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Ella Basti


Mi amor no era amor

Flor de mirada dormida,


mano fría, lento beso:


podredumbre que se mece entre los días.


Somos fango y loto


soñando con el agua cristalina.

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Pumpkin prince


She was told not to weep near the window


For her tears dried and poisoned the soil.


But she never was told to stay far from the corn


Nor to hide from the straw man her love.


 


How it was that the night was enchanted,


If she barely discerned her steps?,


I will tell you: for he held her tightly,


I will tel you: for he married her.


 


So the girl made of tears had a dress of spring wind


And ripe crown of corn on her head,


And a prince who was straw, and the midnight who saw


How her mouth in his mouth looked so pale


 


Joyous night of the dreams of dead mothers,


Crows in black chanted “well done, my fair


You have now won his heart, and the fire shall burn


you to ashes of silence and rest"

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Bajo tierra

La vida era como una olla cruda que cambiaba de forma en los manos de cada día y de cada instante. Para Xauhqui el romance había terminado incluso antes de la confirmación de su esterilidad, pero aún no podía comprender por qué los labios calientes de Tezozómoc manchaban las almohadas con rastros de dolor cuando le daba la espalda para encarar al cielo sin luna, dejándola como un puñado de cenizas apiñadas bajo las sábanas.


Esa noche la primer tormenta del otoño perseguía a las hojas aterrorizadas del bosque envejecido y el perro le aullaba a la oscuridad del cielo como si quisiera dar testimonio de la masacre. Xauhqui lloró silenciosamente y se bebió el vaso de leche agria con la píldora para dormir. No escuchó a Tezozómoc levantarse, desnudo y platino como un lobo ladrón, y subir las escaleras que conducían a la habitación de su madre. Fue la ajada mañana quien descubrió primero el cadáver de la anciana que Xauhqui recordaría siempre como su única amiga y acompañante.


-Qué lamentable- murmuró Tezozómoc con su aliento aroma a pino mientras trataba de derramar lágrimas sobre las rosas color crema que adornaban la solitaria tumba en las montañas-La mataste creyendo que era yo, ¿verdad?. No temas ni me mires así, que no pienso entregarte a la justicia. Te amo, esposa. Quiero lo mejor para los dos.


A partir de entonces los abrazos masculinos reencontraron el ardor y se volvieron demandantes, casi cálidos.  Xauhqui comenzó a pensar que se había acostumbrado a la presión de ese cuerpo contra el suyo, tan inmenso como una enfermedad, pero la realidad era que el paso de las estaciones le pudrió el alma con cada ardiente roce relampagueante. Por eso, una mañana salió de casa y siguió sus propios pasos hasta el lago, donde se adentró en las s rocas que pavimentaban el descenso de la cascada. La tormenta se había desplomado desde su nido y los ríos relampagueaban como serpientes al reptar por las montañas. El lago se inflamó y tembló reclamando el cuerpo que parecía a punto de quebrarse en las manos del viento. Pero súbitamente la voluntad de la tierra cambió: se hizo el silencio como si la tormenta hubiera contenido el aliento en el acto de alimentar al bosque, y el sol color sangre sostuvo su cabeza desesperada un momento más por encima del horizonte para advertirla de que no estaba sola. Detrás de ella una presencia estaba terminando de adoptar la forma de un hombre de ojos ámbar. Oscilaba sobre las puntas de sus pies como una araña en un filamento invisible.


-El demonio y la mujer se presentaron- siseó una voz opaca, con un ronroneo que taladró su mente enbrutecida por el alcohol -. Dicen que había un asesino, y un alma y una venganza.


La presencia susurró horrores ferozmaente y con palabras calientes puso en sus manos un trato de fascinantes alcances. Xauhqui regresó a casa por el camino húmedo sintiéndose más ligera que la luz de la luna en su propio rostro y llena hasta sus yemas rosadas con el fermentado jugo de la amenaza.


La mañana la encontró tejiendo y entregándose al banquete de dulces y galletas que las señoras de la montaña habían preparado y guardado en canastas de mimbre con papel estampado con fresas para su reunión mensual. Todas estuvieron de acuerdo en que lucía más joven y rolliza, casi sonrosada, y bromearon un poco sobre su recién encontrada glotonería. Le sonrío a las amigas de su madre conforme enroscaba una y otra vez ocho de sus dedos en torno a las agujas que reflejaban la pálida luz de la mañana. Por supuesto que insistieron en que se quedara un minuto más, y las estrellas descubrieron a las viejas niñas riéndose alrededor del fuego como una banda de músicos que afinaban sus vidas para entonar una canción alegre que fue interrumpida abruptamente por la llegada de los policías en uniformes empapados.


Habían encontrado el cadáver de su esposo. Ninguno de los tranquilos pescadores que cruzaban el resbaloso puente del muelle había llegado a advertir la agonía de Tezozómoc probablemente porque el cadáver presentaba una profunda herida en el cráneo que probablemente le había arrebatado la vida antes de entregárselo a la corriente. Cuando descubrieron el deplorable accidente era demasiado tarde y el corazón y la piel de Tezozómoc se parecían a los de los pescados atrapados en las redes cercanas. Mi querida señora, qué tragedia. Lamento mucho lo sucedido. Por favor acepte mis condolencias. Ahora su madre le hace compañía.


Los sombríos habitantes del pueblo revivieron una vez más al calor de la flama de los cirios mortuorios y vistieron la pequeña casa de la viuda con las flores más fragantes de los primeros campos del invierno. Deformada por el brillo de oración Xauhqui lucía como la estatua de una capilla. Sus labios temblorosos dejaban escapar susurros que dirigía contantemente al cuerpo inerte conforme las cuentas del rosario relampagueaban y hablaban entre sus largos dedos y el viento helado comenzaba a dibujar sus primeros lienzos sobre el paño de la ventana con líneas asimétricas. Y en la luz de las llamas agonizantes el ángulo de su cuello pareció arquearse y adelgazarse conforme el corazón del reloj vertió su pulso en las horas de la noche y una tras otras las ancianas acompañantes se quedaron dormidas como gallinas cebadas. Era ya tan delgado que el collar de cuentas de río estaba a punto de estallar y las venas azules de su frente eran más azules que los ojos del esposo horrendamente fijos en ella.


Las pupilas de Tezozómoc reflejaban más que la oscuridad de la habitación llena del perfume de las ancianas agonizantes; más que su propia imagen atrapada por las sombras de la ventana que parecían ir por ella con lentos pasos sin ruido A la luz de las velas la superficies secas y dilatadas de los ojos de su espoo temblaban con el mismo terror que Xauhqui había descubierto y callado placenteramente cuando envolvía el cuerpo en la sábana de su madre y, más tarde, cuando la mente detenida bajo el puente recobró la lucidez a tiempo para escuchar las primeras oraciones en su nombre. Xauqui suspiró con una sonrisa amplia y dichosa. Detrás de ella la puerta se abrió sin emitir sonido alguno y las huellas oscuras de un habitante de la noche se dejaron ver en el sisear de las velas. Xauqui escuchó uno a uno el leve crujido de sus vértebas saltando como insectos en un comal, pero no importaba. Nada importaba más que el ovillo de Tezozómoc y sus horrendos ojos puestos en ella. En cualquier momento ella se hundiría silenciosamente en el vientre del demonio, pero él, ¡oh!, e tenía un destino distinto. Conforme los gusanos penentraran su ataúd, tan blanco como un lecho nupcial, inmovilizado como un bocado de carne amarga, Tezozómoc se enredaría en las tóxicas estrecheces de sus propios gritos que nadie, ni aún sus fúnebres comensales, llegaría a escuchar.

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La podredumbre


Él no conducía, por lo que los recuerdos naguales fijaron su atención en la frutilla madura de los tajos irregulares de rocas y ríos que subían como una escalera por las montañas que circundaban el valle festivo abarrotado de turistas, y en ese momento recordó lo bien que sabían los tacos de hierbas silvestres que recogían de cerca del templo del Tepozteco. Conforme el carro subió la montaña y el valle cayó bajo sus pies se acordó del modo en que los paisajes elevados habían formado sus primeras fantasías haciéndolo creer que podía volar… hasta el momento en que se partió la cabeza a los pies de un aguacate y estuvo listo para marcharse a la ciudad y olvidarse de la casa de la montaña que parecía suficientemente elevada como para alimentar las nubes con los vapores de su comal. Hoy, de vuelta a más de treinta años, la vastedad  del valle dilató sus pupilas y sus pasos hacia la pequeña casa de adobe y techo de madera a cuyas puertas lo aguardaba una anciana que sonreía en la actitud que le había pertenecido a su madre hacía tantos años. Se abrazaron un poco torpemente y  ella lo besó y le preguntó por su familia antes de dirigirse a su hermano y primo, que descargaban el automóvil de varios regalos y botellas de jerez.


 


-Pasa, Memo.  La comida está caliente.


 


No se había dado cuenta de la podredumbre hasta que Roberto, el tío que había insistido en que estudiara y que ahora era un viejo de un ojo nublado, le recordó en un susurro paternal que cuidara su salud bañándose al menos dos veces por semana. Guillermo no creía que el árido sol del Tepozteco pudiera hacerlo sudar si había trepado en coche la montaña,  pero en ese momento la peste ácida y amarga de la decadencia le quemó las fosas nasales y sonrojó su incomodidad. Prometió que se bañaría.


 


            Sin embargo, para el atardecer siguiente había comenzado a impacientarse e incluso a experimentar cierto temor de la hediondez que no era suya ni de ninguna persona de la casa pero permeaba la atmósfera apretujada de la habitación sombría como la firma silenciosa de la muerte. Su madre dijo que era el nuevo rastro de la falda de la montaña que los vientos metían por las ventanas de algún modo. El olor de las bestias decrépitas que se desangraban bajo un cielo cubierto de moscas.


 


-Nada más que eso. Ya te acostumbrarás, hijo.


 


No era posible. Le preocupaba en extremo la salud de la familia  y especialmente la de su tío, que parecía temblar y encogerse cada vez que el olor crecía cuando la luz menguaba, como si una flor invisible derramara su rancio veneno en el preámbulo sombrío de sus pesadillas, probablemente originadas en el descuido en que lo tenía doña Carmen, su hermana. Guillermo decidió que lo examinaría antes de partir y si lograba convencerlo se lo llevaría a México para que le vieran el ojo y la salud. Mientras tanto miraban juntos al sol despedirse incendiando los techos del valle conforme él también se encendía en un adiós que fulguraba en el cielo por última vez. Guillermo esperó a que el resplandor se disolviera en la noche y luego entró en la casa para conseguirles algo de comer.


 


-Eres tú, Memo.- saludó su madre y luego su mente volvió a la agenda que inspeccionaba en busca de invitados a la comida de su hijo. Dibujó una pequeña marca al costado de un nombre en el preciso instante en que un melancólico  Roberto entraba en la casa con el paso de un perro nervioso y alcanzaba el vaso de agua que alguien había abandonado sobre la mesa.


 


-¡Por favor cierra la puerta!-  gritó la anciana, sorprendida de la cantidad de polvo maloliente que la tormenta que nacía sopló en instantes al interior de la casa como si se tratara un reloj de arena incontenible.


 


Poco después, cuando llegó su hermano, se sentaron a la mesa y Ezequiel sorprendió a todos calentando las primeras tortillas que repartió sonriéndole cansinamente al tío Roberto mientras su madre le pasaba la libreta a Guillermo para recobrar su lugar junto a las ollas.


 


-Léeme, Memo- pidió- y marca con el lápiz los que te diga.


 


Sólo quedaban tres nombres en la página amarillenta y delgada que parecía quejarse de su ancianidad.  Se los leyó en voz alta.


 


-Tacha el último. Tu tío Roberto lleva muerto más de tres años.


 


Los gritos vinieron de Ezequiel. Doña Carmen y Guillermo vieron cómo el joven enloquecido saltaba de su asiento y abría los brazos como si tratara de interponerse a la llegada del viento pestilente que abrió la puerta de golpe con un aullido estruendosamente humano. Y los ojos moribundos del viejo le dijeron a Guillermo que ahora comprendían y que no podrían sobrevivir el exilio. Corrió atravesando a sus sobrinos como un recuerdo en llamas y se lanzó a la tormenta al mismo tiempo que los hermanos, uno tras otro, iban tras él como saltamontes que caían en la interminable oscuridad de las rocas rientes de la montaña.


 


-¡Tío, no nos deje!


 


-¡Sólo me voy a bañar al río!- se perdía la delgada voz que  los azuzaba a ir cada vez más rápido, cada vez más profundo, como el invisible látigo de la pérdida.- ¡Avisen a mi trabajo que no voy a la mañana sino a la noche! ¡Sólo voy a bañarme al río!


 


 

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CÁNCER

CÁNCER  (pensando en mi dulce amigo)







Resbalo y desde la luna


dos ruiseñores cantan


para dormirme en tu mar 


como a la tormenta el alba.


Cu-cú debajo del cielo, 


sobre las tumbas que aguardan


mientras me pierdo en los brazos 


que suavemente me acallan.





Negro claro, claro abismo


sin volcanes de mentiras,


sin horas para enjaularme 


en el reloj de los días.
 




Como la leche que arde 


llego aquí carbonizada,


amaestrada por la flama


de la espera, envenenada,


a reposar en la cuna


de tus latidos en calma.  





Ya los instantes se encienden 


y en la tea de tu mirada


tu fuego a mi fuego come,


tu sed a mi sed acaba. 


Cu-cú debajo del cielo.


En el circo de mi alma


los leones se han dormido 


y los más risueños se callan.





Cu-cú en tus labios sin tiempo,


en tu piel de remo y barca. 


Cu-cú en el momento en que el mar


se desvanece en el ansia


de ansiar tus susurros claros


y las lejanías del alba.





CÁNCER (II)





Gusto del alma desnuda,

que de llorar se enamora

como el caníbal que mora

en espera de la hambruna,

te he buscado, mi olvidada

rosa de ropajes blancos

y hoy desposo entre los cantos

de la olla tu hermosura.



Tanto gusta de mi alma

el cáncer del escarmiento,

que de lamer de mis labios

tus sollozos de amargura

que al ardor de tu dulzura

que ha endurecido mi tiempo

como un ámbar que me sella

la voz de las comisuras,

en un reproche a tu hilo

masco el alma entre mis dientes

y al doler sueño paciente

que te devoro en sigilo.



Ven pues, noche de mi noche

con tus gatas de mil llantos

y a este cáncer que me has dado

asola en tu luna ardiente

y llena el tiempo de dudas

(que sean tersas y maduras)

como la sangre que brota

del hambre de este silencio

para que sueñe en secreto

que entre más me desespero

me alejo más de la cura.

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Anyu

Nota: Este cuento está inspirado en los relatos cortos nórdicos de Jack London. Es un ejercicio para imitar el estilo, temas, y desarrollo psicológico de los personajes que el autor emplea frecuentemente. Por supuesto, Jackie es grandioso y se los reocmiendo muchísimo :)



El sol tocaba el cenit de una mañana cálida y Qopuk sorteaba la nieve con sus raquetas, con el objetivo de alcanzar al campamento de rescate a las cuatro, si avanzaba un tercio de milla por hora.  De hecho, estaba convencido de que si mantenía el ritmo podría conseguirlo antes de las tres. Desayunaría con el guardia después de hacer la llamada por radio y después le pediría que lo acompañara al acantilado. Sin duda  Anyu se habría dirigido allí, porque ella siempre disfrutaba recoger las flores que crecían entre las rocas húmedas en mañanas como aquella, cuando los insectos y los rumores de los animales creaban mosaicos fantásticos de efímeros amores que provenían de las incontables olas del mar y que después se grababan en el corazón para quemarse lentamente, como valioso aceite de ballena, en las solitarias horas de las noches invernales. Tal vez la encontraría  comiendose a manos llenas el estómago de una foca o un nido completo de huevos de gaviota, y aunque aún estaba lejos,  Qopuk creía adivinar la fragancia de los campos violáceos en la suave brisa matutina y el sabor seboso de las yemas le acaricio el paladar provocándole un abundante flujo de saliva.

A la una había llegado a una gran meseta en la falda de una duna amansada por los vientos nocturnos. Gruñó al comprender que el único camino posible era descender y atravesarla, pero antes de hacerlo, con el fin de reponer fuerzas,  se desprendió de la bolsa de piel de foca para sentarse en la sombra de un pino a tomar su desayuno mientras disfrutaba del pálido reflejo del sol sobre la tierra del norte, que vibraba como un enjambre de abejas de cristal capturadas por un espíritu melancólico y solitario. Pero al sacar la cartera  donde guardaba sus galletas cubiertas de grasa de foca, una punzada en el estómago le recordó que había comido la última tres días atrás, y cuando sus ojos confirmaron la ausencia de alimento, no pudo sino reirse de sí mismo y resignarse a que por ahora debía contentarse con mascar tabaco, del que metió un poco entre sus labios entumecidos mientras se ponía de pie, reajustaba las raquetas y le daba un fuerte apretón al nudo de la venda en su rodilla. El tiempo era estupendo, por lo que por una vez su saliva no se congelaría formándole una mordaza sobre los labios; la rodilla permanecía entumida y sin causarle mayor problema; llegaría al campamento;  comería carne y algo de aguardiente; encontraría a Anyu y se irían juntos a buscar a su suegro. El hombre que había dotado a su hija con mocasines finos, dos pistolas, numerosas pieles y cuchillos; y que además mantenía dos esposas y tres chiquillos sin mayor penuria que las noches árticas, seguramente no tendría inconveniente en refugiarlos por unas semanas, tal vez encaminarlos a esa búsqueda de oro, cualquier cosa mientras su rodilla sanaba. Y después, a ladrar a su propia cueva. Le devolvería todos y cada uno de los favores que le hiciera, porque ambos eran hombres de honor, y Qopuk nunca le había debido nada a nadie.

Pronto enfrentó su primer decepción: tenía que haber dado un rodeo de dos kilómetros hasta encontrar un paso en el terreno nivelado... en vez de ello había cometido un error imperdonable retasando la búsqueda de Anyu por una decisión precipitada. Cuando se hubo adentrado más de doscientos metros en la ladera, descubrió los primeros síntomas de que había caído en una tinaja de piedras sueltas y fosas disimuladas en la nieve y, conforme descendió, con mayor frecuencia las fracturas en el terreno escurridizo lo hicieron perder el equilibrio y machacar sin tregua su rodilla luxada, que gradualmente comenzó a punzar como si una aguja de hueso le estuviera abriendo los ligamentos como una cuña encendida. Entre maldiciones, más de una vez trató de animarse mirando por sobre su hombro hacia los kilómetros que su cuerpo lisiado y hambriento ya había recorrido sin sentir apenas cansancio, pero como si se tratara de una emboscada, el sol se precipitó en el firmamento con la vehemencia de un ave herida y cuando dieron las tres de la tarde él aún se debatía con las rocas secretas de la duna que paso a paso se convertía en un maligno gigante silencioso.

Sin embargo conservaba la mente despejada y alerta, y no tardó en encontrar una rama  con la que por algunos minutos fue capaz de mantener un paso que habría enorgullecido a cualquier hombre duro del norte. Tal vez le hablaría a su suegro de lo  ligero que había sido su pensamiento, y del aplomo con que había superado una situación que habría hecho temblar a cualquiera. Quizá sólo reconocería que, a pesar de haber nacido en el silencio blanco, durante esos largos metros aletargados le habría gustado escuchar la melodía de una voz humana. Llevaba casi dos... o tres... cuatro días . Ahora lo recordaba. Qopuk dejó escapar una risilla. Cuatro días desde que Anyu lo había mantenido despierto con su incesante parloteo de leyendas de su madre sobre espíritus de hielo y cazadores de osos.... Cuando la encontrara, iba a confesarle que siempre había disfrutado del calor de su voz,  que ni el hambre, ni la muerte de su primogénito habían consumido. Y ... ansiaba tanto escuchar el mar.

Fue cuando el calambre de la rodilla escaló hasta la mitad del muslo, que con nueva desesperación Qopuk se demandó culminar rápidamente el último trecho de la cuesta que se desmoronaba a cada paso. No iba a perimitirse sucumbir  cuando estaba tan cerca, tan cerca de la cabaña. Incluso si perdía la pierna podría dedicarse a comerciante, leñador, cualquier cosa. Encontraría como arreglárselas siempre y cuando llegara a esa cabaña, siempre y cuando encontrara a Anyu. Sólo debía mantener la cabeza fría, el orgullo en alto, comportarse como un cazador triunfante,  como un experto rastreador. El resto saldría solo.

Pero cuando con un esfuerzo sobrehumano consiguió izarse por encima del último trozo de roca saliente,  los blancos kilómetros desolados que lo alejaban del refugio se desparramaron hasta el horizonte y helaron un pujido en sus pulmones. Ignoró el espantoso dolor en su rodilla que marcaba con un crujido todos sus pasos y hundiendo su palo en la nieve corrió frenéticamente en dirección del campamento...Y por un momento su pierna fue una heroica aliada de su voluntad, porque pese al dolor Qopuk recorrió cerca de cien metros en diez minutos, creyendo que tal vez había ocurrido un milagro y que no perdería la extremidad, porque el camino se abría plano y promisorio, y porque a las cinco de la tarde estaría echado en una tibia cama y el botiquín y el guardabosques harían el resto. En cuanto bebiera el primer sorbo de café con licor, iba a reírse tanto de su miedo presente, de su hambre y del vértigo que le estremecía como a un adolescente capturado en los ojos de la joven deseada; iba a reirse narrando su travesía y terminaría la cena agradeciendo al espíritu su madre por la fuerza de su tenacidad,  y al  del padre que lo había entrenado en las leyes del hielo y la caza. Por ellos, era un sobreviviente, y sobreviviría haciendo las cosas bien. Reconfortado por la presencia fantasmal de una herencia de guerra y sitio que le hablaba en el viento, Qopuk se obligó a moderar nuevamente su paso a uno que sabía que podría mantener por el resto del camino. Iba a conservar esa pierna.  

Estaba cruzando de un salto un pequeño riachuelo. Había analizado el terreno de llegada tan cuidadosamente como se lo permitía la capa de aguanieve, incluso pasó largos minutos descifrando las formas en que las corrientes superficial y subterráneas horadarían el terreno y esquivó salientes especialmente profundas. Tras de unos veinte minutos escogió un lugar en donde brotes de pasto verde prometían un terreno sólido. Qopuk ensayó un par de veces sus movimientos en la rivera, se ató fuertemente la bolsa al cuerpo y tomó largos minutos para envolver cuidadosamente su rodilla con tiras de piel de alce. Cuando estuvo listo apoyó firmemente su rama en el centro del río y  reclinando su peso en ella saltó. Casi había alcanzado la otra orilla cuando la madera, que le había parecido tan resistente, crujió  y se partió precipitándolo de golpe sobre su pierna lastimada. Qopuck chilló cuando la pierna estalló en un maremoto de nervios agónicos, exacerbados por el terror que le produjo escuchar su propio grito animal. Cayó jadeando, con las venas henchidas de agujas y se retorció convulso en el suelo, bufando y maldiciendo a Dios, a la vara podrida y por sobre todas las cosas, a su distracción.

Mientras lloraba trozó la madera hasta obtener dos largas astillas con las que entablilló la extremidad que punzaba en tal forma que aún sin hacer la prueba, lo hizo comprender que nunca más podría usarla. Sin embargo, hizo una vez el intento  de incorporarse y apoyarla y no el dolor, sino la sensación de estar condenado a caer, caer.. caer... le resultó tan devastadora que por un instante tuvo la completa convicción de haberse perdido en un sueño.   Aterrizó sin hacerse más daño, pero por largos minutos ya no pudo moverse. Tampoco pensar lógicamente. En vez de eso comenzó a arrastrarse, con los ojo dilatados y fijos en el horizonte, hacia el campamento y su mente se llenó de Anyu, del sazón de su comida y la tibieza de su cuerpo desnudo cuando la abrazaba debajo de la piel de foca. Conforme el sol se hundió sangriento en el horizonte,  las visiones del calor femenino fueron sustituidas por fantasías del tesoro del sobreviviente del hielo: el fuego. Si no podía conseguir una fogata...  

Tenía que obtenerlo y lo haría.  Olvidó a Anyu y trató de pensar nuevamente, por encima del dolor, de la noche que comenzaba hundir su dentada huella en el manto blanco, por encima de la ausencia de refugio. Se dijo que sobreviviría si conseguía una pequeña hoguera. Era primavera, estaba bien abrigado, podría sobrellevar diez o quince grados bajo cero, si se mantenía activo durante la noche construyendo una barrera de nieve contra la leve brisa, y tal vez incluso la terminaría suficientemente temprano para dormir unas horas y despertar fresco de mente y cuerpo. Incluso quedaba la probabilidad de que Anyu estuviera buscándolo. Ella era veinte años más joven, rápida, ligera, y conocía bien las tierras en que había nacido.  Tal vez había vuelto a casa y al no encontrarlo seguiría sus huellas, que serían nítidas incluso para sus ojos cansados porque el viento era leve aún ahora... ¿Pero.. que tal si Anyu... ?

No pudo articular el pensamiento de la muerte de su esposa. Más aún, su mente comenzaba a desprenderse a velocidad vertiginosa de la naturaleza que había adoptado viviendo en compañía de otros humanos. "Familia", "esposa", comenzaban a parecerle conceptos tan escurridizos, aunque bellos,  como las auroras boreales. En su lugar se levantaba el instinto, tan viejo como el hielo que lo había engendrado, que gradualmente brotó en su mente con el desnudo flujo de la conciencia de la proximidad de la muerte. Cuando Qopuk descubrió en en la brisa los lejanos aullidos de un viento sardónico,  se aferró a la vida con una voracidad que desdeñó a Anyu, a la esperanza, incluso a Dios. Iba a sobrevivir y para hacerlo necesitaba concentrarse en el presente. Todavía tenía una caja de cerillos en el bolsillo, pero no había ramas secas por ahí, sólo pequeños trozos de madera podrida que la primavera gradualmente desnudaba con cruel parsimonia. Así pues, tenía que volver sobre sus pasos hacia la meseta, en donde obtendría el refugio de la depresión natural del terreno y la madera de dos pinos secos que quedaban muy cerca del camino por donde descendería. Con la cartera de comida rodeo los dedos de su mano derecha y se quitó la piel delgada de foca que guardaba debajo del gorro para enfundar los de la izquierda. Determinado, se arrastró sin tregua por cincuenta minutos, apenas consciente de que cada brazada le perforaba el corazón con un pellizco.

Eventualmente alcanzó otra vez el riachuelo, y sólo entonces contempló la posibilidad de renunciar, pues sabía que de mojarse a esa temperatura irremediablemente moriría congelado en breves minutos... pero la brisa se estaba transformando en una ventisca y había leído los cielos por suficientes años como para reconocer un descenso brusco en la temperatura avecinándose.... Sólo restaban cien o ..o doscientos metros hasta el borde de la meseta, de ahí... podía deslizarse y recoger la leña. El descenso sería mucho más sencillo, porque podría utilizar sus brazos  y con un poco de suerte la madera estaría seca y prendería en instantes un buen fuego que salvaría su vida y  aunque quizá perdería los dedos, ... podría arrastrarse al campamento en cuanto amaneciera... allí recibiría ayuda. Probablemente...

Iba a morir. Lo supo antes de entrar al agua. Se inclinó sobre la corriente levemente congelada y en la pálida luz de la luna observó la piel vieja y los ojos opacos y dilatados que correspondían a su cuerpo consumido y no le cupo la menor duda. En la lejanía escuchó el aullido de los lobos. El largo sonido empujó por sus labios una risa demente y Qopuk enterró los puños en la nieve, frenéticamente tratando de llenar el cauce del rio para cruzar por encima como a veces pasaba en las leyendas de Anyu.... Pero era deshonroso llorar como un niño cuando las leyes de la naturaleza eran claras y de pronto, recordándolas, se detuvo. Su cuerpo estremecido cesó su temblor y la tibieza de la resignación inundó sus venas, disolviendo el horror que había acallado durante cinco días.

Las estrellas se mecían en el agua azuzadas por la creciente ventisca y el mareo que ya no combatía  se apoderó de sus miembros y lo derribó en la rivera. Se volvió con cuidado para observar tendido sobre su espalda el cielo y se felicitó por haber combatido hasta el final, porque llegado el momento recordó cuantas veces había enarbolado el arco de la muerte, cuantas otras su juventud la había ahuyentado, y  pudo aceptar perder por una vez. Estaba sangrando, los lobos rastrearían el aroma  y llegarían para terminar con su agonía. El poder que le quedaba restaba en decidir si se lo comerían vivo. Prefería el agua, pero se permitió todavía un momento para degustar la extraña placidez que le producía la hemorragia en su pierna rota, balsámica, ligera y tibia, después del infierno del engaño y la guerra. Inspiro, livianamente resignado, sus pupilas hundidas titilaban con el cielo recordando su pasado,  y  cuando los pasos de la jauría lo obligaron a volver al presente, todavía se dio unos segundos para triunfar sobre si mismo y aceptar que siempre había sabido que no lo conseguiría, y que la búsqueda de Anyu era en realidad una huída desbocada de la muerte que por fin concluía, gracias a la noche, al frio, a su pierna. Aceptó que Anyu había elegido a otro macho más competente, joven, atlético, buen cazador. Uno que no permitiría que su hijo sucumbiera en el hambre del invierno. Así debían ser las cosas. Ella había encontrado su camino al acantilado, y era su momento de hacer lo mismo, de sumergirse en el espejo de cielo que es la ley del garrote y el colmillo.

El hielo se abrió casi mudamente para recibirlo, y cerrando los ojos el hombre se dejó envolver por  la corriente.

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