padre y yo estamos juntos y te esperamos. No desperdicies esta oportunidad única. Nunca más volverá a presentarse. Sólo necesitamos que tu aceptes”.


Sin voluntad, casi en estado hipnótico escuchaba la voz, las voces mezcladas y superpuestas de sus padres.


“Tu madre sería inmensamente feliz de tenerte aquí. Quédate para siempre”.


Mientras escuchaba, pudo percibir que de alguna parte y revoloteando, enormes mosaicos de vivos colores rojo-azul, verde-negro, azul-ocre, naranja-violeta, se acercaban a ella rodeándola, queriendo acariciarla, adhiriéndose suavemente a su cuerpo. El mirar los odiados colores, la mantuvo paralizada, sin capacidad alguna para intentar moverse o correr. Ya las mosaicos se adherían plenamente a sus brazos, a las piernas, alrededor de sus senos, de su cadera. Sandra deseaba gritar, pero no podía; un nudo enorme la atragantaba y le impedía emitir cualquier sonido. Sus lágrimas, que resbalaban profusamente por sus mejillas y boca, eran la única respuesta ante aquel pedimento y el asalto de las mosaicos coloridos que la martirizaban y la hacían sufrir. Decidió no luchar y abandonarse. No podía más. La ausencia de su madre, el abandono de su padre, la misteriosa aparición de la puerta roja, todo la sobrepasaba. Intentó balbucear un “sí”, para aceptar todo lo que la sombra informe le sugería. No pudo hacerlo; sin poder resistir más, se desvaneció.


El casero la encontró desmayada en el pasillo, como muerta; por más que la sacudió para que reaccionara, Sandra no se despertó. Por supuesto, en la pared no había ninguna puerta roja. Cargó a la muchacha como pudo, la llevó hasta el departamento y la recostó en el sofá de la sala.  Trató de reanimarla con un poco de agua. Cuando ella por fin abrió los ojos, lo hizo de una forma extraña, muy tranquila, como si despertara de un sueño profundo, reparador.


-Me tenía usted muy preocupado-, dijo el hombre.


-¿Qué hace usted, aquí?


- El jueves que vine a verla, la observé muy nerviosa y desesperada. He venido a saber cómo estaba y la he hallado tirada a medio pasillo. ¿Se encuentra  bien?¿Qué le sucedió? ¿Quiere que llame a un médico?


- ¡No, no lo haga! No sé qué me pasó; pero estoy mucho mejor. A partir de hoy, estaré mucho mejor -, dijo muy solemne y tranquila.


-¿Puedo ayudarla en algo más?


- No, con lo que ha hecho, es suficiente.


El hombre se extrañó de que ella no le hablara más sobre la puerta. Permaneció unos minutos más cuidándola; luego, se marchó.


Sandra estaba serena, ya no había razón para más llantos y gimoteos. Todo se encontraba en el sitio correcto. A solas, reflexionó un poco en todo lo sucedido. Lo peor había pasado ya, ¿o no?...Se incorporó del sofá, fue hasta la puerta del departamento y sin abrirla, la atravesó limpiamente. El verdadero horror, había comenzado.

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Baby I´m a want you / Be my baby

En estos días, sigo demasiado musical. La nostalgia sesentera y setentera me atrapa y me hace recordar algunos ayeres. Los años transcurridos desde que estas canciones fueron hechas, no importa realmente. La buena música, es intemporal.








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Como tú

Así es mi vida,


piedra,


como tú. Como tú,


piedra pequeña:


como tú;


piedra ligera;


como tú,


canto que ruedas


por las calzadas


y por las veredas;


como tú,


guijarro humilde de las carreteras;


como tú,


que en días de tormentas


te hundes


en el cieno de la tierra


y luego


centelleas


bajo los cascos


y bajo las ruedas;


como tú, que no has servido


para ser ni piedra


de una lonja,


ni piedra de una audiencia,


ni piedra de un palacio,


ni piedra de una iglesia...


como tú, piedra aventurera...


como tú,


que tal vez estás hecha


sólo para una honda...


piedra pequeña


y


ligera...


 


Los poemas y los poetas llegan de maneras extrañas o tan simples, que me quedo maravillado de los detalles que han tenido que confluir para que una casualidad (¿o acaso no lo es?), permita a un hombre anónimo, basto, elemental, conocer la belleza intrínseca de versos escritos hace casi 90 años.


El primer contacto que tuve con “Como tú”, fue a través de la voz de Amparo Ochoa, que en su “Cancionero popular” interpretaba musicalizado, el bellísimo poema de León Felipe. Entonces tendría yo 20 años y escuchar el canto de Amparo, me enchinaba la piel, me cortaba la respiración; oír aquella canción abría en algún rincón de mi simpleza, algo que incitaba a mi yo más íntimo a trascender la realidad, elevándome (¿o no?), hasta algún paraje solitario e ideal donde me convertía en la piedra pequeña, en el guijarro humilde del camino, en la piedra de una sola honda... Cuando la ensoñación terminaba, el retorno a lo cotidiano semejaba el arribo de un viaje mágico, trascendental; me sentía un poco más completo, más pleno.


Al paso de los años, llegó hasta mis manos, mediante el regalo de un buen amigo, la Antología Rota de León Felipe, editada por Losada (Buenos Aires, 1984); en ella, por fin, pude acceder a una gran cantidad de sus poemas y por supuesto a los versos de “Como tú”.


¡Qué sensación más extraña me recorrió desde el cerebro y a través de toda la espina dorsal cuando mis ojos toparon con las primeras letras!: “Así es mi vida, piedra, como tú...” El anhelo de algo inatrapable regresó de golpe, una ansiedad desconocida y dolorosa por querer asir ese algo que me transportaba hasta algún perdido paraje lodoso y las huellas de los carros sobre las piedras pequeñas  del camino.


Desde la portada del libro, me observa de frente León Felipe, un hombre entrado en años, de cabello escaso, de lentes de tosca armazón y mirada serena; una barbita unida al abundante bigote, le dan un aire de sabiduría y calidez que seguramente poseyó. Nací 35 años después de que León Felipe escribiera su poema; sin embargo, me ilusiona pensar que quizás, cuando lo escribió, ya había algo mío en el germen de la idea que se lo sugirió. ¿Podría haber sido posible, eso? ¿Acaso importa realmente que yo ni siquiera existiera?


En los días de tormentas, también me hundo en el cieno de la tierra; pero también, guijarro humilde, centelleo a pesar de todo, bajo los cascos y bajo las ruedas.





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Pasión por Tania Libertad

La pasión por la música es un laberinto interminable, mientras más se avanza, más vericuetos se encuentran. En cada vuelta, en cada esquina, en cada rincón, siempre nos está esperando una sorpresa por descubrir, una melodía no conocida, una voz que traspasa la barrera de lo superfluo para calar en lo más íntimo. Cantantes y voces extraordinarias hay muchas; podría nombrar en tres segundos una lista larga de ellas; pero hoy solamente quiero hablar de una, de Tania Libertad. Aparte de ser una mujer muy bella, la naturaleza la ha dotado de una voz extraordinaria, con infinitos registros, la cual no duda en regalarnos a la hora de interpretar un bolero, una ranchera, o cualquier otro género musical, ya que se le dan todos,


Tania canta y los que la escuchan callan, callan embelesados ante el canto de la sirena que los embruja, que los hechiza, que los deja hechos polvo.  No es una exageración afirmar que la voz madura llena de matices, con la que Tania juega, se regodea y nos convida  en cada interpretación, se somete a su voluntad y capricho; Tania entonces, es dueña y señora de letras, ritmos, canciones, escenarios, espectadores.


¿Qué esta breve nota parece un panegírico a favor de Tania? Lo es; un homenaje mínimo a su talento y belleza.


 











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Días lluviosos

Lluvia y frío intenso, hemos tenido que soportar estos últimos días en la Ciudad de México. Mucha gente (yo, entre ellos), hemos preferido permanecer más tiempo en casa y disfrutar la comodidad y temperatura del hogar, que andar vagando de aquí para allá, entre la lluvia y el frío.


Este clima me ha permitido en el fin de semana, levantarme algo más tarde, leer un poco y ver algunas pelis. Para la lectura, me he provisto de un par de libros: “Amores Carnales”, de Francisco Martín Moreno y “Cuentos Completos I”, de Julio Cortázar (¡otra vez, Cortázar! Es una de mis debilidades, ¿qué puedo hacer?) He leído algunas páginas del primero y el primer cuento del segundo (¡y qué cuento!: El hijo del vampiro, de 1937).


 El sábado, en doble función de cine, toda la familia hemos disfrutado “Encantada” , una producción de Disney, que me parece mezcla con acierto en tono de comedia romántica, varios de los filmes que le han dado grandes logros. En la peli podemos encontrar a Blanca Nieves, a Cenicienta y a la Bella Durmiente, interpoladas perfectamente en la historia, con detalles de otras películas, que van armando un cuento delicioso más, con final feliz, a pesar de la malvada bruja, interpretada por Susan Sarandon. No me gusta que todas las pelis de Disney (aunque sean para niños), terminen con el “fueron felices para siempre”; pero para una tarde lluviosa y fría, acompañada de palomitas y refrescos, me pareció perfecta.


Luego, le tocó su turno a  Sr. Destino, una entretenida comedia que juega un tanto con lo que puede suceder si hacemos algo o dejamos de hacerlo, si acertamos con algo o fallamos, y las consecuencias que pueden derivarse de una u otra situación y cómo influirán en nuestra vida futura. ¿Qué tan bueno o malo puede ser querer cambiar la vida que día con día, esfuerzo y esmero hemos ido construyendo? ¿Qué puede suceder si deseamos, que hubiéramos preferido que fuera diferente? En la peli se suscitan algunos juegos con el tiempo y con un ser, que personifica al Destino, muy bien interpretado por Michael Cain. La pareja protagónica, está interpretada por James Belushi (el cual me encanta como actor) y Linda Hamilton (¡mmmmmh, una mujer preciosa!). La peli para variar, termina con final feliz; pero el fin que se perseguía con verla, fue logrado plenamente: pasar una tarde agradable, cobijados del frío y en la compañía grata de la familia.


Por la mañana de hoy domingo, me he despertado alrededor de las 11 a.m. (¡qué flojo!, ¿no?). Con las manos heladas y un afán tremendo de entrar en calor. Inconscientemente me tomé la mano izquierda con la derecha y me llevé un tremendo susto, me dio la impresión de que mi mano izquierda no era mía, estaba helada, muy muy fría, como si fuera la mano de otro, de alguien más, de un muerto...; pero de eso, ya les contaré mañana... 





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Lecturas de 2009

Hace un par de días visité el Rincón de Teisal y me encontré, un resumen muy interesante de los libros que leyó durante el 2009, algunos de ellos me llamaron poderosamente la atención, por ser libros que quisiera yo haber leído. En todo esto, claro que hay un tanto de envidia; pero envidia de ésa que sentimos cuando vemos varios logros de gente que aunque no la conozcamos personalmente o no seamos sus amigos, nos causan admiración. No soy de los habituales que concurren a la casa de Teisal; pero la lista de sus lecturas del año que acaba de terminar, me impresionó.


Yo también quisiera hacer un pequeño balance de mis lecturas realizadas durante el año pasado. Fueron pocas; las razones para que así haya sido no me quedan muy claras todavía. Lo que sí puedo asegurar, es que a pesar de la cantidad, las sentí provechosas en variadas formas.  La mayoría de los libros (por no decir todos) que tuve la oportunidad de leer, me dejaron una huella profunda; primero en el ánimo, por la sorpresa vital que representaron varios de ellos; luego, en la enseñanza de vida, 3 ó 4, me removieron dudas existenciales e hicieron tambalear varios conceptos muy arraigados en mí, dándoles nueva luz, para amar la vida de una manera nueva; finalmente, en el ansia de escribir, de estas lecturas, nacieron varios textos que ya han visto la luz en Libro de Arena.


La lista es pequeña. El goce, la emoción y la enseñanza, quizás infinitos. El orden de aparición es fortuito, no implica un gusto mayor o menor, por cada uno de ellos.


 


1.- Kitchen – Banana Yoshimoto.


2.- El Mesías – Anne Rice.


3.- Último Round (I y II) – Julio Cortázar


4.- Kafka en la orilla – Haruki Murakami


5.- El libro de la imaginación – Autores varios (recopilado por Edmundo Valadéz).


6.- Corazón de tinta – Cornelia Funke.


7.- El tesoro de la sombra – Alejandro Jodorowski.


8.- Drácula – Bram Stoker (relectura).


9.- El puro cuento (núm. 1 y 5) – Autores varios.


10.- Me llamo rojo – Orhan Pamuk (con perdón de Pamuk, no lo concluí; las primeras 40 págs, me pesaron tanto, que preferí abandonarlo. Quizás más adelante lo concluya). 





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