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Ella Basti fantasy

"No vayas en busca del jardín de flores. El jardín ya existe dentro de tu corazón"


Las últimas patadas de ahogada

 


Dos ilusiones han llegado


en el instante amargo en que me miras.


Dos ilusiones defraudando


el día del recuerdoque se acerca a mi


y me despierta en medio de mis horas,


de todas estas horas tan lejanas.





Mira lo que has hecho aquí:


dejado atrás el “sí” que me daba vida.


Mira lo que has hecho aquí:


encadenado al sol a la piedra fría.





Ámbar de adioses postergados,


ocasos atrapados en la arteria tibia.


Ámbar de amores olvidados,


que nadie encontraría sin esta ilusión


que me sumerge en el pozo de mi alma


como una sombra mía que no ama.





Mira lo que has hehco aquí:


dejado atrás el “sí” que me daba vida.


Mira lo que has hecho aquí:


encadenado al sol a la piedra fría.

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A la orilla del mar


I.


Tres palabras lentas:


No tú, el mar.


No yo, la arena.


No amor, sal.


Sal infinita.




II.



Me adentro en tu adiós


que es líquido e inmenso.


Muerte litoral.


Todo resplandece al atardecer.


 

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Mi amor no era amor

Flor de mirada dormida,


mano fría, lento beso:


podredumbre que se mece entre los días.


Somos fango y loto


soñando con el agua cristalina.

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Enter


 


Bajo tu alberca de cristal


esperan cien palomas arropadas


en los dedos de luz de la ciudad.


Tu imprimes, como antaño,


tu beso de vida y de muerte,


y las aves vuelan lejos


traspasando el fulgor de la urbe.


Emperador de arcoíris,


tus palabras son cocheros enfurecidos


que desgarran el silencio de la soledad


en una vasta odisea de bombillas


como islas y medusas de sueños.


Caen tus palabras-lluvia sobre el asfalto


y se cuelan en las sombras recortadas de los carruseles clandestinos,


caen como risa desafiando el fragor de las estrellas suspendidas.


¿Qué sabe este público entumecido


de las batallas secretas de tu lecho,


de los afanes de tu voz solitaria y magnífica,


de tus susurros de niebla binaria?


Desafías la gravedad y el cansancio,


y en un carruaje de soles amaneces en mi alcoba


como un ladrón sin olor, sin tacto,


como un alma desnudada a su caleidoscopio íntimo.


Te viertes en mi nido como un chasquido, o un incendio,


y mi cama ya no es lecho, es un santuario


que reluce en el imperio de la noche,


como un cáliz de sombras enamoradas,


como un capullo de arañas religiosas,


como el bulbo del cielo entre las sombras


titánicas de la ciudad adormecida.


Que tu insomnio me persiga en tu carroza,


que lapide mi alberca de cristal con las gemas de tus besos


como los labios que esta noche (con tus yemas andariegas,


sobre ese trono sin cuerpo al otro lado del cielo),


te permiten, con un enter del meñique,


estallarme el alma.

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Pumpkin prince


She was told not to weep near the window


For her tears dried and poisoned the soil.


But she never was told to stay far from the corn


Nor to hide from the straw man her love.


 


How it was that the night was enchanted,


If she barely discerned her steps?,


I will tell you: for he held her tightly,


I will tel you: for he married her.


 


So the girl made of tears had a dress of spring wind


And ripe crown of corn on her head,


And a prince who was straw, and the midnight who saw


How her mouth in his mouth looked so pale


 


Joyous night of the dreams of dead mothers,


Crows in black chanted “well done, my fair


You have now won his heart, and the fire shall burn


you to ashes of silence and rest"

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Bajo tierra


La vida era una olla cruda que cambiaba de forma en los manos de cada día, de cada instante.  Habían pasado tantos años, y las mujeres que envenenaron su nombre con insinuaciones de contacto indebido como la causa de  la boda con la espeluznante  mujer Coyoc, una tras otra habían formado hogares. Para Xauhqui el romance había terminado con la confirmación de su esterilidad, pero aún no podía comprender por qué los labios calientes de Tezozómoc dejaban rastros de dolor en la almohada cuando le daba la espalda para encarar al cielo sin luna, dejándola como un puñado de cenizas apiñadas bajo las sábanas.


Esa noche la primer tormenta del otoño perseguía a las hojas aterrorizadas del bosque envejecido y el perro le aullaba a la oscuridad del cielo como si quisiera dar testimonio de la masacre. Xauhqui lloró silenciosamente el veneno de su corazón y cuando se tomó la píldora para dormir la oscuridad se tendió sobre ella como una promesa satinada que la llevó lejos de aquellos placeres silenciados y del trueno del corazón libertino de su acompañante. Es por eso que no vio cuando Tezozómoc se levantó, desnudo y platino como un lobo ladrón, y subió las escaleras que conducían a la habitación de su madre.  Pero la  ajada mañana testificó que la anciana había muerto por estrangulamiento.


-Qué lamentable- murmuró Tezozómoc con su aliento aroma a pino mientras trataba de derramar lágrimas sobre las rosas color crema que adornaban la solitaria tumba en las montañas- Ahora  me doy cuenta de que te he vuelto una loca con mis errores. Mataste a tu madre creyendo que era yo, ¿verdad?. Es demasiado tarde para remediarlo. Pero no temas ni me mires así, que no pienso entregarte a la justicia si dedicas tu vida a arrepentirte por lo que has hecho.


A partir de entonces los abrazos masculinos reencontraron la pasión y se volvieron demandantes, casi cálidos.  Xauhqui pensaba que se había acostumbrado a la presión del cuerpo de Tezozómoc, tan inmenso como una enfermedad, pero la realidad era que el paso de las estaciones pudrió su alma con cada roce relampagueante. El dinero sucio de la tragedia de su madre le compró muchos vestidos y la pareja ahora tenía un comedor completo de paredes rojas como el amor donde comían como los peores pecadores que hubieran vivido en las montañas del norte, pero se sentía seca como el velo del otoño cuando salió de casa y siguió sus propios pasos hasta el lago, donde se adentró en las suaves rocas que pavimentaban el descenso de la cascada.


La tormenta se había desplomado desde su nido y los ríos relampagueaban como serpientes al reptar por las montañas. El lago se inflamó y tembló reclamando el joven cuerpo que parecía a punto de quebrarse en las manos del viento. Pero súbitamente la voluntad de la tierra cambió: el silencio vino como si la tormenta hubiera contenido el aliento en el acto de alimentar al bosque, y el sol color sangre sostuvo su cabeza desesperada un momento más por encima del horizonte para advertirla de que no estaba sola. Detrás de ella una presencia estaba terminando de adoptar la forma de un hombre de ojos ámbar como los suyos. La mirada indiferente la envolvió con curiosidad antes de que  un mal paso impulsado por la sorpresa y el terror la hiciera caer accidentalmente al precipicio, sobre el que osciló un momento sostenida por una sólida mano. Su vida estaba a salvo cuando la tormenta estalló con granizo que la derribó sobre la tierra.


-El demonio y la mujer se presentaron- ronroneó la voz de la criatura opaca dentro de su pecho helado-. Dicen que había un asesino, y un alma y una venganza.


La presencia hablaba en susurro feroz que crujía en su pecho como una fractura con cada palabra de la verdad que el revelaba. Cuando aceptó el trato él mordió su seno izquierdo consientes tan agudos como el hierro de una cerradura antigua. Xauhqui regresó a casa por el camino húmedo sintiéndose más ligera que la luz de la luna en su propio rostro y llena hasta sus yemas rosadas con el fermentado jugo de la amenaza.


            La mañana la encontró tejiendo y entregándose al banquete de las ofrendas azucaradas que las señoras de la montaña habían preparado y guardado en canastas de mimbre con papel estampado con fresas para su reunión mensual. Todas estuvieron de acuerdo en que lucía más joven y rolliza, casi sonrosada, y bromearon un poco sobre su recién encontrada glotonería. Le sonrío a las amigas de su madre conforme enroscaba una y otra vez ocho de sus dedos en torno a las agujas que reflejaban la pálida luz de la mañana. Por supuesto que insistieron en que se quedara un minuto más, y las estrellas descubrieron a las viejas niñas riéndose alrededor del fuego como una banda de músicos que afinaban sus vidas para entonar una canción alegre que fue interrumpida abruptamente por la llegada de los desgastados policías en uniformes empapados.


La herida en la nuca de su esposo se había agravado bajo los pasos tranquilos de los pescadores que cruzaban el resbaloso puente del muelle, de modo de cuando descubrieron el deplorable accidente era demasiado tarde y su corazón y piel se parecían a los de los pescados atrapados en las redes cercanas. Mi querida señora, qué tragedia. Lamento mucho lo sucedido. Por favor acepte mis condolencias. Ahora su madre le hace compañía.


Los sombríos habitantes del pueblo revivieron una vez más al calor de la flama de los cirios mortuorios y vistieron su pequeña casa con las flores más fragantes de los primeros campos del invierno. Deformada por el brillo de oración Xauhqui lucía como la estatua de una capilla cuando combatía las muertes aladas del olvido con susurros suaves que dirigía contantemente al cuerpo inerte conforme las cuentas del rosario relampagueaban y hablaban entre sus largos dedos y el viento helado comenzaba a dibujar sus primeros lienzos sobre el paño de la ventana con líneas asimétricas. Y en la luz de las llamas agonizantes el ángulo de su cuello pareció arquearse y adelgazarse conforme el corazón del reloj vertió su pulso en las horas de la noche y una tras otras las ancianas acompañantes se quedaron dormidas como gallinas cebadas. Era ya tan delgado que el collar de cuentas de río estaba a punto de estallar y las venas azules de su frente eran más azules que los ojos del esposo horrendamente abiertos y fijos en ella. 


Esas pupilas guardaban más que la oscuridad de la habitación llena del perfume de las ancianas agonizantes; le mostraban más que su propia imagen atrapada por las sombras de la ventana que parecían ir por ella con lentos pasos sin ruido ¡Tezozómoc aún estaba vivo! Bajo la luz de las velas la superficies secas y dilatadas temblaban con el mismo terror que Xauhqui había descubierto y callado placenteramente cuando preparaba el cuerpo para el entierro envolviéndolo en la sábana de su madre y, más tarde, cuando la mente detenida bajo el puente escuchó las primeras oraciones en su nombre. El destino de ese hombre no era escapar de su lecho hacia las luminiscencias soporíferas de cualquier paraíso que pudiera existir, sino enredarse lentamente en las tóxicas estrecheces de sus propios gritos que nadie, ni aún sus fúnebres comensales, llegaría a escuchar.


 

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La podredumbre


Él no conducía, por lo que los recuerdos naguales fijaron su atención en la frutilla madura de los tajos irregulares de rocas y ríos que subían como una escalera por las montañas que circundaban el valle festivo abarrotado de turistas, y en ese momento recordó lo bien que sabían los tacos de hierbas silvestres que recogían de cerca del templo del Tepozteco. Conforme el carro subió la montaña y el valle cayó bajo sus pies se acordó del modo en que los paisajes elevados habían formado sus primeras fantasías haciéndolo creer que podía volar… hasta el momento en que se partió la cabeza a los pies de un aguacate y estuvo listo para marcharse a la ciudad y olvidarse de la casa de la montaña que parecía suficientemente elevada como para alimentar las nubes con los vapores de su comal. Hoy, de vuelta a más de treinta años, la vastedad  del valle dilató sus pupilas y sus pasos hacia la pequeña casa de adobe y techo de madera a cuyas puertas lo aguardaba una anciana que sonreía en la actitud que le había pertenecido a su madre hacía tantos años. Se abrazaron un poco torpemente y  ella lo besó y le preguntó por su familia antes de dirigirse a su hermano y primo, que descargaban el automóvil de varios regalos y botellas de jerez.


 


-Pasa, Memo.  La comida está caliente.


 


No se había dado cuenta de la podredumbre hasta que Roberto, el tío que había insistido en que estudiara y que ahora era un viejo de un ojo nublado, le recordó en un susurro paternal que cuidara su salud bañándose al menos dos veces por semana. Guillermo no creía que el árido sol del Tepozteco pudiera hacerlo sudar si había trepado en coche la montaña,  pero en ese momento la peste ácida y amarga de la decadencia le quemó las fosas nasales y sonrojó su incomodidad. Prometió que se bañaría.


 


            Sin embargo, para el atardecer siguiente había comenzado a impacientarse e incluso a experimentar cierto temor de la hediondez que no era suya ni de ninguna persona de la casa pero permeaba la atmósfera apretujada de la habitación sombría como la firma silenciosa de la muerte. Su madre dijo que era el nuevo rastro de la falda de la montaña que los vientos metían por las ventanas de algún modo. El olor de las bestias decrépitas que se desangraban bajo un cielo cubierto de moscas.


 


-Nada más que eso. Ya te acostumbrarás, hijo.


 


No era posible. Le preocupaba en extremo la salud de la familia  y especialmente la de su tío, que parecía temblar y encogerse cada vez que el olor crecía cuando la luz menguaba, como si una flor invisible derramara su rancio veneno en el preámbulo sombrío de sus pesadillas, probablemente originadas en el descuido en que lo tenía doña Carmen, su hermana. Guillermo decidió que lo examinaría antes de partir y si lograba convencerlo se lo llevaría a México para que le vieran el ojo y la salud. Mientras tanto miraban juntos al sol despedirse incendiando los techos del valle conforme él también se encendía en un adiós que fulguraba en el cielo por última vez. Guillermo esperó a que el resplandor se disolviera en la noche y luego entró en la casa para conseguirles algo de comer.


 


-Eres tú, Memo.- saludó su madre y luego su mente volvió a la agenda que inspeccionaba en busca de invitados a la comida de su hijo. Dibujó una pequeña marca al costado de un nombre en el preciso instante en que un melancólico  Roberto entraba en la casa con el paso de un perro nervioso y alcanzaba el vaso de agua que alguien había abandonado sobre la mesa.


 


-¡Por favor cierra la puerta!-  gritó la anciana, sorprendida de la cantidad de polvo maloliente que la tormenta que nacía sopló en instantes al interior de la casa como si se tratara un reloj de arena incontenible.


 


Poco después, cuando llegó su hermano, se sentaron a la mesa y Ezequiel sorprendió a todos calentando las primeras tortillas que repartió sonriéndole cansinamente al tío Roberto mientras su madre le pasaba la libreta a Guillermo para recobrar su lugar junto a las ollas.


 


-Léeme, Memo- pidió- y marca con el lápiz los que te diga.


 


Sólo quedaban tres nombres en la página amarillenta y delgada que parecía quejarse de su ancianidad.  Se los leyó en voz alta.


 


-Tacha el último. Tu tío Roberto lleva muerto más de tres años.


 


Los gritos vinieron de Ezequiel. Doña Carmen y Guillermo vieron cómo el joven enloquecido saltaba de su asiento y abría los brazos como si tratara de interponerse a la llegada del viento pestilente que abrió la puerta de golpe con un aullido estruendosamente humano. Y los ojos moribundos del viejo le dijeron a Guillermo que ahora comprendían y que no podrían sobrevivir el exilio. Corrió atravesando a sus sobrinos como un recuerdo en llamas y se lanzó a la tormenta al mismo tiempo que los hermanos, uno tras otro, iban tras él como saltamontes que caían en la interminable oscuridad de las rocas rientes de la montaña.


 


-¡Tío, no nos deje!


 


-¡Sólo me voy a bañar al río!- se perdía la delgada voz que  los azuzaba a ir cada vez más rápido, cada vez más profundo, como el invisible látigo de la pérdida.- ¡Avisen a mi trabajo que no voy a la mañana sino a la noche! ¡Sólo voy a bañarme al río!


 


 

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CÁNCER

CÁNCER  (pensando en mi dulce amigo)







Resbalo y desde la luna


dos ruiseñores cantan


para dormirme en tu mar 


como a la tormenta el alba.


Cu-cú debajo del cielo, 


sobre las tumbas que aguardan


mientras me pierdo en los brazos 


que suavemente me acallan.





Negro claro, claro abismo


sin volcanes de mentiras,


sin horas para enjaularme 


en el reloj de los días.
 




Como la leche que arde 


llego aquí carbonizada,


amaestrada por la flama


de la espera, envenenada,


a reposar en la cuna


de tus latidos en calma.  





Ya los instantes se encienden 


y en la tea de tu mirada


tu fuego a mi fuego come,


tu sed a mi sed acaba. 


Cu-cú debajo del cielo.


En el circo de mi alma


los leones se han dormido 


y los más risueños se callan.





Cu-cú en tus labios sin tiempo,


en tu piel de remo y barca. 


Cu-cú en el momento en que el mar


se desvanece en el ansia


de ansiar tus susurros claros


y las lejanías del alba.





CÁNCER (II)





Gusto del alma desnuda,

que de llorar se enamora

como el caníbal que mora

en espera de la hambruna,

te he buscado, mi olvidada

rosa de ropajes blancos

y hoy desposo entre los cantos

de la olla tu hermosura.



Tanto gusta de mi alma

el cáncer del escarmiento,

que de lamer de mis labios

tus sollozos de amargura

que al ardor de tu dulzura

que ha endurecido mi tiempo

como un ámbar que me sella

la voz de las comisuras,

en un reproche a tu hilo

masco el alma entre mis dientes

y al doler sueño paciente

que te devoro en sigilo.



Ven pues, noche de mi noche

con tus gatas de mil llantos

y a este cáncer que me has dado

asola en tu luna ardiente

y llena el tiempo de dudas

(que sean tersas y maduras)

como la sangre que brota

del hambre de este silencio

para que sueñe en secreto

que entre más me desespero

me alejo más de la cura.

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