Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena
     2 valoraciones      14 posts en su blog      Es lector de 0 grupos

Ella Basti fantasy

"No vayas en busca del jardín de flores. El jardín ya existe dentro de tu corazón"


Os 32000


Nevaba calladamente en la plataforma, pero los copos no se derretían al contacto con su piel. Tampoco la gravedad de una caída de más de quinientos metros hacia el antiguo cráter parecía ejercer ninguna fascinación sobre sus piernas colgantes. Pero él estaba cayendo o, al menos, sus ojos se habían hundido desde hacía horas sobre el reflejo de la pantalla que tenía en las manos.


-Tres grados al este, doctora Mondragón. - dijo su voz desapasionada- cinco al norte. Le siguen tres por el oeste, llegarán a usted en cinco minutos. Tenga cuidado.


Él era eterno. Por eso, casi nunca prestaba atención al paso del tiempo, pero era su deber contar los latidos de la doctora y se dio cuenta de que el ritmo de su corazón tocaba a una hemorragia de instantes desbocados. Alzó los dedos para tocarse la mejilla y dejó que la sensación disolviera sus pensamientos.


-Ha matado uno, doctora, pero le siguen seis. Vaya hacia el norte, encontrará una trampa a cuatrocientos ochenta y nueve metros. Gire la manija tres veces hacia la izquierda y accione la segunda palanca de arriba a abajo. La llevará a través de un pasadizo estrecho.


La doctora era joven, pero sus fibras musculares habían comenzado a desmembrarse desde hacía casi media hora y era probable que la mancha luminosa que indicaba su avance empezara a rezagarse a pesar del estimulador de la adrenalina en su sangre. Se imaginó a sí mismo corriendo por los pasadizos, terminando la misión limpiamente y llegando en breves minutos al diminuto departamento donde se sentaría en el balcón a observar las montañas y encontrar otra combinación de sonidos para su flauta dulce, pero la insensibilidad de sus piernas lo trajo de vuelta a la realidad. ¿Quién lo repararía si la doctora, que no podía correr eternamente, ni era capaz de resistir el arañazo de una bala, se quedaba allí, como un punto de luz engañoso delatando una presencia en los pasillos del subsuelo que ya no existiría fuera del código binario de la diminuta pantalla? Una parte de sus procesos reconocían que sería un reto interesante, algo nuevo, diseñarse a sí mismo aunque sea en parte, un par de piernas para empezar y después, quién sabe.


-Doctora, uno de los atacante está muy cerca. Escóndase en la escotilla, ahora.


Sería muy interesante en verdad. Después de todo, la doctora era una criatura de años breves y la vida independiente para los androides de su serie había resultado ser bastante exitosa.


-¿Doctora?


-Aquí estoy, Os 3200,..¿Donde está, se ha ido?


-Sí, doctora, de momento está yendo en dirección oeste, por el segundo pasillo a la izquierda. Tres de los seis hombres la siguen de cerca. Siga por la derecha, en doscientos metros encontrará la trampa de acceso a la cámara. El paquete está ahí.


No necesitaba todos sus procesos para traducir el significado de aquellos jadeos y gruñidos medio asfixiados por la cercanía del micrófono con el uniforme térmico. El sufrimiento de la doctora era irrelevante. Sería interesante crear algo verdaderamente cautivador, algo suyo… Conforme la doctora entraba en la cámara desierta, un fresco código binario tintineó en las oquedades de su mente llenándolas de sentido y ´el comenzó a trenzarlo experimentando un error subyacente que suponía se parecía a las náuseas humanas.


-El paquete ha sido transferido por completo, misión completada. Doctora, el reporte delata que sus niveles de dióxido de carbono en sangre se han incrementado en los últimos segundos. Si está tratando de llevarse el especímen debo aconsejarle que desista. Su estado físico ha dejado de ser ideal desde hace muchos minutos y las probabilidades de que su reserva energética la lleven hasta el hangar son bajas.


Hizo una pausa en su propia fascinante programación para escuchar la respuesta.


-Entiendo, doctora. Use el código 43209 824B para activar la trampa pequeña, es una escotilla de limpieza, la llevará a través de los laboratorios.


Estaba tan absorto en la pantalla y en su propia programación que no notó la caída de la lluvia que se colaba por la carcasa destrozada de las ruinas esparciendo arañas eléctricas entre sus fierros retorcidos.


-Doctora, ¿existe alguna razón por la que se haya detenido? No puedo ver ningún obstáculo en pantalla.


Era difícil acostumbrarse a la predictibilidad humana, errónea e impráctica. No era probable que la doctora volviera para repararlo, porque ella era incapaz de calcular que el detenerse a tomar el aliento hacía que los números que indicaban sus probabilidades de supervivencia en la pantalla se desplomaran en tonalidades ocres.. Debía darse prisa convirtiéndose en su propio creador.


-Doctora, en menos de un minuto tres atacantes la alcanzarán. Repliéguese en cuclillas contra la pared y dispare cuando se lo indique.


Su propio código tendría que esperar sólo un momento. Era probable que tuviera esa eternidad suya para seguir programándolo, ahora que los números de la doctora eran tan bajos que apenas figuraban en la pantalla. Adiós a una vida de rescates sin sentido y la constante espera del día en que sus procesos se desbaratarían por un golpe de bala sin que la doctora pudiera repararlo.


-Dispare, doctora.


Le habría gustado transferirle los grados precisos y las velocidades, pero los humanos no eran capaces de traducir esos datos a movimientos. Eran criaturas instintivas y simples y sus órdenes sofisticadas sólo habrían confundido a la doctora. Quizá ella también había llegado a la conclusión de que la única razón por la que una humana había salido viva de tantas misiones era que tenía uno de los androides más especializados y precisos jamás creados. Aunque el modo en que la doctora monopolizaba la planificación de esas misiones parecía traslucir que no estaba del todo enterada. Los humanos tenían una visión muy limitada y una vida muy breve.


-¿Doctora?


En cuanto escuchó su voz volvió a su proyecto personal.


-Nadie la sigue ahora, doctora, diríjase al hangar con las coordenadas que le transfiero.


Cuando la nave despegó del hangar volcó sus procesos hacia su proyecto personal. Era fascinante y liberador, en contraste con la dosis previa de inutilidad humana, la sensación veloz y expansiva de la información en su mente hormigueó y nubló su campo visual conforme se encasquetó en el anticuado exoesqueleto con que dirigió sus pasos torpes hacia su propia nave y, finalmente a su departamento. No sudaba, pero mientras tomaba aun baño llegó a las notas finales de su propia sinfonía y le pareció que aquellos últimos números eran más precisos, breves ineludibles y perfectos.


-Entiendo, doctora. Iré enseguida.


Al abrir la puerta la doctora se desplomó sobre la alfombra con un gran gemido y se quedó allí, desguanzada y medio aplastada por el peso de un Ailurus fulgens de pocos meses de vida, que parecía demasiado grande para el diminuto código genético robado que la doctora le había transferido y que él, a su vez, había enviado hacía unas horas all laboratorio nacional, que se encargaría de revivir de la extinción a otros seres como el que gemía girando detrás de su cola con todas las muestras de experimentar una gran consternación. La ironía era un viejo recurso que usó para pensar que aquel era otro gran triunfo para los soñadores románticos, que no podían aceptar que las especies sobrevivieran casi exclusivamente en los laboratorios de los traficantes.


-Doctora, será mejor que se bañe y coma algo antes de dormir. El Ailurus fulgens tiene una dieta principalmente frugívora, así que, con su permiso, procederé a concretar un plan de alimentación para esta noche.


La doctora era una mujer de cuerpo grande, pero le pareció extrañamente diminuta cuando lo observó con una mezcla de movimientos faciales que traslucían un profundo sentimiento de injusticia social.


-¡Estoy muy cansada!- protestó.


-Doctora, es necesario atender sus heridas- explicó- Sabe muy bien que la desinfección es el primer paso. Es necesario que se bañe.


Más tarde, mientras la escuchaba relatarle la misión como si él no hubiera estado allí motnitorizando cada centímetro, se sorprendió otra vez del modo en que la ignorancia de los humanos contribuía a su bienestar en todos los aspectos de su vida. La doctora ignoraba, por ejemplo, que unas pocas horas el dolor de su cuerpo sería tan insoportable que la imposibilitaría para cualquier tipo de movimiento, incluyendo el ir al baño sin asistencia.


-Su cuerpo necesita descansar, doctora.


-Sí, sí- bostezó ella- ¿Y qué hiciste todo el día, Os 32000? A parte de salvar mi traserito.


-… A decir verdad, doctora, trabajé en un proyecto personal. - musitó mientras la ayudaba a entrar a la cama.


Era su deber cuidar de la salud de la doctora. Para ello, en las noches frías como aquella tenía la costumbre de tenderse a su lado e incrementar la temperatura de su piel sintética a modo de calefactor. A juzgar por la inflamación muscular de la doctora, esta noche tendría que programarla mucho más fría de lo usual.


-¿Ah, sí, de qué se trata?- preguntó la doctora, observándolo con los ojos nubosos que siempre, de alguna manera, conseguían alentarle los procesos.


-Trate de escaparse otra vez sin mí, doctora- susurró besándola- Le aseguro que le tomará una eternidad romper el código que instalé en las puertas y ventanas. Y créame, doctora, conozco la eternidad.

Denunciar

Spoiler alert: ¿romanticismo?

 


Ana Elisa agradeció otra vez que los ojos ciegos de Helena no pudieran desconsolarse ante los despojos de la casa donde todo, como ella misma, parecía haberse vencido en las manos del incendio como si hubiese estado hecho de azúcar. Miró de nuevo la llaga chamuscada de los labios de su novia y la encontró inmóvil, pero el resto de Helena trataba de escribir unas cuantas palabras en su libreta sin que sus dedos torcidos y llenos de costras quisieran prestarle una voz. Helena había comenzado a llorar secreciones amarillas que iban abriendo caminos secos en la hojarasca de su rostro.


Ana Elisa llevaba tiempo pensándolo. Se metió el puño en la boca, que le supo a sal y rabia contenida, a arañazos en la almohada y jadeos en su habitación, cuando Helena no podía oírla, al pensar que su diva estaba ciega y muda, pero no sorda a los susurros lastimeros de los cotilleos de la prensa, que había asediado con los alaridos del teléfono sus vidas miserables hasta que Ana Elisa le había arrancado los cables de las entrañas. Helena… muda… Su voz de miel, petrificada. El “te amo” que le había dado esa primera noche, hacía tantos años, se le revolvió un momento en las papilas inyectando una infusión dulce a su sangre congelada. Ana Elisa cerró firmemente el puño en torno al órgano lingual que en ella no tenía mucho sentido y, con los ojos fijos en la momia berreante, lo arrancó de golpe.


Su carne rosada era una cosa viva, húmeda y salvaje que llenó el aire de la habitación con los lloridos de un niño recién nacido, pero cuando se la acercó, Helena la engulló con voracidad y casi enseguida el órgano encajó en su boca como si hubiese sido creado para ella.


-Ana... Elisa...-susurró Helena con una voz grave, pero apasionada-Gracias... Ahora podré contar tu historia… para ti, para todas.


Se besaron largamente sobre las sábanas polvorientas, probando aquel trozo de carne que se metía en la boca de su vieja dueña produciéndole nauseas metálicas. Ana Elisa quiso aventurar un te quiero en la libreta salpicada con gotas rojas, pero cuando elevó el papel los ojos ciegos de Helena cayeron sobre ella como soles negros. Su amante palpó el aire, angustiada por el silencio, y al encontrar la libreta que Ana Elisa escondía entre sus manos… volvió a llorar.


-¡No podré leer lo que me escribas!¡No te quedarás conmigo! ¡quieres dejarme! ¡Déjame!¡Soy monstruosa!


Sólo se calmó cuando Ana Elisa se sacó los ojos y los deslizó amorosamente entre sus dedos como dos besos tibios. No pasó mucho antes de que dos brazos cuidadosos la acunaran contra un pecho y la tibieza de los labios de Helena recogiera las gotas de sangre de sus mejillas, acallando su inquietud y aliviando la soledad de sus cuencas. Ana Elisa se dejó arrastrar al mundo del olor silvestre de Helena, el sabor de Helena, el ritmo de sus resuellos y la abundancia de sus caricias.


-Dime que me amas-suplicaron sus garabatos en una hoja que Helena tuvo que acercar a la luz de la ventana para descifrar.


-Te amo- respondió -Pero… ¿por qué me diste tus ojos? Ahora puedo verme, Eli… y entiendo que no podrías amarme… no así, desecha.... No puedo creer que me hicieras esto… No… no me escuches… No es tu culpa. Yo te amo… Es que… todo esto es espantoso.. no lo soporto…. Siento que tengo el corazón muerto… desearía tanto tener un corazón para dártelo.


El silencio salpicaba los labios de Ana Elisa, quien trataba de guiarse por el sonido de su voz para, acariciándola, jurarle a Helena que saldrían adelante.


-Eli….- musitó Helena lentamente- ¿No dijiste que tu corazón me pertenecía?…¿Te acuerdas? Fue después de mi debut, en ese restaurante junto a la laguna...¿recuerdas? Dijiste que….


-Te di mi corazón hace tanto- Había tartamudeado una Ana Elisa adolescente, sosteniendo frente a ella un ramo de rosas que había cortado de su propio jardín para la asombrosa mujer que triunfaba esa noche en la ópera de Nueva York.


Helena la había besado con ternura antes de apresurarse a regresar a los brazos de sus discípulas apiñadas en el marco del balcón para espiar su esbelta figura reclinarse sobre una Ana Elisa rechoncha y muy cohibida que había soltado un chillido al recibir su beso.


-¿No fueron esas tus palabras exactas?- sonrió la momia con un jadeo apasionado. -¡Oh, Eli… debiste recordármelo! ¡Ven, no te asustes!¡No te pongas así!¡Te tengo… mi querida Eli!


Un jadeo pasmado se rompió entre las dos. El corazón tiznado de Ana Elisa reflejó mil veces el rostro de Helena en tonalidades grisáceas. La mujer suspiró con deleite y lo elevó a la luz de la ventana conforme se reía encantada, llenando la casa esquelética de las notas de una soprano.


-¡Es verdaderamente precioso, Eli!¡Jamás había visto algo tan bello! ¡Me has hecho tan feliz!- jadeó abalanzándose sobre el cadáver- ¡Te amo!

Denunciar

A la orilla del mar


I.


Tres palabras lentas:


No tú, el mar.


No yo, la arena.


No amor, sal.


Sal infinita.




II.



Me adentro en tu adiós


que es líquido e inmenso.


Muerte litoral.


Todo resplandece al atardecer.


 

Denunciar

Mi amor no era amor

Flor de mirada dormida,


mano fría, lento beso:


podredumbre que se mece entre los días.


Somos fango y loto


soñando con el agua cristalina.

Denunciar

Enter


 


Bajo tu alberca de cristal


esperan cien palomas arropadas


en los dedos de luz de la ciudad.


Tu imprimes, como antaño,


tu beso de vida y de muerte,


y las aves vuelan lejos


traspasando el fulgor de la urbe.


Emperador de arcoíris,


tus palabras son cocheros enfurecidos


que desgarran el silencio de la soledad


en una vasta odisea de bombillas


como islas y medusas de sueños.


Caen tus palabras-lluvia sobre el asfalto


y se cuelan en las sombras recortadas de los carruseles clandestinos,


caen como risa desafiando el fragor de las estrellas suspendidas.


¿Qué sabe este público entumecido


de las batallas secretas de tu lecho,


de los afanes de tu voz solitaria y magnífica,


de tus susurros de niebla binaria?


Desafías la gravedad y el cansancio,


y en un carruaje de soles amaneces en mi alcoba


como un ladrón sin olor, sin tacto,


como un alma desnudada a su caleidoscopio íntimo.


Te viertes en mi nido como un chasquido, o un incendio,


y mi cama ya no es lecho, es un santuario


que reluce en el imperio de la noche,


como un cáliz de sombras enamoradas,


como un capullo de arañas religiosas,


como el bulbo del cielo entre las sombras


titánicas de la ciudad adormecida.


Que tu insomnio me persiga en tu carroza,


que lapide mi alberca de cristal con las gemas de tus besos


como los labios que esta noche (con tus yemas andariegas,


sobre ese trono sin cuerpo al otro lado del cielo),


te permiten, con un enter del meñique,


estallarme el alma.

Denunciar

Pumpkin prince


She was told not to weep near the window


For her tears dried and poisoned the soil.


But she never was told to stay far from the corn


Nor to hide from the straw man her love.


 


How it was that the night was enchanted,


If she barely discerned her steps?,


I will tell you: for he held her tightly,


I will tel you: for he married her.


 


So the girl made of tears had a dress of spring wind


And ripe crown of corn on her head,


And a prince who was straw, and the midnight who saw


How her mouth in his mouth looked so pale


 


Joyous night of the dreams of dead mothers,


Crows in black chanted “well done, my fair


You have now won his heart, and the fire shall burn


you to ashes of silence and rest"

Denunciar

Bajo tierra


La vida era una olla cruda que cambiaba de forma en los manos de cada día, de cada instante.  Habían pasado tantos años, y las mujeres que envenenaron su nombre con insinuaciones de contacto indebido como la causa de  la boda con la espeluznante  mujer Coyoc, una tras otra habían formado hogares. Para Xauhqui el romance había terminado con la confirmación de su esterilidad, pero aún no podía comprender por qué los labios calientes de Tezozómoc dejaban rastros de dolor en la almohada cuando le daba la espalda para encarar al cielo sin luna, dejándola como un puñado de cenizas apiñadas bajo las sábanas.


Esa noche la primer tormenta del otoño perseguía a las hojas aterrorizadas del bosque envejecido y el perro le aullaba a la oscuridad del cielo como si quisiera dar testimonio de la masacre. Xauhqui lloró silenciosamente el veneno de su corazón y cuando se tomó la píldora para dormir la oscuridad se tendió sobre ella como una promesa satinada que la llevó lejos de aquellos placeres silenciados y del trueno del corazón libertino de su acompañante. Es por eso que no vio cuando Tezozómoc se levantó, desnudo y platino como un lobo ladrón, y subió las escaleras que conducían a la habitación de su madre.  Pero la  ajada mañana testificó que la anciana había muerto por estrangulamiento.


-Qué lamentable- murmuró Tezozómoc con su aliento aroma a pino mientras trataba de derramar lágrimas sobre las rosas color crema que adornaban la solitaria tumba en las montañas- Ahora  me doy cuenta de que te he vuelto una loca con mis errores. Mataste a tu madre creyendo que era yo, ¿verdad?. Es demasiado tarde para remediarlo. Pero no temas ni me mires así, que no pienso entregarte a la justicia si dedicas tu vida a arrepentirte por lo que has hecho.


A partir de entonces los abrazos masculinos reencontraron la pasión y se volvieron demandantes, casi cálidos.  Xauhqui pensaba que se había acostumbrado a la presión del cuerpo de Tezozómoc, tan inmenso como una enfermedad, pero la realidad era que el paso de las estaciones pudrió su alma con cada roce relampagueante. El dinero sucio de la tragedia de su madre le compró muchos vestidos y la pareja ahora tenía un comedor completo de paredes rojas como el amor donde comían como los peores pecadores que hubieran vivido en las montañas del norte, pero se sentía seca como el velo del otoño cuando salió de casa y siguió sus propios pasos hasta el lago, donde se adentró en las suaves rocas que pavimentaban el descenso de la cascada.


La tormenta se había desplomado desde su nido y los ríos relampagueaban como serpientes al reptar por las montañas. El lago se inflamó y tembló reclamando el joven cuerpo que parecía a punto de quebrarse en las manos del viento. Pero súbitamente la voluntad de la tierra cambió: el silencio vino como si la tormenta hubiera contenido el aliento en el acto de alimentar al bosque, y el sol color sangre sostuvo su cabeza desesperada un momento más por encima del horizonte para advertirla de que no estaba sola. Detrás de ella una presencia estaba terminando de adoptar la forma de un hombre de ojos ámbar como los suyos. La mirada indiferente la envolvió con curiosidad antes de que  un mal paso impulsado por la sorpresa y el terror la hiciera caer accidentalmente al precipicio, sobre el que osciló un momento sostenida por una sólida mano. Su vida estaba a salvo cuando la tormenta estalló con granizo que la derribó sobre la tierra.


-El demonio y la mujer se presentaron- ronroneó la voz de la criatura opaca dentro de su pecho helado-. Dicen que había un asesino, y un alma y una venganza.


La presencia hablaba en susurro feroz que crujía en su pecho como una fractura con cada palabra de la verdad que el revelaba. Cuando aceptó el trato él mordió su seno izquierdo consientes tan agudos como el hierro de una cerradura antigua. Xauhqui regresó a casa por el camino húmedo sintiéndose más ligera que la luz de la luna en su propio rostro y llena hasta sus yemas rosadas con el fermentado jugo de la amenaza.


            La mañana la encontró tejiendo y entregándose al banquete de las ofrendas azucaradas que las señoras de la montaña habían preparado y guardado en canastas de mimbre con papel estampado con fresas para su reunión mensual. Todas estuvieron de acuerdo en que lucía más joven y rolliza, casi sonrosada, y bromearon un poco sobre su recién encontrada glotonería. Le sonrío a las amigas de su madre conforme enroscaba una y otra vez ocho de sus dedos en torno a las agujas que reflejaban la pálida luz de la mañana. Por supuesto que insistieron en que se quedara un minuto más, y las estrellas descubrieron a las viejas niñas riéndose alrededor del fuego como una banda de músicos que afinaban sus vidas para entonar una canción alegre que fue interrumpida abruptamente por la llegada de los desgastados policías en uniformes empapados.


La herida en la nuca de su esposo se había agravado bajo los pasos tranquilos de los pescadores que cruzaban el resbaloso puente del muelle, de modo de cuando descubrieron el deplorable accidente era demasiado tarde y su corazón y piel se parecían a los de los pescados atrapados en las redes cercanas. Mi querida señora, qué tragedia. Lamento mucho lo sucedido. Por favor acepte mis condolencias. Ahora su madre le hace compañía.


Los sombríos habitantes del pueblo revivieron una vez más al calor de la flama de los cirios mortuorios y vistieron su pequeña casa con las flores más fragantes de los primeros campos del invierno. Deformada por el brillo de oración Xauhqui lucía como la estatua de una capilla cuando combatía las muertes aladas del olvido con susurros suaves que dirigía contantemente al cuerpo inerte conforme las cuentas del rosario relampagueaban y hablaban entre sus largos dedos y el viento helado comenzaba a dibujar sus primeros lienzos sobre el paño de la ventana con líneas asimétricas. Y en la luz de las llamas agonizantes el ángulo de su cuello pareció arquearse y adelgazarse conforme el corazón del reloj vertió su pulso en las horas de la noche y una tras otras las ancianas acompañantes se quedaron dormidas como gallinas cebadas. Era ya tan delgado que el collar de cuentas de río estaba a punto de estallar y las venas azules de su frente eran más azules que los ojos del esposo horrendamente abiertos y fijos en ella. 


Esas pupilas guardaban más que la oscuridad de la habitación llena del perfume de las ancianas agonizantes; le mostraban más que su propia imagen atrapada por las sombras de la ventana que parecían ir por ella con lentos pasos sin ruido ¡Tezozómoc aún estaba vivo! Bajo la luz de las velas la superficies secas y dilatadas temblaban con el mismo terror que Xauhqui había descubierto y callado placenteramente cuando preparaba el cuerpo para el entierro envolviéndolo en la sábana de su madre y, más tarde, cuando la mente detenida bajo el puente escuchó las primeras oraciones en su nombre. El destino de ese hombre no era escapar de su lecho hacia las luminiscencias soporíferas de cualquier paraíso que pudiera existir, sino enredarse lentamente en las tóxicas estrecheces de sus propios gritos que nadie, ni aún sus fúnebres comensales, llegaría a escuchar.


 

Denunciar

La podredumbre


Él no conducía, por lo que los recuerdos naguales fijaron su atención en la frutilla madura de los tajos irregulares de rocas y ríos que subían como una escalera por las montañas que circundaban el valle festivo abarrotado de turistas, y en ese momento recordó lo bien que sabían los tacos de hierbas silvestres que recogían de cerca del templo del Tepozteco. Conforme el carro subió la montaña y el valle cayó bajo sus pies se acordó del modo en que los paisajes elevados habían formado sus primeras fantasías haciéndolo creer que podía volar… hasta el momento en que se partió la cabeza a los pies de un aguacate y estuvo listo para marcharse a la ciudad y olvidarse de la casa de la montaña que parecía suficientemente elevada como para alimentar las nubes con los vapores de su comal. Hoy, de vuelta a más de treinta años, la vastedad  del valle dilató sus pupilas y sus pasos hacia la pequeña casa de adobe y techo de madera a cuyas puertas lo aguardaba una anciana que sonreía en la actitud que le había pertenecido a su madre hacía tantos años. Se abrazaron un poco torpemente y  ella lo besó y le preguntó por su familia antes de dirigirse a su hermano y primo, que descargaban el automóvil de varios regalos y botellas de jerez.


 


-Pasa, Memo.  La comida está caliente.


 


No se había dado cuenta de la podredumbre hasta que Roberto, el tío que había insistido en que estudiara y que ahora era un viejo de un ojo nublado, le recordó en un susurro paternal que cuidara su salud bañándose al menos dos veces por semana. Guillermo no creía que el árido sol del Tepozteco pudiera hacerlo sudar si había trepado en coche la montaña,  pero en ese momento la peste ácida y amarga de la decadencia le quemó las fosas nasales y sonrojó su incomodidad. Prometió que se bañaría.


 


            Sin embargo, para el atardecer siguiente había comenzado a impacientarse e incluso a experimentar cierto temor de la hediondez que no era suya ni de ninguna persona de la casa pero permeaba la atmósfera apretujada de la habitación sombría como la firma silenciosa de la muerte. Su madre dijo que era el nuevo rastro de la falda de la montaña que los vientos metían por las ventanas de algún modo. El olor de las bestias decrépitas que se desangraban bajo un cielo cubierto de moscas.


 


-Nada más que eso. Ya te acostumbrarás, hijo.


 


No era posible. Le preocupaba en extremo la salud de la familia  y especialmente la de su tío, que parecía temblar y encogerse cada vez que el olor crecía cuando la luz menguaba, como si una flor invisible derramara su rancio veneno en el preámbulo sombrío de sus pesadillas, probablemente originadas en el descuido en que lo tenía doña Carmen, su hermana. Guillermo decidió que lo examinaría antes de partir y si lograba convencerlo se lo llevaría a México para que le vieran el ojo y la salud. Mientras tanto miraban juntos al sol despedirse incendiando los techos del valle conforme él también se encendía en un adiós que fulguraba en el cielo por última vez. Guillermo esperó a que el resplandor se disolviera en la noche y luego entró en la casa para conseguirles algo de comer.


 


-Eres tú, Memo.- saludó su madre y luego su mente volvió a la agenda que inspeccionaba en busca de invitados a la comida de su hijo. Dibujó una pequeña marca al costado de un nombre en el preciso instante en que un melancólico  Roberto entraba en la casa con el paso de un perro nervioso y alcanzaba el vaso de agua que alguien había abandonado sobre la mesa.


 


-¡Por favor cierra la puerta!-  gritó la anciana, sorprendida de la cantidad de polvo maloliente que la tormenta que nacía sopló en instantes al interior de la casa como si se tratara un reloj de arena incontenible.


 


Poco después, cuando llegó su hermano, se sentaron a la mesa y Ezequiel sorprendió a todos calentando las primeras tortillas que repartió sonriéndole cansinamente al tío Roberto mientras su madre le pasaba la libreta a Guillermo para recobrar su lugar junto a las ollas.


 


-Léeme, Memo- pidió- y marca con el lápiz los que te diga.


 


Sólo quedaban tres nombres en la página amarillenta y delgada que parecía quejarse de su ancianidad.  Se los leyó en voz alta.


 


-Tacha el último. Tu tío Roberto lleva muerto más de tres años.


 


Los gritos vinieron de Ezequiel. Doña Carmen y Guillermo vieron cómo el joven enloquecido saltaba de su asiento y abría los brazos como si tratara de interponerse a la llegada del viento pestilente que abrió la puerta de golpe con un aullido estruendosamente humano. Y los ojos moribundos del viejo le dijeron a Guillermo que ahora comprendían y que no podrían sobrevivir el exilio. Corrió atravesando a sus sobrinos como un recuerdo en llamas y se lanzó a la tormenta al mismo tiempo que los hermanos, uno tras otro, iban tras él como saltamontes que caían en la interminable oscuridad de las rocas rientes de la montaña.


 


-¡Tío, no nos deje!


 


-¡Sólo me voy a bañar al río!- se perdía la delgada voz que  los azuzaba a ir cada vez más rápido, cada vez más profundo, como el invisible látigo de la pérdida.- ¡Avisen a mi trabajo que no voy a la mañana sino a la noche! ¡Sólo voy a bañarme al río!


 


 

Denunciar
Artículos publicados: 14
1 -  2 



Portal de blogs literarios, comunidad literaria, y foro literario - Libro de Arena

General 2 libros



Ayuda | Contacto | Condiciones de Uso | Política de Privacidad



2014 © librodearena.com