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mequedalapalabra


Cuento Insoluble (8)

 


Crucé la puerta que me indicara Louis Lumiere para dormir con placidez. Un rato antes hablamos un poco, lo hace con vehemencia de sus gustos, aficiones y anhelos, de la vida en sí. De su boca de labios perfilados, descoloridos y medio cubiertos por un bigote o mostacho un tanto descuidado y lacio, brotan palabras atropelladas, palabras con timidez a la vez que con entusiasmo. Habla de el Cinematógrafo, el invento, y arrastra las sílabas cuando pronuncia el nombre de Edison ; suelta algo así como “Ese viejo loco, algún día verá la luz…” Finalmente, mientras él se quedaba haciendo lo que según decía, eran encuadres fotográficos mediante el empleo de las manos en una unión a modo de marco, uniendo los pulgares a pocos centímetros de su cara y con las palmas vueltas hacia el exterior, yo me despedí en busca de ese buen reposo del que me hablara apasionadamente.

 

-Igual te encuentras con Auguste, él es dado a descansar allí. Es mi hermano.

 

-Con las ganas que tengo de dormir, dudo me de tiempo a ver a nadie. Pero si lo viese le daré recuerdos. Descuida.

 

-No, no. mejor si le ves, no le digas nada. Es dado a distraerse y a hacerme perder el tiempo con cosas intrascendentes. Si no te veo cuando salgas, suerte con la biblioteca de Mura.

 

-Bien. Gracias Louis. hasta la vista pues amigo.

 

El descanso me sentará bien, necesito recordar lo que se siente al dormir imbuido, saturado en la noche y vestido de ella en todo su esplendor, con millones de estrellas haciendo las veces de lentejuelas brillantes en su traje negro de gala. Es una sensación única dormir flotando; aunque piense en una cama confortable y mullida no logro visualizarla, hacerla física ante mí, pero a pesar de ello siento que está presente aunque yo no sea capaz de distinguirla. Desconozco el porqué, pero antes de quedar dormido escucho como suena y se propaga por el infinito una música conocida y olvidada; “Sin ti”, de María Karey. Con ella me rindo y cierro los ojos con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Cuando cruzo el umbral al despertar, levanto los brazos al verde cielo y contemplo sus dos soles, uno más grande que el otro, pero igualmente hermosos ambos, igualmente bellos. En Mura se les puede mirar directamente sin quedarse cegado. Si aquí hay un dios o un ser análogo, ha pensado en todo, incluso en un detalle tan nimio como ese. Sonrío al pensar lo mal que lo tendrían en Mura los comercios de ópticas si quisieran vender sus productos aquí.

 

Quizás sea una señal, o quizás no, pero la mariposa de alas brillantes que se a postrado de pronto en una flor de grandes hojas violetas a modo de campana, me a recordado a alguien y a un sitio concreto. El preceptor y su domus.

El camino a la domus es gratificante, un aire fresco con olor a azahar me acompaña a cada momento, mientras el musgo azul se abre a mi paso facilitándome mi trayecto.

Como la vez anterior, soy recibido por la misma mujer joven, vestida con una estola o palla (*) sobre la túnica, muy idéntica o similar a la usada la vez anterior . Me saluda y me invita a pasar.

 

-Permítame felicitarle por su peinado, el trabajo con las trenzas es excelente.

 

-Gracias Daniel.

 

Me doy cuenta conoce mi nombre, cosa que la otra vez no se lo llegué a decir. Bajo la mezcla de polvo de tiza y plomo con que va maquillada, y el color rojizo obtenido de los posos del vino para las mejillas y labios, puedo adivinar se ha sonrojado un poco ante mi atrevimiento. Detenido un momento observándola, me llega el fino olor a aceites y tónicos de los usados para estimular el crecimiento del cabello en la antigua Roma, para proporcionar suavidad y brillo. Tiene un rostro simétrico, agradable a la vista, que resalta con el cabello teñido de negro y las cejas y pestañas ennegrecidas con cenizas o quizás polvos de antimonio.

 

-El preceptor te espera. Continuemos. Aquí hace algo de fresco a estas horas.

 

            Al fijarme en el broche del hombro, caigo en la cuenta de que puede estar casada y ser ese el motivo de su azoramiento. Aprieto el paso para no perderla, aunque sus pasos hacen un tenue ruido a causa de las suelas de corcho que impiden dejar de saber donde está.

 

 

Llegamos al tablinum y la joven se aleja discretamente sin mediar palabra. Allí se encuentra sonriente y con los brazos extendidos el preceptor, que luce una dalmática blanca y amarilla, de manga corta hecha de seda. Juraría que ahora aún es más alto que cuando le conocí tiempo atrás… por encima de los tres metros, estoy casi seguro.

 

 

-Bienvenido a mi Domus, amigo Daniel. Mi corazón se alegra de verte y saber de ti en persona, pues información me llega y mucha de tus andanzas en Mura.

 

-Gracias preceptor. También es júbilo para mi el veros, pues son muchas las veces en que me he acordado. ¿Paseamos?

 

-Sea, Daniel. Tú dirás lo que te trae a mi presencia.

 

-En Mura, no muy lejos de la Puerta de la Noche, se han iniciado obras…

 

-¿Te refieres a la construcción de la Biblioteca? Sé de ella, No te extrañes, hasta aquí y más allá de estas puertas, han llegado noticias de su construcción mediante procedimientos… Digamos poco habituales. Usanzas arcaicas de otras épocas y mundos, que requieren de destreza, fuerza, cálculos aritméticos y tesón.

 

-Entiendo que resulte inusitado, cuando solo con desearlo se puede…

 

-Lo se, lo se, Daniel. Has batido algo parecido a un record en Mura, la Biblioteca será genuina, auténtica, original. Has conseguido que decenas, cientos de personas, de seres de infinitas alternativas acudan a su construcción y a todo lo relativo a ella. Les has dado un objetivo, una meta por la que luchar.

 

-Es posible. pero ahora tengo el peso de la responsabilidad por ello. ¿Y si sale mal? ¿O se derrumba?

 

-No temas por ello, Daniel “El Auténtico” o Daniético, como te han puesto los metalingüísticos de este mundo. Así es como te llaman los que saben de tú empresa. Este nombre lo ganaste en esta realidad, ya te pertenece, amigo mío.

 

-He venido en busca de consejo, preceptor.

 

-Tú dirás pues, que es lo que te aflige. Pero ven. Sígueme. Tengo una sorpresa para ti.

 

            Recorremos unos metros más por el suelo de mármol verde del tablinium, llegando a una pequeña columna de algo más de un metro de alta. Sobre ella descansa, lo que se adivina envuelto una figura.

 

-Mira, lo ha modelado Zaraida.

 

            Con parsimonia, siendo conocedor de la expectación suscitada en el momento en mi persona, retira el paño húmedo que cubre la obra, con un estilo propio de un mago en plena representación ante su público más selecto. Allí, ante mí, luce en todo su esplendor un busto a tamaño real, realizado con un material desconocido que parece gozar de las características propias e inherentes de la arcilla. De color tenuemente verdoso pistacho y con partículas o filamentos amarillos semi fosforescentes, distribuidos aleatoriamente por todo él. Me representa a mí, al menos a como me recuerdo era antes de llegar a Mura, pues aquí no abundan los espejos donde dejar volar la imaginación y acaso algún guiño o promesa de amor por cumplir.

 

¿Somos como nos vemos? ¿Nos vemos como nos sentimos? –El preceptor interrumpe mis pensamientos ya lejanos del fundus.

 

-Como verás, Zaraida tiene un talento muy especial para el arte. Lo ha modelado con sus propias manos para ti.

 

-Nunca me había contemplado tridimensionalmente. Es una experiencia única y gratificante que nunca olvidaré. Dale mis gracias y enhorabuena si no la veo antes de partir.

 

-Así lo haré. Ven. Salgamos al peristilum y tomemos asiento un rato si no te molesta este pequeño fresco.

 

Tomamos asiento bajo unos tupidos árboles de hojas perennes bicolores; por un lado tienen matices anaranjados, y por el otro violáceas. Permanecemos unos segundos, o quizás, no se, minutos, contemplando absortos el increíble milagro de la puesta inigualable de los soles.

 

-Dime pues, Daniel. Te escucho.

 

-El otro día, tras la Puerta de la Noche, soñé con una historia que me a traído hasta tu presencia. Me vi a mí mismo recorriendo lugares nunca soñados, distintos a todo lo conocido aquí o sabido de otros tiempos. Allí, en medio de un paraje, llegaba ante un anciano de cabellos largos y blancos como perlas, el cual me hacía entrega de una pequeña bolsa. Tiempo después, en otros parajes como los de Mura, observaba en mi sueño como en la tierra que pisaba, comenzaban a germinar pequeños brotes verdes, los cuales de pronto comenzaban a crecer y crecer ante mis ojos asombrados y abiertos como platos.

 

-Entiendo, tu corazón ilustra tu subconsciente enviándole mensajes de lo que te preocupa en estos momentos. Así como la Biblioteca solo depende del buen  hacer de quienes participan en su elaboración, así igualmente el que existan bosques auténticos, depende únicamente de que se planten las semillas correspondientes.

 

-Y supongo obviamente, aquí no hay tiendas virtuales donde hacer un pedido…

 

-No. No hay de eso aquí en Mura, ni siquiera parecido, pero empiezo a argüir que mi amigo Daniel va hacer algo por remediarlo.

 

            No contesto. Se bien no hace falta, pues él ya sabe la respuesta y mi corazón también. Ambos latimos en ese momento al unísono. Contemplo un tanto absorto y obnubilado como un grupo de hojas del árbol más cercano se desprenden de la rama fruto de un breve golpe de viento. En remolino giran y giran ante mí como negándose a caer divertidas por ese nuevo juego descubierto en el que me lanzan guiños de destellos violáceos y anaranjados al incidirles los últimos rayos solares del día.

 

- ¿Dónde puedo encontrar esas semillas, preceptor?

 

-En Nippur, la ciudad donde dicen los más sabios comenzó la humanidad, pues en ella se encontraron los restos de tablillas con las primeras escrituras conocidas en este mundo en expansión que es Mura, del que se dice tubo un inicio pero no tiene un final. El camino para llegar es poco conocido Daniel, está en los confines donde nunca nadie ha llegado y lo que se sabe forma parte de leyendas susurradas al oído. Podría incluso ocurrir que ni exista siquiera y todo sea una fantasía, un sueño.

 

-Bien, entonces, no se hable más. Los sueños es lo mío y si existe, lo encontraré.

 

Una nube cubre el rayo de luz que nos calentaba y el viento se detiene totalmente dejando caer finalmente las hojas al suelo. El preceptor extiende su dedo índice derecho, apunta al suelo y comienza a realizar giros cada vez más rápidos y concéntricos. Eleva el brazo señalando la huérfana rama y las hojas a modo de un pequeño tornado se elevan y terminan por posarse donde antes estuvieran.

 

-En esta empresa te vendrá bien el ser acompañado por un “Intuitivo”. Zaraida te llevará donde uno.

 

 

 Continuará

 

(*) palla: era un largo chal de lana cuyo borde se ajustaba con una tira alrededor del cuello o bien se sujetaba en el hombro con un broche, que era considerado el principal adorno de una mujer romana.

 

 

 

 

 

 

 

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Licantra

 


Desde fuera no me pareció tan alto cuando llegué al castillo. Ahora maldigo una y mil veces la mala hora cuando acepté venir a limpiar a este infecto y lúgubre lugar, poblado de pantanos, mosquitos y aguas fétidas donde antes hubiera lagos de aguas cristalinas y densos y profundos bosques verdes de encinas y robles; pero la necesidad de llevarme un dinero necesario con el que alimentar con algún caldo caliente de gallina mi huérfana boca de dientes, y por otro lado mi característica avaricia y egoísmo que toda la vida perra me ha seguido como una sombra terca y tenaz, incansable e inasequible en su cometido de llevarme hacia la maldad.

 

El maldito truhán de Jeremías, ese viejo loco chivo, con pelos en su detestable y gorda nariz siempre enrojecida, fruto de largas compañías junto a botellas de vino de unos pocos centavos, donde acaso lo más caro y hermoso en ellas sea la etiqueta a todo color que llevan, con sus letras historiadas y retorcidas como su negra alma y quizás algún título de marqués o duque, esperando así hacer menos “peleón y bravo” su bebida; ese es el culpable de mi presencia en estas dependencias mohosas, de largos pasillos y en algunas salas con alfombras que debieron conocer días mejores en otros tiempos, antes de que mi madre me trajera a este mundo que no pedí y que a la fuerza en el muero día a día. Aparto las telarañas a mi paso y con no poca dificultad y esfuerzo, consigo abrir un ventanal y asomarme. Un frío cortante agazapado entra con fuerza sorprendiéndome y silbando su triste lamento y canto entre las pesadas contraventanas de madera. La negra y desvencijada reja me impide asomarme, pero no evita pueda ver mi carruaje con el que vine y a mi viejo y noble rocín Untergehen, esperando mi salida. Eleva el cuello y resopla como si me hubiera sentido. Está nervioso. Juntos hemos pasado por mucho en estos años. De repente, un pájaro negro, un tordo chaqueño de reflejos azulados, se lanza contra mi mano sin previo aviso y la picotea en el dorso creándome varios desgarros de piel. Sus roncos graznidos llaman a otros que comienzan a aparecer en el horizonte justo cuando consigo cerrar de fuerte golpe la ventana. -¡Asqueroso pajarraco fruto de mil demonios…! ¡Me has hecho sangre! ¡Así te pudras mil veces y los gusanos se te coman tus ojos infernales! De no ser por Jeremías que me mandó a adecentar las dependencias no me habrías picado. ¡Bicho mal nacido de las sombras y del vientre del pecado!

 

Dicharachera me dicen en el pueblo por que siempre escupo palabras junto a mi aliento, pero ¡Eha! que digan lo que gusten sus señorías y damas encopetadas, escotadas y encorsetadas de ricas camas y sombreros emperejilados, pues viento y ventura poco dura, y estas heridas curaré en un abrir y cerrar de ojos.

 

Con uno de los lienzos que envuelven los muebles y los protegen del tiempo, me cubro la mano herida no sin antes ponerme saliva en los desgarros, haciendo unas tiras que luego me ato terminando en lazo. Ahora duele con más fuerza y es como si de pronto fueran dos los corazones que bombearan acompasados al mismo ritmo. –No seas mala -Le digo a mi extremo palpitante que ya comienza a tornarse de manchas rojas que se expanden por su blanco plomizo descolorido por el tiempo. –Tenemos que terminar la faena, sino Jeremías no nos dará lo pactado o dejo de llamarme Licantra.

 

La sala principal es inmensa y llena de ventanales ojivales. Me permito caer cansada en uno de sus sillones y dejo la imaginación suelta mientras mi estomago me avisa con sus flatulencias infames de que lleva tiempo sin recibir comida. Ya los imagino entrando en parejas, sonrientes, despreocupados, mostrando sus dientes como si fueran caballos a punto de relinchar, mientras que suena la música y el anfitrión les recibe magnificente, con su porte elegante y refinado, culto. Les veo reflejados en este enlosado suelo de colores negros y rojos con dibujos de… ¡Tordos! Malditos bichos… Otra vez me encuentro con ellos. Me levanto como movida por un resorte invisible y me dirijo a uno de los cuadros que cubren las paredes de la estancia y que es más grande que el resto. Representa la pintura al señor de la casa sin duda alguna; vestido de negro y gesto altivo y prepotente con su barbilla elevada y desafiante. En la mano derecha sujeta un bastón, cuyo remate es una cabeza de pájaro negro con el pico entreabierto desde el que sale lo que parece comida y en el hombro otro pájaro negro pero con una cresta blanca a modo de gota, parece contarle secretos al oído. Al fondo, el castillo pintado al ocaso de un sol anaranjado, donde se divisa a lo lejos y recortados una bandada de tordos como acercándose. Quedo impresionada ante su belleza a la par que mi sangre parece rebrotar con más fuerza en mi pulso y mi mano comienza a temblar como con vida propia. El rostro, más envejecido y con el cabello más largo y cano, no oculta el parecido con Jeremías, debió de ser su abuelo o tatarabuelo. Ya no me parece tan posible lo de los bailes en este lugar, parece a todas luces un avaro cruel incapaz de gastar un centavo en nadie.

 

Jeremías H. Bentram, es el nombre que pone a los pies del cuadro en la placa. Un sexto sentido recorre mi espalda de pronto, como si un estilete de hielo surcara mi columna vertebral. Untergehen relincha como nunca lo hiciera, es el canto del miedo. Busco rápida con la mirada, girando la cabeza a uno y otro lado en busca de una ventana. La encuentro y corro a ella, pero el esfuerzo por conseguir abrirla resulta baladí. El pestillo de hierro con el que fue cerrada se ha oxidado con el paso del tiempo. Por un momento al girar mi rostro, me veo reflejada en uno de los muchos espejos cubiertos de telarañas, mi mano está totalmente cubierta de sangre, mi cara está hinchada y macilenta y mis ojos… Ah, mis ojos, están idos, son los ojos de una loca que contrastan con mi cabello lechoso, alborotado y retorcido. Me abalanzo sobre un gran candelabro de bronce antiguo que representa un ángel alado e pie, portando una gran espada entre sus manos. Untergehen relincha otra vez y otra, no me deja pensar con claridad, me desgarra oírlo y con la base de los pies del ángel guerrero, comienzo a golpear el cerrojo. Es al tercer intento, cuando ya casi sin fuerzas, cede y se parte. Por fin la ventana se abre. No puedo creerlo, estoy mucho más alto de lo que es posible imaginar siquiera y Untergehen yace postrado en el suelo, mortalmente herido y peleando contra su destino cruel y cierto, Tordos, a decenas, se le echan encima y le pican, le desgarran su noble y servil piel. A lo lejos una nube oscura avanza a gran velocidad hacia él. Y hacia mí. Cierro la ventana de golpe, pero no consigo llevarla hasta el final y los primeros tordos en llegar a mi altura los recibo con mi ángel guardián. Pronto las fuerzas comienzan a flaquear. Se está todo perdido, Me picotean en la cabeza y arrancan mi cabello. Me encaramo a la ventana y salto al vacío a tiempo de ver a Untergehen en su último aliento.

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Los honestos cabalgan

 


Sabed pues que a la morada de los dioses me dirijo


pues aquí mi cometido a concluido,


pues el honesto no tiene cabida,


ni el noble de espíritu razón de ser.

 

 

Y has de saber, que para vencer al sabio

debes hacerlo con razones poderosas que puedas demostrar,

pues solo así él entenderá su equivocación

y te dará por tanto la razón.

 

Sabed pues, que para vencer a la mujer

deberás hablarle con el corazón

 portándolo en la mano,

y ser mujer con ella delante,

pues solo así podrás vencer en dicha lid.

 

Oh, dioses del Olimpo,

abrid las puertas a este vuestro hijo

que regresa en busca de paz y sosiego,

pues la pereza y el sueño hacen presa.

 

¿Acaso no conocéis a vuestro hijo,

 o quizás soy el confundido

y llamo a unos dioses

 que no son los míos?

 

No he logrado hacerme rico

con el trabajo de mis manos;

apenas justo para comer y beber.

Pero feliz pues del legado me disteis:

Manos para la tierra,

brazos para el mar…

y un corazón alegre para el caminar.

 

Solo el vil, el ladrón, se enriquece

con sus manos blancas

de uñas negras y sueños banales.

¿Quizás vuestras puertas ya no os pertenecen?

Brindemos de ser así alzando nuestro

cáliz y demos gracias por no ser

si acaso, portadores de la llave.


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CUENTO INSOLUBLE (7)

 


                                  Original. Esa es la palabra clave… Original. Me ha llevado tiempo de reflexionar aquí en Mura y alcanzar ese sentido, esa concreción. El tiempo a perdido toda su importancia par mí, y no obstante ha debido de pasar una estimable cantidad de él, solo así he llegado, yo Daniel, a discernir la causa, el denominador común que existe y existía aquí en Mura, en ese multi universo de realidades alternativas. Todo es real en la medida de lo que se puede ser real, pero nada es auténtico, original, en el sentido de creado artesanalmente, con las manos, paso a paso en un proceso a veces largo y complejo y que aquí basta con desearlo, con visualizarlo y ya lo tienes hecho. Pero no. No es original, y parece que nadie haya caído en la cuenta de ese detalle tan importante.

 

Meditando he llegado a pensar una vez dejé al preceptor, de que yo no era real, sino más bien una ilusión, el producto de la imaginación de alguien quizás también imaginado; pues todo parece un cuento insoluble y nada es lo que parece. Me he llegado a preguntar si en esta realidad no hay maldad y está pues exenta del aforismo de “El hombre es un lobo para el hombre” como adoptara Hobbes en su “Leviatán”, aunque aquí no llego a distinguir la necesidad de disponer de límites capaces de reprimir los instintos destructivos inherentes al ser humano.

 

He buscado una meta, un sentido a mi presencia no buscada y a mi ausencia injustificada en donde quiera estuviese antes. Ahora esta es mi verdad, la cual aquí redacto en estas hojas soñadas, en espera de poder transcribirlas a un papel original creado.

 

Deseé crear una biblioteca, pero no una biblioteca cualquiera, o una con muchos libros, escritos, pliegos y pergaminos. No. Deseé crear la Biblioteca Universal de Mura. Fue quererlo y empezar a culminarse la gran obra. Ante mí crecían paredes y anaqueles llenos de libros de todos los tiempos… Fue efímera su visión, pues dejé de desearlo al comprender el engaño que sería de ser creada sin esfuerzo, sin trabajo, y tal como se iniciara, en el orden inverso desapareció para dejar paso a un nuevo idealismo transcendental al estilo de su progenitor Emmanuel Kant, pues mi moral y ética, mis sentimientos, estarían negando su autenticidad, aunque por otro lado mi audacia en la empresa de la búsqueda de la esencia del conocimiento y su posterior divulgación, son quizás a decir de otros, objetivista, tal y como se denominara al idealismo de Hegel. En cualquier caso, creo que en aquel preciso momento de pura elucubración, conseguí involuntariamente darle razón a Kierkegaard, cuando decía que lo que se piensa no existe realmente, es solo algo posible. Yo le creo.

 

Corriendo con un pliego enrollado y cogido firmemente en la mano, veo llegar a mi último amigo conocido aquí; el florentino Leonardo, discípulo de Verrocchio. El gran da Vinci. Llega a mi lado levantando polvo a su paso atolondrado y dando voces tan fuertes y seguidas que me hace difícil el entenderle, pero que en cambio consiguen romper el hilo de mis pensamientos existencialistas de estos días.

 

-¡Daniel, Daniel! ¡Ya lo tengo! –Me lo dice como un crío nervioso lo diría al haber conseguido su primera cita amorosa. Ante mí despliega el pergamino amarillento. Es una pieza grande con todo lujo de detalles y anotaciones lo que me muestra.

-¿Qué te parece Daniel? Es tu Biblioteca Universal, es… La… Biblioteca –me dice enfatizando cada silaba que pronuncia. Parece un loco en ese momento, con sus pelos blancos cubriéndole toda la cara, y sus ojos a lo lejos en el rostro, expectantes y despiertos en espera de una aprobación. Hace semanas le conocí en persona y hablé con él de mi singular proyecto, de mi meta personal en Mura, y en seguida de oírme comenzó a hacerme preguntas y más preguntas como solo un polímita de su clase sería capaz.

 

-Leonardo, amigo. Me dejaste sin palabras. Es tu segunda capilla Sixtina…

 

-Quita, quita… Eso es agua pasada. Por cierto, te puse en el diseño algo de fortificaciones, aunque aquí no parece haga falta, nunca se sabe, ¿Verdad? No sea nos ataquen los turcos. Las batallas dan tanto juego en las pinturas… -Dice soltando una gran carcajada.

 

Me ha conmovido totalmente. Le abrazo como a un padre encontrado, a un profesor querido, pues ¿Quien podría decir que el gran Leonardo da Vinci, le ha hecho un estudio arquitectónico? Contemplo una y otra vez el majestuoso dibujo, mientras él se atusa sus pobladas cejas y hace gestos con la cabeza arriba y abajo confirmando su satisfacción. Con esto puedo aseverar sin lugar a dudas que es verdadero y original y que nadie sería capaz de crearlo con el solo desearlo.

 

-¿Y bien Daniel...?

 

-Ya lo sabes maestro, es tu obra una maravilla intemporal.

 

-¿Pero?

 

-No tenemos materiales genuinos para poder construirla y mucho menos trabajadores para acometer una obra tan faraónica.

 

-Ay, Daniel, Daniel. Pareces un niño pequeño que no se entera de nada. Tú idea ha corrido como la pólvora de boca en boca, de puerta en puerta y de sueño en sueño. No tardarás en tener una legión de Muranienses dispuestos a trabajar, a picar piedra, a talar árboles, hacer pozos… Nos llevará tiempo, pero al fin y al cabo ¿No tenemos aquí todo el tiempo que queramos?

 

Me interrumpo antes de empezar a contestarle, escucho un ruido en el cielo que me resulta familiar, es el varón von Richthofen que me saluda con su pulgar enguantado levantado. Tras él, decenas de aviones de todos los tiempos le siguen y comienzan a aterrizar escalonadamente. Hoy me siento el hombre con pijama a rayas más feliz del mundo y entre lágrima y lágrima que me desbordan la visión, aún alcanzo a ver como por las dunas cercanas comienzan a emerger en su horizonte decenas de hombres y mujeres de todas las edades y tiempos, cantando y riendo, con sus pulgares también levantados hacia las nubes.

 

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LA LEYENDA DE CALLIMAXTLA (Final)

 



Atrás quedó el río Grijalva y con él, su olvido e interés por coger el hacha mágica, que ahora reposaba en total quietud incrustada en un tronco cortado cercano.

Doce ancianos, custodios de la ciudad del Trueno, enterraban en ese momento el cadáver de un Totonaco adulto con el cuerpo flexionado en actitud fetal, sin ceremonia aparente alguna, pero con gran solemnidad en sus gestos y actitudes a modo de sacerdotes o santones dando curso a un ritual establecido de antaño.

 

 

Los sacerdotes allí reunidos gritaban e invocaban a sus dioses entonando cánticos a los cuatro vientos, que correspondían con los puntos cardinales, pues de esta forma componían el ciclo sagrado lunar.

 

Una vez terminada la ceremonia, prestaron atención al joven que observaba sin perder detalle de todo el proceso. Tras una breve deliberación, al ver era huérfano, decidieron adoptarlo antes de partir a sus quehaceres en el campo, no sin antes dejarle el calor de la lumbre y la advertencia de no tocar nada en su ausencia.

 

 

La pirámide pintada de un intenso color rojizo, pronto atrajo su atención inquieta, subió la escalera con alfardas decoradas con xicalcoliuhqui (grecas).y en el interior de una de las construcciones llamadas nichos, encontró poco después un baúl. Se quedó maravillado al ver su contenido; trajes hermosos que eran utilizados por los dioses se encontraban en su interior. Pronto eligió uno y se lo puso, junto con la capa y la espada. Era el traje del dios Tajín, y al desenfundar la espada comenzó a producir rayos y truenos. Cada vez que blandía en el aire la espada creaba inundaciones y arrasaba pueblos; mientras flotando, saltaba de nube en nube y reía divertido por la travesura que estaba haciendo. Pronto, los ancianos regresaron alertados, y le lanzaron baños de nubes para intentar calmarlo sin conseguirlo, pues seguía corriendo y brincando entre las nubes, divertido por el juego descubierto. Ahora era más poderoso que el hacha mágica. Finalmente, haciendo uso del arco iris, consiguieron atraparlo. Amarrado lo arrojaron al mar, donde ruge y truena sin poder escapar.

 

 

 

Xanat se acerca y me coge con fuerza la mano por la muñeca, mientras con una voz apenas audible, me susurra al oído: “Hoy es mi cumpleaños” Sus ojos refulgen como dos ascuas de fuego surgidas de las entrañas de la tierra. Siento la emoción de sus palabras al decírmelas y en ese momento algo inaudito sucede; mi fuerza comienza a perderse gradualmente, a debilitarse y quedar marchita como si de un muñeco roto se tratase; las piernas me flaquean y mis esfuerzos por soltarme de su mano cerrada como una garra de águila resultan estériles. Percibo asustado como va desapareciendo la tersura de mi piel y aflorando a cada momento con más nitidez las falanges de mis dedos encrespados y contraídos por el esfuerzo de soltarse. Dejo caer la libreta y el lápiz, lo hacen ralentizados y cuando impactan en el suelo del boulevard, lo hacen con gran estruendo, multiplicándose y perpetuándose en un eco sin fin. Intento soltarme una vez más, pero es inútil, me tiene aferrado como si de una raíz de un samauma del Amazonas se tratara.

 

Mi espíritu y mi fe parecen abandonarse a su suerte, mientras él permanece quieto, impávido e inalterable. No se ha movido ni un ápice en todo este tiempo a pesar de mis intentos fallidos y repetitivos. Se me nubla la vista y acelera el pulso, cuando le miro a su rostro y veo el cambio operado en él. Ahora es más joven y de su cuerpo físico empieza a emerger un hálito a modo de fina columna humo que se desplaza hacia fuera y crece variando de forma y extensión, como si de una voluntad propia se tratase. Se separa del cuerpo, crece más rápida y adopta dimensionalidad corpórea, humana. Ante mí, el ciclo final de la vida, de un nacimiento, se recrea a gran velocidad. Un pequeño corazón de forma ya corpórea, en su interior todavía traslúcido se genera ya bombeando sangre hacia las venas que se ramifican a gran velocidad buscando los centros nerviosos, venas, arterias… hasta alcanzar el cerebro.

 

Cuando el nuevo cuerpo se separa de Xanat, este abre los ojos con sorpresa y espanto, aspira con gran fuerza por última vez una bocanada de aire, mientras eleva el brazo libre para acto seguido dejarlo caer inerte. En ese preciso momento, se que Xanat ha muerto en este mundo al menos, y deja su mano libre, la mía antes atenazada.

 

El cuerpo ya bien definido y totalmente humano, se desprende del de Xanat y flota por el boulevard a escasos metros de donde me encuentro sentado. Sus rasgos son nítidos y precisos; es un niño de cabello muy negro, liso y de larga melena. Me sonríe mostrando una dentadura blanca y perfecta. Es Callimaxtla, vestido con los atuendos del dios Tajín, dios del trueno.

 

Poco a poco, gradualmente, de forma acompasada, comienzo a recuperar la tersura de mi piel, a recuperar el pulso y el color de cara. Comienzan a caer las primeras gotas de lluvia y todo se oscurece. Se ha hecho de pronto noche cerrada y no se ve ni una sola estrella en el firmamento; no hay nadie en la proximidad y la soledad se apodera de mí en ese momento. El espíritu de Xanat, ahora Callimaxtla, sube a una nube, sonríe y desenfunda su espada.

 

 

Me dirigí a mi coche llevando en mis manos, con las hojas de periódico envuelto, la capa y la espada con su funda del dios Tajín. En el banco quedaba atrás Xanat, el honorable anciano contador de leyendas de Veracruz.

 

En “Legend Days”, publicaron mi artículo con la versión de la leyenda contada por Xanat, en el número de agosto. En su portada salió la única foto que conseguí realizar con mi cámara digital, en el momento en que comenzaba Callimaxtla a lanzar rayos en el Boulevard. Todos pensaron era un montaje creado por ordenador; aún así me felicitaron por su gran realismo conseguido.

  

  

* Raspado: hielo raspado bañado en jarabe de frutas.

 

Fuentes consultadas: Documento de Yamile Lira López y Jaime Ortega Guevara, titulado “Sistema funerario en la zona arqueológica de El Tajín”




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LA LEYENDA DE CALLIMAXTLA (1)

 


CIUDAD DEL TRUENO – VERACRUZ

 

 

 

 

Agradecimiento

Silvia Bautista Colon

Poza Rica, estado de Veracruz

 

 

Caminé por el boulevard del puerto totalmente despreocupado y liberado de la carga que representa el trabajar en la gran ciudad. Veracruz era una ciudad amable y hospitalaria y el día a pesar de la temprana hora en que había quedado con el anciano totonaca Xanat, apuntaba ya sería, un día cálido y soleado para ser un 24 de julio. Aligeré mis pasos por el empedrado al divisarle sentado en uno de los bancos de piedra, con su sombrero blanco y la pipa en mano echando humo. Es la viva imagen de un viejo lobo de mar.

 

Mientras me acercaba todo decidido a tomar las primeras notas para mi artículo en “Legend Days”, intentaba imaginar lo que sentiría en 1519 Hernán Cortés al desembarcar en tierra firme, aquel viernes santo en la playa de Chalchihuecan. Difícil ponerse en el pellejo de alguien, pero aquel día me jugaría algo a que tubo que ser especial e imborrable para aquellos que le acompañaban, los cuales no pasarían de setecientos hombres. Hoy le costaría algo más siquiera el intentarlo. Él con sus 34 años cumplidos y yo un simple periodista con un año más de edad, el cual nunca conquistaría nada. ¿Sería hoy, el día ese que decía Andy Wharhol, que todos nos merecemos tener de gloria, aunque sea por unos segundos?

 

Xanat, de rostro ancho, mandíbulas fuertes y marcadas, y ojos pequeños y vivarachos, hizo un ademán con la cabeza y me tendió su mano. Me llamó la atención la gran fuerza que me transmitió al estrecharme la mano. Unas manos sin duda endurecidas por los muchos años navegando y peleando contra el mar y los elementos de la naturaleza. Me invitó a sentarme una vez me hubo dejado una hoja de prensa del día para evitar me ensuciara el pantalón de los efectos del salitre y la humedad. Me acomodé lo mejor que pude y saqué mi block de notas y lápiz, dispuesto a escribir su historia; la historia de la leyenda de Callimaxtla.

 

 

Dicen que Callimaxtla, era un niño huérfano que vagaba perdido por el bosque en busca de algún sitio habitado, de algún lugar donde hubiera personas que le sacaran de su soledad, angustias y temores. Sin saber donde estaba ni a donde ir, se dejó llevar por sus pies semi descalzos por aquellos parajes, caminos y sendas por los que le resultaba más fácil el paso y menos cansadote andar según su criterio. Llegado a un arrollo se arrodilló y bebió de él con ansía hasta sentirse saciado. Era un día 24 de julio, y de haber estado con sus padres habrían celebrado su cumpleaños con ricas comidas y postres de dulce; pero Callimaxtla, a pesar de ser un niño listo, y despierto, no sabía cuando era el día de su cumpleaños, pues nunca antes se lo dijeron y nunca ya se lo dirían. Agarró una rama partida del suelo, la mitad de su altura y se puso a hacer dibujos en el aire como si de una lucha contra algún guerrero invisible se tratase y en la cual el contrincante fuera llevando la peor parte en la contienda. La rama blandida silbaba como con alma propia, y daba estocadas certeras a enemigos invisibles; cuando el ruido de un hacha talando árboles se dejó oír por encima de sus fantasías. A pocos metros delante de él, pudo vislumbrar como un hacha reluciente y mágica a lo visto, viajaba mecida con vigor y destreza por el aire, y asestaba rotundos y certeros golpes a los troncos con su afilado extremo. Dejó su lucha invisible ya totalmente olvidada e inició una persecución de tan sorprendente herramienta de trabajo. El hacha se adentro más y más en el bosque, hasta que por fin ya casi exhausto Callimaxtla, se encontró ante un pequeño poblado, donde el hacha dejó de moverse una vez fuertemente clavada en un tronco cortado, y pasó a convertirse en un objeto inanimado más de los que allí se encontraban. El suelo estaba formado por lajas que lo cubrían y transmitían su frío y humedad, y quizás su importancia en la historia de la construcción de siete pisos que tenía justo delante de sus alucinados ojos; La pirámide de los nichos de el Tajín, la ciudad prehispánica a 250 metros sobre el nivel del mar, en las faldas de Sierra Madre Oriental y a unos quince kilómetros de Papantla y de Poza Rica.

 

Xanat, hace un alto en su historia, que yo agradezco para darme también un respiro. He permanecido todo el rato callado, sin querer interrumpirle y tomando notas en la libreta. De la forma que me lo cuenta he quedado sumergido en aquella civilización. Su timbre de voz seco, lento y profundo hipnotiza mis sentimientos de periodista de ciudad.

 

A nuestro lado pasan ciclistas charlando y riendo quién sabe de qué. Una mujer se detiene a pocos metros de donde estamos para atarle las zapatillas deportivas al niño que va con ella. Otro ciclista se detiene en el malecón a comprar un “raspado”* y es servido al momento en un vaso desechable. La vida pasa tan rápida como la historia por la vereda nuestra. Como testigos mudos de ello, observamos un barco a lo lejos, mientras nuestros pensamientos divagan liberados por unos minutos.

 

 

El viento del norte comienza a soplar con más fuerza y sus olas a chocar contra el muro del boulevard; “el bule”, como es conocido por los lugareños del lugar. Me encuentro cómodo aquí escuchando al viejo y sabio Xanat, y llegándome cada vez con más frecuencia, decenas de diminutas partículas de agua salada, fruto del oleaje incipiente. Quizás en mis venas corra sangre totonaca…

 

 

 

FIN PARTE 1/2

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Melancolía

 


¡Ah! recóndita tu que enhebras


invisibles hilos de recuerdos,


telarañas de fuerte seda dispuestas


en escaleras magistrales tejidas


por donde salir de tu encierro fortuito.


 


Pronto creces en tu nido y pugnas


por salir, elevarte en las nubes,


cuan ave fénix de las cenizas


resurgiendo alada y translúcida


de tú intimo y disimulado


destierro.


 


Impávida dejas pasar los días


en tu soledad devenida, pues acaso,



¡Oh! acaso igual yo te invoque,


ante mi presencia, secreto profundo,


disimulado, íntimo en mi memoria,


evocación de lo ya pasado,


escondida y enterrada entre


pensamientos desechados.



Ahora pues te invoco,


¡Acude a mí!


 


Melancolía…


 


 


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