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margarita


Demonios

Demonios??, si, todos tenemos nuestros demonios. Intentamos controlarlos, manterlos al margen pero… ¿ qué hacer cuando se escapan a nuestro control?, ¿cuando nos superan?, ¿cuando quieran tomar las riendas de nuestra vida?. En ocasiones, es difícil manejarlos y conseguir que vuelvan a su cueva y, cuando pensamos que están suficientemente enterrados, cuando menos los esperamos, casi siempre en el momento menos oportuno, de nuevo aparecen.


Supongo que somos muchos, la mayoría, los que lidiamos a diario con ellos y yo me pregunto, es más, os pregunto ¿existe alguna fórmula para escapar de ellos, para librarse de ellos?. Yo, desde luego, todavía la ando buscando.


Por suerte los míos no se escapan a menudo y los tengo bastante controlados pero, cuando lo hacen, me vuelven patas arriba. No me gustan ni yo a ellos y, en ocasiones la batalla por el control es tremenda.


Me trastocan la existencia, me producen insomnio, mi carácter se agria, se me quitan las ganas de hablar con la gente. Es tal la lucha interior que me invade que no soy capaz de encontrar consuelo fuera. Desempolvo la concha y me escondo profundamente dentro de ella hasta que el temporal amaine.


En esta ocasión creo que la victoria anda cerca pero, ¡¡dios mío, cómo incomodan los malditos!!

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Salida vuelo ZV192, puerta 44

Todo está ya preparado para el despegue, los cinturones abrochados, la charla de seguridad impartida por los auxiliares de vuelo, los miedosos con las ventanillas bajadas y los ojos cerrados, rígidos en su asiento. Es en ese momento cuando el gran pájaro metálico inicia su rodaje por las pistas del aeropuerto, al principio más despacio y, poco a poco, mas y mas rápido hasta que un tirón (a veces leve y otras menos) inicia el ascenso del aparato. En apenas dos o tres minutos, ya estamos totalmente horizontales y volando hacia nuestro destino, más o menos lejano.


Yo siempre intento sentarme al lado de la ventanilla porque si el horario, el tiempo y las nubes me lo permiten, me gusta cotillear lo que ocurre catorce mil pies más abajo. Carreteras diminutas por las que transitan lo más parecido a unas hormigas, pantanos, lagunas, algún río. Intento reconocer los Pirineos, los Alpes, alguna gran ciudad como París, Berna...


Si, definitivamente, a mi me gusta volar. Sobre todo si es un vuelo de placer y me lleva a algún destino largamente planificado y deseado.


Pero, claro, todo tiene un principio y un fin, incluso los vuelos comerciales.


Cuando te vas acercando a tu destino un nido de diminutos bichitos se instala en tu estómago mientras el avión va descendiendo cada vez más rápido y ¡¡plas!!, de repente volvemos a tener contacto con el suelo. ¡Bueno, ya está , ya hemos llegado!, pensamos todos los viajeros, unos con mucho más alivio que otros, unos con más alegría que otros.


Si el viaje es por motivos laborales, seguro que por delante nos espera una dura jornada en la que tendremos que optimizar al máximo nuestro tiempo pero, si por el contrario, los efectuamos para disfrutar de unos días de vacaciones ¡¡Ay amigo!! Ahí si que la cosa cambia por completo.


Es en ese momento cuando comienza la verdadera aventura.

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Esperando a Robert Capa

Como una gran coincidencia esta novela cayó en mis manos por casualidad justo después de haber acabado El pintor de batallas, novela que me gustó mucho a pesar que el escritor no sea de mis favoritos.


 


De nuevo, una historia de amor.


Otra vez, una guerra.


Y de remate, dos fotógrafos como protagonistas: Robert Capa y Gerda Taro.



Así reza en parte de su sinopsis “El amor, la guerra y la fotografía marcaron sus vidas. Eran jóvenes, antifascistas, guapos y asilvestrados. Lo tenían todo. Y lo arriesgaron todo. Crearon su propia leyenda y fueron fieles a ella hasta sus últimas consecuencias.”


 



Escapando del nazismo una alemana de origen polaco y un húngaro expatriado se conocen en Francia y recalarán en España al comienzo de la guerra civil.


Una gran novela con la que he viajado a Madrid y a Valencia en plena guerra civil española como si la estuviera presenciando en primera persona.




 



Una novela emocionante que rinde homenaje a todos los periodistas y fotógrafos que se dejan la vida en el ejercicio de su profesión para mostrarnos cómo amanece el mundo cada día


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Lobisome

Un resplandor sin igual en la noche,


colándose por las rendijas de las persianas,


el lejano aullido de un lobo,


una inquietud difícil de explicar,


el vello erizado,


insomnio.


Luna llena


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Como un autómata

Todas las mañanas, de lunes a viernes, me siento así, como un autómata. Hago las mismas cosas, siempre la misma rutina.


El despertador suena a las seis de la mañana, ducha, café (eso si, en mi nueva Nespresso, toda una gozada), me visto rápidamente, le ponemos la comida a Nice, bolso, abrigo, llaves y al coche.


Llego a la oficina, enciendo el ordenador, coloco los cuatro papeles que me han dejado encima de la mesa entro un poco a veros y a la cafetería para hacer tiempo hasta las ocho. Segundo café. Las mismas caras, los mismos contertulios (alguna variación en función de vacaciones o catarros).


Vuelta a la oficina, un rato de trabajo con nuevos problemas, parecidas soluciones, alguna discusión (nada nuevo tampoco) y salida al Banco (con el tercer café incluido), y a la una y media a comer. De vuelta más trabajo hasta las cinco treinta y, de nuevo, bolso, abrigo y al metro en el cual me muevo sin mirar los carteles, siempre por los mismos pasillos, siempre a los mismos andenes. Bueno existe una pequeña variación los lunes y miércoles que es cuando hago pilates.


De vuelta a casa, jugueteos con Nice, cambio de ropaje por algo más cómodo y las opciones varían entre poner una lavadora o el lavavajillas. Recoger la habitación y algo el resto de la casa y preparar la cena.


Un ratito cotilleando la tele y pronto a la cama para que tenga tiempo de leer, al menos, una hora. Música suave y, sobre las doce de la noche, apagón.


Y así día tras día, semana tras semana, como robot programado para realizar una serie de tareas cotidianas. La verdad es que hay momentos que me siento como tal. Mejor no profundizar demasiado en ello.

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Ara Malikian

Anoche disfruté con la música de este gran violinista. Una selección de piezas cíngaras recorriendo varios países. Una explosión de música amenizada con sus ya características anécdotas. Y en un marco incomparable, el Corral de Comedias de Alcalá de Henares.


Vamo, todo un lujo de noche.



http://www.youtube.com/v/kTDGC6XCBSc&hl=es_ES&fs=1&"></param><param


 


Este video corresponde al concierto que ofreció en el Templo de Debot hace un dos o tres años durante los veranos de la villa.

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Sufriendo inutilmente

Es curioso como podemos modificar una situación que, en principio, no debe alterarnos demasiado, complicándola o simplificándola según la importancia que le demos.


Creo que últimamente sobrevaloro las situaciones y tiendo al dramatismo. A veces me asusto pensando que me estoy volviendo una hipocondriaca y que a cualquier tos, bultito o resultado raro en un análisis, enseguida le aplico una supuesta enfermedad gravísima que terminará en muerte.


Y no es que sufra los dolores propios, esos me preocupan lo justito, es que me ahogo con los de mis seres queridos.


Eso me ha ocurrido estos últimos días. Un dato alterado en una analítica me ha hecho ver fantasmas, recordar antiguas calamidades y pensar que mi vida daba un giro de ciento ochenta grados. He pasado varios días recordando angustias hospitalarias, sufrimientos, penosos meses de tratamientos y plegarias por una recuperación.


Al final, todo se ha quedado en un susto, algo que, probablemente, no tenga ninguna importancia y que acabe como una anécdota pero que me ha mantenido en vilo.


Y digo yo ¿ por qué me angustio tanto? De veras que intento controlarme porque soy consciente que sufrir antes de tiempo es absurdo, una pérdida de tiempo y un esfuerzo que, seguramente, resulte inútil. Sin embargo, por mucho que me repita a mi misma todo ello, me resulta imposible serenarme y después, cuando todo se queda en una nimiedad, me siento tan ridícula que no tengo dónde meterme.


Y así es como me siento ahora, porque muchas personas que están a mi alrededor me han visto en este estado y, claro, se han preocupado por mi. Les he preocupado inútilmente, y eso me cabrea, me cabrea conmigo misma. Llevo todo el día regañándome y prometiéndome a mi misma (qué embustera puedo ser) que es la última vez pero, según os lo estoy contando, soy consciente que no es cierto, que seguro que la próxima vez vuelvo a preocuparme en exceso por una enfermedad que, casi con total seguridad, no se llegue a manifestar nunca.


Lo que más coraje me da es que yo antes no era así. Afronté una grave enfermedad de mi madre con una entereza que hoy día, cuando echo la vista atrás, me admira. Y, digo yo, ¿por qué he cambiado?, ¿por qué me he convertido en alguien tan frágil?.


En lugar de aportar ánimos y fortaleza a la persona que lo está sufriendo en propias carnes, me vengo abajo.


La verdad es que no sé qué hacer, quiero cambiar, no quiero pasarme la vida sufriendo y llorando sin necesidad pero es superior a mi. Incluso ahora, desahogándome con vosotros se me saltan las lágrimas.


Y aquí me teneis, agotada psicológicamente hablando, con los ojos totalmente irritados y con una contractura que me coge toda la espalda. Me lo tengo merecido.


Gracias por estar ahí.

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La mecánica del corazón

Jack viene al mundo el día más frío del año y su corazón está helado. Para conseguir su supervivencia Madeleine le implanta un reloj de cuco. 


Pasarán diez años antes de que Jack se enfrente al mundo real y será entonces cuando conocerá al amor de su vida pero...



Todos hemos sufrido alguna vez por amor.



Un cuento bastante peculiar sobre el amor y el desamor.

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