Permanezco solitario en este desierto, en este “mar de puertas”, y recuerdo al pequeñajo de Yellow Kid y como hizo aparecer aquel colchón. Lo fácil que parecía viéndole mover sus manos. Nada más lejos de la realidad, al menos de esta realidad que me inunda con lo inusitado a cada momento que trascurre mientras permanezco en ella.
Llevo rato ya intentando con mis manos hacer un vaso con agua, y una parte de ese deseo lo consigo con inefable exactitud, pero solo una parte. La de hacer el vaso de agua, pero sin agua. Estoy medio enterrado entre decenas de vasos de plástico… Y ni una mala gota de tan vital liquido deseado. Realmente se asemeja más a un desierto este paisaje que a un mar, a pesar de que el suelo sea azul y el cielo verde. Mi desesperación y crispación se ve rota afortunadamente al escuchar unos gritos emitidos por alguien que se acerca por mi espalda. Aparto de un manotazo los vasos, a tiempo de ver un aeroplano dejando una estela de humo negro conforme se pierde detrás de una loma pronunciada. Ya de pie, veo a mi interlocutor y a lo que a todas luces es su medio de transporte, un Fokker DR.I., un triplano de color rojo, con las cruces gamadas de color negro a sus lados. Vestido de piloto militar y la cruz Pour le Mérite pendiendo del cuello, se quita los guantes de piel negro y me saluda, mientras hace señal a un Gran danés que le acompaña.
-Moritz, ahí quieto.
-Es un hermoso animal, le felicito.
-Es usted un insensato o un loco. –Me dice mientras pone a buen recaudo sus guantes de piloto- ¿Cómo se le ocurre llenar todo esto de vasos de plástico? Menuda forma de perder el tiempo más miserablemente. Permítame presentarme, soy von Richthofen.
-Ah, claro. Ya decía yo me sonaba su cara. Usted es el Barón Rojo. Yo no puedo decirle mi nombre… Aquí no tengo.
-¡Por supuesto! Aunque en ocasiones yo mismo lo dudo. Desde que en 1917 recibí una bala pérdida en el cráneo, que ando con jaquecas y algo olvidadizo –Como corroborando sus palabras, Moritz suelta un gruñido apenas mal contenido- Vamos quite todo esto antes de que pase alguien más y le llamen la atención.
-Solo quería un vaso de agua… Pero no conseguí más que vasos vacíos.
-Pero hombre, no lo haga tan complicado. –Con un gesto los vasos se compactan entre si para terminar desapareciendo, mientras acto seguido hace otros ademanes rápidos y aparece una máquina. Es de esas que poniendo dinero, puedes sacar distintos tipos de bebidas calientes. Acerca un vaso al expendedor de agua fría, y tras llenarlo me lo ofrece- Beba lo que quiera y luego acuérdese de quitar esto de aquí.
-Vamos Moritz. Continuemos. La fama nos espera.
Bebo del agua ofrecida con verdadero placer y deleite. Es limpia y cristalina. Sabe a gloria bendita. Si algún día puedo contar que el mismísimo Barón Rojo, me sirvió un vaso de agua, seré un hombre tan famoso como él o más.
Ya saciada la sed, me encamino hacia la puerta que observo ostenta el símbolo de “Pi” (π) tallado en el interior del remate de la puerta a modo de frontón triangular. Destaca dentro del gablete con una luminiscencia que hace imposible pasarlo por alto. Si es como me dijeron, en su interior encontrare al preceptor.
Al atravesar el umbral de la puerta, me encuentro como si hubiera regresado a donde estaba un segundo antes. El paisaje es idéntico, pero justo enfrente hay una casa unifamiliar romana, que denota un cierto nivel económico y gusto por lo bello y ordenado. Una mujer joven, con el cabello recogido con un nudo y vestida con una túnica de lino hasta los pies y cubierta de una estola, me hace señas con su brazo derecho al descubierto, indicándome me acerque hacia la entrada principal de la casa que se encuentra elevada sobre el nivel del suelo y que está enmarcada por pilastras a sus lados. A cada lado de la puerta, dos grandes habitaciones cerradas, conforman el frontis.
-Busco al preceptor.
-Sígame por favor. Tenga cuidado al subir el ostium.
Subo los escalones con cierto cuidado, tal y como me indica; parece algo resbaladizo a causa del uso. En el corredor, que ella voluntariosamente me explica se llama vestibulum, me indica aguarde sentado en un banco de piedra a la espera de ser recibido.
Minutos después regresa con la misma calma con la que partiera y atravesamos el Atrium, consistente en un gran patio central descubierto por el que entra la luz y el aire, así como la lluvia queda recogida en un pequeño estanque central que bordeamos y que ella llama al ver mi curiosidad, como el impluvium.
-El preceptor se encuentra en el tablinum, un anexo al atrio, nada más pasar el impluvium. –Hace un gesto mohín, elevando la barbilla hacia las pinturas murales del techo; como satisfecha de lo buena guía que resulta ser-
Al fondo escucho el ruido de una fuente y diviso estatuas con rostros de cabello ensortijado y barbas bien cuidadas y largas.
Un ser increíblemente alto y delgado, sale en ese momento de una de las habitaciones. Seguro que nunca antes vi a nadie tan alto, quizás ronde los tres metros contando el gorro en forma de capirote que lleva puesto y de cuyo extremo salen hacia los lados unas extrañas formas enrolladas sobre si mismas y que terminan muchas más anchas que de su origen. Viste una toga enteramente blanca, sin adorno alguno. Solo el gorro ostenta símbolos en relieve que nada me indican. En los pies lleva unas sandalias que tamizan sus pesados pasos en la estancia.
-Bienvenido a mi Domus.Ven, estaremos más cómodos para hablar en el tablinum. Lo que ves son estatuas de mis antepasados. Son mis ancestros más ilustres y que aquí honramos.
El tablinum era una sala amplia, de techo alto como era de esperar después de ver al preceptor. Cenefas de formas geométricas, decoran y rematan en distintos colores el suelo de mármol verde y las paredes con magníficos frescos pintados de seres semejantes a él y rombos grandes oscuros enmarcados en cuadros blancos. Es un espacio grande para pasear, el cual ha de estar concebido con esa idea, ya que no tiene asientos como los de piedra del vestibulum. Aunque me siento un enanito a su lado, no siento miedo alguno. Al revés, me inunda una sensación de paz y de confianza el estar cerca de él.
-Bien, dime pues cuales son tus dudas. Intentaré aclarártelas.
Su rostro muestra la disposición a que así sea, y en ese preciso momento me asolan todas las dudas habidas y por haber. ¿Qué es lo que realmente quiero? ¿Alguna vez lo he sabido? Sus ojos de un azul puro intenso, me interrogan, aguardan mi pregunta desde su silencio.
-¿Dudas? Simplemente déjate llevar por lo que te indique tu corazón, el te sabrá llevar.
-Creo que desde que llegué aquí, mis preferencias han ido cambiando. No se quien soy, de donde vengo… Ni tan siquiera como me llamo.
-¿Y para ti es importante el disponer de un nombre? Yo no te dije nombre mío alguno, y sin embargo me encontraste. Quienes dejan huella en su realidad con sus actos, son recordados con un nombre. Incluso aquí, en esta realidad encontrarás quienes lo tienen. Tu has tenido distintos nombres y has sido distintas personas; obrero, artista, anarquista, político, mesonero… ¿Cuál de todos te gustaría ser? ¿Qué nombre deseas conocer? Si es importante para ti te lo diré.
-El último. Aunque no deseo saber que era lo que hacía… Quizás no me gustase.
-Daniel. Tu nombre era Daniel. Es hermoso. ¿Te agrada?
-Si, como Daniel y los leones. Su gran fe le libró de ellos.
-Así es. Daniel el profeta. También conocido como Beltsasar. Consejero del rey Nabucodonosor, al interpretar su sueño y que le llevo a nombrarle prefecto principal sobre todos los sabios de Babilonia.
Continuamos nuestra charla en dirección al huerto, dejando atrás las antorchas, velas y lámparas de aceite que iluminan la vivienda. Los pájaros permanecen en sus ramas, impasibles ante nuestra presencia,, trinando a modo de saludo con sus mejores cantos. Es un momento inolvidable, cuando iluminado por un sol propio del mediodía, decenas de mariposas de todos los colores y tamaños, hacen su aparición como por arte de magia y se empiezan a posar sobre sus brazos y caperuza, desprendiéndose en su vuelo de pequeñas partículas brillantes que semejan estrellas titilantes.
-¿Sorprendido Daniel?
-Es un domus muy hermoso el que tienes, preceptor.
-Gracias. Aquí es así, al otro lado de otra puerta es distinto. Cada realidad conlleva a un mundo diferente.
Una mariposa con alas amarillas y negras se aviene a mi persona posándose en mi hombro izquierdo, mientras un jilguero todavía joven, salta a otra rama más alta del frondoso jardín.
-¿Por qué estoy aquí? En Mura. –Le pregunto-
-Aquí solo vienen quienes han terminado su cometido en vida en otra realidad o quienes buscan su cometido en la vida. Puedes estar muerto y ser este un estado de paso, puedes acaso haber terminado tu propósito en tu última realidad. En todo caso, es algo que has de averiguar tu solo.
-Pero no tengo apenas recuerdos…
-Daniel, tu eres lo que desees ser, el universo trabaja para ti en la medida que tu le pides lo haga. Tú marcas tu destino. En mi realidad de este preciso momento, yo no veo mariposas como las ves tú, sino seres a los que en otras realidades les llaman hadas. A ti te ha parecido bella mi morada, por el simple hecho de que tú la has recreado así. Cada paisaje, cada puerta, no es más que la realidad aparente de lo que tu estás deseando que acontezca. No te has dado cuenta, pero ahora vas vestido como un senador de la antigua Roma, y sin embargo yo te sigo viendo como cuando entraste aquí. Vestido con un pijama a rayas –Hace un alto en su andar y eleva el brazo descubierto. Toma aire y sopla. Y las mariposas al recibir su aliento se multiplican en el doble o triple de las que eran y elevan su vuelo- ¿Crees en el destino? ¿Piensas que está ya establecido lo que ha de acontecerte?
-Nunca lo he tenido claro… Y ahora menos aún. Pero intuyo que al menos una parte de mi destino la puedo escribir yo. ¿Existe Dios?
La huerta, el prefector, toda la domus; todo comienza a desvanecerse ante mi presencia ante una luz blanca. El hombre que me ha dado respuestas, se despide con la mano abierta y una sonrisa beatífica. Antes de desaparecer todo y regresar al otro lado de la puerta, me parece ver decenas de hadas en el lugar de las mariposas.
-Adiós prefector.
-Adiós Daniel. Suerte En tu búsqueda.
Soy feliz, por algo tan simple como el saber que me llamo Daniel.
En el cielo veo al Barón Rojo haciendo piruetas circenses subido en su triplano. Sonrío a von Richthofen y le saludo con la mano; él también tiene una búsqueda.
Cruzo la puerta y allí, al otro lado, lo que hay es un puente colgante, el puente colgante de Brooklyn suspendido por sus cables de acero, por lo que esta parte debe de corresponder a Manhattan y al otro lado a Brooklyn, ambos barrios de Nueva York. Es de noche y las luces de la ciudad impiden toda visión con el firmamento; si hay estrellas ahí arriba no se pueden ver, pero sin embargo, al poco de acostumbrarse mis ojos al repentino cambio de luz, me doy cuenta de que una situación peculiar, divertida e inquietante se está produciendo. Con las manos en los bolsillos pasea amigablemente ese actor y director de cine que tiene apellido de llave de esas en forma de siete; ahora lo recuerdo, Allen, Woody Allen. Su compañera de paseo sin embargo, no me cuesta de reconocerla, la dama que le acompaña es la Muerte.
Woody viste con ropa de footing de color gris marengo con rayas laterales color rojo. La dama, bastante más alta y delgada, luce su atuendo de capa negra con capucha y guadaña de mango a juego. O estoy en otra realidad distinta a la mía, o pasan olímpicamente de mí como la boñiga de una vaca. A pesar de ello me uno a “La extraña pareja” y pongo toda mi atención a lo que dicen mientras les acompaño por el puente en total silencio.
-Hace tiempo que quería darte el pésame por la muerte de tu esposo –Dice Woody Allen- Aunque no se si tú tendrías algo que ver con eso, pero debías de quererle mucho, ya que conservas el luto después de tantos siglos. Realmente con los tiempos que corren hoy en día y las crisis económicas, tienes suerte de tener un trabajo indefinido, con una clientela que nunca se queja del servicio ofrecido.
-No creas. Tampoco es para tanto. A fin de cuentas, no tengo nunca vacaciones… Ni siquiera un mal convenio al que acogerme.
-Bueno, pero eres la delegada sindical, de los llamados cuatro jinetes del Apocalipsis, algunas horas sindicales si que te cojeras para tus cosas.
-No creas, la Peste, La Guerra y el Hambre, siempre están pendientes y no me quitan el ojo de encima. ¡Que si las horas las utilizas para ti! ¡Que si te las pones luego como horas extras! Un asco, chico.
-¡Oh! Y yo que pensaba que te pegabas una gran vida…Bueno, quise decir una gran muerte.
-Que va, que va, para nada… Recuerdo con nostalgia las dos grandes guerras… -La Muerte eleva los brazos hacia el cielo nocturno, a la par que mira sonriente hacia la luna y se escucha el frenar y chocar de un coche contra otro- Esos si que fueron buenos tiempos, los cuatro jinetes mano a mano, en plena actividad. No como ahora, que ya ves…
La Muerte deja caer su huesuda mano de largas falanges sobre el hombro derecho de Woody Allen y se detiene ya cercano el final del puente mientras aprovecha para limpiarse las gafas con un pañuelo de papel que saca del bolsillo.
-¿Sabes, Woody? Con el tiempo la guadaña va pesando cada día que pasa más –Aprieta su mano en el hombro, dejando escuchar un ruido de huesos entumecidos- Y más…
-Mi psicoanalista me cobra 50 pavos la hora, para luego decirme que vista de colores alegres porque yo soy un tipo gris y mediocre medio cegato. Quizás tu también podrías cambiar de “look”. Ponerte una ropa blanca con su capa; ya sabes que el blanco siempre hace más llenita a la vista -Woody se sube las gafas al puente de la nariz en un gesto estudiado para enfatizar sus palabras eruditas- Y el calzado, no sé… Quizás algo parecido pero de firma, tipo Ed Hardy pongo por caso. De diseño. Por una vez que te rasques el “bolsillo”, metafóricamente hablando, claro… Algunos ahorrillos has de tener por ahí… En todo este tiempo…
Se ponen en marcha otra vez, mientras yo me voy quedando más atrasado y escuchando como se aleja el sonido de la guadaña al golpear en el suelo a modo de cayado. Todavía consigo escuchar sus últimas frases, ya algo amortiguadas por la distancia y el ruido ambiente.
-Estoy pensando Woody, en cambiar la guadaña por algo más ligero y actual, más infernal… No sé si me entiendes…
-Quizás un desintegrador a modo de acelerador de partículas, que se ilumine de azul al ser usado…
-¿Y que te parece si me pongo un mp3 y bailo un rap dando vueltas por el suelo?
-Oh, veo que estás cogiendo la idea, amiga mía. Te dejo que he quedado con mi psicoanalista y si llego tarde es capaz de dejar pasar a otro y cobrarme la visita igualmente. Te veo luego, ¿Eh?
-Si Woody, de seguro nos veremos.
El camino de regreso a la puerta de entrada por el puente de estilo neogótico más largo del mundo, va a ser me temo muy aburrido. Atrás queda piedra caliza, granito y cemento, mientras abajo yacen las aguas oscuras del East River.
Aquella pizza me supo a gloria bendita, no solo por lo sabrosa y suculenta que estaba, tan crujiente, y calentita, si no porque no habiéndola pagado, aún la disfrutaba mucho más, por no mencionar el hecho, de que había perdido la cuenta de cuando fue la última vez que había comido algo. Con la necesidad ya colmada y el espíritu más dispuesto a la aventura que pudiera acontecer a partir de ese memorable momento, me decidí a darle un final bien merecido: Echar una buena y majestuosa siesta. Al fin y a la postre, ya iba preparado con el pijama puesto.
El paisaje en esta ocasión, haría las delicias de cualquier director de cine americano y llevaría probablemente a la más completa ruina a cualquier otro que no lo fuera, de intentar llevarlo a la pantalla grande. Frente a mi, unos campos de distintos colores y tonalidades en todo un abanico de ocres y sus respectivos degradados, mezclados a su vez con doradas hierbas refulgiendo ante ese sol de lamedia tarde propio durante la primavera, que las iluminaba y contrastaba en sus contornos mientras eran mecidas por un suave y discreto viento céfiro. Separados entre sí por grandes distancias, se muestran mayestáticos algarrobos y olivos, los cuales se elevan a partir de la altura de la rodilla mía sin llegar a tocar el suelo con sus raíces. Es hermoso a la par que curioso el contemplar por vez primera las grandes distancias que pueden llegar a alcanzar las raíces de estos árboles. Paralelas al suelo se dirigen hacia todos los puntos cardinales a modo de un enigmático reloj cuyos radios de los minutos estuvieran formados por raíces estrechándose conforme se alejan del tronco. Con cuidado, paso entre unas de ellas y llego junto al grueso tronco de un gran algarrobo. Me acomodo lo mejor que puedo entre sus fuertes brazos mientras mis pies caen entre dos raíces. Lo último que percibo antes de quedar dormido es el calor de un rayo de sol que se filtra entre sus ramas y juguetea en mi rostro, mientras una brisa de aire agradable me susurra al oído en un lenguaje que desconozco pero que invita a dejarse llevar y cerrar los ojos.
No se el tiempo que ha transcurrido, acaso el necesario para descansar y retomar fuerzas. Curiosamente no recuerdo haber soñado nada, o al menos no tengo esa sensación. Es posible sea ahora cuando comience a hacerlo, o quizás no he despertado de esa siesta reparadora junto al algarrobo y siga soñando dentro de este mundoenigmático. Me descuelgo de entre las raíces de un pequeño salto y estas recuperan su postura natural de un modo suave y silencioso.
Mirándome con una gran boca abierta que sonríe mostrando dos hileras perfectas de dientes blancos, se encuentra un niño vestido con una camiseta amarilla de manga larga que le llega prácticamente hasta los pies. Va descalzo y su cabeza sin una melena que le camufle sus grandes y redondas orejas, aún hacen que se vean más grandes y despegadas de su cráneo. En cambio, sus ojos diminutos dicen a la legua de que ha de tratarse de un diablillo muy espabilado. Es una especie de monje enano, cabezón y amarillo. Me saluda con la mano y señala su camiseta, babero, camisón o lo que sea que lleva puesto. En su pecho puedo leer: Hola, amigo, soy Yellow Kid.
Parecerá una tontería, pero intento decirle mi nombre y no puedo. Lo he olvidado. No lo recuerdo, y lo que es peor… Ni conservo una vaga idea de donde vivía antes de llegar o aparecer aquí. Su camiseta de pronto sufre una alteración, y el texto que había antes desaparece y aparece otro: No te preocupes por no poder decirme tu nombre, en MURA nadie lo recuerda si es humano.
En verdad me quedo perplejo ante lo que leo y veo. Realmente ha de ser un dibujo el niño, pues no lo veo en tres dimensiones, sino en dos. La camiseta se llena de letras de Ja ja ja de distintos tamaños en coordinación con los gestos de risa que hace Yellow Kid.
Con la tranquilidad que da el saber que uno debe de estar perdiendo el juicio, le pregunto que es Mura, mientras me acerco más a su personilla y me pongo en cuclillas para leer mejor. La camiseta, me contesta: Multi Universo de Realidades Alternativas. Odio tener que reconocerlo, pero se lo han “currao” con el nombrecito. Ahora me encuentro más perdido que nunca y me asalta la duda de si no estaría mejor siendo un personaje con una dimensión menos, pero con nombre y apellido, y una camiseta amarilla transcribiendo mis pensamientos. No quiero ni pensar lo que pasaría si esa camiseta llegara a conocer el interior de una lavadora automática.
Parece mentira, pero desde que ando por Mura, es el primero con quien consigo averiguar cosas y saben donde me encuentro y como se llama, aunque realmente no me sirva para nada. El pequeñajo es muy simpático el condenado, y le he tomado afecto. Le voy a extrañar a él y a su camiseta amarilla. Antes de irse me dijo que he de buscar un preceptor para que me diga que hago aquí, porqué estoy y no se cuantas cosas más. A lo que se ve hay muchos y son relativamente fáciles de encontrar, basta con mirar el frontis de las puertas. Si está alguno al otro lado, aparece un símbolo en ella a modo de “P” griega. La “P” bien podría ser de “Puñetero”, pero me da que es por lo de Preceptor.
Antes de irse Yellow, me preguntó como es que había dormido entre las ramas; se extraño no lo hiciera sobre algo mas confortable como una cama, le expliqué que me habría gustado, pero que no había ninguna a la vista. Se rió de lo lindo al oírmelo decir, y me dijo su camiseta que se podía con la mente conseguir lo que se quisiera. Juro que hizo unos gestos con las manos, como si dibujara una caja en el aire y apareció una cama, aunque eso si, en dos dimensiones.
Llego ante una puerta que me resulta un tanto curiosa; no es que todas las demás puertas no resulten atractivas y conlleven a una curiosidad más allá de toda lógica, es que en esta puerta en concreto hay un cartel con un texto escrito en un sin fin de lenguas y símbolos, todo ello, para indicar únicamente un aviso a quien desee cruzarla: “Entre sin llamar”.Puestos así, no me hago de rogar. Empujo suavemente y la puerta cede como si no pesara nada y fuera sumamente liviana.
El paisaje que contemplo ante mis ojos ha cambiado y en mucho. El suelo se nota bajo los pies, es firme y liso, pero no se puede ver. Una especie de neblina de apenas medio metro de espesor, se encarga de mantenerlo oculto de cualquier espectador, aunque quien sabe, igual no es una función y sí otra, y simplemente está allí porque no puede estar en otra parte. Por lo demás, el sitio es todo hacia el color blanco, carece de paredes y de horizonte. En otras circunstancias habría deseado saber como lo habían podido conseguir, pero este hecho queda al menos apartado ante la presencia de gente trabajando allí mismo. Decenas de mesas separadas equidistantemente entre si de forma matemática, dan soporte a los equipos informáticos con aspecto de última generación que son utilizados por tantos otros sujetos. No hablan entre ellos, no se miran; es como si no existiesen los demás, y quizás sea así, pues son todos de un mismo aspecto; el cual no es otro que ropa blanca –pantalón o falda, según sean hombre o mujer- zapatos o similar color niebla, ya que no se pueden ver y unas elegantes gafas de cristal o materia similar inorgánica, cuyo color, como no podría ser otro es el blanco. En esta situación tan carente de pluralidad de colores, creo se podría decir sin temor alguno, que mi presencia en pijama de rayas, es algo así como el ir vestido de etiqueta y perfectamente conjuntado.
Paso entre las mesas intentando fijarme en lo que hacen; todos tocan sus pantallas táctiles y cada vez que apartan los dedos, queda como un halo luminiscente, similar a las ondas dejadas por una piedra al chocar contra el agua de un río. Como ya podía imaginar sin sorprenderme por ello, no me hacen ni caso. Acaso por ello el cartel de la entrada… Si llamas a la puerta nadie iría a abrirte.
Igual que destacaría una fresa bien roja sobre un recipiente lleno de nata, así mismo descubro mirando hacía donde no hay fondo, a quien tiene toda las trazas de ser un repartidor de pizza. Lleva cuatro cajas blancas como su uniforme, a excepción de su gorra de color rojo “Me estás matando”, y se adivinan con un contenido caliente.
- Jefe, como se den cuenta de que va vestido llamando la atención… -Me dice el chico-
- ¿Llamo la atención? ¿Es eso un problema?
- Pues claro tío, ¿no ves que tus rayas distraen? Qué quieres ¿Que la “pifien”? ¿Qué metan la pata y se vaya todo al garete? La marcha del mundo… depende de ellos –Se levanta la gorra, se rasca la coronilla y continúa acto seguido con voz sibilina- ¿Pero tú de donde sales, colega?
-Bueno, yo… Solo buscaba algo de comer…
-Amigo, ellos se encargan de que todo funcione. Un fallo y adiós a las puertas –Lo dice llevándose la mano libre a modo de cuchillo y pasándola velozmente por el cuello. Se terminaría todo, y eso no es bueno.
-No sería bueno no. Mejor me voy. Por cierto, ¿Me podrías fiar una caja de esas…?
-¿Una pizza? ¿O eres uno de esos locos que coleccionan cajas? Porque hay cada uno…
Mira te regalo esta como oferta de la casa, a modo de degustación. La próxima vez que te vea, me pagas la siguiente.
-Gracias. Una cosa más, ¿Cómo salgo de aquí?
-Menuda pregunta. Por la puerta. Aunque también tienes el ascensor… Pero eso igual no sería bueno…
-No. No sería bueno.
Me despido con un pequeño gesto universal realizado con la mano, conocedor ya de que aquí, sea lo que sea “aquí”, nada funciona como debe o al menos como yo conozco.
El olorcillo a una pizza “Dos estaciones y tres cuartos” recién hecha, me inunda mis papilas olfativas mientras cruzo la puerta.
Esa puerta haré bien en no abrirla y mucho menos en cruzarla. Me pellizco la mano con el consiguiente resultado obvio y consabido: Me he hecho daño como un completo mentecato. Sabía me haría daño si me pellizcaba; y aún así lo hice. ¡Que memo! Ahora tengo un bonito hematoma y ninguna señal de que esto pueda ser un sueño. Si al menos hubiera un bar cerca donde tomar algo… Aunque tendrían que fiar a un hombre en pijama a rayas y no recuerdo ser conocido en la zona.
Me decido finalmente por la puerta inmediatamente colindante, no sin antes tronchar una rama de uno de los árboles para me sirva de apoyo y defensa. He conseguido romperla y ya en la mano calculo cuanto medirá de largo. Estoy pensando para qué demonios quiero saber ese dato o a quien le puede importar. No creo venga aquí –sea donde sea, aquí- un señor vestido de traje negro y corbata roja, diciendo que es de los premios Guinness y que viene a medir la varita por el caso de que hubiese batido un record mundial.
Tras este argüir, que diría Borges, decido no demorar más el cruzar la puerta, pues a lo lejos consigo vislumbrar a un hombre de mediana edad con sombrero de paja, que blandiendo un callao de los que quitan el hipo –Otra vez vuelvo a calcular lo que medirá ese bastón que esgrime- Me hace gestos inequívocos de estar airado, exasperado. Cruzo la puerta ya abierta y veo de soslayo como corre duna abajo persiguiendo la boina que se le ha volado.
Estoy al otro lado de la puerta, o quien sabe, igual es la puerta la que está al otro lado mío, de cualquier manera, digamos que estoy donde antes no estaba. Hace más calor, y eso me lleva a pensar si estaré enfermo. Me toco la fiebre para ver si tengo frente. Ya se que no es razonable y que no es así como se hace, si no al revés. Pero aquí, donde estoy, no semeja ser raro hacerlo así. De ser extraña mi actitud, más se podría decir respecto al conejo con gafas de sol de “Dior” y un piercing en cada oreja que asoman bajo su sombrero de copa impoluto y negro. Sus patas son bien grandes, fuertes y cuidadas. Su rostro resulta simpático, quizás por el hecho de ser un dibujo animado y sus colores muy vivos. Su cuerpo está contorneado por una línea negra, de un grosor de unos… Bueno, no importa. El caso es que se detiene junto a mí humilde y perdida persona. Está buscando una pared de fusilamiento; llegará tarde si no la encuentra pronto y no es eso lo que quiere. Él es un conejo suizo y por tanto siempre llega puntual a sus citas, aunque en esta ocasión –y última a lo que parece- sea su propia ejecución. Intento preguntarle a mi vez, donde nos encontramos o si al menos hay algún bar cerca donde hacerse un pinchito de tortilla y después un “simpa” –Un sin pagar-, pero el maldito conejo no escucha, mira el reloj gigante que lleva en la muñeca, a cada momento y no atiende a razones ni a nada. De hecho he intentado explicarle que debe buscar como “paredón de fusilamiento en Google” y no como pared, pero el muy cretino sacando una zanahoria del aire, se la come mientras me dice que es una pared de fusilamiento, porque no es una pared grande para muchos, sino para uno solo. Me da las gracias y se despide corriendo, cruzando otra de las puertas a mi vera. Por un segundo juraría haber visto un gato rollizo a rayas anchas horizontales, de una medida aproximada de… bueno, da igual, el caso es que sonreía con una boca de oreja a oreja. Me enjugo unas gotas de sudor en la frente, con la manga de la camiseta. Al bajar el brazo, es increíble lo que ocurre, un señor vestido de traje negro y corbata roja, se acerca sacando un metro.
Se perfectamente que parecerá una idiotez, de hecho muchas historias terminan en sus últimas líneas con que todo lo acontecido a sido un sueño, pero la realidad es que de pronto me he encontrado aquí, ni siquiera se a ciencia cierta si me termino de despertar o me he materializado aquí de repente por arte de “birlo birloque”, ni que decir tiene que si me he dejado a medio comer, un plato de carne de Kobe, con un vino de Château d’Yquem 1787 y en compañía de una pelirroja impresionante, tampoco lo recuerdo; aunque al menos espero haber desaparecido antes de haber pagado la cuenta. Bien pensado es improbable haya ocurrido esa situación… Ahora que me fijo en mi mismo, al sentir una pequeña corriente de aire que me entra por el camal del pantalón, subiendo un tanto gélida hacia la goma de la cintura. Cualquiera diría pues, que es un sueño, pues voy en pijama a rayas como el niño del irlandés Jhon Boyne, pero a los pies llevo unas grandes y calentitas pantuflas con unas graciosas orejas largas de conejito Boony. Afortunadamente estoy solo, no se ve a nadie. Ni cerca ni muy lejos, y por lo que veo puede ser eso bueno, al menos nadie me preguntará que hago aquí vestido de pijama y sin un teléfono móvil de pantalla táctil cuando menos, ya que sería complicado, por no decir que imposible el explicarlo, no la presencia del pijama claro, sino la ausencia del celular. De todas formas me da de que por aquí no debe de haber cobertura y a saber cual será el prefijo. El paisaje en cuestión que vislumbro ante mi es hermoso, sobre todo por lo inusitado e inaudito que resulta de su contemplación. El cielo, desnudado de nubes, es de color verde yerba, de esa que ponen los ejecutivos en sus despachos para jugar al mini golf y que no requiere de ser regada ni podada. Bajo mis pies y a modo de alfombra persa, una autentica hierba descansa en ese momento. Es de color azul; azul “celeste” y frente a mi y alrededor, hay flotando a unos veinticinco centímetros del suelo un número indeterminado y quizás infinito de puertas. Todas se ven cerradas a pesar de que detrás de ellas no hay nada, solo más hierba azul y más puertas. Sus pomos varían en formas y materiales, lo mismo que su ancho, molduras, estilos; (algunos de otras épocas remotas) e inscripciones pintadas o talladas en lenguas desconocidas, al menos para alguien que viaja en pijama. Pienso puedan ser conjuros o adivinanzas secretas para poder cruzarlas e ir al otro lado, aunque la verdad que maldita tontería el querer hacerlo, el querer atravesar aunque sea una de todas las que hay. El ser humano es curioso por naturaleza, y coincidencias de la vida, yo también lo soy. Al fin y al cabo no tengo mucho que hacer ahora mismo, por lo que opto por intentarlo con la segunda puerta que está un poco más a la derecha; más que nada porque esa no ostenta gárgolas como las hay en otras y que me imponen un cierto respeto más que considerable.
Antes de llegar a mi objetivo, justo la inmediata a mi puerta por su lado izquierdo se abre y sale corriendo un cerdo, seguido de cerca por Harpo y este a su vez seguido por Chico. Ambos están tal y como los recuerdo del cine… A blanco y negro, sin un ápice de color en brazos y semblante, sin embargo, mientras escucho la bocina que hace sonar Harpo a la vez que se sujeta el sombrero de copa con la otra mano, vislumbro no sin cierta emoción propia de alguien que hace rato que no ha comido nada, de que el rollizo e inmenso cerdo es totalmente verde claro. Distraído y con la boca todavía abierta, intuyo la presencia a mi espalda de alguien vestido con levita negra y un gran bigote negro pintado bajo la nariz, a modo de esas tiras negras que se ponen en las fotos y vídeos para que no sean reconocidos sus legítimos propietarios.
- Bonito traje amigo, parece un pijama a rayas. ¿No tendrá fuego? Este puro no hay forma de encenderlo. Conteste a la segunda pregunta –Dice esgrimiendo un puro falso de utilería y atrezzo.
- Pues no llevo. He debido de dejar el encendedor en el otro pijama.
_Una pena, nos hará falta para la trufa blanca.
-¿La trufa blanca?
-Si amigo, el cerdo de Harpo… Quiero decir el cerdo que es de él, claro; ese bello verdunante y tunante, nos llevará con su inestimable y certero olfato ante la presencia de la trufa blanca.
En ese momento, vuelven Harpo y Chico perseguidos por el cerdo y conforme cruzan la puerta por la que salieron, desaparecen. Groucho elevando sus discretas cejas de tres dedos de ancho por cuatro de largo y encorvado, hace una reverencia y encasquetándose su majestuoso sombrero bajo su única neurona, hace mutis por el foro. Extraño mundo este, si, pero divertido.