Yo hubiera querido contarle que mi hija apagaba la tele a mitad de capítulo de Bob Esponja y ponía CD’s de Stray Cats para bailar hasta que los pies empezaban a dolerle. Pero cuando ví a A. echar una furtiva ojeada a su reloj, me dí cuenta de que no le interesaba en lo más mínimo cómo estaba mi familia. Pura cortesía.
Bien, suelo entender las cosas a la primera, así que ésas serían las reglas a partir de entonces. Una entrevista aburridamente formal. Y aséptica, no sé si por el marco donde iba a desarrollarse o por el reglamento que ya me imponía de antemano...Sí, asquerosamente aséptica.
Me concentré todo lo que pude en lo que me estaba diciendo, pero las tres de la tarde es, per se, una hora soporífera; así que empecé escuchándola y, simplemente, acabé oyéndola. Las palabras despacho, junta, vocalía empezaron a flotar entre A. y yo, quedando suspendidas en el aire como átomos de polvo que hubieran olvidado sus coordenadas y no supieran dónde posarse.
No han pasado tantos años, me decía a mí misma. Tres lustros son insignificantes, ni de lejos son suficientes para cambiar así a las personas. No. Decididamente ésa no era ella, la que aún conservaba un vinilo que le presté. Debía ser alguien que se le parece. No tenía hermanas, eso lo recordaba, así que tal vez fuera una prima (la genética es, a veces, caprichosa). Tenía un novio, eso sí, un chico de mirada eternamente huidiza, como si siempre persiguiera un mosquito inexistente que nadie más conseguía ver.
Los viernes solíamos quedar para unos billares, aunque generalmente se marchaban pronto, así que dábamos por terminada la partida y, entonces, yo me sentaba en un ángulo de la mesa para iniciar el negocio de trapicheo de apuntes con C., otra compañera de clase. Recordé la secuencia a la perfección mientras A. continuaba con su discurso: la bola blanca olvidada en un extremo; yo, que nunca he sabido estarme quieta, jugueteando con un taco; las jarras de cerveza vacías; mis dedos torpes; el taco en el suelo. C. lo recoge e intenta colocarlo tal y cómo estaba antes de caer. C. se retira instintivamente hacia atrás. ¿Mis manos dan calambre?, pienso. No para de mirarme; me siento extraña, no incómoda, sólo extraña; reconozco esa clase de mirada. Pero C. es una chica y eso me descoloca hasta el punto de sentirme halagada. La próxima semana faltó a las clases. La siguiente no, pero siempre tenía prisa y no vino con nosotras ningún día a la cafetería. A. lo sabía todo, la única que no se había enterado de nada era yo, como siempre.
Poco más de tres quinquenios habían transformado a A. Las facciones se habían endurecido, su palidez era extrema, casi enfermiza; los puños de su camisa, impecablemente planchados, parecían insultarme; sus gestos, tan estudiados y aprendidos de memoria, intentaban persuadirme para aceptar una placa con mi nombre en la puerta de un despacho. Ni rastro de la A. que yo conocía. Hasta había perdido durante la escalada su "¿sabes?" . Las coletillas nunca deben olvidarse en casa, nunca, ni siquiera cuando sales corriendo tras un autobús.
Siguió hablando por espacio de media hora. En varias ocasiones contestó a un móvil de última generación y con un simple "estoy reunida" daba por finalizada la llamada. ¿¡¿Reunida?!?, no, perdona, estás con una amiga.
Bueno, quizás ya no. Que intercambiáramos discos de vez en cuando tampoco significa nada. Ni que purgáramos, llorando juntas, nuestras penas de amor, tampoco. Ni las resacas a medias. Ni el secreto de C. Ni las pintadas. Ni la noche en la estación de embarque porque la ciudad se te hacía pequeña y te agobiaste. Ni...
Me dí cuenta de lo fácil que era conseguir algo (para otros, jugoso; para mí en absoluto apetecible). Así que le dije que gracias por todo, pero no. Y, aunque para A. ese todo era un futuro prometedor, el todo al que yo me refería era el pasado que siempre recordaría. Mucho más esperanzador.
Todo ocurrió tan rápido que ni tiempo tuvo de verle la cara a quien le golpeó en la nuca. En pocos segundos le habían arrancado la cazadora y saqueado todos los bolsillos del pantalón sin oponer resistencia.
Desorientado e incapaz de pedir ayuda permaneció unos minutos tumbado en el callejón. Nunca le habían robado y no sabía qué hacer excepto caminar hacia su casa y gritar "¡salvo!". Ya habría tiempo, quizás mañana, para la denuncia.
Apretó el botón de su piso apoyando la espalda dolorida en la pared. No tardó en oír la voz de su mujer por el altavoz:
-¿Quién es?
-Abre, no tengo llaves.
Silencio. Llamó de nuevo, maldiciendo su suerte:
-¡Hostias, Tere, no estoy para bromas, ábreme!
Aún tuvo que insistir tres veces más para volver a oír la voz metálica:
-No sé quién es usted. Mi marido va a llamar a la policía si no deja de molestar.
Perplejo, vio una silueta de hombre que le observaba en el marco de la ventana.
-Muy bien, llámales- pensó- y después les explicas qué hace ese tipo en mi casa.
Se sentó a esperar en el umbral. No era capaz de poner en orden su cabeza, ni siquiera sentía rabia; lo más parecido, tal vez, era esa sensación de estar perdido en un centro comercial cuando se es niño. A él siempre le habían dicho que cuando ocurriera algo así se dirigiera a una caja para que llamaran a sus papás. Pero ahí no había cajas, ni señoritas con patines, sólo la policía a punto de llegar y él, ahora caía, iba indocumentado, le habían robado el móvil, las llaves, incluso la factura arrugada del tinte que guardaba en el bolsillo trasero; cualquier cosa, en fin, que pudiera identificarle.
Anduvo horas sin saber a dónde dirigirse, esperando que alguna idea inspiradora se colara en su cabeza golpeada y tomara el mando de la situación. Cuando quiso darse cuenta se había alejado demasiado de la ciudad. Aquí y allá se veían chabolas que apenas se sostenían con la buena intención de quienes las levantaron. Grupos de indigentes empezaban a empujar sus carros para aprovisionarse en contenedores que a esas horas ya estaban a rebosar.
-Ahí tienes a tus chicas en patines- Rió por dentro.
No se encontraba en el mejor sitio pero, al fin y al cabo, ¿qué más podían robarle?
Seguía esperando que la idea iluminadora le alcanzara pero no fue ésta, sino un chiquillo enclenque cubierto de mugre, con un abrigo diez tallas más grande y una gorra de "Kas limón".
-Un mal día, ¿eh?
-No es el mejor de mi vida, pero casi...¡Bah! sólo es una pesadilla, en cualquier momento despertaré y todo habrá terminado.
El niño chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco.
Ese gesto lo reconoció como propio. Y puede que también la gorra, recordaba vagamente haber tenido una igual.
Se acercó más al saquito de huesos. La escasa luz no ayudaba mucho, pero juraría que aquel niño era él. El miedo repentino le retorció por dentro, trenzándole los intestinos y provocándole arcadas.
Cayó de rodillas y le sacudió por los hombros:
-¡Dime que no estoy muerto!
Como si ya hubiera oído esa frase en multitud de ocasiones, contestó impasible:
-Si estar vivo es respirar, entonces no, no estás muerto.
-Peor aún...¿en qué me he convertido?, ¿quién soy, qué somos?
-Yo. Todos somos yo, en el sentido más amplio de la palabra.
-¿Todos?...¿quiénes?, ¿cuántos más?
-Tantos como veces decidiste- Rectificó- decidí.
Seguía doblado delante de él, sollozando, como si alguien hubiera intercambiado los papeles. Merecía una explicación, pero no se atrevía a escucharla.
-¿Cuántas veces te has preguntado qué sería de tu vida si hubieras hecho lo otro y no esto?
-Miles.
-Entonces ya te has contestado. Somos miles: tú, yo, el hombre que viste en casa,...No, no me mires así. Él (o sea, nuestro otro yo) decidió coger el bus al salir del trabajo, pero tú (te llamaré así para no confundirte) pensaste que un paseíto andando te despejaría. Tu "yo" alternativo llegó sano y salvo, pero a ti no te fue tan bien.
-¿Y tú, qué "yo" eres tú?
-El que estando castigado decidió salir con la bici a escondidas. Estuvieron días buscándonos...¿qué fue de mamá?
El vértigo le zarandeaba. No era más que una réplica exacta de él mismo, una simple alternativa, una opción más de tantas que tomó a lo largo de los años. Vivía paralelamente, pero el mundo no había cambiado, ni tampoco el tiempo, todo era un maldito bucle que giraba en espiral.
Debía recuperar su identidad, la unidad, ser uno sólo. Entonces lo entendió todo: una moto saliéndose de la calzada que casi le atropelló, la rutinaria operación de apendicitis que le mandó a la UCI por unos días, el fallo de los frenos de su coche, ese golpe en la nuca hacía unas horas,,,No querían su reloj de imitación, sino su vida. La única manera de recuperarla era acabar con los demás.
Pero ya era tarde. De rodillas, así como estaba, fue fácil hundirle la pata de cabra en el hígado.
Sólo le dio tiempo a escuchar en otra boca su propia risa.
-Uno menos.
Satisfecho, chasqueó la lengua, puso los ojos en blanco y se ajustó la gorra antes de encaminarse a la ciudad.
Librodearena.com es un portal de blogs literarios, una comunidad literaria y un foro literario. Está compuesto por cientos de personas que tienen a la escritura y al placer de la escritura como una de las más bellas expresiones artísticas que el ser humano puede alcanzar. Para cultivarlas, todos ellos confluyen en este espacio virtual y único que existe en la red en lengua castellana.
En Librodearena.com, cada uno de sus integrantes deposita lo mejor de sí mismo con el único propósito de compartir, con todo aquel que lo desee, sus gustos, sus inquietudes y sus preferencias literarias. Para ello, edifican su espacio virtual, dotándolo de una personalidad propia al incluir imágenes, música, fondos de pantalla, colores textuales… en la medida que nos posibilita el editor del blog.
Una vez construido el hogar, cada persona va incorporando sus propias creaciones en forma de post. Trabajos que requieren mucho esfuerzo y sacrificio, a los que se le dedica muchas horas de tiempo para luego mostrarlos con la mayor ilusión y queden expuestos a todo lector que tenga a bien dedicarle un tiempo para su lectura. Para nosotros, cada post es como un hijo: lo mimamos durante su crecimiento, le dotamos de lo mejor que está a nuestro alcance y le soltamos la mano cuando creemos que está preparado para enfrentarse al mundo. Sin embargo, siempre velaremos por su seguridad, que nada les falte y nadie les agreda.
De un tiempo a esta parte, venimos observando fallos continuados en el funcionamiento habitual de Librodearena.com: comentarios que no aparecen, post imposibles de publicar, blogs que pierden imágenes, accesos imposibles a la web durante días… Entendemos que esos errores puedan ser debidos a posibles mejoras que los administradores de Librodearena.com estén llevando a cabo para mejorar el servicio pero también es verdad que nunca se ha avisado a nadie, por lo que el malestar generalizado entre los usuarios es consecuencia de la falta de deferencia por parte de los administradores. Nos sentimos ninguneados.
A pesar de ello, siendo todos los enumerados problemas que hacen mella en la ilusión por seguir trabajando y escribiendo en Librodearena.com, ninguno de ellos puede verse comparado con el mayor problema al que nos hemos enfrentado: la pérdida de post completos, desaparecidos en el limbo de las arenas.
Nuestra intención es seguir donde estamos pero hacerlo sintiéndonos parte importante, valorados y respetados. Perder un post es perder una parte de nosotros mismos y que nadie nos de explicaciones ni resuelva un problema semejante, nos hace plantearnos seriamente el abandono del portal. Sin embargo, es la última medida que consideramos que debemos llevar a cabo, por ello,
LOS ABAJO FIRMANTES SOLICITAMOS A LOS ADMINISTRADORES DE LIBRODEARENA.COM LO SIGUIENTE:
<!--[if !supportLists]-->-<!--[endif]-->Que realicen cuantas mejoras consideren necesarias para un mantenimiento y un funcionamiento óptimo del portal pero SIEMPRE AVISANDO PREVIAMENTE A LOS USUARIOS que van a sufrir irregularidades, o que el acceso estará cerrado temporalmente, indicando inicio y fin del proceso de reparación o mejora. Así podremos poner a resguardo nuestros post, sobre todo aquellos que hemos publicado directamente en el editor de Librodearena.com y no hemos tenido tiempo de guardar en nuestro pc.
<!--[if !supportLists]-->-<!--[endif]-->Que, debido a los últimos acontecimientos relacionados con la usurpación de identidades o mensajes anónimos amenazantes, LIBRODEARENA.COM TOME LAS MEDIDAS NECESARIAS PARA QUE SÓLO LAS PERSONAS REGISTRADAS EN EL PORTAL PUEDAN HACER COMENTARIOS Y ASÍ CADA UNO SEA DUEÑO Y RESPONSABLE DE SUS PALABRAS. Evitaremos así que, cuando la degradación de un comentario alcance la cota del atentado contra la dignidad de una persona, nadie quede impune.
<!--[if !supportLists]-->-<!--[endif]-->QUE LA EXTENSIÓN DE LOS COMENTARIOS NO ESTÉ LIMITADA A UN MÁXIMO DE CARACTERES, que vuelva a ser como siempre, ilimitada, para no limitar la creatividad de la persona que cometa.
Deseamos que nuestras palabras sean atendidas y pedimos una respuesta pública para que todo usuario conozca directamente la opinión que este Manifiesto le merece a los administradores de Librodearena.com
-Porque si estás haciendo balance de tu vida me parece una chorrada, perdona que te diga, que si es por matar el tiempo, adelante, como si me recitas el Don Juan Tenorio en sumerio, pero vamos, que aquí hay aire más que suficiente, que esto no es una cámara hermética.
-No estoy haciendo examen de conciencia.
-Vale.
-Pues valiendo entonces.
...
-¿Por qué menos mal?
-Porque tengo hambre, sueño y ganas de ir al lavabo, por este orden. Si no lo hubiera dejado, ahora también tendría un monazo de cuidado.
-Las autoridades sanitarias te lo agradecerán.
-¡Qué alegría!, mira tú.
-¿No lo dejaste por eso?
-No.
-¿Por el bolsillo?
-No.
-Entonces no tiene sentido.
-No todo lo que se hace necesariamente tiene sentido.
-Entonces fue por una promesa.
-Sí, a Nuestra Señora de las Viceversas. Le puse dos velas, recé lo que recordaba y le hice esa promesa...Idiota.
-¿La promesa o yo?
-Tú, la promesa y el chicle que llevas pegado en la suela del zapato izquierdo.
-Oye, si estás mosca yo no tengo la culpa.
-Entonces deja de preguntarme.
-Sólo una cosa más...
-Si esa cosa es por qué lo hice, olvídalo.
-Olvidado queda.
-Gracias.
-Aprobaste el examen de conducir.
-Sí, el de monopatín, no te jode. Dijiste que quedaba olvidado.
-Olvidé que lo había olvidado. Cuando me caí de esa uralita quedó tocada mi memoria inmediata.
-Y yo me caí de un guindo.
-Se te nota, se te nota...
La rabia me da una patada en la espinilla y me levanto de un salto, golpeo con fuerza la puerta, las paredes, la botonera, maldigo y pataleo:
-¿¡Es que en esta jodida escalera están todos sordos!?...¡¡¡Sacadme de aquí!!!
-No te sulfures, no vale la pena.
-¡Déjame en paz, estás zumbado, eres un...un....!
Se pone en pie, frente a mí, a escasos centímetros de mi cara. Huele bien, como a canela, canela y algo más.
-Soy qué, dilo, ¿qué soy?
-Eres un mentiroso- Casi le escupo la palabra.
Abre tanto los ojos que apenas le caben en la cara.
-A mí no me vengas con ésas, niñata, no sabes absolutamente nada de mí.
-Con lo que sé me basta...Dijiste...dijiste que te sentías como un intruso en el cielo. Y eso fue antes de subir al ascensor, sólo un minuto antes, lo recuerdo perfectamente.
-Y es cierto, totalmente cierto.
Sigue cerquísima de mí. Las palabras que flotan en el aire ya no sé si son suyas o mías.
-¿¡Sí!?
-¡Sí, joder!
-Y sueñas con volar...venga, chaval, a ti no hay quien te entienda.
-No necesito que lo hagas.
-Lo que tú necesitas es que te aten. Aléjate de mí, que corra el aire.
Da un paso atrás, apurando la máxima distancia que puede quedar entre nosotros. Sólo oigo mis latidos, tropezando unos con otros. Intento calmarme, pero no sé bien cómo, todo esto es absurdo. Desde el primer día que entré por esa puerta nada tiene sentido, empezando por la gente que vive aquí.
-Hola- Lo dice bajito, con una sonrisa acorde a su tono de voz.
-¿Hola?
-Es la única forma que conozco para disculparme.
-Da igual, fue culpa mía...estoy muy agobiada, perdona.
-No pienso hacerlo. Te dije que nadie moriría aquí, así que estate tranquila, tu parcelita en el cielo sigue aguardándote.
-Te dejaré visitarme.
-Haz lo que quieras, pero vuelve a fumar, por Dios.
Sigo aquí. Seguimos los dos encerrados en el nicho.
¿Han pasado cinco, diez, doce minutos desde la última vez que miré el móvil buscando una chispita de cobertura? Ni lo sé. Tampoco recuerdo quién de los dos hundió el botón de alarma del que no logramos sacar ni un "¡ay!".
Hay silencio, incómodo como una silla coja en la que nadie quiere sentarse. Me fuerzo a bostezar para aparentar calma.
Desconozco el protocolo a seguir en caso de avería de ascensor, pero debe ser algo así como miradas que alternan del techo al suelo, frases hechas del tipo "lo que nos faltaba", preguntas multiusos que bien sirven para una boda en la que sólo conoces a los novios o para un trayecto largo en tren, de ésas relacionadas con el trabajo o las aficiones, pero sin entrar en detalles comprometedores; en fin, un simple cruce de palabras corteses. Está claro que Luis tampoco sabe de la existencia de ese decálogo de las buenas formas porque acaba de sorprenderme así:
-¿Con qué soñabas tú de pequeña?
-¿Hasta cuándo se es pequeño?- Intento ganar tiempo.
-Hasta que a los proyectos empezamos a llamarlos sueños.
Vuelvo a acomodarme como puedo en la silla coja. No deja de mirarme, espera mi respuesta, debe creer que con saber mi nombre ya tiene derecho a todo.
-De niña quería cruzar el Sáhara andando. Lo busqué en el atlas, apenas ocupaba la mitad de mi palma, cuestión de perspectiva.
-¿Buscabas a un niño con el dibujo de un cordero en el bolsillo?
-¿También tú?
-No, a mí me bastaba con sentarme sobre la uralita verde de un aparcamiento y esperar a que el viento fuera propicio.
-¿Propicio para qué?
-Para volar.
-¿Lo lograste alguna vez?
-Sólo conseguí batir mi record, ocho puntos de sutura.
Se señala la ceja. Sí, ahí hay una marca. Y de nuevo ese puntito oscuro cerca del ojo que me obliga a apartar la vista.
-En eso me recuerdas al dueño del cordero... ¿Sabes? hay varias teorías sobre la interpretación de los sueños. Algunos dicen que quien sueña con volar es porque está frustrado.
-¿Tengo cara de estarlo?
-No digo eso, pero quizás quieres escapar de algo, ...cambiar, ¡qué sé yo!
-Me cae mal la gente que siempre busca una explicación lógica. Esos psicoanalistas pierden el tiempo poniendo etiquetas a todo el mundo porque se comportan de tal o cual manera. Por mí les pueden ir dando...
-Tú acabas de hacer lo mismo, les has metido en el mismo saco.
-Pues eso, por ahí deben darles.
-¿Inconformista?
-¿Lo dices por mis calcetines?
-No, por reincidir. Antes de tu record, ¿cuántas veces lo intentaste?
-Todas las que merece un...- duda-...proyecto.
-Dime una cosa, ¿debería asustarme por estar encerrada con un chiflado aspirante a Superman o realmente crees que soy tonta?
-Cuestión de perspectiva, como tu desierto.
-Con nueve años no sabes qué es eso.
-Tampoco sabes quién fue Newton.
-Parece que algunos siguen sin saberlo.
-Debo ser cabezota.
-Acabarás partiéndotela.
-O lográndolo.
No sé por qué me miro la palma de la mano. Ha crecido un poco desde la última vez. El proyecto se abre paso dando codazos en mi mente.
Sonrío.
Me debe haber leído el pensamiento, apenas un esbozo aún borroso:
Estoy aquí a petición de “tiempoperdido”, el mismo que igual que te sirve un café express, te “invita” a participar en “El juego de los cinco sentidos”.
Llego un poco tarde, lo sé, pero entre el calendario y yo siempre ha habido un cierto tira-y-afloja.
Por cierto, si os apetece, me gustaría conocer “los cinco” de Angelonero, CabezadeMonte (fhh), Hakuin y Little.
El todopoderoso sostenía la bola marrón y deforme entre las manos. Todavía no era un cuerpo, no cómo él lo había imaginado, le parecía incompleto, basto, tosco, falto de vida; iba a ser su obra de arte, la mejor de sus creaciones, así que nada podía quedar al azar, todo debía tener sentido…¡Sentidos, eso era! necesitaba dotarlo de conexiones con el exterior.
Inmediatamente se puso manos a la obra, exactamente puso dos manos a su obra. Con mucho tacto se las colocó en los extremos de los brazos que pendían, aún inertes, a cada lado de su cuerpo.
Empezaba a tener cierto parecido con él mismo, pero aún le faltaba algo.
Con santa paciencia le añadió un par de espléndidas orejas con las que reconocería la voz de su amo; se esmeró eligiendo tamaños y colores para la nariz, los ojos y la boca. Ahora sí, era justo lo que quería, calcadito a su imagen y semejanza.
Habían pasado siete días. Contempló su obra maestra, maravillándose de su magnificencia. Entonces, ya tranquilo, saciado su propio ego, se echó a descansar.
El hombrecito recién creado se preguntaba para qué se había tomado tantas molestias con él si ninguno de esos accesorios le servía para nada .
-Te has lucido- pensaba- cinco sentidos sin sentido.
No he prestado la atención suficiente a mi compañero de celda. Dijo algo como Lucas o Luis, no sé, el pánico súbito que siento ha atropellado su voz, llevándosela lejos, arrastrándola fuera de aquí, donde todavía queda aire. No he sido rápida de reflejos, quizás podría haberme agarrado a ella, a la última palabra, como si fuera el hilo de una cometa y salir de esta trampa de metal.
No es angustia lo que siento, ésta es ambígua, casi infantil, primitiva, irracional. Lo que tengo ahora es miedo, tres clases diferentes de miedo para ser exactos. Ése es uno de los efectos colaterales que tiene ser demasiado ordenada, tiendo a clasificarlo todo alfabéticamente, por colores, tamaños, formas o materiales. Bien, tampoco está tan mal, pero cuando roza lo enfermizo conlleva un gasto extra de energía y, sin embargo, la satisfacción del trabajo bien hecho no es proporcional a lo invertido. No vale la pena, lo sé, pero soy incapaz de funcionar de otra manera. ¿Qué sentido tiene calzarse siempre primero el zapato izquierdo; dar el mismo número de pasos con un pie que con otro; fregar una cuchara, un tenedor y un cuchillo y repetir siempre la misma consigna,..? ¿qué pasaría si un día fregara dos cucharas seguidas antes que un tenedor?...Probablemente se rompería el equilibrio, nadie lo notaría, pero yo sabría que acabo de extraer un naipe de la base de la pirámide. Tal vez no es orden lo que busco, tan sólo un refugio contra mi inseguridad.
Y en ésas estoy, lidiando con tres enemigos que se me han colado bajo la piel, cavando túneles, como la sarna. El primero, como el filo de una navaja acariciando la yugular, nace del instinto innato de supervivencia, el que más urge calmar, el más asfixiante: es el miedo al encierro, a la falta de aire y de espacio. El segundo me arrastra con las rodillas desnudas por el camino pedregoso de la ignorancia, es el miedo a no saber: ni por cuánto tiempo estaré aquí, ni cuál será mi capacidad de aguante. El tercero, el más sigiloso, anda con patitas de insecto, trepa columna arriba, alcanza mi nuca, pero no me doy cuenta de su presencia hasta que me susurra al oído "¿cómo vas a enfrentarte a un extraño que ya crees conocer?".
No, no quiero esos miedos, prefiero otros. Me serviría sentirme como un paracaidista medio momento antes de saltar, ese miedo intenso y fugaz que muere cuando aún no han cortado su cordón umbilical; el miedo idiota a cruzarme con Nico y su caja de sorpresas babeantes; o un miedo común, por ejemplo a la esperada bronca del jefe por llegar tarde. Prefiero cualquiera de esos a los que ahora me meten mano.
Pero no, ¡qué ingenua!, nadie elige sus miedos, son ellos quienes lo hacen con nosotros. Nos observan de lejos, avanzan altivos, nos toman de la mano con sus garras afiladas y nos conducen con maestría por la pista de baile.
Así que ahora me encuentro bailando un tango en este escaso metro cuadrado con un monstruo de tres cabezas, mareada, ignorando que me aguarda un cambio de pareja, porque el próximo baile será con mi cuarto miedo, del que aún nada sé.
Mi actitud podría parecer delictiva o, cuando menos, favorable para ser sometida a una entrevista con diván incluído, pero aquí toda precaución es poca. A mi lista interminable de fobias acabo de añadirle una más. No voy a nombrar el objeto de la misma porque me cambia el metabolismo sólo con pensarlo. Intento ahuyentar la imagen fatídica que acude a mi mente, sustituyéndola por otras agradables como quien cambia cromos, a la vez que doy por concluída la inspección ocular de la zona.
No, mejor un vistazo más (el cuarto ya) a la acera. Ni a un lado ni a otro hay rastro de...de "eso". Pulso el botón. En un par de minutos estaré en casa, a salvo.
La puerta de la calle se abre de golpe. Un chico, cargando con dos sacos de pienso para gatos en una sola mano, entra sacudiéndose los tejanos gastados y pintarrajeados con símbolos extraños, uno de ellos podría ser un nombre. Se sienta y se sube las perneras para ver el alcance de los daños, descubriendo un calcetín de cada color. Ni siquiera me ha visto y continúa blasfemando:
Levanta la cabeza sorprendido. Parpadeo. Como en "La invasión de los ultracuerpos" veo un cuerpo (el suyo) con una cabeza que no le corresponde (la mía). Intento racionalizarlo como puedo y culpo a ese lunar orbitando su ojo derecho, perfecto reflejo del mío en el ojo contrario. Aquí pasan cosas muy raras.
-Perdona, no os vi.
-¿Os?
-Ni a la tapa con la que tropecé ni, ahora, a ti.
Sin embargo yo pienso que ya le he visto antes. Infinidad de veces. Cada día, cuando me miro al espejo.
-¿Llamo al servicio aéreo de rescate o estás bien para subir en ascensor?
-No me gustan las máquinas que vuelan, me siento como un intruso en el cielo.
-Entonces entremos al purgatorio- Digo sujetando la puerta del ascensor.
Sin preguntar nada, acerca el dedo al botón del cuarto. ¿No será que también sabe quién soy?
-¿Somos vecinos de rellano?
-No, estoy uno más arriba, en el quinto. A la derecha.
-¿Del Padre?
-No si antes no pasó por algún quirófano. Mi vecina se llama Carmen.
Tierra trágame, pienso. La idea no puede ser más acertada teniendo en cuenta el lugar donde estoy.
Afortunadamente el ascensor se para. Noto un sudor frío cuando veo que estamos suspendidos a un metro del tercer piso. Casi puedo tocarle con la imaginación, le veo delante de mí diciendo"...pero a veces la puerta se atranca, así que subo hasta el..." No, por favor, por favor, por favor...
El chico desliza la espalda por la pared hasta llegar al suelo, donde se sienta.
-Pues nada, por si va para largo me presento, me llamo Luis.
Fórmula de composición del producto:
25% de timidez (hasta se me cuelan los jubilados en la cola del súper), 20% de sociopatía (sí son compatibles ambos ingredientes, os lo aseguro), 15% de facilidad para dispersarme cuando algo no me interesa lo suficiente, 10% de indecisión (hasta para elegir unos calcetines), 30% de empatía.
Sin colorantes ni conservantes.
Atención: contiene trazas de adicción al café y al sentido del humor.
Muy frágil. Manejar con cuidado.
Difícilmente inflamable.