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EL DIVAN DE LAS PALABRAS

ImageChef.com - Custom comment codes for MySpace, Hi5, Friendster and more Pasa y ponte cómodo. Me gustaría que me leyeras y yo,... leerte a tí.


DE LA PRESUNCIÓN Y OTRAS DEBILIDADES...

... ... pero por esta sola vez  y sin que sirva de precedente... dejadme que por una vez presuma de algo que para mí ha sido un sueño.


El día dos estarán allí conmigo, un grupo de personas que son tan importantes en mi vida que sin ellas este libro no hubiera podido existir. Porque ellas desde el principio cuando se empezó a gestar estuvieron a mi lado, con su entusiasmo, su fé y su confianza en que podría salir adelante.


Y todos los demás que quieran estar allí a compartirlo con nosotros, será siempre muy bienvenido.

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LA EMPATIA...

Cuando empezó septiembre quise regresar, levantar la sábana del diván y volverme a sentar en él para recobrar esos momentos de tertulia compartidos. Todo se confabuló para que no lo hiciera. Pero como no hay momento esperado que no llegue... hoy pude entrar, levanté la sábana que lo cubría y me sorprendí al darme cuenta de que lo había echado profundamente de menos.


 



 


Estaba enfadada, muy enfadada o mejor diría dolida. Me preguntaba donde debería dibujar la linea que marca hasta donde se debe llegar para conservar una amistad. ¿Más lejos, más cerca? Que es lo que mide ese punto de inflexión en que decides que ya no vale luchar por una amistad.


Puse palabras a ese sentimiento de dolor, de duda y alguien me dijo que un amigo nunca hace nada con intención de hacernos daño o crearnos inquietud. Si lo hace es por una falta de... empatía.


Creía que la empatía es la capacidad de ponernos en el lugar del otro. De entender sus sentimientos.


¿Hace falta la empatía para conservar una amistad? ¿Es necesaria la empatía para sentir ese sentimiento de amistad?


¿Eres un loco romántico por pensar que la empatía forma un kit junto con la amistad?


Creo que la amistad te lleva a conocer, a comprender, a entender, a compartir... ¿es eso empatía?


 

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DESDE EL CALOR...


Buen verano habitantes de estas arenas...

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Y ULISES... DEJÓ DE SOÑAR

Nada había cambiado, Ulises se vio de nuevo frente a la inmensidad del mar.


La luna dejaba una estela plateada marcando aquel camino que le llevaría de nuevo a Itaca.



Muchas lunas le habían iluminado y muchas estelas había recorrido para volverla a encontrar, pero de nuevo otros cantos de sirenas le retenían y la inquietud como un veneno administrado gota a gota, le impedía regresar.


Cerró sus ojos mientras la brisa salada se enredaba entre su pelo y soñó que no era un héroe. Soñó que no era el adalid de todos aquellos que buscan su destino y no lo encuentran, de todos los que persiguen sus Itacas privadas, de todos los que han imaginado Itaca como un paraíso.


Soñó que la primavera le encontraba en su casa, debajo de los almendros, viendo como Penélope tejía un tapiz en forma de sueño. El sueño de los dos.


Soñó que los álamos perdían sus hojas otoño tras otoño formando pequeños montones de hojas secas que susurraban un nombre. El nombre de los dos.


Soñó que las primeras nieves del invierno cubrían su cabeza y las ancianas en los posos leían su destino. El destino de los dos.


Abrió los ojos y sólo vio un mar vigilante, tenso. Olas de plata, marcando caminos de agua se abrían frente a él y sobre ellas la llamada de su destino. La búsqueda, la soledad. El destino de un héroe. La luna le miraba desde su fría blancura y Ulises inclinando la cabeza... dejó de soñar.

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UN PASEO DESDE LA PASION...

No pensé que fueran tantos días los que hacía desde que entorné la ventana y puse una sábana sobre mi diván.  Pero... ¡ha pasado más de un mes!



Pero lo que Mar no sabía es que aquella noche cuando abandonó mi casa, yo la seguí y mientras me resguardaba de la llovizna bajo la marquesina del Landmarck, vi como se mojaba esperando al bus número dos a la vez que comprobaba que su Pilot rosa no era impermeable.


El día fue leve. La mañana había transcurrido descubriendo, una vez más, la ciudad que es “como cada cual quiere que sea” y la tarde alumbrada por un cielo azul plomo se empaquetaba entre aromas de cera, siesta y lluvia repiqueteando sobre el cristal, mientras la voz de Diana Krall abría posibilidades insospechadas en una ciudad del pasado.


Su voz cálida, igual que el tacto de una manta a rayas, me envolvía con una sensación de sueño temprano, mientras mi mente flotaba sobre las pequeñas callejuelas, los mews, las cúpulas y los tejados cuajados de chimeneas, que competían en número con las estrellas.


Alguna lágrima traviesa e improvisada correteó por mi cara, no sé bien si por efecto del humo o porque no estaba segura de si mi pobre bagaje de escritora sería suficiente para poder contar lo que veía.


Los cuervos se compadecieron y volaron conmigo, presumiendo de tradiciones y leyendas. No en balde mientras ellos estuvieran en la Torre de Londres, existiría el Imperio. Y allí me llevaron atraídos por los destellos de las joyas de la corona, mientras el espíritu del traidor sin saber aún cual era su culpa, se balanceaba sobre la barcaza que surcaba el río, antes de ser engullida por la fortaleza.


Pero no había tiempo para apiadarme de su ignorancia, los palos del Quest me llamaban desde los muelles de St. Katharine para contarme su último viaje a la Antártida, al tiempo que la catedral de San Pablo brillaba con la soberbia de ser la única catedral renacentista de Inglaterra y su cúpula monocromática se adornaba con notas que surgían de su órgano para transformarse en gotas de cristal.


El aire de ensueño no me dejó inclinar la cabeza sobre las piedras antiguas, y me arrastró de nuevo con promesas de futuro para dejarme, aún con los oídos llenos de música sobre el puente del Millennium intentando ver desde allí, con los ojos del pasado, la antigua fábrica de electricidad reconvertida en un templo de modernidad.


Fui dejando un reguero de nostalgia mientras las voces de la comedia en El Globe lloraban lágrimas de azúcar por Imogene y su padre Cymbeline. El Támesis me envolvió en su capa de historia cuando cruzaba por el puente de Blackfriars gozoso al oír los cantos de los barqueros arrastrando sus mercancías de té y especias.


Y aún arropada en ellos surgió de Fleet Street ahogando sus voces con un rasgueo de pluma sobre papel y, reafirmando su condición de “calle de la tinta”, todo el pasado de una lucha por la expresión sin fronteras que me siguió como una sombra hasta el viejo Olde Chesire Cheese para oír a Dickens y Voltaire construyendo sus vidas y sus leyendas.


Y ellas me enseñaron a oír en las redondas y únicas paredes del Temple los secretos templarios escondidos durantes siglos, mientras los leguleyos en sus despachos respiraban entre papeles y el príncipe Henry observaba el bonito techo de su habitación.


La luna clara y fría suspendida bajo un cielo de cristal me encontró hablando de batallas con un Nelson altivo y olvidado. Viendo, desde su pedestal, como el oriente se desbordaba por las calles de Chinatown y Marx soñaba en Dean Street con el piano de Pierre et Victoire y la voz de “Carmen” llenando el Covent Garden.


Un crac, similar a un crujido de maderas rotas, trajo de nuevo hasta mí a los cuervos de sombrío plumaje. Unida a sus alas remonté Regent, Oxford, atravesé Hide Park, no sin antes reflejarme en las aguas del Serpentine, lágrima olvidada sobre un pañuelo verde en el interior del parque. El aire frío helaba mis labios mientras me dirigía al sur. Y allí me recibió Chelsea, nido cálido de elegancia eterna y cuidada. Como luz a través de un cristal que se multiplica en colores, las azaleas, poinsetias y ciclámenes brillaban en los jardines inmaculados, conviviendo con puertas laqueadas en blanco y llamadores de bronce pulidos.


Perdida en sus rincones mágicos descubrí, tras una esquina, lo que yo creía imposible. El Physic Garden me retaba a creer lo que negaban mis ojos. Enormes hojas de plátanos tonteaban sobre sus muros con un gran olivo centenario. La presunción de saberse magníficos e imposibles en aquel lugar, los convertía en fascinantes.


Con la belleza pegada a mi piel, abandoné a mis oscuros compañeros de viaje en busca de la mirada que prometía una Utopía “que era utópica no por ser irrealizable, sino por no haber sido cumplida todavíay, frente al río, la encontré. Envuelta en la serenidad que da el tiempo, la figura de Tomás Moro, me contemplaba majestuosa, lanzando al agua sus sueños para que algunas manos los retuvieran en el tiempo.


Cuando la oscuridad empezaba a rasgarse, igual que corta un cuchillo la seda, el viento me arrastró, como a una hoja abandonada, mientras un punto de luz iluminaba el horizonte. Los amarillos, rosas y blancos de Regent Park, me llamaban a mi cita en las colinas y me dirigí hacia allí buscando la paz de sus rosales.


Encontré el sendero que circula entre los árboles y me deslicé despacio por las colinas de Primrose acariciando la hierba que crecía alrededor . A mis pies se extendía la ciudad dormida. Brillante como recién lavada. Y sobre ella sólo real para mis ojos igual que pequeños jirones de niebla, se deslizaba la pasión que la había imaginado. Era la misma que guió a los hombre que la construyeron, Sus vidas, sus historias. Ese era el motivo por el que estaba dotada de aquella belleza cambiante, vital y a la vez serena que me había unido a sus luces y sus sombras.


Agradecí el regalo que me había hecho aquella ciudad, porque igual que ella, a mí también me había alcanzado esa pasión. Porque la pasión era lo que me había hecho escribir durante estos años que la habité y la que lo seguiría haciendo en todas las historias que yo llegara a escribir. Sólo la pasión me ayudaría a cumplir un sueño. Un sueño que en algunos momentos podía parecer una locura. La locura de reinventarme y einventar cada día la vida en mis relatos.


Cerré los ojos aspirando el aroma de la incipiente primavera. Un roce frío en mi mejilla me hizo abrirlos de nuevo para ver como las cortinas del salón bailaban una extraña danza impulsadas por el aire que apenas se colaba entre las rendijas. Diana Krall había enmudecido pero su voz aún me envolvía como una manta a rayas sobre el sofá blanco. Lamañana recién estrenada traía una luz que recorrió la distancia hasta mis manos. Las tiñó de color mientras iluminaba una brizna de hierba que tenía entre los dedos.


Recordé entonces unas palabras de Walt Whitman:


 No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo”

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¿QUE PASARIA... ?

Reflexionábamos las dos sobre el amor y sus consecuencias, sobre los recuerdos que nos marcan, sobre lo inesperado y sobre el dolor que nos reportan las rupturas y entonces, encontré esto…




 


“Hace tiempo que prometí escribirte algo sobre lo que sentía en los momentos en los que la angustia me parecía la única salida a todos estos sentimientos que se han presentado en mi vida, sin quererlos, sin buscarlos y en definitiva, sin necesitarlos. Encontrar a la persona que ha sido creada para nosotros y tener que asumir que por lo menos, aquí y ahora, no la podemos tener y desear ubicarla en algún lugar y pensar…”te quiero y eso es suficiente”. Pero... ¿dónde instalar ese amor, en la mente o en el corazón?



En el corazón no podemos mandar, en la mente sí. Y esa mente es lo que me lleva a… desayunar contigo cada mañana, a recordar tu risa, nuestras conversaciones, nuestra música, nuestra complicidad, las noches de luna y las mañanas de sol. A borrar números, a guardar libros, a no escuchar canciones, a llorar ceniza.


 A buscar sentido a una vida que siento que se me escapa, pensando que te necesito para vivir y sabiendo que estoy equivocada.  Porque, ¿sabes?


 Ya no sé si te necesito a ti o a todo lo que eras tú y algunas veces hasta me pregunto si te amaba a ti o a lo que yo deseaba… ¿qué pasaría si la situación se repitiera? Si apareciera alguien que fuera como tu, sintiera como tú, amara como tú?... ¿qué pasaría?



Pero… es posible que haya un pequeño espacio en mi mente que grita su derecho a la tristeza, a la melancolía a lamerse las heridas, a instalar allí a un imposible amor.



¡Quizás! También desde ella puedo seguir contemplando la luna y creer que nos pertenece a nosotros, puedo transformar los recuerdos y librarles del dolor, puedo seguir mirando el mar y sentir en mi espalda el roce de tus manos, puedo perderme entre la gente y buscar una mirada que me recuerde a la tuya, puedo perdonarme toda mi posible traición.


 Sí, creo que allí te guardaré en este lugar de mi mente, porque igual en ese lugar es donde reside realmente el corazón, ese lugar que yo desconocía y que he descubierto con el tiempo y el dolor.



Y de esta manera llegará el día en que no me levantaré contigo y al fin desde ese lugar me llegará una voz suave, apenas un susurro que me dirá; ”le quiero, pero ya no le necesito” y entonces estoy segura de que encontraré la paz”.


 


                                                       


 

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TONOS AZULES Y MUJERES DE DEGAS

                                                                


Lo tengo en mi mano y aún no me lo creo.

El camino ha sido largo, aunque no doloroso, para llegar a este momento.

Cuando veo sus tonos azules, una imagen de mujer, según Sonia, que le recuerda a Degás y mi nombre sobre la cubierta, siento que una etapa se ha cumplido.

Habrán más tonos azules, más mujeres de Degás, pero probablemente no viviré de la misma manera este momento.

Y… ¿sabéis por qué?. Porque este libro es el libro de mis amigos.

En él han colaborado con su atención, su ánimo, su crítica siempre leve, y su interés, muchas personas que han llegado a mi vida de una forma inesperada.

Fue cuando empecé a moverme en este mundo en el que las letras formaban palabras y las palabras relatos, cuando descubrí a Feli, Sonia, Ara, Reyes, Mayte, Mar, Eli, Carlos, Jorge, Agustín y muchas otras personas.

Algunas ya forman parte de mi vida para siempre y de otras aprendí lo suficiente para poder plasmar en mis escritos los sentimientos que me provocaron.

Por eso quiero darles las gracias a todas ellas que han  hecho posible los tonos azules y las mujeres de Degás.

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EL MOTIVO...

 Mucha gente me ha preguntado por qué escribo y qué me lleva a hacerlo.


Difícil pregunta para mí, porque nunca he podido encontrar una respuesta que fuera satisfactoria para el que me la hacía.



¿Que necesito plasmar mis inquietudes en palabras porque es una forma de tener una perspectiva ajena a mí? Es posible, pero no del todo cierto. Para eso tengo grandes amigos que me dan esa sensación de alejamiento que puedo necesitar en algunos momentos.

 ¿Que necesito que los demás me lean y satisfacer así mi ego? También podría ser posible, pero tampoco sería del todo cierto. Muchas de las cosas que escribo nunca verán la luz ni serán leídas por otros ojos que no sean los míos.

 ¿Que necesito escribir para llenar mi tiempo? Tampoco sería cierto. Necesitaría inventar los días de cuarenta y ocho horas para cubrir todas mis necesidades y las de los que me rodean.

Entonces… esta mañana así sin pensarlo, Lidia me ha dado la respuesta perfecta. La atractiva Lidia, cargada de inquietudes y búsqueda de repuestas. Me ha mirado muy seria y me ha dicho… ¿Sabes?, cuando he leído tu relato he recordado a mi madre y he vuelto a sentir todo el amor que ella nos dedicó a sus hijos. Y al final, he acabado llorando.

 Ahí estaba la respuesta a la pregunta… Ella ha sentido lo mismo que yo cuando estaba escribiendo. Y eso… me ha hecho dar nombre a la razón por la que escribo.

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